dimanche 17 novembre 2013

Jessica JANEIRO OBERNYER/ Las mujeres de Lucian FREUD

Las mujeres de Lucian FREUD
Por Jessica JANEIRO OBERNYER

Desconocemos el momento del comienzo del arte, al igual que aún nos es una incógnita la fecha de origen del lenguaje.

Quizás nunca lleguemos a saberlo, pero de ambos legados del ser humano tenemos pruebas. Es gracias a estas que podemos hablar de una historia del arte o de una historia del lenguaje, nos vemos capacitados para establecer similitudes o estudiar aquello que llamamos “progreso” o “evolución”. El ojo del ser humano recibe y almacena información desde los primeros instantes de su vida, con lo cual no es de extrañar que hasta los artistas más creativos lleven su mirada a grandes artistas del pasado. Aquellas obras de arte que perduran en la actualidad son susceptibles de entrar en el mundo de los símiles, las comparaciones y los paralelismos a través de los ojos de un filólogo, un historiador del arte o un mero niño con cultura visual suficiente.

Así pues, nos encontramos con el caso de las mujeres de Lucian Freud, y, en concreto con Benefits Supervisor Sleeping (o Big Sue), y la Venus de Willendorf, opuestas cronológicamente, pero no tan dispares formalmente. Una mirada a la primera nos permite retornar al mundo de las Venus paleolíticas en tan sólo un segundo. A lo largo de toda la historia se han establecido paralelismos y se ha tratado de investigar aquello de lo que bebe cada época, aquellas influencias que parecen pasar de generación en generación. Así es como el primitivismo ha sido objeto de estudio en numerosas ocasiones, y en los últimos siglos ha sufrido un renacimiento de la mano de Picasso, Emil Nolde, Apollinaire, Henry Moore, Barnett Newman, Dubuffet o, quizás, Lucian Freud. Pero, ¿podemos realizar una mirada al pasado paleolítico a través de las curvas de Sue Tilley? ¿Qué pretendía nuestro pintor figurativo de la segunda mitad del siglo XX con este retrato? Son preguntas a las que quizá no encontremos contestación, pero en las sucesivas páginas intentaremos explorar sus posibles respuestas.

Ya durante la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX alcanzan un gran desarrollo los estudios etnográficos y de sociología primitiva, con especialistas como L. Lévy-Bruhl, E. Durkheim y J.G. Frazer. En el campo del arte, figuras como Maurice Vlaminck, André Derain, Matisse y Picasso comienzan a mostrar un interés entre los años 1906 y 1907 por el arte primitivo africano. Sabemos que Picasso, gran figura en el campo de la influencia del primitivismo en la pintura moderna, conoció a Lucian Freud en París en el año 1946. Esto nos podría llevar a afirmar que el primitivismo en la pintura de Picasso, como aquella de Las Señoritas de Avignon, se convirtió en influencia directa de Lucian Freud. Tampoco podemos negarlo, pero sí sabemos que Lucian Freud evitaba toda influencia contemporánea, con lo cual este posible razonamiento puede quedar descartado. Ya en el año 1985, Hal Foster, crítico e historiador de arte americano, hablaba de la presencia de lo primitivo en el subconsciente del arte moderno, y es quizás esta opinión la que más se adecúa a la esencia de nuestra hipótesis.

Hay que destacar, además, una figura cercana al pintor Lucian Freud, su propio abuelo Sigmund Freud. A pesar de que su nieto siempre negara cualquier influencia suya, parece fundamental recordar que el famoso psicoanalista también abordó el tema del primitivismo, en especial entre los años 1911 y 1912. Sigmund nos sorprende con elucubraciones sobre la relación entre el sueño y el retorno a la infancia y al hombre primitivo, así como también describe a los hombres primitivos como seres completamente instintivos, lo cual no se aleja mucho de los razonamientos a los que llegaremos en este ensayo.

Pero el interés por lo primitivo no sólo se traslada al arte, y no sólo se observa su renacimiento en este campo, sino que también deja su constancia en la literatura, la música e incluso en la moda y la belleza. En una época en la cual el modelo ideal de belleza predominante era la delgadez extrema, Lucian Freud descubre con su pincel un mundo de mujeres que asemejan sus rasgos a la escultura primitiva: carnosas, de curvas exageradas y prominentes figuras, semejantes a las esculturas de Botero. En una época en la cual el ojo del público acostumbra a ver mujeres famélicas desfilando por pasarelas, Lucian Freud tiene la osadía de retratar a Sue Tilley, una mujer de grandes proporciones.

Quizás no represente aquello que se atribuye a las Venus primitivas, quizás no sea esa gran madre ni abuela, ni esa protectora de animales, ni esa diosa de la
fecundidad, puesto que además Lucian Freud rehúye del simbolismo, pero lo que indudablemente toma es su figura. Big Sue, que se nos muestra digna y segura es, pues, la contraposición a las delgadas modelos que posaban para la
mayor parte de los retratos desnudos en época de Lucian Freud.

E.H. Gombrich define lo primitivo como “aquellos pueblos que se encuentran más próximos al estado en el cual emergió la humanidad”, y, a su vez, nos plantea una cuestión muy interesante: ¿no conservamos todos algo de primitivo
en nuestra existencia? Como Dubbufet, él también nos plantea un paralelismo
entre primitivismo y niñez. En el arte de un primitivo o de un niño no se trata de si el objeto es bello o no a ojos de los demás, sino que se trata de su magia inherente. Algo parecido podemos establecer en la obra de Lucian Freud: él no busca la belleza, o al menos la belleza tal cual la entendemos nosotros, sino que va más allá. Este artista contemporáneo se adentra en la psicología de cada persona retratada. Pasa horas, días y semanas pintando, charlando y combinando pigmentos de personalidad con palabras de óleo, busca esa magia o ese interior de cada individuo. En palabras de nuestro artista alemán: “What do I ask of a painting? I ask it to astonish, disturb, seduce, convince”/ “¿Qué pido de una pintura? Pido que sorprenda, perturbe, seduzca y convenza”.

Lucian Freud espera pacientemente hasta que el que está siendo retratado se relaje, encuentre una postura cómoda y natural, y se aproxime a su estado más humano. Espera hasta que casi entre en trance y se despoje de toda convención social, se podría decir que se acerca a la infancia o niñez del retratado, a lo primitivo. Esas horas y días que requieren sus retratos son su clave, ese tiempo en el cual el sofá arropa a la figura femenina y se adapta a ella, y en la que ella a su vez se deja llevar por su instinto más básico: el sueño.

Todos tenemos algo primitivo, y Lucian Freud consigue sacarlo a la luz mediante sus mujeres. La mujer, el origen, la desnudez, lo primitivo. Todo se une en esta pintura figurativa. Cómo él mismo observa: “Los seres humanos sin su ropa se desprenden de sus fachadas y revelan sus instintos básicos y sus deseos”. Obtiene lo táctil y lo carnoso de la escultura primitiva paleolítica y lo traslada a su pintura. La voluptuosidad, lo sensual y lo palpable de las Venus queda así plasmado en este retrato de Sue Tilly. De esta manera Freud demuestra que tiende a obtener más influencias de la escultura que de la propia fotografía. Podemos decir que vemos a la Venus de Willendorf reflejada en la figura de este retrato, que parece una sucesión de curvas, sin apenas definir las extremidades ni el rostro. Lo primero que capta nuestro ojo no es la mirada adormecida de Sue Tilley ni la posición de sus pies o brazos, sino la voluptuosidad de su cuerpo, lo cual coincide con la impresión que nos da esta Venus paleolítica, en la que apenas se distingue el rostro o los pies y brazos. Acentúan ambas la obesidad y las zonas clave que caracterizan a la mujer.

Durante una gran parte de la historia del arte, el rostro se ha considerado la parte del cuerpo fundamental para cualquier retrato, llegando incluso a prescindir de cualquier otra zona. Es por esto curioso que tanto las Venus paleolíticas como estos retratos de Lucian Freud dejen de lado esta obsesión por el rostro y detengan su mirada en la expresión del cuerpo. Si esto no nos es razón suficiente para ver un paralelismo entre ambas obras de arte, quizás el conocimiento de una de las principales aspiraciones de Lucian Freud nos ayude a esclarecer el tema: la búsqueda de una pintura que asemeje las personas a animales. Se tambalea así constantemente entre lo humano y lo animal. Esto nos acerca a la temática y la base de las pinturas y esculturas paleolíticas, con figuras totémicas e híbridas. Así pues, Lucian Freud se alejó de la enseñanza académica de arte y cualquier influencia de su tiempo y llevó su mirada a esculturas antiguas.

Después de estas elucubraciones llegamos a la conclusión de que no es que Lucian Freud coja los significados mágicos y divinos que se les dan a estas Venus paleolíticas, pero sí adapta al mundo contemporáneo sus formas y retorna a ese concepto de origen y naturaleza mediante la desnudez, la figura y su postura al borde del sueño. Crea un tipo de retrato que nos lleva a un mundo prehistórico carente de convenciones. Bajo esa apariencia convencionalmente antiestética, bajo esas capas de pintura hemos encontrado infinitos detalles e innumerables cuestiones actuales: lo primitivo, la belleza, la evolución, el subconsciente, etc.

Así pues, no sólo encontramos esa magia, ese concepto primitivo en las máscaras de Picasso o en las esculturas de Derain, sino también de forma más sutil en las pinceladas de Lucian Freud, que parecen resucitar ídolos paleolíticos. Lucian parece jugar inocentemente con nosotros, desnudándonos como a Sue Tilley, buscando nuestro interior animalesco y salvaje.

Quizás consigue demostrar que lo primitivo no es tan lejano ni tan diferente después de todo.


Articulo: http://www.elboomeran.com/ 11/2013

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