dimanche 13 octobre 2013

Jacinta CREMADES/ Jérôme FERRARI: "Cuando uno escribe, no puede estar pensando en el lector"

Jérôme Ferrari: 
"Cuando uno escribe, no puede estar pensando en el lector"
Por Jacinta CREMADES 
  
El escritor, una de las voces más interesantes y originales del panorama literario francés, presenta su séptima novela El sermón sobre la caída de Roma, Premio Goncourt 2012.

Recién llegado desde Abu Dhabi, en donde vive desde hace poco, el escritor francés Jérôme Ferrari (1968, París), presentó anoche, en el Instituto francés de Madrid, El sermón sobre la caída de Roma (Salamandra) Premio Goncourt 2012. Séptima novela de este autor, antes del premio, Ferrari ya era considerado por la crítica como una de las voces más interesantes y originales del panorama literario francés. Su obra anterior, Donde dejé mi alma, que publicó hace unos meses en España la editorial Demipage, había dejado atónitos a los lectores. Relataba a través del dialogo entre tres personajes, las torturas que se cometieron durante la guerra de Argelia. 

Usted escribió esta novela tras vivir unos años en Argelia, le preguntan. ¿Abu Dhabi también va a tener su novela? Jérôme Ferrari sonríe. “Los cambios de residencia despiertan mi imaginación. Por ahora Abu Dhabi no me ha inspirado como Argelia. Es una ciudad completamente nueva, mucho más moderno. Pero seguro que saco alguna historia interesante de la comunidad de emigrantes pakistaníes”. 

El detonante de El sermón sobre la caída de Roma, fue una frase de San Agustín: “El mundo es como un hombre. Nace, crece y se muere”. Una novela que parte de otro texto y que contiene en ella a varios escritores y filósofos. Ferrari, durante la presentación en la Biblioteca del Instituto, habla de Schopenhauer, de Leibniz, de Bulgakov. Además de escritor, Jérôme Ferrari es profesor de filosofía. Compagina estas dos actividades desde que en 2001 publicase su primer libro de relatos Variétés de la mort (Variedades de la muerte). “Pero para mí la literatura no es una pastilla edulcorada que hace pasar mejor las teorías filosóficas. Espero que los pasajes en los que se puede distinguir las ideas filosóficas están integrados en la propia literatura”. 

Durante la presentación, Ferrari habla de su novela El sermón..., y en concreto de sus personajes. “Concibo a los personajes de mis novelas de forma simétrica. En este caso, Marcel y su nieto”. La vida de Marcel atraviesa todo el siglo XX. “Marcel ve nacer y morir muchos mundos. Siempre ambiciona estar en la brecha del huracán de la historia pero su vida lo deja siempre apartado de los momentos importantes. Sus sueños de heroísmo no se realizan jamás y a su nieto le pasará lo mismo”. 

¿Y que hay de esos personajes que en sus novelas comparten su biografía?“Eso es lo único que hacen, compartir mi biografía. No son yo. Al construir a Mathieu, por ejemplo, he tratado de hacerlo de forma distante. Lo mismo ocurre con Marcel que comparte experiencias de mi tío abuelo, pero no es en ningún caso un retrato de mi tío abuelo”. 

En la novela, Ferrari juega con el lenguaje y su estilo le ha hecho escribir frases tremendamente largas, saltándose algunos signos de puntuación. ¡Algunos críticos han contado las palabras de algunas frases! “La verdad es que me ha parecido un tanto absurdo. Lo que pretendía en la novela es que una frase condujera a la otra, como la acción recorre, en toda una novela, los años del siglo XX”. 

Las preguntas conducen a Ferrari a hablar del tipo de “lector” culto que se necesita para adentrarse en su literatura. “Cuando uno escribe, no puede estar pensando en el lector. Si no se escribe un producto de marketing”, contesta. 

Al final del encuentro, el humor y la simpatía de Ferrari le llevan a describir con detalle la tensión que vive un escritor los meses en los que se encuentra en la lista de los seleccionados para el Goncourt. “Durante dos meses, vas viendo como esa lista de autores nominados, disminuye. Primero hay doce, luego van bajando, hasta acabar con cuatro. Todos los seleccionados deseamos ser los afortunados, por supuesto, la esperanza no la pierdes jamás aunque luches por olvidarte de ella. Es verdaderamente angustioso. Durante el proceso de selección, los medios de comunicación no ayudan, se ocupen de hacer publicidad y aumentan la angustia con hipótesis y entrevistas. Luego, el último día, en noviembre, ya cuando el jurado se pronunció sobre mi novela, cometieron un error en el título y cambiaron “caída” por “montaña”. Me sentí algo aturdido y llegué a pensar si el que emitía el comunicado, ¡había leído mi novela! Lo que pensé seguro es que él no parecía haber votado por ella (risas). A la vez, un periodista me estaba llamando al móvil para decirme, Jérôme, creo que eres el ganador. -¿Cómo que crees? Que significa que 'crees'!”. 

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Donde dejé mi alma
Jerôme Ferrari
Traducción de Sara Martín. Demipage. Madrid, 2013. 185 páginas, 18 euros
Por Germán GULLÓN 

Los pronosticadores del fin de la literatura, de la buena novela, desestiman los fértiles caminos que la narración abre cada día.Sobrevaloran la atención prestada a los mercaderes del entretenimiento e infravaloran a los descubridores de nuevos recorridos narrativos. 

Jérôme Ferrari (París, 1968) es un auténtico pionero. Creador de originales textos donde explora recovecos desconocidos del alma humana, es decir, de la conciencia. Los premios Goncourt vienen galardonando desde 2006 a escritores innovadores, como Jonathan Littell por Las Benévolas o Alexis Jenni por El arte francés de la guerra (2011), o al propio Ferrari en 2012 por El sermón sobre la caída de Roma. 

Los tres ejemplifican la riqueza novelística creada por un grupo de jóvenes escritores apasionados con la realidad de nuestro tiempo. Sus ficciones exhiben un profundo desencanto con la civilización francesa del XX y con la deriva del mundo en general, ofreciendo, sin embargo, un buceo en preguntas éticas de gran calado, en cómo el hombre se comporta en la vida. El ser humano se ve confrontado en las mencionadas novelas con situaciones extremas, cuando el instinto de sobrevivencia supera al de actuar con un comportamiento virtuoso, y entonces surge una verdad casi inaceptable por el hombre. 

Esta novela del 2010, Donde dejé mi alma, historia la vida de un puñado de hombres, dos en especial, el capitán André Degorce y el teniente Horace Andreani. Su narración alterna el contar los hechos desde una perspectiva objetiva y los pensamientos de Andreani, que no deja de observar, de comentar, la conducta de su superior, el capitán Degorce. Se trata, en principio, de una novela sobre la tortura, la infligida por los franceses en Argelia a los nativos que exigieron la independencia (1954- 1962).Degorce llega a Argel con una biografía cargada de sufrimiento, pues a los diecinueve años fue internado durante diez meses en Buchenwald, luego ya militar luchó en Indochina, donde aprendió que los seres humanos resultan los peores enemigos de sus semejantes. Este militar curtido por la crueldad se enfrentará al capturado jefe de los rebeldes argelinos, Tahar, y entonces descubre que la tortura resulta inepta, inútil, ante un hombre con una enorme personalidad y probada valentía, que ha sacrificado su vida luchando por la independencia de su país. Entonces la crueldad remite. No porque Degorce descubra las maldades del colonialismo, pues el punto de la obra es que una conciencia, encallecida por la continua lucha en las sombras, en Indochina y en Argelia, se rompe al observar la tortura, y desde entonces le resultará difícil vivir, comunicarse con su familia. 

La tortura que se ha filtrado en la cultura popular, como en la trilogía Millenium (2005-2006) de Stieg Larsson o en la excelente serie de televisión norteamericana Homeland (2011-2013), sirve de llave para penetrar en los secretos del hombre, evidenciando el declive de una era, la época moderna, donde convivieron la defensa de las normas sociales tradicionales, la defensa de la patria en el caso de Donde dejé mi alma, con el cuestionamiento de las mismas. La tortura resulta inaceptable porque desnuda de dignidad tanto al torturador como al torturado, y evidencia la necesidad de diseñar un cuadro ético para el hombre que le ayude a superar las dificultades del presente. Degorce es una víctima como tantos soldados que lucharon en misiones en el extranjero, víctima de la aplicación de las reglas de la guerra, porque los legisladores no contaron con el daño infringido por ellas en los suyos. 

Jerome Ferrari escribe con un estilo peculiar, de frases llenas de sentido, casi está uno tentado a decir a lo Proust, aunque el mismo autor ha dicho que jamás leyó a su compatriota. Y cierro citando el comienzo de la novela, con las palabras del teniente Andreati sobre Degorce: “Me acuerdo de usted, mon capitaine, lo recuerdo muy bien, y puedo ver de nuevo con claridad la noche de desazón y de abandono que ensombreció sus ojos al anunciarle que se había colgado”. Para saber la fuerza que oculta este principio hay que leer la novela completa, un testimonio fehaciente de la vitalidad del género narrativo. 

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Jerôme Ferrari
"El Mal no es sólo cosa de sádicos y monstruos"
Por Alberto OJEDA
Publicado el 13/05/2013

El autor francés, ganador del Goncourt el año pasado, publica en España 'Donde dejé mi alma' (Demipage), radiografía de los bandazos de la conciencia humana ambientada en la guerra de Argelia.

Los caminos de la Historia muchas veces tuercen los de la moral. Los que fueron víctimas de la violencia pueden mutar en verdugos. Basta cambiar escenarios y dejar correr los años. Hay muchos ejemplos. Francia ofrece uno paradigmático, enmarcado en los vaivenes del siglo XX. Algunos resistentes contra la ocupación nazi, esos pocos franceses que impidieron que el ridículo del país fuese absoluto en la II Guerra Mundial, terminaron luchando en la guerra de Argelia, previo paso por el desastre de Dien Bien Phu en Vietnam. Y en esa contienda en el país magrebí a muchos se les acabó yendo la mano. La tortura fue un instrumento habitual para arrancar información a los rebeldes del FLN. 

Este oscuro tránsito del idealismo a la turbiedad es el que retrata Jerôme Ferrari (París, 1968) en Donde dejé mi alma (Demipage). El autor francés, ganador del Goncourt en 2012 con El sermón sobre la caída de Roma, vivió varios años en Argel, donde ejerció como profesor de filosofía (ahora lo hace en Abu Dhabi). Una circunstancia biográfica clave en la escritura de la novela. Aunque, más allá de trazar el contexto histórico (la convulsa Argelia del 57) con solvencia y credibilidad, su fin primordial es explorar los bandazos que puede sufrir la conciencia de los hombres. Para ello se introduce en la del capitán Degorce, arrastrado por la inercia de los acontecimientos a participar en unos abusos que le repelen. Frente a los detenidos se le cae la cara de vergüenza. En particular, frente a 'Tahar', cabecilla de los libertadores, por el que incluso llega a sentir admiración. 

Jerôme Ferrari ha sido muy valiente al abordar un capítulo historiográfico tan peliagudo para sus compatriotas. Ahí están las polémicas que está generando la conmemoración del centenario de Albert Camus en Aix en Provence, donde los pied noirs reniegan del autor de El extranjero. Pero Ferrari se coloca tras su estela. No duda en reivindicarlo. Sobre todo su esfuerzo por comprender los conflictos del mundo y el ser humano en toda su complejidad, poniendo siempre en tela de juicio de qué lado está la justicia y la verdad. 

Pregunta.- ¿Cuál fue el chispazo que dio origen a esta historia? Imagino que está detrás su estancia en Argel pero no sé si en su cabeza también pululaban las escenas de Abu Ghraib y Guantánamo. 
Respuesta.- El punto de partida es el testimonio de un oficial francés en el extraordinario documental que Patrick Rotman dedicó a la violencia durante la guerra de Argelia, El enemigo íntimo . Este oficial arrestó, en 1957, a Larbi Ben M'hidi, el jefe del FLN en Argel y habla de él con un inmenso respeto y, me pareció, con una punzante nostalgia que me dejó de piedra. Me dio la sensación de que, en el fondo, le envidiaba. Yo pensaba que las relaciones entre enemigos eran más sencillas. Creía que todos los militares franceses estaban suficientemente protegidos de su buena conciencia para ahorrarse el dolor de sospechar que su causa fuera quizás injusta y que la historia, en un giro cruel, les otorgó el papel de malos. Me equivocaba, por supuesto. Las cosas reales son siempre complejas. También es cierto que si no hubiera vivido en Argel no me hubiera permitido escribir este libro. Es igualmente cierto que pensé en Abu Ghraib, aunque tuve buen cuidado de no hacer comparaciones explícitas que hubieran transformado la novela en un ensayo malo y anacrónico. Pero creo que nos escandalizamos con facilidad con lo que pasó, sin darnos cuenta de que es fácil repetir lo mismo sin ni siquiera hacer el esfuerzo de darse cuenta. 

P.- En la novela muestra la sutil frontera que existe entre la condición de víctima o verdugo. ¿En qué sentido haber sido lo primero propicia lo segundo?
R.- No pienso que haya que pasar por el estado de víctima para ser verdugo sino que el haber sido víctima no garantiza que no te conviertas en verdugo. El período histórico en cuestión que rodea Donde dejé mi alma lo estableció de manera irrefutable. Algunos verdugos fueron efectivamente antiguos resistentes, hombres cuya rectitud moral había sido hasta entonces ejemplar. ¿Cómo es posible? El Mal es peligroso porque se yergue sobre los atributos del Bien y se presenta como una exigencia moral. Si no fuera así, sólo sería cosa de monstruos y sádicos. Pero lo cometen los hombres. Hombres es el título de la maravillosa novela que Laurent Mauvignier dedicó a la guerra de Argelia. 

P.- Cuando un hombre se traiciona su alma, ¿la puede volver a recuperar? 
R.- Perder el alma, en la novela, quiere decir perderse uno mismo, convertirse en extranjero para sí mismo para siempre. Fue el oficial del documental de Rotman quien me inspiró para el título también. Dice lo siguiente: "No creo haber perdido mi honor en Argelia, digamos que dejé una parte de mi alma". Fue esta frase la que intenté comprender. 

P.- Al abordar las torturas del ejército sobre los rebeldes argelinos imagino que sabría que estaba tocando un tema peliagudo para la sociedad francesa. ¿Le sorprendió la buena acogida del libro en su país? ¿Hubo algún tipo de reacción que le chocara en particular, que no esperase? 
R.- Temía y mucho las reacciones puramente ideológicas, no por mí, por la novela, porque son el tipo de reacciones que ocultan completamente la dimensión literaria del texto e impiden que sencillamente sea leído. Pero no me preocupaba nada: en Francia como en Argelia, pude hablar sobre mi novela sin levantar sospechas de hacer apología de cualquiera de los dos bandos. Fue un alivio. Lo que sí temía era poder herir a los argelinos entre los cuales viví y a los que quiero profundamente. Sin lugar a dudas, la forma novelesca permite analizar las cosas con toda su complejidad, mucho mejor que las luchas ideológicas, que necesitan de una simplicidad, por no decir de necedad y negación. Pero no estoy tan seguro de si la acogida hubiera sido la misma diez años atrás. 

P.- ¿Cómo convive en la actualidad el pueblo argelino con aquel capítulo? ¿Queda mucho resentimiento hacia Francia o el olvido ya ha jugado su eficaz papel? 
R.- Los argelinos se sienten muy orgullosos de lo que llaman 'guerra de liberación'. ¿Cómo no iban a estarlo? Pero las crispaciones ideológicas persisten del otro lado del mediterráneo, hasta el punto de convertir en delicadas las relaciones entre Francia y Argelia. Esta guerra hizo nacer a Argelia como nación y ha sido erigida al rango de mito fundador. Todas las naciones necesitan de sus mitos fundadores y es natural que les cueste mucho asumir cualquier cosa que pudiera matizar o poner en cuestión su pureza heroica. 

P.- Dice que en la novela Argelia no es ni un pretexto ni un decorado, sino un mecanismo de revelación del espíritu humano...
R.- La novela se sitúa en Argelia. No busco hacer una metáfora de Argelia de nada (odio las novelas con llavecita). Pero en esta singular historia, como en cualquier historia singular, debe revelarse algo que hable del hombre y desvele una parte esencial de sí mismo. 

P.-¿Al narrar esta historia sobrevolaba su conciencia Albert Camus? 
R.- No. No pensé en Camus. Pero, en cierto modo, no es necesario que piense en él conscientemente: sus textos me han marcado para siempre. Está presente, por supuesto, y me parece evidente que jamás hubiera podido escribir este texto si no hubiera leído Los justos. 

P.- ¿Qué opina de las polémicas que está generando su centenario en Francia? El historiador Benjamin Storia ha sido sustituido por el filósofo Michel Onfray al frente de la muestra de su centenario en Aix en Provence. ¿Es Camus todavía una figura indigesta para la sociedad francesa? 
R.- No tengo las herramientas necesarias para hablar sobre esta polémica que me parece que conciernen más a la exposición en sí misma que al propio Camus. Sí que me parece que hay una nueva escalada de interés hacia Camus. Recientemente he participado en Abu Dhabi en ciertos debates en torno a su obra. Las viejas polémicas con Sartre no tienen hoy razón de ser.La guerra de Argelia queda lejos y Camus puede aparecer como lo que es: un gran escritor. Y creo que lo que se le reprochó en cuanto a su posicionamiento durante la guerra de Argelia es precisamente lo que le vuelve admirable ante mis ojos: su complejidad, su rechazo constante del maniqueísmo y de la buena conciencia. 

P.- ¿Qué cosas cambian en la vida de un escritor el hecho de ganar el Goncourt? 
R.- Por el momento, el Goncourt ha cambiado mi agenda, mucho más pesada que antes. Del mismo modo va a cambiar el contenido de mi cuenta bancaria, lo que significa una libertad inesperada. Y espero que no cambie nada más. Sobre todo en relación modo en que enfoco mi trabajo de novelista. 


Articulo: http://www.elcultural.es 03/10/2013

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