samedi 21 décembre 2013

Antonio ESPINOZA/ Raquel TIBOL: nueve décadas

Raquel Tibol: nueve décadas
Por Antonio ESPINOZA

Siempre trato de evitar hacer un altar al amiguismo, por eso cultivo un enemigo cada día. No soy incondicional de nadie, ni de mí misma. Raquel Tibol, entrevistada por el autor, 8 de diciembre de 2003.

La anécdota es muy conocida. El 19 de abril de 1972, tras el I Congreso Nacional de Artistas Plásticos, realizado en la Unidad de Congresos del Centro Médico Nacional del Instituto Mexicano del Seguro Social, Raquel Tibol asestó una severa bofetada a David Alfaro Siqueiros, en respuesta a las declaraciones xenofóbicas que el muralista hiciera en su contra en una de las sesiones del evento. “Vengo a invitarte al coctel de despedida que haré el día que me echen de tu país”, le dijo antes de soltarle “la más fuerte cachetada que haya dado yo en mi vida” (Raquel Tibol, Confrontaciones: crónica y recuento, Sámara, México, 1992, pp. 249-250). Tibol declaró después a la prensa que Siqueiros era un chovinista, epíteto zaheriente (dirían Marx y Engels) que Siqueiros rechazó. Más que una bronca ideológica entre camaradas, este fue el episodio culminante de la tensa relación que durante años mantuvieron la crítica de arte y el pintor.

Leyenda negra

Nacida en Basavilvaso, en la provincia de Entre Ríos, Argentina, el 14 de diciembre de 1923, Raquel Tibol llegó a México el 25 de mayo de 1953 como secretaria de Diego Rivera, a quien conoció en Chile. La joven argentina que quería ser escritora y que incluso había publicado unos años antes un libro de cuentos (Comenzar es la esperanza, Botella al Mar, Buenos Aires, 1950) encontró en México su destino. Aquí inició muy pronto su labor como crítica y cronista del quehacer plástico mexicano, curadora de exposiciones, museógrafa y conductora de programas de televisión. Publicó su primer artículo, una entrevista con el cineasta Luis Buñuel, en el suplemento México en la Cultura del diario Novedades, en noviembre de 1953. Viajó a su país natal en 1954, pero ese mismo año volvió para quedarse definitivamente en nuestro país. Se naturalizó mexicana en 1961.

Con el tiempo, Raquel Tibol se convirtió en la crítica de arte con más autoridad en el medio, más que un Jorge Juan Crespo de la Serna, una Margarita Nelken o un Antonio Rodríguez, sus contemporáneos. De hecho, hubo una época en que la crítica de Tibol sobre determinado artista era la que más pesaba. Sobra decir que un artículo negativo de su autoría en la revista Proceso o en cualquier otro espacio periodístico podía acabar con la carrera de un artista: recibir un “tibolazo” y sobrevivir no lo lograba cualquiera. (“Era muy destructiva”, me dijo en una ocasión el coleccionista Andrés Blaisten). Sobre ella se ha construido una especie de leyenda negra. Son célebres sus polémicas con Siqueiros (en su libro Confrontaciones incluye un capítulo entero para hablar de sus “divergencias” con el muralista), con José Luis Cuevas, con Teresa del Conde…

Más allá de la leyenda negra que se le ha construido, es innegable la importancia de esta mujer en la cultura mexicana. Sería imposible concebir la vida artística e intelectual de México en la segunda mitad del siglo XX sin la presencia activa de Tibol. Autora prolífica, ha publicado más de 30 libros que son fuentes de consulta obligada para los interesados en el arte mexicano y latinoamericano. Entre ellos destacan: Historia general del arte mexicano: época moderna y contemporánea (1964), Siqueiros, vida y obra (1974), Diego Rivera: arte y política (1979), Hermenegildo Bustos, pintor de pueblo (1981), Frida Kahlo, una vida abierta (1983), José Clemente Orozco, una vida para el arte (1984), Confrontaciones: crónica y recuento (1992), Diversidades en el arte del siglo XX (2001), Ser y ver. Mujeres en las artes visuales (2002) y Nuevo realismo y posvanguardia en las Américas (2003).

Entre pintores te veas

Cuando Raquel Tibol llegó a México el muralismo gozaba de buena salud. José Clemente Orozco ya había muerto, pero Rivera y Alfaro Siqueiros continuaban produciendo obras importantes. Una segunda generación de muralistas, que convirtió en academia las enseñanzas de los maestros, se encontraba trabajando. Pero en ese tiempo iniciaron su carrera una serie de pintores que rechazaban el arte nacionalista. En 1952 Enrique Echeverría, Alberto Gironella, Vlady, Héctor Xavier y el catalán Josep Bartolí rentaron una casa en la calle de Londres, en la ciudad de México, para fundar la Galería Prisse. En ese espacio comenzó la lucha de los jóvenes pintores independientes contra el monopolio de la Escuela Mexicana de Pintura. Pronto entraría a escena José Luis Cuevas, para ponerse al frente del movimiento artístico vanguardista. Tiempo después aquellos artistas serían conocidos como los exponentes de la llamada Generación de la Ruptura (término en  la actualidad muy cuestionado).

La polémica entre los artistas jóvenes y los artistas nacionalistas fue subiendo de tono. La batalla final sucedió la noche del 2 de febrero de 1965 en el Museo de Arte Moderno, en la capital del país, durante la entrega de premios a los triunfadores del primer Concurso de Artistas Jóvenes de México, auspiciado por el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), la empresa Esso Mexicana y la Organización de Estados Americanos (OEA). Fue el llamado Salón Esso, cuyo jurado decidió premiar a los abstractos Lilia Carrillo y Fernando García Ponce, lo que provocó la ira de los nacionalistas tardíos, quienes convirtieron al MAM en un campo de batalla. Fue una gresca memorable entre nacionalistas y vanguardistas. La batalla continuó después en los medios. Se publicaron varios artículos y los protagonistas de la trifulca fueron entrevistados. El que asumió una postura más radical fue el crítico portugués Antonio Rodríguez, quien calificó la decisión del jurado de “fraudulenta, inmoral y tendenciosa”.

Raquel Tibol estaba del lado de los nacionalistas, pero nunca asumió una postura tan conservadora que le hiciera ignorar las aportaciones de los artistas jóvenes. Si bien fue defensora del muralismo y el nacionalismo artístico, no puede decirse que haya sido una enemiga acérrima de las nuevas corrientes. Desde fines de los cincuenta empezó a escribir sobre varios de los artistas jóvenes. (Su primer texto sobre Enrique Echeverría, por ejemplo, data de 1959). Pero aún cuando podía ser generosa y favorecer con su crítica a los nuevos artistas, la intelectual de izquierda defendía con fuerza el nacionalismo artístico, como un producto legítimo del momento histórico, cultural e ideológico, a la vez que asumía una postura antiimperialista.

Recordemos que los partidarios del nacionalismo señalaban que la OEA pretendía imponer en todo el continente el arte abstracto en detrimento de las corrientes figurativas y que su principal instrumento era el crítico y promotor cubano José Gómez Sicre, quien fungía como director de Artes Visuales de la Unión Panamericana. Los nacionalistas denunciaban un supuesto imperialismo cultural norteamericano, que trataba de utilizar el arte abstracto con fines de liderazgo y neutralización política, en el contexto de la Guerra Fría, ignorando a todas las corrientes figurativas que habían prestigiado al arte mexicano.

No sólo Tibol y sus correligionarios sostenían esta teoría conspiratoria. La historiadora norteamericana Shifra M. Goldman, en su libro Contemporary Mexican Painting in a Time of Change (1981), sostiene también esta tesis. Sin embargo, al mirar a la distancia el contexto histórico, cultural e ideológico del México de los sesentas y las obras de los artistas abstractos, se hace evidente un proceso más complejo que difícilmente obedece a una imposición de fuera. Cuesta mucho trabajo creer que pintores abstractos como los “rupturistas” Carrillo, Felguérez y García Ponce trabajaran para seguir los dictados del imperialismo. La misma Tibol se encargó de desmontar la teoría conspiratoria al escribir, con posterioridad al Salón Esso, numerosos artículos sobre los autores mencionados.

Enemigos y admiradores

Raquel Tibol se ufana de ser una intelectual independiente, que por esa misma condición ha podido ejercer la crítica sin cortapisas. Ni hablar. También presume de rechazar el amiguismo y de cultivar un enemigo todos los días. La verdad no sé si tendrá enemigos Raquel Tibol.

Lo que sí sé es que tiene muchos admiradores en el medio, incluidos quienes la cuestionan y hacen escarnio de su imagen. Pienso en el pintor Nahum B. Zenil, quien en su rancho de Tenango del Aire (Estado de México) tiene una sala especial con las numerosas obras que ha hecho sobre Raquel Tibol. Pienso también en una obra que los integrantes del Taller de Documentación Visual de la ENAP, encabezados por Antonio Salazar, hicieron en 1990: Raquel Tibol controlando el universo, espléndida parodia del mural de Diego Rivera en Bellas Artes. Se necesita admirar mucho a alguien para decir que su poder es universal.

Alejada desde marzo de 2000 de la crítica periodística, cuando se retiró de escribir en Proceso, en su departamento de la colonia Nueva Anzures de la ciudad de México la gran matriarca de la crítica de arte ha dedicado gran parte de su tiempo a ordenar los textos que ha escrito a lo largo de seis décadas de vivir en nuestro país, con el fin de publicar nuevos libros. Ha reducido notablemente sus apariciones públicas, pero sigue atenta a lo que sucede en el mundo del arte y eventualmente escribe para alguna publicación. Así sucedió en 2012, cuando escribió el texto del catálogo de la exposición-homenaje a Estrella Carmona en la Galería Eje. Frecuentemente, se retransmiten sus “cápsulas” de arte en las estaciones del Instituto Mexicano de la Radio. El día
de ayer, 14 de diciembre, Raquel Tibol cumplió 90 años de vida intensamente creativa. Que sean muchos más.

***
Primeros años de Tibol. De las letras a la crítica
Por Sonia SIERRA

La crítica de arte implacable es la misma escritora que ha compuesto poemas a los colibríes que llegan a su balcón. Es una mujer con tal capacidad de retentiva que a los cuatro años se aprendió versos que todavía, a los 90, recita. Cuando habla ante un auditorio o, como en esta entrevista, a través del teléfono, Raquel Tibol cuida sus palabras como si estuviera escribiendo al frente de su antigua Olivetti.

Este 14 de diciembre cumplió 90 años y mantiene intacta su capacidad narrativa, su lucidez y su humor. Disciplinada, férrea, Tibol escribió muchos años crítica literaria, y también crítica de danza, de manera constante: hasta tres veces por semana se sentaba ante su máquina a hacer una columna o a continuar alguno de sus más de 40 libros. Dejó atrás los cuentos y poemas a cambio del periodismo cultural, casi al mismo tiempo que dejó su país, Argentina.

—¿Cómo se inició en la literatura?
—Los primeros acercamientos a la literatura fueron del todo prematuros. Primero por un amigo nuestro, Abraham Mosovich, huérfano de padre desde muy chico, quien vivía con su madre a la vuelta de la casa en el pueblo donde nacimos los seis hermanos; él era como el séptimo hermano adoptado… Mis hermanos ya estaban estudiando en Buenos Aires, porque en el pueblo donde nacimos los seis, Basavilbaso, Entre Ríos, República Argentina, había hasta cuarto de primaria; entonces terminando cuarto o se iba uno a Concepción, Uruguay, o mi mamá había decidido que a Buenos Aires. Éramos Luis, Sara, Bety, Natalio, después seguía mi hermana Rosa que es, aparte de mí, la única que vive y es nanopediatra. Mientras mis hermanos estaban en Buenos Aires, con mi mamá, Abraham Mosovich venía a la casa para enseñarme versitos, desde que yo tenía tres o cuatro años. Yo no sabía escribir, pero tenía buena memoria y me paraba en una mesa alta (yo era muy chaparrita), y a repetir los versos. Aunque parece un chiste esa fue mi iniciación literaria. Hay un verso muy conocido: “Setenta balcones hay en esta casa,/ setenta balcones y ninguna flor/ A sus habitantes, Señor, ¿qué les pasa? /¿odian el perfume, odian el color?”

—A la muerte de su madre, se refugió usted en los libros…
—Sí, cuando regresamos de enterrarla en la ciudad de Buenos Aires, con mi papá y un hermano, Natalio, en una esquina del comedor de diario (en la casa había un comedor para actos importantes de la familia y otro para el diario), me hice yo mi escritorio de escritora. Nadie me había dicho que para escribir había que concentrarse y no estar en la mesa donde se come.

No sé cuándo empecé a escribir en serio. Pero el primer libro lo debo haber comenzado en 1948 porque apareció en 1950. Era un libro de cuentos, Comenzar es la esperanza; apareció en una editorial de republicanos Botella al Mar. Ellos lo mandaron a una convocatoria que había lanzado Jorge Luis Borges para primeras ediciones que iban a tener un trato especial de publicidad; yo me gané Faja de Honor. Tengo el certificado firmado por Jorge Luis Borges.

—¿Por qué no continuó con la literatura?
—Porque tuve problemas familiares. De los seis hermanos yo era la más chica y fui la primera en casarme, pero hubo problemas internos, no se trata ahora de contar felicidades y desgracias familiares, pero el asunto es que me separé de mi primer marido cuando mi hija tenía dos años.

—Muchos en su familia se dedicaron a la medicina. ¿El interés por la literatura de quién le vino?
—De mi familia nadie escribía. Por eso menciono en primer término a este hermano adoptivo. Recitar buenos poemitas me sirvió para dos cosas: primero para ejercitar la memoria y, segundo, para ponerme en contacto con rimas bien hechas porque eran de [Gustavo Adolfo] Bécquer o del primer [Federico García] Lorca. No volví a escribir cuentos porque la vida me llevó más al periodismo cultural y a la crítica de arte.

—¿Cómo eran esos cuentos?
—Eran muy variados. Publiqué uno hace poco en Proceso. Y publiqué dos poemitas, porque en la jardinera de mi departamento, como hay muchas sábilas y sacan estas flores rositas que les gustan mucho a los colibríes, entonces le dediqué un poemita a los colibríes que me acompañan.

—Como lectora, ¿qué poesía, qué narrativa le ha interesado más?
—Hoy no puedo decir que tengo un libro preferido. Cuando empecé a ser más exigente con la literatura el que era mi libro de cabecera era Poeta en Nueva York de Lorca; no era el Lorca más o menos pintoresco sino el Lorca surrealista. En un tiempo me lo sabía todo de memoria.

—¿Escribió más poemas?
—En Argentina se hacían concursos de literatura pero no para publicar sino para distinguir gente que no editaba todavía pero que tenía poesía; yo tuve dos menciones en estos concursos y un primer premio. Tres veces participé y las tres salí ganando.

Cuando terminé el bachillerato, que en Argentina lo hacían por separado mujeres y hombres, entré a la Facultad de Filosofía y Letras, pero estudiar latín y griego clásico no estaba en mis intereses; entonces me salí de la facultad y preferí compartir con mis amigos. Teníamos reuniones, si no diarias, casi diarias, para comentar nuestras lecturas, para leer lo que escribíamos como gente que se estaba iniciando; algunos era muy sobresalientes. Menciono a Tomás Maldonado, porque llegó a ser el último dirigente de la Bauhaus en Suiza.

—¿Como recuerda el movimiento intelectual que entonces había en Argentina, con Borges, la revista Sur, Victoria Ocampo…?
—Había un café que se llamaba Politeama, muy concurrido por el sector intelectual y artístico; el que diario concurría ahí era un escritor de los primeros expresionistas contemporáneos, Roberto Arlt; en lo que hoy es el Teatro San Martín, todos los viernes se hacían representaciones teatrales y después venía la polémica. Él nunca faltaba y siempre polemizaba con nosotros los chamacos que empezábamos a definir la vocación. Muy diferente de Borges, que tenía una tendencia de literatura aristócrata. Arlt era más pueblo.

—¿La crítica la empezó a hacer desde que estaba en Buenos Aires o fue en México?
—El grupo visitaba exposiciones, hacíamos debates culturales, pero no escribíamos. El periodismo cultural lo inicié en Chile. Mi hermano Natalio era gerente de una radio emisora y me dio trabajo, pero yo no vivía de él, era una especie de principio entre nosotros: ninguno vivía del otro. Busqué en las revistas de la editorial Zigzag, que ya no existe, y hacía colaboraciones en dos temas: danza y artes plásticas. Cuando vine a México, que me invitó Diego Rivera para que le ayudara a hacer el congreso nacional de cultura porque él había asistido al congreso continental de la cultura que presidía Pablo Neruda, yo ya traía una experiencia de periodismo cultural, ya tenía un libro publicado y muchos artículos.

En pleno macartismo fue imposible avanzar en el congreso; mientras Diego pintaba tres murales simultáneamente, Teatro de los Insurgentes, Estadio Universitario y Hospital de la Raza, en un coche Ford, el chofer, que era un pariente lejano de Frida, me llevaba, hacíamos listas de a quienes había que visitar para hacer el congreso, pero llegó un momento en que no se pudo. Y yo me salí de la tribu Frida-Diego.

—¿En qué momento decidió quedarse en México?
—Regresé a Argentina a buscar a mi hija. Trabajé con la actriz Amelia Bense en una gira y regresé en el 55… Empecé a trabajar primero como promotora cultural en el Deportivo Israelita, por recomendación de Fanny Rabel, pero simultáneamente empecé a colaborar en Mañana, Hoy, en México en la Cultura, en Diorama de la Cultura… La primera colaboración en México en la Cultura fue una entrevista con Luis Buñuel.

—La escritura diaria le permitió conocer como pocos toda la historia del arte en México…
—Ya traía un ejercicio de lectura sobre la cultura en general y sobre artes plásticas en particular; tenía amigos que se iban formando como pintores que eran discípulos de [Emilio] Pettoruti y de [Lino Enea] Spilimbergo. Cuando ya estuve en México sabía distinguir lo que era un Taller de Gráfica Popular, de lo que era una sociedad de artistas plásticos, de lo que eran las diversas corrientes; por eso pude ponerme en contacto para escribir en distintas publicaciones de exposiciones, biografías de artistas…

Lo que yo destaco, es que nadie quería en México escribir una monografía de David Alfaro Siqueiros para la Universidad porque era un comunista militante, y como era pleno macartismo no querían mancharse. Yo ya había hecho entrevistas sobre Siqueiros para las publicaciones donde trabajaba como free lancer. Justino Fernández, que no había querido hacer la monografía, fue el primero que sacó un artículo de alabanza sobre ese trabajo.

—¿Hay en la actualidad un artista cuya obra le interese de manera particular?
—Me parece una deformación intelectual tener preferencias. Hoy me gusta una exposición de un artista y, mañana, del mismo artista, me parece mala la exposición. Pongo como ejemplo lo que me ha pasado con Gabriel Orozco; lo conozco desde la cuna porque su papá era ayudante de Siqueiros. Cuando él comenzó a participar en salones, en uno, que se hacía en el Auditorio Nacional, creo que no tuvo premio, sino mención. Yo lo apoyé bastante porque me pidieron que mandara a un artista a la Unión Panamericana para un salón; no pude ir a Brasilia donde se hacía un salón de artistas jóvenes, pero pedí que lo invitaran; en las dos ocasiones llamó la atención. Pero cuando lo dirigió una galería de Nueva York poco a poco fue haciendo una vanguardia que a mí me fue disgustando cada vez más y hoy me parece un artista que ha abusado de la publicidad amiguera y que ha descuidado el nivel de su producción artística.


Articulo: http://www.eluniversal.com.mx 14/12/2013

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