dimanche 17 novembre 2013

Ramón IRIGOYEN/ Ramón GOMEZ de la SERNA: en el cincuentenario de su muerte

Ramón Gómez de la Serna
En el cincuentenario de su muerte
Por Ramón IRIGOYEN

El 12 de enero de 2013 se cumplieron los 50 años del fallecimiento del madrileño Ramón Gómez de la Serna, que murió, a los 74 años, exiliado en Buenos Aires.

Como Larra, Bécquer, Galdós o Valle Inclán, Gómez de la Serna fue escritor profesional. Tuvo, pues, su fuente de ingresos, en primer lugar, en las generosas asignaciones de su padre y cuando aquel santo falleció, se las tuvo que apañar con los artículos que vendía a diarios y revistas y con los derechos de autor de sus libros. Por tanto, a esa pregunta metafísica de “usted, ¿por qué escribe?” a la que se somete a los escritores, Gómez de la Serna bien podría haber respondido que él escribía, como tantos colegas, para crearse una identidad y también para sanear la cuenta corriente. Y, llegados a este punto, los hijos de san Pablo que, como es sabido, son legión, suelen hacer una segunda pregunta –y esta es ya estrictamente teológica– y lanzan este gancho a la mandíbula del autor: ¿Y no es peligroso que el escritor se profesionalice ya que puede corromperse al caer en brazos del mercado? Y aquí ya es recomendable perder un poco la paciencia e incluso responder con un argumento ad hóminem: ¿ha sido malo para la Iglesia católica profesionalizar la venta de los cuentos de los evangelios? ¿No ha crecido la Iglesia precisamente con su profesionalización que auténticamente la ha forrado de oro y la ha convertido en 2013 en la multinacional más potente del globo con 1100 millones de clientes? Entonces ¿por qué hay que temer que un escritor se profesionalice con sus ficciones? ¿Es malo que un escritor gane dinero cuando es tan bueno para la Iglesia el aumento de su patrimonio? ¿No ocurrirá también que, al profesionalizarse, por la necesidad de mejorar las técnicas y la velocidad de producción el escritor publicará libros mejor escritos? ¿No fue, por ejemplo, Dickens un escritor profesional sometido a las leyes del mercado y que, sin embargo, publicaba unos libros de una calidad que solo han alcanzado algunos genios? ¿No son también de altísimo nivel literario las obras de Larra, Bécquer, Galdós y Valle Inclán, que lograron la heroicidad de profesionalizarse en el dificilísimo ámbito de la literatura española inscrita en un mercado económicamente débil y con una criminal legislación –y más exactamente, falta de legislación hasta 1879– en el terreno de los derechos de autor? Una consulta en el buscador de Casa del Libro nos ofrece, un día de julio de 2013, 27 referencias sobre obras de Gómez de la Serna.

Entre las referencias halladas están los 21 volúmenes de Obras completas publicadas por Círculo de Lectores / Galaxia Gutenberg. Esta soberbia edición fue dirigida por Ioanna Zlotescu y asesorada por José-Carlos Mainer. ¿Y qué es lo más probable que nos ocurra cuando nos encontramos con que uno de nuestros escritores más amados es autor de unas Obras completas que sobrepasan las 20.000 páginas? Lo más probable es que nos ocurra lo mismo que
le ocurría a Luis Cernuda cuando pensaba en la también himalayesca obra de Lope de Vega. Luis Cernuda, como buen hijo de Hölderlin, sacaba la agenda y escribía: “Leer las Obras completas de Lope en mi cuarta reencarnación”.

No tenemos el buen hábito anglosajón de publicar portables de los grandes autores que seleccionan sus mejores páginas. No obstante, contamos aquí con un buen sucedáneo de un portable en el caso de Gómez de la Serna. La Fundación José Antonio de Castro ha publicado en su Biblioteca Castro dos volúmenes que, en 2000 páginas, reúnen 12 libros de Ramón, el nombre de pila con el que al autor le gustaba que le llamaran. Obras I, en edición de Nigel Dennis, reúne El Rastro, ese gran mercadillo popular de Madrid caracterizado
por la heterogeneidad y bajo precio de sus productos, que tanto fascinó a Gómez de la Serna, aunque sin olvidar que en el capítulo titulado ‘Las gentes’ la visión de la clientela es desoladora o quizá, con mayor exactitud, está vista por Gómez de la Serna con una cruel misantropía. Un ejemplo: “El Rastro está cuajado de niños, como las aguas sucias y estancadas están cuajadas de ranas y renacuajos.

Resulta ingrato el espectáculo… Se ve en ellos el color de la tierra, la estulticia de la tierra… Parecen algo relapso, criminal, nefasto”. En El circo Ramón hace un inventario completo de este espectáculo apasionante. En el circo Ramón llegó incluso a hacer un famoso número columpiándose en un trapecio. En Greguerías nuevas, un libro de unas 600 piezas, Gómez de la Serna escribe: “Hay una cara amarilla de aficionado nato a la mayonesa”. “Al oír al político que nadie puede dudar de su gestión me parece oír que nadie puede dudar de su digestión”. Senos es uno de los grandes libros del autor. Cierran este Obras I dos libros: Interpretación del tango –con unas cuantas páginas que son simple material de relleno– y Explicación de Buenos Aires. Obras II reúne seis libros espléndidos: El novelista, Cinelandia, La Quinta de Palmyra, La mujer de ámbar, Las Tres Gracias, Ramonismo. La magistral introducción de Nigel Dennis describe perfectamente lo que podemos esperar y lo que no de la narrativa del autor. Para este crítico, Ramón fue una especie de “terrorista cultural” que dinamitó las convenciones de la mayoría de los géneros literarios que se cultivaban en nuestro país a principios del siglo XX. Con la novela a Gómez de la Serna le ocurrió lo mismo que le sucedió en su día al PSOE en su posición respecto a la OTAN. ¿Quién no recuerda aquel célebre eslogan “De entrada, no” que se cantaba y bailaba en aquel referéndum que terminaría metiéndonos en la OTAN? Igualmente, en su primera juventud Ramón incluso llegó a escribir “la novela es una tontería”, una frase que ya anunciaba que muy pronto escribiría novelas. ¿Y por qué sentía Gómez de la Serna aversión por las novelas? Sin duda, por las mismas razones por las que las novelas no le atraían a Borges: porque las novelas suelen ser largas y su lectura –y sobre todo, claro, su escritura– requiere muchas horas de dedicación. Pero un escritor profesional como Ramón, que había perdido al padre que lo mantenía, ¿cómo no iba a terminar escribiendo novelas cuando precisamente son las obras más demandadas por el público? Y Gómez de la Serna escribió novelas pero, eso sí, sin ninguna concesión al público tradicional. Ramón dinamitó la trama y se afilió al equipo futuro de Joyce, Faulkner y restantes terroristas de la novela tradicional –fue, por ejemplo, precursor de la Rayuela de Cortázar –. Si la vida y el mundo son puro caos ¿por qué la novela tiene que atenerse a las célebres coordenadas de planteamiento, nudo y desenlace que heredamos de Aristóteles?

La obra de Ramón, como escribió Cernuda, marcó a todos los poetas de la generación del 27. Hoy el autor de las celebérrimas greguerías –esa frases cortas que derrochan “metáforas + humorismo”, según palabras del propio autor– sigue vivo, por ejemplo, en el lema “Preguerías” bajo el que Victoria Prego ampara los excelentes artículos que publica en el diario El Mundo.

Siento por Ramón Gómez de la Serna una especialísima devoción porque me inicié como autor imitando sus fantásticas greguerías. Cuando leí su greguería “La B es el ama de cría del alfabeto” yo escribí: “La Y es el tirachinas del alfabeto”. Y así escribí algunas docenas de greguerías que probablemente se terminaron evaporando por los caminos forales de Navarra.

Ramón Irigoyen es es critor. Autor de Poesía reunida (1979-2011) y Cuentos reunidos (1991-2012).


Articulo: http://www.elboomeran.com/ 10/2013