dimanche 2 février 2014

Yolanda IZARD/ Una trilogía instantánea

Una trilogía instantánea
Por Yolanda IZARD

Después de Tímidas existencias y Vidas pequeñas, en minúsculas (Difácil, 2013) completa la trilogía de relatos poéticos de Pilar Rubio Montaner, que apuesta desde sus propios títulos por tratar la existencia de los seres humanos desde ese rincón de una calle, de un lugar cualquiera, por donde deambulan viviendo, soñando, leyendo o reflexionando, hombres y mujeres que son como nosotros mismos.

Una apuesta en voz baja, voluntariamente despojada de las grandes palabras mayúsculas, del énfasis o la ostentación tanto lingüística como de contenido. Pero no nos engañemos: Rubio Montaner escribe con modestia y su proceso de escritura es la del sumo adelgazamiento, pero va mucho más allá de lo que cree o de lo que en puridad pretende demostrar: en sordina, con un ritmo de staccato, nos va dirigiendo hacia un mundo cada vez más hondo, cada vez más intenso, donde las emociones humanas y los emblemas de sus sueños, tantas veces en ruinas, nos dan la medida fiel de lo que significa ser hombre.

Y es que hay otra manera de hablar de los grandes asuntos humanos que nos conciernen a todos, de su pequeña grandeza, de sus sencillas ilusiones, de sus terribles desencantos; hay otra manera de hablar del arte, de la literatura, de nuestras lecturas, de nuestra vida interior propulsada desde nuestras experiencias artísticas. Pilar Rubio Montaner es una maestra en esta revolución de la expresión de los asuntos que nos conciernen. Con su minimalismo a cuestas, nos aproxima sin mediadores al ámbito donde tiene lugar el encuentro del ser humano moderno con la creación, en el sentido más amplio y también en el sentido más estricto. De esta interrelación nacen sus textos anudados con firmeza a sus fotografías. Pilar Rubio fotografía y escribe en blanco y negro, y los personajes absortos, diluidos, en sordina y en minúsculas, de sus fotografías, son los mismos que nuestra mirada descubre tras el blanco y negro de su prosa. Esta es la materia de sus joyas: el sueño, la levedad, la sutileza, los matices.

Ya lo anunciaba la primera de sus narraciones poéticas, Ilusiones, del primer libro de la trilogía, Tímidas existencias: “¿Anthony Hopkins dice en alguna escena de Tierras de penumbra: “Leemos para saber que no estamos solos” o “Leemos para creer que no estamos solos?”. La sutileza esencial de los matices nos abre el camino de unos textos líricos cuya singularidad procede precisamente de la manera como se desdeñan las ostentosas representaciones de lo humano y de abrazar las singularidades cotidianas como muestra palmaria de nuestra identidad: el estreno de una simple chaqueta marrón de pana, la escasez de tréboles de cuatro hojas, la literatura como consuelo: Wordsworth, Elia Kazan. Pero también el horror nazi, la banalización del dolor en los medios de comunicación. Una crítica serena y delicada que apuesta por la dicción y el lenguaje cercanos, pero de calidad.

Son breves instantáneas de hombres y mujeres representados en momentos singulares, no por ello meramente anecdóticos. Historias que hacen reflexionar y que se ven, como yo las veo en mi mente: esos seres corrientes mecidos por una luz neblinosa entre enigmáticas sombras. Su visualidad y su instantaneidad, propias de la fotografía, queda refrendada por el uso frecuente del imperfecto o del gerundio, lo que redunda en su percepción estática, frente a la evitación del indefinido, que habría encarnado la acción, el suceso, la representación en movimiento. Pilar Rubio Montaner, en efecto, detiene la acción, porque lo que le interesa es la captura del instante, la mirada sobre el instante detenido.

El segundo volumen de la trilogía, Vidas pequeñas, amplía los temas y personajes del primero: un puñado de huellas humanas, con sus ilusiones y sus emociones, en sus espacios privados y en sus encuentros, como escribe ella misma. Arropados los mínimos textos por su colofón, citas escogidas con talento y con amor que dan fe de sus variadas y bien escogidas lecturas, como esta de Isak Dinesen: “En verdad llevamos máscaras a medida que vamos envejeciendo, las máscaras de nuestra edad, y los jóvenes creen que somos como parecemos, lo cual no es cierto”. Aquí adquieren valor de símbolo todos los escritores y artistas que de alguna manera nos han ido conformando, en cuanto a que son parte importante de nuestra experiencia interior: escritores como Sebald, lecturas como El hombre que confundió a su mujer con un sombrero o artistas como Rothko o Giacometti. Muchos de estos relatos están ahora en presente, por lo que generan inmediatez: se desarrollan ante nuestros ojos para hacernos testigos presenciales de lo que sus personajes hacen, dicen, sienten, “Lo que somos, vidas pequeñas, nuestro monólogo, nuestro relato”.

Continuando con este diálogo entre textos y fotografías, entre la vida cotidiana y la vida literaria, en minúsculas supone, sin embargo, un paso adelante en su percepción de la existencia y en su forma de plasmarla, y sus citas literarias, que a veces son anónimos, adquieren en el libro, incluso en su disposición gráfica, idéntico valor que sus fotografías o textos, del mismo modo que estos tienen mayor peso en extensión y también en capacidad reflexiva. Algunas veces, incluso, se asoman al borde mismo de la excelencia.

Aquí, la autora ha dispuesto su cámara en medio de la calle: mira y retrata y saca conclusiones inteligentes y emocionantes sobre lo que ve y escucha. De vez en cuando, extrae de su bolso un libro y nos lee en voz alta alguna frase que merece la pena ser repetida y comentada, como esta, por ejemplo: “Me preguntas por qué compro arroz y flores. Compro arroz para vivir y flores para tener por qué vivir. Mensaje desde la sabiduría de Confucio”. Nos habla del mundo y esconde la identidad de la narradora, pero nosotros, perspicaces oyentes, la desenmascaramos: ella está en el niño de cinco años que se pregunta si los niños de su edad también murieron en Pompeya, está en los comportamientos literarios de las plantas que adquieren condición de símbolos, está en la vida sencilla de esa princesa india de El Nuevo Mundo “que sabía que somos como la hierba, y en ella se sumergía”, está en el candor de los niños que creen que el mar existe para que los peces no se mueran, y está firmemente dispuesta a hablar de lo que se necesita hablar, de “las pequeñas cosas importantes”, por ejemplo, de la Madre Tierra y de sus hijos explotados: “Les rogamos que tengan la bondad de economizar el agua porque la traemos desde el pueblo, en bidones, sobre la cabeza. Gracias. Buena ducha. Miquel Barceló recoge, en sus cuadernos, esta sencilla e importante indicación. En el hotel de un África que tan poco importa”.

Pilar Rubio Montaner sabe cómo escribir sin sentimentalismos gracias a su gran madurez emocional: sabe cómo, sin pretensiones y desde el corazón de la cotidianidad, anidar en la esencia primigenia de las emociones, de las que son parte indispensable nuestras lecturas, y echarnos a volar por las tierras esenciales del hombre, tan sabia como esa naturaleza de la que habla en Vidas pequeñas: “Porque la Naturaleza es sabia y separa, y acostumbra a prescindir de lo que una vez sentimos tan necesariamente nuestro”.

Yolanda Izard Anaya, (Béjar, 1959), escritora y crítica literaria. Licenciada en Filología Hispánica y estudios de Bellas Artes, en la Universidad de Salamanca. Ha publicado las novelas “La mirada atenta” (Premio Carolina Coronado) y “Paisajes para evitar la noche” (Premio Cáceres de Novela Corta), además de tres poemarios y una Selección de Poemas en la Transición. Colaboradora habitual del suplemento cultural de El Norte de Castilla, y de las revistas digitales Sigueleyendo, Granite&Rainbow y Subverso.


Articulo : http://revistadeletras.net 16/01/2014