dimanche 17 novembre 2013

Luis MARTÍNEZ/ Woody ALLEN: “Si fuera por mi estado de ánimo, sólo haría tragedias”

Woody ALLEN
“Si fuera por mi estado de ánimo, sólo haría tragedias”
Por Luis MARTÍNEZ 

Ha vuelto a hacerlo. En una más de las múltiples metamorfosis que ha protagonizado a lo largo de su carrera, Woody Allen se reinventa. Un paso más lejos y al mismo tiempo un paso más cerca de sí mismo, de revelar al mundo que a un genio nunca se le puede dar por perdido. Con 'Blue Jasmine', un drama protagonizado por Cate Blanchett sobre una mujer de clase alta que, golpeada por la crisis, se ve abocada a la pobreza, ha entregado su mejor película desde 'Match Point'. Para muchos, otra obra maestra en su crucial filmografía.

Una de las primeras y más celebradas bromas de Allan Stewart Konigsberg resultaba tan sencilla como iluminada. El hombre diminuto, nervioso y con gafas que entonces era -hablamos de finales de los 50- y que aún sigue siendo -hablamos de más de 60 años después- se subía al escenario y, a modo de presentación, soltaba: “Lo único que lamento es no ser otro”. En aquella época escribía de forma compulsiva chistes para figuras como Herb Shriner o Ed Sullivan. No sería hasta 1961 cuando adquiriera cierto renombre como monologuista en clubes neoyorquinos como Bitter End o The Duplex. Entonces, ya confiado delante del micrófono, era definitivamente, otro: Woody Allen.

De alguna forma, esa frase ha perseguido a ese icono universal de la derrota toda su carrera. Es más, se diría que la vocación de este cineasta con un talento innato para deprimirse ha sido siempre la de convertirse en otro. Blue Jasmine es, si se quiere, el último y más logrado intento por transformarse; por hacer de su casi inexistente cuerpo la mejor imagen posible de una metamorfosis, cualquiera de ellas.

-¿Es consciente de que como en Interiores o Match Point quizá esta película signifique un giro en su carrera?
-¿Quién dice eso?

Fruto de la casualidad

-La crítica, por ejemplo.
-Hace tiempo que desistí de leer lo que escriben de mí. No hay distracción a la que se le pueda sacar menos partido. Tiendo a pensar que mi cine es como la comida china. Te sientas y ante ti aparecen infinidad de ingredientes, productos exóticos... Luego lo pruebas y todo sabe parecido. Al fin y al cabo, el cocinero es el mismo.

Cuenta, y repite con insistencia en el hotel Bristol de París en el que atiende a la prensa, que todo es fruto de una casualidad. “No hay nada planeado en mi trabajo. Jamás intento dar lecciones de nada ni convertirme en oráculo de nadie”, dice pausado para, quizá, espantar fantasmas. Blue Jasmine, de hecho, luce tersa como algo más que una nueva película de Woody Allen. La historia de una rica desheredada por culpa de enfermedades tales como la avaricia, la impostura o la más simple estupidez se antoja algo así como la perfecta radiografía de un tiempo, por orden, avaro, impostor y estúpido. Es decir, el nuestro. Y, claro, tanta metáfora espanta a cualquiera.

-Cate Blanchett afirma que su personaje tiene el mismo significado simbólico que Blanche DuBois en Un tranvía llamado deseo. Las dos simbolizan una sociedad que se desmorona...
-Yo no me atrevería a tanto. Si hay algo de verdad en esto, es por simple casualidad. Para ser sincero fue mi mujer la que desencadenó todo el proceso. Un buen día me contó la historia de una conocida suya muy rica que, de repente, se había quedado sin un duro por culpa de la crisis. Me impresionó. Y no tanto la historia en sí como sus posibilidades dramáticas.

-¿Diría que es la realidad de la crisis actual la que le inspira en este caso?
-No. Si me interesara la realidad, habría contado lo que le ha pasado a la clase media en todo el mundo, incluida España. Hay mucha gente que ha perdido todo y ha pasado de vivir una vida tranquila a la más absoluta pobreza. Ellos son las auténticas víctimas de la crisis y no la Jasmine de mi película, que pertenece a la clase alta.

Entrevistar a alguien que de forma tozuda se niega a sí mismo cualquier posibilidad de protagonismo o trascendencia, resulta cuanto menos aleccionador. Además de bastante cruel para todos los demás. Niega que sea la historia del magnate Bernard L. Madoff, como tanto se ha dicho, la que ha guiado sus pasos. Y puestos a no dejarse capturar, evita otorgar significado alguno al hecho de que ésta sea la película dramática, y más triste, después de tantos años y 43 largometrajes como director: “Es la historia la que manda, no mi estado de ánimo. Si fuera por esto, todas mis películas serían tragedias”, concluye empeñado en no ser tomado por otro. Él, ya lo hemos dicho, es siempre otro.

Hace poco más de un año se estrenaba en España Woody Allen: el documental. Su director Robert B. Weide contaba cómo surgió el proyecto en el festival de Cannes. “La primera aproximación que hice a Allen para que colaborara en mi película fue tal y como me la imaginaba. Me dijo que él no era ni De Sica ni Fellini ni Bergman ni Welles ni Renoir... La lista era mucho más larga. Y me insistió en que no entendía quién podía estar interesado en su vida. Lógicamente, no me molesté en contestar”. En efecto, era él.

Lo que se ve en la única película que ha conseguido un acercamiento al personaje sin interferencias o excusas promocionales es la historia de un tipo que aún escribe en una máquina Olimpia. La única que ha pasado por sus manos (“Pese a su alergia a la tecnología, tiene iPhone. Pero sólo lo usa para mirar el tiempo. Le gusta saber si lloverá o no en El Cairo”). Y por supuesto,después de casi 60 años de teclear, sigue sin saber cambiar el rollo de tinta. “Siempre se las arregla para que sea alguien el que lo haga. Es más, invita a amigos a cenar con esa única finalidad”, apunta Weide. El documental discurre así como una relajada conversación que oscila tranquila y meticulosa entre las más de 40 películas y su vida entera. “Lo interesante es ver cómo su vida está íntimamente relacionada con su trabajo. Y cómo han evolucionado juntas a un ritmo frenético de película por año”.

A la vista de su filmografía, desde What's Up, Tiger Lily? a Blue Jasmine, lo que impera ahora es, de nuevo, su necesidad de ser otro, de no dejarse atrapar ni por la voracidad de las preguntas en una sencilla entrevista ni por lo que el espectador espera de él. Dista mucho el ocurrente escritor de Sueños de un seductor del cineasta que revolucionó la industria con Annie Hall (desde entonces ninguna otra comedia ha ganado un Oscar a mejor película), o éste último del hombre que se reinventó en Match Point tras una planicie creativa cerca del suicidio, o todos los anteriores del director que sorprendió al mundo hace dos años con el éxito de Medianoche en París, su cinta más taquillera hasta la fecha.

En definitiva, la clave parece estar siempre en su nada disimulado esfuerzo por ser lo contrario a lo que se espera de él. “En una ocasión”, vuelve a tomar la palabra Allen, “me acusaron de que en un momento de mi carrera el público me había abandonado. No es cierto, fui yo el que los abandoné a ellos y no ellos a mí”. La misma afirmación aparece en el libro de entrevistas firmado por Eric Lax y parece claro que la exhibe como seña de identidad. Se refiere al periodo en el que dejó de hacer comedias para reinventarse con Interiores yRecuerdos. “Siempre habrá quienes insistan en que mis mejores películas sonAnnie Hall y Manhattan, pero creo que después he hecho filmes mucho mejores”.

-En su cine siempre han tenido un papel relevante las mujeres. Cuatro de sus actrices han ganado un Oscar.
-Me encuentro mejor rodeado de mujeres que de hombres. Todo el personal que trabaja conmigo desde mi jefa de prensa a mi asistente son mujeres. Quizá sea por culpa de mi madre, una mujer muy estricta, que ha dejado huella en mí.

-¿Y su padre?
-Él era muy simpático. Le caía bien a todo el mundo. Su único interés era el béisbol.

A Cate Blanchett, la última en llegar, la conoció en El talento de Mr Ripley. “Me pareció una actriz excepcional. Cuando llevaba la mitad del guión escrito, empecé a hablar con ella. La llamé y me dijo que tenía un hueco entre una obra de Chéjov y otra de Jean Genet. Me sentí importante de repente”, comenta con el gesto de un chiste ensayado.

El resultado del encuentro entre el director y la actriz es algo tan difícil de explicar cómo evidente y magnético en la pantalla. Allen hace navegar a su personaje por un enfebrecido guión que se mueve sin la más mínima interrupción entre el pasado de una vida disoluta y el presente de una existencia fracturada. No existe el siempre torpe recurso al flashback. Simplemente, los tiempos discurren en paralelo entre la arquitectura de un guión perfecto. Si últimamente se le había acusado al director de displicencia, cuando no simple caos, en la puesta en escena; ahora Allen se exhibe como un virtuoso constructor de historias. Blanchett, por supuesto, entiende la quiebra de un personaje siempre lanzado al límite entre la comedia y el drama, el vacío y el estruendo, lo ridículo y lo sublime. Y, de repente, Jasmine se impone como la única certeza triste de la única existencia posible. Todos somos la triste Blue Jasmine.

En 1976, el dibujante de historietas Stuart Hample le propuso a Allen ser otro, ser un simple dibujo. Inside Woody Allen, así se llamaba la tira cómica, llegó a aparecer en 460 periódicos que consolidó para siempre la imagen estereotipada del mito fatalista, traumatizado y vorazmente lúcido. Allen sólo le pidió una cosa a Hample: “Por favor, no me hagas tan masoquista. No lo soy en la vida. Intentarlo y fracasar es divertido. Ser masoquista, no”. Ésta, que duró hasta 1984, fue no la última, pero sí la más vistosa metamorfosis de Allen. Pues bien, la de ahora, con Blue Jasmine da un paso más allá, un paso más hacia Allen. Allen insiste en ser otro y eso es precisamente lo que hace de él el genuino Woody Allen.

-¿Dejaría el cine por algo, por la música quizá?
-Sí, el problema es que si dejo de hacer películas nadie iría a verme a tocar el clarinete. Soy el peor músico del mundo. Sé que van a verme porque soy famoso con el cine. 

Articulo: http://www.elcultural.es 15/11/2013