dimanche 19 janvier 2014

Pedro Pablo GUERRERO/ Álvaro BISAMA: la narrativa de los escombros

«Los Muertos»|Nuevo libro de cuentos
Álvaro BISAMA: la narrativa de los escombros
Por Pedro Pablo GUERRERO

El escritor chileno publica un volumen de once relatos en los que se cruzan los fantasmas de nuestra historia, expectativas apocalípticas y mirada desoladora, pero no exenta de parodia.

Tal vez no sea coincidencia que “Los muertos” se publique en medio del verano mas seco y caluroso de las últimas décadas, con incendios que se extienden por varias regiones y llenan Santiago de un aire enrarecido. La protagonista de “Remix”, el primero de los 11 relatos del nuevo libro de Bisama, cajera del minimarket de un pueblo, le dice al narrador: “Me tatué detalladamente el mapa que tendrá la Tierra una vez que todo se acabe, cuando todo se vaya a negro, cuando el cielo se convierta en electricidad y granizo sucio”.

Después de ganar el Premio del Consejo del Libro 2013 con la novela “Ruido” (Alfaguara), basada en el vidente de Villa Alemana y sus acólitos, el autor despliega en “Los muertos” un grupo de relatos en los que intervienen un ladrón de automóviles; una secta mesiánica; skaters del Parque Bustamante; un periodista retornado del exilio que termina escribiendo sobre ovnis; okupas de casonas en ruinas; autómatas del siglo XIX; trashers fugados de la provincia; nazis fetichistas; el autor inédito de una saga fantástica, y una mujer que recorre los bares de Valparaíso tomando vodka nacional mientras se muere de insomnio.

“Me interesan las escrituras del desastre”

“Mami,/La próxima vez/No manches por favor/Mi cepillo de dientes/Con sangres”, es el epígrafe del libro. Corresponde al poema “Recado bajo un magneto en un refrigerador Crosley”, de “Autorretrato de memoria” (2005), escrito por Gonzalo Millán.

- Siempre he pensado que es uno de los poemas más impresionantes de Millán – dice Bisama -. Me parece que en sus libros hablaba de la tensión que está dentro de estos cuentos: entre lo cotidiano y lo monstruoso, lo cotidiano y lo deforme. Lograba transformar una luz objetiva, clara, muy certera, en algo delirante, que podríamos catalogar de insoportable.

El epígrafe da con el tono del libro de Bisama y aporta unidad a un conjunto integrado por relatos inéditos y otros dispersos en antologías. “Los muertos” sirve para acabar con las versiones. El libro era una buena excusa para editarlos, cerrarlos, olvidarme de ellos y configurar una especie de mapa de todos esos paisajes. Tanto como relato, el libro es un mapa de zonas que me interesaban y que he visitado antes”, dice el autor.

-¿Qué ha cambiado en tu forma de abordarlas?
-“Estrellas muertas” y “Ruido” tenían un registro muy claro, realista, vinculado con la vida política chilena, la cultura, la memoria. No quería salirme de eso, pero si pensar en otra clase de registros, volver a textos que tenían que ver con la parodia y la cultura pop.

-¿De dónde proviene la sensación de espera, la inminencia del fin que traspasa el libro?
-Me interesan las escrituras del desastre. Pero más que narrar el desastre, es el post-desastre, la narrativa de los escombros, que construye naturalezas muertas con ellos. En “Los muertos”, más que preguntarme por el arco narrativo, por el relato, me pregunto por esas voces hechas de fragmentos, de imágenes, de ideas contradictorias que se van apilando y constituyen “collages”, como manifestaciones de esos espacios arrasados. Ninguno de los cuentos del libro está pensado en términos de contar una historia. La mecánica formal del cuento norteamericano hemingwayano chejoviano a mi no me atrae.

-¿A qué escombros te refieres?
-Pienso en Juan Luis Martínez, en el mismo Millán de “La Cuidad” o en los trabajos fotográficos de Paz Errázuriz. Escombros de sentido. Son los libros que quedan sin lectores cuando viene el fin del mundo, las voces que quedan grabadas en el éter cuando se apagan las radios, el sonido que sintonizan los televisores en la madrugada cuando ningún canal transmite.

-¿Por qué el narrador del cuento “Los muertos”, sobre un periodista retornado, dice que su relato funciona como una fabula?
-No enseña nada. La moraleja queda afuera, pero me gusta la idea de que sea un texto que tenga demasiadas imágenes cruzadas, contradicciones, que esta biografía pueda resumir una suerte de historia de la política chilena, pero que a la vez se escape hacia la imposibilidad de llegar a alguna clase de sentido obvio. En ese cuento se agotan las consignas, la experiencia queda vacía de sentido. Por eso le da título al libro.

-¿Alguno de los cuentos de “Los muertos” fue un proyecto de novela?
-Nunca. Yo entiendo la novela de otro modo y en otros tiempos. Me siento mas cómodo escribiendo novelas, porque es algo que veo abierto, es un despliegue de lenguaje distinto al del cuento, que tiene otra clase de musculatura, de velocidad. Es una tensión más rápida, más nerviosa. La novela te permite un ejercicio mucho más contemplativo, yo la pienso a partir de espacios vacios, casi desde una cuestión visual. En cambio, los cuentos los inicio como proyecto de voces lanzadas hacia delante, que deben llegar a un lugar que no conozco. Voy descubriendo lo que pasa en los cuentos mientras los escribo.

-¿No hay un plan, un esquema, una escaleta?
-No es caleteo y casi nunca tomo notas, salvo cuando estoy corrigiendo. Gran parte de estas voces tienen sentido porque funcionan a partir de la obsesión de contarlas. Algo de ese impulso original permanece a pesar de la edición. Es lo más relevante, a veces.

-¿”Patria automática” es un saludo nostálgico a la ciencia ficción?
-Me interesa mucho la ciencia ficción como laboratorio de escritura, no como género ni como militancia. Es una buena manera de hacer literatura experimental sin andar proclamando a los cuatro vientos que uno hace metanovela. La ciencia ficción que me importa es la de los 60: Ballard, Philip K. Dick, Spinrad, Burroughs. “Patria automática” tiene que ver con ese ejercicio de laboratorio. Estaba leyendo la recopilación sobre autómatas que hizo Marta Peirano para una editorial española y en ese momento me pidieron de una revista gringa un cuento sobre tecnología. Más que un texto de ciencia ficción, muestra que Chile puede ser narrador como un país de fantasmas: la identidad como una fantasmagoría, una construcción espectral. Y creo que casi todos los cuentos del libro son voces espectrales.

-El narrador de ese cuento dice: “En esa época estaba dispuesto a perder el tiempo, a merodear entre las ramas”. ¿A qué te refieres?
-Ese narrador tiene harto mío. Alguna vez hice mucha crónica para periodismo regional. De repente había historias interesantes. Hablé con gente metida en el tema de la Virgen de Villa Alemana. Es lo que me atrae de la crónica como género: en las manifestaciones estudiantiles me importaban mucho más los chicos que estaban corriendo alrededor de La Moneda; como me interesaban los rumores sobre el perro negro que muerde a la gente en el Parque Bustamante. Historias laterales, fragmentarias, en el borde de lo narrable.

-¿Sigues “dispuesto a perder el tiempo” entonces?
-Sigo poniendo la oreja. Veo televisión basura. No sé si hay algo más parecido a perder el tiempo que ver realities o escribir de teleseries. Me parece que es súper interesante, pero también tengo claro que funciono en la medida que esté en un lugar marginal del debate público cultural. Registro lo invisible que a nadie le importa.

-En “Ho Chi Minh City” hay un fotógrafo que cubre la guerra de Vietnam. ¿Quién fue el modelo de tu personaje?
- Originalmente era Sergio Larraín, pero luego fue mutando y empecé a pensar en las fotografías que Larry Clark saco a finales de los 60 de las comunas hippies. Ahora me doy cuenta de que el texto está construido sobre la idea de las tomas descartadas de la fotografía de prensa. Lo que nunca va a imprimirse, lo que queda cortado en las mesas de luz que los periódicos y las revistas. El saldo de esas fotografías que no son fotografías, sino las sombras de fotografías.

“No sé lo que es un escritor”

-En el cuento “Pozo”, el narrador piensa la ciudad como algo vivo, un animal agonizante que él intenta sanar mediante “stencils” de Hans Pozo.
-Es la restauración del cuerpo roto. La devolución de ese cuerpo que aparece violentado, descuartizado, que encuentra en la ciudad su nuevo cuerpo. Pienso que los stencileros y stickeros son la respuesta más interesante que hay al muralismo. Son fragmentos mucho menores, más privados, hechos de apropiación, en respuesta de los muralismos grandilocuentes del espacio público. Cuando estaba escribiendo ese cuento, que originalmente era de 2006, miraba como Valparaíso se estaba convirtiendo en un ciudad llena de grafiteros. Ellos no me interesaban, me interesaban unos skaters chicos que pegaban stickers o los stencileros, que marcaban objetos sobre la superficie de la ciudad, como tatuajes.

-¿Te seduce la idea del escritor como un tatuador o stencilero?
-No sé lo que es un escritor. Yo me siento como alguien que trabaja con una cantidad de objetos y referentes, voces e historias que cobran formas y significados variables. Me parece que “Música marciana”, “Ruido” y “Estrellas muertas” trabajan con esas imágenes que me interesa volver a mirar. Tampoco es algo que haya desarrollado de manera racional. Simplemente me parece interesante como un leitmotiv sobre el cual no me interesa especular, porque creo que cuando especule va a dejar de funcionar.

-¿”Arena negra” se basa en la secta liderada por una niña que detuvieron en el sur?
-Sí, pero eso apareció al final. Originalmente era un homenaje a “Mad Max”. Lo único que yo tenía era la imagen de esos gigantescos autos blindados, llenos de púas y metralletas. Ese cuento lo escribí para “Mesías”, una antología digital que armo Liliana Colanzi, de revista “Traviesa”. “Ruido” ya estaba escrita, así que el tema de las sectas me daba lo mismo. Me interesaba más jugar con las desarmaduras de chatarra de Diez de Julio y las películas de “Rápido y furioso”.

-¿Pero has reflexionado sobre la proliferación de las sectas en Chile?
-Creo que en muchos casos son asociaciones profundamente peligrosas que rayan en la delincuencia, pero también en muchos otros son espacios de relatos comunitarios que están fuera del relato oficial. Zonas donde los ciudadanos se cuentan historias a sí mismos que les permiten seguir adelante. En “Ruido” nunca me intereso el problema de la fe, sino las voces de la comunidad que captaban relatos a los cuales aferrarse en un momento en que nada tenía sentido. El caso de Villa Alemana, Antares o la secta del sur son parte de la cultura chilena. Cuando uno lee a Lacunza o “El obsceno pájaro de la noche”, te das cuenta de que es completamente milenarista, pero con una voz soterrada.

-El cuento “Death Metal” menciona el caso del anarquista que se mato cuando llevaba una bomba en bicicleta.
-Sí, es una cita. Ese cuento es sobre la traducción, la idea de leer mal, en fotocopias, sin entender. Habla de una cultura apócrifa, que tenía que ver con cierta moral de la provincia vista como un orgullo y una condena. Me interesa porque tiene un componente paródico que  mis otros libros no tenían. El “Necronomicon” fotocopiado existía, circulaba entre Villa Alemana y Valparaíso, y tenia un prologo de William Burroughs. Por favor, imagínate. De ahí salen las letras de cierto black metal o death metal chileno escritas en un inglés de sintaxis tarzanesca, que en todo caso era más interesante que cierta poesía chilena.

-Bien desoladora la sensación que deja la mayoría de tus cuentos al final.
-¡Pero tienen parodia! Claro, no tienen mucha alegría. No sé si hay libros parecidos acá, si hay otros cuentos con ese tono.

Los Muertos
Álvaro Bisama
Ediciones B, Santiago 2014, 150 páginas
$ 12.000
Cuentos


Articulo: http://impresa.elmercurio.com 12/01/2014

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