dimanche 13 octobre 2013

Álvaro MUTIS/ En el exilio mexicano

En el exilio mexicano
Por Juan Gustavo COBO BORDA
El Tiempo/GDA

Sabemos que la obra de Álvaro Mutis se precisa a partir de esos diálogos en cafés bogotanos, ya sea con León de Greiff, Jorge Zalamea o Eduardo Carranza, y de su forma de ahondar en el perdido paraíso de la infancia, cerca del río Coello, en el Tolima. Sólo que para poder expresar esos mundos, el de la historia y el de la vivencia infantil, el de la lectura y la aventura, recurrirá a una máscara: Maqroll el Gaviero.

La distinción entre poesía y prosa es del todo innecesaria, pues ambas se nutren de una misma intensidad creativa. La de un paria aventurero que recorre las comarcas colombianas de tierra caliente, ríos, cordilleras, sembrados de café, y luego se desplaza por el mundo, como una suerte de marino no demasiado ortodoxo, embarcado en empresas un tanto al margen de la ley, con sus cómplices de turno. Las combinará con su interés por figuras históricas, como el príncipe de Ligne, lecturas de volúmenes un tanto esotéricos y en ocasiones obsoletos del todo. En ese espejo distante enlaza las guerras dinásticas europeas con la crueldad violenta y en ocasiones sádica de la violencia colombiana, tenga como escenario la selva como los raudales del Orinoco.

En Un bel morir (1989), enumera algunos de los dudosos oficios de Maqroll: “contrabando de armas en Chipre, de banderas navales trucadas en Marsella, de oro y alfombras en Alicante, de blancas en Panamá; en fin, no sigo porque la lista nos tomaría varias horas”.

Sus siete novelas nos proponen también un museo de temas y personajes que pueden ir “de la tibia mañana del 29 de mayo del año de Cristo de 1453, cuando los turcos toman Constantinopla y dan muerte al último y joven emperador de la dinastía de los Paleólogos” hasta, por decir algo, el 13 de abril de 1742 cuando se estrena en Dublín El Mesías, de Haendel. Es decir, Mutis se interesa en esa península de Asia llamada Europa y los hombres que la pueblan y reflexionan sobre su destino, llámense André Malraux o Drieu la Rochelle, en campos opuestos: uno miembro de la resistencia, el otro partidario de Alemania, pero capaces de reconocerse. Aun cuando Drieu se suicide y Malraux termine por ser el ministro de cultura del general De Gaulle.

A quien más ama Mutis es a la “última leyenda”: un general sarnoso que inicia la campaña de Italia con un ejército venal y poco dispuesto, y que terminará por ser el dueño de Europa y de un imperio de casi mil años, el de los Habsburgos, y su capital, Viena, detentador de la corona del Sacro Imperio. Se trata de Napoleón Bonaparte.

Pero es la historia convertida en sueño la que se cuela en las noches de sus personajes, como Ilona, que hace el amor con un coronel napoleónico, o un relator de la Secretaría Judicial del Gran Concejo de la Serenísima República de Venecia. El mundo que Fernand Braudel caracterizó en su precioso libro El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II (México, Fondo de Cultura Económica, 1976, 2 vols.), que abarca Oriente y Occidente, Venecia y España, y que Mutis asumirá como propio al dedicar todo un libro de poemas a ese rey que diría: “Prefiero no reinar a reinar sobre herejes”. La fe de una cruzada que en Crónica regia y Alabanza al reino (1985) hará de Felipe II, en la lucha en los Países Bajos y el descubrimiento de América, con el oro y la plata que de allí provienen, el monarca que desde El Escorial fue el más grande. De Nápoles a Filipinas, de México al África, viendo, a la vez, cómo este imperio se quebraba y se iba poco a poco deshaciendo. Son esos personajes enfocados en sus postrimerías y en verdad difíciles de penetrar y comprender los que suscitan en Mutis, a partir de un retrato, mediante una frase, el incentivo para una psicobiografía poética, una semblanza mítica. Figuras capitales en el orbe mundial y europeo: Felipe II y Napoleón Bonaparte, cuyas suscitaciones se trasladarán hasta Colombia en su relato “El último rostro”, publicado en 1978, referido a los últimos días del Libertador Simón Bolívar visto por un coronel polaco, y donde se revive la coronación como emperador en París de Napoleón.

Porque, en verdad, desde La mansión de Araucaíma (1973) se iniciará ese ciclo donde los sueños de los personajes son el catalizador que revela su carácter y orienta sus pasos. Tres sueños, el de la Machiche, el Fraile y la Muchacha, son los que ahondan la mansión, y revelan un trasfondo de postergaciones, señales y tiempos imposibles de controlar, en la claridad alucinante, con que se viven situaciones concretas pero irreales, no por ello menos cargadas de sensualidad y deseos, como sucede con el sueño de Bolívar en el relato mencionado.

A los sueños, como enigma y clave, bien podemos añadir, en el curso de las varias novelas, ciertas oraciones de esotérica sabiduría, de tono bíblico o religioso, de himno y decálogo, como sentencias apócrifas de un código de conducta, vacío ya de toda fe. Pero quizás este es también un retorno a sus primeros textos, la “Oración de Maqroll”, y a lo que en Los trabajos perdidos consignará así: “De nada vale que el poeta lo diga… el poema está hecho desde siempre”. Este no sería más que “el comercio milenario de los prostíbulos”. O mejor aún, en el mismo texto : “La derrota se repite a través de los tiempos / ¡ay sin remedio!”. Desde 1953, cuando Mutis publicó este texto, ya todo estaba dicho. Consciente del fracaso inherente a la poesía, en su ascenso y su inevitable caída, como en el Altazor, de Vicente Huidobro, una de las lecturas de sus años juveniles.

El primer libro de poesía que Álvaro Mutis publica en México se titulará Los trabajos perdidos (1965). Allí, entre otros textos dedicados al exilio, a los republicanos españoles y a las vastas noches del Tolima, dedicará un poema a uno de sus maestros del café bogotano, a una de las múltiples personas en que este se desdobla como Mutis lo hace con Maqroll el Gaviero. Ambas personas, Matías Aldecoa, en el caso de De Greiff, y Maqroll, en el de Mutis, se unen en una misma muerte. En un similar escenario son máscaras poéticas para alcanzar su verdad más honda. 

La muerte de Matías Aldecoa

Ni cuestor en Queronea,
ni lector en Bolonia,
ni coracero en Valmy,
ni infante en Ayacucho;
en el Orinoco buceador fallido,
buscador de metales en el verde Quindío,
farmaceuta ambulante en el cañón del Chicamocha,
mago de feria en Honda,
hinchado y verdinoso cadáver
en las presurosas aguas del Combeima,
girando en los espumosos remolinos,
sin ojos ya y sin labios,
exudando sus más secretas mieles,
desnudo, mutilado, golpeado sordamente
contra las piedras.
  
Álvaro Mutis dejará Colombia para siempre en octubre de 1956. Había publicado su primer poema en 1945, titulado “El miedo”. El texto que escribió sobre Jorge Zalamea, en 1970, en México, para presentar un disco con su voz, es, en cierto modo, un texto que también alude al propio Mutis. Cuando habla de los viajes juveniles de Zalamea a México y España, anota:

“Esto sirvió para arrancarlo, en una edad formativa y crucial, del reducido y manido ambiente bogotano. Cuánto lamentarían luego muchos de sus compañeros de generación el no haber sido capaces de romper entonces con esa rutina de café y de redacción de periódico en la que perdieron años preciosos de su vida que trataron de rescatar luego, cuando era demasiado tarde, en los ocios de las embajadas o en las interminables siestas en los salones del Congreso” (Desde el solar).

Desde los cafés bogotanos al exilio mexicano, la obra de Mutis se sostiene sobre esos dos polos y se vuelve así generosamente universal, en lectores de todo el mundo y vertida a muchas lenguas.

***
Los paraísos secretos
Por Claudia POSADAS

Si bien la conciencia en la escritura de Álvaro Mutis no se instala en un espacio y un tiempo determinados, su corazón, ahora en la eternidad, se encuentra ya para siempre en una estancia memoriosa: la Hacienda de Coello, en Tolima, Colombia.

Para el autor de Caravansary (1982), el proyecto civilizatorio es una idea que se ha alcanzado y se ha perdido en diversos momentos de la historia, momentos a los que el escritor se siente cercano y que no se sitúan en la época contemporánea. Así, el concepto de civilización no puede entenderse como un proceso lineal, y mucho menos progresivo. Entonces, el tributo del autor es para reinos y órdenes del pasado —Bizancio en primer lugar, y los imperios francés y español—, pero sobre todo para aquellas esencias que considera fundamentales: el orden regio, “señalado por la divinidad”, para gobernar a los hombres.

Al mismo tiempo, hay un dominio personal que es el centro de su itinerario por la historia humana: el olor de los cafetales y el sonido de la lluvia de la hacienda familiar, el trópico de la infancia y la juventud, que el autor rememora y busca en su obra.

La casa del escritor en San Jerónimo, en la ciudad de México —donde se realizó hace algunos años esta conversación— es como sus obras, plena de símbolos que reflejan nuestras percepciones del mundo: brújulas, mapas, gráfica sobre embarcaciones y libros antiguos. Álvaro Mutis fue un viajero sin límite, al igual que Maqroll, su personaje. Quizá ahora sí, se cumpla el destino del Gaviero, quien una y otra vez navegaba por su río desafiando sus muertes. 

Tanto en su poesía como en su narrativa, la épica es el pulso que guía la creación y le da su fuerza y permanencia, según la crítica. ¿Cuál es el origen de esta visión?
Se debe a mi fidelidad a los clásicos que leí desde niño. El tono épico de muchos de ellos se me quedó para el resto de la vida. Pero no sólo ha permanecido en mí la música, el tono con que están escritas La Odisea, La Eneida, La Ilíada, y después el romancero del Cid, sino también el sentido. Por otra parte, primero escribí poesía durante 40 años y mis novelas no son sino una continuación de sus temas, obsesiones, escenarios y sitios que amo. Muchas veces, escribiendo una novela, me pregunto si no estoy haciendo un borrador de un poema; por ejemplo, en una novela como Amirbar (1990), me salió un poema de cuatro páginas sin darme cuenta.

Una parte importante parte de esta poesía es un elogio de lo primordial, de lo antiguo, entendido como los paraísos personales del autor. ¿Cómo es la relación de esta esencia con la épica narrativa?
Al leer los clásicos y la épica queda una música. En la poesía, naturalmente, lo digo de una manera más esencial, misteriosa si se quiere decir, más secreta y al mismo tiempo más evidente. Por otra parte, he sido un lector de historia desde niño; heredé la biblioteca de mi padre, de cuyo acervo gran parte es sobre este tema y por tanto se me creó una afición por el pasado. Entonces, esas referencias históricas que hay en mi poesía y que después aparecen en mis novelas son ecos de experiencias de lectura que para mí son experiencias de vida. 

Por ejemplo, la referencia a civilizaciones antiguas como Bizancio, entre otras, es sustancial en usted…
Claro. Me interesa toda la creación de Occidente, en especial Bizancio. Mi amor por esta civilización es tan profundo que por eso escribí La muerte del estratega (1988), la historia de un bizantino. Para mí éstas son presencias absolutas y en mi poesía, narrativa y ensayos.

Un tono importante en su obra es la tragedia, que sobre todo se encuentra en el destino de Maqroll. ¿Cuáles son las herencias a las que hace homenaje?
Si uno en una época, en una edad en que se está formando, lee a Sófocles, ese sonido y situaciones, ese enfrentamiento de los hombres contra los hombres, le quedan como un ejemplo. Y después, si se leen las novelas de Dostoievsky o de Dickens, encuentra un eco de todo esto. Hablamos de los hombres desnudos, con toda su condición humana evidente y presente. Eso a mí me ha formado y me interesa mucho. 

Sin embargo, independientemente de la condición humana, hay un elogio al pasado, como ha dicho, que implica una falta de fe en el hombre contemporáneo…
En el hombre en general. Al leer historia, ¿qué es lo que se lee? Desastres, brutalidades aterradoras, momentos de la Europa occidental cristiana de un salvajismo aterrador, como es el caso de las Cruzadas. Entonces, ¿qué esperanza le queda al hombre? Ninguna. Las ilusiones que se ha creado, sobre todo a partir del siglo XVIII, son ilusiones razonadas. Rousseau crea un hombre ideal para aplicar su teoría; sin embargo, éste no es como él lo define. Y de ahí en adelante viene el desastre. En la historia hay ejemplos muy elocuentes de hombres que han tenido en sus manos la vida de poblaciones enteras, y cuya conducta, con muy pocas excepciones, no ha sido ni piadosa ni brillante, y no ha traído otra cosa más que muerte, dolor, hambre y miedo. Entonces, el hacerse ilusiones y el hablar, por ejemplo, de la palabra progreso, que ahora utilizamos cada diez minutos, no tiene sentido. Yo me pregunto: ¿Progreso en qué, Dios mío, cuando se ve lo que pasa en Kósovo, en África, en Colombia? ¿Hablamos de progreso técnico? Pues sí, pero éste no ha servido sino para matar más rápido a más gente. No hay tal progreso, eso es mentira. ¿Modernidad? La sola palabra me pone los pelos de punta. Modernidad es lo que se intenta hacer, pero, como dije, no es posible. No digo que nosotros estamos aquí para ser ángeles, pero sí seres humanos. No tenemos remedio, pero tampoco hay que llorar y lamentarlo. Así somos, ése es el destino de esta especie. No debemos asustarnos. 

¿Cuál es su lectura del hombre contemporáneo?
Pues que otra vez nos hemos olvidado del hombre. Ahora ya no existe el individuo, sino grandes masas presentes a través de aparatos electrónicos que circulan como fantasmas. Hoy día, esto que llaman comunicación es cada vez más raro. Las máquinas no me están dando ninguna presencia de nadie. Por un lado, nos olvidamos del hombre y, por el otro, ni siquiera lo vemos ya. El ser humano que se nos presenta en la televisión, el hombre que leemos en internet, son sombras o están escogidos maliciosamente para presentar un determinado tipo de ser. Así no es la cosa. 

En sus novelas hay un culto a los objetos, a cierta estética antigua, y también al viaje.
El viaje es una idea. No me llama la atención el turismo, el conocer lugares, sino vivir ambientes, atmósferas. Otra cosa que me interesa y que también le interesa a Maqroll por pura coincidencia, claro, es desplazarse en el mundo, porque es un regalo que nos ha sido dado pero que ahora estamos dedicados a destruirlo de una forma aterradora. Me gusta desplazarme para ir viendo qué sucede dentro de mí mismo. En cuanto al gusto por los objetos, éstos son testimonios, huellas que quedan de hombres que en cierta forma actuaron y vivieron como yo. Un mapa, por ejemplo, es una maravilla. Los mapas fueron hechos por navegantes, gente curiosa de ver no cosas raras, sino de situar al hombre en otro sitio y clima. Todas estas brújulas que tengo, estos mapas y libros, son testimonios de una curiosidad de los hombres por verse a sí mismos interiormente. 

Justamente el mar de sus viajes es un elemento de contacto con la memoria humana y su destino: es un elemento de transición.
Los hombres siempre han buscado el mar. ¿Dónde nació el pueblo más inteligente que ha tenido la humanidad? En Grecia, en una península y en un archipiélago. El siguiente pueblo que nos dejó el derecho y una serie de normas para vivir de una forma supuestamente civilizada —porque no lo hemos sabido hacer— está en Roma, en una península. El mar es una continua lección para el hombre. Primero de humildad. Hay que estar en medio de una tempestad. El barco se vuelve una cascarita de huevo y el mar nos dice: “No eres ningún genio, eres casi nada. Qué maravilla que estés aquí, pero ojalá logres sortear esta tormenta. Vuelve a tu estatura, no te crezcas, por Dios”. Desgraciadamente es lo que nos está pasando cada vez más. 

¿Y como elemento de transición hacia el destino, como símbolo de una esencia humana?
El mar es el camino más rico que puede haber hacia una verdad interior. No creo que el aire lo sea tanto: los aviones no nos enseñan nada. Adoro la tierra, y tengo recuerdo de rincones, de lugares que son un perpetuo milagro, pero el mar es para mí fundamental. Además, tengo una interacción muy curiosa con él. En un horizonte todo de mar vemos esa energía desatada, magnífica, lentamente desplazándose hacia la nada, hacia sí misma. Ésa puede ser una bella imagen de Dios. 

En su obra se observa una búsqueda de sus paraísos personales, en especial los de la infancia. ¿Qué significan estos territorios como motivo de vida y de literatura?
Son la manera más fiel, evidente y directa de vernos a nosotros mismos, de saber dónde y cómo estamos en el mundo. Son anteriores a los hombres, a su perpetuo razonamiento, a sus argumentos y toda suerte de silogismos que nos dan una versión de nosotros que no es. De ahí es que fracasan todos los sueños políticos del hombre, porque crean un ser humano artificial, totalmente fabricado para que se ajuste a los ideales y programas. El hombre no es así; entonces, aprendamos a sentirnos nosotros mismos. Adentro tenemos todo. 

La infancia y su trópico, el cafetal de su memoria, son los paisajes de sus territorios íntimos. ¿Hasta qué punto se ha conciliado con este reino en su escritura?
Siempre lo he dicho: tenemos que mantener vivo el niño que fuimos y saber mantenerlo intacto dentro de nosotros. Ese niño es el testigo más fiel del mundo que tenemos. Él supo verlo antes de que nos llenáramos de ideas. El paisaje que me interesa y que siempre está presente no es el trópico en sí, sino lo que en Colombia llamamos la tierra caliente, donde se cultiva el café, la caña de azúcar y frutas maravillosas, y que está a 13 mil metros de altura, aproximadamente, en la cordillera de los Andes. Ahí fundaron mis abuelos una hacienda, Coello, en el Tolima, y que después fue de mi madre. El conocimiento de esa hacienda fue el paraíso. Inclusive tengo un poema dedicado estrictamente al momento en que la presencia de esa tierra vuelve a mí. Vuelve siempre, vuelven los cafetales, la lluvia. Una vez me desperté y la lluvia estaba sonando sobre el cinc del tejado de una casa donde pasaba la noche. Así se me dio ese poema. Entonces, mi paraíso es un rincón de Colombia cerca de la cordillera central donde yo siento que nací, aunque yo nací en Bogotá. Pero uno no nace donde lo dio a luz su madre, sino, en un momento dado, en un rincón del mundo donde éste dice: “Tú eres yo y yo soy tú”. Y todos tenemos ese rincón. Lo olvidamos, pero yo no: yo lo mantengo vivo. 

¿Cómo es su vida de escritor en esta etapa de reconocimientos internacionales, de viajes, de escaso tiempo para la creación?
Los premios —lo digo sinceramente— son para mis libros, no para mí; son para ellos, los pobres, que tienen que estar en una vitrina esperando a que alguien los compre. El premio, esa franjita que les ponen, a ellos les ayuda, no a mí. Pero el reconocimiento de desconocidos que me abordan —y eso ha sucedido en Francia, Italia, Alemania, en los sitios donde están traducidos mis libros— es el premio más importante. Cuando me llegan buenas noticias sobre mis libros y la gente me comenta, digo que sí tiene sentido sentarse a escribir en mi smith corona. Pero no siento ninguna presión. La escritura no tiene tiempo, se da cuando se da. Para mí, escribir es una tortura tremenda por la autocrítica: he quemado dos novelas completas. Pero en el momento en que una persona me busca, me comenta algo, esa tortura se convierte en un orden, en un decir: “Ah, estoy bien”. Por otra parte, no hago vida de intelectual, ni escribo todos los días, ni pienso que tenga un destino determinado a cumplir. Nunca he vivido de mi literatura, he trabajado en las cosas más absurdas y más raras para vivir. Escribo con toda independencia, sin tener que darle gusto a políticos ni a grupos de influencia. 

Pese a la muerte de Maqroll, ¿su errancia no ha terminado?
No, en absoluto. Un escritor francés amigo mío me decía: “Mutis, no siga intentando matar a Maqroll, Maqroll va a morir cuando muera usted”. Estoy de acuerdo.

***
Duerme el guerrero
Por Juan Esteban CONSTAÍN
El Tiempo/GDA

Álvaro Mutis nació en Bogotá hace 90 años y un mes, el 25 de agosto de 1923, “día de San Luis Rey de Francia”, como a él mismo le gustaba recordarlo con énfasis y un recóndito orgullo. Pasó casi toda su infancia entre Bélgica y Francia, cuando su papá, Santiago Mutis Dávila, trabajaba en la legación del gobierno colombiano ante Bruselas. Allá conoció Álvaro su amor por el mar, por el puerto de Amberes, por París y por la lengua y la literatura francesas.

Pero al morir su padre y luego su abuelo, con quien su mamá y él se habían quedado en Europa, regresó a Colombia en un enorme buque, un transatlántico que muchos años después recordaría como un palacio flotante sobre el que atravesó el canal de Panamá hasta llegar a Buenaventura. Del puerto subió a la cordillera para instalarse otra vez en su país, un país que todavía no era el suyo; la infancia es la única patria que hay.

Entonces se produjo uno de los hechos más perdurables y definitorios en la vida de Álvaro Mutis, en su obra como poeta y narrador: su reencuentro con el trópico, con lo que él llamaba “la tierra caliente”: la vegetación desbocada del Tolima, con sus árboles enormes de frutos prohibidos, sus cafetales, sus ríos abrasadores que bajaban desde el alto de La Línea hasta caer en el valle, y en cuyas aguas Mutis dijo siempre que había descubierto el paraíso, el paraíso perdido y recobrado.

Allí, en la hacienda de Coello que acababa de heredar su mamá y donde él pasaba las horas en una hamaca leyendo a Julio Verne, Álvaro Mutis descubrió también algo que luego latiría en cada una de sus palabras, en sus poemas y en sus novelas y relatos: el poder corrosivo y nostálgico de la naturaleza, la manera en que el tiempo se sirve de ella para consumirnos a todos. Los elementos del desastre.

Pero la felicidad nunca es completa ni eterna —el otro gran tema de Mutis, la desesperanza— y pronto tuvo que dejar sus cafetales y sus ríos para ir a Bogotá, una ciudad que lo aburría en el alma por su clima, por su vocación colonial, por la manera en que hablaba su gente, como entre susurros; como si toda la ciudad fuera una iglesia. Entró entonces al Colegio del Rosario, donde, según sus propios recuerdos, leía cada vez más y estudiaba cada vez menos, rescatado del aburrimiento de las aulas sólo por las clases de literatura de Eduardo Carranza.

A los 17 años Mutis tenía muy claro que era mejor estar en los billares que estar en el colegio, y así se lo hizo saber al rector del Rosario, monseñor Castro Silva. “Mire, monseñor —le dijo—: yo tengo cosas muy importantes que hacer como para seguir perdiendo mi tiempo aquí…”. Esas cosas eran el providencial billar y la poesía, los libros que sólo se pueden leer por fuera de la escuela. La vida.

Así empezó Álvaro Mutis su vida de verdad, a los 18 años: como actor de teatro en Chapinero y como locutor nocturno de la Radiodifusora Nacional, donde un marido celoso una vez casi lo mata (la anécdota la contó Gabriel García Márquez, su mejor amigo), pensando que los comerciales que el joven poeta leía iban con mensajes cifrados para su esposa. Fue allí, en esa cabina, donde Mutis empezó también a escribir sus primeros textos, unos juegos a medio camino entre la poesía y la ficción que acusan la influencia indudable del surrealismo, que entonces lo fascinaba.

Poemas que contaban una historia donde todo era real, en especial lo inverosímil; historias que se iban destejiendo por la acción vacilante de la poesía, esa poesía que aún no sabía si lo era o no, pero en la que ya estaban todos sus elementos para siempre: la nostalgia, la desesperanza, el tiempo pasado y vivo. “Una gran flauta de piedra / señala el lugar de los sacrificios. / Entre dos mares tranquilos / una vasta y tierna vegetación de dioses/ protege tu voz imponderable…”.

En 1948, Álvaro Mutis publicó, junto con Carlos Patiño Roselli, su primer libro de poemas, La balanza. Siempre dijo que era el éxito más grande en la historia de la literatura universal, pues se agotó en menos de un día, por incineración. De hecho el libro salió de las prensas de la Editorial Prag en febrero de ese año horrible para Colombia, pero sus dos autores pudieron juntar la plata para recogerlo apenas en abril: el 8 de abril, un día antes del Bogotazo. Las llamas dieron cuenta de la ciudad con sus librerías y sus poetas y sólo un aguacero apocalíptico y las ruinas pudieron sofocarlas.

Y allí en La balanza aparece ya, entero, como una revelación, el protagonista de toda la obra de Álvaro Mutis, Maqroll el Gaviero. Una especie de vidente —la gavia es también el entablado en el palo mayor de un barco desde donde se presienten el tiempo, las tormentas o la calma—, un héroe que pasa su vida empeñado en las empresas más absurdas y perdidas, a las que se dedica con total seriedad. Maqroll el Gaviero sabe que vivir es siempre sobrevivir; que el mundo nunca es lo que parece.

Lo asombroso de Maqroll es eso: que desde el principio ya estaba allí, como los mejores personajes de toda gran literatura. Que apareció cuando Álvaro Mutis no sabía ni siquiera si iba a ser un poeta o no. Y lo fue en grado sumo (sí: digan lo que digan sus detractores), en libros magistrales que estaban por venir y en los que el Gaviero siempre aparece arrastrando sus heridas y su voz, su lucidez: Los elementos del desastre, Los trabajos perdidos, Caravansary, Los emisarios, Crónica regia.

Luego, cuando después de pensionarse de sus varios y truculentos oficios Álvaro Mutis empezó a escribir de una sola sentada siete novelas, de 1986 a 1993, Maqroll saltó de la poesía a la narrativa para demostrar que en su caso no había ninguna frontera entre la una y la otra, que siempre sería el mismo gaviero desastrado en la tierra caliente o en el mar, que vivir también es sobrevivir. “No olvides su rostro. Amén”.

En 1959, luego de tres años de estar viviendo en México, Álvaro Mutis pasó 15 meses encerrado en el Palacio de Lecumberri, en la ciudad de México. Lo acusaban de haber malversado fondos de la Esso cuando era su jefe de relaciones públicas en Colombia, financiando con esa plata los excesos de sus amigos; “un crimen que todos cometimos y sólo él pagó”, dijo García Márquez alguna vez. Allí adentro escribió uno de los mejores relatos históricos de todos los tiempos, La muerte del estratega, confirmando lo que decía su amigo Miguel de Ferdinandy —el gran historiador— de la visión del pasado de Mutis: que muchas veces la poesía y la ficción cuentan mejor la historia que la historia misma.

El mejor de los amigos, el provocador más eficaz de lecturas prohibidas. Reaccionario, monárquico, legitimista y presidente vitalicio de una organización mundial y secreta para acabar con Julio Iglesias. Maestro de tantos que somos lo que somos en parte gracias a él.

Me dicen que Álvaro Mutis se murió ayer en México, que se le paró el corazón. Lo primero lo creo, lo segundo jamás. “Duerme el guerrero, sólo sus armas velan”.

Articulo: http://confabulario.eluniversal.com.mx 23/09/2013