dimanche 27 octobre 2013

Paola VELASCO/ Ingenio y resplandor de un maestro

Ingenio y resplandor de un maestro
Por Paola VELASCO

Pronto, Francisco González Crussí “no necesitará ser presentado a los amantes de los buenos libros”. Éste fue el vaticinio que el doctor Ruy Pérez Tamayo hizo en el texto de introducción que acompaña las Notas de un anatomista, el primer libro que los lectores mexicanos conocimos de un autor que ahora es presencia y referencia indispensable para cualquiera que quiera dar una vuelta alrededor de la ensayística contemporánea y, más aún, para quien disfrute de sumergirse en un tipo de escritura que tiene las virtudes del río: que fluye cristalina en su lenguaje, refrescante en sus ideas, y que no se reprime en lanzarnos risueñas salpicaduras; una escritura que si encuentra pedrezuelas en su camino nunca son tropiezos sino oportunidades para rondar entre referencias y anécdotas hasta pulir la superficie de lo más abstruso, para entregar saberes nítidos y brillantes. Los lectores del doctor González Crussí no terminamos de agradecer a Pérez Tamayo el empeño que puso para que Notas de un anatomista conociera en el Fondo de Cultura Económica su versión en español, puerta de entrada —de regreso a su patria también— de un autor que a partir de entonces no ha cesado de asombrarnos con sus libros, de enseñarnos —elocutionis exemplum— un modo de ejercer el ensayo en el que la claridad de la expresión favorece la exposición, y esta última tiene como principal propósito decir. Nunca la avasallante erudición sino manifestar con palabras el pensamiento, y que éste no sea el soliloquio incomprensible de su autor sino una vía para descubrir y conversar con los lectores.

Ese principal interés proviene de la misma conversación que González Crussí entabla con los libros. Diálogo personal del lector con los autores y sus ideas que lo impulsa a extender, por su propia argumentación, el pensamiento. Su forma de hacer ensayo parte del convencimiento, obtenido por las muchas lecturas, de que la literatura —y el quehacer de los hombres en general— es el resultado de un encadenamiento continuo de ingenios, de símbolos, de imaginación, de reflexiones y de continuas rupturas que también forman parte de la persistencia de lo humano. Al leer sus ensayos se tiene la impresión de que su autor ha podido ver, ante un montón de hilos desparramados y gracias a la agudeza de percepción, su combinatoria oculta; las puntas que unen un tramo con otro para revelarnos que juntos componen una historia cuyo integral sentido literario, científico, artístico, histórico, cultural, ha pasado inadvertido.

En hechos marginales, cotidianos, pedestres incluso, que han quedado como mero anecdotario de la historia, González Crussí encuentra el brote de grandes vuelcos para integrar, además, un nuevo conocimiento de las cosas. Aptitud cada vez más exótica porque requiere tanto método y concienzuda investigación como sus contrapartes: sensibilidad para reconocer durante el rastreo aquello que queda oculto entre la inmensidad y —atributo vulgarizado hoy— capacidad de asombro: la que logra que sea una mirada —de entre las miles que se han paseado por los mismos senderos— la que se extrañe o maraville ante lo que otros han arrojado al bote de lo trivial. De nuevo pienso que si González Crussí puede alcanzar, de la manera en que lo hace, un estilo que nos lleva de descubrimiento en descubrimiento es porque él mismo ha sido el primero en dejarse habitar por la curiosidad, por el cosquilleo intelectual que lo lleva a distinguir inesperados giros en las cosas, ricos en interés intelectual y humano.

Dice José Emilio Pacheco que la extinción de los auténticos maestros —los que (siguiendo a Steiner) provocan el entusiasmo y la inteligencia de sus alumnos, incendiándola para estimularla y no para consumirla, los que no alardean anulando las capacidades de sus alumnos sino que las propician— debe explicarse también por la ausencia de discípulos, y me parece que tiene mucha razón. Si no hay maestros gozosos de enseñar, de transmitir, mucho se debe a que tampoco hay alumnos con ambición por aprender, por conocer. Pocas relaciones como la que forma el binomio maestro-alumno exigen a tal punto este vínculo dialéctico.

He tenido la inapreciable fortuna de contar a González Crussí entre los maestros de los que aprender, gracias a su generosidad, de su experiencia, conocimiento y conversación. Maestro en el aula y en los libros, tres lecciones centrales me quedan grabadas que se afianzan con cada lectura de sus obras: en el arte del ensayo, como en el de las artes todas, crear ponderando la honestidad, el compromiso propio con la extensa y continuada línea del quehacer humano, reconociendo que uno forma parte como un fragmento más de esa ilación, pero de modo alguno insignificante para que la prolongación y la innovación sean posibles. Apreciar, sin condescendencia, que otros asumen la creación de forma distinta, antagónica incluso y con la que jamás coincidiremos pero que, afirmada en su polo, reafirma nuestra propia convicción. Y por último, naturalidad. La ardua soltura y sencillez. No sólo porque aprender a decir de forma clara, sin rebuscamientos que parecen disfrazar la falta de ideas o surgen del deseo de impresionar, envuelve un arte; sino por la enseñanza de humildad sincera que hay detrás de una escritura que prefiere espontaneidad a afectación. Por eso, la de González Crussí es erudición franca, adquirida de forma natural a través de la cultura, formada en un espíritu observador y afable que transita con soltura por la analogía. Sabiduría plena de ingenio, que sonríe y posee todas las virtudes del buen conversador.

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De los efluvios del cuerpo
Por Francisco GONZÁLEZ CRUSSI

De nada sirven lamentos, ni exasperación, ni enojo: es parte de la humana condición que el cuerpo despida emanaciones odoríferas, y no siempre agradables.

Montaigne, en un breve ensayo sobre el olor corporal, dice que a pesar de ser fama que algunos, como Alejandro Magno, despedían un sudor de agradable aroma, tan intenso que dejaba perfumadas sus camisas, “el modo común del cuerpo es al contrario, y la mejor condición que puede tener es estar exento de todo olor”. En esto coincidía con el sentir de Plauto, quien en su comedia Mostellaria (I. iii, 7) dice del olor femenino aquello de que “Mulier tum bene olet, ubi nihil olet” (“La mujer, desde que no huele a nada, huele bien”). Pero no todos han pensado así. En la Inglaterra Isabelina, antes de que las costumbres adquiriesen el sello de puritanismo y flemática reserva que les fue impreso posteriormente, los británicos eran gente osada y turbulenta: entre ellos se estilaban las “manzanas del amor”. Las mujeres colocaban una manzana pelada bajo su axila, para que se impregnase de olor corporal, y así preparada la obsequiaban al amante; entonces podía éste evocar la presencia de la amada, mediante inhalaciones. Que en seguida se la comiera me parece lo más lógico: la antropofagia se vislumbra en el oscuro trasfondo del erotismo.

Sin embargo, los enamorados son una excepción: su conducta y juicios, más o menos aberrantes, vienen de un estado fisiológico que no sabemos bien a bien si fuera mejor llamarlo patológico. En todo caso, son ellos quienes principalmente han propalado la versión de que todas las grandes seductoras de la historia poseían cuerpos con un delicioso y embriagador perfume; ese aroma es parte de la inefable aura femínea,fragua donde se forjan las invisibles cadenas que mejor aprisionan, someten y retienen a los hombres. Ya desde tiempos bíblicos, el amante místico del Cantar de los Cantares, usando el lenguaje del erotismo, proclamaba: “Como un Líbano de aromas / De tus vestidos el olor […] De nardo y azafrán / Caña aromática y canela / De todos los árboles de incienso / La quintaesencia de cada perfume…”1 Así de Judith, así de Dalila, y de cuantas fatales seductoras en el mundo han sido. Su natural quintaesencia de nardo, azafrán, caña y canela aparentemente jamás ha podido ser reproducida por la industria química en los cosméticos modernos. 

Pero una ley inflexible que rige nuestras vidas decreta que a cada placer suceda un dolor, y a cada delicia un tormento. Cuando bien se mira, un frío cálculo arroja un total mayor del lado de las penas que de las alegrías. Por eso es inevitable que a todo aroma que exulta corresponde una o más fetideces que asquean. Si bien las bellas seductoras difunden vapores que cautivan, del cuerpo de la mujer pueden también dimanar aires mefíticos que repugnan. Hablando de una cortesana, Marcial observa en uno de sus epigramas que la dama apestaba “a macho cabrío recién terminados sus amores, o a una boca de león, o a polluelo pudriéndose en un huevo abortado”. Su fértil imaginación le sugiere otra comparación no menos ofensiva: dice que su olor era comparable al de una vasija de sobador rota en medio de la calle. Los trabajadores encargados de la sobadura del cuero en la antigua Roma utilizaban la orina en su trabajo, y Marcial quiso indicar que la orina de la vasija era ya vieja, y en consecuencia fétida.

Tampoco se crea que un olor corporal repelente es solo el atributo de los marginados, los indigentes o los derrelictos en el océano de la vida. No, los encumbrados y privilegiados están al mismo nivel con aquellos en cuanto al olor de sus personas. Así el poderoso Luis XIV de Francia, el Rey Sol, despedía una terrible hediondez en sus pies. Tanto, que muchos aristócratas dejaron el círculo inmediato del monarca por ese motivo, y Fagon, principal médico del rey, decía de ellos que “habrían llegado a ser perfectos miembros de la corte si hubiesen tenido menos nariz”. Que el mal olor resultara de las deficientes reglas de higiene imperantes en su tiempo, o que factores hereditarios ejercieran su influjo, es algo que me parece imposible de determinar. Pero es un hecho confirmado por los historiadores que el abuelo del Rey Sol, el popularísimo y admirado Enrique IV, de quien los franceses hablan como “el buen rey” (le bon roi), también se distinguía por esta singular y nada atrayente característica. Un cronista de aquel tiempo, Tallémant des Réaux, nos cuenta que cierta distinguida dama cercana al monarca, Madame de Verneuil, declaró con el desenfado y llaneza entonces en boga: “Buena cosa es que sea rey: sin eso nadie lo aguantaría, porque apesta a carroña”.

El término técnico que designa tan desafortunada condición es “bromidrosis” (del griego bromos, brvmoV, fetidez, + idros, idrwV, sudor). Puede provenir de pies, de axilas, o de todo el cuerpo. En ocasiones es tan intenso, que para la persona que lo sufre es en extremo desesperante. Puede acentuarse o atenuarse; como quiera que sea, el efecto social puede ser devastador. La medicina contemporánea reconoce estos malhadados estados del cuerpo. Los médicos del ámbito anglosajón los agrupan bajo el término de “malodor syndromes”, que en buen castizo podría pasar como “síndromes de hediondez”. Entre ellos destaca “el síndrome de olor a pescado”, o en términos técnicos, trimetil-aminuria. Los sujetos afectados eliminan la maloliente trimetil-amina a través de sus secreciones, porque en virtud de una deficiencia genética carecen de una enzima que convierte este compuesto químico (el cual se origina normalmente a partir de los alimentos), en un derivado inodoro. Como resultado, el sudor, el aliento y la orina adquieren un olor que semeja el del pescado en descomposición. El rechazo, el ostracismo y la discriminación que la sociedad impone sobre estos infelices han llevado a algunos al suicidio. Este padecimiento es raro, pero no es más que uno de los síndromes que cursan con desagradable olor corporal. La prestigiosa revista médica británica The Lancet publicó en 1995 una carta de un grupo de médicos que decían haber recibido, después de la aparición de un artículo sobre el tema, cientos de cartas de pacientes desesperados que describían sus sufrimientos por causa de olor corporal repugnante: unos decían que el olor era fecal, otros ácido, otros más, parecido al del queso, o al de comida en descomposición. No pocos se declaraban incapaces de formular una descripción justa en el lenguaje cotidiano, pero no dejaban duda sobre la gravedad de su preocupación, pues habían necesitado ayuda médica para superar un estado de depresión.

Montaigne, en su arriba citado ensayo, nos dice que ha notado que los olores ejercen diferentes acciones sobre su persona, dependiendo del estado en que se encuentra, y que “los médicos podrían derivar de los olores mayor utilidad de la que obtienen”. Declara en seguida que está de acuerdo con quienes piensan que la costumbre de quemar incienso y otras substancias odoríferas en los templos (los mexicanos pensamos, desde luego, en el copal), tan extendida en todas las religiones, tiene por objeto regocijar el ánimo, purificarlo y disponernos a la contemplación religiosa. Solo en parte estoy de acuerdo con el ilustre ensayista galo. Tras de haber visto el enorme incensario, el famoso botafumeiro que se hace oscilar de un extremo a otro de la nave de la catedral de Santiago de Compostela, me inclino hacia la versión que atribuye al incienso otra función mayor: la de quitar, apagar o disfrazar el hedor despedido por la masa de sudorosos fieles congregados en el sacro recinto.

Aunque es cierto que los médicos no se han aprovechado de los olores para diseñar sus tratamientos, la verdad es que no han sido parcos en incorporarlos al diagnóstico. La “aromaterapia” sigue perteneciendo más bien a la medicina alternativa que a la llamada “medicina oficial”; en cambio esta última cuenta con una rica tradición de estudio y sistematización de los olores del cuerpo en la salud y la enfermedad. No es de extrañar este marcado interés, pues durante mucho tiempo las enfermedades contagiosas se relacionaron con aires corruptos o exhalaciones mefíticas de lugares insalubres, o en el aliento de personas capaces de transmitir el contagio.

En la antigüedad, Plinio el Viejo consideraba el aliento de las mujeres durante los menstruos particularmente tóxico. Un autor holandés, de nombre Stephan Blankaaert, repetía esta creencia en las postrimerías el siglo XVII, excepto que era ya llegado el tiempo del racionalismo, cuando los microscopistas holandeses, liderados por Leeuwenhoek, asombraban al mundo con innumerables descubrimientos, incluyendo la existencia de seres increíblemente pequeños. Blankaaert, en consecuencia, propone que en las partículas del aliento exhalado por las mujeres menstruantes “hay diminutos gusanos invisibles que tal vez logremos ver, creo yo, mediante el uso de apropiadas lentes de aumento, si colectamos el aliento sobre una lámina de vidrio”.2

En la venerable tradición olfativa de la medicina diagnóstica, se esperaba que el médico afinara su sentido del olfato hasta obtener un altísimo grado de discriminación. Debía ser capaz de reconocer una impresionante variedad de olores, porque estos se correlacionaban con distintos padecimientos. El entrenamiento nasal de un clínico sobresaliente tenía que ser exquisito, comparable al de un experto en perfumería (aunque, ¿quién lo duda?, en un campo muchísimo menos agradable). Su habilidad diagnóstica se incrementaba a la par de su percepción olfativa.

Leo los libros de texto de la medicina clínica del decimonónico, y no ceso de asombrarme ante la cantidad de diagnósticos que supuestamente podía hacerse por este medio. Me entero de que los pacientes con fiebre tifoidea huelen a pan recién horneado (olor más bien agradable); los enfermos de escrófula, a cerveza rancia; una emanación metálica, como de cobre, se percibe en los pacientes tratados con mercurio contra la sífilis; en la fiebre amarilla, el olor recuerda el de una carnicería; los niños parasitados por el gusano Ascaris tienen un aliento con un cierto olor a ajo, otros dicen a rábano. En la revistaMedical Record del 21 de julio de 1877, aparece este sorprendente reporte: el Doctor Hammond, de Nueva York, asegura que una paciente histérica despide un olor a piña durante las crisis; otra paciente sudaba solo en la mitad izquierda de la superficie anterior del tórax y exhalaba un olor a iris, el cual se debía a la presencia de éter butírico. La gangrena pulmonar se descubre cuando el esputo del paciente adquiere un olor a “yeso recientemente echado a perder” —símil que tal vez era fácilmente comprensible en el siglo antepasado, pero que ciertamente me escapa—. Los envenenados por cianuro huelen a almendras agrias.

Huelga decir que el médico del pasado debía ser un hombre (en efecto, raras eran las mujeres que ingresaban a la profesión) de estómago a toda prueba, es decir, capaz de vencer su repugnancia. Son estos esforzados clínicos quienes nos informan que en la albuminuria el olor de la orina recuerda el del caldo de ternera, y en otros casos el de buey, agriado; que los pacientes con albuminuria pueden comer espárragos sin que su orina adquiera el olor característico de este comestible; que el pus tiene un olor repugnante, ligeramente nauseoso, pero que adquiere diferentes características según el padecimiento que lo produce y el órgano afectado; así, en los abscesos hepáticos adquiere un olor amoniacal de bilis putrefacta, mientras que en los abscesos mamarios el carácter es butírico, debido a la putrefacción de la caseína en la leche.

No tiene caso proseguir la enumeración de las cualidades olfativas de las secreciones y excreciones humanas. Los médicos de antaño llenaron volúmenes enteros con detalles que el lector de hoy no puede menos que encontrar asombrosos por su acuciosidad, pero también repulsivos y aborrecibles por su naturaleza. El médico, en tiempos pasados, olía el paciente, olía su orina y sus deyecciones. Este proceder lo hacía fácil blanco de las sátiras: Francesco Petrarca, en su Invectiva contra un médico, compara al galeno con una abubilla, “pájaro insectívoro del tamaño de una tórtola” dice el diccionario de la RAE, que es “agradable a la vista pero de olor fétido”. Comúnmente se veía el ave en los basureros o depósitos de inmundicias, y su olor repelente se atribuía a su hábito de rondar por esos sitios. Así el médico, de puro frecuentar los sitios malolientes, los hospitales, los recintos donde sufren los enfermos, y de puro examinar de cerca los productos expelidos del organismo, termina contaminándose de esos olores. Cómo no recordar aquel poderoso pasaje de El sueño de la muerte de Quevedo, donde el inigualable satírico representa a los médicos examinando cuidadosamente la orina del paciente, como era de rigor, y dice: “van al servicio y al orinal a preguntar a los meados lo que no saben, porque Galeno los remitió a la cámara [excremento] y a la orina, y como si el orinal les hablase al oído, se le llegan a la oreja, avahándose los barbones con su niebla…” Quevedo nos hace ver cómo el vaho que despide la orina, igual que los efluvios que se desprenden de otras repugnantes materias, impregna no solo los ropajes, sino las barbas y el cuerpo mismo de quienes, por razón de su profesión, deben pasar su vida entre desperdicios y bardoma.

Los médicos de hoy día tienen mucha razón en alegrarse de que la tecnología médica moderna los ha liberado de tan ingratas tareas. De aquella época heroica apenas quedan residuos. El estudiante de medicina todavía aprende que el aliento de enfermos con acidosis diabética es “frutal”, comparable al de manzanas podridas, o que las madres de bebés con fenil-cetonuria son las primeras en diagnosticar esta rara enfermedad metabólica al detectar un olor característico (“ratonil”, dicen algunos; “mohoso”, señalan otros) en los pañales y el aliento de su cría. De modo semejante, los libros de texto de medicina aún señalan la existencia de olores característicos en una que otra enfermedad, sobre todo raros padecimientos de origen metabólico. Pero lo hacen raramente, a título de mera curiosidad, o como recurso mnemotécnico, o quizá, ¡Dios nos libre!, tratando de amenizar la aburrida prosa de los libros técnicos de la profesión médica.

El aliento del enfermo, igual que otras emanaciones corporales, contiene información de utilidad diagnóstica. Véase, si no, el ejemplo de perros entrenados que son capaces de detectar, con pasmosa precisión, la presencia de cáncer y otros padecimientos en muestras de orina u otros especímenes provenientes de sujetos enfermos. Pero, por supuesto, el médico contemporáneo no va a regresar a la época en que el diagnóstico dependía de qué tan bien imitaba a un sabueso. Tampoco es recomendable, por multitud de razones que aquí es imposible detallar, recurrir al uso sistemático en la clínica de perros entrenados en el diagnóstico olfatorio. Se habla, en cambio, de perfeccionar modelos ya existentes de la máquina conocida como la “nariz electrónica”. El paciente exhala en un recipiente conectado a un dispositivo que analiza, mediante avanzada espectrometría, las moléculas presentes en el aliento, y produce un trazado que representa el perfil molecular típico del padecimiento.

He aquí un método científico, reproducible, confiable, y admirablemente exacto. Son ya pasados los tiempos en que el médico sentía el paciente, y es inminente el arribo de los tiempos en que no será necesario ni siquiera verlo. ¿Olerlo? No solo era algo repugnante y desconfiable como procedimiento diagnóstico, sino que caía por debajo de la dignidad de tan augusto profesional. ¿Auscultarlo? ¿Palparlo? ¿Percutirlo? ¿Para qué, si ya desde ahora existen técnicas que hacen el cuerpo transparente, y permiten ver las alteraciones estructurales de los órganos con absoluta claridad, hasta en sus más apartados recovecos y sus más recónditos escondites?

Imagine el lector que vive en un futuro relativamente no muy lejano —digamos, a medio siglo o a más tardar un siglo de distancia—. Imagine a continuación que tiene, por desgracia, motivos de salud que lo obligan a ingresar a un hospital. En el curso de la investigación diagnóstica, verá enfermeras que colectan muestras de su sangre u otros especímenes; un técnico altamente especializado que le hace un examen por ultrasonido; otro que lo somete a la última versión de tomografía computarizada o resonancia magnética; un técnico más (ciertamente no un médico) le hará exhalar en una “nariz electrónica”, que para entonces, gracias a la nanotecnología, será una máquina portátil que se puede traer a la cabecera de la cama. A su médico —suponiendo que todavía pueda hablarse de “su médico”, o “médico familiar”, es decir, un experto en cuidados de la salud con quien se establece una relación personal— lo verá raramente, y siempre de prisa. Será un hombre muy al corriente de los adelantos científicos que le incumben. Y precisamente por eso invertirá gran parte de su tiempo extralaboral en mantener su competencia profesional y casi todas sus horas de trabajo escudriñando los sofisticados análisis biotecnológicos. Es natural y está bien que así sea: porque esos exámenes, esos análisis, le aportarán una información mucho más cabal e inmensamente más precisa del estado del cuerpo del enfermo que la que podría obtener examinándolo físicamente, sin más ayuda que sus cinco sentidos.

El resultado de todo esto será que el diagnóstico será mejor, más expedito e informativo que hoy; más eficaz y más exacto de lo que podemos imaginar. Es justo suponer que también el tratamiento será mejor y, por ende, la probabilidad de sanar estará correlativamente incrementada. Pero, paradójicamente, en medio de toda esa eficiencia, de esos adelantos y ese rutilante equipo médico, el paciente no se sentirá tan bien como era de esperarse. Al contrario, se sentirá confuso, desconcertado, perplejo y como desvalido y abandonado. Porque añorará la calidez del contacto humano; extrañará la sensación de una mano tibia que oprime la suya en medio de su sufrimiento; echará de menos unos ojos que lo miren, si no compasivamente, al menos con destellos de interés por comprenderlo. Y no sería raro que le hiciera falta inclusive ver que alguien tiene un gesto de repulsión al acercarse a su cama. Porque intuitivamente sabe que tras esa mueca está el temor a la enfermedad y la muerte, y eso le recordará que vive entre seres de carne y hueso, que sigue siendo miembro de la atribulada especie humana. El que huele mal y el que hace un mohín involuntario al percibir el mal olor: he aquí dos seres de algún modo hermanados por la irrevocable amenaza de la muerte que a todos nos espera, es decir, un futuro común de descomposición, putrefacción y hediondez. 

1 Guido Ceronetti, El Cantar de los Cantares, traducción de Claudio Gancho, El Acantilado, Barcelona, 2001, p. 21.

2 Citado por el doctor Cabanès en Les Cinq Sens, Le François, Paris, 1926, p. 257. Cabanès reporta el título del libro de Blankaaert, escrito en flamenco, como Nieuw ligtende praktyk der medycynen waar in getoont werd dat alle zietken, Jam ten Hoorn, Amsterdam, 1685.
  
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La lectora hechizada
Por Verónica MURGUÍA

En la literatura fantástica el libro mágico es un objeto común y corriente. Los libros encantados suelen ser puertas que llevan a otros mundos, grimorios que susurran maldiciones, volúmenes que muerden a los dueños o tratados envenenados. En la vida real, sin embargo, son escasos los libros que provocan reacciones tan intensas en los lectores y, cuando esto sucede, es inolvidable.

El día que leí el ensayo “Nuestra natural inclinación a depredar” contenido en el libro Mors repentina del doctor Francisco González Crussí, sentí físicamente cómo preguntas que me he hecho desde hace muchos años, adoptaban una forma mejor y más clara. En las oraciones diáfanas y concisas que cierran ese hermoso ensayo se resumían algunas interrogantes que me han preocupado siempre, pero que nunca pude formular con esa nitidez.

Experimenté el placer de entender, descrito por mi amigo Juan Almela como una suerte de delicioso acomodo, de tintineo luminoso. Esto podrá parecer banal, una experiencia cotidiana en la vida de un lector avezado, pero es poco frecuente.

La prosa de González Crussí es una mezcla excepcional de erudición, serenidad y humor. Su extenso trato con la muerte y la enfermedad abre panoramas sorprendentes al lector, ya que no hay nada en el cuerpo humano que le parezca indigno de reflexión. Las moscas, el corazón, el falo, la vejez, el intestino grueso, el anorrecto, los monstruos, las dificultades en el parto, lo erótico, los olores, en fin, todo aquello que somos, le interesa y sabe cómo ilustrarlo con anécdotas, citas, diálogos e imágenes.

Hay pocos ensayistas más amenos y elegantes: por los libros de González Crussí desfilan reyes enfermos, niños maltratados, anatomistas heroicos, generales chinos, teólogos, dioses, caníbales y gigantes en una procesión organizada y puntual al servicio de la idea que el autor ensaya.

Su método es atraernos con preguntas y colocarnos ante el diorama de la Historia; señalar aquí y allá lo más colorido, explicar lo más difícil de comprender con el lenguaje más noble y claro, y devolvernos con una idea nueva, brillante como una moneda recién acuñada, a la interrogante inicial.

Antes de llegar a Mors repentina, había leído con alegría Notas de un anatomista y Sobre la naturaleza de las cosas eróticas. Ya había decidido leer todo lo que González Crussí publicara, fascinada por la naturalidad con la que describía la autopsia de un gigante, o por su brillante análisis de los celos. Sin embargo, la lectura de “Nuestra natural inclinación a depredar” lo convirtió en una especie de guía personal, título que quizás le parezca oneroso al autor, pero que justifico de esta forma: después de leer el ensayo decidí que la conclusión pasaría a formar parte de mí, que adoptaría la postura allí descrita y procuraría no abandonarla. Quedé hechizada, como por un libro mágico.

Y es que el tema es, ni más ni menos, nuestra propensión a la violencia, a la destrucción. Sobra decir que a él se han dedicado científicos, moralistas y teólogos. González Crussí traza, desde la perspectiva de un médico, una genealogía de nuestros impulsos que hunde las raíces en el humus primordial del que está hecho el cuerpo, pero el texto no se resuelve en explicaciones meramente biológicas.

Como un árbol, el razonamiento se eleva para ramificarse: comienza por el análisis del hambre y las formas de saciarla; sigue la anatomía del intestino; las enfermedades (por ejemplo, la descripción de un tricobezoar: tumor hecho de pelo comido), pasa por el canibalismo histórico y mítico y culmina con una suerte de plegaria que manifiesta la vocación estoica y afirmativa de un escritor que, desde el primer libro, nos dejó entrever una inteligencia agudísima animada por la compasión.

Inteligencia que, además, suele considerar las cosas desde ángulos insospechados. Quizás se deba al lugar que el doctor González Crussí ocupa en el mundo: es, por cierto, un mexicano que vive en Estados Unidos y que, generalmente, escribe en inglés. Los títulos de sus dos libros autobiográficos se refieren a esta particularidad. El primero lleva en el nombre un verso de Edmond Haraucourt: Partir es morir un poco. El segundo es la respuesta del Coriolano de Shakespeare a quienes lo destierran de Roma: Hay un mundo en otra parte.

Un escritor de esta inteligencia no escoge nada al azar: Partir es morir un poco es el recuento de un desprendimiento, de un viaje sin regreso desde México al mundo. No hay amargura en este libro, pero sí una suave ironía: para el autor, el pasado es todavía más inasible si se vive lejos del escenario de los recuerdos. Hay un mundo en otra parte es la exploración de esta separación: lo que significa en la vida de un escritor estar en otra parte.

Si además este hombre es un artista entre científicos y un científico entre artistas; un escritor de habla española que redacta en inglés; un médico preocupado por el rumbo por el que nos puede llevar la tecnología en momentos en los que el prestigio de ésta es enorme, y un mexicano sin machismo, concluiremos que este autor está habituado a sopesar las cuestiones que lo ocupan desde los lugares más inusuales.

Traducirlo ha sido una de las experiencias más felices de mi vida. Para mí, traducir es hacer una lectura superlativa, intentar sumergirse en un estilo, un método.

Leer a Francisco González Crussí me ha enseñado a pensar con más claridad y a escribir mejor: no se le puede pedir más a un autor.

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Un indocumentado en la República de las Letras
Por Yanet AGUILAR SOSA

Francisco González Crussí rebosa energía y vitalidad. Como patólogo alcanzó grandes logros en Estados Unidos, su casa desde hace más de 50 años, pues llegó a dirigir incluso el Departamento de Patología en el Children’s Memorial Hospital de Chicago, ciudad en la que aún radica; como escritor ha renovado el ensayo, género literario en el que fincó su ambición de “conjugar los aspectos biológicos-médicos con la literatura”; y como mexicano nacido y criado en la colonia Obrera, en la capital del país, ha tenido que sortear duras batallas en su vida personal y familiar.

El ensayista de culto para un grupo de escritores mexicanos fue durante tres años tutor de ensayo de los becarios del Programa Jóvenes Creadores del Fonca. Este cargo lo hizo reencontrarse con México y con su literatura. Ahora es considerado, por sus alumnos y por muchos autores más, un pensador original como hay pocos en México, un ensayista de gran erudición y prosista de un inglés exótico.

Escritor tardío —como él mismo dice—, se atrevió a publicar su primer libro de ensayos, Notas de un anatomista, en 1985, cuando iba a cumplir 50 años. Es un lector ferviente de literatura francesa desde la adolescencia, cuando viajó a París gracias a un premio que le dio el IFAL y que le cambió la vida. González Crussí es —dicho por muchos— el pensador e intelectual que México debe exportar, traducir y dar a conocer.

El patólogo y escritor aborda los temas médicos desde una amplia mirada artística; así ha hablado de la historia cultural de la calvicie, del estornudo, la relación con los sentidos, el origen del deseo, el cuerpo, la muerte y sobre “la madre” China, país con cuya cultura tiene contacto desde hace 37 años, gracias a su esposa.

Sus ensayos han sido reunidos en libros como Sobre la naturaleza de las cosas eróticas, Los cinco sentidos, La fábrica del cuerpo y recientemente en Remedios de antaño; ha publicado en The New York Times, The Washington Post, Commonwealth, The New Yorker, Letras Libres,  Paréntesis,  Cambio y  Etiqueta  Negra ;  tiene dos autobiografías: There is a World Elsewhere —inédita en español— y Partir es morir un poco. En breve, aparecerá un libro con ensayos sobre la fisonomía.

—Partir es morir un poco ¿sigue siendo la metáfora de su vida?
—El que se va es un poquito como si se muere; es decir, los deudos, los amigos, los familiares al principio hablan de uno con nostalgia, con tristeza, pero a medida que pasa el tiempo hablan menos de él, tal como sucede con los muertos; al final, es un poco traumático dejar la patria; por otro lado, Partir es morir un poco fue el primer libro que escribí en español, mi lengua materna, así que le tengo un aprecio especial.

—¿Cómo era el México de los cincuenta?
—A la distancia uno idealiza las cosas. Los viejos pensamos que todo tiempo pasado fue mejor. Cuando yo era joven, tenía todo el vigor y el entusiasmo y me gustaba muchísimo la vida en México, en particular porque era como vivir en la provincia con todas las amenidades de una gran ciudad. Desgraciadamente, no se puede esconder el hecho de que entonces la vida era más tranquila, que no había el enorme problema de la violencia que se ha desencadenado recientemente. Guardo recuerdos muy dulces.

—¿Qué tan difícil fue ejercer su profesión aquí?
—El tipo de vida que me habría gustado llevar en México es el de un patólogo dedicado a la medicina académica, o sea, enseñar en una universidad, estar en un gran hospital asistencial; pero en aquel entonces, y tal vez hoy también, uno realmente no podía hacerlo. Fue un trauma dejar la familia, los amigos, la cultura, la lengua de uno. Es como cortar el cordón umbilical, pero no un simple corte con bisturí aséptico; era como cortarlo con un hacha oxidada; a mí me costó mucho esfuerzo restablecerme de esas pérdidas y aún a la fecha siento un poco de nostalgia.

A medida que pasa el tiempo hace uno los ajustes necesarios. Mis hijos se han criado en Estados Unidos. Mi esposa, aunque no es americana, ya hizo un ajuste de China a América, y no le puedo exigir que se venga a México, como ella no me puede exigir irme a vivir a China. Así que, para bien o para mal, la suerte está echada y me ha tocado vivir en Norteamérica. Pienso yo que la tierra de Norteamérica es tan buena como la tierra de México para que mis huesos ahí reposen.

—Un buen día se armó de valor y salió de México…
—Yo nací y me crié en la colonia Obrera; para ser más exacto, nací en la esquina de Efrén Rebolledo y Bolívar. Había una farmacia, que todavía existe pero ya muy cambiada, y que se llamaba La Virgen María. Era propiedad de mi padre, y cuando él murió mi madre se quedó con ella. Mi madre no estaba preparada; de hecho, su educación había sido rudimentaria. Con trabajos había terminado la escuela primaria, así que no podía hacerse cargo de la farmacia.

En aquel entonces el gobierno mexicano había decidido que esas farmacias debían tener un responsable, y en nuestro caso fue una mujer titulada de química farmacéutica que debía aparecer por ahí en caso de que se requirieran sus servicios. La cruda realidad es que sólo se aparecía cada mes para cobrar su mesada. Pero así fue posible educarme yo y mi hermana, hasta que hubo la primera salida de México.

—¿Conoció el mundo muy joven?
—Cuando estaba en la preparatoria un acontecimiento me cambió la vida enteramente; el Instituto Francés de América Latina organizaba un concurso en la lengua francesa y me tocó en suerte ganarlo. Mi madre jamás habría soñado con mandar a estudiar a su hijo al extranjero; yo no había salido nunca —no digamos del país—, no había salido de mi barrio, de la colonia Obrera, y de repente verme en París, a donde me mandó el gobierno francés, me abrió los ojos, me hizo ver que el mundo es ancho y ajeno; además, me encendió una pasión por la literatura francesa que desde entonces he continuado y me ha ayudado mucho.

—¿Vivir en una farmacia determinó su vocación?
—Yo creo que sí, aunque no lo veía como influencia determinante. Veía a la gente que sufría y que venía a pedir un remedio para una dolencia y yo tenía un conocimiento muy rudimentario, el de un farmacéutico amateur; no tuve una dirección de mi padre o de algún médico que me hubiera orientado a la medicina. Eso me vino una vez que ingresé a la escuela de medicina, sin estar muy seguro de lo que iba a hacer. Por el tercer año me di cuenta de la variedad de especialidades que se pueden seguir y además vi la influencia de profesionales prominentes que fueron un modelo para mí. Me orienté a la patología donde el contacto no lo tenemos con el paciente; lo tenemos con el médico que ve al paciente. Estudiamos la enfermedad en sí, la teoría de la medicina.

—Sus logros en Estados Unidos son enormes, pero su vida no fue fácil…
—En aquella época no había suficientes oportunidades. Yo me había preparado. Hice el entrenamiento de posgrado en varias universidades de Norteamérica. Traté de regresar a México pero me fue como en feria: aquí no había empleo, allá tampoco. Me fui a la provincia, donde no fui bien recibido. En algunos lugares me veían con un poco de recelo, en otros me recibieron con mejor voluntad, pero no había el tipo de trabajos para el que yo estaba preparado. Me ofrecieron un puesto de medicina de emergencia pero yo no estaba preparado para eso. Yo era un experto en microscopía electrónica, en diagnóstico histológico de tumores; quedarme en emergencias habría sido una amenaza para la salud pública.

Volví a Estados Unidos para hacer mis maletas y regresar definitivamente a México, pero un profesor de la Universidad de Florida —donde yo había hecho grandes méritos— me preguntó: “¿Tú te irías al Canadá?” Yo le dije: “Me iría a donde sea que haya trabajo”. Y así fue: estuve varios años en Canadá, un excelente país, con un alto nivel de vida, haciendo exactamente el tipo de vida que yo quería, en un pueblo pequeño como patólogo académico, en una enorme biblioteca y cultivando mis dos inclinaciones: la patología —que era la principal—, porque no se puede uno descuidar so pena de quedar en atraso y, por otro lado, la literatura, pues había un repositorio riquísimo en The Queen University.

Después, por azares de mi vida personal, que preferiría no discutir, tuve que dejar ese pueblo y volver a Estados Unidos. Allí me quedé con un empleo de patólogo en varios lugares, hasta terminar en Chicago. Estoy contento. He hecho lo que me propuse. Con un calvario un poco difícil, pero así es la vida: nunca obtiene uno lo que quiere inmediatamente y quizás esté mejor así.

—¿Nunca se arrepintió de haber dejado México, incluso en los peores momentos, con las dificultades familiares?
—En algunos momentos sí, con las dificultades familiares. Estaba en un clima frío, no había una comunidad mexicana, no había un lugar donde comer un taco, no se escuchaba música mexicana, las nevadas duraban siete meses. Varias veces me pregunte: “¿Qué demonios estoy haciendo aquí?” Habría querido regresar pero poco a poco pasaron las crisis y vinieron otras compensaciones. Hubo momentos de gran nostalgia por la patria; si en un restaurante escuchaba a un mexicano, tenía el impulso de levantarme y decirles: “Yo también soy mexicano”.

—Se entregó a la patología pero un buen día probó suerte en la literatura…
—Empecé muy tarde. Yo tenía más de 55 años cuando empecé a escribir literatura propiamente dicha, por varias razones. Primero, porque el inglés no era mi lengua; no me sentía seguro. Se puede escribir un artículo médico, técnico, científico, porque la terminología es aproximadamente la misma: aprende uno unas cuantas frases y ya se puede montar un artículo técnico científico, pero la literatura requiere un dominio más completo para usar el lenguaje literario en inglés. Por eso dejé pasar un tiempo. Estudié a los literatos en lengua inglesa, sobre todo a los ingleses del siglo XVIII, que tienen un estilo de oratoria rimbombante, hasta un poco afectado; por eso algunos críticos han dicho que mi lenguaje es arcaico, pero así es como aprendí el inglés, y además me gusta mucho porque se parece al español en su construcción.

Leía a Fielding, Sterne, Richardson, Johnson, para aprender el idioma inglés literario. No podía dejar de leer la literatura profesional para estar al corriente, así que fue muy tarde cuando pensé en mandar un grupo de ensayos a ver si me los publican, con tan buena suerte que a la primera me los publicaron y tuvo, quizás, demasiado éxito; no es bueno que el primer libro de uno sea ensalzado a ese grado. Es mejor hacer méritos poco a poco, ir adquiriendo todo un cuerpo de composiciones; pero, bueno, eso me estimuló mucho.

—Sus ensayos están cargados de gran erudición pero con enorme sencillez…
—Todo mundo se forma según sus experiencias tempranas y a mí, gracias a Dios, me tocó vivir y sufrir la colonia Obrera. Me voy para allá y ahora sé mucho de Richardson, y de la cultura oriental, pero no me fallan los albures tampoco. Estoy dispuesto a lidiarme con el mejor alburero de aquí.

—¿Cómo se convirtió casi en un escritor de culto en México?
—Afortunadamente no hice estudios de literatura. Como les digo a mis amigos, yo soy un extranjero indocumentado en la República de las Letras. Entré ilegalmente, por la medicina, por la puerta de atrás. No sigo ninguna escuela literaria; mi ambición ha sido conjugar los aspectos biológicos-médicos con la literatura y, como muy pocos lo hacen, eso me ha valido cierta originalidad.

Antonio Saborit, un ensayista a quien le estoy muy agradecido y con quien tengo esa deuda de gratitud, era miembro del Fonca y mentor en ensayo, y cuando él dejó ese cargo me recomendó. Eso me puso en contacto con México. Venir varias veces por varios años a diferentes lugares de México, sobre todo a la provincia, me puso en contacto con jóvenes que quieren llegar a ser escritores; para mí fue una gran fortuna porque me hizo ver el enorme talento que hay en México: no le piden nada a nadie. Eso me estimuló y dije: “Tengo que hacer más por la literatura en lengua española, y de preferencia con el ambiente literario mexicano”.

—Escribió y publicó primero en inglés y sólo después en español…
—Para mí ha sido una especie de necesidad emocional. Ahora me hago viejo; he visto que muchas personas de edad ni aprenden bien el inglés y se olvidan del español, sin ver que el español es una lengua bellísima, y no quisiera morirme sin antes hacer uso pleno, antes de que me llegue el último suspiro, tratando de escribir, lo más que pueda, en español.

—¿Por eso ahora está dedicado cien por ciento a la literatura?
—Ya estoy retirado. No tengo ninguna responsabilidad médica. Del hospital nadie me llama. Cuando voy al hospital ya no me conocen. Soy lo que los americanos llaman un has been. Por otro lado, tengo todo el tiempo libre para escribir. A eso me dedico ahora: viajo, escribo, leo. Mientras tenga suficiente retina y tenga arrestos, es lo que haré.

—¿El cordón umbilical con México no se cortó del todo?
—Obviamente no se cortó completamente. De otra manera no estaría leyendo lo que puedo de autores mexicanos. Cuando hablo de corte es que me tuve que ir a vivir allá, pero el lazo espiritual se mantuvo incólume.


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