samedi 21 décembre 2013

Saioa CAMARZANA/ BOLAÑO o el mito de la supervivencia literaria

Bolaño o el mito de la supervivencia literaria
Por Saioa CAMARZANA 

La Biblioteca Nacional de España rinde homenaje a Roberto Bolaño en el décimo aniversario de su muerte con Rubén Arias, Rodrigo Fresán e Ignacio Echevarría.

Borges decía que cada escritor tiene sus precursores. Y Roberto Bolaño estaba tan de acuerdo con él que llegó a afirmar que era más feliz leyendo que escribiendo: "Escribir no es normal. Lo normal y lo placentero es leer; incluso lo elegante es leer. Escribir es un ejercicio de masoquismo". Pero, ¿cuáles eran las influencias del chileno? Es conocido su interés por Borges pero hay ocasiones en las que las referencias en sus poemas a otros imprescindibles de la literatura no son tan evidentes. Como "Honoré de Balzac o W.G. Sebald", opina Rubén Arias, quien participa en la mesa redonda enhomenaje a la figura de Bolaño en el décimo aniversario de su muerte.El bibliotecario valiente es el nombre que se le ha dado a la cita que se llevará a cabo este miércoles en la Biblioteca Nacional de España con la participación de Rubén Arias, Rodrigo Fresán e Ignacio Echevarría.

Pero, ¿a quién más se puede releer en sus poemas y obras? "La influencia de Mark Twain y Baudelaire son rastreables pero hay que leer a Bolaño de manera crítica. Por otro lado, a Balzac rara vez se le pone a su lado y hace varios guiños a este autor. El problema es que hay que mirar más allá y observar si rinde tributo o forman parte de su mito personal", explica Arias. Otro que podría unirse a la lista de sus precursores sería Sebald con quien comparte "el ensimismamiento ante el horror y ese horror lo convierten en hilo áureo", continúa. 

Y no solo ellos, la lista crece y se puede añadir a Nicanor Parra, sobre todo por el tono y la distancia política que toman. "Desde los años 70 se ve esta correlación y gracias a que Borges y Bolaño hablaron de él se han reeditado y se ha recuperado su obra", se contenta Arias. Por otro lado se podría hablar de esa mano tutelar de Vidas imaginarias o La cruzada de los niños de Marcel Schwob. Lo característico de Bolaño es que, al igual que ocurre con Borges, hace suyo todo lo que toca, es decir, que si el escritor deEl último salvaje hace un guiño a alguien "es porque lo ha interiorizado".

La figura de Bolaño se ha erigido como una de las más importantes e icónicas de la literatura. El chileno era un lector ávido e "intentar hacer un vaciado de su biblioteca es muy complicado, es más interesante ver cuáles de esas lecturas han influido y pueden releerse en su obra", cuenta Arias a El Cultural.Hay una parte importante de mito en su figura, es una persona que apuesta por la literatura aun sabiendo que va a perder, como un samurái enfrentándose a un monstruo. "Los concursos de cuentos fueron su gimnasio de modo que él mismo alimentaba la figura de superviviente de la literatura".

Es conocida esa faceta y presencia del escritor de 2666 en los concursos de cuentos. Y estos certámenes hacen que los participantes intenten crear sus obras de manera que las primeras líneas del relato sean atractivas para el jurado. Justamente esto es lo que hace Bolaño. "Todos sus comienzos son brutales, busca impresionar e impactar al lector para luego construir el resto del texto y sostener esa voz y esa primera línea", analiza Arias. Esta es la relación con los concursos y Bolaño siempre acaba sus historias cuando se agota la voz narrativa, "como en una conversación".

Rubén Arias obtuvo el Diploma de Estudios Avanzados en Literatura y Ciencia Literario con su edición Roberto Bolaño. Poemas, poética y textos recobrados (1974-1983). Conoce en profundidad la obra del chileno y la importancia de estudiar su obra, que "no su figura", matiza. "Me genera recelo hablar de figura porque al fin y al cabo la importancia de un escritor es el valor que nosotros le otorgamos". Por eso prefiere plantearlo desde la obra del escritor y ahí, su importancia llega no solo porque escribía de manera "brillante" sino porque ocupa un lugar que aún no se había creado. "Él mira a su pasado en México con nostalgia e ironía. La nostalgia implica no haber superado el pasado mientras que la ironía sí. Esa mezcla de ambas cosas le hace importante", disecciona Arias.

Además, "el estudio de Roberto Bolaño en el ámbito académico parece que se hace más para enriquecer el currículum y en realidad hay que acercarse más en profundidad a su obra", critica haciendo un matiz final: "Siempre hay que leerle con suspicacia, sospecha y despojándonos de esa figura icónica y de mito pop que se le ha concedido". 

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Iceberg Bolaño
Por Ignacio Echevarría 
Publicado el 22/03/2013

El pasado 5 de marzo se inauguró en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) la exposición Archivo Bolaño 1977-2003, que exhibe una amplia muestra de los abundantísimos manuscritos dejados por Bolaño tras su muerte. 

Miles de holandesas, cerca de ochenta libretas y cuadernos, papeles sueltos de todo tipo, más los archivos de texto almacenados en su ordenador... A lo largo de más de treinta años de perseverante escritura, muchos de ellos transcurridos en el anonimato, Bolaño -que al parecer no tiraba nada- acumuló una cantidad ingente de materiales. Éstos constituyen un imponente magma en el que, sobre lo ya conocido, se perfilan, inéditas, cuatro novelas, más de veinte cuentos y centenares de poemas, aparte de numerosas cartas y todo tipo de borradores y de apuntes personales. 

La exposición del CCCB brinda la ocasión de asomarse a este magma sin duda abrumador y a menudo emocionante, del que se obtienen sólo atisbos parciales. Son decenas de vitrinas en las que uno puede pasar horas leyendo pasajes fragmentarios -o fragmentados-, que ponen la miel en la boca, excitando una curiosidad condenada a quedar indefinidamente en suspenso. 

La más notable aportación al estado actual de los estudios sobre Bolaño es una cronología de sus obras que permite hacerse una idea de los años en que se ocupó de los sucesivos proyectos que fue acariciando, a menudo simultáneamente, abandonando muchos, otros simplemente aparcándolos, y llevando a término los que ya son de todos conocidos. Esta cronología es decisiva a la hora de justificar y encuadrar debidamente la eventual publicación de los inéditos, y asignarles la jerarquía que les corresponde en relación a lo ya publicado. 

En uno de los textos del extraño “catálogo” de la exposición, Enrique Vila-Matas cuenta cómo, en 1996, después de que Pere Gimferrer se adelantara con la publicación de La literatura nazi en América, Jorge Herralde preguntó a Bolaño si tenía alguna novela inédita. Bolaño le dijo que sí, pero al decirlo no pensaba en ninguna de las novelas que tenía almacenadas en el cajón (incluida El Tercer Reich). De hecho, no recurrió a ninguna de ellas, y en lugar de eso se puso a escribir a contrarreloj Estrella distante. La anécdota es altamente elocuente. 

La exhibición del Archivo Bolaño deja bien clara una cosa, ya barruntada por muchos: hay Bolaño para rato. De hecho, la exposición tiene algo de ostentación de tesoro, y algo también de esos naipes que los jugadores muestran para tantear sus bazas. 

Hay que aplaudir el celo que Carolina López, heredera del legado de Bolaño, pone en preservarlo y ordenarlo debidamente. En la actualidad, Bolaño debe de contarse entre los escritores que acaparan más tesis doctorales y abordajes críticos en todo el mundo. Para investigadores y estudiosos es una maravilla conocer la existencia de todo este material, que permite explorar a fondo una obra de naturaleza arborescente, llena de conexiones internas. Pero falta saber qué destino espera a este archivo, cuáles son y serán las condiciones para acceder a él y manejarlo, cuáles los criterios con que está siendo clasificado y seleccionado. 

Estas incertidumbres se vuelven más vidriosas cuando se apunta a la vida misma de Bolaño. La exposición del CCCB pretende soslayar pudorosamente este aspecto. Apenas unos pocos objetos personales (la máquina de escribir de Bolaño, el teclado de su ordenador, unas gafas) y un buen puñado de fotografías satisfacen el inevitable fetichismo de los visitantes, quizá decepcionados por encontrar tan pocos rastros de privacidad.

Está bien contrariar el morbo de quienes se sienten atraídos por la intimidad de los escritores. Pero resulta objetable la administración algo tendenciosa de los escasos testimonios biográficos, el recorte de la mirada volcada sobre el entorno de Bolaño; recorte para algunos muy evidente, dada la ausencia o el esquinamiento de algunos nombres, de algunos rostros, de algunas relaciones importantes, incluso decisivas. Esto último abunda en la sospecha de que, en las actuales circunstancias, la biografía de Bolaño con la que tantos especulan es un proyecto lleno de espinas, que será difícil abordar como no sea dentro de los cauces siempre limitados de lo que se entiende comúnmente por una biografía autorizada, con todas las reservas que ello suscita en este caso. 

Por último: ¿por qué tanta insistencia en conmemorar los diez años de la muerte de Bolaño? Quizá fuera más propio celebrar -como se propone hacer el poeta Jorge Morales en Gerona-- que se cumplen los sesenta años de su nacimiento, el próximo 28 de abril. 

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Primera prospección en el archivo Bolaño
Por Alberto OJEDA 
Publicado el 05/03/2013

El escritor chileno, ya envuelto en la leyenda, dejó a su prematura muerte un voluminoso caudal de manuscritos, muchos inéditos todavía | El CCCB permite entrever alguno de esos novedosos materiales en una muestra que conmemora el 10° aniversario de su fallecimiento.

Roberto Bolaño vivió a salto de mata buena parte de su vida. Erró por distintas ciudades. Un verso suyo de ese tiempo resume bien esa trashumancia en precario: "Días febriles en Barcelona con la ropa arrugada y los labios partidos". Hizo equilibrio para salir adelante sin despeñarse. Sus costumbres tardaron mucho en homologarse con la de la llamada clase media: el techo (casi) fijo, unos ingresos económicos más o menos estables, la familia, los hijos... Eso fue ya en sus últimos años, cuando empezaron a reconocer su valía como escritor y publicarle sus libros. En ese periodo a la intemperie, no obstante, siempre tuvo un asidero fijo: la literatura. No paró de escribir. Por eso el archivo que dejó a su muerte prematura con cincuenta años, ahora hace una década, es una frondosa selva poblada por una amplia diversidad de especies: novelas, poemas, cuentos, diarios, artículos, ensayos... El CCCB, conmemorando la efeméride, ofrece a partir de hoy una aproximación a las primeras capas de ese caudal de cuadernos, notas, apuntes, dispositivos informáticos... en los que dejó marcadas las huellas de su talento y su tenacidad. Sus fans (legión entre los jóvenes) y sus estudiosos (cada vez hay más doctorandos concentrados en su obra) tendrán la oportunidad deatisbar algunos manuscritos inéditos, como la novela El espíritu de la ciencia ficción, escrita en 1984 y dedicada a Philip K. Dick. 

El centro barcelonés ha contado para esta iniciativa con el apoyo de la viuda de Bolaño, Carolina López, que es la heredera y por tanto soberana de todos esos materiales. La irrupción en ese territorio íntimo de un escritor difunto siempre plantea algunos dilemas morales. ¿Hasta qué punto es lícito dar a conocer lo que el principal interesado mantuvo oculto? Pero el propio Bolaño parece que despeja las dudas. En una de las novelas inéditas agazapada entre sus papeles, La paloma de Tobruck, de 1983, puede leerse: "Abre un cajón del estante de los libros. Está lleno de papeles manuscritos. Coge uno al azar: '¡a veces soy inmensamente feliz!'. La letra es pequeña. Bebe un sorbo de cerveza y sigue leyendo otros apuntes (no viene al caso decirlo en este momento, pero ella no siente estar violando nada al leer esas especies de notas, diario de vida o lo que fuera sea). Lo importante, lo verdaderamente importante quiero decir es que la cerveza se entibia, aparece la luna en lo alto del callejón tan solo por unos instantes...". 

Este pasaje lo recoge Valerie Miles en el catálogo de la exposición, donde explica: "De cuando en cuando el lector tiene la impresión de que Bolaño podría haber dejado deliberadamente algunas claves diseminadas a lo largo de sus cuadernos, por si algún arqueólogo literario llegara a excavar en ellos". Ella ha sido una de esas arqueólogas. Carolina López le pidió que le echara un cable en su empeño por dar orden y coherencia a los manuscritos de Bolaño. Ya llevan un par de años trabajando juntas. 

El crítico Ignacio Echevarría fue el primero en desarrollar esa tarea en el archivo de Bolaño (en concreto en el disco duro de su ordenador). En los años inmediatamente posteriores a su muerte ejerció, de hecho, como su albacea. A él se debe la edición en un solo volumen de la monumental novela 2666 (2005). También se encargó de la edición de la compilación de ensayos y artículos titulada Entre paréntesis (2004) y del libro de relatos El secreto del mal (2007). Pero "diferencias" con la viuda de Bolaño le apartaron de ese encargo. Echevarría no ve ningún inconveniente en que sigan saliendo a luz obras firmadas por su viejo amigo. "Él sabía que tenía muchas papeletas para morir pronto. Si un escritor no destruye sus manuscritos está dando un permiso tácito para que algún día se conozcan. Lo único es que esos trabajos deben editarse y contextualizarse correctamente. Esa es la obligación de los responsables de su legado", comenta a El Cultural. 

Es precisamente lo que pretende esta exposición, que se asemeja, en cierto modo, a un esquema ya clásico en el CCCB, ideado por Juan Insua (el otro comisario de la muestra de Bolaño), que consiste en identificar las conexiones entre distintos escritores y las ciudades que han habitado, como ya hicieron con del Dublín de Joyce y el Trieste de Magris. Esta vez se secciona la existencia de Bolaño en tres tramos, con el fin de jalonar con precisión una suerte de cronología creativa, tan dispar de la cronología de publicaciones de sus libros. El primero de esos tramos, denominado La universidad desconocida (como su libro de poemas), abarca su estancia en Barcelona, entre 1977 y 1980, un periodo en el que rumiaba poner en marcha un viejo anhelo, del que dejó constancia en un apunte de su diario, fechado en 1978:"Cada día menos jóvenes, la fortuna con unos, la pobreza con otros: escribo versos, sueño con una novela". Luego reconocía que le costaba mucho empezarla. 

En Gerona, donde vivió entre 1980 y 1984, el "caleidoscopio" (así se denomina esta sección en el CCCB) de su obra literaria empieza a cobrar consistencia. En esa etapa escribe las novelas Monsieur Pain, Diorama, La paloma Tobruck y El espíritu de la ciencia ficción. "Gerona enmarca una determinada mayoría de edad, cuando Bolaño se aísla y halla su rumbo, y empieza a aplicar más extensamente algunas ideas sobre la fragmentación, las estructuras, las nociones del tiempo, del caleidoscopio", explica Valerie Miles. En el 85 se traslada a Blanes, donde viviría hasta 2003 y catapultará sus ambiciones literarias hasta construir un universo en expansión infinita, pleno conexiones internas (con personajes, tramas, símbolos que saltan y mutan de un libro a otro), y que, a juicio de Insua, coloca a Bolaño entre los más grandes de "la nueva literatura mundial junto con Coetzee, De Lillo...". 

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Patricio Pron
"Bolaño me decía que comiera mucha fruta y que no bebiera"
Por Alberto OJEDA 
Publicado el 24/11/2010

Patricio Pron se juró un día dejar de escribir. Estaba en Argentina y cuando leía sus cuentos y sus novelas no se reconocía. “Parecían escritas por un tipo que no era yo y que además me empezó a caer bastante mal”, confiesa. Ante una situación así no le quedó más remedio que reinventarse, si no quería acabar en manos del psiquiatra.

Pron cogió la maleta y se instaló en Gotinga (Alemania). Allí empezó a trabar su tesis doctoral y a pensarse muy mucho si merecía la pena empuñar la pluma de nuevo. Circunstancias personales difíciles -"atesoro tantos fracasos"- le empujaron a retomarla, pero ya era un escritor nuevo, liberado del peso de la exigente tradición literaria argentina y de la concepción ampulosa del oficio de escribir. Entonces alumbró obras como Una puta mierda y El comienzo de la primavera, que le han valido, tras instalarse en Madrid en 2008, el reconocimiento de la crítica, el favor de los premios y el mimo de sus editores. 

Pregunta.- Dice que cuando encontraba un mail de Bolaño en su buzón era un “buen día”. ¿Por qué le alegraba tanto?
Respuesta.- Todo lector desea comunicarse con los autores que admira. Es una suerte tener un contacto personal con alguno de ellos. Es lo que me ocurrió a mí con Bolaño. Cuando estudiaba en la Universidad de Gottingen, me dijeron que iba a venir para promocionar sus novelas. Acordé entrevistarle para un diario uruguayo. Yo entonces no lo había leído. Empecé con La literatura nazi en América y luego con Estrella distante y quedé deslumbrado con su magnética personalidad. 

P.- ¿Qué es lo que más le gusta de él, lo que le hace escogerle como modelo a él y no a otros?
R.- Diría varias cosas. Admiro su valentía para enfrentarse a temas clave y complejos que no suelen agradar a los lectores. Su conocimiento enciclopédico de literatura y que su propia obra emergiera de ahí. También devolvió a la literatura en español el interés por las formas. Pero por encima de todo me quedo con su sentido del compromiso total hacia la literatura. Siempre la consideró un fin en sí mismo, no un medio para alcanzar otras cosas. Bolaño intentaba ganarle días a la muerte para poder escribir más libros. Se cuidaba mucho. A mí, por ejemplo, me recomendaba tomar mucha fruta y verduras y no beber mucho alcohol. No me creo la leyenda del yonqui que le asignan.

P.- Dejando a un lado a Bolaño, ¿cómo describe la importancia de la huella intelectual que le dejó su estancia en Alemania?
R.- Su importancia es absoluta. Fui porque quería recorrer las mismas calles que recorrían algunos de los autores que leía en la biblioteca de mi casa en Argentina. Pensé que sería interesante y enriquecedor. Y así fue. Alemania me dio una formación que en otros sitios, como por ejemplo España, no me hubiera podido pagar, me dio su idioma, que me sirve para ganarme la vida haciendo traducciones, y sobre todo un refugio modesto y mucho tiempo para pensar qué quería hacer con mi vida y cómo. Allí encontré las condiciones adecuadas para empezar a escribir de nuevo, después de jurarme que no volvería hacerlo.

P.- ¿Llegó a jurárselo?
R.- Sí. Escribir, la verdad, es una actividad rutinaria y algo pueril si se compara con las cosas importantes que se pueden hacer en este mundo y contra los problemas urgentes que padece. Pero en Alemania empecé de nuevo, quizá por los tantos fracasos personales que atesoro, y ya no pude dejar de hacerlo. Lo importante es que cambié mi manera de escribir y entender la literatura. Allí me propuse que cada libro sería distinto del anterior y que debía aceptar el malentendido como forma de comunicación inevitable entre autor y lector.

P.- Después de vivir ocho años en Alemania y empezar allí a ser otro escritor, ¿en qué medida se siente ahora un autor argentino?
R.- Argentina tiene una larga tradición de autores que escribieron fuera. ElMartín Fierro, poema épico nacional, está escrito con un metro que no se utilizaba en Argentina, sino en Brasil. Es una literatura que tiene mucho interés por Europa. De hecho hay pocas literaturas tan centroeuropeas como la argentina. Yo aspiro a formar parte de esta tradición, aunque algunos tengan sus dudas, sobre todo porque mi dicción, ni siquiera mi acento, es ya argentino, ni tampoco los temas de que me ocupo. 

P.- Volver allí es una hipótesis completamente descartada, ¿no?
R.- No, no tengo ninguna intención de volver. Vuelvo de visita cada año o año y medio. Las cosas que podía aprender de Argentina ya las he aprendido. Aquí tengo ahora mi mujer y mi gato y eso es lo más parecido a un hogar que puedo encontrar. La migración es siempre un viaje sin retorno, porque ya nunca puedes volver al mismo sitio que abandonaste: todo cambia, las personas queridas que dejaste y el paisaje, y sobre todo cambia uno. 

P.- Al principio de El comienzo en la primavera utilizas una cita de Thomas Mann que advierte que el pueblo alemán siempre despreciará la democracia. ¿Tiene alguna vigencia?
R.- La puse para advertir que el libro no era mero turismo por Alemania, sino un ejercicio crítico de la cultura alemana. Esa denuncia era pertinente cuando la formuló Mann, pero ahora no lo es tanto: los alemanes han desarrollado una conciencia crítica muy sensible. Ahí está el ejemplo de la defensa mediambiental. Lo más positivo del sistema democrático alemán es la capacidad que tienen los ciudadanos de tutelar las instituciones. Con su resistencia pasiva consiguen modificarlas de acuerdo a sus reivindicaciones.

P.- ¿Qué culpa le asigna a Heidegger y los filósofos de su cuerda en el impulso de la locura nazi? 
R.- No demasiada. Ni siquiera en Alemania los filósofosos tienen mucha influencia en la realidad social. Lo que me interesaba retratar en El comienzo de la primavera era cómo muchos intelectuales como Heidegger tuvieron que ocultar su pasado y la necesidad que tuvieron de manipular la verdad. Sentir esa necesidad de por vida es terrible para cualquier persona. 

P.- Imagino que no se habrá arrepentido de dejar Alemania e instalarse en España. Desde que ha llegado le ha sonreído el éxito: Premio de Novela Ciudad de Jaén, inclusión en la lista Granta, críticas laudatorias...
R.- Durante un tiempo pensé que podía estar en Alemania y reemplazar mi presencia como escritor a través de agentes, amigos, visitas regulares...Entonces consideraba los encuentros con editores y lectores un fastidio. Me equivocaba. He descubierto al volver que me he perdido la parte buena de esa relación, todo lo que te aporta y te enriquece. Además un escritor debe estar lo más cerca posible de sus lectores. 

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Roberto Bolaño, presente e infinito
Por Alberto OJEDA 
Publicado el 23/11/2010

ElCultural.es sienta en una misma mesa a Jorge Herralde, Ignacio Echevarría, Rubén Medina, Patricio Pron y Alejandro Zambra para diseccionar su poliédrica figura.

En la prospección de los infinitos estratos que conforman la obra de Bolaño es posible que estemos todavía excavando en la superficie. Así lo cree, por ejemplo, Alejandro Zambra: “Bolaño es casi infinito; estamos muy lejos de agotarlo”. El escritor chileno habla en una mesa redonda organizada por ElCultural.es para diseccionar la figura del inabarcable autor de2666. La ocasión la brinda la Semana de Autor, celebrada durante esta semana en la Casa de América (lugar también de esta charla a muchas bandas), y que este año se centra en exclusiva en él. Junto a Zambra toman asiento también el editor Jorge Herralde, el crítico Ignacio Echevarría, el poeta y profesor mexicano Rubén Medina y el escritor argentino Patricio Pron. 

Para radiografiar a Bolaño no está de más empezar por la persona, más allá del escritor, aunque, como advierte de entrada Pron, “es la parte menos interesante de Bolaño”. No es cuestión de ponerlo en duda, sobre todo porque no le falta razón: lo más interesante de los escritores, por más que algunos se regodeen buceando en sus biografías, suele estar en los papeles que entintaron con sus bolígrafos, sus máquinas de escribir o sus ordenadores.Pero la mitomanía que lo está inflando ha desdibujado los contornos de la persona para convertirlo en icono, y ante semejante fenómeno conviene escuchar a los que lo trataron cara a cara y con cierta cotidianeidad.

"Generoso y cruel"

Todos coinciden en dos adjetivos: “generoso y cruel”. Generoso a la hora de prestar su apoyo a jóvenes escritores que luchaban por hacerse oír. Y cruel para atacar a todos aquellos que se habían apoltronado en la cúspide de la pirámide del prestigio literario. “Era muy divertido y un excelente e infatigable conversador. La prueba es que cuando le entrevistaban y le planteaban varias veces una misma pregunta siempre conseguía responder sin repetirse. Y luego tenía conocimientos enciclopédicos de todo: de poesía francesa, de programas de televisión, de alineaciones del Barça”, explica Ignacio Echevarría, hombre al que Bolaño confió la gestión de su legado literario tras su muerte. 

Herralde suscribe lo de gran conversador: “Cada vez que se acercaba a la editorial para contarme sus proyectos, hacía una tournée por todos los departamentos que duraba horas. Luego entraba a mi despacho y jugábamos torneos de maldades literarias”. Si las paredes de ese despacho hablaran... 

La literatura: única drogodependencia

En esta deformación de la figura de Bolaño hay un asunto especialmente escabroso: su presunta adición a la heroína y otras sustancias. Es un rumor a voces que sobre todo se ha tenido muy en consideración en los Estados Unidos. Allí se acogió a Bolaño como un escritor desclasado, enfrentado a sus contemporáneos, pobre, drogodependiente y obsesionado con su dedicación a literatura. Rubén Médina, compañero de gamberradas infrarrealistas en México, cuando los dos eran jóvenes y pretendían subvertir los estamentos literarios, lo niega, tranquilamente: “Él, cuando visitamos al poeta de turno, estaba mucho más pendiente de aprender y de hacerle preguntas que le podrían servir para luego escribir que en los licores. Era muy moderado: se tomaba una cerveza en el tiempo que los demás habíamos tomado ya varios tequilas”. Jorge Herralde señala el origen de la habladuría en uno de sus cuentos, que tiene como protagonista a un heroinómano y que muchos creyeron autobiográfco, pero que el propio Bolaño desmintió que fuera así”. 

“A mí me resulta muy difícil de creer esto”, tercia Pron, “porque él siempre me decía que me cuidara, que no abusara del alcohol y que comiera mucha fruta y verduras” [Risas en la sala]. Explica Pron que estos consejos se los daba para que le ganara tiempo a la muerte y pudiera escribir más libros. Bolaño también se aplicaba esta receta, con la desesperación de saber que la muerte le aguardaba al otro lado de la esquina, pero se ha autoimpuesto rematar a toda costa su obra magna, 2666, una novela de más de 1.000 páginas. “Su compromiso con la literatura”, continua, “era total”. “Salvo sobre la propia supervivencia, estaba por encima de todo. Escribir era un fin en sí mismo, no un medio para obtener prebendas políticas ni para ascender socialmente”, remacha Pron, que entrevistó a Bolaño en la Universidad de Gotinga cuando éste andaba de promoción por Alemania y luego mantuvo con él una intensa correspondencia digital. “Los días que tenía mensaje suyo eran más felices”. 

La conversión de Bolaño en un “fetiche pop”, como advierte Ignacio Echevarría, es un riesgo que corre el escritor prematuramente muerto y ensalzado a los altares de la literatura casi unánimemente. En las calles de algunas ciudades, como Santiago de Chile o Barcelona, se ven grafitis con su cara pintada. Pero el autor de Los detectives salvajes tiene el antídoto más eficaz contra ese proceso de trivialización en marcha: su propia obra.“Su esencia es múltiple. No ha creado un universo cerrado, como el Macondo de García Márquez, él abre puertas y puertas, por eso no se puede reducir, ni simplificar, es imposible”. Lo dicho: Bolaño es un autor infinito. 

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El Tercer Reich
Roberto Bolaño
Anagrama, 2010. 368 páginas, 18 euros
Por Joaquín MARCO 
Publicado el 19/02/2010

La figura y la obra del chileno Roberto Bolaño (1953-2003) se ha convertido ya en un mito de la literatura latinoamericana tras su mayor éxito póstumo: la acogida dispensada a la traducción de su novela 2666 en Estados Unidos. Tampoco había sido escaso el éxito de Los detectives salvajes, que obtuvo el premio Herralde y el Rómulo Gallegos.

El Tercer Reich, su primera incursión en la novela, escrita en 1989 y ahora rescatada -el autor parece que sólo había corregido antes de su muerte menos de un centenar de folios- nada tiene que ver con La literatura nazi en América publicada ya en España, en Seix Barral, en febrero de 1996, salvo en el hecho de que le atrajeran personajes corrompidos por el nazismo. Bolaño, que vivía en el pueblo costero de Blanes, conectado con escritores gerundenses como Javier Cercas, situóEl Tercer Reich en esta localidad, sin nombrarla, como hará en otros relatos y novelas, aunque no resulte difícil adivinar su paseo Marítimo, su Jardín Botánico o, en este caso, los años de un boom turístico que refleja. 

Un joven alemán, Udo Berger, pasa sus vacaciones acompañado de su novia Ingeborg. De hecho, regresa al mismo hotel donde once años antes había estado con sus padres. Su afición son los juegos de guerra (wargames), con los que ha obtenido prestigio internacional. Contactarán con otra pareja también alemana, Charly y Hanna, y les acompañarán a las todavía escasas discotecas y a bares y restaurantes, donde Charly, incansable bebedor, frecuentará a extraños personajes del lugar: El Lobo, El Cordero o El Quemado. Advertimos los ambientes turbios, la violencia soterrada que habrá de caracterizar su obra posterior. La desaparición de Charly en el mar se convierte en el incidente más relevante, pero no puede entenderse como el núcleo de la acción. En cierto modo recuerda a la muchacha ahogada de El Jarama, de Ferlosio. 

La estructura de la novela se conforma a modo de un diario iniciado el día 20 de agosto y finalizado el 30 de setiembre, más algunas noticias finales sobre los personajes tras su regreso a Alemania. La verdadera clave, acompañada de múltiples “indicios”que conducirán la imaginación del lector hacia otros vericuetos - como la atracción que siente por la propietaria del hotel, Frau Else, o las ocupaciones de El Lobo y El Cordero- se encuentra en los juegos que inventan posibilidades bélicas de batallas de la II Guerra. Pero, puesto que las mujeres se desinteresan, será el personaje marginal de El Quemado un contrincante cada vez más interesado. Tal vez sea un latinoamericano, de rostro y cuerpo deformados, que se ocupa de los viejos patines de la playa. El protagonista advierte que su ordenación en la arena parece ilógica. Descubrirá más tarde que con ellos configura una especie de búnker donde vive. Una vez aparecido el cadáver de Charly, que resulta una excusa para prolongar su estancia en el pueblo, vive días atormentados, enfebrecido por su relación con Frau Else y el final de la partida, expuesta con detalle, con El Quemado. 

Descubrimos cierto sustrato existencial en el aparente desorden del comportamiento del héroe, en ocasiones no lejos del absurdo, paralelo al progresivo caos del hotel, que coincide con el retorno de los turistas a sus países, la enfermedad del marido de Frau Else y la extraña vida amorosa del protagonista. Pero El Quemado, tal vez un ignorado escritor, es quien mejor lo simboliza. Les unirá el juego, aunque también la derrota común como seres humanos. De activo jugador se convertirá en espectador cuando, ya de regreso, asista al Congreso de los wargames . Esta primera novela de Bolaño no es sólo el inicio de un mundo. Resulta, en sí misma, una novela apasionante, plena de insinuaciones, misteriosa y simbólica. En ella descubrimos a un escritor ya hecho, no una promesa, portador de un mundo pleno de significados, el narrador que, anclado en el pasado siglo, anticipa el presente. Bien merecía el rescate. 

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Los cuentos inéditos de Roberto Bolaño
Anagrama publica los relatos póstumos del escritor chileno
Publicado el 29/03/2007 

Tras la muerte de Roberto Bolaño, su amigo y albacea Ignacio Echevarría encontró en su ordenador “un puñado de cuentos y de esbozos narrativos entre los numerosos archivos de texto”. 

Entre ellos destacaban los de un archivo, BAIRES, en el que Bolaño “debió de trabajar durante los meses anteriores a su muerte”y que son parte de los que están a punto de ver la luz en El secreto del mal (Anagrama). El volumen toma su título de uno de los relatos, que se abre con una declaración de principios: “Este cuento es muy simple aunque hubiera podido ser muy complicado. También: es un cuento inconcluso, porque este tipo de historias no tienen un final”. “La obra entera de Bolaño”, insiste Echevarría, “permanece suspendida sobre los abismos a los que no teme asomarse. Es toda su narrativa, y no sóloEl secreto del mal, la que parece regida por una poética de la inconclusión”. El Cultural publica hoy tres de los mejores cuentos, llenos de emoción, misterio y tristeza. Puro Bolaño.

La colonia Lindavista

Cuando llegamos a México, en 1968, pasamos los primeros días en casa de un amigo de mi madre y luego alquilamos un departamento en la colonia Lindavista. He olvidado el nombre de la calle, aunque a veces creo que se llamaba Aurora, pero puede que me confunda. En Blanes viví durante unos años en un piso de la calle Aurora, por lo que me parece poco probable que también en México hubiera vivido en otra calle Aurora, si bien es cierto que este nombre es bastante usual y que muchas calles de muchas ciudades lo llevan. La calle Aurora de Blanes, en cualquier caso, no tenía más de veinte metros y se podría decir que más que calle era un callejón. La Aurora de la colonia Lindavista, si realmente se llamó así, era una calle estrecha pero grande, al menos de cuatro cuadras, y allí vivimos durante el primer año de nuestra larga estancia en México.

La mujer que nos alquiló la casa se llamaba Eulalia Martínez. Era viuda y tenía tres hijas y un hijo, ha bitaba en la planta baja del edificio, un edificio que entonces me parecía normal, pero que ahora, en el recuerdo, se me aparece como un conjunto de anomalías y de torpezas, pues la segunda planta, a la que se llegaba subiendo una escalera al aire libre, y la tercera, a la que se accedía mediante una escalerilla de metal, habían sido levantadas mucho después y posiblemente sin permiso de obras. Las diferencias eran notorias: la casa de la primera planta tenía el techo alto, un cierto empaque, era fea pero había sido construida siguiendo los planos de un arquitecto; la segunda y la tercera planta eran improvisaciones del gusto estético de doña Eulalia y de la maña de un albañil de confianza. Detrás de esa adiposidad arquitectónica se hallaba una razón no meramente mercantil. La dueña de nuestro departamento tenía cuatro hijos y los cuatro departamentos de las dos plantas adicionales fueron construidos para ellos, para que siguieran cerca de su madre cuando se casaran.

Cuando nosotros llegamos allí, sin embargo, sólo estaba ocupado el departamento que quedaba justo arriba del nuestro. Las tres hijas mayores de doña Eulalia estaban solteras y vivían con su madre en la casa de abajo. El hijo menor, Pepe, era el único que se había casado y vivía encima de nosotros junto a su mujer, Lupita. Ellos fueron nuestros vecinos más cercanos durante aquel tiempo. 

De doña Eulalia poco más es lo que puedo decir. Era una mujer voluntariosa y había tenido suerte en la vida y posiblemente era más mala que buena. A sus hijas apenas las conocí. Eran lo que en aquellos lejanos años se conocía como solteronas y arrastraban ese destino tan bien como podían, es decir mal, o en el mejor de los casos de una forma resignada y oscura que iba dejando huellas imperceptibles en las cosas o en los recuerdos de las cosas que uno tiene después, cuando todo se ha desvanecido. Se las veía poco o yo las veía poco, consumían telenovelas y hablaban mal de las otras mujeres del barrio, con quienes se cruzaban en el almacén o en el oscuro zaguán donde una india esquelética vendía tortillas de nixtamal. 

Pepe y su mujer, Lupita, eran diferentes.

Mi madre y mi padre, que por entonces eran tres o cuatro años menores de lo que yo soy ahora, se hicieron amigos de ellos casi de inmediato. A mí me interesó Pepe. En el barrio todos los muchachos de mi edad lo llamaban el Piloto porque era piloto de la Fuerza Aérea Mexicana. Su mujer se dedicaba a las la-bores de la casa. Antes de casarse con Pepe había trabajado de secretaria o de administrativa en una oficina pública. Los dos eran o trataban de ser simpáticos y hospitalarios. A veces mis padres subían a su casa y se estaban un rato allí, escuchando discos y bebiendo. Mis padres eran mayores que Pepe y Lupita, pero eran chilenos y los chilenos en aquella época se veían a sí mismos como el súmmum de la modernidad, al menos en Latinoamérica, y la diferencia de edad quedaba borrada por el talante francamente juvenil que exhibían mis dos progenitores.

En alguna ocasión yo también subí a casa de ellos. Pepe tenía una sala o un living, como le llamábamos nosotros, bastante moderno, y un tocadiscos que parecía recién comprado, y en las paredes y sobre los aparadores del comedor había fotos de él y de Lupita y fotos de los aviones que él pilotaba, aunque de eso, que era lo que a mí más me interesaba, prefería no hablar, como si estuviera permanentemente constreñido por algún secreto militar. Información clasificada, lo llamaban los norteamericanos en sus teleseries. Secretos militares de la Fuerza Aérea Mexicana que en el fondo no le quitaban el sueño a nadie, salvo a Pepe, que tenía un sentido del deber y de la responsabilidad bastante extraño.

Poco a poco, por conversaciones oídas a la hora de la cena o mientras yo estudiaba, me fui haciendo una idea de la situación real de nuestros vecinos. Llevaban cinco años casados y aún no habían tenido hijos. Las visitas al ginecólogo no escaseaban. Según los médicos Lupita era perfectamente capaz de tener hijos. Los exámenes hechos a Pepe revelaban lo mismo. El problema era mental, habían dicho los médicos. La madre de Pepe, a medida que pasaban los años y no la hacían abuela, le fue cogiendo ojeriza a Lupita. Ésta una vez le confesó a mi madre que el problema residía en la casa y en la cercanía de su suegra. Si se fueran a otra parte, le dijo, probablemente no tardaría en quedar embarazada.

Creo que Lupita tenía razón.

Un apunte más: Pepe y Lupita eran bajos de estatura. Yo, que en aquella época tenía dieciséis años, era más alto que Pepe. Así que supongo que Pepe no medía más de un metro sesentaicinco y Lupita con suerte andaría por el metro cincuentayocho. Pepe era moreno, con el pelo muy negro y una expresión reflexiva en el rostro, como si constantemente anduviera preocupado por algo. Todas las mañanas salía a trabajar vestido con el uniforme de oficial de la Fuerza Aérea. Su afeitado era perfecto, salvo los fines de semana, en que se ponía una sudadera y unos pantalones vaqueros y no se afeitaba. Lupita tenía la piel blanca, el pelo teñido de rubio, casi siempre con permanente, que se hacía en la peluquería o ella sola, con una maletita en donde había todo lo necesario para el pelo de una mujer y que Pepe le trajo desde Estados Unidos, y solía sonreír cuando saludaba. A veces, desde mi cuarto, los escuchaba hacer el amor. En aquella época empecé a escribir con cierta asiduidad y me quedaba despierto hasta muy tarde. Mi vida no me parecía nada excepcional. De hecho, estaba insatisfecho con todo. Y escribía hasta las dos o las tres de la mañana y era a esa hora cuando de improviso empezaban los gemidos en el departamento de arriba.

Al principio todo me parecía normal. Si Pepe y Lupita querían tener un hijo tenían que coger. Pero luego empecé a hacerme algunas preguntas: ¿por qué empezaban tan tarde?, ¿por qué no oía voces antes de que empezaran los gemidos? De más está decir que todo lo que sabía de sexo en aquella época lo había aprendido en el cine o leyendo revistas pornográficas. Es decir, sabía muy poco. Pero lo suficiente como para presentir que en el departamento de arriba ocurría algo raro. La relación sexual de Pepe y Lupita se me aparecía de improviso ornada de gestos ininteligibles, como si en el departamento de arriba se llevaran a cabo escenas de sadomasoquismo, un sadomasoquis-mo que no conseguía visualizar del todo y que estaba regido, más que por acciones que provocaran dolor y placer, por movimientos teatralizados que Pepe y Lupita interpretaban contra sí mismos y que paulatinamente los estaban trastornando.

Exteriormente esto apenas era perceptible. De hecho no tardé en llegar a la fatua conclusión de que sólo yo lo sabía. Mi madre, que de alguna manera era amiga de Lupita y receptora de sus confidencias, creía que con mudarse de casa se solucionarían todos los problemas de la pareja. Mi padre no tenía opinión. En realidad, recién llegados a México bastante teníamos con lo que a diario nos deslumbraba como para preocuparnos de los misterios de nuestros vecinos. Cuando recuerdo esa época veo a mis padres y a mi hermana y luego me veo a mí, y el conjunto que aparece ante mis ojos es de una desolación abrumadora.

A seis cuadras de nuestra casa se levantaba un supermercado Gigante adonde mi familia iba los sábados a hacer la compra de toda la semana. Eso lo recuerdo con profusión de detalles. Y también que por aquella época empecé a estudiar en una preparatoria del Opus Dei, aunque en descargo de mis padres debo decir que éstos en su vida habían oído hablar de esta institución. Yo mismo tardé más de un año en enterarme de en qué lugar endemoniado estaba estudiando. Mi maestro de ética era un nazi confeso, pero lo curioso es que se trataba de un chiapaneco pequeñajo y aindiado que había estudiado becado en Italia, en el fondo un tipo simpático y estúpido al que los nazis de verdad no hubieran dudado en exterminar, y mi maestro de Lógica creía en la voluntad heroica de José Antonio (muchos años después, en España, alcancé a vivir en una avenida José Antonio), pero lo cierto es que yo, como mis padres, no me enteraba de nada.

Los únicos interesantes eran Pepe y Lupita. Y un amigo de Pepe, de hecho el único amigo de Pepe, un tipo rubio, el mejor piloto de su promoción, un tipo alto y delgado que había sufrido un accidente mientras pilotaba su caza y ya no podía volar nunca más. Casi todos los fines de semana aparecía por la casa y después de saludar a la madre y a las hermanas de Pepe, que lo adoraban, subía a la casa de su amigo y se dedicaban a beber y a ver la tele, mientras Lupita preparaba la comida. Otras veces aparecía entre semana y entonces llegaba vestido con el uniforme, un uniforme que me cuesta visualizar, yo diría que era azul, pero es probable que me equivoque, si cierro los ojos y trato de evocar a Pepe y a su amigo rubio, los veo con uniformes verdes, un verde claro, un uniforme bonito para dos pilotos, junto a Lupita que va vestida con una falda azul (ella sí de azul) y una blusa blanca.

A veces el rubio se quedaba a comer. Mis padres se acostaban y arriba seguía la música. En mi casa yo era el único que permanecía despierto porque a esa hora comenzaba a escribir. Y de alguna manera el ruido que venía del piso de arriba me hacía compañía. A eso de las dos de la mañana las voces y la música ce-saban y se hacía un silencio extraño en todo el edificio, no sólo en el departamento de Pepe sino también en el nuestro y en la casa de la madre de Pepe que sostenía las ampliaciones y que a esa hora parecía chirriar, como si los pisos que habían crecido encima le pesaran demasiado. Y entonces yo sólo oía el viento, el viento nocturno del DF y las pisadas del rubio que se aproximaban a la puerta, seguido de las pisadas de Pepe que lo acompañaba, y después alguien bajaba las escaleras, las mismas pisadas, pero en nuestro rellano, y luego bajaban las escaleras hasta la primera planta, y alguien abría el portón de hierro y luego las pisadas se perdían en la calle Aurora. Entonces yo dejaba de escribir (no recuerdo qué escribía, algo malo, sin duda, pero algo largo y que me mantenía en vilo) y aguardaba a los ruidos que no se producían en el piso de Pepe, como si tras marcharse el rubio todo allí, incluido Pepe y Lupita, se hubiera de improviso congelado.

El secreto del mal

Este cuento es muy simple aunque hubiera podido ser muy complicado. También: es un cuento inconcluso, porque este tipo de historias no tienen un final. Es de noche en París y un periodista norteamericano está durmiendo. De pronto suena el teléfono y alguien, en un inglés sin acento de ninguna parte, le pregunta por Joe A. Kelso. El periodista responde que es él y luego mira el reloj. Son las cuatro de la mañana y no ha dormido más de tres horas y está cansado. La voz al otro lado del teléfono le dice que tiene que verlo para transmitirle una información. El periodista pregunta de qué se trata. Como suele suceder con este tipo de llamadas, la voz no suelta prenda. El periodista le pide, al menos, una pista. La voz, en un inglés correctísimo, mucho mejor que el de Kelso, le dice que prefiere verlo personalmente. De inmediato, añade, no hay tiempo que perder. ¿En dónde?, inquiere Kelso. La voz menciona un puente de París. Y añade: En veinte minutos puede llegar caminando. El periodista,que ha tenido cientos de citas semejantes, contesta que en media hora estará allí. Mientras se viste piensa que es una manera bastante torpe de arruinarse la noche, pero al mismo tiempo se da cuenta, con un ligero asombro, de que ya no tiene sueño, que la llamada, pese a su previsibilidad, lo ha desvelado. Cuando llega al puente, cinco minutos más tarde de lo convenido, sólo ve coches. Durante un rato permanece quieto en un extremo, esperando. Luego cruza el puente, que sigue solitario, y tras aguardar unos minutos en el otro extremo finalmente vuelve a cruzarlo y decide dar por concluida la noche y volver a casa y dormir. Mientras camina de regreso a casa piensa en la voz: no era un norteamericano, de eso está seguro, tampoco era un inglés, aunque eso ya no podría asegurarlo. Tal vez un surafricano o un australiano, piensa, o puede que un holandés, o alguien del norte de Europa que aprendió inglés en la escuela y que luego lo ha ido perfeccionando en distintos países angloparlantes. Cuando cruza una calle oye que alguien lo llama. Señor Kelso. De inmediato se da cuenta de que quien lo ha llamado es la persona que lo ha citado en el puente. La voz sale de un zaguán oscuro. Kelso hace el ademán de detenerse, pero la voz lo conmina a seguir caminando. 

Cuando llega a la siguiente esquina el periodista se da vuelta y ve que nadie lo sigue. Está tentado a volver sobre sus pasos, pero tras vacilar un instante decide que lo mejor es continuar su camino. De pronto un tipo surge de una bocacalle y lo saluda. Kelso devuelve el saludo. El tipo le tiende una mano. Sacha Pinsky, dice. Kelso estrecha su mano y dice, a su vez, su nombre. El tal Pinsky le palmea la espalda. Le pregunta si le apetece tomar un whisky. En realidad dice: un whiskycito. Le pregunta si tiene hambre. Asegura conocer un bar abierto a esa hora que vende croissants calientes, acabados de hacer. Kelso lo mira a la cara. Pinsky lleva sombrero pero aun así se puede apreciar una jeta blanca, pálida, como si hubiera estado muchos años recluido. ¿Pero en dónde?, piensa Kelso. En una cárcel o en una institución para enfermos mentales. De todas maneras, ya es tarde para echarse atrás y los croissants calientes seducen a Kelso. El local se llama Chez Pain y pese a estar en su barrio, si bien en una calle pequeña y poco frecuentada, es la primera vez que entra y posiblemente la primera vez que lo ve. Los establecimientos a los que suele acudir el periodista están, en su mayoría, en Montparnasse y son lugares aureolados con una cierta ambigua leyenda: el bar donde comió alguna vez Scott Fitzgerald, el bar donde Joyce y Beckett bebieron whisky irlandés, el bar de Hemingway y el bar de John Dos Passos y el bar de Truman Capote y Tennessee Williams.En Chez Pain los croissants son, efectivamente, buenos y están recién hechos y el café no está nada mal. Lo que lleva a Kelso a pensar que el tal Pinsky probablemente sea, posibilidad horrenda, un vecino del barrio. Mientras sopesa esta posibilidad, Kelso se estremece. Un pesado, un paranoico, un loco que observa sin ser, a su vez, observado, alguien a quien le costará sacarse de encima. Bien, dice finalmente, usted dirá. El tipo pálido, que no come y bebe a sorbitos una taza de café, lo mira y sonríe. Su sonrisa es, de alguna manera, una sonrisa en extremo triste, y también cansada, como si sólo con ella se permitiera exteriorizar el cansancio, el agotamiento y la falta de sueño. Cuando deja de sonreír, sin embargo, sus facciones recobran instantáneamente la gelidez.

El viejo de la montaña

Siempre hay casualidades. Un día Belano conoce a Lima y se hacen amigos. Ambos viven en México DF y su amistad se cimenta, como suele ocurrir entre los jóvenes poetas, en el rechazo a ciertas normas, en la afinidad con ciertas lecturas. He dicho que son jóvenes. En realidad, son muy jóvenes, y también son, a su manera, vigorosos y creen en el poder lenitivo de la literatura. Recitan a Homero y Frank OHara, a Arquíloco y John Giorno, y sus vidas discurren, aunque ellos no lo saben, en el borde del abismo. Un día, esto ocurre en 1975, Belano dice que William Burroughs ha muerto y Lima, al escucharlo, pa-lidece intensamente y dice que no puede ser, que Burroughs está vivo. Belano no insiste; dice que él cree que Burroughs está muerto pero que probablemente se equivoque. ¿Cuándo murió?, dice Lima. Hace poco, creo, dice Belano cada vez menos convencido, lo leí en alguna parte. En este punto de la historia se produce algo que podemos llamar silencio. O vacío.Un vacío, en cualquier caso, muy breve, pero que en la percepción de Belano se prolonga misteriosamente hasta las postrimerías del siglo.

Al cabo de dos días Lima aparece con la noticia, esta vez irrefutable, de que Burroughs está vivo.

Pasan los años. A veces, muy de tanto en tanto y sin saber por qué, Belano recuerda el día en que anunció arbitrariamente la muerte de Burroughs. Era un día claro, Lima y él caminaban por Sullivan, salían de la casa de un amigo, tenían el resto del día a su disposición. Posiblemente hablaban de los beatniks. Entonces él dijo que Burroughs había muerto y Lima palideció y dijo no puede ser. En ocasiones, Belano cree recordar que Lima gritó. No puede ser. Es imposible. Injusto. Algo así. Y también recuerda la pesadumbre de Lima, como si le estuvieran anunciando la muerte de un familiar muy querido, pesadumbre (aunque la palabra, Belano lo sabe, no es pesadumbre) que sólo se evaporó dos días después, cuando Lima sabía, fehacientemente, que la información era errónea. Algo de aquel día, sin embargo, algo impreciso, deja en Belano un rastro de inquietud. De inquietud y de alegría. La inquietud, en realidad, es un disfraz del miedo. ¿Y la alegría? Generalmente, para su propia comodidad, Belano suele pensar que tras la alegría se esconde la nostalgia por su propia juventud, pero en realidad tras la alegría se esconde la ferocidad: un espacio reducido y oscuro en donde se mueven, pegadas e incluso sobreimpuestas, unas figuras borrosas y en permanente acción. Unas figuras que se alimentan de violencia, unas figuras que apenas gobiernan (o que gobiernan con una economía curiosísima) la violencia. La inquietud que el recuerdo de aquel día le provoca es, contra lo que dicta el sentido común, aérea. Y la alegría es subterránea, como un buque de perfecta geometría rectangular navegando por un surco.

A veces, Belano contempla el surco.

Se arquea, se agacha, su columna vertebral se cimbra como el tronco de un árbol en medio de una tormenta y contempla el surco: una huella profunda, limpia, que hiende una piel extraña cuya pura con-templación le produce náuseas. Pasan los años. Retroceden los años. En 1975 Belano y Lima son amigos y caminan cada día, inconscientes, por el borde del abismo. Hasta que un día abandonan México. Lima parte hacia Francia y Belano hacia España. A partir de allí sus vidas, hasta entonces unidas, discurren por derroteros diferentes. Lima recorre Europa y el Medio Oriente. Belano recorre Europa y áfrica. Ambos se enamoran, ambos intentan, vanamente, encontrar la felicidad o hacerse matar. Belano, al cabo de los años, se establece en un pueblo a orillas del Mediterráneo. Lima regresa a México. Regresa al DF.

Pero antes han ocurrido otras cosas. En 1975 el DF es una ciudad resplandeciente. Belano y Lima publican sus poemas en revistas, casi siempre juntos, y dan recitales de poesía en la Casa del Lago. En 1976 ambos son conocidos y sobre todo temidos por un establish-ment literario que no los soporta. Dos hormigas salvajes y suicidas. Belano y Lima capitanean un grupo de poetas adolescentes que no respeta a nadie. Absolutamente a nadie. El poder establecido de la literatura no lo perdona y Belano y Lima quedan vetados para siempre. Esto ocurre en 1976. A finales de año Lima, que es mexicano, abandona el país. Poco después, en enero de 1977, Belano, que es chileno, lo sigue.

Esto es lo que hay. 1975. 1976. Dos jóvenes condenados a cadena perpetua. Europa. Un nuevo ciclo que comienza y que al comenzar los aleja del borde del abismo. Y la separación, pues si bien es cierto que Belano y Lima se encuentran en París y luego en Barcelona y luego en una estación ferroviaria del Rosellón, finalmente sus destinos divergen y sus cuerpos se alejan, como dos flechas que de improviso y fatalmente adquirieran trayectorias divergentes.

Y esto es lo que hay. 1977. 1978. 1979. Y después 1980, y la década que le sigue, nefasta para Latinoamérica. 

En cualquier caso Belano y Lima de vez en cuando tienen noticias el uno del otro. Sobre todo Belano tiene noticias de Lima. Así, en una ocasión, sabe que un autobús ha atropellado a su amigo, quien salva la vida de milagro. Lima sale del accidente con una cojera que arrastrará el resto de su vida. Sale, también, convertido en leyenda. O al menos eso es lo que piensa Belano, lejos del DF. De vez en cuando un amigo de Belano que vive en Barcelona recibe visitantes de México que traen noticias de Lima y que el amigo de Belano le hace llegar a éste. 

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2666
Roberto Bolaño
Anagrama. Barcelona, 2004. 1124 páginas, 33 euros
Por Joaquín MARCO
Publicado el 11/11/2004 

Los escritores hispanoamericanos contemporáneos de resonancia (entre ellos Roberto Bolaño) siguen empeñados, tras alcanzar el éxito -y el chileno (1953-2003) consiguió con Los detectives salvajes el premio Herralde y el Rómulo Gallegos- en escribir “la novela” de su vida, la que ha de dejar testimonio de su capacidad para alterar el curso de la novela.

No cabe duda de que 2666 es una obra de gran envergadura y el proyecto de “la novela” en el que Bolaño trabajaba se revela en la nota final de su editor y amigo Ignacio Echevarría, quien nos obsequia con algunas claves: su enigmático título o la precisión de que Santa Teresa equivale a Ciudad Juárez. En una nota inicial los herederos del autor precisan que, ante la proximidad de una muerte anunciada, dio instrucciones sobre la edición por partes, una al año, con lo que suponía “dejar solventado el futuro económico de sus hijos”. Nunca sabremos qué hubiera ocurrido si Bolaño hubiera seguido puliendo esta novela que requiere devoción para adentrarse en su selvático mundo.

La más literaria de las cinco partes de la novela es la primera: “La parte de los críticos”, porque es literatura sobre literatura inventada: un puro ejercicio borgeano. Las historias de los críticos que analizan la obra de un escurridizo escritor alemán, Archimboldi, tres hombres y una mujer, que se encuentran en sucesivos congresos y se atraen hasta conformar un menage à trois, desgranan historias personales: la británica y divorciada Liz Norton, el francés Pelletier, el español Espinoza y el italiano Morini en su silla de ruedas trazan variadas historias amorosas. Sugieren también un mundo paralelo de sueños individuales y desembocan en Santa Teresa, donde descubrirán al profesor chileno Amalfitano, que entiende el exilio “como un movimiento natural”.

“La parte de Amalfitano”, segunda de la novela, gira también en torno a la literatura (Lola abandonará a su pareja para visitar a un poeta que “vivía en el manicomio de Mondragón” [alusión a L. M. Panero]); literatura y sexo se confunden, de forma irracional, anticipando el tema central del relato. Lola, su pareja, acaba abandonándolo, como a su hija Rosa, que seguirá viviendo con su padre en un silencio de 7 años. El reencuentro se da con una literaria normalidad. Es cuando descubre El testamento geométrico, de R. Dieste, sobre quien investigará también en Santa Teresa, donde acabará enseñando. Las relaciones literario-filosóficas las resolverá en figuras geométricas que se reproducen. Símbolos como el libro colgado en un tendedero ofrecen toques irracionalistas y vanguardistas (Duchamp) a una novela enriquecida con observaciones sobre el arte y la literatura. Los paralelismos entre Bolaño y Cortázar resultan fáciles de advertir.

La tercera parte (“La parte de Fate”) nos propone los trueques de personalidad. Nadie es lo que parece y hasta el cambio de nombres no se da sólo en el periodista negro Quincy Williams (Fate), sino en el novelista alemán, cuya naturaleza se nos revelará con detalle en la última parte, “Archimboldi”. Este borgeano juego de identidades. Fate, convertido en periodista, se introduce en el mundo del boxeo. Se acentúa ya el tema de la desaparición de las muchachas en la zona, por las que se interesa la periodista Guadalupe Roncal, tema anticipado con breves alusiones en las anteriores capítulos. El relato se sirve de las técnicas objetivistas de la novela policíaca clásica. Descubriremos una antológica descripción del desierto (pág. 344) y una reflexión sobre la muerte.

La cuarta parte (“La parte de los crímenes”) constituye la zona más amplia y central (págs. 441-793). Los crímenes contra las mujeres describen violencias sexuales y torturas de toda índole, con la minuciosidad de un forense. Reiterativas, exhaustivas, y terribles estas páginas son un rosario de depravaciones de asesinos desconocidos. Otra serie de personajes desfilan: la exótica Dorita con sus apariciones televisivas, y Klaus Haas, alemán nacionalizado estadounidense, acusado de los crímenes en serie. La desaparición de Kelly, una mujer de la buena sociedad capitalina, provoca la investigación de un detective. Pero, a la muerte del policía, las investigaciones derivaban hacia el mundo del narcotráfico con conexiones políticas. Y poco sabremos de los resultados de Kessler, el máximo especialista estadounidense en asesinatos en serie. Porque nos hallamos frente a una corrupción colectiva. 

La última parte “(La parte de Archimboldi”) nos llevará a escenarios bien distintos. Trata la infancia y aventuras bélicas de Hans Reiter, un muchacho, en el que, como en tantos personajes de Bolaño, el misterio inicial se combina con la magia en su vida adulta. Sólo en la página 981 se desvelará que Reiter ha elegido el nombre literario de Archimbaldi, tras haber narrado una serie de aventuras, donde los personajes dejan de ser lo que dicen ser y así Zeller, compañero de campo de concentración, resulta Leo Sammer, un exterminador de judíos. La hermana de Reiter se casará con Werner, de modo de Klaus, en la cárcel de Santa Teresa, será el sobrino del escritor nobelable alemán. Da la impresión de que Bolaño pretende ir cerrando los círculos y enlazar las historias confiriéndoles valores simbólicos. 2666 constituye una experiencia literaria compleja, donde el autor busca inscribir sus pesadillas en un tiempo que siente desvanecerse. Su lectura apasiona, aunque el material, los tiempos y el volumen parezcan desbordantes. Debía publicarse en un único volumen y así debe leerse. 


Articulo: http://www.elcultural.es 18/12/2013

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