dimanche 17 novembre 2013

María Luisa BLANCO/ Antología de la violencia en la literatura latinoamericana

DOCUMENTA
Antología de la violencia en la literatura latinoamericana
Selección de María Luisa BLANCO

RODRIGO REY ROSA | ROBERTO BOLAÑO | HORACIO CASTELLANOS MOYA
GIOCONDA BELLI | NORA STREJILEVICH | FERNANDO VALLEJO

El cojo bueno
Por Rodrigo REY ROSA

Juan Luis Luna había sido secuestrado una fresca mañana de noviembre, cuando el cielo guatemalteco, barrido por el viento norte, parece más puro y azul. Fue secuestrado por dinero, mas no por el suyo, pues aunque nada le faltaba no era un hombre rico. Su padre, en cambio, lo era.

Los secuestradores eran cinco, pero solo a tres reconocía: Barrios, El Tapir, Brera, La Coneja, y Guzmán, El Horrible, con quienes de niño había hecho y luego roto la amistad. Los otros dos, que debían de ser un poco mayores y al parecer se limitaban a cumplir órdenes, respondían a los apodos de Carlomagno y El Sefardí. Aquel era fornido, de facciones mayas; este, alto y seco, de nariz aguileña y cabello rizado.

Con una cuerda sintética lo descolgaron por un hoyo profundo y oscuro revestido de metal oxidado donde había un fuerte olor a gasolina. Allí lo dejaron, con una linterna Rayovac, un ejemplar de La divina comedia traducida al castellano por el conde de Cheste, y una bacinica de plástico. Juan Luis presentía que todo iría mal. Las historias de secuestros le eran familiares, y sabía que si El Tapir, La Coneja y El Horrible no se habían molestado en ocultar sus rostros era porque no pensaban dejarle salir de allí con vida.

Recordaba a El Tapir y a La Coneja de tiempos del colegio, a la puerta de una lujosa casa de la Cañada, donde se celebraba una fiesta de cumpleaños a la que ninguno de los dos había sido invitado. Los recordaba con tanta claridad que por un instante olvidó en qué se habían convertido. Estaban a la luz de un potente reflector en el portón de entrada con trajes de poliéster mal ajustados
y pelo largo, todavía mojado, El Tapir con un grano enorme en la frente, La Coneja con su mirada de adolescente precoz, y discutían con el portero, que no les dejaba pasar.

Cuando don Carlos Luna recibió noticias de los secuestradores, no hizo caso de ellas. No puso ningún anuncio en los diarios, como se lo pidieron, ni dio muestras de querer negociar. A Juan Luis no le dieron de comer durante dos días, y al tercero Carlomagno abrió la compuerta y el hoyo se llenó de luz y calor. Deslumbrado, Juan Luis alzó la mirada y vio la silueta de El Tapir, que estaba de pie al borde del hoyo con los brazos cruzados, mirando hacia abajo.
—Tu viejo no quiere soltar prenda, fijate —le dijo—, así que vas a tener que ayudarnos, si no querés que nos pongamos drásticos.

La silueta de El Horrible apareció junto a la de El Tapir.
—Vas a escribirle una cartita de hijo pródigo, ¿sí?
Juan Luis bajó la mirada. El Horrible prosiguió:
—Vas a decirle que estás arrepentido de ser como SOS, que al salir de aquí vas a lamerle lo que quiera, ¿me agarrás la onda? ¿Qué quisieras comer? ¿Un sándwich? ¿Un cafecito? Te vamos a dar pluma y papel y después de comer te pones a trabajar. A ver si te convertís en escritor.

A los pocos minutos le bajaron un canasto con tortillas y frijoles negros y un termo de plástico con café instantáneo. Más tarde La Coneja dejó caer al hoyo dos o tres hojas de papel blanco, un bolígrafo y dos pilas eléctricas para la linterna envueltas en un calcetín.
—¡A ver si te inspirás! —le gritó desde arriba, y desapareció.

Juan Luis le puso las pilas nuevas a la linterna. Luego abrió La divina comedia por la mitad, para usarla como apoyo, leyó dos o tres versos al azar y escribió a su padre una carta muy breve e impersonal. Sentía que el viejo tenía la culpa de que él se encontrara allí. Siguió con los ojos los movimientos del papel con su escritura que ascendía prendido por un gancho de ropa que Carlomagno izaba desde lo alto con un cordel de pescar. De noche, en un momento de optimismo, hecho un ovillo como estaba, preparándose para dormir, pensó: “Lo que pasa es que están locos. Se creen invulnerables. Les pagarán y me dejarán salir, y después van a quebrárselos”.

Pasaron dos días más, y como al tercero otra vez no le dieron desayuno, supo que algo andaba mal. Estaba perdiendo la noción del tiempo. Cuando volvieron a abrir la compuerta, el cielo estaba azul.
—¡Ya te llegó la chingada! —tronó la voz de El Tapir—. Esa tu carta para nada sirvió y ahora vamos a tener que operarte —El Tapir se apartó del brocal y su voz se hizo casi inaudible; pero Juan Luis oyó más de una vez la palabra “apuestas”.
—¡Qué pasa! —gritó, y su voz subió rebotando por las paredes del tanque hacia la luz—. No entiendo nada.

La cabeza de El Horrible se dibujó en lo alto.
—Qué parte querés que te quitemos para acompañar tu próxima carta —le preguntó.
—¿Cómo así? —gritó Juan Luis.
—Así —dijo El Horrible, haciendo como quien corta algo con una sierra.

La voz de Juan Luis fue débil cuando dijo:
—Dénme otra oportunidad.
Más tarde, La Coneja llegó para arrojarle de nuevo el bolígrafo y una hoja de papel. Le dijo en tono casi amistoso:
—Esmerate un poco más. Ahora va a ser solo un dedo o una oreja, ya hemos hecho apuestas. Pero, si tu viejo no afloja, la próxima podría ser más seria. Una pata o una mano. Así que ya sabés.

En su segunda carta, escrita en letra pequeñísima para ahorrar espacio, Juan Luis intentó conmover a su padre, y le prometió que si salía con vida trabajaría lo necesario para pagar su propio rescate.

Una vez más, Carlomagno arrojó el cordel de pesca con el ganchito para izar la carta. Aquella noche, poco antes del amanecer, dos figuras descendieron al tanque descolgándose rápidamente por una cuerda. Llevaban linternas de caza en la frente. Eran El Tapir y El Sefardí. Se pararon frente a Juan Luis y lo encandilaron con sus luces. El Tapir sacó de su morral tres pastillas de distintos colores y una botellita de aguardiente y Juan Luis ingirió las pastillas y las regó con el licor sin protestar. Sintió enseguida un mareo agradable. Le hicieron quitarse los zapatos y sentarse.
—Va a ser el dedito del pie izquierdo —le dijo El Tapir a El Sefardí. Luego se dirigió a Juan Luis—: A ver, danos aquí ese pie.
—Pero no es necesario —protestó—. Tal vez con la carta lo convenza.
—¡A ver ese pie! —gritó El Tapir.
Juan Luis estiró la pierna y El Sefardí le sujetó el pie por el talón.
—Durará sólo un instante —dijo en un tono tranquilizador.
—¡Por favor!

El Sefardí le estaba haciendo un torniquete.
—Hay que prevenir la hemorragia —se había sacado del bolsillo del pantalón una navajita curva. Le sujetó con dos dedos el meñique, mientras El Tapir decía: “Ni hace falta anestesia”. Con un movimiento rápido, El Sefardí separó el dedo del pie.
—Eso es todo. ¿Ves? —dijo El Tapir.
—No puedo creerlo —gimió Juan Luis, sujetándose el pie cubierto de sangre.

El Sefardí alzó las cejas. Luego, dejó caer el dedo amputado en una bolsita de plástico que sostenía El Tapir. Más que dolor, Juan Luis sentía rabia. Dos lágrimas bajaron por sus mejillas mientras miraba las dos figuras que ascendían
por la cuerda con sus linternas hacia la luz rojiza del amanecer. Se pasó el dorso de la mano por la cara para secarse las lágrimas, y luego se dio cuenta de que se la había manchado de sangre. Después de quitarse el torniquete, se cubrió con su manta de lana, y enseguida se durmió. Tuvo una serie de sueños cortos y extrañamente felices. […]
Hacía una semana que lo habían secuestrado. Era una mañana fría, de modo que al salir de la cama se puso un suéter debajo del batín y unos pantalones de franela que pertenecían a Juan Luis. Fue del dormitorio a la cocina y puso agua a calentar para el café. Mientras hervía fue a la sala y se sentó en un puf de lana. Quizá lo más difícil de sobrellevar aquellos días no había sido ni el miedo ni la angustia, sino la soledad. Se preguntaba si don Carlos desconfiaba de ella. Era un viejo paranoico, ciertamente, y era posible que sospechara del propio Juan Luis. Con resignación volvió a la cocina, donde ya estaba hirviendo el agua para el café. Alguien llamaba a la puerta. Ana Lucía dejó caer las últimas gotas
de agua hirviendo en el filtro de papel, se pasó mecánicamente las manos por la cabeza y, al atravesar la sala hacia la puerta, se ajustó el cinturón del batín. La puerta no tenía mirilla, así que, no sin aprensión, la entreabrió.

Allí estaba un joven alto y delgado, de tez clara, bien parecido y con una sonrisa amable, un joven nervioso que no era otro que La Coneja.
—Disculpe —dijo—, tengo un recado urgente.

Ana Lucía adivinó de qué se trataba y le dio una tembladera en las piernas.
—¿Sí? —logró articular con la voz empañada.

La Coneja alargó el brazo para darle el paquete, sorprendentemente pesado. Por un instante ella imaginó que estaba en un error, que esto no tenía nada que ver con el secuestro de Juan Luis. Pero La Coneja le dijo:
—Es para don Carlos. Lléveselo cuanto antes. Y disculpe de nuevo la molestia —giró rápidamente sobre sus talones y dio dos zancadas para entrar en el ascensor, cuya puerta había dejado atrancada, y desaparecer.

Con náuseas, Ana Lucía palpó el envoltorio. Cerró la puerta, se apoyó de espaldas contra ella y fue deslizándose, hundiéndose, hasta quedar sentada, casi desvaída, en el frío suelo de baldosas. Miraba el cielo raso de repello granuloso, y pensó en un paisaje de arena, invertido. Mientras tanto adivinaba con los dedos a través del plástico negro la forma de un pie cortado por el tobillo. Se dobló hacia delante, su frente estuvo a punto de tocar el suelo y quiso vomitar. Pero no tenía nada en el estómago. Perdió el deseo de beber café.
Poco después se levantó, fue a la cocina y dejó el sobre en el mostrador. Bebió un vaso de agua del grifo. Se sentó en uno de los taburetes, exhausta. Se sorprendió a sí misma observando a uno de los albañiles de la obra de enfrente, que estaba limpiando los cristales de una ventana, y respiró profundamente antes de obligarse a bajar la vista y mirar de nuevo el envoltorio con el pie de Juan Luis.

Fue como si hubiese recibido una descarga eléctrica. Se puso en pie de un salto y fue al teléfono.
—¿Don Carlos?

Silencio.
—Creo que me han traído un pie de Juan Luis. No estoy segura porque está dentro de una bolsa de plástico negro. Me han pedido que se lo lleve. Hay también una carta dirigida a usted.
¿Don Carlos?
—Aquí estoy —su voz y el silencio que siguió sonaron cavernosos—.
¿Un pie?
—Se lo llevo ahora mismo.
Otro silencio.
—Sí, ven.

Don Carlos Luna era inusitadamente vital y sanguíneo para sus casi setenta años. Era aún lujurioso, y en cada uno de sus actos podía adivinarse la vena sensual. De un pasado en claroscuro, había emergido a las áreas más luminosas de la vida social a fuerza de buen humor y de dinero, y solo cuando enviudó y comenzó a abandonar el proyecto de hacer de su hijo un digno heredero, se apoderó de él esa falta de curiosidad, esa clase de apatía que engendra la creencia en la inmortalidad.

Fue de su dormitorio, donde había estado ordenando papeles —cuentas de teléfono debidamente pagadas pero que era bueno conservar por algún tiempo, recetas del veterinario que había tratado a una de sus yeguas, anuncios de periódico: terrenos, tornos de cerámica, devanadoras, que su secretaria le había recortado—, a la sala principal a esperar a Ana Lucía, pensando en dos aspectos distintos de la palabra tiempo. Se sentía como sobre la cresta de una ola, con un poco de vértigo.

Habrá que negociar, se dijo a sí mismo. Pensó con desgana que tendría que redactar una carta, pedir una rebaja. Pero aún no sabía cuánto exigían. ¿No sería justo que pagara menos cuando habían lisiado al rehén?
—Cojo —dijo en voz baja, como quien con la última palabra se asegura la mejor parte. Se había quedado mirando fijamente un trozo de cielo más allá de las pitangas del jardín, pero Ana Lucía hizo sonar en ese momento el timbre del portón, y la Caya la dejó entrar.

Conducía el viejo BMW que Juan Luis había heredado de su madre; lo estacionó debajo del balcón.
Ana Lucía subió deprisa las escaleras y entró en la sala por la puerta vidriera del balcón con el envoltorio negro que había anunciado.
—Aquí está —dijo, extendiendo el brazo.

Sin precipitarse, él puso el paquete sobre una mesita de mosaico, tomó el sobre y lo abrió.
—Discúlpeme —dijo, mientras comenzaba a leer cuidadosamente la carta. Luego cogió el paquete y trató de desatarlo, pero tenía un nudo ciego y tuvo que forcejear para romperlo. Dentro encontró lo previsto: el pie amputado de su hijo envuelto en una gasa con sangre dentro de una bolsa de plástico con cierre de presión. Lo miró con fijeza un instante, se volvió a mirarla a ella.
Se echó atrás en el sillón. Se sentía ligeramente mareado.

Ana Lucía dejó escapar un gemido inhumano, casi animal. Mientras la observaba, él se repuso un poco.
—¿Estamos seguros de que es de él?

Ella asintió con la cabeza, con los ojos clavados en el pie. Tenía el poder de repeler las miradas; sin embargo, en cuanto dejaban de observarlo, comenzaba a actuar como un poderoso imán, convertía sus miradas en agujas de hierro. Aunque no lo miraban directamente, pesaba en el margen de sus campos visuales.

Y viéndolo así, de reojo, se percibía su contorno debajo de la gasa. El viejo escuchaba su propia respiración. Veía la vena oscura que saltaba en el cuello de la mujer.
—Es necesario cerciorarse —dijo, pero no se movió—. Pero en su carta pide que congelemos el pie, por si cuando salga pudieran remendárselo.

Parecía que ella iba a sonreír, un instante más tarde se cubrió la cara con las manos y empezó a llorar.
—Vamos —dijo él—. Valor, mujer.

Se le estaba enfriando la sangre. Estiró las manos y con aplomo se inclinó sobre la mesita y le quitó la gasa al pie para reconocerlo. Lo tocó con un gesto de ciego y luego se echó hacia atrás, pero siguió mirándolo.

El contacto entre su mirada y la parte donde el pie había sido cortado, donde podía verse un círculo de carne roja, en los bordes ya un poco negruzca, con el círculo concéntrico del hueso blanco, vidrioso y lechoso al mismo tiempo, no era comparable al contacto de sus pupilas con otros objetos ordinarios ni con ningún objeto de arte. La médula del hueso atrajo su conciencia de hombre de negocios italoguatemalteco hasta estrujarla, como lo sería cualquier objeto engullido por un agujero negro en el espacio sideral, y reducirla a la no existencia, y lo que quedó fue oscuridad, un zumbido en los oídos que parecía tan lejano que hubiese podido provenir del sol. Un mareo, que le devolvió la conciencia, le permitió hacerse la ilusión de que había efectuado un viaje en
el tiempo. Cuando volvió a ser él mismo, ya no era el mismo. Estaba deprimido, porque sabía que acababa de sufrir un cambio regresivo. Era como si le hubiesen presentado una antigua cuenta, benévolamente olvidada durante mucho tiempo, que ahora le convertía, de millonario, en pobre. Tuvo la sensación de haber recorrido un camino muy largo. Volvió a envolver el pie en la gasa y lo metió en su bolsa. Se levantó y explicó que iba a meterlo en el congelador.

La Caya sacó varios trozos de res y una bandeja de cubitos de hielo de la nevera para hacer sitio al pie y después se quedó mirando la compuerta como si pudiese ver a través de ella. Don Carlos la dejó allí, clavada frente a la nevera como frente a un televisor. Al volver a la sala, se sentía existir como no lo había hecho en muchísimo tiempo. Solo había colores y luces, formas y sombras. Se sentó frente a Ana Lucía sin decir nada. Ella estaba leyendo la carta de Juan Luis y no alzó la mirada, como si no se hubiese dado cuenta de que él había vuelto. Un poco más tarde, sin quitar los ojos del papel, ella dijo:
—¿Qué piensa hacer?
—No sé —suspiró él—. Tratar de sacarlo, desde luego —alargó la mano para tomar la carta.
—Creo que iré a rezar—dijo Ana Lucía.
—Buena idea.
La acompañó hasta el auto y se inclinó sobre la portezuela para decirle adiós.
—Me mantendrá informada, ¿verdad?

Él asintió con la cabeza. Al entrar en el apartamento y cerrar la puerta, Ana Lucía se desplomó; quedó de rodillas a un paso de la alfombra y luego se tumbó, con la mitad del cuerpo sobre las baldosas frías. Rompió a llorar, pero no sentía ni dolor ni rabia, solo un malestar general causado por la falta de compasión del padre y su frialdad natural, por el desamparo del hijo y por su propia impotencia de mujer.

Con una expresión desilusionada en la cara y las manos en los bolsillos del pantalón, en uno de los cuales tenía un manojo de llaves, don Carlos fue al cuarto húmedo y oscuro que le servía de oficina, donde con el tiempo había ido acumulando toda clase de objetos, desde libros de contabilidad de hacía más de una década y agendas caducadas hasta muestras de tela típica y alfombras turcas y cerámica italiana, varios trofeos ecuestres y una Virgen de Guadalupe del tamaño de una niña de cinco años que había pertenecido a su abuela. De uno de los cajones con llave del escritorio sacó una chequera de un banco extranjero. Leyó el saldo: dos millones y medio de dólares.

Dejó la chequera sobre el escritorio y vio cómo se cerraba sola, poco a poco, como con pereza más que como por acto de magia. Sacó de otro cajón su agenda actual y buscó un número bajo la B de banco.

Rodrigo Rey Rosa, El cojo bueno, Madrid: Alfaguara, 1996.

***
2666
Por Roberto BOLAÑO

Por lo que respecta a las mujeres muertas de agosto de 1995, la primera se llamaba Aurora Muñoz Álvarez y su cadáver se encontró en el arcén de la carretera Santa Teresa-Cananea. Había muerto estrangulada. Tenía veintiocho años y vestía unas mallas verdes, una playera blanca y unos tenis de color rosa.

Según el forense, había sido golpeada y azotada: en su espalda aún se podían apreciar las marcas de un cinturón de cinta ancha. Trabajaba de mesera en un café del centro de la ciudad. El primero en caer fue su novio, con el que no se
llevaba bien según algunos testigos. Este individuo se llamaba Rogelio Reinosa y trabajaba en la maquiladora Rem&Co y no tenía coartada para la tarde en que secuestraron a Aurora Muñoz.

Durante una semana se la pasó de interrogatorio en interrogatorio. Al cabo de un mes, cuando ya estaba instalado en la cárcel de Santa Teresa, lo soltaron por falta de pruebas. No hubo ninguna otra detención. Según los testigos presenciales, quienes en ningún momento pensaron que se trataba de un secuestro, Aurora Muñoz se subió a un Peregrino de color negro en compañía de dos tipos a quienes parecía conocer. Dos días después de aparecer el cuerpo de la primera víctima de agosto fue encontrado el cuerpo de Emilia Escalante Sanjuán, de treintaitrés años, con profusión de hematomas en el tórax y el cuello. El cadáver se halló en el cruce entre Michoacán y General Saavedra, en la colonia Trabajadores. El informe del forense dictamina que la causa de la muerte es estrangulamiento, después de haber sido violada innumerables veces. El informe del policía judicial que se encargó del caso, Ángel Fernández, señala, por el contrario, que la causa de la muerte es intoxicación. Emilia Escalante Sanjuán vivía en la colonia Morelos, al oeste de la ciudad, y trabajaba en la maquiladora NewMarkets. Tenía dos hijos de corta edad y vivía con su madre, a quien había mandado traer desde Oaxaca, de donde era originaria. No tenía marido, aunque una vez cada dos meses salía a las discotecas del centro, en compañía de amigas del trabajo, en donde solía beber e irse con algún hombre. Medio puta, dijeron los policías. Una semana después apareció el cuerpo de Estrella Ruiz Sandoval, de diecisiete años, en la carretera a Casas Negras. Había sido violada y estrangulada. Vestía bluejeans y blusa azul oscuro. Tenía los brazos atados a la espalda.

Su cuerpo no presentaba huellas de tortura ni de golpes. Había desaparecido de su casa, en donde vivía con sus padres y hermanos, tres días antes. El caso lo llevaron Epifanio Galindo y Noé Velasco, de la policía de Santa Teresa, para aligerar a los judiciales, que se quejaron por exceso de trabajo. Un día después de ser hallado el cadáver de Estrella Ruiz Sandoval se encontró el cuerpo de Mónica Posadas, de veinte años de edad, en el baldío cercano a la calle Amistad, en la colonia La Preciada. Según el forense, Mónica había sido violada anal y vaginalmente, aunque también le encontraron restos de semen en la garganta, lo que contribuyó a que se hablara en los círculos policiales de una violación “por los tres conductos”. Hubo un policía, sin embargo, que dijo que una violación completa era la que se hacía por los cinco conductos. Preguntado sobre cuáles eran los otros dos, contestó que las orejas. Otro policía dijo que él había oído hablar de un tipo de Sinaloa que violaba por los siete conductos. Es decir, por los cinco conocidos, más los ojos. y otro policía dijo que él había oído hablar de un tipo del DF que violaba por los ocho conductos, que eran los siete ya mencionados, digamos los siete clásicos, más el ombligo, al que el tipo del DF practicaba una incisión no muy grande con su cuchillo y luego metía allí su verga, aunque, claro, para hacer eso había que estar muy taras bulba.

Lo cierto es que la violación “por los tres conductos” se extendió, se popularizó en la policía de Santa Teresa, adquirió un prestigio semioficial que en ocasiones se vio reflejado en los informes redactados por los policías, en los interrogatorios, en las charlas off the record con la prensa. En el caso de Mónica Posadas, esta no solo había sido violada “por los tres conductos” sino que también había sido estrangulada. El cuerpo, que hallaron semioculto detrás de unas cajas de cartón, estaba desnudo de cintura para abajo. Las piernas estaban manchadas de sangre. Tanta sangre que vista de lejos, o vista desde una cierta altura, un desconocido (o un ángel, puesto que allí no había ningún edificio desde el cual contemplarla) hubiera dicho que llevaba medias rojas. La vagina estaba desgarrada. La vulva y las ingles presentaban señales claras de mordidas y desgarraduras, como si un perro callejero se la hubiera intentado comer. Los judiciales centraron las investigaciones en el círculo familiar y entre los conocidos de Mónica Posadas, quien vivía con su familia en la calle San Hipólito, a unas seis manzanas del baldío en donde fue encontrado su cuerpo. La madre y el padrastro, así como el hermano mayor, trabajaban en la maquiladora Overworld, en donde Mónica había trabajado durante tres años, al cabo de los cuales decidió marcharse y probar suerte en la maquiladora Country & SeaTech. La familia de Mónica procedía de un pueblito de Michoacán desde donde había llegado para instalarse en Santa Teresa hacía diez años. Al principio la vida, en vez de mejorar, pareció empeorar y el padre se decidió a cruzar la frontera. Nunca más se supo de él y al cabo de un tiempo lo dieron por muerto. Entonces la madre de Mónica conoció a un hombre trabajador y responsable con el que terminaría casándose. De este nuevo matrimonio nacieron tres hijos, uno de los cuales trabajaba en una pequeña fábrica de botas y los otros dos iban a la escuela. Al ser interrogado, el padrastro no tardó mucho en caer en contradicciones flagrantes y terminó por admitir su culpabilidad en el asesinato. Según su confesión, amaba en secreto a Mónica desde que esta tenía quince años. Su vida había sido desde entonces un tormento, les dijo a los judiciales Juan de Dios Martínez, Ernesto Ortiz Rebolledo y Efraín Bustelo, pero siempre se contuvo y le mantuvo el respeto, en parte porque era su hijastra y en parte porque su madre era también la madre de sus propios hijos. Su relato sobre el día del crimen era vago y lleno de lagunas y olvidos. En la primera declaración dijo que fue de madrugada. En la segunda dijo que ya había amanecido y que solo Mónica y él estaban en casa, pues ambos tenían turno de tarde aquella semana. El cadáver lo escondió en un armario. En mi armario, les dijo a los judiciales, un armario que nadie tocaba porque era mi armario y yo exigía respeto sobre mis cosas. Por la noche, mientras la familia dormía, envolvió el cuerpo en una manta y lo abandonó en el baldío más cercano. Preguntado por las mordidas y por la sangre que cubría las piernas de Mónica, no supo qué responder. Dijo que la estranguló y que solo se acordaba de eso. Lo demás se había borrado de su memoria. Dos días después de que se descubriera el cadáver de Mónica en el baldío de la calle Amistad apareció el cuerpo de otra muerta en la carretera Santa Teresa-Caborca. Según el forense, la mujer debía de tener entre dieciocho y veintidós años, aunque también podía ser que tuviera entre dieciséis y veintitrés.

La causa de la muerte sí que estaba clara. Muerte por disparo de arma de fuego. A veinticinco metros de donde fue hallada se descubrió el esqueleto de otra mujer, semienterrada en posición decúbito ventral, que conservaba una chamarra azul y unos zapatos de cuero, de medio tacón y de buena calidad. El estado del cadáver hacía imposible dictaminar las causas de la muerte. Una semana después, cuando ya agosto llegaba a su fin, fue encontrado en la carretera Santa Teresa-Cananea el cuerpo de Jacqueline Ríos, de veinticinco años empleada en una tienda de perfumería de la colonia Madero. Iba vestida con pantalones vaqueros y blusa gris perla. Tenis blancos y ropa interior negra. Había muerto por disparos de arma de fuego en el tórax y el abdomen. Compartía casa con una amiga en la calle Bulgaria, en la colonia Madero, y ambas soñaban con irse a vivir algún día a California. En su habitación, que compartía con su amiga, se encontraron recortes de actrices y actores de Hollywood y fotos de distintos lugares del mundo. Primero queríamos irnos a vivir a California, encontrar trabajos decentes y bien pagados, y después, ya establecidas, visitar el mundo en nuestras vacaciones, dijo su amiga. Ambas estudiaban inglés en una academia privada de la colonia Madero.

El caso quedó sin aclarar.

Roberto Bolaño, 2666, Barcelona: Anagrama, 2004.

***
Con la congoja de la pasada tormenta
Por Horacio CASTELLANOS MOYA

Eso cambia toda la historia —dije.
Era la misma casa, con dos habitaciones pequeñas, el porche, un amplio patio poblado de árboles y una mesa cuadrada de cemento bajo los almendros.

El sol se filtraba entre el follaje y asaba mi barriga desnuda.
Cambié de lugar la haragana, en busca de más sombra.
—Aquel estaba mal, de todas maneras —dijo el Chino—.
Quién sabe qué le pasó, en qué momento se le tronó la vida. Lo he pensado, no creás…

El calor era aplastante. Una que otra brisa refrescaba desde el lado de la playa.
—Voy a partir de una vez los cocos, para no tener que estarme levantando —anunció, antes de blandir el machete.

Serví el hielo y el vodka. Empezaba a sudar, copiosamente.
Los zancudos estaban desatados, preparándose para un festín matutino.
—Siempre imaginé que había sido un pleito entre bandas de ladrones —dije—. Me sonaba creíble, lógico.
—Yo también pensé eso.

Terminó de pelar tres cocos y vertió el agua en un recipiente de plástico. Luego se acomodó en su haragana, junto a la mesa de cemento.
—¿Tu familia sigue viniendo los fines de semana a esta casa?
—inquirí.
—Mi hermano desde que se casó, ya no. Solo mi mamá, cada quince días.

El trago me supo maravilloso.
—En realidad, Paco estaba bien jodido —explicó—. Se fue a vivir donde Ezequiel, imaginate, en una pocilga de puro delincuente. Por eso la versión del pleito de bandas.
El cielo estaba completamente despejado; el resplandor era casi hiriente.
—¿Vas a querer que encargue unos cocteles de conchas? — preguntó.

Claro que sí, pero que se llevara su vaso, porque de pronto montones de moscas acechaban nuestra mesa, el patio, el país inmisericorde. Caminó hacia la casa contigua, donde una señora gorda, de rasgos asiáticos, prepararía sendos cocteles, con conchas recién sacadas del mar.

Un relajamiento tremendo me iba ganando, como si el primer trago, el rumor de las olas, mi cuerpo chorreante de sudor, hubieran acabado con la ansiedad, con el tiro probable en una esquina cualquiera. Husmear en la historia de Paco, además, me daba la idea de que el peligro pertenecía al pasado, un olor viejo,
aunque conocido.
—Echate aceite, si no los zancudos te van a hacer mierda — me advirtió.

Tomaría tres tragos, luego me iría a tirar a la playa, hambriento de sol y aire salino, ilusionado con una purificación poco probable.
—La versión más difundida es que a Paco lo mataron porque presenció el asalto al McDonalds del centro y reconoció a uno de los ladrones —agregó—. Yo me tragué ese cuento durante un buen tiempo. Pero después entendí que se lo quebraron por esa mujer, por Mercedes…

Pensar que yo había jugado con esa hipótesis hasta el hartazgo, en el colmo de mi ocio, obsesionado con teñirla de política, enfermo de historia, quizá para justificar mi prolongada ausencia del país, cuando ahora se me abría sin vacilaciones otra verdad, despatarrada como esa mujer que había sido la clave de todo y que yo había pasado por alto.
—¿Y los rumores de que la guerrilla lo ajustició? —insistí.

Se zampó de un trago su vodka.
—No creo. Por esos días el ejército hizo un cateo en El Hoyo, la zona marginal, y mató a alguna gente. Se dijo que Paco probablemente los había delatado. Puros rumores. La guerrilla no mata de esa manera…

La señora llegó con los cocteles, la salsa inglesa, el chile.
—Siempre pensé que lo de Paco tenía que ver con política —confesé—. Ya había escuchado esa historia del cateo a El Hoyo, pero tampoco creí que la guerrilla lo hubiera matado. Me imaginé algo más complejo.

Y le conté mi trama: Paco se había ido lumpenizando a tal grado que terminó vinculándose a los escuadrones de la muerte, por lo cual se vio obligado a cometer su primer crimen, la prueba de fuego, cuya víctima era precisamente un conocido carpintero y dirigente local de El Hoyo, el maestro Luis; pero Paco vaciló, tuvo miedo.
—Podría hartarme tres cocteles más —dijo el Chino—. Estas conchas están riquísimas…

Comprendí que tendría que untarme el cuerpo de aceite: súbitamente los zancudos habían devorado parte de mi muslo derecho.
—Lo veo con la pistola en la mano temblorosa, apuntando al pecho del maestro Luis, sin poder disparar —dije, incorporándome en la haragana y empuñando un arma imaginaria hacia mi interlocutor—. Paco se cagó, no pudo, pese a las increpaciones  y exigencias de sus compañeros de banda. Entonces el jefe del escuadrón le arrebató la pistola y la descargó sobre el carpintero.

Me embadurné de aceite de coco con repelente. El mosquerío también parecía aumentar.
—Paco no pudo aguantarse: tembló, vomitó y se orinó como nene. Su naturaleza no estaba hecha para el crimen —añadí—.

Eso lo mató. Le perdieron confianza y, como sabía demasiado, decidieron eliminarlo. Una bandada de zanates aterrizó con alharaca en el árbol de mango, y enseguida saltó a los almendros.
—Lo mataron por esa mujer —repitió el Chino—. Aunque a mí lo que más me intriga es cómo aquel terminó de esa manera: viviendo entre ladrones. Un truene extraño debió haberle pasado…

La pudrición: un típico joven de clase media, quien en vez de subir con ambición la pendiente, se hundió en ella hasta tocar fondo.
—Rarísimo —dijo—. Acordate: a Paco le encantaba andar bien catrincito, a la moda, y tener amigos burguesitos. Pero en cuanto se juntó con esa mujer fue como si se hubiera subido en una patineta directo al infierno...
—Nos zampamos otro trago y nos vamos a la playa —propuse.

Había otra mentira sobre Paco, pero ahora no se la contaría al Chino, porque hubiera significado hurgar en una herida que no sabía si el tiempo había cicatrizado. Se llamaba Margarita, la hermana de Paco, quien se convirtió en una señora decente, ama de casa. Pero alguna vez fue mía y no del Chino, su eterno pretendiente. Mi alucinación consistía en que ella no era la señora que decía ser, sino una guerrillera, buscada por el ejército y sus escuadrones de la muerte, quienes enfilaron hacia Paco para hacerlo carnada, pero como este se negó a la traición, lo mataron.
—No hay héroes posibles cuando la tempestad ocurre en un oscuro mar de mierda… —musité.
—¿Y eso?
—Un verso.
—Mejor llevémonos el trago a la playa. Con este sol, bañarnos a pleno mediodía va a estar perro.

Me puse de pie. Acababan de cumplirse diez años del asesinato de Paco. ¿De dónde la fijación? Fuimos la pandilla de la adolescencia; nada más. Y su recuerdo más que nostalgia era morbosidad, tributo a la muerte que nos había rozado por todos lados. Caminamos a los brincos, por una vereda de arena ardiente, hasta que nos sentamos en la playa, de cara al mar.
—Quizá la clave de lo que pasó no está en Paco, sino en Ezequiel
—comenté.
—También lo mataron, un par de meses más tarde.

Ya lo sabía y engarzaba perfectamente con lo que yo había imaginado.
—Ezequiel fue el gran pervertidor y Paco su víctima —murmuré.
Un par de surfistas flotaba cerca de la reventazón, en espera
de la ola exacta.
—¿Nos metemos?
—Primero me acabo el trago, para que no se me entibie —indiqué—. Si querés, metete vos.

Se empinó el vaso y enfiló hacia el agua. Eran sus dominios: podía nadar kilómetros a mar abierto. Yo temía esas corrientes. Me tendí sobre la arena y le pedí al sol humildemente que me diera todo lo que pudiera, lo que mi espíritu retorcido mereciera. Me habré quedado dormido unos quince minutos, quizá
media hora.
—Echate un chapuzón —oí la voz del Chino.

Tremendo viaje de sol. Recargado de energía, así me sentía. Este era otro país, otra emoción, no de muerte y terror, sino de vida. Caminé hasta donde bordeaban las olas, la espuma mugrienta.
—¡De aquel lado hay menos corriente! —me gritó el Chino, señalando hacia mi derecha. Estaba acuclillado sobre la arena, sin secarse, escurriente.

El agua me llegó a las rodillas. La inmensidad, lo desconocido, mi insignificancia, delineaban ese horizonte inmediato. Seguí caminando, arrastrando mis piernas, hasta que la espuma alcanzó mi cintura, y una ola pequeña, casi abortada, me golpeó el pecho. Debí haber abandonado mi cuerpo, para que el mar lo revolcara a su antojo.

Fragmento del relato “Variaciones sobre el asesinato de Francisco Olmedo” de Horacio Castellanos Moya, perteneciente al volumen Con la congoja de la pasada tormenta, Barcelona: Tusquets Editores, 2009
© Horacio Castellanos Moya, 2009. Publicado por acuerdo con Tusquets Editores

***
La mujer habitada
Por Gioconda BELLI

Se estaba quedando de nuevo dormida, cuando de pronto escuchó ruido. Permaneció quieta en la oscuridad. Afuera el viento soplaba alborotando los árboles. Al principio creyó que el ventarrón hacía golpear la puerta. Pero los golpes eran rítmicos, fuertes, urgentes. Asustada, súbitamente alerta, se acomodó rápidamente el kimono aguamarina y salió a la sala. Encendía las luces cuando escuchó la voz de Felipe. Sonaba ronca, la voz de quien se esfuerza por no gritar.
—Abrí, rápido, abrí —decía.

Descorrió los cerrojos, pensando: Felipe aparecerse a esta hora, el apuro, el sonido sofocado de la voz… ¿qué podría ser? Tuvo que apartarse porque la puerta se abrió de sopetón impulsada por el peso de un cuerpo. Un hombre entró tambaleándose, encorvado sobre sí mismo, apoyado del brazo de Felipe.
No tuvo tiempo de preguntar qué sucedía. Apenas logró vislumbrar la expresión alterada de Felipe cuando pasó a su lado, conduciendo al extraño hacia el dormitorio sin titubear, sin mirar para atrás.
—Cerrá bien. Pone todas las trancas, apaga las luces —le dijo.

Cerró. Apagó las luces atolondradas. ¿Qué pasaría?, se preguntaba. ¿Qué significaba aquella repentina irrupción a medianoche? Ellos olían extraño, a peligro, a desesperación. Se dirigió al cuarto con la adrenalina zumbándole en los oídos. Bajo sus pasos, iluminadas por la luz de la habitación vio las manchas en el piso; grandes gotas, enormes gotas rojas. Se sintió floja; las piernas, agua. Entró. Felipe daba vueltas alrededor del hombre.
—¿Tenés sábanas, algo que podamos usar como vendas, algo con que hacer un torniquete? —preguntó Felipe.  

La mancha roja en la toalla que sostenía sobre el brazo del herido, crecía sin freno. Sin emitir palabra, Lavinia entró al baño. Allí guardaba desinfectantes, algodón, elementales objetos de primeros auxilios. Le temblaban las manos. Salió con las sábanas, más toallas, tijeras.

Las puso sobre la cama.

El hombre hacía un extraño ruido al respirar. Sostenía la toalla sobre el brazo, apretándola contra su cintura. Lavinia vio los hilillos de sangre corriéndose sobre el pantalón. Sintió que los ojos se le crecían redondos en las órbitas.
—Está malherido. ¿Se accidentó? Deberíamos llevarlo al hospital, llamar un médico —dijo, atropellando las palabras.
—No se puede —contestó secamente Felipe—, tal vez mañana. Ayúdame. Tenemos que contenerle la hemorragia.

Se acercó. El hombre retiraba la toalla para que Felipe pudiera aplicar el torniquete. Vio la piel del brazo un poco arriba del codo; el boquete redondo, la piel en carne viva, la sangre manando roja intensa indetenible. Imágenes dispersas acudieron a su mente; películas de guerra, heridas de bala. El lado oscuro de Faguas apareciendo en su casa, inesperado, intempestivo. ¿De qué otra manera se podría entender que no lo llevara al hospital? Entendió finalmente las llamadas misteriosas de Felipe, sus salidas. No podía ser otra cosa, pensó, sintiendo el terror subirle por el cuerpo, tratando de tranquilizarse pensando que no debía saltar a conclusiones tan rápidamente. ¿Pero por qué, si no, habría tenido Felipe que traer ese hombre a su casa? El miedo la invadió en oleadas, mientras miraba hipnotizada la herida, la sangre, esforzándose para contener el mareo, las ganas de vomitar.

Felipe enrolló el trozo de sábanas alrededor del brazo, empezó a apretar fuertemente. Lavinia no quería ver las manchas rojas, húmedas, tiñendo la sábana blanca. Se concentró en las facciones del hombre, sus rasgos fuertes, la piel aceituna, la palidez, los labios apretados.

¿Quién sería?, pensó, ¿cómo lo habrían herido? Hubiera deseado no pensar. Se sentía atrapada. No podía hace nada más que mirarlos, ayudarles. No tenía otro camino. La cabeza le palpitaba como un corazón grande, desatado.
—Está baleado —afirmó sin ver a Felipe. Lo dijo por la necesidad de decirlo, de sacárselo de encima. Felipe manipulaba el torniquete, sujetándolo fuerte. La tela blanca se tornó roja; un rojo temible, vivo.

El hombre jadeaba apenas. Tenía la cara vuelta, sin expresión, hacia la mano de Felipe. Observaba la operación como si no se tratara de su brazo. Era joven, mediano de estatura, con ojos un poco rasgados y gruesos labios; tenía el pelo castaño, un mechón le caía sobre la frente. Era de contextura recia. Podía fácilmente notarse la forma de los músculos, las venas fuertes y anchas. Al escucharla, se volvió hacia ella.
—No se preocupe, compañera —dijo hablando por primera vez, mirándola—, no me voy a morir en su casa —y sonrió casi triste.

Felipe sudaba copiosamente, apretando y soltando el torniquete. Finalmente, rompió otro pedazo de sábana y lo ató fuertemente al brazo.
Limpió la sangre restante con una toalla limpia, que luego se llevó a la frente para secar el sudor.
—Bueno —exclamó dirigiéndose al desconocido, creo que de esta te salvás. ¿Cómo te sentís?
—Como que me acabaran de pegar un tiro —contestó el otro con una expresión irónicamente apacible—. Estoy bien, no te preocupés, atendé a la compañera. Parece que está muy asustada.
—Ya la voy a atender —dijo Felipe—, pero creo que no te debés de mover de aquí por el momento. La compañera está “limpia”. Es mejor que te quedés aquí. Es más seguro. Ahora deberías tomar algo y dormir. Perdiste bastante sangre.
—Bueno, ya veremos. Ni siquiera sabemos qué va a decir ella —y la miró.

Solo el herido parecía percatarse de su presencia, Felipe terminaba de limpiar la cama. Ya no le podía caber duda, pensó Lavinia, después de escuchar las preocupaciones de Felipe sobre la seguridad de aquel desconocido. Podía haberla mantenido al margen, en la ignorancia, pensó. No obligarla a enfrentar una situación semejante de improviso, sin ninguna advertencia.
—¿Tenés algo que le podamos dar? —preguntó Felipe, volviéndose hacia ella. Su cara sin expresión, le pareció dura, presa de una idea fija.
—Le puedo hacer un jugo de naranja. Aunque también tengo leche —contestó, compelida por el aire de autoridad de Felipe.

Se sentía torpe, anonadada.
—La leche está mejor —dijo el herido—. Las naranjas me dan acidez.

Felipe la alcanzó en la cocina.
—Creo que sería bueno calentarla un poco —le dijo.
—Yo creo que no —dijo Lavinia—. He leído que lo caliente no es bueno para las hemorragias. Mejor se la damos fría… Decime qué pasó, quién es.
—Se llama Sebastián —contestó Felipe—. Vamos a darle la leche y después te explico.

Se apartó de ella y fue a la ventana. El viento continuaba soplando. Se escuchaban ladridos de perros callejeros. De vez en cuando pasaba un automóvil. Lo vio cerciorarse de los cerrojos, la cadena de la puerta. Sebastián tomó la leche. Devolvió el vaso a Lavinia y se recostó en la cama. Cerró los ojos.
—Gracias —dijo—, gracias, compañera.

Algo de su serenidad le recordó a ella los árboles caídos. Salió con Felipe a la sala en penumbras. Las luminarias del patio proyectaban una débil luz blanca. La sombra del naranjo se mecía sobre los ladrillos. Felipe se dejó caer sobre el sofá y recostó la cabeza para atrás. Cerró los ojos. Se frotó la cara con un gesto de agotamiento, de querer desprenderse de lo acontecido y recomponerse.
—Lavinia —Felipe abría los ojos y le indicaba que se sentara a su lado. Su expresión se había dulcificado ligeramente, a pesar del ceño fruncido y los ojos intensos y fijos.

Se acomodó a su lado y guardó silencio. No quería preguntar. Tenía miedo. Pensó que sería mejor no saber nada. En Faguas era mejor no saber nada; pero Felipe hablaba:
—Sebastián fue detectado por la Guardia Nacional. Acribillaron la casa donde estaba. Logró salir saltando tapias y muros.
Otros tres compañeros murieron…
Silencio. ¿Qué podía decir?, pensó Lavinia. Había cautela en la mirada de Felipe. Ella no reaccionó. Le hubiera gustado salir corriendo. La idea de la guardia siguiéndoles los pasos la aterrorizaba. De sobra sabidos eran los métodos que empleaban. La tortura. El volcán. Y ella era mujer. Se imaginó violada en las mazmorras del Gran General. Los ruidos de la noche sonaban malignos, cargados de presagios. El viento. Felipe no debía haber irrumpido así, sin más, en su casa. Quizás no le quedó otra alternativa, se dijo, pero no tenía derecho a zambullirla en el peligro, en la sombra de los tres “compañeros” muertos. Y el herido durmiendo en su cama…

¿Qué podía hacer?, pensó, desesperada.
—Ahora sabés por qué no pude venir, cuáles son mis ocupaciones, las llamadas —dijo Felipe, mirándola suavemente, poniendo su mano sobre la de ella—. Siento que hayas tenido que enterarte de esta manera. No hubiera venido aquí jamás de no haber sido esta una emergencia. No podía llevar a Sebastián a mi casa. Allí hay otra gente. Una denuncia sería fatal. Lo siento —repitió—. No se me ocurrió nada mejor que traerlo para acá.

Acá está seguro.
Vio en la oscuridad la palidez de Felipe, el sudor brillando en su rostro. Hacía calor.
—¿Y qué vamos a hacer? —preguntó Lavinia, hablando también en susurros como lo había hecho él.
—No sé. Todavía no sé —musitó Felipe y se alisó el pelo con las manos.

Lavinia sentía su confusión en el aliento agitado, en el cuerpo abandonado sobre los cojines, las piernas extendidas a todo lo largo cual si le pesaran. De pronto, Felipe se enderezó y se puso a limpiar sus anteojos mecánicamente hablando sin verla, hablándose a sí mismo.
—Uno nunca se acostumbra a la muerte —dijo—. Nunca se acostumbra.

Conocía a los tres compañeros muertos, dijo. Uno de ellos había sido amigo de infancia, compañero de colegio. Fermín. Los citaron a una reunión en la tarde. Por eso había faltado a la cita con ella, añadió, como si aún importara. La reunión duró hasta las nueve de la noche. Fermín estuvo haciendo bromas sobre la tranquilidad del barrio. Se sentían seguros allí, en la casita recién alquilada con los magros fondos de la Organización (y hablaba de la Organización como si ella supiera de qué se trataba). Era un barrio pobre, marginado. Casas de tablas, letrinas en los patios, campesinos emigrados a la ciudad en busca de mejor vida. ¿Quién los delataría? Lo preguntó viéndola sin verla. A las nueve, él salió para regresar a su casa. “Y no detecté nada. No detecté nada”, repetía Felipe, como si se culpara de algo muy grave. Reconstruía lo que vio, intentando percibir algún detalle fuera de lo normal : hombres y mujeres sentados a las puertas de sus casas, perros callejeros, los buses pasando, tronando sus viejas carrocerías. “No detecté nada”, decía una y otra vez. Fue Sebastián, dijo, quien le relató cómo la Guardia apareció de repente. “Oyeron el frenazo de los jeeps y el ‘están rodeados, ríndanse’, casi simultáneamente.” Y tenían pocos tiros. Dos subametralladoras. Mientras  tomaban posiciones de tiro, montaban las pistolas, en las carreras, decidieron que Sebastián debía buscar cómo salvarse, tratar de salir, sobrevivir para continuar. Y gritaban “ya vamos” para dar tiempo. Fue lo último que oyó Sebastián cuando saltaba las tapias. A las nueve de la noche estaban vivos, decía Felipe, quitándose los anteojos, apretándose los ojos con los pulgares de las manos. Y ahora ya nada se podía hacer por ellos, añadió. Nada podría reponerlos. Sus sueños seguirían vivos, pero ellos no.

Gioconda Belli, La mujer habitada, Barcelona: Seix Barral, 2010.

***
Nunca más
Por Nora STREJILEVICH

Nunca más tuve noticias de él.

Nunca Más
Milicos / muy mal paridos / qué es lo que han hecho con
los desaparecidos…

Legiones de cánticos, rimas, quejas y reclamos inundan las calles del 84, que estrenan la democracia. Las tonadas dividen la oscuridad en infinitos planos sonoros.

No hubo errores / no hubo excesos / son todos asesinos los
milicos del proceso…

Llenan el vacío: ese concepto que nunca me pudiste hacer entender. A vos, que tanto me hablabas de las líneas y los puntos en el espacio-tiempo, no puedo asignarte ni un plano, ni un vector, ni una tumba.

Veo la esquina donde se forma la marcha, pero antes de dar el primer paso te adelantas. Choco con tu nombre y nuestro apellido a lo largo de una desfachatada tela blanca. Tus letras negras me punzan la memoria y mis piernas siguen andando solas. Me quedo ahí, plantada frente a tu grito unidimensional.
  
Corto mano / corto fierro / cuando te mueras te vas al infierno.

Una culpa harapienta se enreda entre las rimas.
Las lágrimas te esquivan, te merodean. No puedo asomarme a la desmesura de la verdad sin un ventanal. Busco perspectiva, un marco para sostener el agobio. La nada es tan difícil como el principio de incertidumbre.

[…]

Me tiraron en la cama, yo amordazada. Quería gritar y ya no
podía. Pensé: ojalá me muera.
La única manera de salir de eso es la muerte, me decía. Ellos tienen todo el tiempo del mundo, y uno siente que la muerte es la única manera de dejar de sufrir eso que nunca termina de pasar.

Y las voces siguen, implacables en su curiosidad: —¿Cómo pasó: de día o de noche?
Todo pasó a plena luz del día. A la vuelta de la escuela entro al ascensor con un desconocido. Es gordo y me acorrala entre su barriga y el espejo. ¿Cuántos años tenés? me susurra entre dientes mientras arrima su gordura blanda a mi cuerpo. Una mano ansiosa me roza, se apura por los pliegues del guardapolvo, me pellizca, me arrincona. Huelo un olor azul. Un guante me tapa la boca. Una voz me promete placeres que no comprendo. En el tercer piso lo empujo, abro la puerta y salgo corriendo. El olor azul se queda ahí. Me libero de una cárcel para encadenarme a otra. Tengo miedo de salir y miedo de quedarme, miedo de moverme, miedo de tener miedo. Mañana vendrá a la escuela. Mañana no debe llegar. Me recluyo en el presente, entre las paredes del departamento, espiando el tiempo amenazante de la calle. Pibas, jóvenes, mujeres, caminan solas por la vereda. A la vuelta de la esquina algo les pasará y después sus ventanas parirán barrotes.

Esta obsesión no me abandona. Interminables días, meses. Interminable año de observar cuerpos deslizarse por la calle con su pesada carga sexual. Voy a la escuela de la mano de papá. Desnudo a la maestra y la veo ridícula, el pubis canoso y los pechos flácidos. En la hora de historia imagino ejércitos de violadores, en la de geografía continentes de carne, montañas como esa barriga. No sé si por cansancio, hastío o debilidad, un día salí a la calle de la mano de mi primer amor. Olvidé las pesadillas de un invierno y un verano solitarios. De repente éramos dos, mi cuerpo un nuevo territorio con cada caricia. El lenguaje brotaba con palabras desconocidas para mis sentidos. Era mujer y lo deseaba. Nuestra pasión, Gabriel, es un arrebato apenas controlado por mi pudor, una mezcla de poesías escritas en hojas de cuaderno, de ojos cerrados o entornados, de bocas susurrando mañanas. Soy tu musa y recibo tus ofrendas bajo la lluvia otoñal, como señal de armisticio tras nuestras peleas. La reconciliación se cierra con un beso y la caza del atardecer, con cantos a dos voces por las vías del tren que mueren en La Boca. La Boca para caminar, La Boca para reír, La Boca para estar con vos. Componés música para mí y para vos solo compongo una carta. No sé cómo o por qué se esfuma el encanto, un día me abrazás y sos otro. O soy otra: no quiero ser musa de nadie. Pido palabras prestadas para decirte adiós.

Adiós mundo cruel
Adiós sesión. Me arrastran a una celda, para que recapacite.
El guardia es ahora una voz suave, íntima, paternal.
—Tranquilizate, nena, relajate. Una voz que se aleja cantando: Adiós mundo cruel / ya nunca te veré / yo diré que no te conocí / pero todos ya comprenderán / qué magnífico es / dejar este mundo cruel / adiós adiós ...

Si tuviera paladar, lengua, o labios, sonreiría. Mentira, no podría. Un aullido de muerte me ocupa el cuerpo.
—Sos bosta, no existís, acota otra voz. El dolor lo abarca todo.

La irrealidad del mundo se instala entre las encías y las muelas. Más allá, nada existe.
Horrendos los electrodos en los dientes… parece que un trueno te hace volar la cabeza en pedazos... un delgado cordón con pequeñas bolitas... cada bolita era un electrodo y cuando funcionaba parecía que mil cristales se rompían, se astillaban en el interior de uno y se desplazaban por el cuerpo hiriéndolo todo... no podía uno ni gritar. ni gemir, ni moverse. Un temblor convulsivo que, de no estar atado, lo empujaría a uno a la posición fetal. Nunca Más. Estoy temblando, me castañetean los dientes, todo me duele más. Quiero ver dónde estoy, me bajo la venda y por primera vez abro los ojos. No sirve de mucho. La oscuridad lo abarca todo. Apenas entro sentada, es corno un ropero. Estoy aquí para pensar. La mente en blanco. Ni siquiera pienso en la muerte. Entre mis pensamientos y yo, esta puerta de metal compacto. Que recapacite. No se me ocurre nada, se me agotaron los verbos. Nombres, nombres y más nombres. Y música de fondo, que se escurre por la tonada del carcelero: un hervidero de llantos como gritos, de gritos como alaridos, de alaridos como gemidos, como
un volcán de angustia, como nada que se pueda comparar con nada. Nada que decir, nada que acotar. Un dolor agudo como puntada en el espesor de los músculos, en las entrañas, en los huesos.

Si el cuerpo no se desmembra es porque lo atraviesan miles de agujas. Música. Descargas y música para tapar las descargas. Un contrapunto impecable.
… estaba terminando de preparar su equipaje para el viaje que debía emprender a Israel, cuando un grupo de personas penetró en su domicilio. Nunca Más

Un contrapunto de lamentos se arrastra desde lejos. Por la cocina, que da al templo, se abren paso armonías en una lengua misteriosa que acompasa nuestros sábados. Nunca piso la sinagoga, me basta con vivir en esta caja de música a cuyo son descuelgo mi ropa. Música de gritos callados, acallados, calados.
—¿Qué gritabas en judío en la calle?
—Mi apellido.
—Vas a ver cómo se te acaban las ganas de tomarnos el pelo, rusita.

A los judíos los sacaban todos los días para apalearlos y pegarles. Un día llevaron una grabación de discursos de Hitler y les obligaron a levantar la mano y a decir: YO AMO A HITLER, HAI HAI FUHRER. Con eso se reían y les sacaban la ropa para pintarles una cruz esvástica negra con pintura de aerosol en el cuerpo…

Me atan de pies y manos. Crucificada. No hay peros, me duele, déjenme tranquila. Soy un cronómetro, quizás humano.
—Aunque no sepas nada la vas a pagar por moishe.
Me aseguraron que el “problema de la subversión” era el que más les preocupaba, pero el “problema judío” le seguía en importancia y estaban archivando información. Me amenazaron por haber dicho palabras en judío en la calle (mi apellido) y por ser una moishe de mierda, con la que harían jabón... el interrogatorio lo centraron en cuestiones judías. Me preguntaban los nombres de las personas que iban a viajar a Israel conmigo. Uno de ellos sabía hebreo, o al menos algunas palabras que ubicaba adecuadamente en la oración. Procuraba saber si había entrenamiento militar en los kibbutzim (granjas colectivas), pedían descripción física de los organizadores de los planes como aquel en el que yo estaba (Sherut Laam), descripción del edificio de la Agencia Judía (que conocía a la perfección). Nunca más.

Nora Strejilevich

Conocen a la perfección el edificio de la Agencia Judía. Uno de ellos me refresca la memoria:
—Adelante está la escalera, arriba la oficina de atención al público. ¿Te acordás ahora?
Como me niego a recordar al que me atendió, me lo describe con lujo de detalles.

¿Quién es este que sabe tanto? Y si sabe tanto ¿para qué pregunta?
En los centros clandestinos en los que actuó, el Turco Julián se paseaba mostrando un llavero con la cruz esvástica, tenía especial ensañamiento con los detenidos judíos, y les llevaba a los presos literatura nazi para que leyeran. La Nación, 2 de mayode 1995

—Ustedes son judíos pero son buenos, le había dicho a mamá la vecina de enfrente. Ellos eran alemanes y según mis padres, SS. Refugiados en Sudamérica tras la Segunda Guerra Mundial. Mis abuelos, en cambio, son rusos y polacos que llegan a la Argentina para 1910. Año de pomposos emblemas: paz, unión, integración. Es el centenario de la Revolución de Mayo, año generoso en conmemoraciones e himnos a la patria. La confianza en nuestra predestinación a la grandeza es eufórica, el crisol de razas, un hecho.

Miles de ojos miran hacia América desde las estepas y las montañas de Europa. Miles de oídos auscultan el horizonte dorado y prometedor de la pampa. Superponen un paisaje de pogroms, migraciones y destrucción a este paisaje bucólico que solo exige trabajo. Muchos vienen. Anclan en Buenos Aires. En sus playas de barro depositan baúles y bultos. Amarran sus carros y barcos. Enarbolan sus veinte o cincuenta años de vida anudados en ropa, recuerdos y candelabros.

¿Convivieron con las olas por sesenta días y sesenta noches? ¿Fueron a parar al Hotel de Inmigrantes, con sus hermanos de barco? ¿O remontaron esa misma noche el río Uruguay hasta Entre Ríos?

Recién entonces se percatan de sus deberes: transformarse en dioses. Hacer brotar cultivos sin herramientas, vivir sin techo. Casi. Hay carpas de lona y el horizonte salvaje cubierto de pastizales. Quién sabe las historias que allí se tejen. Al calor del sol y del nuevo ritual construyen hornos, cavan pozos, trazan surcos, trillan, cuidan arados y ven crecer el trigo como una vasta sábana verde. No hay mucho: unos pocos rastrillos, palas y muchas manos que aprenden la tierra. La desolación se oculta con cortinas de teatro, festejos, rezos y melodías románticas de países remotos. No logran con eso paliar sequías, langostas, heladas e inundaciones. Al abuelo Isidoro no le atraen ni el campo, ni las bambalinas, ni las plagas naturales. Hace rancho aparte, se muda a la capital. Se alquilan piezas, anuncia por todas partes Buenos Aires.

Nora Strejilevich, Una sola muerte numerosa, Córdoba, Argentina:
Editorial Alción, 1997.

***                                              
El desbarrancadero
Por Fernando VALLEJO

Cuando le abrieron la puerta entró sin saludar, subió la escalera, cruzó la segunda planta, llegó al cuarto del fondo, se desplomó en la cama y cayó en coma. Así, libre de sí mismo, al borde del desbarrancadero de la muerte por el que no mucho después se habría de despeñar, pasó los que creo que fueron sus únicos días en paz desde su lejana infancia. Era la semana de navidad, la más feliz de los niños de Antioquia. ¡Y qué hace que éramos niños! Se nos habían ido pasando los días, los años, la vida, tan atropelladamente como ese río de Medellín que convinieron en alcantarilla para que arrastrara, entre remolinos de rabia, en sus aguas sucias, en vez de las sabaletas resplandecientes de antaño, mierda, mierda y más mierda hacia el mar.

Para el año nuevo ya estaba de vuelta a la realidad: a lo ineluctable, a su enfermedad, al polvoso manicomio de su casa, de mi casa, que se desmoronaba en ruinas. ¿Pero de mi casa digo? ¡Pendejo! Cuánto hacía que ya no era mi casa, desde que papi se murió, y por eso el polvo, porque desde que él faltó ya nadie la barría. La Loca había perdido con su muerte más que un marido a su sirvienta, la única que le duró. Medio siglo le duró, lo que se dice rápido. Ellos eran el espejo del amor, el sol de la felicidad, el matrimonio perfecto. Nueve hijos fabricaron en los primeros veinte años mientras les funcionó la máquina, para la mayor gloria de Dios y de la patria.

¡Cuál Dios, cuál patria! ¡Pendejos! Dios no existe y si existe es un cerdo y Colombia un matadero. ¡Y yo que juré no volver!

Nunca digas de esta agua no beberé porque al ritmo a que vamos y con los muchos que somos el día menos pensado estaremos bebiendo todos el agua-mierda de ese río. Que todo sea para la mayor gloria del que dije y la que dije. Amén.

Volví cuando me avisaron que Darío, mi hermano, el primero de la infinidad que tuve se estaba muriendo, no se sabía de qué. De esa enfermedad, hombre, de maricas que es la moda, del modelito que hoy se estila y que los pone a andar por las calles como cadáveres, como fantasmas translúcidos impulsados por la luz que mueve a las mariposas. ¿Y que se llama cómo? Ah, yo no sé. Con esta debilidad que siempre he tenido yo por las mujeres, de maricas nada sé, como no sea que los hay de sobra en este mundo incluyendo presidentes y papas. Sin ir más lejos de este país de sicarios, ¿no acabamos pues de tener aquí de Primer Mandatario a una Primera Dama? Y hablaban las malas lenguas
(que de esto saben más que las lenguas de fuego del Espíritu Santo) de la debilidad apostólica que le acometió al Papa Pablo por los chulos o marchette de Roma. La misma que me acometió a mí cuando estuve allá y lo conocí, o mejor dicho lo vi de lejos, un domingo en la mañana y en la plaza de San Pedro bendiciendo desde su ventana. ¡Cómo olvidarlo! Él arriba bendiciendo y abajo nosotros el rebaño aborregados en la cerrazón de la plaza.

En mi opinión, en mi modesta opinión, bendecía demasiado y demasiado inespecíficamente y con demasiada soltura, como si tuviera la mano quebrada, suelta, haciendo en el aire cruces que teníamos que adivinar. Como notario que de tanto firmar daña la firma, de tanto bendecir Su Santidad había dañado su bendición. Bendecía desmañadamente, para aquí, para allá, para el Norte, para el Sur, para el Oriente, para el Occidente, a quien quiera y a quien le cayera, a diestra y siniestra, a la diabla. ¡Qué chaparrón de bendiciones el que nos llovió! Esa mañana andaba Su Santidad más suelto de la manita que médico recetando antibióticos.

Toqué y me abrió el Gran Güevón, el semiengendro que de último hijo parió la Loca (en mala edad, a destiempo, cuando ya los óvulos, los genes, estaban dañados por las mutaciones). Abrió y ni me saludó, se dio la vuelta y volvió a sus computadoras, al Internet. Se había adueñado de la casa, de esa casa que papi nos dejó cuando nos dejó y de paso este mundo. Primero se apoderó de la sala, después del jardín, del comedor, del patio, del cuarto del piano, la biblioteca, la cocina y toda la segunda planta incluyendo en los cuartos los techos y en el techo la antena del televisor.

Con decirles que ya era suya hasta la enredadera que cubría por fuera el ventanal de la fachada, y los humildes ratones que en las noches venían a mi casa a malcomer, vicio del que nos acabamos de curar nosotros definitivamente cuando papi se murió.
—¿Y este semiengendro por qué no me saluda, o es que dormí con él?

No me hablaba desde hacía añales, desde que floreció el castaño. Se le había venido incubando en la barriga un odio fermentado contra mí, contra este amor, su propio hermano, el de la voz, el que aquí dice yo, el dueño de este changarro. En fin, qué le vamos a hacer, mientras Darío no se muriera estábamos condenados a seguirnos viendo bajo el mismo techo, en el mismo infierno. El infiernito que la Loca construyó, paso a paso, día a día, amorosamente, en cincuenta años. Como las empresas sólidas que no se improvisan, un infiernito de tradición.

Pasé. Descargué la maleta en el piso y entonces vi a la Muerte en la escalera, instalada allí la puta perra con su sonrisita inefable, en el primer escalón. Había vuelto. Si por lo menos fuera por mí... ¡Qué va! A este su servidor (suyo de usted, no de ella) le tiene respeto. Me ve y se aparta, como cuando se tropezaban los haitianos en la calle con Duvalier.
—No voy a subir, señora, no vine a verla. Como la Loca, trato de no subir ni bajar escaleras y andar siempre en plano. Y mientras vuelvo cuídese y me cuida de paso la maleta, que en este país de ladrones en un descuido le roban a uno los calzoncillos y a la Muerte la hoz.

Y dejé a la desdentada cuidando y seguí hacia el patio. Allí estaba, en una hamaca que había colgado del mango y del ciruelo, y bajo una sábana extendida sobre los alambres de secar ropa que lo protegía del sol.
—¡Darío, niño, pero si estás en la tienda del cheik!

Se incorporó sonriéndome como si viera en mí a la vida, y solo la alegría de verme, que le brillaba en los ojos, le daba vida a su cara: el resto era un pellejo arrugado sobre los huesos y manchado por el sarcoma.
—¡Qué pasó, niño! ¿Por qué no me avisaste que estabas tan mal? Yo llamándote día tras día a Bogotá desde México y nadie me contestaba. Pensé que se te había vuelto a descomponer el teléfono.

No, el descompuesto era él que se estaba muriendo desde hacía meses de diarrea, una diarrea imparable que ni Dios Padre con toda su omnipotencia y probada bondad para con los humanos podía detener. Lo del teléfono eran dos simples cables sueltos que su desidia ajena a las llamadas de este mundo mantenía así en el suelo mientras flotaba rumbo al cielo, contenida por el techo, una embotada nube de marihuana que se alimentaba a sí misma. El teléfono tenía arreglo. Él no. Con sida o sin sida era un caso perdido. ¡Y miren quién lo dice!

[…]

Tres meses después yacía en su cama muerto, justamente porque el hígado no se le renovó. ¡Qué se va a renovar! Aquí los únicos que se renuevan son estos hijos de puta en la presidencia. Pobre papi, a quien quise tanto. Ochenta y dos años vivió, bien rezados. Lo cual es mucho si se mira desde un lado, pero si se mira desde el otro muy poquito. Ochenta y dos años no alcanzan ni para aprenderse uno una enciclopedia.
—¿O no, Darío? Tenemos que aguantar a ver si acabamos de remontar la cuesta de este siglo que tan difícil se está poniendo.

Pasado el 2000 todo va a ser más fácil: tomaremos rumbo a la eternidad de bajada. Hay que creer en algo, aunque sea en la fuerza de la gravedad. Sin fe no se puede vivir.

Entonces, mientras yo lo veía armar un cigarrillo de marihuana, me contó cómo se había precipitado el desastre: a los pocos días de estarse tomando un remedio que yo le había mandado de México empezó a subir de peso y a llenársele la cara como por milagro. ¡Qué milagro ni qué milagro! Era que había dejado de orinar y estaba acumulando líquidos: después de la cara se le hincharon los pies y a partir de ese momento la cosa definitivamente se jodió
porque ya no pudo ni caminar para subir a ese apartamento suyo de Bogotá situado en el pico de una falda coronando una montaña, tan, tan, tan, tan alto que las nubes del cielo se confundían con sus nubes de marihuana. De inmediato comprendí qué había pasado.

La fluoximesterona, la porquería que le mandé, era un andrógeno anabólico que se estaba experimentando en el sida dizque para revertir la extenuación de los enfermos y aumentarles la masa muscular. En vez de eso a Darío lo que le provocó fue una hipertrofia de la próstata que le obstruyó los conductos urinarios. Por eso la acumulación de líquidos y el milagro de la rozagancia de la cara.
—Hombre Darío, la próstata es un órgano estúpido. Por ahí empiezan casi todos los cánceres de los hombres, y como no sea para la reproducción no sirve para nada. Hay que sacarla. Y mientras más pronto mejor, no bien nazca el niño y antes de que madure y se reproduzca el hijueputica. Y de paso se le sacan el apéndice y las amígdalas. Así, sin tanto estorbo, podrá correr más ligero el angelito y no tendrá ocasión de hacer el mal.

Y acto seguido, en tanto él acababa de armar el cigarrillo de marihuana y se lo empezaba a fumar con la naturalidad de la beata que comulga todos los días, le fui explicando el plan mío que constaba de los siguientes cinco puntos geniales: Uno, pararle la diarrea con un remedio para la diarrea de las vacas, la sulfaguanidina, que nunca se había usado en humanos pero que a mí se me ocurrió dado que no es tanta la diferencia entre la humanidad y los bovinos como no sea que las mujeres producen con dos tetas menos leche que las vacas con cinco o seis. Dos, sacarle la próstata. Tres, volverle a dar la fluoximesterona. Cuatro, publicar en El Colombiano, el periódico de Medellín, el consabido anuncio de “Gracias Espíritu Santo por los favores recibidos”. Y quinto, irnos de rumba a la Côte d’Azur.
—¿Qué te parece?
Que le parecía bien. Y mientras me lo decía se atragantaba con el humo de la maldita yerba, que es bendita.
—Esa marihuana es bendita, ¿o no, Darío?
¡Claro que lo era, por ella estaba vivo! El sida le quitaba el apetito, pero la marihuana se lo volvía a dar.
—Fumá más, hombre.

Palabras necias las mías. No había que decírselo. Mi hermano era marihuano convencido desde hacía cuando menos treinta años, desde que yo le presenté a la inefable. Con esta inconstancia mía para todo, esta volubilidad que me caracteriza, yo la dejé poco después. Él no: se la sumó al aguardiente. Y le hacían cortocircuito. El desquiciamiento que le provocaba a mi hermano la conjunción de los dos demonios lo ponía a hacer chambonada y media: rompía vidrios, chocaba carros, quebraba televisores.

A trancazos se agarraba con la policía y un día, en un juzgado, frente a un juez, tiró por el balcón al juez. A la cárcel Modelo fue a dar, una temporadita. Cómo salió vivo de allí, de esa cárcel que es modelo pero del matadero, no lo sé. De eso no hablaba, se le olvidaba. Todo lo que tenía que ver con sus horrores se le olvidaba.

Que era problema de familia, decía, que a nosotros dizque se nos cruzaban los cables.
—Se le cruzarán a usted, hermano. ¡A mí no, toco madera! Tan, tan.

Andaba por la selva del Amazonas en plena zona guerrillera con una mochilita al hombro llena de aguardiente y marihuana y sin cédula, ¿se imagina usted? Nadie que exista, en Colombia, anda sin cédula. En Colombia hasta los muertos tienen cédula, y votan. Dejar uno allá la cédula en la casa es como dejar el pipí, ¡quién con dos centigramos de cerebro la deja!
—¿Por qué carajos, Darío, no andás con la cédula, qué te cuesta?
—No tengo, me la robaron.
—¡Estúpido!

Dejarse robar uno la cédula en Colombia es peor que matar a la madre.
—¿Y si con tu cédula matan a un cristiano qué?
Que qué va, que qué iba, que no iban a matar a nadie, que dejara ese fatalismo. ¡Fatalismo! Esa palabra, ya en desuso, la aprendimos de la abuela. Viene del latín, de “fatum”, destino, que siempre es para peor. ¡Raquelita, madre abuela, qué bueno que ya no estás para que no veas el derrumbe de tu nieto!

Por la selva del Amazonas andaba pues sin cédula. ¿Cómo pasaba los retenes del ejército sin cédula para irse a fumar marihuana en el corazón de la jungla? Vaya Dios a saber, de eso tampoco hablaba. De nada hablaba. Vidrio que él quebró, casa que él destrozó, ajena o propia, vidrio y casa que se le borraban de la cabeza ipso facto.

Fernando Vallejo, El desbarrancadero, Madrid: Alfaguara, 2001.


Articulo: http://www.elboomeran.com/ 11/2013

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