samedi 20 juillet 2013

Pedro Pablo GUERRERO/ El contundente regreso editorial de Jorge TEILLIER

RECUPERATION|La vigencia de un poeta
El contundente regreso editorial de Jorge Teillier
Por Pedro Pablo GUERRERO

Ediciones Cátedra, de España, publicara este año una antología critica de su poesía, realizada por el chileno Juan Carlos Villavicencio. A este volumen se agregan reediciones en Fondo de Cultura Económica y Tajamar, además de un libro de ensayos dedicados a su obra que editara Universitaria.

De que es uno de los poetas mas queridos por los chilenos puede dar fe su hijo Sebastian Teillier. La última vez que fue al cementerio de La Ligua, donde descansan los restos de Jorge Teillier desde 1996, descubrió nuevas placas y mensajes que la gente deja en su tumba. Este afecto transversal, no solos literario, alimentado por una mitología creciente de anécdotas, también se traduce en lectores. Fondo de Cultura Económica prepara la sexta reimpresión de Los dominios perdidos, antología de Erwin Diaz, que desde su publicación en 1992 totaliza 9.500 ejemplares. Todo un best seller para el género.

Pero el mayor acontecimiento en torno al legado del poeta nacido en 1935 aun esta por suceder. El prestigioso sello español Cátedra debiera publicar entre septiembre y octubre los tres mil ejemplares de Nostalgia de la Tierra, la primera antología critica de la poesía de Jorge Teillier. Un volumen de 500 paginas que registra variantes de sus poemas e incluye notas y estudios de Juan Carlos Villavicencio (Puerto Montt, 1976), autor del poemario The Hours (2012), licenciado en Literatura, candidato a Magíster de la Universidad de Chile y editor de la desaparecida revista Descontexto.

Sobre el titulo de la antología, Villavicencio explica: “Esta dado por el poema “Nostalgia de la Tierra”, incluido en el libro póstumo de Teillier, En el mudo corazón del bosque, de 1997. Es un poema que esta escrito desde “el otro lado”, desde la muerte. Teillier pervive. Estos poemas tienen la posibilidad de ver la luz, aun tras la ausencia del poeta. Nostalgia de la Tierra, nostalgia de Teillier”.

La corrección, proceso creador

El antologador recuerda que conoció la obra del poeta lautarino en 1996, cuando estudiaba Psicología en la UDP, en un curso de formación integral que dictaba Andrés Morales. Villavicencio después se cambio de universidad y de carrera (a Literatura), y continúo leyendo a Teillier. Atentamente. En cierto momento se da cuenta de que el autor repite poemas. “Y lo peor de todo es que los cambia. No tiene ninguna vergüenza para decir creo que esto es mejorable. Ve que en la corrección había un proceso creador”, advierte.

Entre 2002 y 2003, Villavicencio se embarco en un trabajo para determinar las variantes textuales que hay en Teillier. “Para mi fue una enfermedad. Tenia que dar cuenta de esto, porque nadie lo había hecho. Y como mala memoria tuve que anotarlo. Empecé, libro por libro, a guardar las versiones definitivas, a fijar el texto, y a ver cuales eran efectivamente los cambios. Esos fueron seis meses prácticamente de pan pelado y jugo”, recuerda.

Decidido a publicar una antología con las variantes, el año 2003 fue a ver Sebastian Teillier, quien luego de escucharlo le dio a entender muy amablemente que no veía por qué tendría que darle esa responsabilidad a él, considerando, entre otras razones, que no había publicado trabajos sobre el poeta.

“Un año de depresión”, así resume Villavicencio el resultado de esa entrevista. Sin embargo, en 2007 creo el blog “Teillier Aleph”, donde empezó a subir poemas con las variantes, notas e intertextos. El sitio se hizo conocido por su rigurosidad y Villavicencio se legitimo. Un día Sebastian se comunico con él.

-Nos encontramos en una reunión familiar. Estaban él, su hermana Carolina, y hasta Sybila Arredondo. Querían conocerme. A partir de ese momento se empezó a dar cariño. Comencé a ser una especie de consiglieri. Yo dejé muy en claro que mi rollo no era lucrar con esto, que no quería ser otro vampiro de Teillier. Me pusieron, creo, un par de pruebas pequeñitas. Carolina una vez me mando una carta collage que hizo Teillier para sus nietos, personal. Obviamente nunca la publiqué.

En las conversaciones que siguieron, Villavicencio les transmitió a los herederos del poeta su inquietud de que no podían seguir dando permiso de publicar a Teillier en cualquier sello. Había llegado el momento de jugársela por buscar una editorial extranjera importante. “Yo voy a hacer la antología”, dijo. El primer ofrecimiento se lo hizo a Visor, pero Teillier no estaba dentro de sus planes. Luego lo intento con la Casa de las Américas, en Cuba.

-¿Como llegas finalmente a Cátedra?
-Enviándoles un mail. Sin conocer a nadie. Impresionante. Nadie lo cree, porque ahora tengo muy buenos contactos en editoriales españolas. Les escribí algo así como “Hola, me llamo tanto. Tengo en mi poder los derechos de Teillier, quería saber en mi poder los derechos de Teillier, quería saber si están interesados en una antología, les mando dos ejemplos”. Eran dos poemas anotados y con variantes. Me dijeron que estaban de acuerdo, que les encantaba la idea, el único problema es que las notas eran muy extensas, así que las acorté.

La primera versión que Villavicencio envío a Cátedra tenia 429 paginas en Word. Le pidieron dejarla en 300. Quedo en 306. “Primero tiré toda la carne a la parrilla”, reconoce. Actualmente esta revisando las segundas pruebas del libro, ya diagramado. Cuando termine, se ira a imprenta. Nostalgia de la Tierra incluye una biografía; un ensayo académico (con referencias a los trabajos de Niall Binns, Ana Traverso, Adolfo de Nordenflycht, Jaime Giordano, Leonidas Morales); una lectura interpretativa del propio Villavicencio; una bibliografía; la antología anotada y, aparte, las variantes textuales.

El Teillier político

-¿Qué criterio adoptaste para hacer la antología?
-Como dice el querido Sebastian, antojología. Revisé los textos que yo vi con mayor calidad y punto. Aunque hubo que meter algunos que parecían necesarios. Claro, hay gustos personales, pero dejé que la calidad de los textos se antepusiera a cualquier cosa. De hecho, cuando tuve que recortar la antología y sacar poemas descarté los posibles “ripios”: un poema que esta bien, pero no es tan bueno, ese se fue. Quedo la crème de la crème. Por varias razones. Desde la calidad per se de los textos, hasta lo emblemáticos que son, como clásicos. Aunque yo creo que dejé afuera un clásico. Y lo hice adrede. Yo sé que alguien dirá algo. Pero ahora no importa.

-¿Crees que hay malentendidos en la lectura de Teillier?
-De Teillier se hacen muchas lecturas someras, la gente se queda con el sur y la nostalgia, pero no hay un análisis mas amplio de los textos en si mismos. “Blue” se toma como un poema “bonito”, y es bien terrible en realidad, es una condena. Lo que pasa es que esta escrito bellamente. Por ahí van las confusiones. Lo mismo cuando dicen que sus poemas son tan evocativos de la infancia, como si Teillier lo único que quisiera es volver a los cinco años. Tampoco es así. No hay texto que recoja eso. Él entiende la niñez como un estadio donde puede recuperar esa visión de un mundo mas noble, mejor, que es la edad de oro. Pero va por ese lado, no es un camino de echar de menos a que su mama le haga cariño. Al contrario, los juegos de los niños siempre están cargados de algo terrible. Por ahí se emparienta también con Trakl y hacen buenas migas.

-¿Cuál fue el principal descubrimiento que hiciste revisando los textos de Teillier?
-Lo aprendí a leer mucho mejor como poeta con una visión política. El primer libro que Teillier publica en dictadura es Para un pueblo fantasma, de 1978. Fijémonos en lo significativo del titulo: para un pueblo desolado, muerto, pero también para un grupo de personas que deambulan todavía por la Tierra. Somos de aquellos que han querido aniquilar, por lo tanto tengamos cuidado. Reconozcámonos solo nosotros. De ahí el pez en la portada, el Ictus, como se reconocían los cristianos cuando eran perseguidos. Pero no es la única señal. Las sangrías en ese libro van hacia la derecha y en el poema. “En el mes de los zorros” hay una alusión al “mes de los días de sol frío”, es decir, septiembre. Este Teillier político me parece fundamental.

-¿Por qué entonces lo rodeo una fama de apolítico?
-Muchas veces lo criticaron. Entre otros, Hernán Loyola y Enrique Lihn. Hay un poco de responsabilidad en Teillier. Él quiere pasar así, por esta cosa como de la nostalgia. Y no se mete, no declara. En las entrevistas tampoco dice, pero en sus textos de esos años te encuentras con lo que esta pasando. Como fue un gran lector, tiene que haber revisado “La desaparición de una familia”, ese texto de La nueva novela, de Juan Luis Martínez. Mas tarde, en La isla del tesoro hay referencias a “perros negros y salvajes” que “han bombardeado todas las provincias de la costa”. Quiere irse, hace unos viajes, pero siempre vuelve. Yo creo que sentía una necesidad testimonial de estar acá. “Esto es lo que me toco. No me puedo arrancar”, supongo que se dijo. Lo mismo que le paso a Lihn.

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Teillier crítico

En etapa de elaboración se encuentra el volumen de ensayos Teillier crítico, que están editando Braulio Fernández y Marcelo Rioseco. Universitaria debiera publicarlo a fin de año o comienzos de 2014, con el apoyo de la Universidad de los Andes y University of Oklahoma, tal como se hizo con el volumen Anguita 20/20. Incluso, adelante Fernández, tendrán las mismas secciones: artículos académicos (Ivan Carrasco, Carolina Pizarro, Oscar Galindo, Magda Sepúlveda, Eduardo Llanos, Nain Nomez, Matías Ayala, Ismael Gavilan, Roberto Onell, entre los convocados); ensayos de poetas (Sergio Rodríguez, Francisco Véjar, Lorenzo Peirano, Armando Roa, Omar Lara, Floridor Pérez, Jaime Quezaca, Carlos Almonte) y una parte testimonial o biográfica.

-Lo que nos animo en la base fue lo mismo que Antigua- dice Braulio Fernández-. Poder recuperar a un autor importante para los estudios literarios, aunque el caso de Jorge es distinto porque él ha tenido mayor presencia en el mundo académico, al menos a nivel de papers en revistas. Su situación es claramente mejor en ese sentido, pero de todas maneras nos parecía interesante reunir en un solo volumen un conjunto nutrido de trabajos, escritos por profesores de distintas universidades chilenas y extranjeras.

Marcelo Rioseco destaca la vigencia de Teillier: “Es un poeta de una escritura sencilla, en el mejor sentido de la palabra, que lo hace muy perdurable, y con un tema muy claro: la infancia, el pueblo perdido, cierta mitificación de esa aldea, que de alguna manera es el paraíso. Yo creo que eso ha influido en la imagen del poeta que es cien por ciento poeta. No sé hasta qué punto la poesía de Jorge es hoy un referente o una influencia directa, pero si creo que es una lectura obligatoria de cualquier poeta que esta escribiendo en Chile”.


Articulo: http://www.emol.com/ 14/07/2013

¿Cuánto vale un libro digital?

¿Cuánto vale un libro digital?

Apple concertó los precios al alza de la literatura electrónica frente a Amazon, que ofrecía los textos muy baratos

En un alarde de eficacia y visión, Estados Unidos acaba de propinar un buen disgusto a una de sus firmas tecnológicas más importantes: Apple. El Departamento de Justicia denunció ante los tribunales en marzo del pasado año a la empresa americana y a cinco grandes editores por fijar los precios de los libros electrónicos para contrarrestar la agresiva política de Amazon. Las cinco editoriales son Harper-Collins, Penguin, Hachette, MacMillan y Simon&Shuster. Todas ellas miraban con recelo a Amazon, que ofrecía los libros en formato digital a 9,99 euros, lo que mermaba, lógicamente, sus beneficios.

Solo un año y cuatro meses después —un plazo cortísimo en los estándares de la justicia española—, una juez ha dictaminado que, en efecto, las seis empresas montaron un cartel elevando el precio de los libros —hasta a 15 dólares— y aplicando tácticas que perjudicaban a Amazon, como retrasar todo lo posible la salida a venta de las versiones digitales de sus textos.

La estrategia de las cinco grandes editoras hubiera sido imposible sin la colaboración de Apple, ha dicho ahora la juez. Solo la potencia de esta firma, que cuando empezó a negociar con ellas estaba a punto de comercializar su propia tienda de libros para tabletas y móviles, hizo posible la subida de los precios. Steve Jobs lo tuvo claro y así se refleja en su biografía. Con el acuerdo suscrito ganaba el editor y también su firma, que se quedaba con un 30% del precio de venta al público. Perdía, eso sí, el cliente, que empezaría a pagar más caros sus artículos, como así fue, una vez se puso en marcha el sistema. De paso, se acababa con el práctico monopolio de Amazon en el sector.

Tanto en Estados Unidos como en Europa están prohibidos los carteles, una estrategia que impide la libre competencia y, por tanto, es perseguida por la justicia. Pero en estas batallas comerciales no hay héroes nítidos ni villanos indiscutibles. Amazon es en este caso la víctima, si bien es de rigor analizar si sus precios a la baja no son la puntilla para la creación literaria y cualquier amago de competencia que pudiera surgir en la venta electrónica de textos. Solo la sana competencia es capaz de fijar precios justos.


Articulo : http://cultura.elpais.com 12/07/2013

Manuel RODRÍGUEZ RIVERO/ El regreso de la edad de hielo

SILLÓN DE OREJAS
El regreso de la edad de hielo
Por Manuel RODRÍGUEZ RIVERO

Las estadísticas no dejan lugar a dudas: se lee mucho y a través de múltiples soportes

En el termómetro (bilingüe) que tengo colgado en el exterior de la ventana la columna de mercurio llega a 37º Celsius. No se lo digo en Fahrenheit porque podría darles un soponcio por simpatía. Tengo la casa en penumbra, pero sirve de muy poco. Desde el patio me llega el intermitente fragor de los viejos aparatos de aire acondicionado (este año nadie los ha renovado y son varios los que renquean) y, más allá, el eco descarnado de un programa de televisión dominical, probablemente. Qué tiempo tan feliz, un nombre que es un auténtico sarcasmo si tenemos en cuenta, por citar un par de ejemplos, lo que los benditos Assange y Snowden nos han contado y todo lo que hemos perdido desde que Reagan y Thatcher iniciaron a escala global el desmontaje del Estado de bienestar para que el capitalismo pudiera reinventarse a lo bestia y regresar en derechos laborales a su edad de hielo (y plomo). Pero hoy, aquí y ahora, lo peor es el calor, que nubla las mentes y excita los ánimos. Me siento blue and disgusted —triste y asqueado—, como canta cansinamente Memphis Slim (“me siento como un radio roto / de la rueda del carro de un granjero”) desde un cedé felizmente redescubierto estos días. El ominoso bochorno me trae a la memoria, por contraste, una imagen de la Oda del viejo marinero (1798), de S.M. Coleridge, que tan eficazmente ilustró Gustavo Doré: “El hielo estaba aquí, el hielo estaba allí / el hielo estaba por doquier; /crujía y gruñía, y rugía y aullaba / como los sonidos que se escuchan en un desmayo”. La modorra y el ensueño me llevan a imaginarme leyendo en mi sillón de orejas incrustado en un acogedor bloque de hielo, como esos mamuts siberianos que se han conservado desde el holoceno. Hay un libro para cada momento, nos dicen los sabios. Tienen razón: estos días de agobio, cabreo e impotencia, escojo mis lecturas cuidadosamente. Ligeras y frescas, sobre todo. Elijo —quizás cautivado por la promesa implícita en el título— Instrucciones para una ola de calor, de Maggie O’Farrell (Salamandra), de cuya novela La extraña desaparición de Esmé Lennox (también Salamandra) conservo un agradable recuerdo sin memoria. Aquí la historia gira también en torno a una desaparición: un padre jubilado sale a comprar el periódico y no regresa, lo que desencadena una historia familiar en la que nada es como parece. El contexto es muy apropiado: la ola de calor que sorprendió a los londinenses en el verano de 1976 (no estuve en París en mayo de 1968, pero sí allí: ¡uff!) con temperaturas como las nuestras, que provocaron en ciudadanos no acostumbrados a tales canículas un sinfín de comportamientos atrabiliarios (de atrabilis, bilis negra) y reacciones inusitadas. Lectura fresca y ligera, pero con personajes sólidos y literariamente verosímiles, lo que no es poco en la era de Brown. Justo lo que usted, envidiado e improbable lector/a, necesita para leer en la tumbona y a la sombra, untado en crema protectora de factor 20, mientras yo me torro en este horno en penumbra, con música de fondo de Memphis Slim y acompañamiento de chirriantes aparatos de aire acondicionado.

Fahrenheit
El ominoso bochorno me trae a la memoria 'Oda del viejo marinero'(1798), de S.M. Coleridge

No creo, a pesar de lo que diga Beatriz de Moura, fundadora de la penúltima adquisición de Planeta (que, según el eufemismo, ha “entrado en el accionariado de Tusquets”), que estemos viviendo “un Fahrenheit 451”, es decir, una época en que amplias capas de la población están dejando de leer. Más bien, creo yo, lo que sucede es que se están dejando de leer cierto tipo de libros; por ejemplo, algunos de los que publicaba la señora de Moura durante su etapa más, digamos, independiente. Las estadísticas de hábitos de lectura y los datos de Nielsen no dejan lugar a dudas: se lee mucho y a través de múltiples soportes, pero se lee masivamente lo que también ha sido masivamente aventado desde los medios, que son los mejores impulsores del “boca a oreja”. Hoy se lee más miméticamente que nunca, en una especie de fenómeno equivalente a cuando la multitud se agolpa ante los cuadros de una exposición “que hay que ver” o se fotografía en el puente Carlos de Praga para poder decir “yo también estuve allí”, en una irrisoria variación del clásico et in Arcadia ego. El fenómeno de las aglomeraciones, como decía Ortega, llegó hace tiempo al libro o, al menos, a cierto tipo de libros: aquellos a los que se les exige una rentabilidad impensable para la mayoría. En cualquier caso, lo cierto es que, a pesar de todo, siguen saliendo a la luz nuevas editoriales. Más de acuerdo con la veterana editora estoy respecto a sus opiniones sobre la distribución, caballo de batalla editorial y cifra de tantos fracasos. Ahí tienen, por ejemplo, el relanzamiento de la editorial Unomasuno, entre cuyos nuevos títulos les recomiendo vivamente dos: Charco negro, una interesante antología de relatos “negros” inéditos de autores españoles (entre otros: Marta Sanz, Luisgé Martín, Cristina Fallarás, Berna González Harbour) y argentinos (entre otros: Marcelo Luján, Kike Ferrari, Gabriela Cabezón, Carlos Salem), y De que nada se sabe (2002), una notable —aunque, a veces, desoladora— novela del ecuatoriano Alfredo Noriega (Quito, 1962) que nunca había sido publicada en España, pero de la que conocía la adaptación cinematográfica (Cuando me toque a mí, 2006) de Víctor Arregui. Bueno, pues resulta que esos dos libros, con los que he disfrutado en las últimas semanas, no son (por ahora) fáciles de encontrar, a pesar de su novedad. La responsabilidad habría que achacársela no sólo a una distribución quizás desganada, sino también a la indiferencia con que ciertas librerías contemplan hoy las novedades de editoriales poco conocidas y de las que temen les ocupen espacio para nada. Y es una pena, créanme. Estos libros están buscando sus lectores y (todavía) no los encuentran.

Líber
Con este tiempo leo 'Instrucciones para una ola de calor', de Maggie O’Farrell

Los organizadores evitan referirse directamente a Madrid-Arena como escenario del próximo Líber. Prefieren decir que el evento tendrá lugar en el “recinto de la Casa de Campo”, que trae más bien nobles recuerdos goyescos e históricos combates que memorias de absurdas tragedias evitables. Por lo demás, Líber será bifronte: tres días para que los profesionales hagan sus cosas (en tres pisos diferentes que se recorrerán tipo Ikea, es decir, de arriba abajo, para que no haya privilegios) y un fin de semana para que los libreros que se apunten (se les exige pagar 3.900 euros por cada uno de los 10 módulos previstos) levanten sus casetas en un pabellón anexo. Al público se le cobrarán 5 euros por la entrada, reembolsables en la primera compra. Habrá, dicen, autores firmando, cuentacuentos, mojigangas, etcétera. Mi topo amiga (lunar en forma de estrella en la espalda) me lee un comunicado interno de los libreros en el que no se les ve muy por la labor. Tienen razón: todo adolece de un aire improvisado. Al final, pudiera ser que los que vendan los libros sean los editores, con el consiguiente cabreo. Y, respecto al público, en fin: no creo que en octubre, con lo cara que se va a poner la rentrée, y en el Madrid-Arena (que me diga: en la Casa de Campo) haya puñaladas por ser el primerito en entrar.


Articulo : http://cultura.elpais.com 12/07/2013

Carles GELI/ El autor de ‘Lobisón’ encuentra en la literatura española historias acumuladas

El autor de ‘Lobisón’ encuentra en la literatura española historias acumuladas
Por Carles GELI

La novela es la primera dentellada de Ginés Sánchez en el panorama literario español

Harto de no hallar a su enemigo político, Jean-Claude Duvalier se dirigió a un santero y éste le dijo que estaba escondido dentro de un perro negro. El sanguinario dictador haitiano llamó a sus sicarios e hizo pasar a cuchillo a todos los canes oscuros. Estaba eso y la leyenda del lobisón: todo séptimo hijo está endemoniado y por las noches acabará vagando como un perro por entre las sombras y los basureros. Con esos referentes y que “las cabezas están muy mal”, Ginés Sánchez (Murcia, 1967) ha encontrado “la chispa iniciática” de Lobisón (Tusquets), novela con la que ha dado su primera y notablemente intimidatoria dentellada en el panorama literario español.

Ejercía de abogado, lo dejé todo y estuve siete años fuera de España

Sánchez pudo haber escuchado estas historias cuando era camarero en las islas Eolias, cuando estaba en un programa de protección de tortugas marinas en Costa Rica o mientras no colocaba ni un lienzo como vendedor de cuadros puerta a puerta en Dublín. “Ejercía de abogado en Murcia pero me cansé y dije lo típico: ‘me voy un año por ahí’; luego resultaron ser siete”, dice de nuevo desde su ciudad natal. No le pasó ninguna muy gorda pero sí acumuló muchas de aquellas de ‘por poco podía haber pasado que’, bagaje que piensa que le ha beneficiado a la hora de ser un autor claramente tardío. “He leído libros de gente reciente y se nota que escriben de oídas, de que se lo han contado; es lo que decía Kipling en La luz que se apaga: no puedes pintar nada si no lo has visto todo o todo lo que puedas. El mero hecho de estar solo en otro continente ya te marca. Y una voz como la de Zacarías surge y se aprende de soledades, de que te pasen cosas escalofriantes, de ver y oír gente; si escribes de lo que sabes te va a salir; la documentación del barro siempre es mejor que la del libro”.

Zacarías es Zacarías Zárate, padre de Adrián, su séptimo hijo, adolescente autista del que pretende mejorar las prestaciones de su condición genética de Lobisón, que él mismo ha desarrollado poco. La leyenda está por toda América Latina, al parecer procedente de Rusia, y también en el norte de España. Una historia de tradición más oral que escrita del folclore español, que parece que ha impactado, con otros personajes y mitologías, a otros debutantes recientes como Dolores Redondo (El guardián invisible) y David Monteagudo (Brañaganda), entre otros.

“Hablar de corrientes me parecería precipitado pero es evidente que hoy se da cierta soltura al abordar esos temas que hace 20 años hubiera sido impensable; se ha producido cierta liberación para retomar sin complejos el gusto por contar historias que las letras españolas habían perdido: interesaba más el tránsito del alma, mientras las historias se quedaban en un segundo plano; la gente joven quiere contar historias y ahí encaja sin complejos la reivindicación de nuestros mitos”. El acceso a más información (Internet) favorece, en opinión de Sánchez, ese filón, que de alguna manera “ayuda a recolocar tus historias porque cuando te pones con una al poco te das cuenta de que ya estaba escrita”


Articulo : http://cultura.elpais.com 12/07/2013

Pol PAREJA/ Lluís BASSETS: “El libro será un producto ‘vintage’ en poco tiempo”

Lluís Bassets:
“El libro será un producto ‘vintage’ en poco tiempo”
Por Pol PAREJA 

El director adjunto de EL PAÍS reflexiona sobre el futuro del periodismo en los cursos de verano de la UIMP.

¿Hasta qué punto los periódicos de referencia, a través de sus suplementos culturales, nos han ayudado desde la segunda mitad del S. XX a distinguir entre obras de arte y productos de consumo? El papel de los periodistas, determinante hasta la fecha a la hora de promover esta distinción, puede estar en peligro debido a la consolidación de los nuevos soportes digitales. En el seminario Crónica de la cultura: nuevos medios, nuevas pantallas, nuevos lectores, que se celebra esta semana en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, en Santander, diversos periodistas de renombre intentan dilucidar y reflexionar acerca de lo que le depara el futuro –o el presente- al periodismo cultural y a las editoriales.

 Moderado por el director de la Fundación Santillana, Basilio Baltasar, el director adjunto de EL PAÍS, Lluís Bassets, ha reflexionado con los presentes durante poco más de una hora sobre los peligros y oportunidades que el nuevo escenario depara a los informadores culturales. Según el veterano periodista, el principal error a la hora de afrontar este cambio es intentar encontrar analogías con anteriores transformaciones de los medios de comunicación, sin darnos cuenta de que el nuevo escenario tecnológico supone el cambio más radical vivido por la humanidad en los últimos cinco siglos, solo comparable a la invención de la imprenta. "No estamos ante un cambio de sustitución o acumulación, sino ante una transformación absoluta, que se podría llamar una expansión de nuestro universo, del mercado e incluso de las relaciones entre los agentes”.

Según Bassets, la idea concebida hasta ahora de un suplemento cultural “trabajado, específico, compacto, y que se ofrece al público”, es una idea “absolutamente arruinada”. “En el nuevo mundo tecnológico queremos ser nosotros quienes construyamos nuestro propio suplemento cultural”, ha asegurado. “La digitalización le permite al consumidor de contenidos culturales convertirse en el propio prescriptor de lo que le interesa”.

Para explicar hasta qué punto la digitalización va a cambiar el periodismo cultural, Bassets ha puesto el ejemplo de la biblioteca de Alejandría. “En el S. III a.C todo el saber de la humanidad estaba en esa librería. Hoy en día cualquier habitante del planeta tiene acceso a 320 veces todo lo que había ahí”.

 El director adjunto de EL PAÍS, sin embargo, ha advertido del peligro que supone esta transformación. “La digitalización también es la pérdida de la materialidad”, ha explicado. “Hasta ahora la cultura se ha transmitido en soportes materiales, una persona culta tenía mucho de coleccionista: libros, discos… Ahora todo esto se va a la nube y no se podrá transmitir. El libro será un producto vintage en poco tiempo”.

En la distopía que, según él, se puede convertir nuestra sociedad si todos nuestros datos se digitalizan, ha planteado un hipotético escenario desolador. “Llegará un día en que habrán desaparecido todos los soportes materiales, todo estará en la nube y alguien vendrá y lo desenchufará”, ha planteado. “La NSA está recabando datos sobre todos nosotros y los guarda en una central en Utah. Sin embargo, ahí no se está guardando toda la literatura europea, nadie lo ha previsto”.

Según Bassets, que durante todo el coloquio ha conectado aspectos de la política internacional -que normalmente aborda en sus análisis- con los peligros a los que se enfrentan los periodistas, si pasara tal cosa regresaríamos a la etapa inicial, en la que prevalecerían de nuevo los valores de siempre: memoria, transmisión oral y palabra viva. “Esto también sirve para el periodismo”, ha remarcado, “la única forma de seguir contando con información periodística de valor es recuperando sus valores clásicos”.

 “¿Transformación, colapso o suicidio?”, le ha preguntado Basilio Baltasar. “¿Cómo se explica la incapacidad de las editoriales para obligar a una empresa como Amazon, por ejemplo, a que paguen los mismos impuestos que los editores?”. “Los lobbies gremiales europeos también están algo obsoletos y no tienen la misma fuerza que gigantes como Google o Amazon”, ha respondido. “La única solución sería que Europa fuese una entidad política de verdad, que tomara iniciativas”.

 “Pero la expansión de estas empresas no solo ha supuesto una difusión de tecnología, sino también una preeminencia de ideas: la cultura de lo gratuito, la impugnación de los derechos de autor o incluso la extinción del concepto de autor”, le ha replicado Baltasar.

“Hay que empezar otra vez desde cero y buscar maneras de monetizar la actividad”, ha contestado Bassets. “¿Desde cuando existen los derechos de autor?”, se ha preguntado, “la literatura empezó en una época en la que a los escritores no se les pagaba. Homero no cobraba derechos de autor”.

“Pero sin modelo económico, el profesional se vuelve un aficionado”, le ha recordado Baltasar. “La escritura -literaria o periodística- tal vez se convertirá otra vez en una profesión modesta, como antaño”, ha explicado Bassets. “Hasta hace poco tiempo todos los escritores habían sido gente muy humilde”. Lo que nunca va a volver, según el periodista catalán, son los tiempos en los que grandes empresas culturales o de comunicación crecían sin parar y sus trabajadores disfrutaban de salarios astronómicos. Sin embargo, no hay que ser pesimistas. “Van a haber muchas oportunidades, pero pasarán por nuevos modelos que cada periodista deberá inventarse”.


Articulo : http://cultura.elpais.com 20/07/2013

Imre KERTÉSZ/ Inéditos de Imre KERTÉSZ

Inéditos de Imre Kertész
Por Imre KERTÉSZ 

El escritor húngaro, premio Nobel de Literatura en 2002, corrige actualmente sus diarios. En esta selección de apuntes inéditos reflexiona sobre su obra, Europa y la memoria de Auschwitz.

El pensamiento político quizá no sea muy productivo, pero ya que no nos queda más remedio que dedicarnos a él, acabaremos conociéndonos mejor. Gracias a Dios, no hay motivo para el optimismo.

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Ayer domingo. Vanitatum vanitas, se habla para triunfar. Me llamó la atención: la necesidad de mitificar. Los hombres no paran de contarse historias, en apariencia para entretenerse los unos a los otros; de hecho, sin embargo, para ir tejiendo, remendando y manteniendo en buen estado la red de la mitología, conservando su mundo a través del relato. Este discurso vivo existe aún en las esferas más elevadas; poco a poco, sin embargo, se van acabando las historias y los hombres. Reina ya el silencio aquí y allá, la contemplación pasiva de las imágenes de los medios, la desorientación, el mutismo, las acciones absurdas, no motivadas por ninguna mitología válida.

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[…] El secreto de mi existencia es el deseo de amor y, al mismo tiempo, la falta de amor. El vacío se desvela a raíz de algún que otro hecho minúsculo. La forma de vida correcta —es decir, una que no me angustiara— sería la encaminada única y exclusivamente hacia la escritura. Ello, sin embargo, exigiría una soledad absoluta. La soledad me protegería de la angustia causada por el secreto de mi existencia; en cambio, aparecerían entonces ciertos temores concretos, por ejemplo, el miedo y la angustia debidos a la propia soledad. Conclusión: no existe una solución. Conclusión: existe la solución, pero la temo. Si consiguiera querer realmente la muerte, estaría a salvo de la angustia. Pero supondría un esfuerzo psíquico que sólo podría realizarse en soledad. Es de noche, una noche primaveral, y sé que mi existencia es un gran regalo y que yo —como todo el mundo— lo estoy dilapidando. Y eso que en la vejez es preciso vivir de manera concentrada. ¿O es inevitable la disolución psíquica en la vejez?

En el universo concentraciónario, todos los conceptos éticos de nuestra cultura occidental se extinguieron por completo, se apagaron.

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“La Europa unida…”. Pero ¿cuál sería su mito fundamental? Se ve con claridad: no es casual que Auschwitz se convierta ahora en cuestión viva, en fuente de las cuestiones vivas, después de que se derrumbara el imperio soviético. El mito cristiano ya no vive. La imagen del ‘mal’, al que el mundo occidental más o menos podía oponerse (y así fundamentar su autoconciencia), se deshizo al desintegrarse la Unión Soviética. La gran negatividad frente a la cual pueda erigirse el mito de la aspiración a un mundo más ético es sólo Auschwitz. Lo que resulta característico políticamente, característico en lo que respecta a la conciencia política general, es que Yugoslavia —su derrumbe inesperado y total bajo el signo del odio, el hundimiento de ese territorio floreciente, el trabajo destructivo completo de la locura— haya pasado a un segundo plano, haya quedado casi relegada al olvido en medio de la frenética marcha de los acontecimientos.

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Sentado junto a la ventanilla del tren se me ha aparecido la imagen de la construcción de la nueva Europa que nace bajo el signo de la competencia con Estados Unidos y que, más allá del sistema monetario y de la subsistencia económica, no posee ninguna coherencia cultural; es más, la cultura es perseguida a la manera estadounidense, para triturar a los hombres y convertirlos en amebas carentes de toda sustancia, en masa obediente susceptible de ser teledirigida por ordenadores y como ordenadores. En este sentido —y ahora empiezo a verlo con más claridad— tengo, en efecto, algo que decir cuando insto a vivir espiritualmente Auschwitz —que es un trauma negativo, pero el único verdadero— y a construir un edificio ético a partir de ahí; al fin y al cabo tiene que haber una gran experiencia común cuya enorme ignominia precipite a los hombres a una comunión, a una comunión cultural, y los llene de un recuerdo nebuloso al que puedan oponerse, y esta oposición les proporcionará el trabajo moral necesario para la elevación o, como mínimo, para la conservación.

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En esta época que vegeta por falta de cultura, el buen arte todavía es posible; la posibilidad del gran arte, en cambio, resulta sumamente dudosa. 

En mi carta dirigida a X. Y. expongo lo siguiente: “Necesitamos el conocimiento histórico, pero necesitamos también el mito, del que, sin embargo, no disponemos. He partido del simple hecho de que en el mundo de la solución final, en el universo concentraciónario, todos los conceptos e ideas éticos de nuestra cultura occidental (sic, de nuestra cultura occidental) se extinguieron por completo, se apagaron. ¿Dónde ocurrió Auschwitz? ¿En el ámbito de la cultura cristiana? ¿O en otra parte? ¿Y qué ámbito cultural encarará Auschwitz, si es que llega a hacerlo?… De este modo he llegado, pues, a los problemas fundamentales de la vitalidad y creatividad del hombre actual. Si en el hombre moderno ha quedado una creatividad ética, ésta tendrá que nutrirse de hechos completamente nuevos; no puede crearse una ética nueva a partir de la ética anterior a Auschwitz. Es preciso volver a comenzar de cero. Si Auschwitz actúa como un trauma en el mundo psíquico de las nuevas generaciones, éstas lo encararán como un trauma, y entonces podrá conducir a una nueva creatividad en todos los ámbitos, también en el de la ética. No consigo librarme de la idea de que esta aproximación sea probablemente ilusoria: sea como fuere, es la mía, quizá porque así resulta productiva, para mí y para mi estilo. Podemos discutir al respecto, como es lógico, pero el problema va cobrando perfiles vivos poco a poco, y vivimos como problemas candentes de nuestra época aquello que…”.Que en la partida de nacimiento de Fulano figure que es judío significa, traducido al lenguaje de la política, que Fulano es chantajeable en lo afectivo. Si bien esto puede haberme ocurrido en mi vida privada como persona que consta en el Registro Civil, en mi arte —espero— mi judaísmo sólo está presente como fuente de inspiración. En la actualidad: el buen arte todavía es posible, la posibilidad del gran arte, en cambio, resulta sumamente dudosa. Dudosa sobre todo porque en esta época que vegeta por falta de cultura ningún asunto aparece como un gran asunto; como si la grandeza misma se hubiera vuelto mezquina.

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Respecto a la novela que se está gestando, me he formulado algunas preguntas. 1. ¿Soy artista? De ser así, he de saber que la palabra, igual que su práctica, el arte, no posee ya ningún significado, ningún papel. Al artista sólo le queda una materia a la que puede dar forma: su vida. 2. ¿Quiero ser el profeta bien pagado de Auschwitz? No quiero. 3. ¿Quiero hacer perdurable mi nombre, “inmortalizarlo”? No, más bien todo lo contrario: reducirme a la nada. 4. ¿Qué huella ha de quedar, pues, del gran experimento de mi vida? Disolverlo y disolverme en la única forma posible del amor, a mi juicio: desaparecer por morder de la vida de otro. Es la única revolución que a mi entender se puede llevar a cabo, mi gran rebelión cósmica. 5. Como judío soy libre, me he liberado de la disciplina de todas las culturas; si se quiere, me he liberado de la “humanidad”.

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Formas de vida arcaica que se presentan como valores. El temor a lo "extraño", ese temor capaz de asesinar, de destruir, de aniquilar

Quien es verdadero se ha perdido. Quien se ha perdido es verdadero. Quien se pierde gana. Piérdete de manera triunfante y mísera. No existe otro camino.

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Nunca podría defender mis textos en una “discusión”, por ejemplo, porque sólo puedo responder de la calidad de mis frases, no de su “contenido”. Este “contenido” es tan sólo el producto del momento y contiene mucho “de mí” (en el sentido de que es característico de mí), pero no considero “defendible” la ilación de los pensamientos ni puedo responder de ella. Esos textos son meras propuestas y no tienen más objetivo; la única enseñanza que puede extraerse de ellos no se referirá entonces a lo que contienen, sino a su autor: esta forma de pensar lo define en este preciso momento, esto quería escribir y así quería escribirlo… Pero ¿qué piensa? Probablemente ni él lo sabe; de ahí que esos escritos se consideren siempre sorpresas, sobre todo para él, para el autor.

Lo que he entendido en los últimos diez años, de forma muy resumida: la lucha fundamental se libra entre el estatismo, por un lado, y la “democracia”, el “liberalismo” o, si se quiere, la forma de vida individual, por otro. El espíritu estatista está representado por la tembleque intelectualidad de Europa del Este y por la capa de los pequeños capitalistas y funcionarios públicos que le tienen pánico a la competencia: el estatista quiere una subsistencia segura, ventajas claras por igual en el mercado intelectual y en el comercial; la tendencia estatista comenzó a imponerse desde el Rhin hacia el Este después de la Primera Guerra Mundial, precisamente tras desintegrarse los Estados autoritarios, y la crisis económica exacerbó hasta la histeria el deseo de seguridad personal y el resentimiento respecto a los mejores y más talentosos que disfrutaban de ciertas ventajas naturales. De ahí que el estatismo sea siempre contrario al valor y necesariamente ideológico; las formas modernas del estatismo son el nazismo y el comunismo. Una observación interesante: los Estados, los Gobiernos, son por naturaleza siempre hostiles al espíritu y a la cultura; pero que los propios depositarios de la cultura, los escritores, los artistas, los periodistas apoyen la hostilidad a la cultura sólo es posible en Estados de mentalidad estatista como, por ejemplo, Hungría.

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Me conceden importancia en Hungría, donde no puedo ejercer ninguna influencia, donde, si de ellos dependiera, no escribirían mi nombre.

En la disputa con olor a bosta y completamente superflua entre los lidiadores llamados “urbanos” —los unos— y “populares” —los otros— hay a pesar de todo algo digno de atención en la medida en que va más allá de las fronteras del país. (*) Es el antiguo miedo, la antigua lucha entre Oriente y Occidente, el temor a volverse superfluo, el temor a lo “extraño”, ese temor capaz de asesinar, de destruir, de devastar y aniquilar a todo el mundo. Las formas de vida arcaicas que se presentan como “valores” aunque, de hecho, sólo sean inamovibles. Y en última instancia la cuestión de la usurpación del poder. La historia acaba siempre de la misma manera: las fuerzas “arcaicas”, “populares”, crean un sistema estatal tiránico; el sistema es incapaz de proporcionar los bienes necesarios a la población; y entonces o se desintegra o desencadena una guerra que luego pierde. Y a continuación todo empieza de nuevo.

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¿Puede extinguirse el sentimiento que ha creado las religiones? ¿Ha existido una época irreligiosa alguna vez? ¿Fue irreligiosa la antigüedad? Pero es que la antigüedad descubrió la metafísica, la idea del “eterno retorno”, lo cual viene ya de una sensibilidad a la “religión”. Pero el fervor, la redención, el gran sentimiento cargado de vida y de muerte es, con todo, un sentimiento moderno, nunca antes habido, que hizo grande a Europa; y ahora que Europa es cada vez más pequeña, el sentimiento también se desintegra. Resulta extraño que sea un fenómeno tan frágil. ¿Cómo ponerlo en palabras, cómo disertar sobre ello? El gran descubrimiento de Marx fue que la “existencia determina la conciencia”; pero qué vacua es esta frase, pues qué existencia determina qué conciencia, y dónde está ese filósofo o psicólogo o economista capaz de definir la existencia, separarla de la conciencia y a continuación demostrar en la conciencia qué parte corresponde al arbitrio de la “conciencia” y qué parte es, por así decirlo, “existencia pura”? En el fondo, nuestra vida consciente se manifiesta en las palabras de una manera que, al fin y al cabo, da la razón a Wittgenstein. Ahora bien, si Wittgenstein tiene razón, tendremos que renunciar a toda certeza y volver a los balbuceos de la vida en la fe.

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No debo escribir más ensayos porque entonces me introduzco en la “humanidad”, participo de sus mentiras y doy testimonio de la esperanza, de una esperanza en la que no creo en absoluto si me mantengo del lado de mi arte y, por tanto, de mi radicalidad. En realidad, para ser sincero, me conceden cierta importancia desde un punto de vista artístico en Hungría, donde no puedo ejercer ninguna influencia, donde, si de ellos dependiera exclusivamente, ni siquiera escribirían mi nombre; en Alemania han imaginado que pueden aprovecharse de mí en cierto sentido —en el de una manipulación honesta, por así decirlo—; pero ahora allí también se vuelve la tortilla y se desvela la gran verdad del mundo: la esencia de Auschwitz. Así como hasta la Primera Guerra Mundial se podía considerar que se estaba viviendo en la cultura cristiana, hoy habrá que formularlo diciendo que la cultura occidental se ha convertido en la cultura de Auschwitz. Hoy estamos viviendo la cultura de Auschwitz.

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Creo que en Auschwitz concluyó la historia (clásica) del cristianismo y de los judíos. Lo que viene después ya no es historia intelectual ni cultural ni religioso-espiritual (en el sentido cristiano-judío). Que Auschwitz resalte como un hecho de particular significancia entre los acontecimientos habituales —y habitualmente repugnantes— en el ámbito de los exterminios étnicos y de los exterminios producidos por los fanatismos religiosos e ideológicos se debe justamente a su significado esencial: Auschwitz manifiesta el final de una cultura que ha durado dos mil años. ¿Qué importancia tiene, en comparación, el antisemitismo? Un próximo Auschwitz sólo sería ya un tópico aburrido, la fugaz confirmación de algo que de todos modos ya sabemos; así se explica en parte la apatía callada y obtusa que el mundo ha mostrado respecto a los sucesos de Yugoslavia. Lo que hoy separa a los judíos de los no judíos no es una diferencia religiosa y cultural, sino la consecuencia psíquica del hecho de que los judíos fueron amenazados con el exterminio y acabaron en parte exterminados. Esto es una cruda realidad y no una diferencia mental o cultural. Y, con todo, vivimos inmersos en las consecuencias psíquicas de ese hecho.

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“Vivir en la verdad”: significa vivir repudiado, vivir en la pobreza, en la más completa soledad intelectual, “fuera de la humanidad”. No lo hago. Vivo próspero y feliz (¡gracias a Dios!). Se plantea entonces una pregunta. Y cuando escribo, he de descender al abismo de esta pregunta y escuchar desde allí mi voz.

* Urbanos y populares (urbánusok y népiesek): corrientes antagónicas y muy vivas en la vida intelectual húngara desde comienzos hasta mediados del siglo XX. Los unos eran cosmopolitas y abiertos a las tendencias modernas; los otros volvían la mirada al pasado y a las tradiciones rurales de Hungría. En algunos aspectos, la división se ha mantenido hasta el día de hoy. (Nota del traductor).Traducción de Adan Kovacsics.


Articulo : http://cultura.elpais.com 20/07/2013

Ricardo MARTINEZ/“El conocimiento del escritor”, de Jacques BOUVERESSE

“El conocimiento del escritor”, de Jacques Bouveresse
Por Ricardo Martínez

Hora era ya, pienso, de que los libros se ocupen también de aquellos que les dedican su vida en procura de conocimiento, de amistad, de compañía. Me refiero a los autores.

Si, a mayor abundamiento, tal ocupación corre a cargo de un erudito de contrastada fama por sus trabajos en torno a esta materia (es suya una aproximación a Karl Kraus, su obra y el significado social y político de la misma), cual es el caso de este profesor francés, el creador de la cátedra de Filosofía del Lenguaje y del Conocimiento en el Collége de France, tanto mejor, por cuanto es un aval de rigor y conocimiento.

A la hora de reparar de cerca, desde dentro, en alguno de los protagonistas de la historia de la literatura (esa que ha nutrido ilusoria o ilusionadamente tanto tiempo en nuestras vidas) medita de un modo que me parece extraordinariamente inteligente y original. Así lo señala Josep Casals en un prólogo muy preciso e ilustrador, donde aporta su propio bagaje literario: “De Musil podría decirse lo que Bouveresse dice de Wittgenstein: da la impresión ‘de que ve algo que ha escapado a los demás, que prevé casi todas las reservas que se le podrían hacer…’. Ambos son pensadores que no cesan de cuestionar sus puntos de vista, atendiendo a ‘lo real’ sobre un fondo más amplio que el usual”. Es decir, estaríamos, los afortunados lectores, ante dos escritores distintos por distinguidos, alguien que ve algo más que el común observador. He aquí, pues, la figura del escritor como guía, como referencia intelectual y crítica, como precursor de inteligencia.

Ya en la consideración de los porqués de algún escritor en concreto, nuestro autor cita las palabras de Flaubert: “Quiero conmover, hacer llorar a las almas sensibles, siéndolo también la mía”. O bien, en una consideración más técnica, cuando se refiere a su reverenciado Wittgenstein: “el sentido -y tal vez habría que añadir también, llegado el caso, el sinsentido- posible de una vida no tiene por qué ‘decirse’ en el relato, pero puede en cierto modo ‘mostrase’”.

Cita, también, el autor a la profesora Martha Nussbaum como una especie de homenaje para no desvincular -no debiera hacerse- filosofía y novela, pero también acuden a su memoria y estudio, como no podría ser menos, Henry James, que tanto y tan bien teorizó acerca del relato escrito; y cita aProust, a Virginia Woolf y a uno de los grandes escritores europeos, tal vez un tanto ignorado: Musil. Y de todos ellos nos aporta su concepción de la literatura, su percepción moral, su identificación necesaria entre vida y literatura.
Un libro ciertamente instructivo, denso pero claro, un tributo gozoso, en el fondo, a favor del arte literario. Un buen destino para la inteligencia del lector.

El conocimiento del escritor.
Jacques Bouveresse
Traducción de Laura Claravall
Prólogo de Josep Casals
Ediciones del Subsuelo (Barcelona, 2013)


Articulo : http://www.revistadeletras.net/ 20/07/2013

Estanislao M. OROZCO/“Belleza de lo brutal”, de Ryūnosuke AKUTAGAWA

“Belleza de lo brutal”, de Ryūnosuke Akutagawa
Por Estanislao M. Orozco

El Konjaku Monogatari (o traducido, Cuentos de antaño y hogaño) es una colección japonesa de más de mil doscientos cuentos, de autoría muy discutida, organizados en treinta y un capítulos que fueron escritos durante los años finales del Período Heian,  comprendido entre el 794 y el 1185 y el último de la historia clásica japonesa.

Los protagonistas de estos cuentos suelen ser personas comunes, aunque aparecen multitud de caracteres, ya sean reales o fantásticos. Y en ellos se narran historias de la India, China y Japón. Pues bien, esta singular obra es una de las fuentes principales de las que se nutre Ryūnosuke Akutagawa (Tokio, 1892—1927) durante su primera época como escritor, que abarca desde 1915 a 1922. Una carrera que inició con apenas veintitrés años, al publicar en la revista Teikoku Bunkaku, de la Universidad Imperial de Tokio, Rashōmon, un cuento basado en las historias decimoctava del capítulo XXIX del mencionado Konjaku Monogatari y trigésimo-primera del capítulo XXXI.

En Rashōmon, Akutagawa funde con una maestría impropia de un debutante la tradición y la modernidad, una modernidad que llamaba a la puerta nipona desde Occidente. No en vano, una de las principales virtudes de este gran escritor es sentirse parte de su tradición literaria sin renunciar a las influencias exteriores, como la proveniente de la literatura inglesa (William Morris), francesa (Anatole France) y rusa (Fédor Dostoievski). En su obra, se entrecruzan todos esos mundos, todavía tan distantes a principios del siglo XX, pero ya en ineludible contacto. A este respecto, Jorge Luis Borges escribió: “Discernir con rigor los elementos orientales y occidentales en la obra de Akutagawa es acaso imposible. Los temas y el sentimiento son orientales, pero ciertos procederes de su retórica son europeos. En cambio, cierta tristeza reprimida, cierta preferencia por lo visual, cierta ligereza de pincelada, me parecen, a través de lo inevitablemente imperfecto de toda traducción, esencialmente japonesas. La extravagancia y el horror están en sus páginas, pero no en el estilo, que siempre es límpido”.

En otras palabras, Akutagawa en esos primeros siete años de andadura literaria afirma sus raíces japonesas asiéndose firmemente en el Konjaku Monotagari, pero con el objetivo de traspasar aquellos cuentos antiguos al siglo XX, un trabajo que completa con éxito, haciendo uso de su sensibilidad para la creación de personajes y del gran dominio de la lengua japonesa que poseía.

La admiración por el Konjaku Momogatari fue una constante en su vida, por tanto no extraña que poco antes de morir, en 1927, escribiese Elogio del Konjaku Monogatari, en donde afirmaba: “Por fin he descubierto la gran belleza del Konjaku Monogarari. Su valor artístico no solo reside en su vigor, sino también en su belleza: la belleza de la brutality, si se me permite usar la palabra inglesa. Es el tipo de belleza desprovista por completo de elegancia o delicadeza”.

De esta manera, nos parece muy acertada la elección del título del libro que reseñamos en esta ocasión, Belleza de lo brutal(ed. Días Contados). Se trata de un elegante volumen, editado con sumo cuidado, que propone al lector una lectura que gusta del detalle, plausible hecho que la magnífica traducción (directamente del japonés) de Jesús Carlos Álvarez Crespose encarga de realzar. Belleza de lo brutal ofrece una acertada selección de diez relatos escritos por Ryūnosuke Akutagawa entre los años 1915 y 1922, entre los que destacamos “Gachas de ñame”, “El biombo del infierno” y “La nariz”, un cuento escrito en 1916 que impresionó tanto al gran Natsume Sōseki(1867-1916) como para escribir una carta al joven Akutagawa en la que decía: “Si reúnes otros veinte o treinta cuentos como estos, no habrá nadie en el mundo literario que pueda igualarte”.

Belleza de lo brutal desborda inteligencia y dominio de la narración. Los diez cuentos que componen el libro son absolutamente recomendables, todos funcionan como delicadas y obsesivas piezas de un puzle que estimula al lector a leer más, a buscar más. Akutagawa, su literatura, no decepciona. En su segunda época, 1922-1927, cambia de registro, alejándose de los cuentos históricos para acercarse a su propia experiencia, a su individualidad. Un terreno, el interior, donde la tensión entre la pulsión creadora y la destructiva es constante. De hecho, Akutagawa vive solo treinta y cinco años, edad a la que se suicida poniendo punto final a una serie de crisis mentales que sufre durante sus últimos años. En realidad, a Ryūnosuke Akutagawa le tumba, en 1927, una antigua enemiga, la locura, una enemiga despiadada que le deja huérfano y al cuidado de su tío cuando cuenta con tan solo diez años, en 1902, al llevarse a su madre (Fuku), enferma de esquizofrenia. Hay, por tanto, clara carga hereditaria en los desequilibrios mentales del escritor japonés, potenciada por la presión del considerable estatus literario alcanzado en vida y su determinación de no abandonarlo, a pesar de los fuertes cambios provocados en el mundo y en las corrientes artísticas tras la Primera Guerra Mundial.

El avance de la enfermedad se intuye en sus últimas obras, escritos donde quizás no alcanza la perfección literaria de los primeros, pero que, sin embargo, subrayan una honda profundidad psicológica, como enLos engranajes, por ejemplo. Akutagawa siente cómo la locura se va apoderando de su cerebro.  Aquello es lo que siempre ha temido más. El 24 de julio de 1927 ingiere una dosis mortal de veronal. Deja escrita una nota final, en ella confiesa experimentar una “vaga sensación de ansiedad sobre mi propio futuro”.

Belleza de lo brutal. Ryūnosuke Akutagawa
Traducción de Jesús Carlos Álvarez Crespo
Días Contados (Barcelona, 2011)


Articulo : http://www.revistadeletras.net/ 20/07/2013

Jordi COROMINAS I JULIAN/ Un verano con Jean COCTEAU

Un verano con Jean Cocteau (I): “El Potomak”
Por Jordi Corominas i Julián

“Escribía sin ningún orden. Hacia la mitad, nos dimos cuenta de que yo ya no era el mismo, de que escribía bajo los efectos de una de esas crisis que provoca cambios en el organismo. De tal forma que uno muere varias veces antes de que llegue su final, y, cuando por fin fallece, se parece a los bailarines sagrados de España”.

La frase que encabeza este texto es toda una declaración de intenciones que no puede entenderse sin una justa contextualización. Justo antes de la Primera Guerra Mundial, Jean Cocteau era ya un enfant terrible que había logrado penetrar en las más altas instancias de la cultura francesa. La culpa la tenían sus tres primeros poemarios, obras donde ajustaba su estilo al imperante, repleto de orientalismos y reminiscencias simbolistas y parnasianas. Era joven, tenía ganas de triunfar y codearse con la flor y nata de un mundo que se derrumbaba sin saberlo.

En otra orilla, bien cercana, la rueda giraba hacia una dirección iconoclasta que desafiaba la norma para apuntalar novedad, ruptura de límites decimonónicos para destruir el arte hacia su regeneración. Hablamos, claro está, de Picasso y otra serie de locos que, desde su marginalidad inicial, avanzaban hacia la senda de la vanguardia con paso firme, contrarios a un establishment bien apoltronado en sus salones y la decadencia del desgaste que asume unas coordenadas como inalterables, sempiterno error que se repite generación tras generación. La Gran Guerra sería la gota que colmaría un vaso intoxicado, con Aschenbach como aviso, incapaz de atrapar la belleza en el Lido veneciano.

Cocteau tuvo su particular revelación con veinticuatro años y entendió el mecanismo para propulsar lo positivo de su insultante y necesaria personalidad. Es fácil imaginárselo en el Teatro de los Campos Elíseos el jueves 29 de mayo de 1913. Se presentaba La consagración de la primavera de Igor Stravinsky y ya nada volvería a ser como antes. Convenía, para ser coherente con el futuro, transgredir los cánones, despreciar todo lo que un ballet revolucionario hacía saltar por los aires, renunciar a la gloria fácil, arder vivo para renacer y aceptar la quiebra, sintetizada en la reflexión “lo que el público te reprocha, cultívalo: eso eres tú”.

Y se puso a la labor. El prospecto de El Potomak, escrito como una recapitulación de la metamorfosis, explica al lector la transformación que asombra en su primera novela, experimental hasta el extremo de combinar epístolas, poesía, aforismos, fragmentos, relatos, diálogos filosóficos y dibujos que beben del automatismo. El poeta ha decidido dejarse llevar por una musa que guía su camino hacia una expiación que es un torbellino de ideas hilvanadas con la conciencia de la plena libertad, lo que por una parte implica dos posicionamientos concretos. La supuesta anarquía de El Potomak podrá juzgarse como ausente de calidad por lo complejo de la estructura. ¿Qué problema hay? Quien no arriesga tiene vetadas las puertas de la gloria, sea del tipo que sea. Por eso la locura es más bien racionalidad.

Asimismo, y esta es la segunda postura definida que encierra el artefacto, todo el texto debe leerse como una reivindicación hacia un horizonte desconocido, y para ello los símbolos serán nuestros perfectos ayudantes, pistas detectivescas que desvelan los enigmas que encierran las páginas, mucho más diáfanas si aparcamos el atosigamiento de su exuberancia y nos centramos en abordarlas con la normalidad del análisis pausado, siempre posible, siempre útil hasta en vericuetos que juegan con hacerlo quimérico.

El personaje de Persicaire, fiel interlocutor y mejor teórico desde la efeméride, es una maravilla que puede permanecer oculta por los pilares que sustentan el edificio de El Potomak. ¿Qué son los Eugènes? Estos extraños personajes, como todo el cuerpo de la novela, tienen reminiscencias cubistas, están facetados desde lo real y reflejan su rostro sin máscara. Éste es amenazante por el propio peligro que emana desde el apremio de tumbar lo burgués que representan los Mortimer, acostumbrados a la rutina de boda, luna de miel, fiestas galantes y compras culturales convencionales para conservar, verbo fundamental en el engranaje, el mecanismo de la estabilidad de unos valores concretos que deben ser inexpugnables para que la máquina funcione y nunca se resquebraje. En este sentido los Eugènes, que el propio Cocteau dibujó con ingenio y mucha mala leche burlona, son los invasores del orden, y por eso no se amilanarán en su deber de atemorizar a la plácida clase media tan satisfecha de sus logros, y lo harán acercándose, haciéndose notar para lanzar advertencias, como si con su mera irrupción los demás padecieran la condena de la inseguridad, el miedo ancestral a la pérdida del aburrimiento consensuado para no alterar al rebaño.

La amenaza, álter ego del poeta, es el Potomak, una bestia que quita la c al nombre de un río porque a Cocteau, como bien apunta Montserrat Morales Peco en su estudio que cierra el volumen, le gustaba relacionar conflictos bélicos con encrucijadas a superar. En este caso se refiere a la batalla naval de la Bahía de Chesapeake, donde van a parar las aguas que dan nombre a la novela, de 1781, cuando los franceses derrotaron a la marina real británica. Acaeció en América, que en el primer Novecientos, y ahí seguimos anclados una centuria después, era un indudable icono de la modernidad.

El monstruo está en un acuario en el sótano de la Madeleine, lo que no me parece nada casual, pues el autor de Orfeo sabía muy bien a sus veinticinco años de la imposibilidad de la vanguardia sin nutrirse de la tradición, pues al fin y al cabo si la primera rebasa los límites que plantea la segunda es porque la ha asimilado hasta trascenderla. Lo clásico propicia la modernidad. Tiramos las cosas a la basura cuando ya no nos sirven, y en el arte el proceso es parecido, sólo que nos alimentamos con su esencia para avanzar, no hay más remedio si se quiere tener coherencia y mostrarla para cambiar el paradigma.

El Potomak es un bicho peculiar, concretamente un megáptero celentéreo, híbrido de ballena y medusa, sólido y gelatinoso. Lo alimentan el poeta y un hombre de Nueva York. Al comer el programa de los Ballets rusos se duerme, lo asimila y defeca burbujas, pero al degustar una caja de música con Sigfrido yParsifal de Wagner se deja tentar hasta que expulsa las notas de la partitura con sonoros eructos porque se siente a disgusto con lo aceptado por la mayoría. Sin embargo este punto, la imperfección siempre es un placer de la lógica, exhibe las contradicciones del propio Cocteau, que empezaría a acariciar el cielo vanguardista al firmar el texto del ballet Parade, especie de obra total vanguardista, ¿y no se parece eso al Gesamtkunstwerk wagneriano?, en la que también participaron Pablo Picasso con sus diseños, Erik Satie en la vertiente musical y Léonide Massine en la dirección de este portento escénico auspiciado por el inmortal empresario Serguéi Diáguilev.

Liberar la escritura para explotar el vacío, entonces la mariposa abandona el papel y echa a volar. Cocteau llevaba cerillas en sus bolsillos para provocar un incendio. El Potomak fue la mecha inaugural. La ligereza de los sombreros de Coco Chanel devino revolución en un coctel anticipador del surrealismo desde la elegancia. Ahora solemos identificar las fracturas culturales con aspectos deshilachados. El chico impecable, vestido como un pincel, lo desmiente desde el aplomo de la burguesía buena, fiel a la dicha de voltear la tortilla desde dentro del castillo. ¿Por qué cenar no podía ser oeste como decía Gertrude Stein? El cansancio del presente debería ser un acicate para activar un camaleón que todos llevamos dentro para impulsar un desorden aparente que conduzca a una revelación donde lo arcano nutra epifanías, oasis que nunca deberían clausurarse por embargo de marginalidad. Eso, y no otra cosa, es El jPotomak de Jean Cocteau.
  
El Potomak. Jean Cocteau
Traducción y estudio de
Montserrat Morales Peco
Ilustraciones de Jean Cocteau
Cabaret Voltaire (Barcelona, 2013)

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Un verano con Jean Cocteau (II): La gran separación
Por Jordi Corominas i Julián

1923 es un año especial y extraordinario en la trayectoria narrativa de Jean Cocteau. En tan breve lapso de tiempo publica dos novelas, La gran separación y Thomas el impostor, a lo que añade vivir la agridulce nebulosa de ver cómo su protegido Raymond Radiguet triunfa con su premiado debut El diablo en el cuerpo y fallece el 12 de diciembre tras sucumbir a unas fiebres tifoideas.

Sus biógrafos hablan que la muerte del joven de veinte años sumió a Cocteau en un desamparo que marcaría su devenir, pero para lo que nos concierne, el análisis de La gran separación, es interesante observar que Jacques, el protagonista adolescente que debe crecer en la soledad de lo que le rodea, parece ser una mezcla de Radiguet y el poeta de la Oda a Picasso. La permanente contradicción de ir contracorriente con voluntad de ser aceptado en la sociedad nos podría plantear que los rasgos del personaje pertenecen a Cocteau, algo que podríamos discutir, pues si bien el poliédrico artista asumió la dificultad que implicaba no casarse con nadie y desmarcarse de las capillas, lo que vemos a lo largo de las páginas de esta educación sentimental poco tiene que ver con sus condiciones y su defensa de la iconoclastia por encima de todo.

Lo que más bien observamos en Jacques es el sentirse desvalido ante algo que empieza y desborda la experiencia por la mera cata de sentimientos inéditos. Sin duda la creación mental del estudiante está impregnada de las esencias del poeta, desde su ambigüedad sexual hasta ese decadentismo que el paso de las décadas y la nostalgia del recuerdo han acrecentado para mayor disfrute de la idealización. Sin embargo, está claro que otros atributos huelen más a una ingenuidad que convierte a Jacques en una marioneta de los acontecimientos, caprichosos árbitros de sus movimientos.

La gran separación tiene desde su apertura del telón una toxina de destino funéreo. El viaje que la madre emprende junto a su querido retoño por la vieja Europa se asemeja a un tour por un cadáver que no requiere ser escrito para mostrarse en su putrefacto esplendor. El caos interior del flaco burgués, descreído por no saber dónde fijar sus atenciones, sólo ratifica los síntomas del complejo y la preponderancia de la fachada sobre el contenido, mimetizándose con el ambiente para disminuir sus inseguridades y potenciar un carácter virgen, que coge rueda para subsistir. Conoce a dos hermanos, Tigrane e Idji, y los paragona con animales sagrados, bestias dignas de adoración con las que el incesto flota en la atmósfera, que se vuelve plomiza en Venecia, otra vez el estigma del declive y la parálisis de la laguna, con suicidios y la incomprensión de sus posibilidades, incapaz de entender de seducciones y miradas, torpe en la elección de las afinidades electivas.

El momento cumbre aterriza en París, donde Jacques recalará para estudiar en una pequeña residencia de la Rue de l’Estrapade, y el nombre, nada lo es en Cocteau, no es fruto del azar, pues se refiere a un atroz suplicio donde al condenado se le ataban los brazos en una posición que terminaba por dislocar la espalda. El protagonista ingresará en la pensión pedagógica, ideal para estudiar la reválida, del matrimonio Berlín con gran entusiasmo por las expectativas y la variedad de sus compañeros, crisol multiétnico donde destaca Stopwell, un campeón de salto de longitud que seduce por su dandismo pero que todavía no ha penetrado en los entresijos del sexo.

La pensión y sus compartimentos, habitaciones que son cápsulas de un microcosmos teatral, juega el papel de casa de muñecas con sus secretos y sus intimidades que desaparecen al salir al exterior, donde atiende el peligro en forma de dos actrices que prolongan la confusión erótica. Jacques caerá rendido a los encantos de Germaine, una actriz de poca monta que vende el carisma de la vulgaridad y encandila a los hombres por su descaro. Es frívola, lo proclama a los cuatro vientos y los incautos caen rendidos en un engaño que encadena una serie de infidelidades que sirven al narrador para divertirse con mecanismos de lo invisible que se erigen en tablas de salvación para alargar la agonía del amor.

Osiris es el amante adulto que confía en su suerte porque no cree que su querida pueda meterle los cuernos con un pimpollo, y este, novato en las lides de eros, desconoce que en la alcoba pueden juntarse dos cuerpos femeninos, el de Germaine y el de Louise, compañera de piso de la tortura, libre en el festival de prescindir del amor y seguir las modas a rajatabla, donde el amor ya no se estila en una mediocridad dorada que sabía de comida rápida antes de su existencia.

El golpe, entre la rutina de la pista de patinaje y muertes de odio paterno, será terrible. Jacques tiene que recibir palos para crecer, y entre ellos está el descubrimiento del desbaratamiento de un orden previsible. Las lecciones de la escuela, el planisferio de un universo estable no tienen sentido en ese mundo en transformación, donde la velocidad se impone y el goce de la mirada se alía con el placer efímero para aliviar la penuria de lo cotidiano y la miseria de una existencia donde el tope está fijado en unas cartas repartidas en la misma cuna.

Podríamos pensar que si en El diablo en el cuerpo de Radiguet la guerra es la coartada para el romance, aquí lo es un dolce far niente de tedio para el que Jacques no está preparado al carecer de educación mundana. Las marionetas giran y se mueven con una malicia que hace de este antihéroe un ejemplo más dentro de la larga tradición de fracasados franceses, de Julien Sorel a Madame Bovary, hermanos en la desdicha y en la ilusión de contemplar la realidad desde un prisma sesgado al no meditar, tema santo y seña de Cocteau, en la trascendencia de las máscaras que impiden ver más allá de la carcasa.
La nota romántica del intento de suicidio y el posterior viacrucis de normalidad son el aliño conclusivo, una nota de rizar el rizo que bien podría leerse como un consejo al propio Radiguet: luce tus galas, adora la belleza, pero ante todo, sé consecuente, cúbrete las espaldas y evita martirios, porque al fin y al cabo los errores sólo se paran con el arte de Delfos: conócete a ti mismo, sí, hazlo como medicina para evitar puñaladas ajenas y aplicar tu independencia rindiéndole justicia al vocablo.

La gran separación. Jean Cocteau
Traducción e introducción de Montserrat Morales Peco


Articulo : http://www.revistadeletras.net/ 20/07/2013