dimanche 16 février 2014

Natalia MORAL RIOS/El camino hacia uno mismo

DEMIAN
El camino hacia uno mismo
Por Natalia Moral Ríos

La novela de Hermann Hesse es un retrato de Europa en la segunda década del siglo XX.

El joven Sinclair1 abre los ojos a un mundo sórdido y amoral. Ese mundo sórdido y amoral es Alemania al borde de la Gran Guerra: Alemania, borracha de dioses, de Nietzsche y de Freud y de Jung. Europa, como Emil Sinclair, borracha en la peor taberna. Así es la Europa de Hesse: una infame basura, borracha y sucia, asquerosa y grosera, una bestia salvaje dominada por horribles instintos. Esa era Europa en el fondo, la que despreciaba al resto del planeta, que sentía orgullo de su inteligencia y de poseer la voluntad de poder, el psicoanálisis y la parapsicología, la Europa de los jardines donde todo es pureza, luz suave y delicada, la que había disfrutado con la música de Bach y bellos poemas, como en la infancia Emil Sinclair. Se puede escuchar con asco e indignación la risa de Europa, una risa borracha, descontrolada, que brotaba estúpidamente a borbotones2. Así era y así tenía que ser, porque el libertinaje es la mejor preparación para el misticismo3.

La filosofía de Nietzsche, la teoría del psicoanálisis de Freud y la teoría del análisis psicológico, interpretación de los sueños y la parapsicología de Carl Jung conforman la estructura dialéctica de la novela de Hermann Hesse, que es una novela de referencia y de referencias. Por tanto, a la sexualidad le corresponde un papel muy importante.

Beatrice es la primera personificación de la sexualidad en la vida de Sinclair. Sinclair, como Dante, escoge en la adolescencia a una Beatrice circunstancial, destronado Jesucristo, con el único criterio de la admiración sexual, en torno a cuya imagen construir una religión propia. Frau Eva, la madre de Demian, algo así como una sacerdotisa envuelta en misterio, es el más explícito objeto de deseo de Emil Sinclair. Sin dejar de ser este deseo sólo un reflejo más del deseo verdadero: el propio Demian.

Hay carga sexual en las descripciones del protagonista, incluso sobre su madre y, por supuesto, sobre Demian: “Aún recuerdo con qué placer aspiraba yo […] el perfume fresco y suave de jabón que exhalaba su nuca”. Por si algún lector albergara aún dudas en cuanto al carácter sexual de la admiración del protagonista hacia Max Demian, Hesse sella la novela con un beso en los labios entre ambos jóvenes a un paso de la muerte en una escena de una sensualidad poderosa.

La figura del retrato pintado por Sinclair es clave a lo largo de toda historia. Funciona como un espejo para alma del protagonista, de Europa y del mundo; es inevitable evocar El retrato de Dorian Grey. Emil Sinclair mantiene una relación mística de amor-odio con la pintura, mientras el rostro del retrato evoluciona y se transforma. El autor utiliza el retrato cambiante junto con los sueños para difuminar la imagen de Demian con la de la madre de Emil Sinclair, con la de Beatrice, con la de Frau Eva y con la de Emil Sinclair mismo. Los sueños son esenciales en la novela, son las revelaciones del subconsciente y las premoniciones, en base a la idea de Jung de que toda la información del Universo es intrínseca a todos los individuos. “Quién sabe con qué fin vacías ahora tu vaso, pero hay algo en tu interior que lo sabe todo, lo quiere todo y lo hace todo mejor que nosotros.”4 Con ello, Hesse aborda el concepto del trauma sexual, el incesto, etcétera, como lo haría un psicoanalista, en busca de los secretos del subconsciente. La androginia en estos personajes facilita ese efecto de unificación y confiere a la sexualidad, a la divinidad y al mundo una dimensión que supera la polaridad de género, del mismo modo que supera la polaridad del bien y el mal.

La relación personal del autor con Carl Jung queda proyectada de forma explícita en el personaje de Pistorius, el músico y teólogo que contempla las formas en el fuego, devoto de Abraxas5, maestro y amigo de Sinclair. El joven discípulo termina rompiendo el corazón de Pistorius cuando saca a relucir el mismo motivo que provocó la ruptura entre Freud y Jung. Pistorius se reconoce víctima de una de las debilidades básicas en el pensamiento, de la misma exacta manera en que Jung la reconoce ante Freud: “La arqueología, o mejor dicho, la mitología me ha atrapado.”6 Europa necesitaba y anhelaba deshacerse de sus “dioses de la edad de piedra.” La violencia de la guerra era sólo un reflejo de su interior, el pájaro que rompe el cascarón que es el mundo.

Hesse plantea una misión para el hombre: ser hombre; o como mínimo tomar consciencia de que unos “bípedos no son hombres por cargar nueve meses sus crías dentro, muchos son peces, gusanos, ovejas…”7. La toma de consciencia no es un acto trivial, es propio solamente de una minoría estigmatizada. Emil Sinclair pertenece a esta minoría. La casa de Emil está marcada, sobre la puerta está el escudo de la profecía: el águila que rompe la bola del mundo para salir del cascarón. Sinclair está condenado o está salvado. Lo bueno y lo malo danzan, luchan, juntos y en contra a lo largo de la juventud de Emil Sinclair y a lo largo de la novela de Herman Hesse.

La historia de la lucha de Emil Sinclair por encontrarse a sí mismo es una historia de muerte y resurrección, cuan ave Fénix, de purificación a través del fuego: “Mi meta no era el placer, sino la pureza; no la felicidad, sino la belleza y el espíritu.” Ese es el único camino para alcanzar la meta. “Quería tan solo intentar vivir lo que tendía a brotar espontáneamente de mí. Por qué habría de serme tan difícil? ” 8 “Me brotaron las lágrimas al ver a unos niños jugando en la calle, limpios y alegres, recién peinados y vestidos de domingo. Y mientras yo me divertía y a menudo, en torno a una mesa sucia en tabernas de baja estofa, asustaba a mis amigos con mi inaudito cinismo, tenía en el fondo del corazón un gran respeto por todo aquello que ridiculizaba y en mi interior me arrodillaba ante mi alma, ante mi pasado, ante mi madre, ante Dios.” Romper el cascarón es siempre un proceso doloroso.

Amor y muerte al padre y a la madre. Ser el hijo pródigo que se marcha, pero que no vuelve nunca, que no se arrepiente de seguir su propio camino. Derribar los pilares de la niñez es imprescindible para ser uno mismo: “Me hubiera tirado al suelo a besar los pies de mi padre y pedirle perdón.” Pero Emil Sinclair lleva el estigma: “me sentía superior a mi padre”; “no se puede pedir perdón por algo esencial.”

Amor y muerte al pueblo de Dios. En esta fase interviene Max Demian, el joven profeta, el maestro o, por qué no, el psicoanalista. Lo único que Demian hace es colocar un espejo delante de Sinclair y mostrarle al niño por primera vez la marca que lleva en la frente: la marca de Caín, eso esencial por lo que no se puede pedir perdón. Qué difícil es reconocerse en ese espejo, reconocer el mal; qué difícil es aceptarse fratricida. “Nada hay más molesto para el hombre que seguir el camino que le conduce a sí mismo.” Pero qué difícil es también no sentir orgullo por ello.

Amor y muerte a la palabra de Dios. Es cuestión de empezar a pensar. Una vez que uno empieza a pensar, a cuestionar, ya no hay vuelta atrás. El primer juicio, la primera duda, ocasiona la ruptura irreparable con el dios de los cristianos. La primera grieta en la fe, el primer desengaño y la confianza se desmoronará para siempre. Y llega el silencio. “Las palabras ingeniosas carecen totalmente de valor. Solo le alejan a uno de sí mismo.” La única fe es la que se puede tener en uno mismo y en la propia voluntad, en el entrenamiento y el esfuerzo personal hacia la meta: la voluntad de poder. “Solo el pensamiento vivido tiene valor.”

Amor y muerte a Dios. Es fácil matar al dios de los cristianos, lo encontró muerto Nietzsche hace tiempo. Al dios al que hay que matar es al dios propio, al dios que cada hombre elige, al que ama y en el que se refugia de sus demonios. El dios del que hay que liberarse es al que atribuimos el sentido de nuestros actos y de nuestras ideas, la imagen a la que veneramos. Cuando el hombre comprende que nada tiene sentido fuera de sí mismo, ese dios deja también de tener sentido y muere. Entonces llega la soledad. A solas con el destino, con los monstruos de amor y muerte que habitan el alma y los sueños, ya no hay arriba o abajo, bueno o malo, amor u odio, vida o muerte. Sólo destino. Destino y sentimiento. Ah, y también está Demian.

Amor y muerte a la moral. Llegado este punto, acucia el deseo de deshacerse de la moral, de cualquier tipo de moral, de lo moral y de lo inmoral. “La moral hace sufrir.” Es el momento de zanjar el conflicto de polaridades. La luz no existe sin la oscuridad, ni esta sin aquella. Y en el vacío espiritual que resulta, acucia el deseo de la música, de llenar cada hueco de entre las ruinas con música. Música absoluta y amoral, como el fuego. Escuchar cada nota como contemplar formas en las nubes, en el fuego. Vibrar con la naturaleza. Volar, por fin, y disfrutar del vuelo. Únicamente disfrutar de la consciencia de ser hombre, de poseer el alma del mundo.

Amor y muerte al maestro. Los museos y las bibliotecas son cementerios. Estudiar lo muerto ayuda a reconocer patrones en lo vivo, el alma del mundo que todos compartimos, conscientes o inconscientes de ello. Sin embargo, ¿por qué buscar entre los muertos al que vive? En los museos o en las bibliotecas, uno encuentra a Platón y a Nietzsche, pero uno no se encuentra a sí mismo. Y hasta ahí, el universo de cadáveres que puede ofrecer un maestro.9Si se elige vivir en sueños, que sea en los sueños propios y no en los de los demás. Sinclair, de vuelta a la terrible soledad de una nueva destrucción, reza a Demian.

Amor y muerte al Estado. Una vez que ha sido reconocido y escogido el camino del propio destino, el camino hacia sí mismo, con el único deseo de ser, comienza el trabajo colectivo: “El alma de Europa es un animal que ha estado atado demasiado tiempo.” Europa quiere romper el cascarón. Europa quiere matar a los padres, quiere matar al pueblo, a la palabra y a Dios. Quiere matar la moral de amos y esclavos10 y quiere matar a los maestros de su “feria de ciencia y técnica.” Europa quiere morir. Demian y Sinclair esperan las llamas.

Amor y muerte. La Gran Guerra por fin. En el frente todos los hombres llevan el estigma “hermoso y honorable que significaba amor y muerte.” Se completa la metáfora del pájaro que rompe el mundo, el escudo sobre la puerta de la casa de Sinclair; el viaje de Sinclair a través de sí mismo es también la alegoría del viaje al que necesita aventurarse Europa y el mundo. El amor y la muerte están unidos. Sólo el amor es suficientemente fuerte para mover a todos esos jóvenes a matar y a morir. El amor a un ideal. Es curioso cómo el amor a un ideal lleva a morir a tantos hombres, cuando son tan pocos los que aman un ideal lo suficiente como para vivir por él. Ante la muerte física, Sinclair alcanza el último peldaño en el proceso de autoconocimiento: él es el que es. Él es Demian, él es Dios, él es el amor, el destino, la vida y la muerte, él: Emil Sinclair.

1. Emil Sinclair, pseudónimo de Hesse bajo el que publica originalmente Demian.
2. Así habla Sinclair de sí mismo tras su primera borrachera en el internado.
3. Hermann Hesse apela a San Agustín.
4. Cita de Demian a Sinclair.
5. Dios del bien y del mal. Representante del fuego.
6. Carta de Jung a Freud, octubre de 1909
7. Referencia a la información evolutiva contenida en genes, como el alma del mundo en el del individuo, según Jung. Palabras de Pistorius.
8. Anteportada de la novela
9. Este maestro es Pistorius.
10. La genealogía de la moral: Un escrito polémico. Niestzsche. 1887.


Articulo : http://www.elboomeran.com/12/12/2013