dimanche 29 septembre 2013

Juan SARDÁ/Ken LOACH: "Todavía hay quien lucha por los que viven mal"

Ken Loach
"Todavía hay quien lucha por los que viven mal"
Por Juan SARDÁ 

Ken Loach es quizá el cineasta más fiel a sus ideas, que no parecen haber cambiado un ápice desde su debut con la magnífica 'Kes' (1969). Estandarte de la izquierda política y retratista de la clase trabajadora, estrena hoy el documental 'El espíritu del 45', un recorrido por las luchas sociales a lo largo del siglo XX. El británico muestra a El Cultural su escepticismo y su preocupación frente el desmantelamiento del estado de bienestar.

En tiempos de incertidumbre, sorprende comprobar que Ken Loach (Birmingham, 1936) no ha cambiado un milímetro sus ideas. Más allá de filias y fobias políticas, nadie puede discutir que el británico es uno de los mejores directores europeos de los últimos cuarenta y cinco años. Retratista oficial de las clases trabajadoras, Loach ha convertido la injusticia, la desigualdad y la pobreza en los temas preferentes de su cine.

Su documental El espíritu del 45 es una de las películas más directamente políticas del cineasta, ya que no se limita a reflejar con ojo certero la realidad de las clases humildes sino que cuenta la historia de Gran Bretaña desde el final de la II Guerra Mundial hasta nuestros días, sin pretender en ningún momento ser “objetivo” o mostrar “los dos lados”. El espíritu del 45 es una defensa acérrima del estado del bienestar europeo en tiempos en los que la crisis y las fuerzas del capitalismo amenazan con destruirlo. El autor de películas fundamentales como Kes (1969), Lloviendo piedras (1993) o El viento que agita la cebada (2006), por la que ganó la Palma de Oro, se muestra más combativo que nunca. No queda muy claro si resignado a seguir clamando en el desierto o con moral de victoria.

-La película podría describirse como “el paso de lo público a lo privado”, un fenómeno que se vive en toda Europa.
-Crecí en una generación que realmente creyó que podíamos construir una sociedad basada en el bien común y no en el beneficio propio. Pensábamos también que esos cambios durarían. Este documental es algo que he querido hacer durante mucho tiempo. Yo era muy pequeño en el 45 pero recuerdo perfectamente esa alegría después de ganar la guerra y cómo afectó a todo mi entorno la construcción del estado del bienestar. Creo que es importante mostrar, sobre todo a los más jóvenes, que es posible tener un gobierno que parta de la base de que el individuo no está por encima de lo colectivo. Debemos volver a aprender a compartir, a trabajar los unos por los otros y no contra los otros.

-¿Qué relación tiene ese espíritu tan fuerte de comunidad que se creó en aquel tiempo?
-Por una parte, había una enorme tristeza porque murió muchísima gente. Por la otra, se pensaba que la desgracia había sido tan enorme que aprenderíamos de nuestros errores y podríamos construir un mundo mejor. Había esa determinación. En mi casa no se hablaba mucho de política pero recuerdo perfectamente el ambiente. A los traumas les sucedió un gran optimismo. 

-¿No corre el riesgo de idealizar esos tiempos?
-La parte negativa fue que pedimos mucho dinero a Estados Unidos y llevó largas décadas su devolución. Con eso construimos las bases del estado del bienestar. Se construyeron cosas extraordinarias: casas, escuelas, grandes infraestructuras... En ese época todo el mundo tenía trabajo. Todo cambió cuando se comenzaron a privatizar determinados servicios que cumplen una función social evidente y se impuso la moral del beneficio. El caso de los trenes es un ejemplo clarísimo. Jamás pensamos que se atreverían con la sanidad, pero ya empezaron a hacerlo antes de la crisis. 

El espíritu del 45, presentado en la última Berlinale, es un documental sobrio que puede entenderse como un cuento que termina mal. Empezamos viendo imágenes de archivo de la Inglaterra feliz que baila el swing para celebrar el final de la guerra y termina de forma agria con un somero repaso al desmantelamiento de los logros conseguidos. Con declaraciones de obreros, Loach construye su relato desde las terribles desigualdades de principios de siglo al triunfo de los laboristas sobre Churchil y la construcción del estado del bienestar. Margaret Thatcher, la bestia parda de Loach, es por supuesto la villana de la película y Tony Blair tampoco sale bien parado. El director se identifica con sus entrevistados y sus declaraciones glosan su propia forma de pensar. “Que todo reviente ya y que venga otra cosa”, dice uno de ellos luciendo su gorra de brigadista internacional. 

-Sitúa la llegada de Margaret Thatcher como el principio del fin. ¿Por qué pudo hacerlo?
-Todo es cíclico. A partir de los 60 y 70 comienza el boom de las empresas privadas. Allí fue cuando comenzó la privatización de casi todo: el agua, el gas, la electricidad, las minas... Ha sido un proceso gradual que empezó con Thatcher y que provocó que todo se moviera a la derecha. Lo vemos con el gobierno supuestamente de izquierdas de Tony Blair. Entonces definitivamente dejó de haber un partido laborista.

-Termina el documental animando a los jóvenes “a quitarse los auriculares, a apagar la televisión y comenzar a discutir sobre lo que pasa”. ¿Percibe a una juventud alienada?
-El triunfo de la derecha sobre las mentes de las personas ha sido su mayor triunfo. No hay un liderazgo fuerte que sirva como oposición. El mercado dice que se limita a dar a la gente lo que quiere y se admite eso como una verdad. Pero es al revés, el mercado genera en la sociedad las necesidades que le interesan. Hay un apetito por el consumo que no había existido nunca. Vivimos en el mundo del fast food, la realidad del sucedáneo y de placeres instantáneos con mucho azúcar. La televisión sin duda juega un papel crucial en todo esto.

-¿Qué cree que se puede hacer para revertir la situación?
-Paralizar la producción, es lo único que de verdad le haría daño al sistema. Ya vimos con la guerra de Irak para lo que sirven las manifestaciones pacíficas, aunque son mejores que nada. Estamos muy manipulados y nos han convencido de que no hay posibilidad de victoria, el pueblo está totalmente desmoralizado. Se acepta que es cosa de los tiempos como si no hubiera alternativa, y no es cierto. Necesitamos liderazgo y organización porque ahora mismo la oposición al capitalismo es muy débil.

-Al menos ahora sí tenemos libertad de expresión... 
-Cuando algo falla se dice que “es una manzana podrida”, pero el sistema funciona y precisamente porque funciona lo ha detectado. Las críticas no son más que coartadas. Porque es falso. Hasta que no cambien las raíces mismas de nuestra sociedad, de nuestro sistema, no habrá un verdadero cambio. Puedes solucionar el problema, pero hay que curar la enfermedad. 

-Usted mismo describe una derecha mucho más fuerte y segura que la izquierda. ¿En qué ha fallado ésta?
-La izquierda siempre ha sido mucho más complicada porque se mueve en un terreno de incertidumbre y de soluciones más complejas. Para la derecha siempre ha estado muy claro lo que hay que hacer porque el principio siempre ha sido el mismo, en su esencia no cambia, ya sea en el feudalismo o en el mundo globalizado. Ahora mismo, la izquierda se enfrenta al reto de ofrecer una alternativa y ese problema la derecha no lo tiene.

-No queda muy claro si es usted pesimista u optimista...
-En el corto plazo, pesimista. Sigo confiando en lo mejor del fondo del ser humano. Hay quien sigue luchando por los que viven muy mal. Si la gente se une, si se genera un proceso de resistencia, todo podría cambiar. Me gustaría pensar que aún hay esperanza. 


Articulo: http://www.elcultural.es 13/09/2013

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