dimanche 5 janvier 2014

John LANCHESTER/ MARX a los 195

ARTÍCULO
Marx a los 195
Por John LANCHESTER

Antes de reflexionar acerca de lo que Marx hubiera pensado de un mundo como el nuestro, debemos empezar por aclarar que él no era empírico. No creía que pudiéramos llegar a la verdad sólo con tomar trozos de información de nuestra propia experiencia, data points según los científicos, con los que después integraríamos una imagen de la realidad compuesta de los fragmentos recopilados.

El pensar que muchos de nosotros actuamos casi siempre de este modo provoca una ruptura importante entre Marx y lo que hoy conocemos como sentido común, noción que, por cierto, el mismo Marx detestaba: la veía como la forma en la que determinado orden, ya fuera político o social, transforma su propia construcción de la realidad en un conjunto de ideas aparentemente neutral que después será considerado parte natural de las cosas. Ya que el empirismo toma sus pruebas de un orden preexistente de las cosas, tiene la cualidad innata de aceptar como realidad hechos que no son más que la prueba de prejuicios subyacentes y de presión ideológica. Para Marx, el empirismo fue y será un método para confirmar el statu quo. A él le habría disgustado en especial aquella tendencia moderna de debatir a partir de los “hechos”, como si fueran trozos neutrales de la realidad, libres de cualquier marca histórica, interpretación o sesgo ideológico, así como de las circunstancias mismas que los originaron.

Yo, en cambio, sí soy empírico. No porque piense que Marx estaba equivocado sobre el efecto distorsionador de la presión ideológica subyacente, sino porque no creo que sea posible ubicarnos en un lugar al que no lleguen esas presiones. De ahí que tengamos la responsabilidad de proceder de la mejor forma con los recursos que tengamos disponibles, y de no dejarnos apabullar por información incómoda o contradictoria. No obstante, ésta es una gran diferencia entre Marx y mi forma de hablar sobre él, la cual consideraría, sin duda, del todo inválida, tanto filosófica como políticamente.

Veamos las siguientes líneas del Manifiesto comunista, un texto que Marx redactó en colaboración con Engels en 1848, después de que fuera expulsado de Francia y Alemania por sus escritos políticos: “El capitalismo ha sometido el campo al dominio de la ciudad. Ha creado urbes inmensas. Ha aglomerado la población, centralizado los medios de producción y concentrado la propiedad en manos de unos pocos.” “El capitalismo no ha dejado subsistir otro vínculo entre los hombres que el frío interés, el cruel ‘pago de contado’.” “El capitalismo ha sido el primero en mostrar lo que puede realizar la actividad humana; ha creado maravillas muy distintas a las pirámides de Egipto, a los acueductos romanos y a las catedrales góticas, y ha realizado campañas que opacan a los éxodos de los pueblos y a las cruzadas. El capitalismo ha creado fuerzas productivas más abundantes y más grandiosas que todas las generaciones pasadas juntas.” “El capitalismo no puede existir sino a condición de revolucionar incesantemente los instrumentos de producción y, por consiguiente, las relaciones de producción, y con ello todas las relaciones sociales. Una revolución continua en la producción, una incesante conmoción de todas las condiciones sociales, una inquietud y un movimiento constante distinguen la época capitalista de todas las anteriores. Todas las antiguas industrias nacionales han sido destruidas o lo son día con día.” “En lugar de los antiguos deseos, satisfechos con productos nacionales, surgen nuevos deseos, que reclaman para su satisfacción productos de los países más apartados y de los climas más diversos.” “Las crisis comerciales ponen a prueba, en forma cada vez más amenazante, la existencia de toda la sociedad capitalista.

Durante cada crisis comercial, se destruye sistemáticamente no sólo una parte considerable de productos elaborados, sino incluso de las mismas fuerzas productivas ya creadas.” Al considerar los pasajes anteriores es difícil no concluir que Marx fue extraordinariamente profético. Tuvo, sin duda, la perspicacia para ver la naturaleza, trayectoria y dirección del capitalismo. Tres aspectos sobresalen aquí, a saber, el homenaje que le rinde a la capacidad productiva del capitalismo, que por mucho sobrepasa a la de cualquier otro sistema económico que conozcamos; la reformulación del orden social que lo acompaña, y la tendencia inherente del capitalismo hacia la crisis, así como a  los ciclos de prosperidad y fracaso.

No obstante, debo admitir que no cité las líneas anteriores tal y como Marx las escribió: donde yo escribí el capitalismo, Marx escribió la burguesía. Lo hice sonar como si sólo aludiera a un sistema, cuando en realidad él hablaba de una clase social y un sistema al servicio de sus intereses. Marx no utiliza la palabra capitalismo. El término no aparece en la primera parte de El capital (realicé una búsqueda de la palabra y la encontré sólo en tres ocasiones, todas, al parecer, errores de traducción o usos imprecisos del plural en alemán Kapitals: en la edición original, nunca habla de Kapitalismus). Éste es un descuido considerable si pensamos que Marx es amplia y acertadamente conocido como el más grande crítico del capitalismo. En lugar del término capitalismo prefirió otros como economía política y economía política burguesa, que para él abarcaban desde derechos de propiedad y lo que hoy conocemos como derechos humanos, hasta la concepción misma del individuo autónomo e independiente.

Considero que una razón por la que Marx no utilizó el término fue porque con ello habría insinuado que el capitalismo era uno de los posibles sistemas en disputa —idea contraria a sus creencias—. Para él era imposible superar al capitalismo sin realizar cambios radicales de orden social, político y filosófico. Estaba en lo correcto: no se ha desarrollado alternativa alguna. A decir verdad, la economía como disciplina se ha vuelto el estudio del capitalismo; ahora consideramos ambas un mismo asunto. Si en algún momento la hegemonía del capitalismo presente en la economía hubiera tenido que enfrentar un desafío teórico serio y constante —un verdadero desafío posterior al provocado por lo que solía llamarse “socialismo real”—, cualquiera hubiera pensado que tal prueba llegaría después del colapso económico casi total que embistió al sistema económico global en 2008. Sin embargo, todo lo que hemos visto han sido sugerencias paliativas que aminoran los riesgos del sistema actual. Por el momento contamos con este monstruo híbrido, el capitalismo de Estado, un término predilecto del Partido Socialista de los Trabajadores para describir a la Unión Soviética, y que hace algunos meses apareció en la portada de The Economist como descripción de la situación económica de gran parte del mundo. Esta parodia del sobre la población y los beneficios sobre el sector financiero, es un magno ejemplo de lo que solía llamarse “socialismo para los ricos”. Aunque “socialismo para los ricos” se suponía que era una broma, la verdad es que hoy es así como funciona la economía global.

El sistema financiero actual representa una amenaza existencial para la democracia en Occidente, que sobrepasa a cualquier amenaza terrorista. El terrorismo nunca ha desestabilizado democracias; empero, si los cajeros un día dejaran de tener fondos, eso sí sería un suceso cuya escala llevaría al borde del colapso a los Estados democráticos existentes.

Aun así, los gobiernos actúan como si ya no hubiera nada que hacer: si bien tienen el poder para reclutarnos en el ejército y enviarnos a la guerra, no pueden hacer nada por mejorar el tan necesitado orden económico. En ese sentido, es como si la omisión de Marx de la palabra capitalismo —porque no pudo vislumbrar otra alternativa dentro del orden social existente— hubiera sido un presagio muy exacto, producto de su bola de cristal.

Marx ejerce gran presión en cuestiones tales como de dónde proviene el valor, cómo se efectúa el intercambio de mercancías y qué es el dinero. Aunque son, sin duda, preguntas sencillas, nunca nadie las había formulado con tanta claridad; son, también, el tipo de interrogantes que ya nadie formula a nivel profesional o institucional porque el orden actual de las cosas se da por sentado. Es una pregunta (o, mejor dicho, dos preguntas) elemental y de suma
importancia: ¿qué es el dinero?, ¿de dónde proviene su valor?

Marx escribió cientos de páginas que tratan este asunto, y hay miles más con comentarios y análisis de su obra, de ahí que mi recopilación de sus ideas no pueda ser más que una visión caricaturescamente abreviada y sencilla. Así, el modelo de Marx funciona de la siguiente manera: la competencia siempre castigará el precio de la mano de obra y los obreros serán contratados por el menor salario posible, una cantidad apenas suficiente como para subsistir.

Después, el empleador venderá las mercancías, no al costo de producción, sino al mejor precio que pueda negociar, un precio que a su vez está sujeto a la demanda y, por lo tanto, tiende a bajar al transcurrir el tiempo. De la misma forma, existe una diferencia entre el precio al que el obrero vende su trabajo y el que el empleador recibe por sus bienes; Marx llama plusvalía a esa diferencia, que se acumula a favor de este último. Para él, la plusvalía es la base del capitalismo: todo el valor dentro de éste es la plusvalía producto de la mano de obra. De ahí proviene el costo de las cosas; en sus propias palabras:
“El precio es el nombre en dinero del trabajo materializado en la mercancía.”

Al analizar el asunto, Marx logra desarrollar un modelo mediante el cual podemos reconocer la estructura del mundo y ver la mano de obra escondida detrás de todas las cosas que nos rodean; gracias a este modelo, la mano de obra implícita en los objetos y en las relaciones se vuelve visible. Para Marx, la teoría de la plusvalía también explica el porqué de la tendencia inherente del capitalismo hacia la crisis. Al igual que el obrero, el empleador enfrenta competencia: la presión que ejercen los nuevos competidores en el mercado siempre provoca una disminución en el precio al que vende sus productos. Para el empleador, una forma usual de librar la situación es utilizar máquinas que incrementen la productividad de los obreros y además tratar de sacarles el mayor provecho al tener menos a su servicio, y así producir más bienes. Sin embargo, al intentar mejorar la eficiencia en la producción, el empleador podría, también, anular el valor —a menudo al no obtener las ganancias esperadas debido a una sobreproducción—, lo que provocaría excedentes de productos que compiten entre sí, una caída en los mercados, anulación masiva de capital, lo que lleva de nuevo a iniciar el ciclo. Un aspecto elegante de la forma de pensar de Marx es que el apegarse a la teoría de la plusvalía invariablemente conducirá a predecir los ciclos perpetuos de crisis, prosperidad y fracaso del capitalismo.

Los argumentos de Marx presentan dificultades obvias. Una de ellas es que numerosos bienes y mercancías del mundo actual son virtuales (en el sentido digital-informático) y no es fácil discernir dónde radica la mano de obra acumulada en ellos. Por ejemplo, las conferencias de David Harvey en torno a El capital, la mejor forma de acercarse por primera vez a la obra maestra de Marx, son muy valiosas; no obstante, están disponibles de forma gratuita en internet. Así, en caso de que las adquiera en forma de libro impreso —es más rápido asimilar la información al leerla que al escucharla—, la plusvalía que usted le agregaría sería básicamente obra propia.

La noción de que la mano de obra está implícita en los objetos y de que el valor de los mismos proviene del trabajo que costó producirlos es una herramienta aclaratoria inesperadamente poderosa dentro del mundo digital. Facebook es un ejemplo. En parte su éxito se debe a que la gente siente que tanto ellos como sus hijos están seguros al pasar tiempo ahí, que es un sitio al que acuden para interactuar con otras personas y, en esencia, no es peligroso ni mórbido como se cree que lo son otras tecnologías, como la videocasetera, cuando salió al mercado. Sin embargo, la idea de lo que es Facebook —“higiénico” sería la mejor palabra para describirlo— es sostenida por incontables horas mal pagadas de mano de obra proveniente de habitantes del Tercer Mundo empleados por empresas contratadas para buscar imágenes ofensivas, quienes (según el único marroquí que ha protestado por ello) ganan un dólar por hora. Ése es un ejemplo perfecto de la plusvalía: enormes cantidades de mano de obra servil que trabajan para construir la imagen higiénica de una compañía que, cuando se estrenó en el mercado de valores a finales de 2012, fue valuada en cien mil millones de dólares.

Si nos propusiéramos buscar este mecanismo en acción dentro del mundo actual, lo encontraríamos en cualquier lugar al que volteáramos, a menudo en forma de plusvalía producto de uno mismo: el comprador o el cliente de una empresa; por ejemplo, el registro en línea o la entrega de equipaje. El primero es un requisito que debería acelerar los trámites en el aeropuerto y traducirse en un desperdicio menor de tiempo, mismo que podríamos ocupar en otras actividades, algunas incluso económicamente provechosas. Sin embargo, la realidad es que las aerolíneas recurren a tan poco personal para supervisar el área de registro de equipaje que no hay ahorro real de tiempo para el viajero. Si lo analizamos nos daremos cuenta de que es precisamente porque las aerolíneas tienen que emplear más personas para supervisar a los viajeros que no se registraron en línea —o si no los vuelos nunca despegarían a tiempo— que las filas de clientes que no se registraron se mueven con más rapidez. Ellos le confieren la ineficiencia al viajero y, además, le ceden su trabajo; no obstante, la plusvalía es toda suya. Esto sucede todo el tiempo. Cada vez que debe interactuar con un menú pregrabado o con un servicio de correo de voz interactivo, lo que usted hace en realidad es donar plusvalía a aquellos con los que interactúa. De forma continua, el modelo de Marx nos pide ver la mano de obra cifrada en los bienes y las transacciones que nos rodean.

Para conmemorar el nacimiento del siete mil millonésimo ser humano, en 2011 National Geographic transmitió un programa titulado “la persona más común”. Este individuo tenía por característica indiscutible el ser diestro (aunque el uso de una u otra mano en realidad no es motivo de polémica, sí es un factor digno de atención debido a que el porcentaje de zurdos es de diez por ciento y al parecer se incrementa en sociedades donde el nivel de violencia es alto; nadie conoce la razón; sin embargo, tampoco es de extrañar, pues aún no se conoce el motivo por el cual se es zurdo o no). El saber que la persona más común es varón es un resultado reciente. Hoy nacen más hombres que mujeres —a razón de entre 103 y 106 por cada 100— porque los niños varones tienen una tasa de mortalidad infantil mayor y para equilibrar la proporción entre géneros de nuestra especie, se necesita un número mayor de ellos. No obstante, en gran parte del mundo la medicina moderna ha reducido notablemente la mortalidad infantil; hoy la diferencia en la tasa de natalidad ha trasladado a otras distribuciones demográficas en las que históricamente había más mujeres que hombres, al parecer porque las mujeres son más longevas, de nuevo gracias a razones desconocidas.

Más tétrico aún es que el incremento en el bienestar y en las capacidades tecnológicas ha provocado desigualdades inmensas en la tasa de natalidad, algo que sólo podemos adjudicar al aborto selectivo de niñas. La proporción entre sexos, en particular en varias partes de Asia, ha sobrepasado los niveles biológicamente posibles. En China e India los datos del censo muestran que la relación a nivel nacional es de 120 a 100. Para el año 2020, en China habrá entre 30 y 40 millones de hombres más que de mujeres menores de 19 años. Para contextualizar la cifra: 40 millones es la suma total de hombres estadunidenses en esa misma categoría demográfica. Así, se vislumbra que dentro de siete años en China habrá un número permanentemente que equivaldrá al de todos los jóvenes varones de Estados Unidos.

Un aspecto sombrío del asunto es que la “preferencia por el hijo varón” —como fríamente se le llama en la literatura— se incrementa en función del nivel económico y la modernización, lo que significa que su aumento ha sido constante. A eso hay que sumar los millones de niñas desaparecidas.

Pues bien, la persona más común es hombre, gana al año menos de 8 mil libras esterlinas y aunque posee un teléfono celular no tiene una cuenta bancaria a
su nombre. Estos datos se ajustan al modelo de Marx sobre cómo avanza el capitalismo: no posee cuenta bancaria porque el obrero común no tiene nada que depositar en ella: no tiene capital; tiene que vender su mano de obra al mejor postor. Tiene 28 años, la edad promedio de la población mundial: es un hombre justo en el medio. Y si usted cree que la persona más común del mundo pertenece al grupo étnico más numeroso que existe, resulta que, sí, es un chino de la etnia han. Así que este ser humano representativo en 2013 es un hombre chino de 28 años, de la etnia han, sin cuenta bancaria pero con teléfono celular, que gana en promedio menos de 8 mil libras al año.

¿Cuántas personas entran en la descripción? Nueve millones. Incluso conocemos parte de su nombre: Lee o Li, el apellido más común del mundo. Hay tantas personas llamadas Lee o Li como habitantes en el Reino Unido y en Francia juntos.

Dudo de que para Marx algo en los datos anteriores pudiera contradecir —para usar una palabra que a él le habría molestado— su modelo. Predijo tanto el crecimiento de un proletariado que realiza la mayor parte del trabajo en el mundo, como el del burgués dueño de los frutos producidos por el otro. El hecho de que el proletariado se encuentre en el Tercer Mundo —“proletariado externo”, como suele llamársele—, fuera de la vista del burgués occidental, no refuta en absoluto la estampa. Como estudio de caso para ejemplificar el proceso pensemos en la empresa más valiosa del mundo hoy en día: Apple.

Para la compañía californiana el primer trimestre de 2012 constituyó el más redituable en la historia de cualquier compañía que haya existido: sus ganancias ascendieron a 13 mil millones de dólares, provenientes de ventas totales por 46 mil millones de dólares. Sus productos más exitosos son fabricados en plantas chinas propiedad de Foxconn (los mismos fabricantes del Kindle de Amazon, el Xbox de Microsoft, el ps3 de Sony y cientos más que ostentan el logo de otra compañía en el empaque; no sería una exageración pensar que fabrican todos los aparatos electrónicos del mundo). En esta empresa, el salario inicial es de 2 dólares la hora; los obreros viven en dormitorios de 6 u 8 camas por los que pagan una renta de 16 dólares mensuales.

Su planta de Chengdú, donde fabrican el iPad, opera 24 horas al día y tiene 120 mil empleados —pensemos que se trata de la misma población que Exeter—, y ni siquiera es la fábrica más grande de Foxconn.

Ésa está en Shenzén, donde trabajan 230 mil obreros en turnos de 12 horas, 6 días a la semana. La respuesta de la empresa al reciente escándalo surgido por el alto promedio de suicidios entre sus obreros fue que dicha tasa en realidad es menor a la del promedio en China, y que a diario la compañía rechaza miles de solicitudes de empleo; ambos datos son ciertos. Eso es lo verdaderamente espantoso del asunto. Los beneficios que ofrece la empresa son iguales o mejores que la mayoría de los que ofrecen otros empleos equivalentes de fabricación en China, productor de gran parte de las mercancías del mundo; para los obreros chinos ese tipo de vida es preferible que tomar las escasas alternativas ofrecidas por el campo. Y todo lo anterior, como parte de una ironía tan grande que posiblemente no exista una palabra para abarcarla, dentro del estado nominalmente comunista más grande y poderoso que existe.

Si bien no creo que podamos describir estas condiciones laborales como propias del siglo XIX, sí se acercan lo suficiente como para cumplir el modelo de Marx de un proletariado totalmente enajenado al que se le arranca su productividad
para convertirla en ganancias a favor de un tercero. Bien podríamos imaginar a nuestro señor Lee de 28 años trabajando en una de estas plantas.

No es sino hasta que prestamos atención a los detalles que logramos vislumbrar los inconvenientes de la idea marxista sobre nuestra posible situación actual. Si miramos al mundo en perspectiva, gran parte de sus predicciones se han vuelto realidad; contamos con una burguesía internacional abundante que en el mundo occidental conforma un alto porcentaje del grueso poblacional, así como una fuerza de trabajo proletaria que, en su mayoría, habita en Asia. A eso hay que añadir lo constante de las crisis económicas, el aumento en la concentración de riqueza por parte de quienes ya eran ricos y el aumento en la presión por todos lados, que resulta evidente en contra de los burgueses internacionales (lo apretado de la situación de la que tanto leemos). Hay un sentimiento generalizado por la ausencia de refugios o de formas de escapar a los cambios económicos y de que el capitalismo avanza con mucha más rapidez que cualquier ser humano.

Si usted es soldador y su hija debe estudiar ingeniería en sistemas para conseguir trabajo, sin duda se encuentra en una situación a la que usted y su sociedad pueden adaptarse; no obstante, la situación se torna más difícil si es soldador y a la mitad de su vida productiva se ve obligado a capacitarse como ingeniero en sistemas. Cambios de esta magnitud quedan implícitos en el progreso del mercado laboral actual. Exactamente a esto se refería Marx cuando predijo un mundo en el que “Todo lo estamental y estancado se esfuma”, por lo tanto, no es tan difícil convencerse a uno mismo de que las predicciones de Marx, desde un punto de vista impresionista, eran acertadas.

El error más claro de Marx concerniente a su visión del mundo tiene que ver con la clase. Según él, hay esparcido en todo el orbe un proletariado clásico marxista. Sin embargo, predijo que este proletariado sería una fuerza cada vez más centralizada y organizada, dos cualidades por las que resultaría muy peligroso para el capitalismo. Al crear las condiciones en las que la mano de obra se pudiera organizar y reunir de forma colectiva, el capitalismo en realidad estaba cavando su propia tumba. Empero, no existe un conflicto organizado global entre clases, ni un proletariado global organizado; no hay nada siquiera remotamente parecido. El proletariado, en cambio, está haciendo fila en espera de poder entrar a Foxconn y no organizándose para iniciar una huelga. El peligro al que se enfrenta China (que en cierto sentido es donde hoy se concentra la mayoría del proletariado) es la desigualdad producto de las fracturas ocurridas entre el nuevo proletariado urbano y la pobreza rural que queda atrás. En China hay, también, tensión entre el centro y la costa, así como crecientes dificultades producto de la corrupción y la mala administración que con regularidad desembocan en lo que conocemos como Incidentes de Concentración Masiva, o ICM —en esencia, frecuentes disturbios antiautoritarios en todo el país, que ocurren sin ser reportados por los medios masivos occidentales—. No obstante, ninguno de los fenómenos anteriores tiene que ver con la clase, y, en vista del hincapié que Marx hizo en las luchas organizadas entre éstas, no queda otra opción más que relegar las predicciones en torno a ellas a la categoría de no cumplidas.

¿Y por qué no se han cumplido? A mi parecer esto se debe a dos razones. La primera es que Marx no pudo predecir —como tampoco nadie de su tiempo— las numerosas y tan variadas formas que ha tomado el capitalismo; hablamos de él como si fuera una sola cosa; no obstante, lo hay de todas las formas y colores y cada uno de ellos comprende modelos diferentes. El Estado de bienestar social contemporáneo, que provee a sus ciudadanos de techo, educación, alimentación y servicios médicos, desde el nacimiento hasta la muerte, es un suceso que desafía las bases del análisis marxista sobre la naturaleza del capitalismo: a mi parecer Marx habría estudiado a profundidad el Estado de bienestar social y se habría preguntado si en realidad éste socavaba su análisis sólo por ser tan diferente al capitalismo del que él fuera testigo y en el que basó su extrapolación.

Tal vez Marx podría argüir que lo que sucedió fue que la sociedad británica en su totalidad se volvió parte de una burguesía global y que hoy el proletariado yace en otras partes del mundo. El anterior es sólo uno de los argumentos posibles, y es, también, un argumento difícil de sostener al considerar las desigualdades, presentes y en crecimiento, de nuestra sociedad. Sin embargo, el capitalismo de bienestar escandinavo es muy distinto del capitalismo chino controlado por el gobierno, y casi totalmente ajeno al capitalismo de libre mercado, sauve-qui-peut de los Estados Unidos, y éste, a su vez, distinto del capitalismo nacionalista y altamente socializado de Francia, el cual no guarda relación alguna con el extraño híbrido que tenemos en el Reino Unido, en el cual nuestro gobierno está totalmente concentrado en el libre mercado sin importar que existen zonas necesitadas de asistencia social y prestaciones que no se atreven siquiera a revisar. Uno de los países que más abiertamente apoyan el libre mercado es Singapur, el cual con frecuencia ostenta los primeros lugares en encuestas sobre la apertura de los mercados; sin embargo, el gobierno es dueño de casi todo el territorio y la abrumadora mayoría de la población habita casas propiedad del Estado: es la capital mundial del libre mercado y de los departamentos municipales. Hay numerosos tipos de capitalismo y es probable que un solo análisis que los abarque a todos como si fueran una sola cosa carezca de validez. Un resultado de todo esto es la variedad y complejidad de nuestros intereses en dicho sistema.

En febrero de 2012 toda la plantilla de obreros de Foxconn recibió de manera repentina un aumento de 25 por ciento en su salario base, pero no gracias a las hazañas de alguna organización, ni a las protestas de los empleados: el incremento obedeció a la publicación de un artículo en The New York Times que hablaba de las condiciones laborales en ese lugar. La presión ética de Occidente es una de las fuerzas más poderosas para mejorar las condiciones dentro de las plantas en Shenzhén. Otro ejemplo —uno que goza de difusión en el ámbito médico pero del que apenas se sabe fuera de éste— está relacionado con el Mectizan, un medicamento desarrollado por la farmacéutica estadunidense Merck para tratar la oncocercosis o ceguera de los ríos (las primeras muestras con el componente necesario para su producción provenían de un campo de golf en Japón). Si bien el costo de producción del fármampleoco en 1987 fue considerablemente alto, su distribución ha sido permanentemente gratuita, acción que salvó a cientos de miles de la ceguera y a muchos más de morir de hambre porque permitió que 25 millones de hectáreas, yermas hasta el momento, se convirtieran en tierra de cultivo. Podemos hacer entrar este último ejemplo en un modelo marxista si lo vemos como movimiento publicitario; sin embargo, yo dudo que dicho análisis funcione porque en el mundo occidental casi nadie ha escuchado la anécdota.

Eso es algo que Marx nunca predijo y que abarcaba situaciones imposibles de predecir. He ahí la diferencia entre nuestros intereses y los papeles que jugamos en el capitalismo moderno. Marx escribió sobre gente, o clases, para ser precisos, divididas en obreros y propietarios de los medios de producción; además, tuvo en consideración el que somos “portadores” de tales roles: aspectos distintos de lo que podría estar en juego en momentos diferentes, algo que podría resultar en un proletario compitiendo con otros proletarios sin importar que los intereses de su clase fueran homólogos. El punto es que en el mundo moderno estamos más fragmentados y somos mucho más contradictorios. Un gran número de obreros invirtieron sus pensiones en empresas cuyo método principal para el incremento de ganancias es el recorte al mínimo de su personal y uno de los factores que provocó la contracción crediticia fue la búsqueda de los fondos de pensiones por rendimientos estables más altos que les permitieran cubrir la jubilación de generaciones posteriores.

Así, en muchos casos sucedió que los obreros perdieron sus empleos a causa de recortes que obedecían a un intento por proveer de seguridad futura a esos mismos trabajadores. Muchos de nosotros somos esclavos asalariados, beneficiarios de la asistencia social del Estado, donantes al mismo tiempo que pensionistas, presentes o futuros, y sólo en ese último caso podemos considerarnos propietarios burgueses de los medios de producción.

Es una situación complicada; la fuerte presión ética que de forma intermitente va y viene para las empresas es un síntoma de esa complejidad y multiplicidad
de intereses. Asombra el hecho de que al responder en contra de sus detractores las compañías casi nunca recurran a la respuesta más sencilla —y la más veraz en términos capitalistas clásicos—: éticamente nuestro papel es obtener ganancias para los accionistas, dar empleo y pagar impuestos. Eso es todo; lo demás es asunto del gobierno. Pero las compañías nunca responden así, tal vez porque sienten que todos intuimos que nuestros intereses entretejidos en conflicto interno hacen del mundo algo mucho más complicado.

Si bien el modelo marxista del mundo es complejo, nuestro mundo moderno lo es aún más. Lo anterior ejerce gran presión en un área que Marx pudo haber identificado a través de uno de sus dichos hegelianos favoritos: la cantidad modifica la calidad. Esto significa que es posible obtener un sistema aclaratorio que reporte determinados fenómenos —en este caso la forma en la que el capitalismo produce bienes que van en contra de su propia corriente principal de acumulación y explotación—, al mismo tiempo que la dirección general del viaje permanece inalterada. Sin embargo, llega un momento en el que los fenómenos se acumulan y dejan de parecer ejemplos contradictorios aislados y comienzan a lucir como un desafío elemental a las ideas principales. Algo similar le sucedió a las corrientes contrarias dentro del capitalismo.

Consideremos las medidas estadísticas de vida más elementales: mortalidad infantil y esperanza de vida. La segunda en Gran Bretaña durante 1850 —el año de la primera edición en inglés del Manifiesto comunista— era de 43 años, mucho menor a la esperanza de vida actual en Afganistán y a su vez menor a la de cualquier país que no haya sido golpeado por una epidemia de sida. Hoy la esperanza de vida en el Reino Unido es de más de 80 años y continúa subiendo de modo que en los datos estadísticos se oculta un hecho extraño: hoy una mujer de 80 años tiene 9.2 por ciento de probabilidades de vivir hasta cumplir 100 años, mientras que una mujer de veinte tiene 26.6 por ciento de probabilidades de alcanzar la misma edad. Podría parecer extraño que una persona sesenta años menor tenga mayores posibilidades de llegar a un siglo de edad; sin embargo, esto demuestra la velocidad del progreso. La mortalidad infantil, una estadística que con frecuencia funciona como representante de una serie de eventos adyacentes (nivel de desarrollo médico y tecnológico, fuerza de los lazos sociales, nivel de atención al que pueden acceder los pobres, reconocimiento de la sociedad por las necesidades de los desconocidos), es algo en lo que Marx habría mostrado verdadero interés. En la Gran Bretaña victoriana el promedio era de ciento 150 muertes por cada mil nacimientos; hoy es de 4.7 por cada mil, una mejoría de 3 191 por ciento (las tasas de numerosos países son menores a las de Inglaterra, que ocupa el trigésimo primer lugar mundial, y el menor de todos pertenece a la capital mundial de los departamentos municipales, con 1.92 por cada mil).

La tasa mundial de mortalidad infantil es de 42.09 por cada mil nacimientos, un tercio de la tasa británica en tiempos de Marx. El efecto del sida en estas cifras es terrible: por ejemplo, la esperanza de vida en Botsuana es de 31.6 años; no obstante, según información de las Naciones Unidas, si quitamos el efecto del sida, la expectativa sube a 70.7 años.

¿Hasta qué punto información de esta índole representa un reto para las ideas de Marx? Estos datos maquillan desigualdades importantes —el tristemente célebre ejemplo en Londres es que si uno toma la línea Jubilee del metro desde Westminster, con dirección al Este, en las siguientes ocho estaciones la esperanza de vida en hombres disminuye un año por cada estación recorrida—; no obstante, si hacemos esos datos a un lado, una visión general indica que la mayoría vive por más tiempo y goza de una salud mejor. Si eso es cierto, ¿será también verdadero que el capitalismo empobrece de forma sistemática e invariable? Si la gente que se encuentra bajo su sombra vive más tiempo, ¿será cierto que el sistema se torna destructivo? Consideremos los Objetivos de Desarrollo del Milenio que las Naciones Unidas anunciaron en el año 2000. La iniciativa fijaba metas para reducir la mortalidad infantil en dos terceras partes y la mortalidad materna en tres cuartas partes al llegar al año 2015, contando a partir de 1990 (las cifras fueron ligeramente trucadas al establecer como punto de partida una fecha diez años anterior); reducir a la mitad el número de personas que viven en extrema pobreza; multiplicar al doble el porcentaje de niños que asisten a la escuela primaria. ¿Logros de esa envergadura pueden pasar inadvertidos? Si un sistema produce tales cambios, ¿podemos decir que no deja nada más que pobreza? El mismo Marx afirmó que existen momentos en los que el modelo de producción capitalista puede trascender sus propias barreras, como por ejemplo, al inventar la sociedad anónima. Pruebas adicionales de la posibilidad para trascender los propios límites habrían ejercido mayor presión en los modelos intelectuales de Marx.

Un reto final para el modelo marxista, y para sus predicciones, proviene de algo que él vio con claridad profética: la extraordinaria fuerza productiva del capitalismo. Marx pudo vislumbrar cómo el capitalismo transformaría la superficie misma del planeta y afectaría a todo ser humano.

Sin embargo, cerca del núcleo de este análisis hay una cierta grieta, una imperfección. Para Marx, las dos fuerzas esenciales de la vida económica, social y política eran la mano de obra y la naturaleza. Según él ninguna de ellas era estática y utilizó el metabolismo como metáfora para describir la forma en que nuestra mano de obra da forma al mundo y, a su vez, el mundo que hemos creado nos da forma a nosotros, de modo que aquellas dos fuerzas esenciales, la mano de obra y la naturaleza, no permanecen inamovibles. Lo que Marx no consideró fue que los recursos naturales son fi nitos; sabe que no existe una naturaleza a la que no den forma nuestras suposiciones, lo que no comparte es nuestra sensibilización contemporánea por el agotamiento de los recursos naturales. Este tipo de situaciones a menudo reciben el nombre de ironías, aunque en realidad se acerquen más a tragedias, en cuyo corazón se encuentra arraigada la idea de que el poder expansionista, productivo y consumidor de recursos del capitalismo es tan vasto que a nivel planetario es insostenible.

Todo el mundo desea gozar del estilo de vida primermundista burgués, y todos podemos saber en qué consiste al mirar la televisión; sin embargo, no podemos tenerlo porque antes de lograrlo agotaríamos todos los recursos del planeta. La crisis más grande del capitalismo se cierne sobre nosotros y se basa en el hecho inevitable de que los recursos naturales son limitados. La mayoría de los marxistas se han negado a tocar este punto por una buena razón: el problema actual de los recursos naturales, ya sean alimentos, agua, energía o poder, en cualquiera de sus sentidos, tiene más que ver con la distribución no equitativa de los mismos que con los suministros totales.

Hay más que suficiente de todos ellos para cada uno de nosotros. Escritores y activistas de la tradición marxista han enfatizado ese aspecto, y con justa razón; no obstante, también debemos aceptar que, a petición nuestra, el mundo se encamina a un consumo y una demanda cada vez mayor de recursos: el consumo y la demanda de recursos simultáneos de todos los habitantes de la Tierra. Ése es el adversario más letal del capitalismo. Un ejemplo con sólo uno de los recursos: el consumo promedio de agua por persona en Estados Unidos es de 378.5 litros diarios. No hay suficiente agua potable sobre el planeta como para que el consumo de todos sus habitantes sea como ése.

Por tanto, la pregunta es si el capitalismo puede desarrollar formas nuevas de sí mismo, como hasta ahora lo ha hecho, y proponer mecanismos de propiedad basados en los mercados, que sean capaces de esquivar la crisis inminente, o si necesitamos de un orden económico y social completamente distinto.

La ironía reside en que ese posible orden podría ser similar en muchos aspectos al que Marx imaginó, sin importar que él trazara un camino distinto para llegar. Cuando Marx dijo que el capitalismo contenía las semillas de su propia destrucción no se refería al cambio climático o a la guerra por los recursos. En caso de sentir tristeza y desaliento ante el panorama del futuro, podemos encontrar consuelo en nuestra inventiva adaptabilidad y en el ingenio que nos ha traído tan lejos en tan poco tiempo, tan lejos y tan rápido que ahora necesitamos frenar y no sabemos cómo. Como Marx escribió casi al final del primer volumen de El capital: “El carácter ilimitado y dócil de sus necesidades distingue al hombre de los demás animales.” Necesidades desmedidas que creemos ver por todos lados y que nos han traído a donde estamos hoy; en cuanto a la parte dócil, eso es algo en lo que aún debemos trabajar.

Traducción de Dennis Peña.
Este artículo fue publicado originalmente en London Review of Books, www.lrb.co.uk.

John Lanchester, periodista y escritor, es autor de novelas como El puerto de los aromas y Capital, y de un libro sobre la reciente crisis financiera global: ¡Huy! Por qué todo el mundo debe a todo el mundo y nadie puede pagar, todos publicados en español por Anagrama.

Articulo: http://www.elboomeran.com 12/2013