dimanche 29 septembre 2013

Pedro Pablo GUERRERO/ LIMÓNOV, un héroe patético de nuestro tiempo

ÉXITO MUNDIAL|No ficción
LIMÓNOV, un héroe patético de nuestro tiempo
Por Pedro Pablo GUERRERO

En su libro mas reciente, el francés Emmanuel Carrère presenta la azarosa vida de Eduard Limónov, líder del Partido Nacional Bolchevique y escritor con un pasado turbulento en el underground de Moscu, Nueva York y Paris.

El domingo pasado, un cable –escueto, como suelen ser los cables, sobre todo los provenientes de Rusia- informo de la detención de mas de 20 opositores al gobierno de Putin en una plaza de Moscu cuando trataban de participar en un mitin no autorizado. Formaban parte de un movimiento denominado Estrategia 31, que defiende la libertad de asamblea garantizada en el artículo 31 de la Constitución. Sus integrantes se reúnen, o al menos lo intentan, los días 31. Entre los arrestados, como de costumbre, estaba el dirigente político y escritor Eduard Limónov, protagonista del ultimo libro del narrador francés Emmanuel Carrère, publicado en 2011 y ganador de los premios Renaudot, de la Lengua Francesa y Prix des Prix.

Conjunción infrecuente de superventas y éxito de critica, su autor precisa que, al igual que sus dos libros anteriores (Una novela rusa y De vidas ajenas), Limónov no es una novela. De hecho, Emmanuel Carrère ha prohibido a sus editores la indicación Roman debajo del titulo, por más que en su traducción española Anagrama la presente como una novela biografía o una biografía novelada. “Limónov no es un personaje de ficción. Existe y yo lo conozco”, insiste Carrère, que en una entrevista a Letras Libres protesto contra la creencia de que “la literatura solo puede ser ficción”.

Al equivoco contribuye el que la vida de su personaje, ruso por añadidura, resulte “novelesca”, adjetivo que en tres de las cuatro acepciones de la RAE se define como “fingido o de pura invención”, “singular e interesante” y “exaltado, sentimental, soñador, dado a lo ideal o fantástico”. Ya el propio nombre Limónov es un invento que va más allá de un pseudónimo. Encierra una actitud y un programa de vida. Una cruza de limón y limonita: el crítico y la granada explosiva, en el idioma del protagonista.

La acidez y el riesgo. Magnificados, muchas veces, por el protagonista, pero también reales. Carrère se paso dos semanas en Moscu acompañando al líder del Partido Nacional Bolchevique. Entrevisto a mas de treinta personas que lo conocían y leyó sus libros, la mayoría autobiográficos, como Diario de un fracasado, uno de los mejores a juicio de Carrère, donde el autor ruso escribió a los 30 años: “Que me den un millón y compraré armas y provocaré una sublevación en cualquier país”.

Hijo de la Segunda Guerra

Su nombre original era Eduard Savienko, nacido el 2 de febrero de 1943, días antes de la capitulación del Sexto Ejército del Reich que asediaba a la Unión Soviética. Como a todos los de su generación, “le repetirán que es un hijo de la victoria”, apunta Carrère, a quien no se le va detalle.

Eduard es hijo de un soldado ucraniano miembro del NKVD, la policía política, y de una obrera a la que este ayuda a refugiarse durante un bombardeo nocturno, a la salida de la fábrica, en una ciudad a orillas del Volga. Tras la Gran Guerra Patriótica –la Segunda, para el resto del mundo-, la familia se traslada a Járkov, un centro industrial de Ucrania. Sus únicas opciones son la fábrica o la delincuencia juvenil. Para él no hay donde perderse. Aprende a beber como cosaco, a usar navaja y a pasar por la cárcel, hasta que conoce a un amigo que le enseña de jazz y le presta libros: salta de Verne y Dumas a Knut Hamsun y, sobre todo, Jack London, escritor y aventurero con el que alguna vez llegaría a ser comparado.

Después de un intento de suicidio a los veinte años, entra en contacto con la librería mas importante de la ciudad, donde los escritores leen en copias manuscritas (samizdat) obras prohibidas por la censura (Bulgákov, Mandelstam, Ajmátova, Pilniak…). Savienko, como todos, se acuesta con la dueña del local, Anna, una esquizofrénica mayor que él, de origen judío, la autoridad local en asuntos literarios. Se convierte en su amante, se instala en su casa, sus poemas reciben un buen juicio, que los demás comparten. Solo le falta un nombre de pluma y elige el de Limónov.

La provincia le queda chica. En 1968 se va a Moscu junto a Anna. Milita en las filas del underground y alcanza cierta reputación, pero Joseph Brodsky le roba la película hasta que la KGB lo expulsa en 1972. Limónov cambia a su amante, internada en un hospital psiquiátrico, por una belleza de veinte años. Se casan. Abandonan el país en 1974, el mismo año que exilian a Solzhenitsyn, pero Limónov en realidad emigra, es decir, se hace echar.

En Nueva York, el único conocido que tiene es Brodsky, quien lo contacta con un diario para emigrados rusos donde no hay que saber inglés. Además, lo introduce en el círculo intelectual de sus mecenas y promotores, los Liberman, que dan fiestas chic en un penthouse al que llegan Nuréyev, Susan Sontag, Warhol, Truman Capote y otras celebridades. Durante una temporada, Limónov y su pareja son la atracción del jet set. Luego pasan de moda. Él pierde el trabajo por desmitificar el paraíso americano (“Dicen que eres un agente del KGB”). Su esposa lo abandona. Se aloja en hoteles de mala muerte y vive de la seguridad social. Desolado, una noche tiene sexo en un parque con un joven negro. No lo vuelve a ver. Repetirá esta clase de encuentros un par de veces.

Limónov le pide trabajo de mayordomo a un millonario. Durante sus frecuentes viajes, usa su ropa y su cama. Sueña con ser un novelista reconocido, pero también juega con la idea de alcanzar la fama mediante un acto violento. En una oportunidad apunta con un rifle de mira telescópica al secretario general de las Naciones Unidas, Kurt Waldheim, invitado a una fiesta en la casa vecina. En otra, su patrón invita a la casa al poeta Evtushenko, beben juntos y lee unas páginas de su manuscrito. Se lo recomienda a Lawrence Ferlinghetti, el editor beatniks de San Francisco, quien le devuelve los originales sugiriendo que cambie el final: el protagonista, Édichka, “debería cometer un asesinato político, como De Niro en Taxi Driver”. ¿No es lo que espera todo el mundo de un desesperado ruso?

Finalmente, el libro será publicado el año 1980 en Paris por Jean-Jacques Pauvert, el editor de los surrealistas, Sade y novelas eróticas que lo han enfrentado a la justicia. Con efectismo publicitario, rebautiza su novela Le poète russe préfère les grands nègres por sus experiencias homosexuales. En el original se llamaba “Soy yo, Édichka”. Limónov aterriza en Francia ese mismo año, decidió a quedarse. En el ambiente de cinismo posmoderno divierten sus bromas crueles sobre los disidentes rusos y sus brindis por Stalin. La moda pospunk recupera la estética soviética. Limónov completa su trilogía americana con Diario de un fracasado e Historia de un servidor. Se empareja con una atractiva cantante rusa. Especialmente entre la juventud, Limónov se convierte en una pequeña estrella literaria, que empieza a declinar a fines de la década, a medida que se van agotando los recuerdos. Sus años rusos dan para tres novelas. Por consejo de un editor, intenta escribir una novela larga y pornográfica. Fracasa. Gana para comer, pero no es famoso. En cambio, Brodsky, su Némesis, obtiene el Nobel en 1987. Limónov encaja mal el golpe. Pero viene uno peor, un par de años después: el desplome de los regimenes comunistas de Europa del Este.

Después de 15 años, Limónov vuelve a la Unión Soviética. La desilusión es total. Levantada la censura, los rusos leen con avidez obras de los disidentes antes prohibidos. No es la hora de Limónov. Odia las reformas de Gorbachov y lo culpa de todos los males, haciendo causa común con militares ultranacionalistas que leen Mein Kampf y Los protocolos de los sabios de Sión. Lo que vendrá con Yeltsin le gustara menos: el fin de la gran Rusia, la terapia de choque de las privatizaciones que deja las empresas públicas en manos de unos cuantos magnates y a millones de ciudadanos en la miseria cuando se liberan los precios.

Encarcelado por Vladimir Putin

En Moscu conoce a un personaje decisivo en sus ambiciones: Alexandr Duguin, un “intelectual fascista”. Carrère lo describe magistralmente como uno de esos chicos “sumamente cultivados, que frecuentan con sus grandes carteras pequeñas librerías esotéricas”. Venera por igual el comunismo y el fascismo, con un panteón que abarca de Lenin a Julius Evola. “Rojos, blancos, pardos, da igual: lo único que importa, Nietzsche tiene razón, es el impulso vital”, resume Carrère. Del encuentro entre el “brahman” y el “guerrero” nace la idea de fundar el Partido Nacional Bolchevique y un diario, Limonka, la granada. La bandera se las dibuja un amigo pintor: circuló blanco sobre fondo rojo y al centro, en lugar de la cruz gamada, la hoz y el martillo en negro.

Limónov fracasa en una candidatura a diputado. Su base electoral –adolescentes marginales, muchos ellos provincianos- nunca ha crecido lo suficiente y las repetidas palizas y condenas a sus partidarios nasbols no ayudan a mejorar las cosas. En 2001, el primer gobierno de Putin lo envío a la cárcel por dos años bajo los cargos de terrorismo y transporte ilegal de armas. Sin embargo, el propio Carrère –quien deja mas de una vez en claro que ni es amigo de su personaje ni le simpatizan sus incursiones balcánicas- comenta: “En materia de terrorismo, parece ser que durante toda su historia, legal e ilegal, el Partido Nacional Bolchevique se ha distinguido siempre por sus acciones pacificas.”

El año 2007, el ajedrecista Gary Kasparov se alío con Limónov y otros opositores en un movimiento político para evitar un segundo mandato presidencial de Putin. Astutamente, este nombro delfín a Medvedev, quien gano las elecciones de 2008 y le cuido el puesto hasta 2012, cuando inicio su tercer periodo. Un gobierno que la oposición rusa, asfixiada por las leyes que restringen el derecho a reunión, califica de autoritario.

Sin embargo, la tesis de Carrère, buen discípulo de Plutarco, es que Limónov no es tan distinto de Putin, a pesar de los nueve años menos que tiene el Mandatario. Putin pudo seguir la carrera militar que a Limónov le estuvo negada, desde niño, por su miopía. Ambos sueñan con una Rusia fuerte, pero uno simplemente consiguió llegar a lugar indicado para recuperarla, y en cambio el otro considera la suya “una vida de mierda”. Parece una ironía, pero el epígrafe que eligió Carrère para Limónov es una frase de Putin que bien pudiera suscribir el protagonista: “El que quiera restaurar el comunismo, no tiene cabeza; el que no lo eche de menos, no tiene corazón”.

Es un misterio si a Limónov le gusto o no el retrato que hicieron de él. Tal como anuncio, no ha realizado comentario alguno sobre el libro, pero, según Carrère, se alegra del existo mundial que ha obtenido. “Lo considera como una resurrección”, dice el autor francés.

Articulo: http://www.emol.com/ 08/09/2013