dimanche 16 février 2014

George ORWELL/1984: 30 años después

1984
Treinta años después, la vigencia de Orwell estremece
Por Juan BONILLA

Treinta años después de El Año, las páginas finales de 1984 en las que descubrimos la amplitud insalvable de la derrota de su protagonista, Winston Smith, siguen poblando nuestras pesadillas. La novela de George Orwell, madre de todas las distopías, es también la más moderna y popular, la más imaginativa y salvaje de las creaciones literarias del pasado siglo. Después de tres décadas de vigilancia del Gran Hermano -cuando Lumen está a punto de reeditar la novela en edición de lujo-, el escritor Juan Bonilla mide la vigencia de la obra, descubrimos la carta de Aldous Huxley al propio Orwell sobre las relaciones entre 1984 y Un mundo feliz y nos asomamos a sus ensayos completos recién publicados por Debate.

Leída en 1984, a los diecisiete años, la novela de Orwell era una obra maestra del horror y la angustia. Nos impresionaba mucho -en plena movida- el dibujo apocalíptico que en la novela se trazaba: la reclusión de los individuos en una uniforme masa productiva, células de una entidad poderosa a las que se les había extirpado la conciencia. Que se tratara del retrato más o menos fidedigno del estalinismo - osea de un pasado remoto- no dejaba de ser paradójico: Orwell había alzado una distopía mediante la estrategia de retratar una realidad sospechada que, con la floración de documentos y más documentos, quedó confirmada de la A a la Z.Así que Orwell planteaba para el futuro -terminó la novela en 1948, penúltimo año de su vida, pues murió en enero de 1950, y barajó las últimas cifras del año para darle título a la obra- una imagen del presente, utilizando además, de manera ya indiscutible, aunque sea tontería hablar de plagio, una novela anticipadora como Nosotros,de Zamyatin (que se tradujo al inglés en 1924), que Orwell reseñó en 1946.

Leída ahora, treinta años después, su vigencia, a pesar de la supuesta derrota de los totalitarismos, parece innegable toda vez que la novela interpela a un nuevo totalitarismo enmascarado, en el que las células de la entidad poderosa ya no necesitan siquiera que se les extirpe la conciencia, sino todo lo contrario: habiéndoles vendido la idea del yo, la de la libertad plena, la del derecho a la información, la de la oferta y la demanda, se las ha convertido en elementos muy parecidos a los que pueblan las páginas de la novela de Orwell, agigantando el paisaje de ésta, que ya no es sólo el de una precisa realidad totalitaria en la que el poder maneja mediante la política del “miedo total” a sus súbditos, sino que puede ser, perfectamente, el de las sociedades aparentemente libres en las que el Big Brother también lo controla todo, en la que cada vez se potencia más la policía del pensamiento, en la que con ardides, en principio plausibles como “lo políticamente correcto”, se acaba distorsionando el lenguaje para ceder al miedo de llamar a las cosas por su nombre. Ya en 1961, al escribir un apéndice para una reedición de la novela, Erich Fromm avisaba de que “sería lamentable que los lectores interpretaran 1984 como otra presunta descripción de la barbarie estalinista, y le pasara desapercibido que también está hablando de nosotros”.

Leída treinta años después la vigencia de 1984, a pesar de la supuesta derrota de los totalitarismos, parece innegable.

En Orwell: A Life in letters (editada por Peter Davidson) hay elocuentes muestras de que la creación del dictador que está presente en todos los aspectos de la intimidad de los ciudadanos, no es sólo un espejo al que Orwell pretendía asomar la figura de Stalin o la del Führer. El culto al jefe máximo era un peligro que acechaba notablemente también a las democracias. En una carta fechada en 1944 y dirigida a Noel Willmett advierte de que “todos los movimientos nacionales originados para contrarrestar la dominación alemana, parecen adoptar formas no democráticas para agruparse en torno a un líder suprahumano y adoptar la teoría de que el fin justifica los medios”. Entre los nombres de esos líderes está el de Ghandi, por ejemplo. “Hitler desaparecerá pronto -dice en la carta- pero sólo a expensas de reforzar a 1/ Stalin, 2/los multimillonarios americanos y 3/toda suerte de pequeños führers como De Gaulle”. Y luego advierte: “En todas partes parece que el mundo va hacia un modelo de economías centralizadas que pueden funcionar en el aspecto económico pero que no se organizan democráticamente y tienden a establecer un sistema de castas. Por ahí van los horrores del nacionalismo emocional y la tendencia a no creer en la verdad objetiva porque los hechos tienen que encajar con las palabras y profecías de algunos líderes infalibles”.

La verdad es, como se sabe, una de las grandes examinadas de la novela de Orwell. Cuando, contra toda lógica, apretado por el miedo, para demostrar que su fe está puesta ciegamente en lo que diga el líder, Winston Smith acaba aceptando que 2 más 2 son 5, la reserva de conciencia que le quedaba acaba siendo aplastada, y con ella lo único que puede oponer al discurso del poder un pequeño David -sin honda-: el pensamiento crítico. Sólo con la unión de suficiente pensamiento crítico sería posible la aparición de una honda con la que derribar al gigante. Pero ¿dónde encontrarlo? ¿cómo encauzarlo? ¿cómo hacerlo práctico? 

El Gran Hermano no es sólo un espejo al que Orwell pretendía asomar la figura de Stalin o del Führer.

Orwell sabía bien que son los vencedores quienes redactan la historia oficial: “Si Hitler ganara la guerra, en cincuenta años el mundo creería de verdad que la guerra la comenzaron los judíos”. En ese punto, la novela de Orwell no puede ser más actual -y la actualidad, como decía Ortega, inspiradamente, es el tema verdadero de todas las buenas novelas-. Basta recordar algunas de sus frases, convertidas en eslóganes, en grafitis, en leyendas de camisetas, para medir la fortaleza de su actualidad: “Hasta que no tengan conciencia de su fuerza, no podrán rebelarse, y hasta que no se rebelen no tendrán conciencia de su fuerza”, “Lo que caracteriza a la vida moderna no era ni su crueldad ni su inseguridad: era, sencillamente, su vacío, la falta absoluta de contenido”, “Nada iba a cambiar mientras el poder siguiera en manos de una minoría privilegiada”, “El poder no es un medio: es, en sí mismo, su propio fin”.

1984 retrata también un combate desigual: el de unos cuantos individuos, conscientes de la mentira en la que viven, contra esa mentira que lo anega todo y a la que tratan de desenmascar. Y cómo, mediante un nada sofisticado proceso de reeducación (en esto, indudablemente los tiempos han cambiado y la sofisticación ha alcanzado una maestría innecesaria en la sociedad retratada por Orwell), esas conciencias no sólo quedan enmudecidas, sino que se dan la vuelta contra sí mismas y saben convencerse minuciosamente de que se estaban engañando al abandonar la seguridad protectora y aplastante del Gran Hermano. Dos y dos son cinco, en efecto, porque la verdad no es la verdad según la diga Agamenon o su porquero: la única verdad es la de Agamenon, y si los porqueros quieren cambiarla, tienen que inventarse y elevar a un nuevo Agamenon convincente que derrote a quien detenta el poder, sin que, en el cambio, ellos dejen de ser porqueros. De ahí su conmovedor, tristísimo final.

1984 retrata un combate desigual: el de unos cuantos invitados contra esa mentira que lo anega todo.

¿Sigue vigente el aviso que Orwell formula en su novela? Más allá de anécdotas con su punto divertido (el caso de las escuchas ilegales produjo en Gran Bretaña una venta masiva de la novela hace un par de años) y de que para buena parte de la población el Gran Hermano no sea ninguna amenaza protectora sino un programa de televisión, parece evidente que en su formulación de cómo están montadas las cosas, 1984 sigue siendo un lúcido análisis de los mecanismos aplastantes de la máquina del poder como fin en sí mismo.Quizá ya no nos aterrorice tanto, porque, en definitiva, a quien más y a quien menos, ya le ha dado tiempo de ser alguna vez un Winston Smith, y entre la intemperie del 2 más 2 igual a 4 y la seguridad confortable del 2 más 2 igual a 5, se ha visto impelido a aceptar sin remedio que, sí, por sus hijos o por su puesto de trabajo o por no meterse en líos, él también ama al Gran Hermano. 

***
Estimado Orwell

Descubrimos la carta de Aldous Huxley al propio Orwell sobre las relaciones entre 1984 y Un mundo feliz.

Wrightwood. California. 21 de octubre, 1949
Estimado Orwell,

Muy amable de su parte pedirle a sus editores que me mandaran un ejemplar de su libro. Me llegó cuando estaba en medio de un trabajo que requería mucha lectura y consulta de refrencias, y dado que mi pobre vista me exige que racione mis lecturas, he tenido que esperar largo tiempo antes de embarcarme en 1984.

Al estar de acuerdo con todo lo que la crítica ha escrito sobre el libro, no necesito decirle, una vez más, qué sutil y qué profundamente importante es su libro.

¿Podría hablarle en cambio de aquello de lo que el libro trata: la revolución definitiva?

Los primeros indicios de una filosofía de la revolución definitiva -la revolución que se encuentra más allá de la política y de la economía y que supone una total subversión de la psicología y la fisiología del individuo- se encuentran en el Marqués de Sade, que se consideraba a sí mismo como el continuador, el consumador de Robespierre y de Babeuf.

La filosofía de la minoría gobernante de 1984 es un sadismo que ha sido llevado a una conclusión lógica, llegando más allá de lo sexual, y negándolo. Que en la actualidad la política de la bota-en-la-cara pueda seguir imponiéndose indefinidamente parece dudoso. Lo que yo creo es que la oligarquía privilegiada encontrará maneras menos arduas y derrochadoras de gobernar y satisfacer su codicia de poder, y tales maneras recordarán a las que se describían en Un mundo feliz.

Recientemente he tenido ocasión de investigar la historia del magnetismo animal y el hipnotismo, y me sorprendió enormemente la manera en la que, durante 150 años, el mundo rechazó tomarse en serio los descubrimientos de Mesmer, Braid, Esdaile y los demás. En parte por el materialismo imperante y en parte por la imperante respetabilidad. Los filósofos del XIX y los hombres de ciencia no estaban dispuestos a investigar los más raros hechos de la psicología de los hombres prácticos, como políticos, soldados y policías, para desempeñar labores de gobierno. Gracias a la voluntaria ignorancia de nuestros padres, la llegada de la revolución definitiva se retrasó cinco o seis generaciones. Otro golpe de suerte fue la incapacidad de Freud para hipnotizar con éxito, lo que le llevó a menospreciar la hipnosis. Esto retrasó la aplicación general de la hipnosis a la psiquiatría durante al menos cuarenta años. Pero en la actualidad el psicoanálisis se combina con la hipnosis y la hipnosis se ha extendido de manera fácil gracias al empleo de barbitúricos, que logran inducir estados hipnóticos y sugestivos, incluso en los sujetos más recalcitrantes.

En la siguiente generación, los gobernantes del mundo descubrirán que los condicionamientos de la infancia y la narcohipnosis son más eficientes como instrumentos de gobierno que las porras y las cárceles y que el ansia de poder puede ser completamente satisfecha más mediante el acto de convencer a la gente de que debe amar su propia servidumbre, que pateándola y flagelándola para que obedezcan.

En otras palabras, me parece que la pesadilla de 1984 está destinada a ajustarse a la pesadilla de un mundo que se parecerá más al que imaginé en Un mundo feliz . El cambio será resultado de la necesidad de incrementar la eficiencia. Mientras tanto, ni que decir tiene, puede que se produzca una guerra biológica y atómica a gran escala -en cuyo caso nos sobrevendrán pesadillas de otro tipo, imposibles de imaginar.

Gracias una vez más por el libro. Le saluda atentamente,

Aldous Huxley 

***
Ensayos
George Orwell
Traducción de VV.AA. Debate, 2013. 984 páginas, 39'90 euros
Por Rafael NARBONA

“Si algo significa la libertad, es el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír”. George Orwell nunca se desvió de esta consigna, lo cual le costó agravios, calumnias e incomprensiones. Su pluma nunca fue complaciente, sumisa o aduladora.

Se le acusó de colaborar con la CIA y el Servicio de Inteligencia británico, delatando a escritores y actores comunistas, pero la realidad es que se limitó a entregar una carta a su amiga Celia Kirwan, que trabajaba para el Foreign Office, descartando una serie de nombres para un ciclo de conferencias sobre el estalinismo. No se ha difundido con tanto énfasis que en 2005 el Servicio de Inteligencia británico desclasificó unos documentos, admitiendo que vigiló al escritor durante doce años por sus convicciones izquierdistas. La edición en castellano de los Ensayos de Orwell nos permite al fin una perspectiva amplia, que despeja cualquier duda sobre su posición política y su sentido ético. Orwell nunca dejó de ser socialista, pero su experiencia en la guerra de España le reveló que la URSS no encarnaba ningún ideal utópico. Su producción ensayística y periodística comienza en 1928 y finaliza en 1949. Sus primeros textos (“El albergue”, “En el trullo”, “Casas de Posada”) reflejan su aguda sensibilidad social y su compromiso antifascista. No es un sarampión juvenil, sino una actitud que se prolonga hasta el final. Cuando en 1949 escribe “Un premio para Ezra Pound” se pregunta “si es posible afirmar que la integridad estética y la simple decencia son cosas distintas”. Aunque es una nota breve, se aprecia el mismo enfado que en su “Respuesta inédita a Los escritores toman partido sobre la guerra española”, un cuestionario de 1937 elaborado por la Left Review: “Tengo un agujero de bala en el cuerpo y no me voy a poner a escribir tonterías. [...] Se está imponiendo el fascismo a los obreros españoles so pretexto de la resistencia al fascismo”. Si alguien cae en la tentación de emplear estas palabras, que surgen de su experiencia como miliciano del POUM encarcelado y expuesto a represalias letales (“Descubriendo el pastel español”, 1937), conviene remitirle a “Recuerdos de la guerra de España” [¿1942?]: “La pura verdad sobre la guerra [es que] la burguesía española vio la ocasión de aplastar el movimiento obrero y la aprovechó, con la ayuda de los nazis y de las fuerzas reaccionarias del mundo entero”.

El orden cronológico de los Ensayos nos permite reconstruir la peripecia de Eric Arthur Blair, hijo de un funcionario británico en la India, estudiante de Eton y, por afán de aventura y escasez de recursos, miembro de la Policía Imperial Birmana.Dos artículos magistrales (“Un ahorcamiento” y “Matar a un elefante”) relatan el despertar de su conciencia política y su repugnancia hacia cualquier forma de colonialismo. Obligado a participar en una ejecución, advirtió el “terrible error de interrumpir una vida en plenitud”. Matar a un ser humano significa “una mente menos, un mundo menos”. No le resultó menos penoso abatir a un elefante enloquecido. Mientras seguía el rastro del animal, acompañado por la multitud, recordó las cárceles hacinadas y sintió el deseo de incitar a la rebelión. No se trataba tan sólo de restablecer los derechos de un pueblo pisoteado y humillado, sino de recuperar su propia dignidad, pues “cuando el hombre blanco se vuelve un tirano, es su propia libertad lo que destruye”.

Las casi 1.000 páginas de estos Ensayos se leen sin asomo de fatiga. Una verdadera obra maestra del periodismo literario.

Abandona el ejército e inicia una nueva singladura como escritor y vagabundo. Deambula por Londres y París, trabaja como friegaplatos, mendiga, duerme en albergues. Descubre que el tedio es peor que el hambre y las incomodidades. Advierte que los excluidos sólo son “un estómago vacío”, incapaz de pensar en algo diferente de su propia supervivencia. En 1933 se transforma en George Orwell. Ha conseguido un trabajo de maestro y no desea ser identificado como el autor de Sin blanca en París y Londres. Sus primeros libros pasan desapercibidos. Trabaja como librero y crítico literario. Ninguno de los dos oficios le produce satisfacción. En “Recuerdos de un librero”, relata que los clientes sólo piden bazofia y menosprecian el relato corto. Además, “vistos en masa, cinco mil, diez mil de golpe, los libros se me antojaban aburridos o incluso nauseabundos”. En “Confesiones de un crítico literario”, apunta que “la reseña prolongada e indiscriminada de libros es un trabajo excepcionalmente desagradecido, irritante y agotador”. Su desdén por la reseña periodística no afecta a su estima por el ensayo. “Charles Dickens” es un estudio meticuloso y profundo sobre “un hombre generoso y airado, […] un liberal decimonónico, una inteligencia libre, un tipo odiado por igual por todas las malolientes y alicortas ortodoxias que pugnan hoy por dominar nuestras almas”. Algunas plumas podrían utilizar esta descripción para caracterizar al mismísimo Orwell, pero falsearían la verdad.

Después de escribir El camino a Wigan Pier y conocer la profunda miseria de los mineros de Lancashire y Yorkshire, su odio hacia las desigualdades se acentúa y le lleva al frente de Aragón, donde recibe un tiro en el cuello. Sobrevive a la persecución desatada contra los “trosko-fascistas”, pero pierde su fe en las utopías: “Todo aquel que intenta imaginar la perfección no hace más que delatar su propio vacío”. En 1946, publica el breve ensayo titulado Por qué escribo,señalando que las convulsiones de su época le han forzado a ser “una especie de panfletista”. Admite que nunca ha renunciado a la dimensión estética, pero reconoce que su punto de partida siempre es “una sensación de injusticia”. No es un pacifista y cree que Gandhi es un personaje inhumano. No cuestiona su decencia, pero sí su vida ascética y no cree en la no violencia como forma de resistencia a la tiranía.

Las casi 1.000 páginas de los Ensayos de Orwell se leen sin asomo de fatiga, pues “la buena prosa es como el cristal de una ventana”. Son obra maestra del periodismo literario y el análisis político. “Los escritores y el Leviatán” es una referencia ineludible para debatir el papel del creador frente a la política. “El león y el unicornio: el socialismo y el genio de Inglaterra” aborda el conflicto entre revolución y civilización. “Yo creo en Inglaterra -escribe Orwell en la época de los bombardeos nazis-, [...] pero la tarea de ganar la guerra, por necesaria que sea, es secundaria”. La prioridad es hacer “la revolución”, pues de ese modo “seremos más nosotros mismos, no menos”. La revolución de la que habla no es la de la URSS, sino la de un “socialismo democrático” opuesto al totalitarismo. Orwell también es grande en sus apuntes costumbristas. “Apología de la chimenea”, “Una buena taza de té” o “Libros frente a cigarrillos” reflejan el carácter británico y cierto aprecio por la vida burguesa. “En defensa de la novela” apuesta por un género que sufre la desgracia de estar sometido a las leyes de mercado. En “Tolstoi y Shakespeare” sostiene que la literatura siempre es un acto político, pues implica una posición moral.

Orwell casi siempre hizo lo que le vino en gana. No se encerró en una torre de marfil. No se sometió a la disciplina de partido. No idealizó la guerra, pero no rehuyó el campo de batalla. Su salud le impidió enrolarse en 1939, pero combatió a Hitler, Mussolini y Tojo desde la radio y la prensa. Su lenta y penosa muerte por tuberculosis no estuvo a la altura de su vida, pero es un mal generalizado e inevitable. Orwell no transigió con mitos ni escribió para agradar. Algunos le odian y otros desfiguran su legado. Es lo que sucede a los clásicos. Su obra, lejos de envejecer, nos ayuda a interpretar el presente y a luchar contra nuestros fracasos. 


Articulo: http://www.elcultural.es 14/02/2014