dimanche 29 septembre 2013

Nuria AZANCOT/Isaac ROSA: “La ficción literaria aún puede cambiar la realidad”

Isaac Rosa
“La ficción literaria aún puede cambiar la realidad”
Por Nuria AZANCOT 

Quince años después de haber tapiado ventanas y rendijas y de impedir que luz alguna se filtre en el sotano de una casa que un grupo de estudiantes comparten -y en el que se funden en un solo cuerpo palpitante los sábados por la tarde-, deciden clausurarla. Ellos, los de entonces, ya no son los mismos. La vida tampoco, llena de mezquindades y traiciones. Así comienza La habitación oscura, última novela de Isaac Rosa (Sevilla, 1974) que lanza Seix Barral y que es, según Ricardo Senabre, “una de las más destacadas de 2013”.

Patilludo y larguirucho, Isaac Rosa (1974) se muestra tan tímido como cordial. Nos hemos citado en uno de esos agujeros donde solemos esconder nuestras preocupaciones, un centro comercial abarrotado, de la misma manera que otros se refugian en el fútbol o en la televisión. O en un sótano, como los protagonistas de La habitación oscura, para quienes todo comienza como un juego, en un bajo compartido, para celebrar sin tabúes la juventud y la libertad, casi casi sin querer.

Se ve que este sevillano criado en Extremadura -y que ha hecho de Madrid su casa- no se fía demasiado de periodistas y fotógrafos, aunque sea uno de los nuestros (colaboró en “Público” y ahora lo hace en www.diario.es), y fuese elegido por los 25 principales críticos españoles como uno de los mejores nuevos talentos menores de cuarenta años (El Cultural, 17-05-2013). Él insiste: “siempre he controlado los ritmos de mi escritura sin presiones”:

-Desde luego, soy un privilegiado porque porque puedo hacer el tipo de literatura que me interesa y trabajo con absoluta libertad. Nadie me presiona. Cuando tengo algo urgente que decir recurro al periódico digital, que es el futuro, pero en la novela el ritmo y el tempo de la escritura lo marco también yo. Seix Barral me respeta y en el caso de este libro, su editora, Elena Ramírez, me ha acompañado mucho. Como Marta Sanz, con sus lecturas literarias, o David Barrera, al que también dedico la nivela, por su ayuda en los aspectos más políticos y menos culturales. 

-¿Qué relación tiene La habitación oscura con el resto de su obra?
-Mucha: existe una línea de continuidad entre mis obras anteriores y ésta, sobre todo una idea común de entender la literatura como método para comprender el mundo. La habitación oscura tiene mucho que ver con El vano ayer (2004), El país del miedo (2008) y, sobre todo con La mano invisible (2011), una nave industrial de la que practicamente no salían los protagonistas, como hacen de alguna manera los de esta habitación.

-¿Cómo nace la novela?
-De la manera más intuitiva y menos racional que pueda imaginar. Nace de una imagen, de un cuarto a oscuras en el que nadie habla, y la gente se relacionaba en libertad. 

-Sin embargo, en las redes circula que ataca sin piedad a su generación...
-No he pretendido hacer un ataque ni un retrato generacional, pero sí una interpelación, porque los nacidos en los años 70 estamos en el centro de la crisis y la sufrimos de manera dramática: nacimos en la democracia y nos educamos con unas expectativas de vida que se han venido abajo, porque creímos que íbamos a vivir mejor que nuestros padres, que no dejaríamos de prosperar, y de repente ese futuro se vino abajo y no sabemos ni tenemos con qué sustituirlo.

Sin cultura de resistencia

-¿No me dirá que se sienten más indefensos que sus mayores?
-Tal vez. No tenemos una tradición ni una cultura de lucha o de resistencia; crecimos en los años del consumo feliz de los años 80 y 90, así que quizá somos la generacion perdida del capitalismo más feroz.

-¿Y los que vienen detrás?
- No tienen nada que perder y son más audaces. La novela también pretende hablar de eso, de cómo hemos llegado hasta aquí, de nuestras ineludibles responsabilidades. 

Lo quiera o no, Isaac Rosa retrata en su libro a una generación en la que, por ejemplo, hay quien sufre un Ere y no se atreve a decirlo en casa; otro estafa a sus clientes del banco obligado por los directivos; una mujer en víctima de acoso; una hija debe cuidar a un padre enfermo de alzheimer al que detesta, y otro padre separado sufre que su hijo no quiera saber nada de él:
-Sí, al final se encuentran maltratados entre la frustración, la rabia, la decepción y el resentimiento ante lo que nos habían prometido y el miedo a perder más aún. Esos sentimientos de mi generación, esa tragedia que está viviendo, es lo que me permitió escribir La habitación oscura, un lugar que se crea para pasarlo bien y reír y acaba siendo un lugar donde llorar y gritar y huir. El sentido de la autocrítica es muy profundo.

-¿Cuándo deja de ser la habitación oscura un lugar de rebelión para convertirse en una suerte de agujero negro en el que cobijarse ante el mundo...? 

“Es mi novela más oscura”

-Cuando la vida lo hace imprescindible. Cuando el miedo o la tristeza o la soledad o el fracaso se apodera de todo, y todos acaban llegando a eso, pero todos sienten esa nostalgia y tratan de recuperar lo que eran, sintiendo nostalgia de lo que pudo haber sido. Nos creímos parte de una comedia americana, de esas tan populadores, con risas enlatadas, en las que nos hemos educado, donde todos éramos guapos y felices y despreocupados, pero pronto descubrimos que había nuevos personajes, más jóvenes, más brillantes, más valientes también, que nos echaban de escena porque ya no resultábamos divertidos. El fracaso y el miedo nunca lo son. Por eso mis personajes vuelven a la habitación oscura: para esconderse, para redimirse. 

-Por no faltar, en su relato hay incluso un hacker que espía a los poderosos y los chantajea...
-Estaba terminando la novela cuando salió todo el caso Snowden, un episodio más que nos ha venido a confirmar lo que ya intuíamos, que los gobiernos y las agencias de seguridad colaboran con las empresas de internet para espiarnos. Ya lo sabíamos, pero hemos descubierto lo barato que están vendiendo nuestra privacidad; es un tema que me preocupa, incluso me obsesiona. Y lo que planteo es la otra cara, en la que tampoco creo, porque no hay soluciones sencillas y porque no quiero desvelar los secretos dela novela. En realidad necesitamos transmitir que estamos en un tiempo muy difícil. Por eso, si mis otras novelas, como la del trabajo o la del miedo, podían tener unas lecturas más evidentes, en ésta quiero que sea el lector el que interprete el libro a su manera, a partir de sus propias experiencias. Espero que los lectores la juzguen y que decidan qué líneas rojas están dispuestos a cruzar. Por eso creo que es mi novela más oscura. 

-De todas formas, ¿qué posibilidades tiene la literatura en estos tiempos?
-Bueno, siempre he sido bastante crédulo. La ficción literaria tiene un increíble potencial de transformación de la realidad; por eso la política y la economía utilizan técnicas narrativas para construir sus relatos; la literatura de ficción sigue siendo una herramienta privilegiada para interpretar y transformar el mundo, desenmascarando sus embustes: en este momento tan oscuro, tan falto de esperanza, no se si la literatura nos da certidumbre y esperanza, pero sí elementos imprescindibles para comprender y mejorar la realidad. 

Confiesa Isaac Rosa que en este caso le ha interesado especialmente jugar con el tiempo y el espacio, acelerar la acción como en esos experimentos audivisuales que construyen en segundos un edificio, y retardarla otras, por ejemplo, al retratar el momento en que un enfermo de cáncer recupera la juventud perdida y vuelve a ser un espematozoide, deformando la secuencia temporal mientras todo explota en segundos.

-¿Si tuviera que señalar a los autores españoles de distintas generaciones que más le interesan, a quiénes mencionaría?
-Sin duda alguna a Rafael Chirbes, que es uno de los grandes. En la orilla me parece su mejor libro, esencial para entender en qué nos hemos convertido; Elvira Navarro es una escritora audaz, pero me gustaría apostar también por Rosario Izquierdo, que acaba de publicar en Caballo de Troya Diario de campo, una aproximacion al mundo laboral muy literaria y poco convencional. 

***
La habitación oscura
Isaac Rosa
Seix Barral. Barcelona, 2013. 248 páginas, 18 euros. ebook: 9'49 euros
Por Ricardo SENABRE 

Sin duda, Isaac Rosa (Sevilla, 1974) es un escritor en cuyas creaciones se puede confiar a priori sin demasiado riesgo. 

Tiene un estilo marcadamente propio -hasta el punto de que un par de páginas suyas sin firma serían reconocibles de inmediato-, no se aleja nunca de la realidad ni se anda por los cerros de Úbeda -lo que convierte su literatura en testimonio permanente-, pero rehúye la narración tradicional, el relato aferrado a los modos rancios del viejo realismo de denuncia, anclados entre el costumbrismo y la crónica. Esta actitud, que era ya perceptible en El vano ayer (2004), se ha afianzado en novelas posteriores, como El país del miedo(2008) y La mano invisible (2011), obra ésta, sobre todo, con la que La habitación oscura mantiene rasgos en común.

El arranque es en ambos casos una situación con tintes inverosímiles. El público que contemplaba en La mano invisible cómo unos cuantos profesionales llevaban a cabo sus tareas para reemprenderlas una vez terminadas, convirtiendo así el trabajo en espectáculo, no era una circunstancia “realista”, familiar a cualquier lector. Pero se trataba de un punto de partida para denunciar el trabajo como actividad alienante y esclavizadora. Fuera de esa situación, lo demás era perfectamente aceptable como realidad. En La habitación oscura, el grupo de amigos que costea un sótano absolutamente insonorizado y sin una sola rendija de luz para mantener allí libremente encuentros sexuales indiscriminados en los que nadie sabe nunca quién es el otro, roza también la inverosimilitud, aunque está presentado con toda minuciosidad. Al principio, la habitación posee la función exclusiva de acoger actividades que representan la independencia y la oposición, por parte de un grupo de jóvenes, a las costumbres convencionales; un modo, pues, de rebelión generacional, lo que proporciona al lugar cierto carácter metafórico. Poco a poco, los jóvenes casi adolescentes van dejando de serlo y, aunque siguen frecuentando el lugar, éste va perdiendo su sentido inicial para convertirse en una especie de refugio, en un ámbito privado donde buscar la soledad y el aislamiento frente a los problemas que los acosan; de esta manera, aunque la habitación cambie de signo con el tiempo, mantiene esa naturaleza metafórica que ahora apunta más bien a la esfera personal, a una especie de morada íntima que conserva los recuerdos de tiempos pasados en que la libertad, la juventud y el goce vital marcaban las conductas. 

De ese ámbito que, repito, tiene mucho de símbolo -ya que, analizado punto por punto, es difícil concebir su existencia- extrae el autor, sin merma alguna del carácter colectivo de la historia, unos cuantos personajes, en este caso mejor perfilados que en sus novelas anteriores, de los que va ofreciendo noticias sueltas que permiten al lector recomponer sus figuras. Sabemos cómo Sergio y Olga deciden formar una familia, y conocemos la angustia de Sergio cuando, víctima de un ERE inesperado, pierde su trabajo y es incapaz de confesarlo en casa. Y nos hacemos cargo también de la frustración de otra pareja, Raúl y María, igualmente golpeados por el paro, que tratan de atenuar aceptando un crucero gratuito que sólo sirve para agriar sus relaciones. Vemos crecer los celos de Victor y Susana y la obsesiva vigilancia a que se someten ambos y que desemboca forzosamente en la ruptura. Hay datos desperdigados pero eficaces acerca del trabajo precario y discontinuo de Sonia y de las humillaciones que debe soportar. El retablo de personajes es también el retrato de una generación aspirante a un bienestar que parecía perenne y ahora se derrumba y da al traste con sus ilusiones.La historia se sitúa en la más apremiante actualidad, y es coherente que ninguna de sus peripecias ofrezca un desenlace, porque nada de lo que se presenta ha concluido aún.

Hay también personajes heridos o maltratados que intentan luchar contra los poderes opresores, de cualquier tipo que sean. Es el caso de María, que, condenada a trabajar en algo que le repugna y perseguida por un peligroso acosador, se adhiere a grupos de protesta y participa activamente en manifestaciones y actividades que a veces requieren la intervención policial. Y el de Jesús, que aporta a la lucha sus conocimientos de experto hacker: si el trabajador puede ser vigilado y controlado en su empresa gracias a dispositivos de acceso remoto instalados en el sistema de ordenadores de la empresa, ¿por qué no hacer lo mismo con quienes han creado tan aberrante sistema y controlarlos para ejercer sobre ellos una especie de terrorismo electrónico? El motivo del trabajo como servidumbre, esencial en La mano invisible, reaparece aquí con nuevos matices. Las grabaciones que se consiguen de directivos de empresas importantes a solas ante su ordenador, contemplando imágenes pornográficas o hurgándose la nariz, indican hasta qué punto la intimidad del ser humano puede ser violada en una sociedad sin escrúpulos y dotada de amplios medios materiales para hacerlo. Todos estos motivos temáticos -la ilusoria rebelión juvenil (referida casi exclusivamente al sexo), la crisis económica y de valores, la falta de horizontes, el aplastante dominio de instituciones poderosas, de amos y patrones, o (dicho a la antigua usanza) del capital sobre el trabajo-, hacen deLa habitación oscura una novela de denuncia, aunque en nada semejante a las novelas del llamado 'realismo social' de mediados del siglo XX. En primer lugar, porque la narración es discontinua y fragmentada; en segundo, porque el enfoque narrativo adopta perspectivas distintas, con fragmentos del relato en segunda persona y otros en plural (para acentuar la omnipresencia del grupo como sujeto colectivo), y los diálogos directos desaparecen en beneficio de una visión externa, cambiante y a veces insegura. 

Y es preciso añadir algo sobre el peculiar estilo narrativo de Isaac Rosa, queen ocasiones transforma en palabras planos cinematográficos identificables, como en la sarta metafórica de la destrucción que se extiende a lo largo de las páginas 100 y 101. Las prolongadas series enumerativas del autor, emparentadas a veces con la prosa ensayística, la crónica e incluso el panfleto político, no son meros alardes verbales, sino que sirven para dar razón de unos personajes que recuerdan su historia o resumen la historia general, en su condición de siervos del trabajo: “miles de informes redactados, códigos programados, artículos traducidos, copas servidas, ventas conseguidas, planos dibujados, cabellos cortados, llamadas atendidas, contratos firmados, presupuestos aprobados, casas reformadas, páginas diseñadas, puntos suturados, operaciones decididas; millones de bienes producidos, fabricados, tratados, procesados, montados, pintados, atornillados, abrillantados, empaquetados, clasificados, apilados, almacenados, distribuidos, etiquetados, vendidos, averiados, reparados, agotados, desechados, reciclados, triturados” (p. 49; léanse también las páginas 76-78, por ejemplo). A veces, las enumeraciones invierten su orden natural, como si el narrador quisiera recuperar el tiempo pasado y volver a etapas más felices (p. 99). 

Todo esto exige una destreza en el manejo del idioma que el autor posee, indudablemente, aunque alguna elección léxica sea mejorable (“largo del pelo”(p.61) por "longitud"; “tertuliano” [p. 102] por ‘contertulio') y algún despiste: los relojes de muñeca no permiten saber si es “noche avanzada”, como se dice algo precipitadamente (p. 17). La habitación oscura será con seguridad una de las novelas más destacadas del presente año. 

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La habitación oscura
Fragmento de la novela inédita del escritor
Por Isaac ROSA
Publicado el 22/05/2013

Isaac Rosa es uno de los doce narradores menores de 40 que El Cultural ha elegido.

No te quedes ahí. Vamos, entra, ya estamos todos. Tras la cortina, la puerta: está abierta, solo tienes que empujarla, mientras en tu espalda pesa la tela que se cierra sobre ti dejando atrás la escasa luz del pasillo. La puerta cede sin esfuerzo, y al avanzar un par de pasos sientes que la oscuridad se ha solidificado en tu cara, áspera, pero no: es el segundo cortinaje, que pende de una barra en semicírculo para no entorpecer el recorrido de la puerta. Parece una exageración, dos cortinas, pero solo así estamos seguros de que no se filtra ni una aguja de claridad cada vez que alguien entra o sale de la habitación oscura. Es un paño corrido, deja de manotear para abrirte paso: solo puedes franquearlo por los laterales, a la manera en que accedes a un templo. Una vez dentro buscas referencia en la pared más próxima: apoyas la mano, la superficie mullida cede ligeramente a tus dedos. Desde ahí puedes continuar por el perímetro, sin soltar el tabique; o dar unos pasos hacia el centro de la estancia, con las manos adelantadas. No hay riesgo de chocar con ningún mueble, ya lo sabes, todo el mobiliario se limita a tres colchones alineados en la pared del fondo y un par de sofás en los laterales. La precaución de adelantar las manos es por los ocupantes de la habitación oscura, para no chocar. Aunque nunca hemos sabido al entrar cuántos estaríamos ya dentro, si había alguien en un rincón o eras el primero en llegar, hoy sí estamos todos. Solo faltabas tú y ya has llegado.

Isaac Rosa, páginas como espadas

“Pocos escritores -escribe Ricardo Senabre para subrayar su apuesta por este autor- se hallan tan capacitados como Isaac Rosa para escribir bien y plantear con originalidad una novela en la que se reescribe y corrige a sí mismo, como en la titulada ¡Otra maldita novela sobre la guerra civil!” 

De Isaac Rosa (Sevilla, 1974), que ha vivido en Extremadura y ahora en Madrid, puede decirse que ha seguido una vía inédita entre los autores de su generación, la del mundo de la responsabilidad y del trabajo, la de la novela en marcha también, con libros tan destacados como La malamemoria (1999), El vano ayer, que obtuvo en 2005 el premio Rómulo Gallegos en competencia con Almudena Grandes, Andrés Trapiello o Juan Bonilla, ¡Otra maldita novela sobre la guerra civil!(2007) o El país del miedo (2008), premio Fundación J. M. Lara. Su última novela es La mano invisible (2011).

Rosa ha confesado que “para mi la literatura es conocimiento y es intervención. Es necesario que se escriba sobre lo que está ocurriendo”. También insiste en el sentido de la responsabilidad civil del escritor no sólo como creador sino como ciudadano, un compromiso que tiene mucho de política y ética. Rosa publica novela nueva en septiembre: se titula La habitación oscura, "y es una mirada generacional (de mi generación, claro, los nacidos en los 70) al tiempo terrible que estamos viviendo”.


Articulo: http://www.elcultural.es 13/09/2013