dimanche 8 septembre 2013

Néstor DÍAZ DE VILLEGAS/ El extraño caso del poeta Pedro Jesús CAMPOS

El extraño caso del poeta Pedro Jesús CAMPOS
Por Néstor DÍAZ DE VILLEGAS

¡Qué estudiados los poetas cubanos! Todos caen en la ranura, en su compartimento, en su grupúsculo. Así desfilan por antologías, así van asentándose y acomodándose en el banco de imágenes como si fueran finalistas de algún concurso —pero sin emitir juicios, sin hablarse, rozarse, ni leerse.

Se miran de soslayo; se empujan y hacen sitio para el último que llegue. En la puerta de entrada hay un productor —el Donald Trump de las Bellas Letras, algún académico yanqui— repartiendo bandas de muselina con la palabra "POESÍA" bordada en hilo negro sobre fondo verde. Por allí no osaría asomarse alguien que tenga un tacón jorobado, o quien pudiese ser tildado de difícil, o quien no sepa cubanear correctamente, y aún menos el que no publicó nada nunca.

Lo raro ha sido desterrado de nuestra lírica. No hay excepciones, ni sorpresas, ni fenómenos, ni monstruos. En medio del desmadre, el despelote y el delirio, hemos creado el perfecto desfile de belleza.

Por eso vuelvo siempre sobre los pasos de mi amigo Pedro Campos, a las escasas páginas que dejó detrás a toda prisa, en una carrera que duró poco y no significó mucho. Nació en Contramaestre, Oriente, el 11 de febrero de 1954; su madre soltera lo llevó a La Habana cuando tenía tres o cuatro años. Fue a la escuela primaria castrista, e imagino que también a la secundaria. Lo conocí en la Academia San Alejandro a principios del curso de 1971 (teníamos quince y diecisiete años, respectivamente).

Nos entendimos enseguida. Yo escribía prosas pequeñas y él poesía. Intercambiamos libros: le entregué el Teseo de André Gide y él me prestó Canto ceremonial contra un oso hormiguero, que ya entonces podía recitar de memoria.

Vivimos en literas colindantes durante la escuela al campo. Me convenció de que dejara la prosa y me dedicara a lo que él consideraba el bien supremo, el estado de gracia. Se orientó infaliblemente en la jungla del prosaísmo en boga, cuqueando los lugares comunes. Antes que finalizara la década había escrito la poesía más extraña, decadente y moderna de nuestro tiempo.

Cada madrugada Pedro, luego de una toilette ritual que podía durar horas, salía a recorrer las calles de la urbe en busca de experiencia. La delicada fauna de proxenetas y muchachos de la noche era su elemento. Plantado en la esquina del Payret, mulato claro, pequeño de estatura, perfumado y maquillado con polvos de Coty, retocado con crema fría y brillo de labios, con pantalones corte campana de talle justo, merodeaba los muelles esquivando la policía, persiguiendo a un evasivo ángel rubio, buscando una fiesta clandestina, demorándose en las paradas de la confronta, entrando a las grutas de la ciudadela, con su sempiterno cigarro Dorado en los labios, su infinita paciencia y su dominio de escena.

Pedro Campos, o simplemente, Pedrito: La Habana —esa ramera fatigosa– fue su musa, y se le entregó como a pocos. Pedro la cantó en unos versos amarillentos y padillanos, de estrofas tópicas, artificiales o derivativas, primero; luego, en secretos epigramas, en neuróticos grafitis, en koanes sintéticos, los requiebros de un ser pesimista y patético. (Casi todos se han perdido.) Reinaldo Arenas lo trató, y reconoció su valor como poeta y artista de la ciudad. Pedro recitaba con entusiasmo los versos de Goyesca, enjoyada y el Arte de birlibirloque, que desde los tempranos setenta circulaban entre escritores del underground.

Su coto fue el Parque Cristo, los solares y las azoteas de quienes, en aquel momento, integraban la farándula habanera. ¿Quién se acuerda de Pedro el Fabuloso, de Tony el Alemán, de Manolito el Salsa, de Darling y de Yoko? ¿De las fiestas con los Almas Vertiginosas en el apartamento de Chaveco? ¿De las espectaculares salidas de Hiram Prats a La Rampa? Convoco esos fantasmas porque dan la medida del trecho que separa la sensibilidad de Pedro Campos, su mundo, sus gustos y sus influencias, de las corrientes estéticas ulteriores, la poesía de la otra Habana, canónica, aceptada y redescubierta.

El problema principal, para un joven poeta cubano de los setenta, aparte de la censura, era la cuestión de cómo evadir una retórica que había acaparado todos los registros y las formas. El tono cauteloso y amargado de Heberto Padilla hizo escuela. Lo leímos en la clandestinidad y lo imitamos. Padilla era el bardo de la pequeña burguesía siquitrillada, el rapsoda de la inteligencia, de los expatriados de Nueva York que regresaron en busca del paraíso socialista, y lo perdieron. Nosotros caíamos por debajo de él, éramos más insignificantes que los condenados al ostracismo. Ni Raúl Rivero, ni Fayad Jamís, ni Luis Rogelio Nogueras nos decían nada. Nosotros éramos nada.

Naturalmente, sentíamos afinidad (descubiertos en ínfimas bibliotecas de barrio, donde habían escapado de la hoguera) con los poetas simbolistas, que pasaban bajo el radar sin hacer ruido. Pedro me leyó, en las noches de ceniceros repletos y jarras de cerveza tibia, a Rimbaud: Una temporada en el infierno; las Iluminaciones. Supimos que nuestro mundo estaba más cerca de La Virgen loca y el Esposo infernal que de La fijeza. Encontramos a Nietzsche en un librero confiscado a alguna familia de gusanos, había ido a parar a la sede del CDR de la calle Bernaza. Después nos cayó del cielo una antigua edición cubana deRetrato del artista adolescente.

Escribíamos juntos, en la misma mesa, uno frente al otro, de madrugada, en el apartamento del último piso del Edificio Centro, mientras en la radio extranjera sonaban los sacrosantos acordes de In-A-Gadda-Da-Vida de Iron Butterfly, o de In Every Dream Home a Heartache, de Roxy Music. Esa fue nuestra Estética. Cuando creímos que estábamos a punto de comunicar algo trascendente, de expresar a brochazos nuestro disgusto, nos expulsaron de la Academia, a ambos, el mismo día.

Pedro, avergonzado, intentó suicidarse esa noche, sin éxito. Tomó una carga letal de meprobamato, le lavaron el estómago y le quedó una úlcera de por vida. Yo fui a dar a la secundaria básica de la Manzana de Gómez, y más tarde, a Cienfuegos, donde caí preso. Por entonces, el director de San Alejandro era un tal Ahmed Safille, de quien no he vuelto a tener noticias.

Música del árbol caído

Pedro entró en la Embajada del Perú, permaneció allí muchos días, viajó en barco camaronero y llegó decepcionado a los Estados Unidos en la primavera del ochenta. No escribió nada más. La poesía suya que recordamos quienes lo leímos terminó a los veinticuatro años. Sus libros se perdieron, quedan unos cuadernos de adolescencia, una sucinta selección de piezas desiguales que publicó la Universidad de Redland, en California y, póstumamente, el folleto Peces de plata (1998), de la Colección Strumento, de Miami. Casi todos sus amigos han muerto, víctimas, como él, de la Plaga. Su influencia es remota, subterránea, y cada vez más débil. Le hubiese gustado saber que terminó encarnando la sentencia de su amado obispo de Berkeley: "Si un árbol cae en el bosque y no hay nadie para oírlo, ¿hará ruido?"

Tal vez pueda apreciarse aún la música de este árbol caído, que, entre 1972 y 1979, los años oscuros del coloquialismo y el verso elegíaco, cambió la manera en que poetizábamos. Pedro Campos ni siquiera figura en el simposio de su amigo Reinaldo Arenas, no aparece allí con nombre ficticio o identidad cómica, pero algo queda de él, y de su mundo, en los epigramas y las cuartetas de El color del verano.

Pedro Jesús Campos falleció en octubre de 1992, en el Jackson Memorial Hospital. Está enterrado en una tumba sin nombre en el cementerio municipal del Condado de Dade.
  
***
Amanecer

¿Estás mirando el viento, niño?
Estoy mirando el sol.
Que su luz te sea leve
y su fulgor
no hiera tu osadía.
La bola cretina del amanecer
avanzó sobre las calles
y las plazas
como una euforia nacional.


Ciudad

Llega, ciudad soberbia
y conviértete en Reina
escoge tu diadema
de inmóviles portales
enumera los rostros
raudos que te transitan
y acoge el ámbar tierno
de auroras que te invaden.

Ciudad hermosa que
atormentada por ruidos
constelada de angustias
y atiborrada de escorpiones
estás.


La iglesia de la calle Reina

Inquietamente gris
su desencanto impone,
despintado
y en pose artificial.

Es la última casa,
la morada de Dios.

El señorito ha muerto,
las paredes reflejan
su misa y su velorio,
su almanaque borracho
desprendiéndose el aberrante día.
Solo queda la casona turbia
con sus rezos ocultos
y, hoy por hoy,
con aires de inmoral.

En sus columnas
mean los perros.


La dama de las camelias

El flagelo y su ira
atacaron tu cuerpo
y escondido en tu pecho
bullía el manantial,
y los esputos sonoros
dormidos en la espuma,
poco a poco,
delataron su estancia
en el maniobrar grave
de tu pañuelo azulburguesa.


Situaciones

Desde el fondo de los lagos
peces de plata pululan melodías
de recónditos mares en miniatura.

Desde el fondo de las cloacas
cucarachas broncíneas husmean

herméticos atardeceres inaccesibles.

Articulo: http://www.diariodecuba.com 28/08/2013