dimanche 27 octobre 2013

Lisa DICKLER AWANO/ Alice MUNRO: "Las mujeres necesitan interpretar la vida verbalmente"

Entrevista
Alice Munro: "Las mujeres necesitan interpretar la vida verbalmente"
Por Lisa Dickler Awano  

La narradora canadiense habla, en este diálogo realizado poco antes de obtener el Premio Nobel de Literatura 2013, sobre el mundo rural del que proviene, en el que lo femenino cumplía un papel clave; rememora la compleja relación con sus padres y revela los rituales de una escritura que acecha el surgimiento de lo inesperado.

Alice Munro, que ha ambientado gran parte de su obra en el sudoeste de Ontario, de donde es oriunda, es considerada desde hace mucho tiempo la más prominente escritora de ficción psicológica en lengua inglesa. Su constante innovación de la estructura del relato breve ha expandido nuestra comprensión de los alcances de esa forma narrativa. Durante sus 60 años de carrera, Munro ha publicado más de trece colecciones de cuentos y una novela, y recibió innumerables premios, incluyendo el Premio Internacional Man Booker, el Premio PEN/Malamud a la excelencia en ficción breve, y el Premio del Círculo Nacional de Críticos Literarios. El título de su última colección de cuentos, Mi vida querida, parece un adecuado suspiro de exasperación mezclado con alegría proveniente de una autora cuya escritura celebra la irreductible complejidad de la experiencia y las relaciones humanas. De hecho, cuando le pregunté cómo decidió el título, Munro explicó:
"Son dos palabras muy maravillosas para mí, porque las escuchaba cuando era niña, y significaban todo tipo de cosas. '¡Ay, vida querida!' a veces significaba nada más que uno estaba abrumado por todo lo que tenía que hacer. Me gusta el contraste entre eso y las palabras 'vida querida', que son tal vez una gozosa resignación, pero cuando decimos "querida" -la palabra-, no convoca tristeza. Convoca algo precioso."

Munro habla conmigo de su narrativa desde hace nueve años. Me descubro sonriendo de agradecimiento cuando me dice, en el transcurso de esta entrevista, que su trabajo muchas veces se inspira en la forma en que se hablan las personas entre sí y en la forma en la que cuentan sus historias. Me sorprendió que nuestras entrevistas compartieran algunos aspectos del modo en que ella estructura sus relatos.

Aunque Munro y yo jamás planeamos el rumbo que tomarán, las conversaciones suelen orillar un sendero similar al que ella toma en sus relatos autobiográficos incluidos en "Finale", la última parte de Mi vida querida: yo le pido que nos ponga en situación de uno de sus nuevos relatos o libros, y ella me responde conectando su relato o historia personal con hechos o circunstancias más amplios de la época en que ocurre la historia en cuestión, una técnica que confiesa admirar en Ancestors: A Family History, de William Maxwell. El cuento "Mi vida querida", por ejemplo, abre con una descripción geográfica del barrio en el que Munro creció. Cuando examino estos comentarios introductorios "factuales", sorprende que tengan tantos niveles de sentido y que sean tan reveladores del proceso creativo de la autora: echan luz sobre los motivos subyacentes de su obra y suelen ser la clave de ese libro o de ese relato.

Al igual que sus historias, nuestras conversaciones se zambullen en temas como la caracterización y la estructura, y dan giros sorprendentes en curvas cerradas e imprevistas. Podemos estar hablando, por ejemplo, de un aspecto menor de un relato, cuando de pronto sale a la luz un tema mayor o una trama de emociones subyacente. Cuando eso ocurre, Munro suele seguir ese camino pero en sentido contrario y explorar su transformación, tal como lo hace en su narrativa.

A veces una pregunta no conduce a ninguna parte y nos deja en silencio. Entonces Munro de pronto dice algo que me resulta inconexo. Lo que suele suceder es que poco tiempo después, cuando ya he trabajado con la transcripción de la conversación durante un tiempo, empiezo a encontrarle sentido al comentario y a ver cómo encaja en algo que tal vez discutimos antes o en otra entrevista, o cómo efectivamente sí estaba relacionado con lo que estábamos conversando en el momento que hizo el comentario, pero de un manera indirecta que yo no estaba listo para captar. Y al repasar sus comentarios finales, suelo encontrar conexiones inesperadas que me hacen volver al principio de nuestra entrevista, para oírla y escucharla de nuevo, en todos sus matices.

-¿Cuál es su proceso de escritura?
-Trabajo con lentitud. Siempre es difícil. Casi siempre es difícil. La realidad es que vengo trabajando sin parar desde que tenía veinte años, y ahora tengo ochenta y uno. Ahora mi rutina es así: me levanto a la mañana, me tomo un café y me siento a escribir. Y después, un poco más tarde, puede ser que haga una pausa y coma algo, para seguir escribiendo. La escritura de verdad sale a la mañana. Al principio de lo que sea que estoy escribiendo no puedo dedicarle mucho tiempo, apenas unas tres horas. Reescribo mucho, así que reescribo y cuando pienso que está listo, lo envío. Y después quiero reescribirlo un poco más. Lo que me pasa a veces es que hay una o dos palabras que me parecen tan importantes que pido que me manden el libro de vuelta para poder agregarlas.

Mi idea era escribir novelas, pero empecé a escribir cuentos porque era para lo único que podía hacerme tiempo. Entre las tareas de la casa y el cuidado de los chicos, nunca habría tenido tiempo de escribir una novela. Y después fue como si el formato del cuento -en realidad, una forma más bien inusual de cuento, por lo general una forma de relato bastante largo- fuese lo que quería hacer. Ese espacio alcanzaba para decir lo que quería decir. Y al principio fue difícil, porque la gente esperaba que el relato breve tuviera cierta extensión y no otra. Querían que fuese una historia corta, y mis historias eran bastante inusuales, ya que de alguna manera cuentan más y más cosas diferentes y no paran. Nunca sé -o al menos no suelo saber- la extensión que tendrá un relato. Pero no me asusto: le doy todo el espacio que necesite. De todos modos, no me importa si lo que estoy escribiendo en ese momento es un cuento -algo clasificado como cuento- u otra cosa. Es ficción y punto.

-Usted es una escritora muy lírica. ¿Sigue escribiendo poesía?
-Un poco y cada tanto, sí. Me gusta la poesía, ¿pero sabe una cosa?, cuando uno escribe prosa hay que tener cuidado de no intentar deliberadamente que sea poética. La prosa debe tener cierta aspereza, y actualmente me gusta escribir así. Me gusta escribir de un modo que. no sé. ¿que asuste un poco a la gente?

-También tengo la sensación de que le interesa mucho el folklore.
-Sí. pero nunca sabemos lo que nos va a interesar. Uno no lo decide de antemano. De pronto, uno se da cuenta de que quiere escribir sobre eso. Así que nunca pensé que me interesaría, pero lo cierto es que escucho mucho las historias que cuenta la gente, trato de encontrarles el ritmo interno y luego intento escribir. Pienso: ¿por qué esta clase de historias son tan importantes para la gente? Creo que seguimos escuchando un montón de historias que cuenta la gente y que supuestamente sirven para ilustrar alguna extrañeza de la vida. Y a mí me gusta recoger esas historias y ver qué me dicen a mí, o qué quiero hacer yo con ellas.

-Leí en alguna parte que se considera que el folklore es la forma narrativa de las mujeres.
-Creo que es cierto, que incluso después de que las mujeres aprendieron a escribir, aquellas que escribían y no eran tomadas en serio quisieron seguir contando historias. Las mujeres siempre pasaron mucho tiempo juntas, o al menos así era antes. Y recuerdo todas las cosas que hacían juntas cuando servían grandes comidas para alimentar a los hombres. Los hombres trabajaban en el campo, al volver -en mi infancia- se les servía una abundante mesa llena de comida. El gran orgullo de las mujeres era la abundancia y calidad de esa mesa, y después quedaba esa montaña de platos y vajilla que lavar. Y durante todo ese tiempo, las mujeres hablábamos entre nosotras. Es algo muy importante.

Pero por supuesto que todo eso pasó. Es una costumbre antigua -rural-, y no sé si las mujeres siguen hablando así o no. ¿Las mujeres hablan entre ellas? ¿Se las alienta a hacerlo o no? De todos modos, yo creo que donde sea que se juntan mujeres, hay una gran necesidad de contarse historias, una gran urgencia de decirse algo una a la otra, "¿Por qué crees que pasó esto?", "¿No es raro que haya dicho eso?" o "¿Esto qué significa?" Las mujeres necesitan interpretar la vida verbalmente. Mientras que muchos hombres que conozco, o que alguna vez conocí, no tenían esa necesidad, sino que más bien prefieren seguir adelante y lidiar con lo que haya que lidiar sin preguntarse nada demasiado.

-Justamente me pregunto si esta podría ser una pista de por qué eligió la forma del relato breve. ¿O el relato breve la eligió a usted?
-Podría ser. Me encanta trabajar con gente, con las conversaciones de la gente y también con las cosas inesperadas que le ocurren a la gente. Lo inesperado es muy importante para mí. En uno de mis cuentos ("Escapada"), una mujer que tiene un matrimonio complicado decide dejar a su marido, alentada por una mujer muy sensata mayor que ella. Y entonces, cuando intenta irse, advierte que no puede hacerlo. Lo más razonable es irse, sus motivos son muchos, pero no puede. ¿Cómo puede ser? Yo escribo ese tipo de cosas, porque soy yo la que no sabe "cómo puede ser". Por eso tengo que prestarle atención: allí hay algo que merece mi atención.

-En el cuerpo de su obra los temas se repiten, anudando sus historias unas con otras a través de las distintas colecciones de cuentos. Incluso pensaba que "Escapada" podría haber sido el título alternativo de algunos de los cuentos de Mi vida querida, como por ejemplo "Tren".
-Sí, claro. Esa historia me interesó mucho porque creo que a veces las personas no entienden lo que tienen que hacer. Este hombre, Jackson (el protagonista de "Tren"), tiene que deshacerse de ciertos enredos personales, pero no sabe por qué, hasta que lo hace, y listo. Hay un elemento sexual en todo eso, pero no es lo único. Y yo creo que hay gente que es así.

-Pienso que hay un personaje de los que aparecen en Mi vida querida que realmente logra lo que quiere en la vida, y esa es Belle, también de "Tren".
-Sí, sí, claro, yo creo que ella sí. Y me encanta la manera en que ella se va volviendo cada vez más franca acerca de las cosas, a medida que toma más y más pastillas. Me cae muy bien Belle. Pero ella es una sobreviviente en un sentido raro, porque siempre tuvo todo en contra, lo pasó mal. Pero creo que hay muchas personas como ella, que aceptan lo que les toca y se fabrican con eso una buena historia. En otras palabras, ella no se siente despojada en la vida. Su existencia le resulta interesante. Para muchos, sería un completo fracaso, porque ella no lleva la clase de vida que una persona de su clase esperaría tener: no está casada y su vida es asexual desde hace mucho tiempo. Y sin embargo ella tiene algo. No es que lidie con lo que le pasa y nada más, sino que ha logrado tejerse con todo eso una vida propia. Y creo que es alguien que siempre logrará hacerlo. Yo conocí gente así, personas que parecen tener una especie de don para interesarse por las cosas que les pasan y para ser, hasta cierto punto, felices.

-Personas como usted.
-Me parece que yo soy mucho más tradicional.

-Pienso que su historia "Sin ventajas" ofrece algunas pistas de su éxito. En la descripción de Belle, siento que su éxito es similar al suyo. Usted atravesó por todas esas dificultades, y las convirtió en una oportunidad para escribir.
-Eso es cierto, pero también tuve mucha suerte. De haber nacido en una granja una generación antes, no habría tenido la menor oportunidad. Pero en mi generación ya había becas. Nadie esperaba que las chicas las solicitaran, pero una podía hacerlo. Me fue posible imaginarme a mí misma como escritora desde muy chica. Pero nadie más pensaba eso ni en esos términos. Igual yo no era una chica rara y nada más. También tenía que hacer mucho esfuerzo físico, porque mi madre no podía. Igual eso no logró demorarme. Pienso que en cierto sentido fui muy afortunada, porque si hubiese nacido, digamos, en el seno de una familia muy culta, una familia neoyorquina, por ejemplo, rodeada de gente que sabe mucho de literatura y del mundo de la escritura, me habría sentido totalmente disminuida. Me habría dicho: "Bueno, eso no puedo hacerlo, no es para mí". Pero como no viví entre gente que pensara nunca en la escritura, entonces fui capaz de decirme: "Bueno, esto lo puedo hacer".

-En el cuento "Mi vida querida", usted explora la paradoja de su relación con sus padres.
-Amor, y miedo y disgusto. Todas esas cosas a la vez.

-En sus trabajos recientes, vuelve una y otra vez al tema de su relación con su padre, un escritor consumado y una persona extremadamente sensible, así como un lector de por vida.
-Así era él, sí.

-Una persona que, en muchas de sus historias, aparece casi como un doppelgänger de usted misma, como joven escritora en desarrollo. Pero después está ese hecho inamovible, del que usted se niega a apartarse, y es que durante la infancia él le pegaba con un cinto.
-Eso es cierto. Y uno podría decir: "Bueno, en esa época era común, a la mayoría le pegaban de vez en cuando", y que en ese entonces pegarle a un chico con un cinto era en absoluto algo reprensible. A los chicos se los enderezaba a lonjazos, era de lo más natural. También estaba el factor de la pobreza, que hacía que se esperase que los niños contribuyeran a la economía doméstica con su trabajo, y no que fuesen sólo una cosa interesante de ver crecer, como parecen ser los niños ahora. Así que había que ser práctico y hacer lo que había que hacer. Y también era bastante aterrador y probablemente -mucha gente diría eso- era muy destructivo. Yo no puedo pensar de esa manera porque no. Sigo rechazando la idea y siento una especie de horror de mi misma por eso. Siento que yo era una persona que no valía, y así es como te hace sentir eso. Pero también me doy cuenta de que en ese entonces esas cosas pasaban, y que no tiene sentido sentir pudor por eso. Así como tampoco tiene sentido sentir pudor por el porqué debió suceder eso. Simplemente no había tiempo ni dinero para criar a los hijos teniendo en cuenta sus necesidades, ni de pensar por qué se portaban como se portaban. Y tampoco había tiempo para que los chicos fueran contestadores o malhablados. Simplemente no podían permitírselo, porque había que ocuparse, básicamente, de ganar lo suficiente para sobrevivir, y todos tenían que trabajar y aportar y ser útiles a la familia. Y como yo era una niña extremadamente rebelde, al menos tenía ideas que estaba ansiosa por largar por la boca, así que era contestadora con todo el mundo. Y todo eso era de lo más contraproducente para el ámbito familiar.

-La relación con su madre también fue paradójica.
-Y en cierto sentido, mucho más complicada. Porque básicamente yo era muy parecida a mi padre, pero no era como mi madre, y eso a ella la entristecía mucho.

-¿Debido a su enfermedad?
-No, no debido a su enfermedad. Ella estaba de acuerdo con los derechos de las mujeres y todo. Lo que pasa es que ella era muy, pero muy puritana, algo común en las mujeres de su época.

-Se diría que su mayor frustración con su madre fue por la actitud de ella respecto del sexo.
-Bueno, sí. Pero por supuesto que todo eso venía de vaya Dios saber dónde. La mayoría de las mujeres que eran ambiciosas, creo yo, sentían de alguna manera que el sexo era el enemigo, porque casarse era sepultar todas esas ambiciones. Quiero decir que lo peor que podía pasarle a una mujer, como solían decir, era tener que casarse, o sea, tener relaciones sexuales. Así que el sexo era algo que una debía estar segura de mantener bajo control.

-En el relato "Mi vida querida", usted conecta la idea de la remodelación de una casa con el trabajo de la memoria. ¿Puede contarnos lo que piensa sobre la naturaleza de la memoria?
-Es interesante lo que sucede al envejecer, porque los recuerdos se vuelven más vívidos, en especial los recuerdos lejanos. Pero yo no hago ningún esfuerzo de memoria, simplemente está ahí todo el tiempo, y no sé si escribo más sobre eso de lo que solía hacerlo antes. Ciertamente, las historias de "Finale" son un trabajo consciente con la memoria, y no lo he hecho muy seguido porque creo que si una quiere escribir en serio sobre sus padres, su infancia, una tiene que ser tan honesta como pueda, pensar lo que realmente pasó, y no en la historia que te sirve en un plato tu memoria. Pero por supuesto que eso no es posible, así que al menos una puede decir: "Bueno, ésta es mi versión de la historia. Esto es lo que yo recuerdo".

-Usted me ha dicho algunas veces que nos pasamos repitiendo las cosas que son difíciles hasta que logramos superarlas.
-Creo que eso es particularmente cierto respecto de los recuerdos de la primera infancia. Y siempre hay un trabajo sobre eso para intentar superarlo. ¿Pero qué significa "superarlo"? ¿Que ya no duela más? ¿Que lo hemos pensado hasta hacernos una idea más o menos clara de lo que realmente pasó? Pero nunca escribimos sobre eso. Tenemos hijos. Cuando ellos escriban la historia de su infancia, seguirá siendo sólo la historia de ellos, y el "tú" de esas historias será un "tú" en el que tal vez no nos reconozcamos. Y es por eso que hay que reconocer que incluso el relato que haga el esfuerzo más honesto seguirá sin contemplar la verdad de todos. Pero ese esfuerzo es valioso.

-Cuando uno es escritor, de alguna manera se pasa la vida tratando de entender las cosas, y uno pone lo que ha entendido en papel y la gente lo lee. En realidad, es algo de lo más extraño.
-Una se dedica toda su vida a esto, por más que sepa que fracasa. No se fracasa todo el tiempo, ni en todo, y yo pienso que vale la pena, al menos pienso que lo vale. Pero es como llegar a un acuerdo con cosas con las que una puede lidiar sólo parcialmente. Esto suena de lo más desesperanzado. Pero yo no me siento en absoluto desesperanzada.

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"Soy insegura y fácilmente impresionable, pero narro la vida sin engaños"
Por Livia Manera 

Semblanza íntima de una autora que hizo del aislamiento el fundamento de su singularidad y de su intransferible estilo.

Decía Alice Munro en una infrecuente entrevista que nos concedió hace nueve años (puede decirse incluso que las entrevistas a Munro se cuentan con los dedos de una mano), que "cuando se crece en un lugar donde no tenemos rivales, una se hace una idea exagerada de lo que puede lograr en la vida."

Puede parecer una frase arrogante, incluso viniendo de una escritora que ha hecho cosas realmente excepcionales en la vida, sobre todo tras haber ganado el Premio Nobel de Literatura. Pero intenten imaginar el contexto en que creció esta reina del relato breve, que a los ochenta y dos años es la estrella más brillante de la literatura canadiense: una pequeña granja en una zona habitada por prostitutas y contrabandistas de alcohol, en los márgenes de una región del estado de Ontario Occidental. La vida social, inexistente. La madre, enferma de Parkinson desde los cuarenta años, debe ser asistida por su hija de doce. Vecinos llenos de prejuicios: metodistas, protestantes, presbiterianos, anglicanos. Una pésima escuela de campaña donde los varones te hacen la vida imposible. Y una educación fundada sobre la base de que si después de haber terminado de lavar, planchar, cocinar, ordenar y ayudar a la madre enferma, todavía te quedan ganas de hacerte la inteligente, tu padre te agarra a lonjazos con el cinto.

Lo cuenta Alice Munro en su último libro, Mi vida querida, en cuyos cuatro cuentos finales, "que no son realmente historias. sino que son lo primero y lo último que tengo para decir de mi vida". Y que por lo tanto ella misma anuncia como fragmentos autobiográficos, reveladores, por no decir directamente indiscretos, cuando en verdad contienen lo que de su historia ya habíamos entendido leyendo entre las líneas de las trece colecciones de cuentos anteriores: la cría de zorros y visones de su padre, que quebró durante la Gran Depresión; las aspiraciones sociales de su madre maestra, el impacto de la enfermedad, la hermanita menor que Alice fantasea con estrangular en su cuna, el deseo de escaparse de su casa. "Cosas que si hubiese puesto todas juntas en una ficción, habrían sido demasiado", escribe hoy Munro, contradiciendo la opinión de tantos escritores autobiográficos para quienes la vida no basta, y la página parece falta de color si no se le agrega un poco de inventiva.

De hecho, puede decirse que Alice Munro logró escaparse de su casa dos veces. La primera, cuando se casó, muy joven, y tuvo tres hijas, abandonó la universidad sin recibirse y vivió en Vancouver primero y en Victoria después, escribiendo como otro grande del relato, Raymond Carver, en las pausas de una vida doméstica que, como máximo, le permitía escribir narrativa breve. Y la segunda, cuando se divorció a los cuarenta años y pudo dedicarse verdaderamente a la escritura con el apoyo de su segundo marido, el geógrafo Gerald Fremlin, junto a quien se quedó hasta su muerte, hace pocos meses.

"Intenten entenderme. Mi marido y yo teníamos una regla: no permitir que nuestra vida y nuestra casa fuesen invadidas por nada que fuese resultado de mi trabajo", me había dicho Munro en la época de nuestra entrevista, para justificar el hecho de que, aunque había aceptado hablar de sí y de su libro de aquel momento, Escapada, prefería hacerlo por teléfono. Y cuando le preguntamos si vivir en las afueras de un pueblo de tres mil habitantes junto al lago Huron no la hacía sentirse aislada, ella respondió: "Si viviera en un lugar más grande, donde hubiesen otros escritores, creo que no los frecuentaría. Tengo una personalidad más bien impresionable, en el sentido de que me dejo influenciar fácilmente por las personas que tienen más carácter que yo. Para colmo, no soy una persona particularmente instruida, y mi apego a la escritura es un poco frágil. Si alguien me dijese que estoy por el camino equivocado y me diese argumentos convincentes, sentiría que debo dar un paso atrás. No cambiar de idea, sino dar un paso atrás, para reencontrarme con mi seguridad de escritora". Ésa es la fuerza de Alice Munro: no cambiar de idea, sino apostarlo todo a la propia singularidad fundada sobre el aislamiento. ¿Y qué ha surgido de esa forma de ir sumisamente contra las reglas? Un estilo "que debe ser como el agua transparente, y sincero, por más que un escritor no sea nunca sincero del todo". Se trata de una "indagación emotiva "que muestra lo complicadas que son las cosas, y sorprendentes, porque es así como yo veo la vida", dice Alice Munro.

"Quiero emocionar a las personas con sorpresas, pero no con trucos. Quiero que los lectores piensen: sí, la vida es así. Porque ésa es mi reacción frente a la literatura que más me gusta: una sensación de maravilla y asombro. No es el sentimiento de felicidad que te da un libro escrito para suscitar felicidad, sino una sensación de gratitud por haber visto la vida de un modo tan intenso, a través de la escritura".

Periodista cultural, la italiana Livia Manera ha realizado un importante proyecto televisivo de entrevistas con autores norteamericanos.

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Misterios cotidianos
Por Raquel Loiza 

La discreción y la causticidad, dos rasgos de su obra narrativa

Hay escritores que se desarrollan siempre por una misma senda. Otros, en cambio, toman rumbos variados. Sin duda Alice Munro pertenece al primer grupo. Cuentista excepcional, en su obra la realidad y la ficción se entrelazan. Sus relatos evocan siempre los mundos existentes de los pueblos cercanos a Ontario (Canadá), donde siempre ha vivido, pero además de una evocación de esos mundos de provincia, la autora los trasciende para convertirlos en obras de notable calidad artística.

Las referencias autobiográficas y su definida vocación de escritora siempre están presentes en sus libros. Por ejemplo, en la novela La vida de las mujeres (1971) dice: "La vida de la gente, en Jubilee como en todas partes, era aburrida, simple, asombrosa e insondable." y más adelante aclara: "Comprendí que lo único que podría hacer con mi vida era escribir [.]. Escogí a la familia Sheriff de forma impresionante, la condenaba a ser materia de ficción", confiesa. En el relato homónimo de su libro de cuentos Secretos a voces (1994) reflexiona: "Y su memoria se agitará, pero no acabará de desvelarle ese momento en el que parece estar contemplando un secreto a voces, algo que no te sobrecoge hasta que intentas contarlo".

La mujer es uno de los ejes de la obra de Munro, quien ha declarado respeto por Katherine Ann Porter, Katherine Mansfield, Flannery O'Connor, Carson McCullers, Willa Cather, a quien menciona como una de sus autoras preferidas en el cuento "Arrastrado por la emoción" (de Secretos a voces). Pero también en sus relatos se recrea una amalgama de tipos y sucesos de una sociedad: paisajes, calles, personas, clases sociales, amor y soledad, anécdotas, nacimientos, muertes, vicisitudes de las guerras, lucha por la subsistencia, todo en una aparente calma sobre la cual, quizá, se cierne una tragedia que es retratada con maestría por la autora. Aguda observadora, Munro devela misterios cotidianos, vuelve visible lo invisible y presenta con vigor plástico los escenarios naturales.

La riqueza también consiste en su forma de narrar. Discreta, cáustica, sutil, cruel, sugerente en el pensar y el decir. La sobriedad y naturalidad de su lenguaje nunca son patéticas aunque el hecho sea trágico, como por ejemplo en "El amor es una mujer generosa" (1988), relato que da el título a uno de sus volúmenes. El enternecedor relato "Grava", incluido en Mi vida querida (2012), donde confluyen el recuerdo y el olvido, es otro ejemplo de cómo utiliza con maestría diferentes tiempos verbales. El realismo transfigurado en forma sensible de la escritora canadiense puede ser revivido por cada lector: su escritura se desliza sin esfuerzo, transcurre como agua límpida que nos deja ver el fondo.

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Anticipo
Cuento: Los Chaddeley y los Fleming
Por Alice Munro 

En este relato de Las lunas de Júpiter, del que reproducimos un fragmento, Munro describe una visita familiar; el libro llegará en diciembre

La prima Iris de Filadelfia era enfermera, la prima Isabel de Des Moines tenía una floristería, la prima Flora de Winnipeg era profesora, la prima Winifred de Edmonton, contable. Señoras solteras se las llamaba. Solteronas era un término demasiado genérico, no las describiría. Sus pechos eran grandes e intimidantes -un solo bulto blindado-, y sus estómagos y traseros, rebosantes y encorsetados como los de cualquier mujer casada. En aquellos tiempos al parecer la cuestión era que el cuerpo de la mujer (si realmente una le sacaba partido a la vida) engordara y madurara hasta llegar a una buena talla cuarenta y seis, si en la vida no tenían más remedio; luego, dependiendo de la clase y de las aspiraciones, o bien se ponían flojas y sueltas, temblorosas como flanes bajo vestidos de estampados pálidos y húmedos delantales, o bien ceñidas en unos contornos cuyas firmes curvas y orgullosas pendientes no tenían nada que ver con el sexo, y todo con derechos y poder.

Mi madre y sus primas pertenecían a este segundo tipo de mujeres. Llevaban corsés que se abrochaban a un lado con docenas de corchetes, medias que hacían un sonido sibilante y estridente cuando cruzaban las piernas, vestidos de seda para la tarde (el de mi madre había sido de una prima), maquillaje (Rachel), colorete, agua de colonia y peinetas de concha, o de imitación, en el cabello. Eran inimaginables sin esos atavíos, a no ser que estuviesen arropadas hasta la barbilla con batas acolchadas de satén. Para mi madre aquel estilo era difícil de mantener; requería ingenio, dedicación y un gran esfuerzo. ¿Y quién lo apreciaba? Ella.

Vinieron todas a pasar con nosotros un verano. Vinieron a nuestra casa porque mi madre era la única que estaba casada y tenía una casa lo suficientemente grande para alojar a todo el mundo, y porque era demasiado pobre para ir a verlas. Vivíamos en Dalgleish, en la región de Huron, al oeste de Ontario. La población, dos mil habitantes, estaba indicada en un letrero situado en los arrabales de la ciudad.

-Ahora hay dos mil cuatro -gritó la prima Iris, levantándose del asiento del conductor. Conducía un Oldsmobile de 1939. Había conducido hasta Winnipeg para recoger a Flora y a Winifred, que había venido desde Edmonton en tren. Luego fueron todas a Toronto a buscar a Isabel.
-Y las cuatro seguro que damos más guerra que los dos mil habitantes juntos -dijo Isabel-. ¿Dónde fue...? ¿En Orangeville...?

Nos reímos tanto que Iris tuvo que detener el coche. ¡Tenía miedo de ir a parar a la cuneta!
Los escalones crujían bajo sus pies.
-¡Respirad este aire! No hay nada mejor que el aire del campo. ¿Es de esa bomba de donde sacáis el agua para beber? ¿No sería estupendo beber ahora? ¡Un trago de agua del pozo!

Mi madre me pidió que fuese a buscar un vaso, pero insistieron en beber en la jarra de hojalata. Contaron que Iris se había acercado hasta un campo para responder a la llamada de la naturaleza y que se encontró rodeada por un círculo de vacas interesadas.
-Vacas..., ¡qué exageración! Eran novillos.
-O toros, ¡para lo que entendéis...! -dijo Winifred, dejándose caer en una silla de mimbre. Era la más gorda.
-¡Toros! ¡Me habría dado cuenta! -dijo Iris-. Espero que sus muebles puedan aguantar el peso, Winifred. Te digo que había algo muy pesado en la parte de atrás de mi pobre coche. ¡Toros! ¡Qué sobresalto, es un milagro que pudiese subirme los pantalones!

Explicaron lo de la ciudad de apariencia salvaje en el norte de Ontario en la que Iris no quiso parar el coche ni para dejar que se comprasen una Coca-Cola. Echó una ojeada a los leñadores y gritó:
-¡Nos violarían a todas!
-¿Qué es violar? -dijo mi hermana pequeña.
-¡Oh! -dijo Iris-. Quiere decir que te roban el billetero.
"Billetero": una palabra americana. Ni mi hermana ni yo sabíamos lo que significaba, pero nuestra ignorancia no era la misma en todos los asuntos. Y yo sabía que, de todos modos, aquello no era lo que significaba "violar"; significaba algo sucio.
-Cartera, que te roban la cartera -dijo mi madre en un tono festivo pero cauteloso. En nuestra casa se hablaba distinguidamente.

Después vino el desenvolver regalos. Latas de café, nueces y pudin de dátiles, ostras, olivas, cigarrillos confeccionados para mi padre. Ellas también fumaban todas, excepto Flora, la maestra. Entonces era una señal de espíritu mundano, pero en Dalgleish era un signo de posible moral relajada. Ellas lo convertían en un lujo respetable.

Surgieron también medias, pañuelos, una blusa de gasa para mi madre, un par de tiesos delantales blancos de organdí para mi hermana y para mí (lo último quizá en Des Moines o en Filadelfia, pero no en Dalgleish, donde la gente nos preguntaba por qué no nos habíamos quitado los delantales).

Y finalmente una caja de bombones de dos kilos. Mucho después de que nos hubiésemos comido todos los bombones y de que se hubieran marchado las primas, seguíamos guardando la caja de bombones en el cajón de las mantelerías en el aparador del comedor, esperando alguna utilización ritual que nunca se presentó. Todavía seguía llena de los envoltorios de papel oscuros y estriados de los bombones. Durante el invierno, a veces entraba en el frío comedor y olía los envoltorios, inhalando su perfume de artificio y lujo; volvía a leer las descripciones del dibujo que había en la parte interior de la tapa de la caja: avellana, turrón cremoso, delicia turca, caramelo, crema de menta.
Las primas dormían en la habitación de abajo y en el sofá cama de la habitación de delante. Si la noche era calurosa, no les importaba llevar un colchón a rastras hasta la terraza o, incluso, hasta el patio. Echaban a suertes la hamaca, pero a Winifred no le permitían participar. Hasta bastante entrada la noche se las podía oír riendo, haciéndose callar las unas a las otras y diciendo a gritos: "¿Qué ha sido eso?". Estábamos más allá de las farolas de Dalgleish, y en la oscuridad las dejaba maravilladas el gran número de estrellas.

Una vez se pusieron a cantar un canon.
Rema, rema, rema tu barca
despacio río abajo,
alegremente, alegremente,
alegremente, alegremente,
la vida es sólo un sueño.

No les parecía que Dalgleish fuese real. Iban en coche hasta el centro y volvían contando lo raros que eran los tenderos; imitaban las cosas que habían oído por la calle. Cada mañana, el café que habían traído llenaba la casa de su inhabitual aroma americano, y se sentaban preguntando quién estaba inspirada para el día. Una inspiración era ir al campo con el coche a coger frutos silvestres. Acababan arañadas y acaloradas, y una vez Winifred quedó absolutamente acorralada, inmovilizada por ramas espinosas, pidiendo a gritos que fuesen a rescatarla; sin embargo, dijeron que se habían divertido muchísimo. Otra inspiración era coger los aperos de pesca de mi padre y bajar al río. Volvían a casa con una captura de róbalos de roca, un pescado que generalmente no aprovechábamos. Organizaban picnics. Se vestían con ropa vieja, con sombreros de paja viejos y con batas de mi padre, y se hacían fotografías unas a otras. Hacían pasteles de bizcocho relleno y maravillosas terrinas de verduras que tenían forma de templos y colores de joyas.

Una tarde organizaron un concierto. Iris era cantante de ópera. Cogió el mantel de la mesa del comedor para envolverse en él y me envió a buscar plumas de gallina para ponerse en el pelo. Cantó "La llamada amorosa del indio" y "Las mujeres son veleidosas". Winifred era una ladrona de bancos, con una pistola de agua que se había comprado en el almacén. Todo el mundo tenía que hacer algo. Mi hermana y yo cantamos dos canciones: "Rosa amarilla de Tejas" y el "Gloria in excelsis". Mi madre, asombrosamente, se vistió con un par de pantalones de mi padre y se puso cabeza abajo.

Audiencia y artistas, las primas se animaban las unas a las otras en todos los momentos de vigilia. Y a veces dormidas. Flora era la que hablaba en sueños. Puesto que también era la más educada y comedida, las demás se quedaban despiertas para hacerle preguntas, intentando que dijera algo que la avergonzase. Le contaron que renegaba. Dijeron que se sentaba de golpe y preguntaba:
-¿Por qué no hay ni una puñetera tiza?
Era la que menos me gustaba porque intentaba agudizar nuestras mentes, la de mi hermana y la mía, haciéndonos preguntas de aritmética mental.
-Si se tardase siete minutos en andar siete manzanas, y cinco manzanas tuvieran la misma longitud, pero las otras dos manzanas fuesen el doble de largas...
-¡Oh, vete a paseo, Flora! -decía Iris, que era la más grosera.
Si no les venía ninguna inspiración, o hacía demasiado calor para hacer algo, se sentaban en la terraza a beber limonada, ponche de frutas, cerveza de jengibre, té helado con guindas confitadas y trocitos de hielo picado del gran trozo de hielo de la nevera. A veces mi madre decoraba los vasos mojando los bordes con clara de huevo batida y luego en azúcar. Las primas decían que estaban exhaustas, que no servían para nada, pero sus quejas tenían un aire de satisfacción, como si el mismo calor del verano hubiese sido creado para añadir dramatismo a sus vidas.

Ya había bastante dramatismo.
En el ancho mundo, les habían sucedido cosas. Accidentes, proposiciones, encuentros con lunáticos y enemigos. Iris habría podido ser rica. A la viuda de un millonario, una anciana loca con una peluca como un almiar, la habían llevado un día corriendo al hospital, fuertemente agarrada a una maleta. Y en la maleta no había sino joyas, joyas verdaderas, esmeraldas y diamantes y perlas tan grandes como huevos de gallina. Nadie más que Iris podía hacer algo con ella. Fue Iris quien finalmente la persuadió para que tirase la peluca a la basura (estaba llena de pulgas) y para que dejase las joyas en la cámara acorazada del banco. Tanto se apegó aquella anciana a Iris que quería rehacer su testamento, quería legar a Iris las joyas, las acciones, el dinero y los bloques de apartamentos. Iris no lo permitió. La ética profesional se lo impedía.

-Estás en un puesto de confianza. Una enfermera está en un puesto de confianza.
Luego explicó cómo un actor, que se estaba muriendo a consecuencia de la vida disipada que había llevado, se le había declarado. Ella le permitió echar un trago de una botella de Listerine, porque no le parecía que importase. Era un actor de teatro, de modo que no íbamos a reconocer el nombre aunque nos lo dijera, cosa que no pretendía.

También había visto a otros grandes nombres, celebridades, la alta sociedad de Filadelfia... No en su mejor momento. Winifred dijo que ella también había visto cosas. La pura verdad, la horrible y pura verdad acerca de algunas de esas personas importantes y de la alta sociedad, que aparecía cuando echabas una ojeada a sus finanzas.

Vivíamos al final de una carretera de Dalgleish en dirección al oeste, más allá de una tierra cubierta de matorrales donde había casitas de madera y bandadas de pollos y de niños. La tierra se elevaba a una altura respetable donde nosotros estábamos y luego descendía en forma de amplios campos y dehesas, decorados con olmos, bajando hasta el meandro del río. Nuestra casa también era respetable, una antigua casa de ladrillo de un tamaño considerable, pero estaba expuesta a corrientes de aire y distribuida de forma poco práctica, y la cornisa necesitaba una mano de pintura. Mi madre pensaba arreglarla y cambiarlo todo en cuanto tuviésemos dinero.

Mi madre no tenía muy buen concepto de la ciudad de Dalgleish. Recordaba a menudo la ciudad de Fork Mills, en el valle de Ottawa, donde ella y sus primas habían ido a la escuela secundaria, la ciudad a la que había llegado su abuelo desde Inglaterra, de la misma Inglaterra que, por supuesto, ella no había visto nunca. Alababa Fork Mills por sus casas de piedra, por sus bonitos y sobrios edificios públicos (bastante distintos, decía, de la región de Huron, donde la idea había sido proyectar una monstruosidad en ladrillo y ponerle encima una torre), por sus calles pavimentadas, por el servicio en sus almacenes, por la mejor calidad de las cosas que se vendían y por la mejor clase de gente. Las personas que en tan alta consideración se tenían a sí mismas en Dalgleish serían ridículas a los ojos de las familias privilegiadas de Fork Mills.

Pero al mismo tiempo, las mejores familias de Fork Mills serían menospreciadas si llegasen a tener contacto con ciertas familias de Inglaterra con las que mi madre estaba emparentada. Relaciones. Todo giraba alrededor de ello. Las primas eran un espectáculo en sí mismas, pero también proporcionaban una relación. Una relación con el mundo real, pródigo y peligroso.

Sabían cómo arreglárselas en él, habían hecho que el mundo les prestase atención. Sabían llevar una clase, una sala de maternidad, un público; sabían cómo tratar con los taxistas y con los revisores de tren.

La otra relación que proporcionaban, al igual que mi madre, era con Inglaterra y la historia. Es un hecho que los canadienses de ascendencia escocesa -que en la región de Huron llamábamos Scotch- e irlandesa dicen sin reserva alguna que sus antepasados llegaron durante la hambruna de la patata, con sólo andrajos a sus espaldas, o que eran pastores, campesinos, gente pobre y sin tierra. Pero cualquiera cuyos antepasados procediesen de Inglaterra tiene una historia de oveja negra o de hijos menores, de reveses financieros, de herencias perdidas, de fugas con parejas inadecuadas. Puede haber algo de verdad en esto. Las condiciones de vida en Escocia y en Irlanda fueron tales que forzaron a la emigración en masa, mientras que los ingleses pudieron haber escogido dejar el hogar por razones más pintorescas y personales.

Éste era el caso de la familia Chaddeley, la familia de mi madre. Isabel e Iris no llevaban el apellido Chaddeley, pero su madre sí. Mi madre había sido una Chaddeley, aunque ahora se apellidase Fleming; Flora y Winifred seguían siendo Chaddeley. Todas descendían de un abuelo que dejó Inglaterra de joven por razones sobre las que no llegaban a ponerse de acuerdo. Mi madre creía que había sido estudiante en Oxford, pero que perdió todo el dinero que su familia le enviaba y le había dado vergüenza volver a casa. Lo había perdido jugando. No, decía Isabel, ésa era la historia que se contaba. Lo que realmente sucedió fue que dejó embarazada a una criada y se vio obligado a casarse con ella y llevársela al Canadá. Las propiedades de la familia estaban cerca de Canterbury, decía mi madre. (Peregrinos de Canterbury, campanillas de Canterbury.) Las demás no estaban seguras de eso.

Flora decía que estaban en el oeste de Inglaterra y que se decía que el apellido Chaddeley estaba relacionado con Cholmondeley. Existía un lord Cholmondeley; los Chaddeley podían ser una rama de aquella familia. Pero también existía la posibilidad, decía, de que fuese francés, de que originalmente fuese Champ de laîche, lo cual significa campo de juncia. En ese caso la familia habría llegado a Inglaterra probablemente con Guillermo el Conquistador.

Isabel dijo que ella no era una intelectual y que la única persona de la que había oído hablar de la historia inglesa era María, reina de Escocia. Quería que alguien le dijera si Guillermo el Conquistador iba antes o después que María, reina de Escocia.

-Campos de juncia -dijo mi padre con conformidad-. Eso no les supondría exactamente una fortuna.
-Bueno, yo no distinguiría la juncia de la avena -dijo Iris-, pero eran bastante prósperos en Inglaterra. Según el abuelo, era gente acomodada.
-Antes -dijo Flora-, y María reina de Escocia ni siquiera era inglesa.
-Eso lo sabía por el nombre -dijo Isabel-. Así que ¡ja, ja! [...]

Traducción: Esperanza Pérez Moreno.
Articulo: http://www.lanacion.com.ar  20 /10/2013