dimanche 8 septembre 2013

Javier RODRÍGUEZ MARCOS/ Las frases hechas de los escritores constituyen todo un género

Hace cien años se publico póstumo el ‘Diccionario de tópicos’ de Flaubert
Las frases hechas de los escritores constituyen todo un género
Por Javier  RODRÍGUEZ MARCOS 

Parafraseando al duque de Alba, que dijo una vez que el abanico más cursi era el de posibilidades, cabría decir que el lugar menos literario de la literatura es el lugar común.

De hecho, cualquiera que trabaje con las palabras haría bien en tener a mano, tanto o más que el Diccionario de la RAE, el Diccionario de tópicos de Flaubert, ese prontuario gamberro que el escritor francés dejó sin terminar cuando andaba engolfado en las andanzas de Bouvard y Pécuchet, y que vio la luz entre 1911 y 1913, es decir, hace ya un siglo.

“La palabra humana”, escribió en Madame Bovary —o La señora Bovarysegún la traducción—, “es como una especie de caldero roto con el que tocamos una música para hacer bailar a los osos, cuando lo que nos gustaría es conmover a las estrellas con su son”. No sabemos si el puntilloso escritor de Ruán conmovió a las estrellas, pero es posible que las hiciera reír con las entradas de un glosario que —primo hermano del aún más punzante Diccionario del diablo de Ambrose Bierce— lo mismo habla de los arquitectos —“siempre se olvidan de poner las escaleras”— que de la imaginación —“cuando uno no la tiene, criticarla en los demás”— o de los periódicos —“no poder pasar sin ellos, pero denigrarlos”—. Gustave Flaubert, que fue uno de los campeones mundiales de la literatura epistolar, murió en 1880 antes de rematar su diccionario y también antes de que floreciera un género nacido al calor de los periódicos: la entrevista. Hay quien dice que su versión oral era la más brillante de algunos clásicos (Oscar Wilde, Sócrates, Jesucristo), y con las mismas se podría decir que la versión mate de algunos contemporáneos hay que buscarla en sus declaraciones. La idea de que el primero que comparó a una mujer con una flor fue un genio y el segundo, un ingenuo sigue vigente. Tanto que ya es casi un tópico.

Como es normal entre gente sofisticada, muchos lugares comunes literarios conservan su barniz de prestigio y su parte de verdad por lo mismo que en la noche electoral todos cantan victoria y en la pretemporada todos los futbolistas fichan por el mejor equipo del mundo. Ya se sabe, el fútbol es así y unas veces se gana y otras se pierde. El repertorio de los escritores es menos previsible que el de políticos y deportistas, pero no siempre menos tópico, hasta el punto de que se podría redactar un flaubertiano libro de antiestilo para novelistas en promoción durante la rentrée que empieza la semana que viene. Estos podrían ser algunos ejemplos:
—La patria de un escritor es su infancia. No, mejor, su lengua.
—Me recuerdo siempre escribiendo.
—No leo a mis contemporáneos. Solo releo. Por cierto, las traducciones son muy malas.
—Escribo los libros que me gustaría leer.
—Veo poco riesgo hoy, poca originalidad.
—Cuando escribes te conviertes en otro. Llegado a un punto, los personajes se te rebelan.
—Me encantan Sant Jordi y la Feria del Libro, el contacto con los lectores. Escribir es un oficio tan solitario…
—Tengo mis pequeños ritos a la hora de escribir. (Versión larga: trabajar de ocho a tres de espaldas a la ventana, con la puerta cerrada, en cuadernos que compro en Londres y vestido con el pantalón de un pijama de felpa).
—Cuando escribo una novela no leo. No quiero que me influya nada.
—Cuando termino un libro me siento vacío.
—Yo hago novela negra pero trascendiendo el género. Aunque el género es muy digno, no digo que no: siempre ha sido un gran reducto para la crítica social. Y un gran reducto para las ventas, dicho sea de paso, pero, ojo, yo la escribo trascendiendo el género. De hecho, si algún día gano el premio Planeta será trascendiendo el premio Planeta.
—Hablando de trascender: no me interesa el realismo sino trascender la realidad. Odio el realismo español, sobre todo el realismo madrileño. En una novela, una lata de sopa Campbell es literatura; una de fabada Litoral, vulgar costumbrismo.
—Ya no quedan maestros.
—La novela ha muerto. (Versión larga: puedes atribuirlo a que me hago viejo, a que me da pereza, a que me cuesta meterme en una ficción, a que me chirrían los diálogos, a que estoy ya en la edad de las sopitas, el buen vino, las biografías y los libros de historia... pero la novela ha muerto).
—¿Te he dicho que escribo poesía? Pero me la guardo para mí.
—Yo respeto a la crítica, pero el crítico que reseño mi última novela no la entendió. (Interviene el jefe de prensa: “No la leyó”. Interviene el editor: “Nos tiene manía”).
Todos los tópicos, ya dijimos, tienen algo de verdad, incluso el último, que responde a otro tópico con doble fondo de base real: solo hay algo que a un escritor le guste más que estar en la lista de libros más vendidos, estar en una lista negra. Pero en fin, no seamos intransigentes, escribir es un oficio muy solitario y bastante tiene un novelista con evitar que se le rebelen los personajes. Tampoco hay que pedirle a todo el mundo que tenga el genio y el ingenio de Ramón Gaya, al que una vez sometieron a uno de esos cuestionarios sobre curiosidades en los que uno cuenta que iba a ver una de Bergman y terminó en una porno. O que se encontró a su padre en la sesión de las cuatro cuando el padre debería estar en el trabajo y el hijo, en clase. Pregunta: “¿Algo extraordinario que le ocurriese en un cine?”. Ramón Gaya: “Que me gustase la película”.

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El peor sitio del mundo
‘1984’ multiplica sus ventas en EE UU por el 'caso Snowden'
Por Javier RODRÍGUEZ MARCOS 

El elemento más inquietante de la obra de Orwell no es el Gran Hermano, sino la Habitación 101

Las lenguas muertas tienen siete vidas. En la exposición Antes del diluvio que meses atrás pudo verse en los Caixaforum de Barcelona y Madrid, llamaba la atención, entre cientos de piezas mesopotámicas, un simple papel: el telegrama que en enero de 1928 sir Charles Leonard Woolley envió al Museo Arqueológico de Pensilvania anunciando desde Basora que había encontrado la tumba de la reina Shubad. El texto, transmitido por Western Union, estaba en latín para burlar a los espías. Todo un aviso para duques con tendencia a los juegos rijosos de palabras y tuiteros con lengua desatada y sueldo público.

Con todo, el latín antiespías de los viejos arqueólogos era como ese idioma del lumpen barriobajero que consiste en pronunciar las palabras al revés de como se escriben: restos de un mundo analógico, es decir, lento y opaco. Si la NASA convirtió a Julio Verne en un escritor realista, la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) de Estados Unidos ha convertido a George Orwell en un costumbrista, completando de paso —gran paradoja— la labor del KGB soviético. Los críticos que dijeron que sus novelas estarían cubiertas de óxido antes de que acabara el siglo XX han tenido que ver cómo servían primero para retratar el totalitarismo del Este y para profetizar después el control cibernético de la privacidad en el Oeste. No es, por tanto, casualidad que el caso Snowden haya disparado este verano en Estados Unidos las ventas de 1984, la novela que Orwell publicó en 1949, un año antes de morir.

La NSA ha logrado convertir al escritor británico en un costumbrista

En una ocasión le hablaron a Cesare Pavese de la dimensión metafísica de su obra y el escritor italiano se defendió con una concesión: “No digo que en mis libros no haya metafísica, solo digo que yo no la puse allí”. A Orwell le sucede justo lo contrario: todo lo que hay en 1984 lo puso él. Tal vez por eso alguien que fue uno de los grandes periodistas modernos se pasó la vida disculpándose por las torpezas de su obra de ficción, disculpas que algunos han aprovechado para no frecuentarla. Martin Amis, por ejemplo, contaba que durante años no pudo pasar de la expresión “facciones hermosas y endurecidas”, que en la traducción de Rafael Vázquez Zamora publicada por Destino aparece en la decimosegunda línea de la primera página.

Pese a su lastre conceptual, 1984 tiene la gran virtud de provocar algo infrecuente en una novela política: miedo. Eso fue lo que sintió su primer editor, Fredic Warburg, que la describió como “un estudio sobre el pesimismo constante, salvo por la idea de que si un hombre puede concebir 1984 también puede tener la voluntad de evitarlo”. Y ese es el efecto que provocó en muchos de los que la leyeron bajo una dictadura. La obra de orwellianos como el polaco Czeslaw Milosz o el checo Vaclav Havel da buena fe de ello al tiempo que desmiente la idea del propio Orwell de que la imaginación literaria, como algunos animales salvajes, no se reproduce en cautividad.

1984, cuyo título provisional fue El último hombre en Europa, también ha conseguido algo al alcance de muy pocas obras: convertirse en semillero de metáforas incluso para aquellos que nunca han pensado leerla. ¿Quién dice que el Ministerio de Defensa —antes Ministerio de la Guerra— no terminará llamándose un día Ministerio de la Paz? Pese a la desasosegante presencia de la Neolengua, la Policía del Pensamiento o el Ministerio de la Verdad, el gran triunfo del libro fue la creación del Gran Hermano, que de señalar a los dictadores que se presentan como padrecitos del pueblo al que someten, pasó a ser el programa de televisión que todos conocemos. Fue hace más de una década y los lectores de Orwell no daban crédito: fue como si los católicos empezaran a bautizar a sus hijos con el nombre de Caín. Pese a que Mercedes Milá y sus muchachos han conseguido que el ojo que todo lo vigila sea uno más a la mesa, con frecuencia se olvida un elemento clave en la novela: la omnipresencia del Gran Hermano en telepantallas instaladas por todos los rincones. Lo ve todo y todos lo ven. Solo por eso alguien debería decirle a Mariano Rajoy que limite sus apariciones vía plasma: no solo tiene mala reputación literaria sino que alguien podría pensar que no habla él sino un imitador, algo no tan reservado a los regímenes totalitarios —Sadam Husein fue de los últimos en tenerlo— como podría creerse. Aunque trabajó en la BBC, Orwell nunca supo que algunos discursos radiofónicos de Churchill los leía alguien que imitaba su voz.

Tiene la gran virtud de provocar miedo, algo infrecuente en una novela política

Precisamente, en la sede de la BBC en Portland Place había una sala destinada a las reuniones de los Servicios Orientales de la emisora. De ellos formaba parte Orwell, políglota, nacido en la India y antiguo miembro de la policía británica en Birmania, un cargo que le vacunó para siempre contra el imperialismo. Irónicamente, el número de aquella sala terminaría bautizando el elemento más escalofriante de 1984: la Habitación 101. Más que las consignas —“la ignorancia es la fuerza”—, los neologismos —lo contrario de bueno no es malo sino inbueno— y más que el mismísimo Gran Hermano, la Habitación 101 es, pese a lo poco que se habla de ella, el momento culminante de una pesadilla: la de la ausencia total de intimidad. ¿Qué hay en la Habitación 101? Imposible contarlo sin destripar la novela pero digamos que es el lugar más horrible de la literatura universal, un infierno a la carta. Ni siquiera Dante llegó tan lejos. Toda alusión al Gran Hermano debería tener presente esa sala.

Cualquier gobierno con acceso a nuestras comunicaciones digitales podría darnos en la 101 un tratamiento personalizado. O sea, cualquier Gobierno con dinero para pagar por nuestros datos a Google y compañía. Convengamos en que no se lo ponemos demasiado difícil, sobre todo por el lado de las redes sociales, esa pasarela que en las manos adecuadas bien puede convertirse en una ratonera. No obstante, la esperanza es más vieja que la desconfianza: si las cosas se ponen difíciles, siempre nos quedará el latín.


Articulo: http://cultura.elpais.com 30/08/2013

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