dimanche 10 novembre 2013

Oliver SACKS/El cronista de la mente

Científico y narrador
Oliver Sacks: el cronista de la mente
Por Oliver Sacks 

En la frontera entre literatura y medicina, el célebre neurólogo inglés construyó una obra en que los casos clínicos reales resultan tan apasionantes como una novela; su nuevo libro, Alucinaciones, que publicará Anagrama en estos días, se centra en las visiones derivadas de un raro síndrome; un fragmento de anticipo y un análisis de su figura.

Un día de finales de noviembre de 2006, recibí una llamada de emergencia de una residencia de ancianos en la que trabajo. Uno de los residentes, Rosalie, una mujer de más de noventa años, de repente había empezado a ver cosas, a tener extrañas alucinaciones que parecían extraordinariamente reales. Las enfermeras habían llamado al psiquiatra para que la visitara, pero también se preguntaban si el problema no podría ser de origen neurológico: Alzheimer, quizá, o una apoplejía.

Cuando llegué y la saludé, me sorprendió comprobar que Rosalie estaba totalmente ciega, algo que las enfermeras no me habían mencionado. Aunque llevaba años sin ver nada, ahora "veía" cosas justo delante de ella.

"¿Qué tipo de cosas?", pregunté.

"¡Gente que lleva vestidos orientales!", exclamó ella. "Con telas drapeadas; suben y bajan escaleras..., un hombre que se vuelve hacia mí y sonríe, pero en un lado de la boca tiene los dientes enormes. También veo animales. Veo una escena con un edificio blanco, y está nevando: una nieve blanca, que se arremolina. Veo un caballo (no es un caballo bonito, es un caballo de labor) con un arnés, quitando la nieve..., pero cambia sin cesar... Ahora veo muchos niños; suben y bajan las escaleras. Llevan colores vivos: rosa, azul..., como un vestido oriental."

Llevaba varios días viendo estas escenas.

En el caso de Rosalie, observé que (al igual que ocurre con muchos otros pacientes) mientras alucinaba tenía los ojos abiertos, y aunque no podía ver nada, sus ojos se movían de aquí para allá, como si de hecho estuviera mirando algo. Fue lo primero que llamó la atención de las enfermeras. Ese gesto de mirar o escudriñar no ocurre con las escenas imaginadas; casi todo el mundo, cuando visualiza o se concentra en sus imágenes internas, tiende a cerrar los ojos o a poner una mirada abstraída, como si no observara nada en particular. Como pone de manifiesto Colin McGinn en su libro Mindsight, nadie espera descubrir nada sorprendente o novedoso en sus propias imágenes, mientras que las alucinaciones pueden estar llenas de sorpresas. A menudo son mucho más detalladas que las imágenes, y reclaman que se las inspeccione y estudie.

Rosalie dijo que sus alucinaciones se parecían más "a una película" que a un sueño; y al igual que una película, a veces le fascinaban y otras le aburrían ("todo ese subir y bajar, tanta vestimenta oriental"). Iban y venían, y parecían no tener nada que ver con ella. Eran imágenes mudas, y la gente no parecía fijarse en ella. Aparte de ese misterioso silencio, las figuras parecían bastante sólidas y reales, aunque a veces tenían sólo dos dimensiones. Pero ella nunca había experimentado nada parecido, así que no podía dejar de preguntarse si se estaba volviendo loca.

Interrogué concienzudamente a Rosalie, pero no descubrí nada que sugiriera confusión o delusión. Al examinar sus ojos con un oftalmoscopio, pude ver el desastroso estado de sus retinas, pero ninguna otra dolencia. Desde el punto de vista neurológico, su estado era completamente normal: se trataba de una anciana de carácter decidido y muy vigorosa para sus años. La tranquilicé acerca del estado de su cerebro y su mente; la verdad es que parecía bastante cuerda. Le expliqué que sus alucinaciones, aunque parezca mentira, no son infrecuentes en personas ciegas o con la vista dañada, y que no se trata de visiones "psiquiátricas", sino de una reacción del cerebro a la pérdida de la visión. Padecía algo que se conoce como el síndrome de Charles Bonnet.

Rosalie asimiló la información y dijo que no comprendía por qué había comenzado a tener alucinaciones ahora, después de varios años de ceguera. Pero quedó muy contenta y tranquila después de que le dijera que sus alucinaciones representaban una enfermedad identificada que incluso tenía nombre. Se incorporó y dijo: "Dígaselo a las enfermeras..., que padezco el síndrome de Charles Bonnet". A continuación me preguntó: "Por cierto, ¿quién era ese tal Charles Bonnet?"

Charles Bonnet fue un naturalista suizo del siglo XVIII cuyas investigaciones cubrieron campos muy variados, desde la entomología hasta la reproducción y regeneración de los pólipos y otros animálculos. Cuando de resultas de una enfermedad ocular ya no pudo seguir utilizando su amado microscopio, se pasó a la botánica -llevó a cabo experimentos pioneros de fotosíntesis-, luego a la psicología, y finalmente a la filosofía. Cuando se enteró de que su abuelo Charles Lullin había comenzado a tener "visiones" a medida que le fallaba la vista, Bonnet le pidió que le dictara lo que veía con todo detalle.

En su libro de 1690 Ensayo sobre el entendimiento humano, John Locke expuso la idea de que la mente es una tabla rasa hasta que recibe información de los sentidos. Este "sensacionalismo", como lo llamó, se hizo muy popular entre los filósofos y racionalistas del siglo XVIII, Bonnet entre ellos. Bonnet también concebía el cerebro como "un órgano de composición intrincada, o más bien, un conjunto de diferentes órganos". Todos estos diferentes "órganos" poseían su función diferenciada. (Esta concepción modular del cerebro resultó radical en la época, pues el cerebro sigue siendo ampliamente considerado como indiferenciado y uniforme en su estructura y función.) Así fue como Bonnet atribuyó las alucinaciones de su abuelo a una continuada actividad en lo que, postuló, eran partes visuales del cerebro: una actividad que ahora se basaba en la memoria, ya que no podía basarse en la sensación.

Bonnet -que posteriormente experimentó alucinaciones semejantes cuando su vista decayó- publicó un breve relato de las experiencias de Lullin en su libro de 1760 Essai analytique sur les facultés de l'âme, dedicado a considerar la base fisiológica de diversos sentidos y estados mentales, pero el relato original de Lullin, que ocupaba dieciocho páginas de un cuaderno, estuvo perdido durante casi ciento cincuenta años, y sólo salió a la luz a principios del siglo XX. Douwe Draaisma ha traducido recientemente el relato de Lullin, incluyéndolo en una detallada historia del síndrome de Charles Bonnet en su libro Dr. Alzheimer, supongo.

Contrariamente a Rosalie, Lullin no había perdido la vista del todo, y sus alucinaciones se superponían a lo que veía en el mundo real. Draaisma resumió el relato de Lullin:

A partir de febrero de 1758, empezó a ver objetos extraños que flotaban en su campo visual. Todo comenzó con algo que asemejaba un pañuelo azul, con un circulito amarillo en cada esquina. [...] El pañuelo seguía los movimientos de su mirada: allí donde mirara, ya fuera una pared, su cama o un tapiz, el pañuelo se colocaba delante y tapaba los objetos corrientes de la habitación. Lullin estaba perfectamente lúcido y en ningún momento pensó que de verdad hubiera un pañuelo azul. [...] Un buen día de agosto, Lullin recibió la visita de dos de sus nietas. Sentado en su sillón frente a la chimenea, ellas tomaron asiento a su lado derecho. Del lado izquierdo llegaron caminando dos hombres jóvenes; ambos lucían unos preciosos abrigos en rojo y gris, sus sombreros ribeteados con galón de plata. "¡Qué caballeros tan apuestos os acompañan!", les dijo a sus nietas, "¿por qué no me avisasteis de que vendrían?" Ellas le juraron que no veían nada. Al igual que el pañuelo, poco después los dos hombres se desvanecieron sin dejar rastro. En las semanas siguientes muchas personas imaginarias vinieron a visitarle, todas ellas damas con peinados muy elegantes, algunas incluso traían una cajita en la cabeza. [...]

Poco tiempo después, Lullin, de pie frente a la ventana, vio llegar un carruaje que se detuvo frente a la casa de los vecinos. Para su sorpresa, vio cómo el carruaje crecía hasta alcanzar el canalón del tejado, a nueve metros de altura, todo en su debida proporción. [...]

La variedad de las imágenes sorprendía a Lullin: a veces veía una nube de puntitos que de repente se transformaba en una bandada de palomas o en un grupo de mariposas revoloteantes. O veía flotar en el aire una rueda giratoria, de las que se usaban en las grúas. En otra ocasión, mientras paseaba por la ciudad se había asombrado al ver unos andamios gigantescos; al llegar a casa vio los mismos andamios montados en su habitación, pero en miniatura, a lo sumo de un metro de altura.

Tal como descubrió Lullin, las alucinaciones del síndrome de Charles Bonnet iban y venían; las suyas duraron unos meses y después desaparecieron para siempre.

En el caso de Rosalie, sus alucinaciones remitieron a los pocos días, tan misteriosamente como habían aparecido. Casi un año después, sin embargo, recibí otra llamada telefónica de las enfermeras diciéndome que Rosalie se encontraba "en un estado terrible". Las primeras palabras que pronunció Rosalie al verme fueron: "De manera repentina, surgiendo de un cielo azul y despejado, el Charles Bonnet ha regresado con una fuerza insólita". Me relato cómo unos días antes "unas figuras habían comenzado a caminar a su alrededor; la habitación parecía abarrotada. Las paredes se convirtieron en enormes puertas; cientos de personas comenzaron a entrar. Las mujeres iban muy bien emperifolladas, con hermosos sombreros verdes y pieles adornadas con oro; pero los hombres eran aterradores: grandes, amenazantes, con aspecto poco respetable, desaliñados, y movían los labios como si hablaran".

En aquel momento, a Rosalie las visiones le parecieron totalmente reales. Casi había olvidado haber padecido el síndrome de Charles Bonnet. Me dijo: "Estaba tan asustada que chillaba y chillaba: '¡Sacadlos de mi habitación, abrid las puertas! ¡Sacadlos y luego cerrad las puertas!'" Oyó que una enfermera decía de ella: "No está en su sano juicio".

Tres días más tarde, Rosalie me dijo: "Creo que sé qué ha vuelto a provocarlas". Añadió que los primeros días de aquella semana habían sido muy tensos y agotadores. Había llevado a cabo un largo y caluroso trayecto hasta Long Island para ver a un especialista gastrointestinal, y por el camino había sufrido una fea caída hacia atrás. Había llegado con muchas horas de retraso, conmocionada, deshidratada y casi al borde del colapso. La habían acostado y se había sumido en un sueño profundo. A la mañana siguiente, nada más despertar experimentó aterradoras visiones de gente irrumpiendo en su habitación a través de las paredes que duraron treinta y seis horas. A continuación se sintió un poco mejor y comprendió qué le estaba ocurriendo. En aquel momento le ordenó a un joven voluntario que buscara información del síndrome de Charles Bonnet en internet y entregara copias a las enfermeras, para que éstas supieran qué le ocurría.

Durante los días siguientes, sus visiones eran mucho más débiles y cesaban del todo mientras hablaba con alguien o escuchaba música. Sus alucinaciones se habían vuelto "más tímidas", dijo, y ahora sólo tenían lugar por la noche, si se sentaba en silencio. Me acordé del pasaje de En busca del tiempo perdido en el que Proust menciona las campanas de la iglesia de Combray, cuyo sonido parecía apagado durante el día, y que sólo se oían cuando el alboroto y el estruendo del día se apagaban.

Traducción Damián Alcu

***
La comedia de las rarezas humanas
Por Nora Bär 

Los noventa años y cuando está completamente ciega, Rosalie comienza a ver gente que lleva vestidos orientales. Dorothy S. percibe palabras que no pertenecen a ningún lenguaje conocido. Marjorie J., que padece un glaucoma que afecta casi toda la mitad inferior de su visión, ve música, líneas, espacios, notas. Zelda ve rosas cuando cierra los ojos. Joe Simpson escucha voces después de sufrir un accidente catastrófico al caer de una cornisa de hielo en los Andes. Daniel Breslaw, un estudiante que prueba LSD, ve estrellas dentro del cuarto.

Personajes como éstos y muchos otros, cuyos cerebros se internan por caminos inexplorados de las infinitas dimensiones de lo que llamamos "realidad", son los que dan vida a la variopinta comedia humana que a lo largo de más de cuarenta años viene urdiendo el neurólogo inglés Oliver Sacks. Con relatos en los que entreteje ciencia y literatura con exquisita sensibilidad, y en los que no elude la emoción de la experiencia personal, Sacks se convirtió sin duda en el más eximio cronista de las rarezas de la mente.

La carrera que dio lugar a su vasta obra empezó en el lugar menos imaginable: el jardín del Einstein College of Medicine, en Nueva York, al que había llegado en 1965, después de graduarse en el Queen's College de la Universidad de Oxford, de entrenarse en Canadá y de doctorarse en la Universidad de California en Los Ángeles.

El menor de los cuatro hijos del médico Samuel Sacks y de una de las primeras cirujanas de Inglaterra, Muriel Elsie Landau, había nacido en Londres el 9 de julio de 1933, y no estaba en sus planes convertirse en escritor.

"Quería convertirme en un verdadero científico, del tipo de los que hacen experimentos en el laboratorio.", cuenta en una reciente entrevista por su cumpleaños número 80 en el programa estadounidense de divulgación de temas científicos Radiolab. Había obtenido una posición para estudiar. gusanos. "Sí, temo que debo haber perpetrado un genocidio de gusanos [.] -bromea-. Los recolectaba de a cientos, de a miles. En total deben haber sido como decenas de miles."

La misión de Sacks era poner bajo la lupa las reacciones de los gusanos ante distintos estímulos para estudiar su sistema nervioso. En particular, se concentró en una finísima membrana que rodea las neuronas -la vaina de mielina- que interviene en la transmisión de los impulsos a lo largo de los nervios. La retiraba muy delicada y lentamente para llegar a reunir una pequeña cantidad, tal vez una milésima del peso del gusano. "Por supuesto, como todos los científicos, tomaba notas -cuenta Sacks-. Registraba anotaciones muy detalladas, en un enorme cuaderno verde, mi cuaderno de laboratorio. En ese tiempo vivía en el West Village, tenía una moto e iba diariamente al Einstein [que queda] en el Bronx. Por las noches, a veces me llevaba el cuaderno a casa para revisarlo. Pero un día estaba apurado, no lo sujeté bien a mi moto y mientras cruzaba el Bronx el cuaderno se soltó y se cayó. Me detuve y observé el centro de la calle por la que pasaba una enorme cantidad de conductores, muy veloces, muy agresivos, que en lugar de respetar mi sagrado cuaderno, lo estaban destrozando página por página. Dos veces intenté internarme en el tránsito, pero hubiera sido fatal. Así que perdí mi cuaderno ¡con nueve meses de anotaciones! A pesar de todo, me dije, podría continuar mi trabajo y obtener más resultados. Pero después tuve otro accidente: ¡perdí la mielina que había estado recolectando durante esos nueve meses!"

Dos errores como ésos no podían presagiar nada bueno. Los directores del centro en el que trabajaba fueron a verlo y le dieron un consejo, amable pero firme, que le cambiaría la vida: "Sacks, usted es una amenaza. Dedíquese a tratar pacientes, hará menos daño". Ese día se terminó su trabajo en la mesada del laboratorio y comenzaría otra historia.

Aterrizó en un hogar para ancianos, el Beth Abraham Home for Incurables, en el Bronx, un lugar que no hubiera atraído a ningún médico con aspiraciones y que sin embargo resultó un entorno perfecto para Sacks, un espíritu retraído y que, hoy lo reconoce, está dominado por una extrema timidez a la que nunca pudo sobreponerse. Allí podía pasar gran parte del día con pacientes, un grupo de individuos muy particulares que serían el motivo de un encontronazo frontal entre Oliver y la comunidad científica de mediados del siglo pasado.

"Al llegar me pregunté: '¿Qué está pasando aquí?' -recuerda-. Donde fuera que mirara, veía personas, algunas paradas, otras sentadas, pero todas quietas, como estatuas de hielo."

Los pacientes inmóviles de Sacks se habían enfermado en los años veinte o treinta de un tipo de encefalitis llamada "letárgica". Habían sobrevivido, pero se habían convertido en "volcanes extinguidos". En 1966, un año después de su llegada, una afortunada coincidencia (en las vidas de novela siempre se necesita alguna para que se cumplan los designios del destino) puso en sus manos una herramienta insospechada para ayudarlos: un trabajo científico mostraba que un nuevo fármaco, la levodopa, parecía lograr que pacientes con mal de Parkinson se "aflojaran". Decidió pedir algunas dosis para hacer un estudio y comenzó a administrárselas a sus pacientes. Los cambios fueron increíbles.

"Empezaron a volverse más atentos a su entorno, capaces de moverse y de sentir como no lo habían hecho en décadas -cuenta-. [.] Una de ellas me dijo: 'Soy una nueva persona. Siento tanto que no puedo contarlo'. Otra, 'Quisiera expresar lo que siento, [...] quisiera tener un diccionario para buscar palabras para [expresar] mis sentimientos'."

En esos años, el neurólogo debutante debería haber llenado formularios para informar sus resultados. Redactar un informe con cifras, cuadros, mediciones... Pero Sacks sintió que eso no era suficiente, que había visto tanto que no podía "encorsetarlo" dentro de las rígidas fórmulas del lenguaje científico.

Sacks acababa de leer dos libros del neurólogo ruso Alexander Luria. Uno se trataba de un hombre con una memoria notable, relatado de forma tan vívida que el científico se había devorado las primeras veinte páginas creyendo que era una novela. Era una "descripción de caso", pero con profusión de detalles emotivos y de referencias al drama humano de su paciente. El otro fue El cerebro humano y los procesos psicológicos, del mismo autor.

"Me asombraron su agudeza, su profundidad, su dulzura narrativa -explica-. Y me dije: 'Espera un segundo, Oliver: este hombre está haciendo exactamente lo que yo quiero hacer'. Y de repente me puse celoso porque este tipo lo estaba haciendo muy bien. Y me repetí: 'Este hombre ha visto todo, y lo escribe tan bien que pronto habrá escrito todo lo que yo pueda escribir, así que no va a haber lugar para mí en el mundo, Luria lo habrá contado todo'."

Y así, acicateado por Alexander Luria, Oliver Sacks se sentó y escribió Despertares.
La obra se publicó en 1974 y llamó la atención del mundillo artístico neoyorquino. Pero pasó sin pena ni gloria en el ámbito de la investigación y no fue reseñada por ninguna revista de su especialidad. La comunidad científica simplemente lo ignoró. En el mejor de los casos, sus colegas quedaron perplejos: "Esto no es ciencia, es anecdótico", adujeron. "¿Donde están los datos? ¿Qué está haciendo Sacks?", se preguntaban. También hay quienes adoptaron una posición mucho más crítica y lo acusaron de utilizar a sus pacientes para impulsar una carrera literaria.

Cuando se encontró en medio de una disputa que tenía ribetes de crueldad, el apoyo de poetas, autores de teatro, escritores y una carta llegada desde Moscú firmada por el mismísimo Luria dándole su apoyo le ofrecieron el aliento que lo impulsó a seguir escribiendo.

Desde entonces, viene contando historias. Historias sobre personas que sufren agnosia visual (El hombre que confundió a su mujer con un sombrero), sobre momentos olvidados de los descubrimientos científicos (Historias de la ciencia y el olvido, junto con Daniel Kevles, R.C. Lewontin, Stephen Jay Gould y Jonathan Miller), sobre la sordera (Veo una voz: viaje al país de los sordos), talentos artísticos (Musicofilia: relatos de la música y el cerebro), gente que puede comunicarse con otros a pesar de haber perdido habilidades que consideramos indispensables, como una concertista de piano que aún distingue las letras del alfabeto pero ya no puede leer la notación musical, o su propia incapacidad de reconocer las caras (Los ojos de la mente), sobre pintores que dejan de ver el color y otros que tras toda una vida de ceguera recuperan la vista sólo para darse cuenta de que no saben ver; autistas que tan sólo pueden comprender a los animales (Un antropólogo en Marte: siete relatos paradójicos) y sobre sus propios problemas cuando, por un accidente mientras caminaba en la montaña en solitario, perdió el control de una pierna (Con una sola pierna).
En este último libro se percibe su mirada de antologista, a la vez distante y extraordinariamente cercana, que no se detiene ni ante sus propias afecciones:
Llevaba quince años realizando observaciones neurológicas en mis pacientes, cuando en 1974 tuve una experiencia neurológica propia: experimenté, por decirlo de algún modo, un síndrome neurofisiológico desde "dentro". Los nervios y los músculos de mi pierna izquierda quedaron gravemente lesionados tras sufrir un accidente mientras practicaba el alpinismo en un lugar remoto de Noruega. Tuve que someterme a una operación quirúrgica para unir los tendones de los músculos, y pasó algún tiempo hasta que los nervios se recuperaron. Durante las dos semanas en las que mi pierna permaneció desnervada e inmovilizada con escayola, aquélla no sólo quedó privada de movimiento y de sensaciones, sino que además dejó de parecerme parte de mi cuerpo. Se había convertido en un objeto sin vida, casi inorgánico, irreal, inconcebiblemente ajeno y extraño. Pero cuando intenté comunicar la experiencia a mi médico, éste me dijo: "Sacks, eres único. Jamás he oído decir a un paciente cosa igual".

Amado y criticado con similar intensidad, como neurólogo Sacks es un maravilloso escritor, y como escritor exhibe una precisión y un conocimiento de primera mano que enriquecen con detalles inimaginables sus historias. En todos sus libros pasa por alto signos clínicos para describir, en cambio, las vivencias subjetivas de sus pacientes/personajes. La mayoría de las alteraciones que atraen su atención son extrañas o infrecuentes, pero él las enfoca con compasión hacia sus sujetos de observación, subrayando las estrategias que les permiten sobreponerse a aflicciones que amenazan su más primario sentido de la identidad. Sacks recupera el drama humano que hay detrás de la enfermedad y que muchas veces los médicos no alcanzan o no quieren ver. Retrata, como titula la periodista científica Natalie Angier un artículo para The New York Times sobre una serie de la BBC inspirada en su vida y su trabajo, "una galería de rarezas humanas que son, después de todo, seres humanos".

Ubicado en esa frontera difusa que divide la medicina y la literatura, en su último libro, Alucinaciones (Anagrama), escribe sobre esos extraños objetos mentales que "surgen de la nada" y que "podrían haber dado lugar a nuestro arte, nuestro folklore e incluso nuestra religión". A la manera de Linneo, Von Humboldt, Ameghino y otros naturalistas de los siglos XVIII y XIX, presenta una suerte de catálogo o taxonomía de las alucinaciones: de letras, de seudopalabras, de figuras y personajes, de olores y de sonidos, por drogas, dolor, soledad, reclusión y cansancio extremos. Algunas, incluso, fueron experimentadas por él mismo cuando, en los años sesenta, probó el LSD y la marihuana, y hasta se inyectó morfina. Todas, dice Sacks, "nos ofrecen una comprensión más directa de cómo funciona el cerebro".

Dice Angier: "En su incansable lucha por entender al Otro [.] Sacks convierte lo extraño en familiar y lo familiar en novedoso". Curiosamente, el maravilloso don tanto de la literatura como de la ciencia.

El hombre que confundió a su mujer con un sombrero
Oliver Sacks
Anagrama

El libro más popular de Sacks propone mucho más que una frase desconcertante. Describe veinticuatro casos de pacientes a los que trató como médico, entre los que se destacan el que da título al libro (de agnosia visual) y otros relacionados con la memoria, el autismo o el sentido del olfato.

Despertares
Oliver Sacks
Anagrama

Se volvió famoso por una película, pero antes fue polémico como libro: el autor narra la rara encefalitis letárgica que sufrían algunas personas, pero se eleva hasta transformarse en un relato emocional sobre el vínculo entre médicos y pacientes.


Articulo: http://www.lanacion.com.ar 01/11/2013

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