dimanche 19 janvier 2014

Silvia CHEREM S./Un centauro en las letras israelíes

ARTÍCULO
Un centauro en las letras israelíes
Por Silvia CHEREM S.

En Islas entre nosotros el lector hallará un ejemplo de las obsesiones y capacidades narrativas de David Grossman, una de las más conocidas voces de la actual literatura israelí. Ésta es la entrada a una entrevista que sostuvo este mismo año con Silvia Cherem y que circula ya en un volumen de conversaciones con autores del Israel de hoy; agradecemos la oportunidad de compartir con nuestros lectores este agridulce esbozo biográfico.

Cuando en 1986 David Grossman (Jerusalem,1 1954) publicó Véase: amor, la vida le cambió para siempre: “el mundo de repente se colapsó en nuestra casa”. En escasos meses Grossman se convirtió en sensación, fue bombardeado con todo tipo de invitaciones y solicitudes para ser entrevistado por periodistas de todo el mundo, se vendieron los derechos para traducirla a más de una treintena de lenguas y la novela —por su intensidad lírica y originalidad estilística por la profundidad de sus personajes y la creatividad de su voz— lo arrojó a la cumbre de los grandes. No sólo de las letras israelíes, sino de la literatura universal.

George Steiner calificó la obra de “proeza de la literatura moderna”. Y a Grossman, por ese libro y por los que siguieron —cada tres o cuatro años se reescribe con explosiones narrativas—, se le califica de “leyenda literaria contemporánea”. Comparado con Günter Grass, William Faulkner y Gabriel García Márquez, su nombre descuella en la lista de candidatos al premio Nobel.

A pesar de tener cuando menos 16 años más que él, Amos Oz y A. B. Yehoshúa, los autores israelíes de mayor renombre, lo aceptaron como hermano pródigo y, desde entonces, forman un solidario y apretado nudo como tres tenores que apelan por la paz, tres mosqueteros que gozan de talento y calidad moral para desenvainar su espada contra los gobernantes y, raro en el mundo de los intelectuales donde proliferan celos y envidias, ellos son amigos cercanos y primeros lectores que se critican antes de que sus obras sean publicadas.

“Contar historias me permite organizar al mundo, hacerlo comprensible. Ahí, en la historia que escribo, nunca me siento solo. Estoy realmente en casa. Soy capaz de imaginar, no estoy paralizado frente a la vida.

Invento personajes y, quizá, lo que estoy haciendo es inventarme a mí mismo”, señaló en entrevista en agosto de 2013 en Mishkenot Sha’ananim —el primer barrio judío construido afuera de las murallas de la Ciudad Vieja de Jerusalem, edificado a mediados del siglo XIX en una colina frente al monte Sión—, en la biblioteca contigua al cuarto donde, gracias a la generosidad de una empleada, se refugió a escribir obsesivamente Véase: amor.

Cuando escribe, dice, todo cobra sentido. Es cazador alerta que atrapa palabras y gestos. Ideas y significados.

La literatura le permite mirar, cada cosa va irradiando nuevo sentido al todo. Es lente de aumento para entender. Lupa sonora que magnifica. Voz que penetra la piel de los más vulnerables y va descifrando sus pasos: “Todo lo que escribo es biográfico, inclusive una nota para el supermercado.”

“¿Quién soy?” es la mirada interior que mueve a los personajes de sus novelas —“¿Quién eres? No lo sé, quisiera ser todo lo que tu mirada vea en mí”, le responde Yair a Miriam en Tú serás mi cuchillo— y, develar su ser, fue insistencia durante nuestro prolongado encuentro. Desde niño, de su cerebro brotan chispas. Irradia inteligencia y modestia, integridad en su mirada serena.
Pelirrojo y retraído, con rostro blanco, pecoso y naif —quizás anacrónico, como el de aquellos estudiantes con cara de niños decentes que proliferaban en las academias rabínicas de los shtetlaj2—, se ha empeñado en ser individuo a contracorriente. Fiel sólo a sí mismo.

De jovencito desconfió de la mística grupal con la que se conformó la identidad colectiva en el naciente Estado de Israel. Especialmente lo atormentó la sombra del silencio con la que los mayores, enconchados, sentían protegerse de la Bestia Nazi. Fue adolescente incómodo en su piel. De adulto es ateo, solitario y fiel marido. Es amoroso padre. Ideólogo de la izquierda que, desde hace cuando menos un cuarto de siglo, por decencia y justicia, protesta y exige la devolución de los territorios. Es inquieto escritor, un cuentacuentos que, desoyendo las lecciones aprendidas en casa, lleva décadas de figurar en primera fila.

DEMASIADO TARDE

A David Grossman no le gusta hablar de sí mismo. Menos desde que Uri “cayó del tiempo”, como se refiere a la muerte de su hijo en agosto de 2006, víctima de la segunda Guerra de Líbano. Cuando Hezbolá comenzó a lanzar misiles contra zonas pobladas de Israel, Grossman, voz de la paz, no tuvo duda: la guerra era necesaria como legítima respuesta de autodefensa. Durante las primeras semanas del conflicto bélico, él mismo viajó al norte de Israel para contarles cuentos a niños atrincherados en refugios.

Sin embargo, 29 días después de iniciado el conflicto bélico contra el brazo armado chiita, tiempo suficiente para constatar que la destrucción de la infraestructura terrorista no necesariamente servía para frenar el ataque de misiles contra la población civil israelí, Grossman, Amos Oz y A. B. Yehoshúa ofrecieron una conferencia de prensa en Tel Aviv, el 10 de agosto, a fin de solicitarle al gobierno de Ehud Olmert que aceptara el cese al fuego que ofreció Líbano, bajo el auspicio de las Naciones Unidas.

Grossman dijo ahí: “Teníamos derecho a emprender la guerra, pero las cosas se han complicado […] Considero que hay otros caminos.” Jamás mencionó que su
hijo estaba en el frente. Me aclara: “En ese momento era irrelevante, hubiera sido igual si Uri hubiera estado en casa.”

La guerra, brecha sin salida, había sido la más larga que había padecido Israel desde su independencia: las bajas eran excesivas, el gobierno civil libanés se debilitaba y el ánimo de los terroristas parecía fortalecerse. Olmert, envalentonado, se negaba a ceder. Su gabinete de seguridad había votado, unas horas antes, desoír la propuesta libanesa del primer ministro Fuad Siniora e incursionar por tierra hasta el río Litani.

Los escritores, intentando unificar a la población en un grito de paz, exigían frenar el brazo militar y mostrarse creativos en el ámbito de la diplomacia. Finalmente lo consiguieron. El cese al fuego se puso en marcha la mañana del lunes 14 de agosto, pero para la familia de David Grossman llegó demasiado tarde.

En la madrugada del domingo 13, a las 2:40 am, en las horas finales de la guerra, un grupo de altos oficiales del ejército tocó a su puerta. Un escozor de terror frío lo paralizó. Era el mensaje que tanto había tratado de evadir, exorcizando las palabras en un afán de regatearle vida al destino. Al escuchar el timbre, como si hubiera mirado una y mil veces esa escena detrás del telón de la escritura, David le dijo a Mijal, su mujer, como lo escribió en La vida entera: “Ya está. Nuestra vida se acabó.”

El sábado 12 de agosto, Uri y sus compañeros, que incursionaban en un tanque blindado en el pueblo de Hirbet K’seif, en el sur de Líbano, fueron el blanco de un misil de Hezbolá cuando pretendían rescatar a los soldados de otro tanque, que también había sido alcanzado. Fueron los últimos soldados en morir antes del cese al fuego.

Una suerte infame capaz de estrujar el corazón de cualquiera. “Nosotros, nuestra familia, ya perdimos esta guerra”, dijo Grossman al enterrar a Uri en el cementerio del monte Herzl. La muerte de su hijo fue la pena de una nación y, paradójicamente, también tuvo eco solidario en el mundo árabe donde hubo voces que lamentaron la pérdida.

Fue una inconcebible casualidad envuelta en la escritura de La vida entera, considerada por amplias mayorías como la obra maestra de David Grossman al día de hoy —en hebreo Isha borahat mi-bsorah, literalmente: “la mujer que huye de las noticias”, en alusión a Ora, un personaje femenino magistralmente labrado, una musa de la vida que se aleja de su casa para evitar ser víctima, para desafiar al destino y proteger a su hijo que está cumpliendo su servicio militar en el frente.

Si no está en casa, es el pensamiento mágico detrás de la novela, no habrá quien reciba un mensaje con malas noticias. Si ella va contando la biografía de su hijo, él mantendrá la vida. “Siempre estamos haciendo pactos con dios, con el diablo, con el destino. Ésa era mi esperanza”, afirma el escritor.

Grossman comenzó La vida entera en mayo de 2003, medio año antes de que su hijo mayor, Jonatán, terminara su servicio militar obligatorio, y medio año antes de que Uri, el hijo de en medio, fuera reclutado como todos los jóvenes en Israel. Ruti, la pequeñita, aún era una niña.

Escribe en el epílogo del libro: “Uri conocía muy bien la trama de la novela y a los personajes. Cada vez que conversábamos por teléfono, y sobre todo cuando llegaba de permiso, preguntaba qué novedades se habían producido en el libro y en la vida de los protagonistas (‘¿Qué les has hecho esta semana?’, era la pregunta que me hacía). La mayor parte de su servicio militar lo cumplió en los territorios ocupados, patrullando, en puestos de vigilancia, tendiendo emboscadas y en los puntos de control de la carretera, y de vez en cuando me
hacía partícipe de sus experiencias. En esos momentos yo tenía una corazonada, o mejor dicho, un deseo: que el libro que yo estaba escribiendo lo protegiera…”

Tras los siete días del duelo, David Grossman eligió vivir. La vida no se acabaría. La muerte de su hijo se iría convirtiendo en un recuerdo enorme, en un peso intenso, siempre presente y en ocasiones paralizante. Como un ejercicio catártico volvió al libro que, para entonces, ya estaba listo en su mayor parte. “Comencé forzándome a escribir una hora, una hora eterna. Al siguiente día añadía diez minutos más de escritura, así días tras día. Fue muy difícil porque era regresar una y otra vez al sitio que más miedo me daba, pero era el único lugar disponible para mí.”

Lo que cambió de La vida entera, escribió, fue “la caja de resonancia de la realidad en la que fue revisada la versión definitiva”. Quizá, exiliado de la realidad por la catástrofe personal, imprimió una mayor dosis de tristeza e impotencia con respecto a la situación política israelí. Padre devoto de sus hijos, padre con el corazón balanceándose entre los muertos, intentó sostener
su existencia “en el patíbulo de la añoranza”. Reescribiéndose se aferró a la vida.

En 2011 publicó Más allá del tiempo, su novela más reciente, que le sigue a La vida entera. Otra obra maestra, quizás aún más poderosa que la anterior. Con ella intenta cerrar la historia que comenzó con La vida entera, usando las palabras “como anclas para no caer en la locura”, rasgando a través de la escritura el sobre hermético de la muerte.

En Más allá del tiempo, libro alusivo al duelo, aparentemente sin dedicatoria explícita, en cada silencio, en cada palabra, en cada pausa y grito poético, están Uri y su muerte “como caramelo envenenado en la boca”. Está también el llanto desgarrado. La necesidad de envolver, con su cuerpo y con el de la mujer del relato —Mijal, su mujer, por supuesto— “el vacío de la plenitud” de su hijo.

Está el destierro de la sinfonía familiar anterior a su partida: “la casa que antes era yo”. Antes de que “las lenguas de fuego frío” lo devastaran sumiéndolo en el infierno. En este libro yace Grossman, entre grietas y rendijas, como vela extinguida. Recortada la foto de su vida.

Mantuvo un duelo contra las palabras, “masticó clavos” para lograr los calificativos precisos, para nombrar con un lenguaje propio a la muerte. En aquel “eco del no existir”, lloró con impotencia ante el paso del tiempo: “¿Cómo voy a poder / pasar a septiembre / quedándose él / en agosto?”.

Lo busca, lo nombra: “¿Pero dónde estás, qué eres? / Dime sólo eso, hijo mío, / simplemente te pregunto / ¿dónde estás? / O como un discípulo ante su maestro / (porque así es como me siento ahora / en más de una ocasión ante ti), / te pido que me enseñes, / como yo un día, no hace tanto tiempo, / te enseñaba / el mundo / y sus secretos, / y perdóname si mi pregunta / es necia y algo insustancial, pero / tengo que hacértela / porque hace ya cinco años / que me corroe por dentro / como una enfermedad: / ¿qué es la muerte, hijo? / ¿Qué / es / la muerte?…”

Grossman se dejó caer en la red por la que cayó Uri, una red con un agujero, y llegó al abismo donde él, quizá, se encuentra. Desmigajado, palpitando en un laberinto, en una maraña de la que ansiaba soltarse, tocó un muro. Tocó la muerte con el arma de la poesía, el idioma de su duelo. “El hombre que camina”, como se llama a sí mismo en este libro, estuvo con Uri.

El arte, la escritura, puntualiza Grossman, es el único sitio donde la vida y la falta de vida, la vida y la muerte conviven: “¿Qué otra cosa puedo hacer? / No escribir, no / vivir, pero por lo menos / el idioma / me queda, por lo menos él es todavía un poco / libre…”. En la escritura, lo sabe, no está solo. En su dolorosa travesía poética lo acompañan sus lectores.

Hemos tomado este texto de Israel a cuatro voces.
Conversaciones con David Grossman, Amos Oz, A. B. Yehoshúa y Etgar Keret, que se presentará en la FIL de Guadalajara el jueves 5 de diciembre, a las 19:30, en el Pabellón de Israel. Agradecemos a la editorial Khālida el permiso para reproducirlo.

Silvia Cherem S., periodista, escritora y editora, es autora de Una vida por la palabra.

Entrevista con Sergio Ramírez (FCE, 2004) y Trazos y revelaciones.
Entrevistas a diez artistas mexicanos (FCE, 2003).

1_ De manera deliberada he decidido poner Jerusalem y no Jerusalén, forma correcta de escribir el nombre de la ciudad en español, porque así, con m al fi nal, es como los judíos han aludido a ella desde tiempos remotos. El nombre de Jerusalem o Yerushalayim tiene originalmente un sentido teofórico en alusión a Melkitzedek, rey de Shalem, quien dio la bienvenida a Abraham; pero, desde la época antigua, en la Biblia hebrea y luego en los escritos de Filón y de Josefo, se le ha asociado con la paz: Yerushalayim, Ir shalom, ciudad de paz. En hebreo moderno shalom es también saludo y despedida, evocación de armonía, tranquilidad y concordia.

2_ Shtetlaj, plural de shtetl, palabra en ídish con la que se nombraba a los pequeños poblados, típicamente judíos, en Europa Oriental y Europa Central, antes del Holocausto.


Articulo : http://www.elboomeran.com/ 02/01/2014

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