dimanche 8 septembre 2013

Nuria AZANCOT/ COETZEE: "La gente no debería creer que, vaya donde vaya, se hablará en inglés"

COETZEE: 
"La gente no debería creer que, vaya donde vaya, se hablará en inglés"
Por Nuria AZANCOT

Un niño y un anciano apátridas son los protagonistas de la última novela de J. M. Coetzee,La infancia de Jesús, que Mondadori publica estos días. El Cultural adelanta el primer capítulo de la más polémica de las novelas (incómoda, e incluso irritante para el lector, según nuestro crítico) de este Nobel esquivo.

Divorciado, padre de una hija, vegetariano y abstemio, John Maxwell Coetzee (Ciudad del Cabo, Suráfrica, 1940) es alérgico a los medios desde mucho antes de obtener el Nobel de literatura en 2003. Ahora su fobia se ha acentuado, como demuestra que, cuando estuvo invitado por la Universidad de Murcia en 2007, los periodistas sólo le arrancaron esta frase: “No considero necesario hacer declaraciones”. No leyó una ponencia, sino fragmentos de la que entonces era su última obra, Diario de un mal año. 

De La infancia de Jesús, uno de los libros estrella de la rentrée, apenas ha hablado: sólo en Colombia, y tras la insistencia de los periodistas, reconoció que había optado por que los protagonistas tuviesen que utilizar el español porque “la gente no debería padecer la idea erróna de que, donde quiera que vaya, se hablará la lengua inglesa”, algo que para su editor español, Claudio López Lamadrid (Mondadori) tiene toda la lógica: “Además de ser una lengua especialmente querida para el autor, tiene unas reminiscencias religiosas que funcionan bien en este contexto extraño. La infancia de Jesús se enmarca en la serie de novelas simbólicas o alegóricas del autor. Parece también un claro homenaje a Beckett, su autor preferido.”

Pero, aunque el Nobel surafricano-australiano había asistido a Colombia encantado y luego visitó la feria del libro de Buenos Aires, eso no rompió el hielo. Cuando otro medio le preguntó si no creía en la división de los géneros literarios, su respuesta fue un hachazo:
- La respuesta corta es no. 

¿Cómo se rompe el muro?
No era nada personal. Cuando ganó el premio Booker, no acudió a recibirlo y según el esnayista americano Mark Shechner “es capaz de permanecer sentado junto a ti durante horas sin pronunciar palabra”. Y, en las escasas ocasiones que concede entrevistas, muchas de sus respuestas suelen ser: “Ya hablé sobre este libro en la entrevista que concedí hace X años a la revista Y, le doy la referencia”.

Sólo a veces, alguien como el profesor colombiano Isaías Peña, resquebraja el muro coetzeiano: llevaba años invitándole y una de sus hijas era alumna de la Universidad de Adelaida donde el Nobel da clases... Sólo por eso acudió a Colombia, con la condición de conocer el arte y el teatro local y pasear en bicicleta por los alrededores de Bogotá.

Tampoco es más abierto para sus editores. López Lamadrid (Mondadori) recuerda haber mantenido con él una correspondencia esporádica a raíz de la concesión del premio Llibreter a La edad de hierro, aunque cuando ganó el Nobel lo invitó a la ceremonia “y lo conocí en Estocolmo. Después lo he visto en un par de ocasiones, aquí y allá. La última vez hace unos meses, en Buenos Aires, adonde viajé para presentarlo al público cuando inauguró la feria del libro”. Tampoco sabe si visitará pronto España porque “es un hombre difícil de predecir”. 

En los últimos meses quizá no haya estado muy lejos, porque su último traductor, Miguel Temprano, resolvía vía email sus dudas sobre La infancia de Jesús en tres horas, “así que no estaba en Australia ni en Estados Unidos”. Temprano le describe como alguien cordial, elegante y puntilloso: “Como los personajes tienen que hablar en español, tuvimos que enfrentarnos a problemas de matiz muy sutiles. En ocasiones resolvió mis dudas, pero en otras me remitió a las traducciones alemana y francesa, porque habían tenido los mismos problemas, pero cuando le descubrí un gazapo en la versión inglesa, su respuesta fue que ya no tenía remedio, y que viviría con eso”. 

La crítica se muestra desconcertada. Joyce Carol Oates publicaba el 26 de agosto en el New York Times una reseña sobre esta distopía con ecos de Orwell, Kafka, Melville y el Quijote. Y dos días después, y también en el NYT, Dwight Gardner resaltaba que se trata de un libro más filosófico que narrativo que polemiza sobre la memoria, el trabajo y el deseo. Aquí, escribe Gardner, “un gran escritor analiza su propio corazón y su mente”. 

Para López Lamadrid la clave es la sensación “de extrañeza e incomodidad”. Sí, Coetzee lo ha logrado: polémico de nuevo, vuelve a irritarnos con un libro desasosegante. 

***
La infancia de Jesús
J.M. Coetzee
Traducción de Miguel Temprano García. Mondadori, 2013. 271 pp. 17'90 €. Ebook: 10'44 €.
Por Nadal SUAU 

En diciembre de 2012, cuando John Maxwell Coetzee (Cape Town, 1940) acudió a la Universidad de su ciudad natal para ofrecer una lectura de la entonces inédita La infancia de Jesús, se presentó explicando a la audiencia que había propuesto editar la novela con unas cubiertas totalmente en blanco, dando a conocer el título sólo en la última página.

De haberlo logrado, esta última pirueta acentuaría aún más el carácter de diablura desconcertante que exhibe el libro. Como la industria editorial no quiso saber nada del asunto, la idea queda como una anécdota valiosa, al demostrar que La infancia de Jesús no es un título escogido por capricho, sino que encierra una revelación; también confirma que el texto es críptico por designio de su autor, no por flaqueza. Coetzee proyectó nuestra incomodidad. Esas cubiertas blancas nos permiten especular que, de hecho, Coetzee espera que hagamos algo con esa incomodidad. Por ejemplo, que nos hagamos al menos tantas preguntas como sus personajes. 

La infancia de Jesús sólo remite a la infancia de Jesús en clave simbólica, proponiendo un paralelismo para nada inequívoco entre este libro y la vida, o el significado, del nazareno. El argumento, desarrollado mediante un narrador convencional, una linealidad temporal nada conflictiva, abundancia de diálogos y el clásico estilo seco, breve y cerebral del Nobel sudafricano, es el siguiente: un adulto y un niño, Simón y David, llegan juntos a un nuevo país. No hay lazos sanguíneos entre ellos pero Simón está decidido a cuidar del pequeño y ayudarle a encontrar a su madre, aunque la tarea se presume difícil: los habitantes de este nuevo mundo llegan a él sin recuerdos del pasado ni interés por recuperarlos. Y aunque el caso de David “es distinto”, o eso cree Simón, el niño no conoce el nombre de la madre ni sabe qué aspecto tiene. Sus primeros pasos no son fáciles: tienen que dormir en un centro de reubicación, habituarse a comer mal, aprender el funcionamiento de una sociedad distinta en la que sólo se habla español... 

Las primeras páginas del libro parecen contener una alegoría sobre la condición del inmigrante, mientras el lector empieza a hacerse preguntas: ¿Debemos buscar alguna referencia a Sudáfrica en todo esto? ¿Por qué hablan precisamente español? Simón consigue trabajo como estibador en el puerto y la novela parece derivar en una reflexión igualmente alegórica sobre el capitalismo, puesto que este país inexistente es el perfecto negativo de la lógica económica dominante: en el puerto no se usan grúas porque no hay prisa ni necesidad de aumentar beneficios; asistir al espectáculo de un partido de fútbol es gratis, porque “sólo es un juego”; el transporte y la enseñanza son gratuitos; las diferencias sociales parecen existir, pero carecen de importancia. 

La novela avanza y todo contribuye cada vez más a la desorientación del lector: si estamos ante algún tipo de alegoría, ¿por qué su prosa evita sistemáticamente el tono alegórico? Si se trata de una apuesta más o menos fantástica, ¿por qué el paisaje urbano se parece tanto al de mediados del siglo XX, con esas escenas portuarias que uno imagina en blanco y negro, sin móviles ni tecnología contemporánea? Como fábula política tampoco parece sofisticada. De pronto aparece en escena la posible, supuesta o real -no sabemos- madre del chico, una tal Inés, caracterizada como una envarada joven que pudo fotografiar Lartigue. ¿Es posible que todo el atrezzo de La infancia de Jesús remita al mundo de la infancia del propio Coetzee? Inés acepta ser la madre del niño, sin que entendamos muy bien si es realmente o no la madre natural ni qué significa para ella ser la madre de alguien tan especial como David. 

Porque David, ciertamente, no es normal. Hace muchas preguntas insólitas y despliega una imaginación deslumbrante, una doble visión que nadie más comparte. Simón quiere que aprenda a leer con una edición infantil de El Quijote, y David concluye que el molino es un gigante, don Quijote es un héroe real, y uno puede caer en los agujeros del libro como don Quijote cayó (porque a juicio de David, cayó) en la cueva de Montesinos. Inés no quiere que su hijo sea escolarizado, y cuando esto ocurre, resulta desastroso: la escuela no entiende a David, y el rechazo es recíproco. 

A estas alturas, tal vez el lector empiece a entender hasta qué punto La infancia de Jesús ofrece más preguntas que respuestas, más elusiones que aclaraciones. En esta naturaleza misteriosa y llana al mismo tiempo, en su opacidad cristalina, puede que Coetzee haya logrado acercarse más al duende literario de los Evangelios que Colm Tóibín con otra reciente obra suya, The testament of Mary, cuya excelencia artística es más indiscutible pero también menos desbordante. Porque La infancia de Jesús desborda hasta irritar: son irritantes Inés y, a mi modo de ver, David. Irrita la falta de deseos materiales o trascendentes de los habitantes de Novilla, su falta de pasado, su constante buena voluntad, su uso de un platonismo de bachillerato como prevención frente al instinto. Puede irritar sentirse un poco burlado, incluso chuleado, por un Coetzee con cara de palo a lo Buster Keaton que deja al lector desasistido. Pero esta irritación viene acompañada de otra circunstancia no menos determinante: uno no puede dejar de leer y de hacerse preguntas. 

He aquí las únicas certezas, porque algunas hay, que he reunido en torno aLa infancia de Jesús: a) Simón es un individuo perfectamente coetzeeano, perdido en un mundo de códigos nuevos y apegado a sí mismo aunque sea capaz de aplicarse una mirada nada condescendiente. b) También es propio del autor el tratamiento que da al tema del deseo, en el que nos reconocemos humanos pero que nos lleva a la desgracia. c) La partida alegórica del libro se juega, si es que de verdad se hace, en un terreno más amplio que el político, uno al que sólo conflictivamente se alude como “la naturaleza humana”. d) La pregunta esencial no es quién ama a David, sino quién cree en él. e) Hay que ser muy valiente y muy honesto respecto de la propia concepción de la escritura como oficio arriesgado para tener 70 años y un Premio Nobel y atreverse a escribir algo así. 

Esto último es muy importante: la percepción que el lector tendrá de La infancia de Jesús va a depender mucho del crédito que dé a Coetzee. Sin confiar en él, habrá quien acabe sospechando que las dudas e irritación que puede provocar son más consecuencia de un devaneo autoral que de un objetivo artístico sólido. No es mi caso, pero no sólo (no me sean maliciosos) por la trayectoria anterior del autor, sino porque a mi juicio esta difícil propuesta no descarrila. Coetzee se impone un extravagante desafío narrativo y lo resuelve no sin elegancia: este es un libro sencillo, nada ampuloso ni “experimental”. No puedo garantizar que les vaya a gustar, pero merece respeto y no es fácil de esquivar. 

***
La infancia de Jesús

El premio Nobel de Literatura John Maxwell Coetzee (Ciudad del Cabo, Suráfrica, 1940) ha llevado por fina buen puerto su esperadísima última novela, La infancia de Jesús (Mondadori, 2013), una extraña historia de emigrantes de no se sabe dónde en un no menos extraño país del que nada se sabe. Simón y el pequeño David llegan a un centro de acogida en la ciudad de Novilla. Parecen padre e hijo pero no lo son, se han encontrado fortuitamente y unido en el viaje y buscan a la madre perdida del niño. Pero las cosas no son como se esperan en una ciudad cuyos habitantes se muestran amables y dispuestos a ayudar pero no mucho más... 

Aquí puede leer el primer capítulo de 'La infancia de Jesús'.

El hombre de la puerta les indica un edificio bajo y achaparrado que hay no muy lejos. 
-Si se dan prisa -dice-, podrán registrarse antes de que cierren. 

Se apresuran. «Centro de Reubicación Novilla», dice el letrero. 

«Reubicación», ¿qué significará eso? No es una de las palabras que ha aprendido. 

La oficina es amplia y sobria. También calurosa, incluso más que afuera. Al fondo, un mostrador de madera cruza la sala, dividido por paneles separadores de cristal esmerilado. Apoyada en la pared hay una hilera de ficheros de madera barnizada. 

Suspendido de uno de los paneles hay un letrero, «Recién llegados», con las palabras impresas en negro en un rectángulo de cartón. La empleada de detrás del mostrador, una mujer joven, le saluda con una sonrisa. 

-Buenos días -dice él-. Acabamos de llegar. -Pronuncia las palabras despacio, en el español que tanto le ha costado dominar-. Estoy buscando trabajo y un sitio donde vivir. -Sujeta al niño por las axilas y lo levanta para que pueda verlo-. Tengo un niño conmigo. 

La joven se inclina para darle la mano al niño. 
-¡Hola, muchachito! -dice-. ¿Es su nieto? 
-Ni mi nieto, ni mi hijo, pero soy responsable de él. 
-Un sitio donde vivir. -Hojea los documentos-. Tenemos una habitación libre, aquí en el Centro, que puede usted usar mientras busca algo mejor. No será lujosa, pero tal vez no le importe. En cuanto al trabajo, ya buscaremos algo por la mañana… parece usted cansado. Seguro que quiere descansar. ¿Vienen de lejos? 
-Llevamos toda la semana en la carretera. Hemos venido de Belstar, del campamento. ¿Conoce Belstar? 
-Sí, lo conozco bien. Yo misma vine por Belstar. ¿Aprendió español allí?
-Hemos asistido seis semanas a clases diarias.
-¿Seis semanas? Tiene suerte. Yo pasé tres meses en Belstar. Casi me muero de aburrimiento. Lo único que me animó a seguir fueron las clases de español. ¿No tendría por casualidad de profesora a la señora Piñera?
-No, nuestro profesor era un hombre. -Duda-. ¿Puedo cambiar de tema? Mi niño -mira al crío- no está bien. En parte es porque está disgustado, confuso y disgustado, y no ha comido como es debido. La comida del campamento le parecía rara, no le gustaba. ¿Hay algún sitio donde podamos comer como es debido?
-¿Cuántos años tiene?
-Cinco. Es la edad que le han asignado.
-Y dice usted que no es su nieto.
-Ni mi nieto, ni mi hijo. No somos familia. Tome.

Saca las cartillas del bolsillo y se las entrega.
Ella comprueba las cartillas.
-¿Se emitieron en Belstar?
-Sí. Ahí fue donde nos pusieron nuestros nombres españoles.

La joven se inclina sobre el mostrador.
-David… es un nombre muy bonito -dice-. ¿Te gusta tu nombre, muchachito?

El niño la mira a su misma altura, pero no responde. ¿Qué es lo que ella ve? Un niño pálido y delgado con un abrigo de lana abotonado hasta el cuello, pantalones cortos grises hasta las rodillas, botas negras de cordones sobre unos calcetines de lana y una gorra de tela ladeada.
-¿No tienes calor con tanta ropa? ¿Quieres quitarte el abrigo?

El niño mueve la cabeza.
Él interviene.
-La ropa es de Belstar. La escogió él mismo, entre lo que tenían. Le tiene mucho apego.

-Entiendo. Lo preguntaba porque me parecía demasiado abrigado para un día como hoy. A propósito: tenemos un almacén en el Centro donde la gente dona la ropa que se le ha quedado pequeña a sus hijos. Está abierto todas las mañanas los días laborables. Puede servirse usted mismo. Encontrará más variedad que en Belstar.
-Gracias.
-Además, una vez haya cumplimentado los formularios necesarios, podrá sacar dinero con la cartilla. Dispone de una prestación por traslado de cuatrocientos reales. El niño también.

Cuatrocientos cada uno.
-Gracias.
-Y ahora, permita que le lleve a su habitación.

Se inclina y le susurra a la mujer del mostrador de al lado, que lleva el letrero «Trabajos». La mujer abre un cajón, rebusca en él y mueve la cabeza.
-Un pequeño contratiempo -dice la joven-. Parece que no tenemos la llave de su habitación. La tendrá la conserje del edificio. Es la señora Weiss. Vaya al Edificio C. Le dibujaré un plano. Cuando la encuentre, pídale que le dé la llave de la C-55. Dígale que le envía Ana, de la oficina principal.
-¿No sería más fácil darnos otra habitación?
-Por desgracia, la C-55 es la única que está libre.
-¿Y la comida?
-¿La comida?
-Sí. ¿Hay algún sitio donde podamos comer?
-Pregunte también a la señora Weiss. Ella podrá ayudarles.
-Gracias. Una última pregunta: ¿hay alguna organización especializada en reunir a la gente?
-¿Reunir a la gente?
-Sí. Debe de haber mucha gente buscando a miembros de su familia. ¿Hay alguna organización que ayude a reunir a las familias… familias, amigos, amantes?
-No, no he oído hablar de ninguna organización así.

En parte porque está cansado y desorientado, en parte porque el plano que le ha dibujado la joven no es muy claro y en parte porque no hay letreros, tarda un buen rato en encontrar el Edificio C y la oficina de la señora Weiss. La puerta está cerrada. Llama. No hay respuesta. Para a una mujer diminuta con la cara puntiaguda y ratonil que pasa por allí y que lleva el uniforme de color chocolate del Centro.
-Busco a la señora Weiss.
-Ha salido -dice la joven, y cuando ve que no le entiende añade-: Se ha tomado el día libre. Vuelva por la mañana.
-En ese caso, tal vez pueda usted ayudarnos. Estamos buscando la llave de la habitación C-55. La joven mueve la cabeza.
-Lo siento, no me ocupo de las llaves.

Vuelven al «Centro de Reubicación». La puerta está cerrada.
Golpea el cristal. No hay indicios de que haya nadie dentro. Vuelve a golpear el cristal.
-Tengo sed -se queja el niño.
-Espera un poco -dice él-. Buscaré un grifo.

La chica, Ana, aparece en la esquina del edificio.
-¿Llamaba? -dice.

Una vez más, le sorprenden la juventud, la salud y la lozanía que irradia la joven.
-Por lo visto, la señora Weiss se ha ido a su casa. ¿No podría hacer usted algo? ¿No tiene una... cómo se dice, llave universal para abrir la habitación?
-Llave maestra. No hay una llave universal. Si tuviéramos una, se habrían acabado nuestros problemas. No, la señora Weiss es la única que tiene una llave maestra del Edificio C.
-¿No tiene ningún amigo que pueda alojarles esta noche? Luego puede volver por la mañana para hablar con la señora Weiss.
-¿Un amigo que pueda alojarnos? Hace seis semanas que llegamos a la costa, desde entonces hemos estado viviendo en una tienda de campaña en un campamento en el desierto.
-¿Cómo cree que vamos a tener amigos que puedan alojarnos?

Ana frunce el ceño.
-Vaya a la puerta principal -le ordena-. Espéreme fuera. Veré lo que puedo hacer.

Pasan la puerta, cruzan la calle y se sientan a la sombra de un árbol. El niño apoya la cabeza en su hombro.
-Tengo sed -se queja-. ¿Cuándo vas a encontrar un grifo?
-¡Chsss...! -dice él-. Escucha a los pájaros.

Escuchan el extraño canto de los pájaros, notan el viento extraño sobre la piel.
Ana sale. Él se levanta y saluda con la mano. El niño también se pone en pie, con los brazos rígidos en los costados y los pulgares metidos en el puño cerrado.
-He traído un poco de agua para su hijo -dice-. Toma, David, bebe.

El niño bebe y le devuelve el vaso, ella lo guarda en el bolso-. ¿Estaba buena? -pregunta. -Sí.
-Bien. Y ahora, sígame. Hay una buena caminata, pero puede tomárselo como un modo de hacer ejercicio.

Echa a andar ágilmente por el sendero que cruza el parque.
No se puede negar que es una joven atractiva, aunque la ropa que lleva no le favorece: una falda oscura y sin forma, una blusa blanca cerrada en el cuello y zapatos sin tacón.
Podría seguirle el paso si fuera solo, pero, con el niño en brazos, no. Grita:
-¡No tan deprisa… por favor!

Ella no le hace caso. La sigue cada vez más de lejos a través del parque, de una calle y de una segunda calle. La joven se detiene ante una casa estrecha de aspecto corriente y les espera.
-Es mi casa -dice. Abre la puerta principal-. Adelante.

Les conduce por un pasillo oscuro, pasan una puerta trasera y bajan por una escalera destartalada de madera hasta un jardín pequeño cubierto de hierbajos y cercado por dos lados por una valla de madera, y por el tercero por una tela metálica.
-Siéntese -dice señalando una silla de hierro oxidado medio cubierta de hierba- Les traeré algo de comer.

No le apetece sentarse. El niño y él esperan junto a la puerta.
La chica vuelve a salir con un plato y una jarra. La jarra está llena de agua. En el plato hay cuatro rebanadas de pan untadas de margarina. Exactamente lo mismo que les dieron para desayunar en el centro benéfico.
-Al ser un recién llegado, tiene la obligación legal de residir en un alojamiento autorizado o en el Centro -explica-.

Pero no hay problema en que pase aquí la primera noche.
Como trabajo en el Centro, podemos decir que mi casa es un alojamiento autorizado.
-Es muy amable y generoso por su parte -responde él.
-En ese rincón hay material de construcción sobrante -señala la joven-. Puede construirse un cobertizo, si quiere. ¿Puedo dejarles solos?

Él la mira perplejo.
-No estoy seguro de entenderla -dice-. ¿Dónde exactamente vamos a pasar la noche?
-Aquí. -Señala hacia el jardín-. Volveré dentro de un rato a ver qué tal les va.

Los materiales de construcción son media docena de planchas de hierro galvanizado, oxidado en algunos sitios -sin duda debían de formar parte de algún tejado- y varios trozos de madera. ¿Los estará poniendo a prueba? ¿De verdad pretende que el niño y él duerman al aire libre? Espera a que regrese, tal como ha prometido, pero no llega. Prueba a abrir la puerta trasera: está cerrada. Llama, pero no hay respuesta.
¿Qué está pasando? ¿Estará detrás de las cortinas, observando sus reacciones?
No son prisioneros. Sería fácil saltar la valla de tela metálica y escapar. ¿Debería hacerlo, o conviene más esperar y ver lo que ocurre?
Espera. Cuando la joven regresa, ya está oscureciendo.
-No ha hecho gran cosa -dice con el ceño fruncido-. Tome.
-Le da una botella de agua, una toalla de mano y un rollo de papel higiénico; y, cuando él la mira con aire interrogante, añade-: No le verá nadie.
-He cambiado de opinión -dice él-. Volveremos al Centro.

Debe de haber alguna habitación pública donde podamos pasar la noche.
-Imposible. Las puertas del Centro están cerradas. Cierran a las seis.

Exasperado, se dirige al montón de material de construcción, saca dos planchas y las apoya en ángulo contra la valla de madera. Hace lo mismo con una tercera y una cuarta plancha para fabricar un tosco cobertizo.
-¿Es esto en lo que había pensado? -pregunta, volviéndose hacia ella. Pero la joven ha desaparecido-. Esta noche dormiremos aquí -le dice al niño-. Será una aventura.
-Tengo hambre -responde el niño.
-No te has comido el pan.
-No me gusta.
-Pues tendrás que hacerte a la idea, porque es lo único que hay. Mañana buscaremos algo mejor.

Con desconfianza, el niño coge una rebanada y la mordisquea. Él repara en que tiene las uñas negras de suciedad.
Mientras acaba de menguar la luz del día, se instalan en su cobertizo, él sobre un lecho de hierba, el niño en el hueco de su brazo. Pronto, el niño se duerme, con el dedo pulgar en la boca.
En su caso, el sueño tarda en llegar. No tiene abrigo; al cabo de poco, el frío se le cuela en los huesos; empieza a temblar. «No es grave -se dice-, solo un poco de frío, no te matará. La noche pasará, saldrá el sol y llegará el día. Pero que no haya insectos de esos que se arrastran. Si los hubiera, sería demasiado.»

Se queda dormido.
De madrugada, despierta rígido y dolorido de frío. La rabia le domina. ¿A qué viene esta absurda penuria? Sale arrastrándose del cobertizo, se abre paso a tientas hasta la puerta trasera y llama, primero discretamente, luego cada vez con más fuerza.
Arriba se abre una ventana; a la luz de la luna, apenas distingue los rasgos del rostro de la chica.
-¿Sí? -pregunta ella-. ¿Pasa algo?
-Sí, claro que pasa -responde-. Aquí hace frío. Por favor, déjenos entrar.

Se produce un largo silencio. Luego la joven dice:
-Espere.
Espera. Luego oye la voz de la joven:
-Tome.

Un objeto cae a sus pies: una manta, no muy grande, doblada en cuatro, está hecha de algún material áspero y huele a naftalina.
-¡¿Por qué nos trata usted así -grita-, como si fuésemos basura?!
La ventana se cierra con un ruido sordo.
Se arrastra hasta el cobertizo, se envuelve en la manta y tapa también al niño con ella.
Le despierta el clamor de los pájaros. El niño, aún profundamente dormido, está tumbado hacia el otro lado, con la gorra bajo la mejilla. Su propia ropa está húmeda de rocío. Vuelve a quedarse adormilado. Cuando abre otra vez los ojos, la chica lo está mirando.
-Buenos días -dice-. He traído el desayuno. Tengo que irme pronto. Cuando estén listos les dejaré salir. [...] -¿Nos dejará salir?
-A través de la casa. Por favor, dese prisa. No olvide traer la manta y la toalla.

Él despierta al niño.
-Vamos -dice-, hora de levantarse. Y de desayunar.

Mean uno al lado del otro en un rincón del jardín.
El desayuno vuelve a ser pan y agua. El niño arruga la nariz; él tampoco tiene hambre. Deja la bandeja en las escaleras sin tocarla.
-Estamos listos -grita.

La chica les conduce a través de la casa hasta la calle vacía.
-Adiós -dice-. Si les hace falta, puede volver esta noche.
-¿Y qué hay de la habitación que nos prometió en el Centro?
-Si no pueden encontrar la llave, o alguien ha ocupado la habitación, pueden dormir aquí otra vez. Adiós.
-Un momento. ¿Podría ayudarnos con un poco de dinero?

Hasta entonces no había tenido que mendigar, pero no tiene a quien acudir.
-Dije que le ayudaría, no que le daría dinero. Para eso tendrá que ir a las oficinas de la Asistencia Social. Puede coger el autobús para ir al centro. Asegúrese de llevar la cartilla, y su certificado de residencia. Luego podrá cobrar la prestación por traslado. O si no, puede buscar trabajo y pedir un anticipo. Esta mañana no estaré en el Centro, tengo reuniones, pero si va usted allí y les dice que está buscando trabajo y que quiere un vale, sabrán lo que necesita. Un vale. Y ahora lo siento, pero tengo mucha prisa.

El sendero que siguen el niño y él por el parque resulta ser uno equivocado; cuando llegan al Centro, el sol ya está alto en el cielo. Detrás del mostrador de «Trabajos» hay una mujer de edad mediana y rostro serio, con el cabello peinado muy tenso hacia atrás y recogido en una coleta.
-Buenos días -dice-. Nos registramos ayer. Somos recién llegados y estoy buscando trabajo. Tengo entendido que puedeusted darme un vale.
-Un vale de trabajo -dice la mujer-. Déjeme ver su cartilla.

Le da la cartilla. Ella la inspecciona y se la devuelve.
-Le extenderé un vale, pero es usted quien tiene que decidir lo que quiere hacer.
-¿Tiene alguna sugerencia para empezar? No conozco este sitio.
-Pruebe en los muelles -dice la mujer-. Normalmente, buscan trabajadores. Coja el autobús número 29. Sale de la puerta principal cada media hora.
-No tengo dinero para el autobús. No tengo ni un céntimo.
-El autobús es gratis. Todos lo son.
-¿Y un sitio donde quedarnos? ¿Puedo preguntar si hay un sitio donde quedarnos? La joven que estaba aquí ayer, una tal Ana, nos reservó una habitación, pero no hemos podido entrar.
-No quedan habitaciones libres.
-Ayer quedaba una, la habitación C-55, pero no sabían dónde estaba la llave. La encargada era la señora Weiss.
-No sé nada de eso. Vuelva usted esta tarde.
-¿Puedo hablar con la señora Weiss?
-Esta mañana hay una reunión del personal de más antigüedad. La señora Weiss está en la reunión. Volverá esta tarde.


Articulo: http://www.elcultural.es 06/09/2013