dimanche 10 novembre 2013

CAMUS/100 años de rebeldía

Camus, 100 años de rebeldía

Un 7 de noviembre de 1913 nacía en Argelia, en una familia de colonos franceses, uno de esos pocos hombres esenciales, de esos extranjeros que marcan la historia. Se llamaba Albert Camus y murió en un extraño accidente de tráfico en 1960, tres años después de conquistar el premio Nobel. Novelista, dramaturgo, filósofo y ensayista, fue ante todo un hombre libre, el primer pensador libertario y rebelde capaz de proclamar en los tiempos más oscuros que las tiranías se habían perfeccionado y que, ante ellas, resultaba imposible mantener el silencio o la neutralidad. El Cultural celebra hoy el centenario del pensador de la mano de su último gran biógrafo, Michel Onfray; del Camus novelista escribe Rafael Chirbes, del dramaturgo, Javier Villán y del Camus mediterráneo y balear, José Carlos Llop. Publicamos también parte del epistolario inédito entre Camus y su amigo Jean Daniel. Ignacio Echevarría y Luis María Anson, que lo entrevistó en su casa de París, recuerdan también al Nobel. Por último, seis escritores eligen su Camus favorito.
  
El pensador libertario
Por Michel ONFRAY

La infancia, el origen social y familiar, la parentela de la gente de poco dinero y la Argelia pobre de los años genealógicos constituyen el temperamento libertario de Albert Camus. Nunca fue, ni aquí ni en las demás ocasiones, un doctrinario, ni un seguidor de la ortodoxia, ni un pensador sistemático, de modo que no es anarquista como discípulo, sino como maestro. En ningún caso quiere ser stirneriano, bakuniano o proudhoniano, algo que carecería absolutamente de sentido un siglo después del florecimiento de esos pensamientos anticuados. Camus inventó el pensamiento libertario del siglo XX inscribiendo su nombre en una historia que, ciertamente, supone una filiación, pero destaca sobre todo por lo que concibe de forma inédita: un estilo libertario, una sensibilidad libertaria y un carácter libertario. 

Camus inventa ese pensamiento singular reaccionando personalmente ante lo que constituye ese siglo: anticolonialista a partir de 1938 con Miseria en la Cabilia; pacifista, pero que realiza los trámites para alistarse una vez constatada la infructuosidad de sus esfuerzos por impedir la guerra en 1939; miembro de la resistencia en Combat a partir de 1943 (otros esperarán a la Liberación para henchirse de 'compromiso'): negándose a desempeñar un papel en la purga mientras algunos tratan de recuperarse en ella; oponiéndose a cualquier forma de fascismo cuando los resistentes de la vigésimoquinta hora convertidos en purgadores reanudan unas turbias relaciones con el totalitarismo, siempre que sea de izquierdas; no dando la razón a los fascismos rojos de la URSS, del Este, de los trópicos o de China, ni a los pardos del nacionalsocialismo de la Italia mussoliniana o de la España franquista, ni tampoco al bloque estadounidense, especialmente con Hiroshima y Nagasaki; rechazando la tortura, el terrorismo y los atentados ciegos que causan víctimas civiles, ya sea con la OEA o con el FLN. Camus inventa el pensamiento libertario de su siglo contentándose con aparecer en él como una figura rebelde y refractaria, con una moral recta y con una inteligencia crítica incorruptible e intransigente; dicho de otro modo, como un filósofo. 

En las antípodas de Sartre, del que es el anti-retrato, Camus ocupa en el par ancestral resistente/colaborador respecto a los poderes el papel del resistente emblemático. Mientras Sartre convierte al general De Gaulle -que se opone al nacionalsocialismo y expresa el honor de Francia en los años de ocupación- en un fascista emblemático al tiempo que loa a los fascistas siempre que apoyen el socialismo, Camus no es amigo de ningún jefe de Estado; buscaríamos en vano fotografías en su iconografía que le comprometan con jefes de Estado de países socialistas. 

Por haber hecho frente a la jauría sartriana organizada a partir de Les Temps Modernes, que no retrocedía ante nada (mentiras, calumnias, insultos, vaguedades, palizas conceptuales, abyecciones, falsificaciones) desde la publicación de El hombre rebelde, que constituye un hito en el honor de la filosofía francesa que estaba casi toda vendida a los fascismos rojos en esa época, Camus se convirtió, por la ejecución de un secuaz sartreano en su época, en un comparsa enviado, en un “filósofo para clases terminales”. En efecto, al contrario que Sartre que, hijo de buena familia, burgués preparado por y para la Escuela Normal Superior, dotado de un formidable espíritu de casta, parisino, y deseoso de una gloria que por una lógica de clase consideraba que le correspondía por derecho, Camus, hijo de pobre, con un padre peón agrícola y una madre limpiadora, nunca legítimo, siempre preocupado por justificarse de ser lo que era, aprende la pobreza en las calles de Argel y no en el ambiente silencioso de la Escuela Normal Superior leyendo a Hegel o a Marx. 

Mientras que el alumno de la Escuela Normal Superior ahúma con el arsenal conceptual que ha tomado prestado a la fenomenología alemana, utiliza la jerga, intimida y se propone liberar al proletariado con las cogitaciones de la Crítica de la razón dialéctica, el filósofo de lo concreto y el pensador de la inmanencia construye su visión del mundo apartada del concepto que aterroriza y aleja al pueblo y a los modestos, que le dan su estima y su cariño. La novela, las novelas cortas, el teatro, el periodismo y los ensayos constituyen para Camus otras tantas vías de acceso al pueblo. Sartre justificaba el terror, siempre que fuese de izquierdas: legitimaba los campos, si estaban motivados por el socialismo; le parecía normal el terrorismo de Estado soviético así como el terrorismo artesanal de la banda de Baader o el de los activistas palestinos; consideraba justa la pena de muerte si concernía a un notario de Bruay-en Artois, al que una “justicia de clase” condenaba por el mero hecho de su profesión. Por su parte, Camus rechazaba por principio que se torturase, que se encarcelase, que se masacrase, que se ejecutase. Sí, no estaría de más leer ahora, o releer, sus Reflexiones sobre la pena de muerte. 

Medio siglo después de El hombre rebelde, y después de que la historia haya enseñado un cierto número de lecciones, parece que Sartre se ha convertido sin duda, y para el resto de los tiempos, en un “filósofo para clases terminales”. El compañero de viaje de los comunistas ha quedado atrás; el clon de los fenomenólogos alemanes ya sólo impresiona a los que hacen tesis; la producción anticuada del filósofo ha envejecido 1.000 años desde la caída del Muro de Berlín; ya nadie duda de que su estrategia fue oportunista y arribista; y no hablemos ya ni de sus novelas inacabadas, ni de su teatro cubierto de polvo. Mientras tanto, Camus se ha convertido en un filósofo intempestivo, en el sentido nietzscheano de la palabra. 

El autor de El mito de Sísifo ve por fin cómo llega su hora. Su invento del pensamiento libertario en el siglo XX cogió a todo el mundo desprevenido, incluidos, y quizás sobre todo, a los anarquistas enquistados. Su trayectoria singular nos ofrece lecciones para inventar el pensamiento libertario del mañana. Nunca se ha recurrido tanto a un filósofo para disipar el nihilismo de nuestra época decadente. 

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Especial: Camus, 100 años de rebeldía
En su propia guerra
Por Rafael CHIRBES 

Según su biógrafo Herbert R. Lottman, en 1957 Albert Camus recibió con más angustia que satisfacción el Premio Nobel. Pensaba que el reconocimiento del jurado venía a dar su obra por cerrada, condenándolo a muerte literaria, cuando él tenía el convencimiento de que su carrera como narrador acababa de empezar. Las tres novelas publicadas hasta entonces le parecían más bien ejercicios de aprendizaje, y era en aquel momento cuando estaba escribiendo la que tenía que ser su gran obra, su personal Guerra y paz (así la llamaba). El novelista tenía cuarenta y cuatro años, más o menos la edad en que Tolstoi escribió su libro. 

Con El extranjero (1942), su debut como narrador, Camus le había ofrecido a la literatura universal un libro extraordinario: en una prosa brillante como metal bruñido, contaba el estúpido crimen de un tal Meursault y el juicio a que se le somete, más interesados jueces y testigos en culpabilizar a alguien cuyo comportamiento no se ajusta a lo previsible, que en ponderar su responsabilidad y en dilucidar las circunstancias que rodearon el suceso.“Qué importaba si, acusado de asesinato, lo ejecutaban por no haber llorado en el entierro de su madre”, dice el propio Meursault. En el texto, ecos de El Proceso de Franz Kafka, aunque Camus aseguró que, para inspirarse no había necesitado del checo (al que había dedicado un artículo), le había bastado con trabajar como reportero de tribunales en Argel. La desazonante visión de un universo absurdo le permitía filtrar en la novela la irracionalidad del nazismo que ocupaba Francia. 

El extranjero desarrollaba la idea de que “una novela es siempre una filosofía puesta en imágenes”, principio que inspiró también La peste (1947), metáfora del irreparable dolor que provocan las infecciones ideológicas: “llega siempre una hora en la historia en la que quien se atreve a decir que dos y dos son cuatro es condenado a muerte”. En el libro, que tiene algo de auto sacramental, la epidemia pone a prueba y redime a una serie de personajes-idea. Entre los bastidores del texto se deja notar cierta sobrecarga filosófica: de nuevo, la falta de sentido del mundo, el difícil compromiso del hombre en lucha contra el dolor, o en su intento de no acrecentar la cantidad de dolor; la culpa y su complicada redención: formas de rebeldía camusianas que tienen más que ver con la honestidad que con el heroísmo. El doctor Rieux, protagonista de la novela, afirma: “Yo no sé lo que es (la honestidad) en general, pero en mi caso sé que consiste en hacer mi trabajo”. Puro Camus que, sin embargo, se muestra inconsecuente con respecto a sus propias teorías: el voluntarismo del novelista no duda en romper el asombroso juego de equilibrios que sostenía El extranjero. Lo hará también en la siguiente novela. 

De hecho, ya en la crítica que le había dedicado a La náusea de Jean-Paul Sartre en 1938 acusaba a su colega de no respetar el frágil pacto entre idea e imagen y acabar convirtiendo la novela en un monólogo, mera ilustración de las teorías de unos cuantos filósofos: pues exactamente eso (un monólogo, escaparate de teorías) resultó ser La caída (1956), el largo -y brillante- parlamento de Jean-Baptiste Clamence, 'juez-penitente' que, en un bar de Ámsterdam, se confiesa portador de una culpa de la que no puede redimirse (no salvó a una mujer que se había arrojado al Sena). Uno no llamaría exactamente novela a ese texto, si no fuera porque a estas alturas no sabemos distinguir los límites del género, o si no intuyéramos que obras tan poderosas como las de Bernhard, o la de Zorn, han nacido en los aledaños de esa voz profundamente camusiana que se vuelve contra Camus. 

Un par de años después de que le concedieran el Nobel, Camus seguía empeñado en escribir su propia Guerra y paz. Entre los restos del automóvil en que perdió la vida el 4 de enero de 1960, encontraron un portafolios de cuero cuyo interior guardaba ciento cuarenta y cuatro páginas anotadas con letra apenas inteligible: en ellas estaban los emigrantes sin pasado, la madre analfabeta y sorda, el desconocido padre que murió en la guerra, la infancia y adolescencia en Argel, el mar y el sol como regalos piadosos que la naturaleza deja caer sobre los desheredados del Mediterráneo: toda la semilla novelesca de ese personaje cargado de contradicciones que había acabado por ser Albert Camus, hijo de pobres que se esfuerza en recuperar lo que -son sus palabras- sólo los ricos recuperan: el tiempo perdido; sospechoso argelino en la metrópoli y colonizador francés en la colonia. Ahí estaba el germen del tipo que desconfiará de los intelectuales pero acabará por ser uno de ellos y disfrutará de su poder en un mundo que considera ajeno; el que, sin sentirse existencialista, goza de las ventajas de esa moda filosófica parisina y, seguramente por eso, ama y odia apasionadamente a Sartre; el filocomunista que sirve argumentos a los anticomunistas; el ateo que guiña el ojo a los católicos (de nuevo la moda y su coquetería: fueron signo de aquellos tiempos las conversiones de escritores); el hombre que arrastra una culpa imperdonable y, sin embargo, se vuelve cuerpo inocente en contacto con la belleza azul de Tipasa. Por acabar de una vez: el triunfador que vive el éxito como derrota, porque tal vez eso viene impreso en la genética de los pobres: gente que sólo posee sustantivos comunes (el florero, el plato hondo) frente a los nombres propios que guardan los mejor situados (la cerámica de los Vosgos, la vajilla de Quimper). Eso era lo que había empezando a contar Camus en aquellos papeles, texto frustrado que no vio la luz hasta 1994 (treinta y tantos años después de su muerte), bajo el título de El primer hombre: en aquellas letras apretadas estaban su guerra y su paz, las que proyectaba alcanzar más allá del Nobel, las que no alcanzó pero aún nos deslumbran. 

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Especial: Camus, 100 años de rebeldía
El absurdo y el pensador de trinchera
Por Javier VILLÁN 

Al hablar del Teatro del Absurdo, en El Mito de Sísifo, Albert Camus afirma que un mundo que pueda ser explicado por razonamientos, es un mundo más o menos cotidiano. Pero que, privado de esperanza, el hombre se siente en ese mundo un extranjero. Dice: “este divorcio entre el hombre y su vida, el actor y sus decorados, constituye el sentimiento del absurdo”. Lejos, formalmente, de Ionesco, Beckett o Adamov, su filosofía está próxima y es la base del Absurdo; como Sartre. Y de ella está empapada toda su obra. 

Mi primer encuentro con Camus fue una colección de artículos, dos libros de editoriales sudamericanas, que me proporcionó un librero clandestino y amigo. Una frase se me quedó grabada: “no admito más aristocracia que la del trabajo y la inteligencia”. En una conferencia, o editorial de Combat, se oponía a la entrada de España en la Onu, sobre el argumento del nulo respeto de Franco a los derechos humanos. Le contestaron que tampoco en Polonia se respetaban esos derechos y contestó que tener una puta en la familia no justificaba tener dos. Luego vino un cierto desapego de mi generación porque entonces éramos muy rojos y Camus había reñido con Sartre. 

Albert Camús definió el siglo XX como el siglo del miedo y en él seguimos instalados. El miedo es el opio con el que los gobiernos intoxican a los ciudadanos. Cierto que todos los gobiernos son unos canallas y que el uso y el abuso del miedo es la médula de su estrategia política. El mundo marcha velozmente, pero no tan deprisa que pueda rebasar las amenazas del pasado y la realidad del futuro. A fin de cuentas, afirma Camus por boca de Calígula, “los hombres mueren y no son felices”. Ha pasado su purgatorio, la deslegitimación de la izquierda doctrinaria y del liberalismo salvaje; pero Albert Camus vuelve a resurgir. Se mató en un accidente, relativamente joven, poco después de recibir el Premio Nobel. En un existencialista del absurdo una muerte así se presenta como un símbolo, no como un azar indeseado; el azar le puso en el camino una muerte cómplice de su propio pensamiento. Y Camus "resucita" con el teatro; se anuncia Los justos. Hace poco fue un éxito de Cayetana Guillén El Malentendido, como lo fue en tiempos, de la mano de Tamayo, el Calígula de Luis Merlo. 

La ruptura entre Camus y Sartre fue un desgarramiento y el mundo político e intelectual se dividió. Eran amigos, habían estado juntos frente al nazismo, eran dos luminarias de la cultura universal, pero los separó la distinta percepción de la URSS en el papel de las libertades; Camus dejó la militancia y Jean Paul Sartre siguió aferrado a la hegemonía soviética como contrapeso al capitalismo occidental. No sé si el tiempo ha dado la razón a Camus. Puede que sí, pero tengo mis dudas. 

Albert Camus era francés nacido en Argelia, de madre española, almeriense. Lo cual en el proceso de independencia argelino, le permitió decir: “Si Francia es la razón y Argelia es mi madre, siempre elegiré a mi madre”. Siempre estuvo muy vinculado a España y a la España republicana aniquilada en la Guerra del 36. Tras el estreno de El malentendido, a pocas semanas de la liberación de Francia, se unió a la actriz que lo estrenó, María Casares, hija de Casares Quiroga. Su antifranquismo, lo mismo que su activismo en la Resistencia, dio lugar a algunos de sus mejores artículos. Su obra grande está en las novelas La peste, La caída, El extranjero, en ensayos como El hombre rebelde, en el teatro; pero es indispensable el periodista de Combat: Ni víctimas ni verdugo, La sangre de la libertad. Su humanismo filosófico, su sentido de la ética en política y de la dignidad y libertad, lo dejaron solo. Quizá sigue solo. Pero Albert Camus no está muerto. 

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Especial: Camus, 100 años de rebeldía
Postal mediterránea: Palma
Por José Carlos LLOP 

Son meses previos a la Guerra Civil, pero eso no está en la mente de Camus. El hombre que dijo que entre la justicia y su madre, siempre elegiría a su madre, viaja por el Mediterráneo.

De ahí procede y allí regresa. Está estrenando la veintena y la luz de Argelia es todavía su luz. Lo demás -sea Mallorca o Ibiza-, consiste en una prolongación, una proyección más de esa luz. Menorca, más al norte, no. Menorca es otra cosa: la casa de la madre y aquí no hablamos de justicia o patria. Hablamos -si lo habláramos- de otra cosa y eso representaría volver a Argelia otra vez. No es el caso cuando el pied-noir Albert Camus desembarca en Palma. Al escribir sobre la ciudad le pondrá uno de los títulos más bellos que Palma haya provocado: Amor a la vida. Lo primero que hace -las calles oscuras y silenciosas- es visitar un cabaret, donde le impresiona una chica que canta y baila, la boca roja, sudorosa y despeinada ‘como una diosa inmunda que saliera del agua', dice Camus. Y también eso es una ciudad portuaria: Alejandría, Argel o Palma. ‘Sólo el Mediterráneo -añade- me ha conducido a un tiempo tan lejos y tan cerca de mí mismo'. Pero una ciudad son sus contrastes.

A la mañana siguiente visita el refinado claustro gótico de los franciscanos. El sol dora sus piedras. Una mujer saca agua del pozo que hay en el centro. Se oye el chirrido de la cadena, los golpes del cucharón de hierro contra el brocal. Antes, la metamorfosis a la sombra de la catedral, donde ‘la idea de cierta lentitud' es el lugar donde ‘disolverse en olor de silencio' y ‘perder los perfiles' y no ser más que ‘el sonido de mis pasos' o ‘esa bandada de aves' cuya sombra Camus divisa en la parte superior de los muros, la única iluminada por el sol. La noche anterior era el cabaret rodeado de marinos: podría ser Marsella, también. Aquí en el claustro, como antes junto a la catedral, ya no. Podríamos hablar de disolución, de nirvana, de experiencia mística. Pero hablamos de Albert Camus y es mejor que sea él quien lo defina. Amor a la vida, ya dije. 

En el claustro de San Francisco, Camus percibe ‘la sonrisa del mundo' y ante ella se mantiene inmóvil, porque ‘un solo gesto habría rajado el cristal' donde se refleja esa sonrisa. Un cristal hecho de aire transparente, el azul al fondo. ‘Dentro de una hora -escribe- un minuto, un segundo, en ese instante quizá todo podía desmoronarse. Y sin embargo el milagro continuaba. El mundo proseguía púdico, irónico y discreto (como ciertas formas dulces y reservadas de la amistad de las mujeres). Seguía habiendo un equilibrio, aunque teñido por la aprensión de su propio final... Allí estaba todo mi amor a la vida: una pasión silenciosa por lo que quizá se me iba a escapar, una amargura bajo una llama. Todos los días me iba de aquel claustro como arrancado de mí mismo, inscrito por un breve instante en la duración del mundo.' Postal mediterránea, Palma, mediados de los treinta. 

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Especial: Camus, 100 años de rebeldía
“Escogeremos Ítaca, la tierra fiel, el pensamiento audaz...”

Espigamos un puñado de aforismos que retratan el alma de Camus reunidos por Plataforma en Breviario de la dignidad humana, de próxima publicación

En medio de la plenitud del aire y la fertilidad del cielo, parecía que la única tarea de los hombres fuese vivir felices. 

...siempre nos equivocamos dos veces con los seres queridos, primero a su favor y luego en su contra. 

Quisiera poder amar a mi país amando a un tiempo la justicia. No quiero para él ninguna forma de grandeza, ni la de la sangre ni la de la mentira.

El auténtico amor no es una decisión ni es libre. El amor es inevitable, es el reconocimiento de lo inevitable. 

No estoy hecho para la política porque soy incapaz de desear o de aceptar la muerte del adversario. 

La libertad no es un regalo que nos dé un Estado o un jefe, sino un bien que se conquista todos los días, con el esfuerzo de cada individuo y la unión de todos ellos. 

Las tiranías de hoy se han perfeccionado: ya no admiten el silencio, ni la neutralidad. Hay que pronunciarse, estar a favor o en contra. Pues bien, en ese caso, yo estoy en contra. 

Al comienzo, cuando creían que era una enfermedad cualquiera, la religión ocupaba su sitio. Pero cuando vieron que era seria, entonces se acordaron de los placeres. 

Nosotros escogeremos Ítaca, la tierra fiel, el pensamiento audaz y la acción frugal, la acción lúcida, la generosidad del hombre que sabe. [...] Y entonces nacerá la alegría extraña que ayuda a vivir y a morir, y que en adelante nos negaremos a aplazar para más adelante. 

El deseo físico brutal es fácil. Pero el deseo al mismo tiempo que la ternura requiere tiempo. Es preciso atravesar toda la región del amor antes de encontrar la llama del deseo. 

No obstante, a menudo me han dicho: no hay nada de qué sentirse orgulloso. Pero sí hay algo: este sol, este mar, mi corazón palpitante de juventud, mi cuerpo salado y este inmenso paisaje donde la ternura y la gloria se reúnen en el dorado y el azul. 

Demasiada seguridad para el corazón del niño, y su vida adulta transcurrirá reclamando esa seguridad a quienes le rodean (cuando las personas no son más que la ocasión del riesgo y la libertad). 

Quienes se aman y deben separarse pueden vivir sumidos en el dolor, pero no hay desesperación: saben que el amor existe. 

¡Y qué bien entiendo ahora que al alcanzar la madurez no hay un asunto más hermoso para el hombre que su infancia pobre! 

Jamás he visto a nadie que muera por el argumento ontológico. Galileo, que había descubierto una verdad científica importante, abjuró de ella sin dudarlo en cuanto la verdad puso su vida en peligro. 

Prohibir que se mate a un hombre sería proclamar públicamente que ni la sociedad ni el Estado son valores absolutos, decretar que nada los autoriza a legislar definitivamente, ni a provocar algo irreversible. 

Cartel en un cuartel: “El alcohol mata al hombre y hace surgir a la bestia”, lo cual le permite entender por qué ama al alcohol 

La cuestión para todos aquellos que no pueden vivir sin el arte y lo que él significa, es tan sólo saber cómo [...] sigue siendo posible la extraña libertad de la creación 

Junto a ellos lo que sentí no fue la pobreza, ni la indigencia, ni la humillación. [...] Ante mi madre siento que pertenezco a un noble linaje: el que no envidia nada. 

Admitir la ignorancia, rechazar el fanatismo, reconocer los límites del mundo y del hombre, el rostro amado, la belleza al fin, ése es el espacio en el que nos reuniríamos de nuevo con los griegos. 

Cada vez que uno (que yo) cede a sus vanidades, cada vez que piensa y vive para “aparentar” se traiciona. Siempre fue la gran desgracia de querer aparentar lo que me disminuyó frente a lo verdadero. 

En plena oscuridad de nuestro nihilismo, he buscado solamente las razones para superar ese nihilismo. Pero no las he buscado en absoluto por virtud, ni por una singular elevación espiritual, sino tan solo por fidelidad instintiva a la luz donde nací y donde, desde hace milenios, los hombres aprendieron a saludar a la vida hasta en el sufrimiento.

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Especial: Camus, 100 años de rebeldía
6 autores eligen su Camus
Por Antonio SOLER

El extranjero para Antonio Soler, El primer hombre para José Antonio Marina, El mito de Sísifo para Fernando Savater, Los carnets para Antonio Muñoz Molina, La caída para Ignacio Echevarría y El hombre rebelde para Pablo d'Ors. Estos son sus camus favoritos.

El extranjero. Leí por primera vez El Extranjero con dieciseis, quizá diecisiete años, y al contrario que otras obras que tienen la piel más desnuda y que al ser revisadas dejan ver sus fallos y descosidos, me sigue asombrando porque no deja de crecer: A lo largo de estos treinta y cinco años años de lecturas continuas, sigue deslumbrándome con hallazgos nuevos, porque Camus nos pone, sin piedad, ante el espejo de nuestras miserias. En El Extranjerosiempre hay un punto de misterio insondable que se va revelando poco a poco, es como un diamante desolador y tristísimo sobre la condición humana que siempre ofrece inesperados brillos, matices de más profundidad de los que el adolescente que fui pudo llegar a intuir en la personalidad del protagonista, ese Meursault que, tras la muerte de su madre, se convierte en asesino casi a su pesar, y que no siente arrepentimiento ni dolor ante su proxima muerte, que es en realidad lo único que tiene, a falta de certezas o esperanzas. Es además un libro precursor porque anticipa esa última frontera de extrañeza sin fisuras que nos separa de los otros, y la dibuja de un modo magistral. Ojalá en mi obra hubiese algún destello de la genialidad de Camus.


José Antonio Marina

El primer hombre. Como muchos jóvenes de mi generación, conocí a Albert Camus a través de la obra de Charles Moeller Literatura del siglo XX y Cristianismo, una obra en varios tomos, creo que cinco, editada por Gredos a la que deberíamos hacer un homenaje, porque dio a conocer en España lo más granado de la literatura de aquel momento. Fui un admirador fervoroso de Camus, cuando era un adolescente. Me fascinó Calígula, sobre todo en la interpretación de Gerard Phillipe. Incluso cuando fui director de los Teatros Universitarios (TEU) quise representarla, con lo que tuve divertidas aventuras con la censura. Me autorizaron a representarla 'sin exagerar'. Hace poco releí su obra. El teatro me pareció envejecido, La peste también. Y las obras filosóficas son muy débiles. Tenía razón Sartre. Camus no era un filósofo. Me quedo con Les Noces, con El primer hombre, y, sobre todo, con su figura, de resistente optimista contra toda esperanza. En este caso, como en muchos otros, el personaje es muy superior a su obra.


Fernando Savater

El mito de Sísifo. “Escribí hace tiempo que El hombre rebelde es quizás uno de los ensayos más perfectos y emblemáticos del siglo XX, pero en su origen esta una obra casi de juventud, El mito de Sísifo, escrita en 1942 y en la que Camus se abisma de manera definitiva, descarnada y abrumadora al problema del absurdo. Se trata quizá, de su obra mas filosófica, y marca de manera indeleble su trayectoria por la respuesta definitiva que da: ante el horror nihilista de existir sólo cabe la solidaridad, reiventar un nuevo humanismo, compartir esa abrumadora soledad común. Plantea sin cortapisas el esfuerzo de vivir, de encontrar en los demás en la libertad, ese sentido imposible. Quizá por eso, tambien dejó escrito a los jovenes que “no cediesen cuando les digan que la inteligencia está demás; cuando les quieran mostrar que para triunfar es mejor mentir y para salir adelante es mejor someterse”. Por eso también el médico de La peste permanece en la isla, por no abandonar a los demás. Y por eso, al recibir en 1957, el Nobel afirmó ‘‘El escritor es el enemigo de la mentira y de la servidumbre; allí donde reinan promueven la peor y más cruel de las soledades''. Contra esa soledad, contra ese infierno, se alza este libro. 


Antonio Muñoz Molina

Los carnets. Son el testimonio íntimo y diario del trabajo del escritor, el cuaderno en el que se apunta rápidamente lo que ve uno o lo inquieta. A veces son relatos de viaje, a veces son aforismos, a veces son quejas íntimas sobre las circunstancias amargas que vivió Camus por culpa de la agresión política de los que ni toleraban su independencia personal ni la calidad y el éxito de su literatura. Tienen la libertad y la viveza del cuaderno de apuntes de un pintor. Yo guardo como un tesoro los tres tomos delgados de Gallimard y los estoy hojeando siempre, y siempre encuentro un tesoro. Me gustan sobre todo sus apuntes de viaje en el tercer tomo: su capacidad de resumir una impresión visual en una frase; y la felicidad a la que se abandona en cuanto se encuentra en el Mediterráneo, en Italia o en Grecia, que le hacen acordarse de la luz y los paisajes de Argel, que son los de su infancia. Y en medio de las observaciones sobre lugares o personas y las reflexiones sobre el oficio de escribir brotan las confesiones de una persona muy frágil que se sabe incomprendida y herida. En los Carnets se puede rastrear el borrador de un tratado sobre la entereza, la capacidad de aguante y la perserverancia que hacen falta para dedicarse a escribir. 


Ignacio Echevarría

La caída. Alguna vez, puede que bromeando, Onetti contó que poco después de que Camus visitara Buenos Aires, en 1949, le mandó una carta en la que le proponía, “audazmente pero con todo respeto”, que escribiera una versión “invertida” de El extranjero. Una novela en la que un personaje en posesión del éxito y del bienestar social terminara pese a ello sintiéndose un extraño respecto a los suyos. Años después, cuando se publicó La caída, en 1956, Onetti pensó -decía- que Camus, muy a su manera, había tomado nota de esa sugerencia. Lo cierto es que La caída admite ser leída como una reescritura de El Extranjero hecha desde la otra orilla. El monólogo que da cuerpo a esta novela, la más redonda de su autor, refleja la profunda crisis personal que marcó un punto de inflexión en la trayectoria de Camus, quien en adelante se empeñaría rectificar su personal tendencia hacia el moralismo abstracto, y pondría en entredicho, en lo privado como en lo público, casi todas las posiciones adquiridas.


Pablo d'Ors

El Hombre Rebelde. Camus es un grande. Tiene la osadía de plantear el dilema más radical -esperanza o suicidio- y de resumir su propuesta en una palabra, 'rebelión' o, lo que es lo mismo, confrontación del hombre con su propia oscuridad; tiene el coraje de interpretar lo que está pasando en su tiempo y de esbozar las vías de salida (su famosa ética de la acción); tiene la cortesía de mirar hacia atrás y de dialogar con Nietzsche, Hegel, Sade o Marx, de igual a igual. Le preocupa tanto el nihilismo como el anarquismo, el romanticismo como el surrealismo, la sociedad como el individuo. Sus planteamientos de la novela como la más elevada forma de rebeldía y del individualismo solidario contra la sociedad de masas son formas de combate para el despertar. Por si todo esto fuera poco, es un filósofo comprensible, no sólo para iniciados. Tiene la elegancia del estilo, que es lo mismo que personalidad, mirada propia y vigor de expresión. Por su “pensamiento del mediodía”, que es una moral con hondas raíces mediterráneas, y por su radical confianza en el ser humano -a pesar de su pesimismo-, L'homme révolté seguirá leyéndose dentro de un siglo. Camus: ese inolvidable rebelde con causa.


BIOGRAFÍA

1913 | Albert Camus nace el 7 de noviembre en una familia de colonos franceses opiedsnoir de Mondovi (hoy Drean, Argelia) que cultivaban el anacardo. 1914 | Su padre muere en la batalla del Marne, en la Primera Guerra Mundial, y la familia se muda a casa de la abuela materna en Argel.

1918 | En la escuela primaria recibe clases de Louis Germain, quien actuaría como un padre para él y al que citaría al aceptar el Nobel de Literatura.

1924 | Cursa Filosofía en la Universidad de Argel pero abandona al enfermar de tuberculosis.

1930 | Retoma sus estudios y se licencia en Letras con especialidad en Filosofía. Para pagarlos realiza diversos trabajos: profesor particular, vendedor de piezas de automóviles, oficinista...

1932 | Publica sus primeros trabajos periodísticos en Sud. 

1934 | Se casa con Simone Hie. Este año se afilia también al Partido Comunista Francés que le encarga llevar la propaganda a los musulmanes. 

1935 | Crea el grupo Teatro du Travail, en el que será actor, director y dramaturgo. Más adelante cambiará el nombre por el de Théâtre de l'Équipe

1937 | El matrimonio se rompe a causa de la adicción a las drogas de Simone. Es expulsado del PC por su oposición al pacto germano-soviético y su apoyo a la autonomía de los comunistas argelinos. Publica El revés y el derecho.

1938 | Entra a trabajar en el recién fundado diario Alger-Republicain, que dirige Pascal Pia. Allí publicará su investigación La miseria de la Kabylia que tendrá un poderoso impacto.

1939 | Bodas. Recopilación de artículos inspirados en lecturas y viajes recientes por Europa. 1940 | El Gobierno prohíbe Alger-Republicain y Camus encuentra un puesto de profesor en Orán. Se casa en segundas nupcias con Francine Fauré. En marzo se le aconseja dejar Argelia por ser una “amenaza a la seguridad nacional”. Se instala en París y encuentra trabajo en Paris Soir.

1942 | Publica la novela El extranjero y el ensayo El mito de Sísifo, dos de sus obras más conocidas. La invasión alemana del norte de África aisla a su mujer en Argelia y los separa hasta el final de la contienda en 1945.

1943 | En París se une a la Resistencia y dirige el diario Combat.
1944 | Liberado París, conoce a Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Arthur Koestler y María Casares, que también sería su amante. Publica dos piezas teatrales: El malentendido y Calígula. 1945 | Firma una petición en la que se solicita al general De Gaulle la gracia para el escritor colaboracionista Robert Brasillach. 

1946 | Publica una polémica serie de artículos en prensa en contra del expansionismo soviético. 

1947 | Aparece la novela La peste, premio de la Crítica al año siguiente. Participa en actividades de grupos anarquistas. 

1948 | Publica Estado de sitio. Teatro. 

1949| Sale Los justos. Teatro 

1951 | Publica El hombre rebelde. Ensayo. 

1952 | Tiene lugar su famoso enfrentamiento con Jean Paul Sartre a propósito de la publicación en Les Temps Moderns de un artículo que le reprocha a Camus que su rebeldía era “deliberadamente estética”. 

1954 | Sale El verano. Ensayos. 

1956 | Publica la novela La caída. Lanza su Llamada a la tregua civil, pidiendo la protección de la población civil en la durísima guerra franco-argelina. 1957 | La Academia Sueca le concede el premio Nobel de Literatura. Aparece Reflexiones sobre la guillotina. Ensayo. 

1960 | El 4 de octubre muere en un accidente de tráfico cerca de la localidad de Le etit-Villeblevin. Su ambicioso manuscrito inconcluso, El último hombre, se publicaría póstumamente al igual que sus Carnets (1962) y su extensísima correspondencia en ocho tomos (1971-2003). 

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Especial: Camus, 100 años de rebeldía
Camus o el único problema serio: el suicidio
Por Luis MARÍA ANSON 

Difícil calibrar hoy la significación de Albert Camus en la Europa de los años sesenta. Discípulo altivo de Sartre, se enfrentó con su maestro, al que llamó públicamente bufón, respondiendo a la acusación de vacío esteticismo vertida contra él en Les temps modernes. Si Dios no existe, reflexionaba Camus ante Sartre, si nuestra existencia miserable se anega en un valle de lágrimas, ¿para qué vivir, por qué no suicidarse? En Le malentendu, pone en boca de Marta la frase estremecedora: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio”.

Recuerdo como si fuera hoy cuando Luis Calvo, el inolvidado director del ABC verdadero, periodista a veces de hierro, a veces de seda, me llamó a su despacho y me ordenó que entrevistara a Albert Camus. Para un jovencito inquieto como era yo, viajar a París en aquella época de escasez y penuria parecía un sueño. Y encima el director había acordado una entrevista con Albert Camus, que acababa de ganar el Premio Nobel de Literatura. Hace cerca de sesenta años del viaje y recuerdo la vivacidad y la inteligencia de aquel escritor joven en la biblioteca de su casa, pero soleado en las rubias playas ardientes de Argelia. “Yo no soy anticristiano. Soy pagano”, me dijo secamente cuando le hablé de su anticristianismo. Y me leyó un párrafo de su traducción de Requiem for a Nun, de Faulkner.

“Gide, no Sartre, ha reinado sobre mi juventud y sobre mi obra”, afirmó el autor de La peste, la novela donde Cottard, el criminal, acentúa el nihilismo del autor que se opuso al marxismo, flageló el cristianismo, se zafó del existencialismo. “Yo no parto del principio de que la verdad cristiana sea ilusoria. Nunca he entrado en ella. Eso es todo”. La embriaguez solar de Camus, la exaltación permanente de los cuerpos quemados por el yodo y el placer, su feroz independencia ideológica, su honradez desesperada, le convirtieron durante largos años en el pensador de referencia de la juventud europea, en el escritor reverenciado. Recuerdo todavía el acontecimiento que supuso el estreno de Calígula en Madrid.

La idea de Baudelaire de “estar en cualquier sitio con tal de abandonar esta cochina tierra” rondaba entre las letras de Albert Camus. Nunca sabremos lo que pasó cuando su automóvil se estrelló en la carretera de Le Petit-Villeblent. Oficialmente, fue un desgraciado accidente. Y no hay motivos para dudar de esa versión. En su entorno, sin embargo, se especuló con el suicidio. Está claro, en todo caso, que el gran escritor no quería ser Sísifo, cargando con el absurdo de la existencia humana, el ascenso de la pesada piedra que inevitablemente volverá a caer. En Mersault, protagonista de El Extranjero, Camus encarnará a Sísifo, “con su ilusión falsa y terrible”, escribí yo hace casi sesenta años. Tiempo después, Buero Vallejo sintetizaba en La Fundación la tragedia del hombre que nace condenado a muerte. Buero, por cierto, admiraba a Camus pero no le gustaba su teatro y tampoco el anclaje del autor de La chute en el nuevo capitalismo socialdemócrata.

De la tierra africana de San Agustín, con la ciudad de Dios gravitando trascendencias; de la rebelión de Yugurta contra la Roma omnipotente; de sus experiencias africanas, circulaba por las venas de Camus la sangre de la protesta y el pensamiento profundo. Las nieblas del olvido empezaron a envolver la obra del escritor hace ya demasiados años. Camus se estaba oscureciendo en la desmemoria. La fecha de su centenario ha colocado de nuevo al autor de L'homme révolté sobre las aristas de la actualidad. Tengo presente en mis recuerdos de primera juventud la vitalidad de aquel hombre impermeable y desdeñoso. Me alegra que se rinda hoy, en las páginas de El Cultural, el homenaje que su obra, y sobre todo, su influencia en la Europa de posguerra, exigen. 

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Especial: Camus, 100 años de rebeldía
Camus contra Camus
Por Ignacio ECHEVARRÍA 

Buena parte de la admiración y del respeto que todavía suscita la figura de Albert Camus van dirigidos a un personaje que él mismo había comenzado a detestar y del que sólo una muerte prematura impidió que se desembarazara plenamente.

Pocas veces se tiene la ocasión, como leyendo en secuencia las obras de Camus, de reconocer el argumento dramático de una vida, la tensión que en cierto modo organiza y da un sentido a toda una trayectoria. Una tensión que, por lo que a Camus toca, tiene su origen en la resistencia que su naturaleza de hombre y su vocación de escritor oponen a la ejemplaridad a que le empujan las circunstancias de su situación y de su época. 

Cabe sugerir que, más que ningún otro de sus contemporáneos, Camus encarna la tragedia de los últimos intelectuales, impelidos a asumir una representatividad de la que han sido desposeídos, lo cual pone en falso sus aspiraciones de objetividad e imprime una dimensión retórica a su gestualidad y a su discurso. 

Ya en una anotación de 1949 escribe: “Desde mis primeros libros hasta La soga y El hombre rebelde, todo mi esfuerzo en realidad ha consistido en despersonalizarme”. Un esfuerzo que, poco más adelante, califica de “desmesurado” y estima que “no ha servido para nada”. 

Es sobre todo en la década de los 50 cuando este sentimiento de agotamiento y de rebelión hacia su propio personaje público alcanza en Camus una mayor acuidad, como se deja ver en los Carnets correspondientes a esos años. Refiriéndose a la época de la inmediata posguerra, Camus se reprocha amargamente “todos esos años de repugnante seriedad”, y denuncia la “ingenuidad del intelectual de 1950, que cree que hay que envararse para engrandecerse”. Escucha sus propias declaraciones por radio y se encuentra a sí mismo “exasperante”, abochornándose por su tono “helado”. Cada vez le parece más aterradora la vecindad de quienes “han querido repudiar la belleza y la naturaleza en beneficio únicamente de la inteligencia y de sus poderes conquistadores”, de todos cuantos “prefieren sus principios a su felicidad”. “He abandonado el punto de vista moral. La moral lleva a la abstracción y a la injusticia. Es madre del fanatismo y de la ceguera”. Así se expresa, pocos meses antes de su muerte, quien sigue siendo considerado hoy día como uno de los referentes morales de este siglo. Un hombre que, el mismo año de 1959, anota: “Quise vivir durante años según la moral de todos. Me esforcé por vivir como todo el mundo, por parecerme a todo el mundo. Dije lo preciso para unir, aun cuando yo me sentía separado. Y al cabo de todo esto, llegó la catástrofe. Ahora me paseo por entre las ruinas, estoy sin ley, cruelmente dividido, solo y aceptando estarlo, resignado a mi singularidad y a mis discapacidades. Y debo reconstruir una verdad, tras haber vivido toda mi vida en una suerte de mentira”. 

Este sentimiento de mentira, el reconocimiento de un imperdonable desajuste entre su proyección pública y sus aspiraciones personales, define, paradójicamente, la más ejemplar faceta de Camus, aquella en la que se pone de manifiesto el formidable malentendido que rodea su fama. “Cada vez que me dicen que admiran en mí al hombre, tengo la impresión de haber mentido durante toda mi vida”, asegura quien poco antes ha manifestado no estar “muy orgulloso” de sí. 

La fatalidad quiso que la muerte sorprendiera a Camus cuando se hallaba a las puertas de lo que él mismo califica como “una segunda revelación, un segundo nacimiento”. Cuando tenía entre manos El primer hombre, la novela que refundaba su vocación literaria. 

Su vida y su obra, así, constituyen ejemplos problemáticos de una pasión y de un compromiso que sólo adquieren su valor auténtico en la medida en que son negados. “Soy yo mismo quien, desde casi hace cinco años, me critico, critico lo que veo y aquello de lo cual he vivido. Por eso, los que compartieron mis mismas ideas se creen aludidos y me guardan rencor por ello. Pero no; me hago la guerra a mí mismo y me destruiré o renaceré, eso es todo”. 

No puedo ser ni lo uno ni lo otro. Y la figura de Camus, permanece para devotos y contrarios en la equívoca penumbra de una destrucción incumplida, de un abortado renacimiento. Enseñando, a su manera, el camino. La dignidad del rechazo a la servidumbre y a la posesión. 


Artículo: http://www.elcultural.es 25/10/2013