dimanche 29 septembre 2013

Sylvia MOLLOY/ Literatura, una patria sin fronteras

Empieza el Filba
Literatura, una patria sin fronteras
Por Sylvia MOLLOY

El festival internacional que cada año reúne en Buenos Aires a prestigiosos autores de la Argentina y del exterior comenzará el miércoles; Sylvia Molloy reflexiona sobre la inevitable extranjería de todo escritor, en un ensayo inédito para adncultura

Hace unos años escribí un relato sobre mi deseo de regresar a la casa donde me crié y lo titulé "Casa tomada", copiando deliberadamente a Cortázar. El gesto no era tanto homenaje como intento de alejarme del género confesional y trabajar más en clave literaria. Cuento cómo me entero a través de un amigo de que la casa de mi infancia, en un suburbio de Buenos Aires, ha sido demolida o por lo menos renovada a tal punto que ya no es reconocible. Tanto una como otra posibilidad son extremas, pero cediendo a la urgencia dramática del mensaje escojo por supuesto la primera, más catastrófica, y confiando en mi amigo -que también era del mismo barrio- reacciono indignada: ¡cómo se atreven! Continúa mi texto contando cómo, en un viaje subsiguiente a Buenos Aires, voy a ver la casa el mismo día en que llego: está por cierto cambiada (han construido una extensión de la planta baja, lo cual cambia la fachada) pero todavía es reconocible. A mi regreso a Nueva York le reprocho a mi amigo: ¿qué lo llevó a decir que la casa había sido demolida cuando todavía está allí? Él insiste en que ha sido completamente modificada, demolida y reconstruida, el patio de adelante y el árbol enorme ya no están. Pero tanto el patio como el sauce llorón estaban en la parte de atrás de la casa, y no al frente, le digo, y lo que han agregado es mínimo, la casa ha cambiado muy poco. Pablo porfía que no, que ya no es la misma casa y que el árbol estaba al frente. Mi relato concluye, me doy cuenta de que es inútil que insista en lo contrario: probablemente los dos tengamos razón.

Pienso en la desterritorialidad que sentimos muchos de los que escribimos afuera y en la necesidad, como anota Salman Rushdie, de crearse casas imaginarias. En realidad, Rushdie habla de imaginary homelands, es decir, no sólo casas sino también países/casa: el inglés reúne oportunamente en una sola palabra la casa y la tierra, el hogar y la patria. Acaso la palabra querencia, en español, diera idea de la dimensión afectiva que contiene la palabra homeland, por lo menos para un latinoamericano. (En España la querencia es el espacio donde, durante una corrida, ponen al toro a recobrar fuerzas: pese a la brutalidad del escenario la idea de un espacio, un "adentro" reconfortante y regenerativo, me parece adecuada, incluso me agrada.)

Prefiero hablar de la escritura del afuera y no de la escritura del exilio porque la carga a menudo dramática de esta última palabra de algún modo oblitera la noción -engañosamente más simple- de desplazamiento. Si digo "afuera" presupongo un "adentro" al que, en teoría, puedo volver; si digo "exilio" la posibilidad de la vuelta es menos clara. Lo que me interesa principalmente es la escritura que resulta del traslado, la escritura como traslado, como traducción; la escritura desde un lugar que no es del todo propio y sin duda no lo será nunca, un lugar donde subsiste siempre un resto de extranjería y de extrañeza, donde se aprende una lengua nueva pero se escribe en la lengua que se trajo, y donde, si por azar uno oye hablar en castellano en la calle, uno se siente interpelado y se da vuelta: me están hablando. A mí.

Una de las características de escribir afuera es, como es obvio, la doble mirada. El remanido consejo -hay que escribir sobre lo que se conoce- sólo funciona a medias. Lo que se conoce bien está lejos o ha quedado atrás; lo que se conoce menos bien es lo que se tiene delante, la realidad de un lugar otro, donde se habla un idioma otro: no un homeland sino, para usar otra expresión en inglés (porque el mezclar lenguas es característica de quien escribe afuera) un home away from home, una casa fuera de casa; en suma, un lugar provisorio, aun cuando llegue a ser permanente. El imaginary homeland se vuelve homeland portátil, como Venezuela para los venezolanos, casa a la que se acude en el recuerdo, fuente inagotable de relatos que permiten asentarse. "Estoy donde no estoy", escribe memorablemente Gabriela Mistral en un poema. Hubiera podido decir: "Escribo donde no estoy".

Se me dirá, con razón, que, en términos generales el desplazamiento, la deriva, la incertidumbre -la carencia, incluso- son características de todo acto de escritura, aun de la de quienes, espacialmente, geográficamente, están donde están, son donde son: escribir, a fin de cuentas, ya es estar en otro lugar. Pienso en el consejo del olvidado y acaso olvidable Valéry Larbaud: Hay que escribir, decía, "donnant un air étranger à ce qu'on écrit", procurando dar un aire extranjero (o de extranjería) a lo que se escribe. Cuando leí la frase, allá por los años sesenta del siglo pasado, durante un primer viaje fuera de la Argentina a Francia, me pareció brillante: transformaba lo que yo percibía como falla en ventaja, a veces incómoda, pero ventaja al fin. Tomé el consejo literalmente. Me costaba escribir en castellano; al mudar de país quería encontrar cabida en una nueva realidad y, sobre todo, en un nuevo idioma, el francés, que hablaba fluidamente pero en el cual, podría decirse, no había vivido. Durante un brevísimo momento pensé que adoptaría esa nueva lengua y la haría de veras mía al escribir. No lo logré y durante un tiempo quedé suspendida entre lenguas, con la sensación de que no escribiría nunca en ninguna. Sin embargo no olvidaba el consejo de Larbaud y recurrí entonces a escribir, por así decirlo, "en traducción". Arrancaba en inglés o en francés, en general de una cita en una de esas lenguas "otras" que me permitía plantear un afuera lingüístico para entonces incorporarlo, volverlo mío, a través de la traducción. Recuerdo un cuento que escribí por aquella época y que dejé inconcluso: comenzaba con una cita más o menos textual de Gide que, traducida al castellano, me daba el envión necesario para seguir adelante. Mucho más tarde y ya en otro país que también me era extranjero, recurrí a un sistema similar como aguijón, para provocar la escritura. Esta vez había decidido escribir un libro de crítica en inglés y, si bien no recurrí a las citas traducidas para asegurarme un punto de partida, me dediqué a armar listas de palabras y expresiones cuyo sonido me gustaba como hitherto, nevertheless, despite - por alguna razón casi todas adversativas- para poder arrancar e instalarme, siquiera precariamente, en la otra lengua.

¿Qué ocurre con la escena de escritura cuando se la desplaza? ¿Cómo se tejen las sutiles relaciones entre autor, lengua, escritura y nación? ¿La extranjería de un texto comienza en la distancia geográfica, en el uso de otra lengua o en el sesgo de la mirada crítica? Y, por último, ¿qué comunidad de lectores y qué contexto de lectura convoca el texto del escritor desterrado? Estas son preguntas que me hago, no para encontrar respuesta -no la hay- sino para mantener vivo un diálogo, no sé demasiado bien con quién. Escribir afuera aumenta la inseguridad de toda escena de escritura al volver tangible la extrañeza. Las sorpresas lingüísticas se dan a diario, incluso para el más aguerrido: cuando paseo por las afueras de Nueva York y veo en una granja un cartel que dice "Hay", no se me ocurre pensar que venden heno, me pregunto "¿Qué es lo que hay?" Después de años de vivir afuera, sigo leyendo primero en castellano.

Muchos escritores "se pasan" resueltamente (no sé si es el adverbio adecuado) al otro lado, se aposentan en la otra lengua: el polaco Conrad, escritor inglés; el norteamericano Julien Green, escritor francés; la canadiense Nancy Huston, que pasa del inglés al francés y de vuelta al inglés; el ruso Nabokov que primero pasa al francés y luego al inglés, volviéndose, durante años, "escritor norteamericano"; el checo Milan Kundera que escribe en francés como lo hace la argentina Silvia Baron Supervielle; el bosnio Aleksandar Hemon y el serbio Charles Simic, aclamados escritores norteamericanos; el ruso Joseph Brodsky, que escribe en inglés sin dejar el ruso y a quien se premia como poeta americano (American Poet Laureate) y como escritor ruso (el Premio Nobel). En todos ellos, podría decirse que la lengua dejada atrás, o a la vera del camino, subsiste como resto activo, interviene, afecta la lengua nueva. Pero no es necesario cambiar de lengua para experimentar lo extraño. La misma lengua que uno trajo, la casera, por así llamarla, al trasplantarse se desfamiliariza, se vuelve otra, es y no es la lengua de ese homeland que se dejó atrás. Y si el traslado altera la lengua también la imaginación pierde asidero, literalmente se aliena. En el mejor de los casos uno siente que participa en dos mundos, el que dejó y el que habita. En el peor -acaso el más frecuente- siente que no participa en ninguno. El sentimiento libera y a la vez pesa.

Recuerdo que cuando publiqué mi novela En breve cárcel hace muchos años en España, la editorial me corrigió el uso de ciertos argentinismos. Yo iba aceptando sin entusiasmo los cambios propuestos hasta que llegamos a un episodio donde la protagonista come pan con manteca. Mantequilla, puso el corrector, aclarando con petulancia en el margen "manteca es grasa de cerdo". Fue el único cambio al que me negué estridentemente: no importaba que la historia transcurriera en una ciudad europea no nombrada, no importaba que no se supiera de dónde era la protagonista -esos datos se darían al final del texto- pero lo que mi personaje comía era definitivamente una muy argentina manteca. Mi vehemencia debe de haberlos sorprendido: no insistieron. Recuerdo también que esa novela tardó en circular en la Argentina y en consecuencia yo tardé en volverme "novelista argentina". Recorría en vano librerías pidiendo el libro: no lo habían distribuido, nadie me conocía. "¿Cómo dice que se llama la autora?", me preguntaban y no me atrevía a decirles que la autora era yo.

Vivimos en un mundo donde se viaja cada vez más, donde el desplazamiento es una forma normal de vida, donde el contacto con "el otro" se vuelve dispersión entre muchos "otros", donde las diásporas ya no sólo se deben a razones políticas o económicas, donde una aventura de viaje puede muy bien transformarse, sin que uno se dé del todo cuenta, en trasplante. O como dicen en inglés, para mezclar lenguas una vez más, We're all in the same boat, estamos todos en el mismo barco. O en el mismo avión: recuerdo una crónica de viaje de Martín Caparrós escrita durante un vuelo. Mira hacia abajo, ve tierra, ve poblaciones, escribe suspendido, intentado fijar lo fugaz, sabiendo que lo único que fija, en el momento de la escritura, es su propia letra. Pero el que estemos todos en el mismo barco no significa que hayan desaparecido las fronteras, acaso todo lo contrario. Los trámites ocasionados por los desplazamientos se multiplican, se vuelven absurdamente exigentes, los movimientos se vigilan. Paradójicamente -o quizá no, quizá sea consecuencia natural del perpetuo vaivén que caracteriza las vidas y las escrituras de quienes vivimos afuera- se hace perentoria la pregunta acerca de los orígenes: el que vive afuera es sospechoso: ¿afuera de dónde? No hablo simplemente del engorroso control de fronteras geográficas, el tener que decir a cada paso de dónde se viene, adónde se va y por cuanto tiempo, aunque ese control, en Estados Unidos, no carece de brutal ironía: se hace para defender -y aquí la palabra se torna ominosa- la Homeland Security del país. "Dime cuál es tu homeland y yo te diré si puedes entrar en la mía." Pero ese querer saber de una vez por todas de dónde es el otro rebasa la pesquisa fronteriza. El escrutinio responde a la necesidad de detener la fluidez del otro, de ubicarlo en un contexto controlable, de fijarlo como si fuera una mariposa más del famosamente nómade Nabokov. Y, en el caso del escritor de afuera, de asignarle, las más de las veces, el ingrato papel de representar a su país. No en vano recuerda Cortázar, citando a Jacques Vaché, los efectos nefastos de este requisito: "Rien ne vous tue un homme comme d'être obligé de représenter un pays", nada destruye más a un hombre que verse obligado a representar un país. La ventaja para ese escritor -que no para el inmigrante que quiere cruzar la frontera- es que puede no darse por aludido, puede elegir no representar y seguir cultivando la escritura del afuera. Es lo que he elegido hacer yo: Yo, argentina.


Articulo: http://www.lanacion.com.ar 20/09/2013

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