vendredi 7 mars 2014

Giuseppe GATTI RICCARDI PARIS/Jorge EDWARDS: "El europeo sigue buscando el indio con plumas"

Jorge Edwards. Historias de familia, personajes y anécdotas de una Europa y de un Chile ya desaparecidos brotan del diálogo 
"El europeo sigue buscando el indio con plumas"
Por Giuseppe GATTI RICCARDI 

El encuentro con Jorge Edwards tuvo lugar en la sede de la embajada de la República de Chile en Francia, donde el escritor y periodista santiaguino aún se desempeñaba como embajador de su país, cargo del que se despidió hace algunos días.

El elegante edificio donde se encuentra la embajada se ubica en la avenida de la Motte Picquet 2, en el séptimo arrondissement, a mitad de camino entre el barroco Hôtel des Invalides y la Torre Eiffel. Allí, el estudio de Edwards es una sala repleta de libros, muchos de los cuales son ediciones de sus novelas traducidas a otros idiomas y publicadas en el extranjero.

-Siempre ha sido usted un escritor prolífico. ¿El desempeño de un alto cargo diplomático le deja la posibilidad y el tiempo para escribir?
-Llegué a la conclusión de que mi única posibilidad para escribir era a las seis de la mañana: de seis a ocho. No hay otra. Es duro, porque a veces consigo levantarme temprano y otras veces no. Mi enemigo principal son las cenas: en este trabajo hay muchas cenas, que yo detesto de todo corazón. Allí uno tiene que estar clavado, a veces hay que hacer un discurso y después hay que salir corriendo a dormir. No es lo mismo con los cócteles porque, como embajador, tengo un coche con chofer: voy veinte minutos y me vuelvo aquí a la embajada. Entonces es cuando puedo leer por la noche, dormirme temprano y escribir a la mañana. Eso es mi medicina, me deja con los nervios en un estado tranquilo, sereno. Si no lo hago, me siento mal. Todos esos objetos que ve allá (indica un mueble cargado de medallas y pequeñas estatuillas) son cosas que a uno le regalan las autoridades cuando vienen acá: una autoridad oficial siempre viene con una medalla, una estatuilla. ¡Tengo una colección como para poder crear un museo de los horrores!

-¿Está trabajando en algún nuevo proyecto literario?
-He escrito mucho desde que estoy acá. Vine a París con el proyecto de redactar un primer tomo de memorias. Y lo escribí: se llama Los círculos morados. Es el primer tomo de un proyecto -que no sé si voy a poder realizar- que prevé tres volúmenes: infancia, adolescencia y comienzo de la juventud. Es la formación de un escritor en un país tan remoto como Chile, donde los libros llegaban con dificultad y donde se veía muy raras veces a un verdadero escritor. Yo pensé ese libro casi sólo para chilenos, básicamente porque se describe el Santiago de los años cuarenta, ese Santiago desaparecido que a los chilenos les gusta. En Chile, en efecto, lo han leído mucho: ya han comprado más de seis mil ejemplares, que es bastante para un libro de memorias y más bien caro. Este primer tomo ha salido en España y está teniendo allá una lectura interesante que me sorprende: hay muchos españoles a los que les gusta y que incluso me mandan mails. En vista de esos buenos resultados, el editor se animó y el libro salió en la Argentina. No sé si este libro se puede traducir: a lo mejor sí. De hecho, una editora francesa me ha dicho que ahora hay muchas memorias pero de escritores muy pocas, y menos aun de un escritor que cuenta su formación, sus primeras lecturas.

-Su obra se ha traducido a otros idiomas. ¿Ha tenido una buena recepción en Alemania y en otros países no hispanohablantes?
-Sí, en el caso puntual de Alemania se han traducido ya cuatro o cinco libros, entre ellos, El origen del mundo, Persona non grata y El anfitrión. Y ahora quieren hacer otras cosas, así que les he mandado una novela breve. Pero estoy pensando que quizá pueda ser más interesante el libro de memorias, porque en él aparecen muchos personajes de la historia literaria chilena. En particular, los poetas surrealistas chilenos que eran mis mayores y que fueron muy amigos míos. Era un grupo que se llamaba La Mandrágora y tenían una relación indirecta con Europa: se escribían cartas con André Breton y otros surrealistas. También relato mi encuentro con Pablo Neruda. Yo tenía entonces 21 años. Era el Neruda estalinista pero en privado actuaba como un surrealista.

-Acaba de mencionar que envió a los editores alemanes una novela breve, ¿se refiere a El descubrimiento de la pintura?
-Sí. En mi libro de memorias había dejado un cabo suelto, al menos para mí: un personaje de mi infancia que era un "pintor de fin de semana". Él tenía que ganarse la vida en una oficina comercial y pintaba los fines de semana pero no conocía la pintura, porque en el Chile de la década del treinta, en la que él se formó, no había ninguna posibilidad de ver pintura. Sólo había malas reproducciones. Para atar ese cabo, escribí esa novela breve que se llama El descubrimiento de la pintura. Ese hombre, amante de la pintura y de la música, se casó con una señora que se lo llevó de viaje a Europa. Allí él descubrió la gran pintura y ese descubrimiento lo dejó paralizado. No pudo pintar nunca más, y no sólo eso: se quedó triste y al final se murió.

-¿Sigue trabajando en paralelo sobre varios textos?
-En efecto. El personaje central de mi nueva novela es una señora chilena que residió en París en los años veinte y treinta del siglo XX y que vivió la experiencia de la Segunda Guerra Mundial. Era una señora de sociedad, de clase alta, pero con una afición por lo literario, incluso había escrito algo de poesía. Cuando estalló la guerra, ella no quiso seguir siendo una dama que sólo jugaba al bridge y se hizo asistente social: llevaba una capa de enfermera, una gorra y un número de identificación. Se metió a trabajar en el Hospital Rotschild, sin darse cuenta de que un hospital judío durante la ocupación alemana era un lugar sumamente peligroso. Ya en 1942, cuando la situación en Francia se hizo más dura, empezó a llegar la Gestapo y a llevarse a las madres judías con los niños: todos desaparecían, rumbo a los campos de concentración. Entonces, esa señora -quien empezó a conversar con esas madres- se dedicó a salvar niños, con mucho riesgo del que no era del todo consciente. Ella sedaba a los niños y los metía dentro de la capa, se mandó a hacer incluso un bolsillo especial. Salía, pasaba delante de los militares alemanes, de la Gestapo, y se despedía; como era una señora elegante, nadie le decía nada. La Resistencia francesa llegó a enterarse de lo que ocurría y empezó a ayudarla: pusieron un enlace que recibía al niño en lugares que cada día cambiaban, se llevaban al bebé en una bicicleta, en un canastillo cubierto con una manta. Finalmente, la mujer fue detectada por la Gestapo, detenida y torturada. Entonces pasó algo que parece absolutamente novelesco y que, sin embargo, es real. El almirante Canaris, jefe de la inteligencia militar alemana, era marino y estaba en pugna con la Gestapo, pues la Gestapo era la inteligencia nacional-socialista y Canaris representaba la vieja fuerza militar tradicional prusiana. El almirante salvó a la señora. Antes, y eso es un hecho histórico importante, él había llegado con su acorazado a la costa sur de Chile; allí se había visto rodeado de la flota inglesa y por ello se había visto obligado a hundir el acorazado y a refugiarse en la costa chilena, donde pasó dos años. Volviendo a París, Canaris salvó a esa señora, la cual descubrí que tenía algún vínculo de parentesco muy lejano con mi familia. El almirante se la quitó a la Gestapo, se la pidió para interrogarla él y la dejó en libertad. Ahora, ella aparece en el Muro de los Justos del Estado de Israel. Los israelíes investigaron, descubrieron su labor y la colocaron en el muro, pese a que no era judía sino de origen inglés.

-¿Podríamos definir esa obra como una biografía novelada, insertada en una trama de relato de guerra?
-No he querido escribir exactamente una novela de guerra sino más bien realizar el retrato de una mujer con una vocación literaria, con un cierto gusto por el arte, con algo de esa frivolidad propia de su clase, una señora que se arruinó para salvar niños. Tenía que dar una mensualidad a cada una de las parroquias o casas de campo donde colocaban a esos niños. Llegó a Chile a final de su vida, ya arruinada y con un compañero de vida muy extraño: un hombre medio español y medio judío, un sefardí. No es una novela corta como El descubrimento de la pintura, sino una novela de registro bastante amplio, pero con una unidad central que es la vida de la señora y de algunos otros personajes como Canaris. Habría que agregar que el almirante fue ahorcado por Hitler, quien lo acusó de haber conspirado con los oficiales prusianos que le pusieron la bomba. En realidad, Canaris, como jefe de inteligencia, llegó a conocer esa conspiración y su culpa fue no haberla denunciado. Era pesimista acerca del éxito de la operación y trató de advertírselo a los demás oficiales: el riesgo de fracaso era muy alto e, incluso logrando matar a Hitler, Himmler y los altos cargos nazis no iban a dejar el poder. Diría que se trata de una suerte de thriller, una ficción libremente inspirada en un personaje de la realidad.

-Usted mencionó un lejano vínculo de parentesco entre la señora chilena y su familia: ¿qué reacción se vislumbra en los miembros de su familia al leer las ficcionalizaciones de personajes reales cercanos a su ámbito?
-La señora, en efecto, tenía un vínculo con mi familia: se llamaba María Edwards, pero sería demasiado engorroso investigar los detalles y pormenores de su vida: me llevaría años y no tengo tiempo. Digamos que he hecho una ficción libremente inspirada en un personaje de la realidad, con lo cual la familia está muy nerviosa. Sí, la familia me presiona. Me mandan, sobre todo, muchos mails; el último correo electrónico decía: "¡Deja descansar tranquila a María en su tumba!".

-En su obra de ficción, cuentos y novelas como El peso de la noche o El inútil de la familia, abundan los personajes descarriados, seres que buscan alejarse de las normas impuestas por los demás miembros de su familia. ¿En qué medida se trata de transposiciones de biografías reales a la ficción?
-Sin duda son biografías llevadas a la ficción. Ese "inútil de la familia", como se sabe, es otro personaje de mi familia: Joaquín Edwards Bello, primo hermano de mi padre. Él era realmente una oveja negra: además de ser escritor, era un hombre con unas costumbres verdaderamente extravagantes, y era también un jugador. De joven escribió un libro profundamente escandaloso y tuvo que esconderse porque su primera novela provocó un escándalo extraordinario. Tengo una teoría sobre ese libro pero no voy a entrar en eso. De todos modos, comprendo el escándalo social, porque allí se sugiere una relación del narrador con una señora de la familia: de ahí el escándalo. Cuando ocurrió eso él se escondió en un prostíbulo de Santiago. Ese mundo le gustaba mucho porque le gustaba el bajo fondo, le bas-fond, como dicen los franceses. Después escribió, sobre ese mismo prostíbulo, una novela titulada El roto, un relato muy interesante, que no está nada mal. Pese a ser un poco ingenua en algunos aspectos, es una novela que retrata fielmente el mundo de los prostíbulos. El roto es el hijo de una cantante que se exhibe en el prostíbulo, uno de esos prostíbulos antiguos donde había espectáculos, bailes. Sobre ese mundo desaparecido se ha hecho una exposición en París: son obras de un fotógrafo chileno de mi tiempo, Sergio Larraín.

En este punto de la charla, Jorge Edwards se levanta y busca un gran libro de fotografías de Larraín. Lo va hojeando, mostrando sus preciosas imágenes en blanco y negro

- Son retratos del viejo Valparaíso, un poco la representación visual de lo que se cuenta en Hijo de ladrón. Fotos de las calles del puerto y sobre todo de los interiores de los prostíbulos de entonces. Éste en particular se llamaba "El siete espejos", porque había en el salón principal siete grandes espejos. Hay imágenes de travestis, como se puede ver. Con este fotógrafo, que era muy amigo mío, fui muchas veces a estos lugares así que tengo una experiencia directa y un recuerdo todavía vívido de todo esto.

-En su ficción a menudo se describen relaciones entre jóvenes varones de familias bien y sirvientas al servicio de la familia. En esos casos, ¿la motivación del joven era el puro placer físico o había en el acto una voluntad de afirmar una presunta "superioridad social" que le otorgaba el derecho de posesión sobre la mujer?
-Empezaría comentando que en Chile a ese joven prototípico de familia acomodada se lo solía definir con el término de "niño bien". Y había también otra expresión que era "gente como uno", que después pasó a ser simplemente GCU. Esos chicos cruzaban el río hacia el norte de la ciudad. El río Mapocho marcaba un límite y era al norte donde se encontraba uno con el mundo más popular y prostibulario. Eso ocurría en el antiguo Santiago: se cruzaba para ir a Bellavista. Ahora todo ha cambiado: el norte, la Dehesa, es la zona más rica de la ciudad. Pasando a lo de acostarse con sirvientas y criadas, no tuve mucha experiencia, sólo una vez, así que voy a transmitir mis impresiones sobre el fenómeno. En el campo, en las grandes propiedades agrícolas, en los fundos, en las haciendas, los hijos de los dueños y los dueños mismos sentían que las muchachas campesinas eran propiedad privada. El patrón podía acostarse con todas. Como consecuencia, los campos estaban llenos de hijos naturales de los dueños. En la ciudad, en las casas burguesas, era algo diferente porque se producían allí relaciones de amor con chicas bonitas que llegaban del campo y que empezaban a conversar con el hijo del dueño y así se daban relaciones más íntimas. En cambio, en el campo era todo muy brutal, era mera posesión: tirar a la chica en un hoyo de la tierra y poseerla.

-Uno de los ejes centrales de sus novelas y cuentos reside en el afán de construir un testimonio literario de la decadencia de una estructura socioeconómica y de una clase social. ¿En qué modo su ficción se aleja de la representación grotesca y deformada que de ese mundo ofrece otro gran narrador chileno del siglo XX como José Donoso?
-Yo no soy tan aficionado a esa representación un poco barroca que tiene Donoso; soy más realista en ese sentido. De joven leí mucho a Joyce, me encantaba Dublinenses; y también leí bastante a Faulkner: de ambos apreciaba la descripción de personajes reales. Me gustan los personajes reales, sobre todo los marginales, pero no los monstruos. En cambio Pepe había desarrollado mucho la teoría del inbunche, el chico de la tribu que es deformado para que se convierta en adivino. Creo que Donoso usa esa figura como una metáfora, en el sentido de que en Chile a la persona más dotada siempre se la deforma y se la reprime. El "inbunchismo" en Chile se relaciona con la envidia a los seres más hermosos, más ricos y de más talento. Es una forma de envidia que tiende a reducir y a igualar. Ese tema yo también lo analizo, pero de otra forma, sin los monstruos, en El inútil de la familia, por ejemplo, pues en esa novela el personaje es más bien un excéntrico, los monstruos acaban siendo los otros.

-En El sueño de la historia , ¿la elección de ubicar al protagonista de los apartados que se desarrollan en el siglo XX en la zona antigua de Santiago obedece a la necesidad de colocar al personaje en el ámbito donde se desarrolló la vida del arquitecto Toesca o hay una voluntad de rescatar cierta porción de la urbe? ¿Es compatible ese personaje de clase acomodada con la variedad humana que puebla los soportales de la Plaza de Armas?
-En esa elección hay tres elementos para destacar: en primer lugar, yo nací en el Santiago viejo y me he quedado viviendo en el Santiago viejo. En cambio, la gente de mi generación, los que eran entonces "niños bien", se han ido todos al barrio alto. En segundo lugar, para mí el Santiago viejo tiene una fascinación estética, dentro de lo feo quizá. Es una especie de belleza de lo feo, de atracción de lo sórdido, de lo lóbrego. Es lo mismo que quiere decir Larraín en sus imágenes. Él y yo compartíamos un gusto estético por ese Santiago, por ese Valparaíso: espacios viejos en oposición a la ciudad moderna y anodina como es hoy la parte cercana a la Cordillera, que se parece a un suburbio de una gran ciudad de Estados Unidos. Se ha creado un espacio sin identidad y sin fuerza. En tercer lugar, esa zona céntrica es el lugar donde se desarrolla la vida de Toesca: al llegar a esos lugares el personaje/narrador "se encuentra" con el personaje de Toesca y siente una afinidad con él.

-El crítico uruguayo Fernando Aísa lo define como un escritor urbano, un artista siempre "leal a un estilo y a una temática profundamente santiaguina" ¿Se reconoce en esa definición?
-Bueno, cuando se escribió una biografía de Neruda se dijo de él que era "el viajero inmóvil". ¿Cuál era la idea de ese título? Que Neruda no había salido nunca de los bosques del sur de Chile, de la región de su infancia. Pero él estuvo en la India, estuvo en México, anduvo por todas partes. Yo, a lo mejor, sigo siendo santiaguino y no deja de ser una verdad, porque Santiago aparece mucho en lo que escribo. Sin embargo, soy un santiaguino que ha vivido en diez ciudades distintas del mundo.

-¿La posibilidad de vivir en Europa lo pone en una posición incómoda para conocer y evaluar la producción literaria contemporánea de Chile? ¿Qué idea tiene de lo que se escribe en su país en estos años?
-Soy un lector bastante desordenado, y además, leo mucho en función de mi propia literatura. Eso significa que cuando estuve escribiendo sobre Toesca leí muchas crónicas, textos de arquitectura de la época, sobre el neoclasicismo y el barroco tardío. Por ello, no soy una persona enteramente al día sobre la actual literatura chilena; pero la tendencia general la sigo y los principales libros los leo. Por ejemplo, diría que Diamela Eltit tiene algo que ver con el nouveau roman francés, mientras que un autor como Fuguet se relaciona más con la novela y el cine norteamericanos. En general, creo que la novela de mi tiempo en el fondo, aunque no era una novela social en el sentido político, era una novela que siempre se relacionaba con la sociedad chilena en el sentido más amplio de la expresión: con las distintas capas sociales, con el mundo popular, con el mundo burgués. Eso nos interesaba a Donoso, a mí, a Enrique Lafourcade. En cambio, después se ha producido una dispersión de los intereses. Hoy hay escritores de mi país, pienso por ejemplo en Jaime Collyer, que pueden escribir un cuento sobre una revolución en el centro de África. Y si uno mira el panorama literario latinoamericano, un Jorge Volpi puede escribir una novela sobre la Alemania nazi. Lo mismo hacía Bolaño. Así que hay una ampliación y una dispersión de los intereses: la obsesión por Chile y por el mundo chileno desaparece en parte o totalmente. Entonces surgen escritores como Diamela, muy refinada, muy intimista, muy exquisita, y también con un lado fantástico; Fuguet, que se inspira en el thriller a la americana, y Bolaño, que es un escritor para escritores: un narrador que cuenta la tragedia o la historia de otro escritor. A veces es él mismo, otras veces es un invento. Pienso en Nocturno de Chile, que acabo de releer; se trata de una especie de broma en gran escala sobre escritores, críticos, personajes chilenos, sobre el mismo Neruda. Hay, por ejemplo, un personaje que se llama Farewell, que está basado en un poema de Neruda. En fin, lo que noto es que hay un cambio de perspectivas.

-Y de los miembros de las últimas promociones de escritores chilenos, ¿ a quién está siguiendo?
-Ahora se está afirmando un nuevo escritor, Alejandro Zambra. Lo estoy siguiendo, es un chico joven que escribe sobre un mundo muy de fantasía. Ha escrito, en particular, unas novelas breves que podría definir como poético-fantásticas, La vida privada de los árboles y Formas de volver a casa. Por debajo hay una metáfora sobre el Chile de hoy, sobre el tema de la dictadura, la salida de la dictadura y los recuerdos de una infancia bajo la dictadura. Arturo Fontaine es otro escritor interesante: escribió una novela, La vida doble, sobre una mujer, socialista y guerrillera, que fue torturada y transformada en agente de inteligencia por la seguridad de Pinochet. Una novela dura, sin dudas interesante. En conclusión, veo muchas corrientes. No me es claro todavía hacia dónde va la cosa pero entiendo que es una tendencia transnacional, que atraviesa todos los países.

-¿Cree que sigue existiendo en Europa esa tendencia a percibir la cultura latinoamericana, y no sólo la pintura o la música, según esquemas preconcebidos? Si un europeo viaja a Cuba, imagina escuchar sólo cierto tipo de música y se sorprende de que le contesten que lo que él desea escuchar ya hace treinta años que no forma parte del repertorio local...
-El europeo sigue buscando el indio con plumas. ¡Entonces hay que disfrazarse de indio con pluma! ¡A mí me preguntan por qué no hago realismo mágico! Yo no encuentro motivo, ni en la vida de Santiago de Chile, que es un ámbito muy urbano con una vida bastante gris, ni en el paisaje chileno, para hacer realismo mágico. No hay loros, no hay papagayos, no hay selva.

-¿No cree que los grandes paisajes poco poblados del sur de Chile, de Puerto Montt para abajo, pueden ofrecer la oportunidad -con sus leyendas- para una literatura no sólo extraurbana sino más cercana a la "magia"?
-Sí, por supuesto: hay un autor chileno que lo ha hecho. No era demasiado bueno como escritor pero era un muy buen narrador: me refiero a Francisco Coloane. De todas maneras creo que nosotros, los sudamericanos, tenemos derecho a escribir sobre todos los temas y no sólo sobre lo mágico o lo selvático. Yo por lo menos alego en favor de este derecho.

-¿Hablar de literatura y cultura latinoamericana no es una generalización tan grande y equivocada como hablar indistintamente de Europa, sin considerar las diferencias que hay, por ejemplo, entre un maltés y un noruego?
-Sí, es muy general. Justamente por eso yo he defendido mucho la obra de Machado de Assis. Aquí no es muy leído, pero en Estados Unidos sí. Este hombre, un mulato que nació en una favela de Río, fue sin embargo un escritor que leyó a Goethe y que hizo una literatura humorística y muy moderna. No obstante, dicen que es un traidor de los negros y de los africanos porque escribió sobre el mundo de la burguesía carioca. A mi manera de ver, ese juicio es un error, porque el mundo negro atraviesa sus novelas por todos lados. Aparecen, por ejemplo, dos personas blancas conversando: están mirando a un hombre que está trabajando en el jardín, regando las flores. La forma en que Machado de Assis presenta la escena es muy intencionada, no es inocente. En fin, se trata de una vieja discusión que creo no se va a resolver nunca.

-¿Cuál es la percepción que tienen los franceses de un país como Chile, que ha vivido la experiencia de la dictadura militar?
-El país con las ideas más fijas, de la idée reçue, como decía Flaubert, es justamente Francia: aquí hay idées reçues sobre todo, sobre Allende, sobre Neruda, sobre Pinochet. El otro día tuve una conversación pública con un profesor francés que no sabía quién era yo, y él me dijo que el plebiscito en Chile fue ganado por el SÍ. Cuando le pregunté por qué, me contestó: "Porque no ha cambiado nada". Entonces le dije: "¿Cree usted que ahora en Chile hay dictadura, hay desaparecidos? ¿Que no hay libertad de prensa? ¿Que no hay elecciones libres?". Y él: "¡Pero Chile está regido por la Constitución de Pinochet!". Le respondí: "Sí, pero una Constitución modificada diecisiete veces por Ricardo Lagos". Estas ideas fijas son muy difíciles de suprimir aquí. Y yo mismo soy víctima, aun siendo, o justamente por ser, de raza blanca, y parecer un europeo.


Articulo: http://www.lanacion.com.ar 07/03/2014

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