dimanche 23 mars 2014

Adriana ROMERO-NIETO/ El Versalles de PONIATOWSKA

El Versalles de PONIATOWSKA
Por Adriana ROMERO-NIETO

Hay dos facetas imprescindibles para describir la biografía de Poniatowska como escritora: es una entrevistadora incansable y una adoradora de Francia.

En el libro que recoge las conversaciones que sostuvo, en los años cincuenta, con personajes galos de diversa catadura, conviven esas dos características. La joven periodista se revela desinhibida en estas conversaciones que retratan una época (del país y de la autora).

Cuando se pasea por los jardines de Versalles, el arquetipo del jardín francés, el caminante se deja cautivar sin mayor deliberación por la innegable alineación del espacio y de lo que éste simboliza para la historia de Francia. De la misma forma, cuando se relee o se lee por primera vez, pero con atención, Jardín de Francia de Elena Poniatowska, publicado por el Fondo de Cultura Económica en 2008, el que lo transita se asombra ante la sutil articulación de los elementos que componen el conjunto de las crónicas y las entrevistas, y comprende que se encuentra ante un recorrido indispensable por los personajes que trazaron la vida cultural de la Francia de la segunda mitad del siglo XX. Se trata de una organización tal vez menos consciente que la que tuvo el jardinero real Le Nôtre cuando pensó cada eje que compondría el antiguo pabellón de caza de Luis XIII, porque, como sabemos, Elena publicó separadamente cada una de las crónicas que integran este libro. Hay también una relevancia histórica mucho más tímida que los sueños de magnificencia del Rey Sol, en los que el jardín formaba parte de sus objetivos políticos, ya que estamos ante los primeros textos periodísticos de una joven Elena de apenas 21 años que aún ignora el gran interés que suscitarán muchas de las revelaciones aquí obtenidas. Pero haya sido de forma voluntaria o no, ya sea que provengan de una joven o consagrada autora, este libro de la reciente Premio Cervantes comparte con el jardín francés no sólo el título, sino también ciertos elementos que lo definen: la perspectiva, la escala, digna del pensamiento cartesiano que ya reinaba en las matemáticas y filosofía de aquella época, y una naturalidad como la del fluir del agua.

El abanico de personalidades de los años cincuenta que componen estas entrevistas es en extremo variopinto: músicos, escritores, actores, diplomáticos, filósofos y abates franceses, todos conocidos de André Poniatowski, abuelo de Elena; celebridades que van desde Henri Salvador, el cantante de jazz francés nacido en Cayena y uno de los iniciadores del bossa nova, hasta Sartre, Camus, Ionesco y Malraux, pasando por las icónicas Edith Piaf y Coco Chanel. Una variedad de interlocutores disímbolos, evidente con tan sólo recorrer el índice, que apunta hacia el infinito y no a un punto particular del espacio. Así como cuando al hablar de la composición de los jardines a la francesa se refiere uno a salas, recámaras o teatros de vegetación, en esta serie de crónicas y entrevistas cada personaje retratado es una habitación en sí mismo, pero no por su singularidad opaca al resto, sino que es una pieza fundamental y única que de manera armónica se acopla a un todo. Obedeciendo a una de las primeras reglas que impuso el ya mencionado
Le Nôtre al reflexionar los elementos que deberían componer el jardín del rey, Jardín de Francia es sin duda un libro de gran perspectiva, ya que abre el eje visual de su lector, de tal forma que ningún personaje destaca más que otro, pero todos forman un absoluto.

Quien recorre las páginas tiene ante sí un amplio horizonte de celebridades y eventos referidos, de tal forma que puede dar dos pasos atrás y observar el todo si así lo prefiere, o bien, sacar los gemelos y leer a cada entrevistado desde un punto más cercano. De esta forma, la perspectiva de este vasto panorama de la vida cultural francesa remite a un gran eje visual que se alarga o se estrecha, apuntando hacia el horizonte e insinuando la infinitud del jardín, de sus posibilidades. Elena no se concentra entonces en una línea temática ni en un tipo de personajes: “en unas cuantas páginas pasa del existencialismo a la guerra de Indochina, no habla solamente con escritores, ni actores ni músicos, porque lo que le interesa es abrirse a la vida, al jardín que la compone.

A pesar de corresponder a la imagen de una celebridad, los entrevistados parecen trazados a escala humana, sin ser engrandecidos ni exaltados como si leyéramos fragmentos de biografías de aquellos monumentales héroes que perfilaron nuestra historia. Como en los jardines reales, para preservar esta proporción, la topografía de la obra de Poniatowska es esencialmente plana, y no hay elementos que se encuentrena diferente altura. El tamaño “real” se debe a que la autora relaciona a los entrevistados, aunque situados en el escenario galo (más propiamente, parisino), con espacios concretos y cotidianos franceses de los que todos tenemos noticia o que pertenecen a un imaginario colectivo sobre el ser francés.

Así, al cruzar las líneas de cada texto nos descubrimos nostálgicos o ansiosos de descubrir aquellos baños y sus grandes tinas, las callejuelas donde cruzan las monjas en bicicleta, la historia de París que esconde el Hôtel de Ville o los consagrados cafés de Flore y Les Deux Magots, las brasseries Lipp y Closerie des Lilas en donde, como menciona Elena, los ilusos seguimos sentándonos esperando encontrar algo de Sartre o de Simone de Beauvoir, o tal vez de Verlaine, Mallarmé o Boris Vian.

Es también importante mencionar que la cercanía que sentimos ante estos personajes tan franceses se debe de igual manera a que la autora de una forma muy consciente construyó sólidos hilos entre ellos y nuestro paisaje y referentes mexicanos. La misma Elena anuncia en su prólogo: “Pensé que yo tampoco presentaría a un entrevistado en su penumbra, intentaría retratarlo a la luz de México.” Así, muchos de los que hablan en este libro tuvieron alguna relación, directa o indirecta, con México: la actriz Suzanne Flon, perteneciente a la generación del también entrevistado Jean Vilar, recuerda cómo conoció por primera vez la selva en Palenque; Erongarícuaro revive en parte gracias al artista Michel Cadoret; Raymond Aron discurre sobre el proyecto bolivariano, entre muchos otros ejemplos más o menos conocidos.

Y entre las páginas, además de todos esos espacios tan à la française, como los ya mencionados cafés a los que se les dedica un capítulo, encontramos el Teatro Margo, el Paseo de la Reforma, el ifal, Museo de Antropología, el teatro del Palacio de Bellas Artes, la unam… De esta forma, ambos paisajes, el francés y el mexicano, se entremezclan. Lo que permite que los entrevistados se vuelvan humanos y más alcanzables ante nuestros ojos es sobre todo la naturalidad con la que son presentados; en ocasiones son algunos párrafos introductorios que Poniatowska otorga al lector para situar al personaje, o en ocasiones algunos detalles clave como sus obras más sobresalientes, elementos que sirven para erigir el puente entre ellos y el lector. Además, la edición del fce cuenta con algunas páginas, pliegos aparte, en donde una serie de fotografías dibujos muestran a varias de estas personalidades, de forma que el lector puede tener una referencia visual de ellas.

La naturalidad de este jardín se debe por supuesto a la joven autora, quien ya desde sus inicios en el periódico Excélsior y cuando aún firmaba como Helene, hace gala de sus cualidades de periodista y arranca frases y momentos inesperados de las celebridades. De forma que las preguntas y respuestas brotan con tal espontaneidad que recuerdan las fuentes ríos que componen los jardines reales. Porque y al cabo Poniatowska es la entrevistadora de artistas, la reportera de sociales, la simpática joven notoria de la vida cultural francesa, como la describió Christopher Domínguez Michael; y ella se siente como pez en el agua. Una familiaridad que de forma sorpresiva surge ante ciertos comentarios introductorios, como “Sepa usted que es a la primera persona a la que le concedo una entrevista desde que he nacido”, del Hubert Beuve Méry, director y fundador Le Monde, o “Sepa usted, señorita, que la recibo sólo porque usted me dijo que conocía a Alfonso Reyes y que la mandaba el joven Octavio Paz”, del poeta franco-uruguayo Jules Supervielle. Pero, si no fuera por estas líneas que anuncian que las celebridades se encuentran ante una joven todavía inexperta, los discursos parecen provenir de una periodista madura. Notamos algunos rasgos de esa Elena joven que después se convertirá en la cronista de la masacre de Tlatelolco, del terremoto del 85 y del movimiento zapatista de los años noventa. De ahí que de una a otra página los textos oscilen con tanta facilidad entre la crónica y la entrevista, sin importar que haya homogeneidad de género en el conjunto, tal vez porque la periodista, más allá de ser escritora de uno u otro, sabe también ser una fotógrafa de personalidades, como bien ya lo ejemplifica su libro Las siete cabritas.

Los lazos diplomáticos y culturales que hermanan a Francia y a México son más que conocidos: basta recordar el mensaje que a principios de los años cuarenta
Lázaro Cárdenas lanzó a Albert Lebrun, presidente de Francia, nombrando al pueblo francés el “portavoz de la libertades humanas y de los derechos del hombre”. Dos naciones geográficamente lejanas pero de incesante correspondencia que encarna en una serie de personajes, ya sea por su historia, sus afinidades o apegos, y de entre los cuales uno de los nombres que más resuena es el de Elena Poniatowska.

Jardín de Francia es entonces el mapa que diseña la autora, cual paisajista, para que nosotros, sus lectores, podamos recorrer los senderos de esa cultura tan amplia que es la francesa. Y así, al pasearnos entre una recámara y otra descubramos que en cada sombra, espectro de luz o caída de agua se esconde una humilde alusión a Versalles.


Articulo: http://www.elboomeran.com/ 18/03/2014