dimanche 5 janvier 2014

Gerardo FERNANDEZ FE/ Jorge EDWARDS: La memoria morada

Jorge Edwards: La memoria morada
Articulo: Gerardo Fernández Fe

La prensa de medio mundo ha insistido en estos últimos tiempos en un episodio de pedofilia del cual, siendo un niño, el escritor chileno Jorge Edwards fuera víctima. Desde entonces han corrido siete décadas y ahora, con la publicación deLos círculos morados (Lumen, 2013), primer tomo de sus memorias, nos llegan los detalles sin remilgos, pero sin lagrimeos. De continuar ocultos, insiste el autor, “me convertiría en un neurótico terminal”.

Tuvo lugar en el Colegio San Ignacio, en un sitio de sotanas jesuitas, de birretes negros, bajo el paraguas sinuoso del espíritu de “soldados de la causa de Cristo”. De aquellas efusiones amorosas del padre Cádiz, un ser de “cabeza inconfundible, ratonil, de gruesos anteojos”, y del desconcierto de aquel niño silencioso, poco apto para los deportes, hoy tan solo queda la buena letra de un libro de memorias.

De manera que este relato puntual pudiera funcionar como esa promoción que el mismo Edwards –ningún escritor es ajeno a los trucos del marketing—nunca ha pretendido evitar. Pero Los círculos morados termina siendo mucho más. No por gusto el escritor se interrumpe en más de una ocasión para preguntarse, con duda asumida, sobre la verdadera razón de ser de su empeño. “¿Por qué tendría que interesarse el desocupado lector, personaje a quien no conozco en persona, y valga la redundancia, en las cosas que le estoy tratando de contar?”.
Para qué abundar en el apego de Jorge Edwards por la historia: la familiar, la del gremio y la de la raza humana. Su obra narrativa en pleno da cuenta de ello. Pero he aquí que a estas alturas de la vida, junto cuando toca confesar lo que sabe y lo que no sabe, parafraseando al San Agustín de las Confesiones, salta la justa duda sobre el valor de lo que se pretende transmitir.

Corren en estas páginas de buen memorialista dubitativo, la historia de un niño propenso a las medallas doradas y a las escarapelas celestes; el ambiente de la casa familiar de la Alameda, frente al cerro Santa Lucía; o la imagen de aquella gobernanta inglesa, alta, de caderas descolocadas, que leía un ejemplar gastado de la Biblia; o el fantasma de Luis Edwards Garriga, el abuelo paterno, quien en su agonía pedía que le trajeran una prostituta francesa, en contraste con la figura tutelar del padre Alberto Hurtado, quien le enseñara la pobreza que se esconde en recodos insospechados de la ciudad; hasta que más adelante, tras momentos de ebriedad letrada y de ebriedad etílica, cuando ya casi no había que ocultar ante la familia las manchas moradas que el vino de lija le dejaba alrededor de los labios, se narre su amistad con Alejandro Jodorowsky y las primeras impresiones del vate Pablo Neruda.

Reconoce el escritor que siempre hay una pulsión intransigente, una especie de memoria inquieta que reaparece, como “monos porfiados”, cuando menos se le espera. De estas bestias intranquilas está plagado este libro. Otras de las funciones del memorialista, la del relato puntilloso, minimalista hasta el confín, se hace visible en la anécdota de una pleuresía “de probable origen tuberculoso” que padeciera a sus catorce años: “largo periodo gozoso” de lecturas, ensoñaciones, tandas de música clásica y comida en abundancia. Con él regresan a nuestra biblioteca mental Proust, Barthes, Pitol, ¡tantos otros!, víctimas y partícipes de la enfermedad, la reclusión, el reposo y la lectura. “Miro esa pleuresía como un periodo estético, emocional, soñador, salpicado de algunos episodios de erotismo nebulosamente asumido”.

Demasiado poco espacio, el nuestro, como para detenernos con la precisión que merece en la joven prostituta de la calle Santa Rosa, quien le pide que la lleve al cine; o en la historia de Valery Campbell, “venus de pelo rojizo, de piel cetrina”, una gringa intensa, casquivana, desarbolada, finalmente suicida.

Este, el de la memoria, es un vicio por el que Jorge Edwards ha sabido transitar con más gracia y efecto que por el de la ficción a secas. Nada más certero que sus propias palabras en un alto sobre José Donoso: “Pepe siguió su camino y yo el mío. El de Pepe fue el de la literatura en estado puro, y siempre le tuve envidia por eso. El mío fue el del escritor con un pie colocado en la realidad real, en sus molestias, sus angustias, sus desastres”.

Reconocido desde hace cuarenta años a partir de las memorias de sus cien días en La Habana, el testimonio de la agudización del totalitarismo cubano, Jorge Edwards pergeña ahora la confesión de unos pocos años en su abarcadora trayectoria de escritor y de hombre. Esperemos que los próximos tomos no dejen en casa esos “monos porfiados”, que exhiba nuevamente sin remilgos las manchas moradas que el vino bueno y el barato han dejado sobre su piel.

Publicado en El Nuevo Herald, de Miami, el 28 de diciembre de 2013, con el título ‘Los círculos morados’ de Edwards, confesión sin remilgos.


Articulo : http://gerardofernandezfe.com 28/12/2013

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