dimanche 29 septembre 2013

Joan FLORES CONSTANS/“Canadá”, de Richard FORD

“Canadá”, de Richard Ford
Por Joan Flores Constans 

“-Sientes que has tenido una vida maravillosa? [...]
-La acepto. [...]
-Todos la aceptamos. Ésa no es una respuesta”.

Cuando la vieja guardia narrativa estadounidense -vieja no tanto por la edad como por ser la depositaria de las esencias de la novelística clásica, esa que hunde sus raíces en la literatura europea del siglo XIX- abandona sus cuarteles de invierno y se muestra en todo su esplendor, el mercado literario se frota avariciosamente las manos, la crítica asiente condescendientemente y el lector sonríe con esa mueca nerviosa del neófito. Cada nueva entrega de ese excelso triunvirato de la novela realista -con la cadencia imperturbable de Philip Roth, la más imprevisible de Cormac McCarthy o la exageradamente espaciada de Richard Ford- levanta olas de expectación porque, entre otras cosas, desmiente con rotundidad ese velatorio en que se han instalado los apocalípticos vates, fruto, a su pesar, de un postmodernismo fatalmente asimilado, que insisten en anunciar el irremediable deceso del género literario por excelencia, la novela, afectado, y va ya para un siglo, por una excelente mala salud de hierro.

Canadá (Canada, 2012), no es solamente un libro maravilloso, es un catálogo de virtudes narrativas, una muestra indiscutible del temperamento de un escritor que ha alcanzado la excelencia, un manual de novelística imprescindible, la obra definitiva de un deslumbrante genio de las letras universales. Si alguien había creído que Ford había alcanzado la cumbre con la Trilogía de Frank Bascombe (The Bascombe Novels, 2009), El periodista deportivo (The Sportswriter, 1986), El Día de la Independencia (Independence Day, 1995) y Acción de Gracias (The Lay of the Land, 2006), habrá de reconocer queCanadá representa una inesperada vuelta de tuerca en la obra del norteamericano, el culmen de la excelencia, una novela de las que marcan época.

Dell Parsons es un muchacho que ve alterada su tranquila vida “Cuán asombrosamente lejos lleva la normalidad”, por un atraco a un banco que cometen sus padres -y la posterior desaparición de su hermana-, lo que le obliga a exiliarse en Canadá “[...] culpar a los padres de las dificultades de tu propia vida al final no te lleva a ninguna parte”, para huir de los servicios sociales estadounidenses, y por unos asesinatos que tienen lugar en su entorno al poco de llegar a esa supuesta tierra de promisión; esa es la trama de Canadá, que queda desvelada en el primer párrafo de la novela. El propio Dell es quien, muchos años después, relata la historia de su juventud atendiendo a tres fuentes de información: su propia experiencia, lo que le cuenta su hermana, y unas crónicas que escribió su madre desde la cárcel en que estaba recluida, que son el verdadero nudo argumental, el desencadenante a partir del cual se despliega Canadá -que no existiría sin ellas porque no habría sido necesario-, las “memorias” de Dell: memorias sobre memorias.

“En su “Crónica de un acto criminal cometido por una persona débil”, nuestra madre escribió como si Berner [la hermana] y yo estuviéramos presentes y pudiéramos leer sus pensamientos en el instante mismo en que los iba registrando, y fuéramos sus confidentes y nos beneficiáramos de tales pensamientos. Su crónica representa para mí su voz más verdadera, la que nosotros sus hijos nunca oímos y sin embargo la voz con la que se hubiera expresado si alguna vez hubiera podido hacerlo cabalmente, sin los límites que le había impuesto la vida. Esto mismo sin duda es cierto con todos los padres y los hijos. Uno no conoce más que una parte del otro”.

Ese es el filtro a través del cual conocemos su historia, el del narrador en primera persona que comparte la implicación y el protagonismo; es evidente el sesgo que supone esta fórmula “Si quienes estuvieran contando esta historia fueran ellos [sus padres], ésta sería lógicamente diferente, y en ella serían los protagonistas de los acontecimientos por venir, y mi hermana y yo los espectadores, que es una de las cosas que los hijos son respecto de sus padres”, pero Dell asume que este sesgo en inevitable y deja en manos del lector cualquier tipo de juicio moral; al fin y al cabo, la elección del narrador es una opción que el autor debe valorar a la hora de encarar la historia. En este caso, es cierto que Dell descarga parte de su responsabilidad “Los hechos, sin embargo, no son como uno se los inventa”, en el hecho de compartir su experiencia con las fuentes, también personales, de su hermana y de su madre, otras dos visiones que debe considerar para ampliar y, por qué no, modificar la propia. El debate acerca de la adecuación a la realidad de cada una de las versiones y su fiabilidad queda abierto. Al fin y al cabo, “Eso era principalmente lo que la vida era para mí: acontecimientos que tenían lugar en el interior de mi cerebro”, ¿debe la suma de pequeños errores desembocar fatalmente en un Gran Error? Seguramente, acabaríamos cayendo en el derrotismo más desalentador, pero no es posible obviar las condiciones circundantes que hacen derivar los hechos en un sentido fatal: la inapelabilidad del destino y la fuerza que lleva a la degradación; por esa razón el ajedrez funciona como una excelente metáfora ya que es un juego en que es imposible dar marcha atrás y en el que cada estrategia errónea conlleva una sucesión de movimientos posibles que llevan, sin solución, a la derrota final. En la novela, además, figuran otros condicionantes que refuerzan la verosimilitud de la trama: la educación religiosa en la predestinación del protagonista; Dell, en su afán por encontrar justificación de los hechos, tiene una teoría, y es que para delinquir hace falta cierta predisposición psicológica, que sirve a la vez para justificar la comisión del delito y para efectuar la planificación necesaria, y asume que el fracaso en el atraco al banco se debió a la falta de “profesionalidad” en el delito: “Me resulta difícil conciliar en la cabeza la idea de una vida normal y la del final al que ambos llegaron. Pero vale la pena intentarlo, ya que, repito, de otro modo muy poco de esta historia sería inteligible”; y el desolado entorno, extraordinariamente reflejado, del estado de Montana en los años 60. Ambos condicionantes, además, influidos por el atisbo de mensaje conservador, común a toda forma de puritanismo religioso, en las propias consideraciones del narrador: una vida mejor debe conseguirse a través de medios lícitos porque la redención que representa una situación económica desahogada es imposible si no se merece. Toda la intervención de Dell se encuentra mediatizada por una especie de causalismo de signo negativo: si no eso, entonces no aquello, del que no se puede escapar fácilmente pues toda corrección, una vez consumado cada uno de los hechos, es imposible; además, el narrador también se refugia a menudo en unas pretendidas circunstancias adversas de las que no se siente capaz de escapar:
“Sería posible, supongo, mirar a nuestra pequeña familia y juzgarla retrospectivamente predestinada a la perdición, al borde de hundirse bajo el turbión de las olas, destinada a la descomposición y al fracaso”.

Los seres humanos llevamos a cabo acciones injustificadas, inesperadas, que no se corresponden con nuestra concepción del bien y del mal, y que sólo pueden entenderse provocadas por una situación puntual ante la que no tenemos manera de responder porque, comúnmente, excede a nuestras posibilidades, sean éstas intelectuales o afectivas. A posteriori, puede aventurarse una justificación que valide esa carencia, pero lo que no podemos evitar es que esta pseudo-justificación vaya perdiendo valor con el tiempo que, conforme avanza, va revelando progresivamente la naturaleza del error.

Sin embargo, Dell sabe que lo que cuenta, lo que escribe, el texto que tenemos delante, será leído por alguien, así que el relato de lo sucedido no puede evitar cierta parcialidad; de ahí que podamos dudar si el minucioso detalle con que emprende el relato de los antecedentes del atraco y el efecto retardante que imprime al contar el momento de la detención responden a una obsesión del narrador por el detalle, de hecho presente en varios episodios, o a la pretensión, con estas sucesivas dilaciones, de poner al lector de su parte.

“No está bien hacer como si las cosas no hubieran acontecido nunca por malas que fueren, como si uno hubiera podido abrirse paso de cualquier otra manera hasta el presente”.

Lo que no evita el narrador, y ésta es una de las características que hacen de la novela un texto de alta calidad, es la profundidad narrativa que hace que cada episodio articule un relato por sí mismo, prácticamente sin fragmentos de transición, aunque interrumpiendo el relato de la acción para detallar los precedentes de algunos de los personajes relevantes en la trama, intercalados hábilmente como confesiones o charlas, evitando así, como en el caso de la crónica de la madre, la disonancia que significaría convertir al narrador en omnisciente; un realismo a ultranza que logra, mediante la adopción del ritmo adecuado a cada fragmento, apoyar la importancia intrínseca de cada episodio. En este sentido, a pesar de que Dell asume la responsabilidad de sus actos, es evidente que funciona una especie de mecanismo de penitencia por los errores sufridos, cuya máxima medida sería la totalidad del texto, pero que se parcializa como si la derivación de responsabilidad atenuase las consecuencias de los hechos. Así, mediante esta especie de proyección, las crónicas que la madre escribió desde la prisión actuarían como excusa-expiación, ya que en ellas ofrece por escrito todo aquello que no se ha atrevido a decir a sus hijos en persona; y, del mismo modo, Canadá funcionaría como expiación del narrador por todo lo que no ha podido decirle a su madre, su respuesta a la lectura de la crónica: como en otras memorables ocasiones, la literatura como expiación.

“A lo largo de todos estos años mi hábito de pensamiento da por hecho que toda situación en la que se ve envuelto el ser humano puede dar la vuelta. Todo lo que alguien ha asegurado que es verdad puede no serlo. Todo pilar de creencia sobre el que el mundo se sustenta puede estar y puede no estar a punto de saltar por los aires. La mayoría de las cosas no siguen mucho tiempo como están. Saber esto, sin embargo, no me ha hecho escéptico. El escepticismo es creer que el bien no es posible; y yo sé a ciencia cierta que el bien es. Y lo que hago es no dar nada por sentado y tratar de estar preparado para el cambio que pronto ha de llegar”.

Pero Canadá es también una crónica del desarraigo, la historia de un hombre en formación transplantado por las circunstancias geográfica -de Estados Unidos a Canadá- y emocionalmente -el pasar de ser “un hijo de una familia normal” a ser “un hijo de atracadores de bancos”, corregido y aumentado por la pérdida de la hermana- a un país no por próximo menos extraño; una crónica que, sorprendentemente, se enmarca, temporalmente, entre los dos hechos principales, el atraco y los asesinatos, en apenas unos meses. Una evasión no sólo de los hechos, del pasado, sino, sobretodo, del recuerdo, mediante la conjuración de éstos para que dejen de ser una amenaza velada y, una vez materializados y enfrentados, poder huir de ellos. Pero Canadá no se revela tampoco como una tierra prometida en la que retomar su vida anterior: Partreau es descrito como un punto desolado donde tiene lugar un tipo de vida peculiar muy alejado de la vida familiar en Montana; el continuo identificativo vida familiar-estabilidad-casa queda definitivamente alterado por el exilio-provisionalidad-chabola.

“Aquello que somos capaces de imaginar como lo peor nunca es lo peor posible”.

Este exilio conlleva un cambio de identidad, por una parte forzado, ya que no puede declarar su origen ni las circunstancias de su llegada, y por otra facilitador, ya que el hecho de que nadie le conozca le ofrece la oportunidad de inventarse una nueva vida: “Este estado anímico me confería una libertad nueva; era como empezar la vida otra vez [...] o como si fuera alguien distinto; alguien, sin embargo, que no se hallaba detenido sino en movimiento, conforme a la naturaleza de las cosas de este mundo. Podía gustarme o podía aborrecerlo, pero el mundo iba a seguir cambiando a mi alrededor, al margen de cómo pudiera yo sentirme”; o incluso de cambiar de nombre, el cambio de identidad por antonomasia. Pero también un cambio cualitativo muy importante: la soledad.

“Ensayando modos de acostumbrarme a estar solo [...]. Al anochecer, cuando terminaba de cenar y volvía de mi paseo y podía soportar estar solo (nunca tuve la sensación de que mi situación fuera verdaderamente soportable), me sentaba en el catre y desplegaba el tablero de ajedrez sobre la manta, colocaba las cuatro filas de piezas temblorosas de plástico y urdía mis movimientos y estrategias contra adversarios imaginarios y sin especificar”.

Ya ha quedado dicho, pero insisto: Canadá es una grandísima novela, un texto impresionante que pasará a formar parte del canon ficcional occidental, una indiscutible aspirante al trono, por fuerza compartido, de La Gran Novela Americana. No se la pierdan.

Canadá. Richard Ford
Traducción de Jesús Zalaika
Anagrama (Barcelona, 2013)


Articulo: http://www.revistadeletras.net 11/09/2013