dimanche 10 novembre 2013

Rita ALAZRAKI/ Leonora CARRINGTON: Del arte de perder la cabeza y otras historias

Leonora Carrington
Del arte de perder la cabeza y otras historias
Por Rita ALAZRAKI

Cuando era pequeña, Leonora Carrington (Lancashire, 1917-Ciudad de México, 2011) se fascinaba con las historias que le contaban su madre, su abuela y su nanny.

Cuentos y leyendas celtas, mitos, anécdotas y narraciones se iban mezclando con diversas situaciones y lugares. Habitaciones, rincones, jardines, fachadas, escaleras y cocinas de las enormes mansiones inglesas que habitó en su infancia (en especial Crookey Hall) servían como escenario y sostén para las narraciones e historias que luego se convertirían en propias. Animales reales y fantásticos nutrieron su imaginación sin una línea nítida que separara unos de otros. Bestias y seres sobrenaturales poblaron su mente infantil y se fundieron con personas y situaciones de su entorno.

A lo largo de su niñez siguió escuchando esas historias y leyó todo lo que estuvo a su alcance: cuentos de hadas, fábulas e historias de fantasmas en las que aparecían seres de todo tipo, algunos mágicos, oscuros, terroríficos, macabros o absurdos. Poco a poco las lecturas de autores como Beatrix Potter, Lewis Carroll y Jonathan Swift —cuyos libros ilustrados tenían imágenes tan atractivas como los mismos relatos— fueron dejando en ella un sedimento.

Además de ser una ávida lectora, Carrington sintió desde muy pequeña una enorme atracción por el dibujo y mostró enorme capacidad para desarrollarlo, que con el tiempo se transformó en una clara pasión por las artes. Ante el pesar de sus padres, que anhelaban para su única hija mujer un buen matrimonio y un exitoso futuro en el mundo de la aristocracia inglesa, escogió alejarse de la casa paterna para iniciar su formación como pintora. En Londres, como joven estudiante de arte, nuevas lecturas la llevaron a la alquimia, el esoterismo, la mitología y la astrología.

Al tiempo que profundizaba en las lecturas siguió su aprendizaje de pintura con Amedée Ozenfant, en cuya clase dibujó durante seis meses una sola manzana, hasta que dominó por completo el dibujo y penetró en la esencia de las cosas mediante la observación paciente y metódica. En esa época conoció a Max Ernst, de quien se enamoró. Huyó con él a Francia, donde se integró al grupo de los surrealistas del que el pintor formaba parte. El contacto con los principales representantes del movimiento surrealista de esa época, y en especial su relación con Ernst, marcarían definitivamente su arte y su vida.

Las coincidencias de la artista con los postulados del surrealismo fueron asombrosas: el sentido de lo maravilloso como resultado del encuentro fortuito de realidades diversas, el humor negro (años después André Breton la incluyó en la Antología del humor negro), las conductas subversivas, la falta de solemnidad, el gusto por lo oculto, el desdén hacia los valores burgueses. De los surrealistas aprendió nuevas formas de concebir el arte, al igual que otras vías como el collage y el automatismo psíquico, que coincidían con su necesidad expresiva de fabricar historias, cuentos, pinturas, dibujos, cadáveres exquisitos. Ernst la introdujo a la lectura de los románticos y a la obra de Carl Jung.

A principios de la década de 1940, cuando llegó a México, ya había desarrollado una importante producción literaria y pictórica que emanaba de sus experiencias de infancia y juventud, sus lecturas, el surrealismo, su relación con Ernst, las terribles experiencias de la guerra, su internamiento en un hospital mental de Santander y el exilio. Una vez en México, muchas de sus imágenes y símbolos se enriquecieron con otros animales, una nueva flora, diferentes comidas y un nuevo idioma. En este país se volvió a casar y tuvo dos hijos.

Imagino que, cuando Leonora Carrington se convirtió en madre, debió ser para ella totalmente natural narrar a sus hijos, recompuestas y transformadas, muchas de las historias que había oído y leído desde pequeña. Fluyeron como parte de su imaginario una serie de personajes de los cuentos y pinturas que había realizado hasta entonces. Esas narraciones no se quedaron en la palabra hablada; pasaron al papel en una libreta destinada expresamente para ello, escritas en un idioma que no era el suyo pero sí el de sus pequeños hijos, y que tal vez por no ser el propio resulta más fresco. Por ello los nombres de personas y animales son en sí mismos parte del encanto y gracia de la narración. Como pintora y dibujante acompañó esos relatos con dibujos, imágenes que están indisolublemente ligadas a la narración y son consustanciales al sentido de ésta. Al leer los relatos, éstos parecen salidos de
las imágenes, de manera que no se sabe si la fuente originaria es la imagen, la palabra o una mezcla de ambas.

A diferencia de sus escritos, dibujos y pinturas más elaborados, las narraciones de su libreta son apuntes, bocetos que parecen fluir con libertad y espontaneidad totales; sin embargo, pueden encontrarse en ellas muchas afinidades con el resto de su producción literaria y plástica. En toda su obra hay un común denominador: el humor a veces macabro con el que relata cosas horribles que resultan cómicas, la aparición de animales y personajes fantásticos, las travesuras, la escatología.

En algunos cuentos se reflejan los miedos y experiencias de la autora. Los personajes “pierden sus cabezas” y, aunque las recuperan, éstas ya no quedan “bien puestas”. Al niño de “Juan sin cabeza”, quien tiene alas en lugar de orejas, la cabeza se le escapa volando por la ventana; su mamá se la vuelve a poner, pero le queda al revés. A los niños de “El cuento feo de las carnitas”, un “indio verde” les pega sus cabezas, que han sido cercenadas no por una bruja malvada sino por una vieja llamada Lolita Barriga, pero les quedan en los lugares equivocados.

Es difícil no relacionar estas historias con la experiencia de Leonora Carrington durante el internamiento en el hospital mental de Santander, que ella relata en Memorias de abajo. Perder la cabeza y recuperarla, aunque ya nunca quede en el mismo lugar; cercenar la cabeza (¿como a la Alicia de Carroll?), descolocar la mente y el cuerpo. Cómo no asociar la imagen de la cabeza de Juan, que sale volando por la ventana, con el caballo que sale de igual manera en su Autorretrato, pintado entre 1937 y 1938.

Carrington narra a sus hijos historias de niños traviesos que se comen las paredes, se hacen pipí en las personas y hacen caca en el té de manzanilla. Niños raros a los que les salen casas en las cabezas. Niños que fuman. Niñas que comen arañas.

Niños bonitos pero antipáticos. Todos probablemente relacionados con su propia imagen de niña: traviesa, inquieta, expulsada de los colegios, rebelde frente al mundo de los adultos y las absurdas reglas de su padre autoritario; pero también conectados con sus propios hijos y el resto de los niños por esa fuente común de la que surgen los miedos e historias de todos.

Seres híbridos o monstruosos abundan en los cuentos, como Chavela Ortiz en “El monstruo de Chihuahua”, que camina con seis patas y una joya de oro; personajes como el Sr. Bigote, que tiene dos caras y come moscas; la Srita. Gómez Castillo, con su extraña cara, o la “mujer blanca”, que viste de negro y llora lágrimas azules y verdes. Algunos animales y bichos salen mal librados en cuentos como “La gelatina y el zopilote”, donde este último queda atrapado dentro de una gelatina y se lo comen enterito: o los chivos, conejos y moscas del “Cuento repugnante de las moscas”, donde ninguno tiene buen fin.

En los cuentos de su libreta, editados en esta versión doble de Leche del sueño
(Una facsimilar y la otra adaptada para el público infantil), Carrington narra historias crueles o asquerosas, que de alguna manera están más cerca de los relatos que leyó en su infancia y del sentido original de los cuentos para niños, antes de que se vulgarizaran y perdieran su fuerte carga inconsciente. Sus relatos no tienen moraleja y no tratan de educar en el sentido superficial del término. Tocan más bien esa zona limítrofe de la psique donde nada es lo que parece y todo puede resultar diferente de lo esperado. Los personajes y situaciones son presentados de tal forma que cobran vida autónoma, por lo que sus historias podrían continuarse en nuevos relatos gracias a una cadena infinita de asociaciones que pueden transformarse en cada narración. Los cuentos que la pintora escuchó de niña, sus lecturas adolescentes, su encuentro con el surrealismo, así como sus vivencias están presentes en estado puro en estos cuentos, como elementos primordiales de su imaginario.

Para los estudiosos de la obra de Carrington, la aparición de Leche del sueño es un acontecimiento muy significativo, ya que sirve como un cuaderno de notas e imágenes que arroja luz sobre algunos de sus símbolos y la forma en que éstos fueron transmigrando, depositando su sentido de dibujo en dibujo, de cuento en cuento, en sus dos novelas, y en innumerables pinturas y esculturas. Para el público en general, Leche del sueño puede resultar muy entretenido, aunque tal vez un poco desconcertante o terrorífico para quien nunca haya perdido la
cabeza.


Articulo: http://www.elboomeran.com 11/10/2013

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