vendredi 7 mars 2014

Homenaje a Leopoldo María PANERO

Leopoldo María PANERO, el hombre elefante de la poesía española

El poeta ha fallecido hoy en Las Palmas a los 65 años según ha confirmado su editorial Huerga & Fierro.

El poeta madrileño Leopoldo María Panero, exponente de la poesía transgresora, ha fallecido la pasada noche en Las Palmas de Gran Canaria, según ha confirmado su editorial Huerga y Fierro. Nacido en Madrid, el 16 de junio de 1948, e hijo del gran poeta astorgano Leopoldo Panero, una de las mejores voces líricas de postguerra, y la escritora y actriz Felicidad Blanc, era hermano del también poeta Juan Luis Panero y de "Michi" Panero.

Fuentes de la editorial han indicado que sobre la medianoche pasada recibieron una llamada de los médicos del Hospital Rey Juan Carlos I de la capital grancanaria, en cuya unidad psiquiátrica Panero era tratado en los últimos años, comunicando su muerte por un fallo multiorgánico. Este hospital tenía encomendada la tutela de Panero al no tener familiares directos. "Amigo Leopoldo María Panero, siempre has sido un extraordinario poeta, fiel y amigo de tus amigos. Allí donde estés que sepas que te echaremos de menos", indica el comentario que la editorial ha colgado hoy en Facebook, que finaliza con un "Te queremos. Descansa en paz".

Escritor desde su más tierna infancia, estudió Filosofía y Letras, que abandonó en segundo curso en protesta contra el "conocimiento formal" y "sin conexión", y desde que cumplió los 19 años ha vivido en varias etapas recluido en hospitales psiquiátricos, entre ellos varios de Madrid y el de Mondragón (Guipúzcoa), donde permaneció 10 años.

El poeta realizó la siguiente sintesis bibiográfica para la nota preliminar del poemario Teoría del miedo del año 2000: “A los dieciséis años, más o menos, entré en el entonces ilegal partido comunista, y participé en la lucha política. Fue entonces cuando me dediqué a escribir poesía, bajo la batuta de Pedro Gimferrer, a quien conocí en Madrid en el club de jazz Borbón. Fue más tarde cuando entré en la cárcel por tráfico de drogas y allí descubrí mi homosexualidad, que antes había estado latente. Viene luego una larga historia de manicomios que me despoja de amigos y me hace odiar a mi madre”.

El personaje en que se convertió Leopoldo María Panero acabó devorando su obra, menos literaria que síntoma y símbolo. Para la mayoría de los críticos académicos, para buena parte de los lectores, Panero era el poeta por excelencia: una mezcla de loco y de bufón, alguien que suscita a la vez admiración y desprecio, asombro y piedad, alguien a quien podemos elogiar sin tasa porque nunca va a ser nuestro rival en la competitiva sociedad contemporánea, una especie de hombre elefante.

Aunque muchos quisieron vender a Leopoldo María Panero como el autor de “la obra poética más extremista y concluyente de la poesía española última” lo cierto es que era un poeta lleno de verdad y también de truco, un poeta que sabía los disparates que querían sus admiradores, y que no se olvidaba de proporcionárselos, pero que entre las ruinas de su inteligencia nos ofrecía, de vez en cuando, destellos que alumbraban el pozo sin fondo sobre el que se asienta el vivir humano.

El poeta era un gran aficionado a la Feria del Libro, a la que acudió unos 16 años, y siempre tenía un buen número de admiradores, casi siempre chicos jovenes que querían hablar con él. Antonio Huerga, amigo y editor del poeta, comenta que era Huerga y Fierro quien le pagaba los billetes a la capital. Además, le hicieron un seguro por lo que puediera pasar en estos viajes. Este seguro está siendo fundamental ahora, ya que nadie ha reclamado el cadáver, y ayudará a resolver los detalles de la despedida. Según Huerga, que ha comentado que Panero se marchó "mas plácido de lo que vivió", el cuerpo será incinerado y sus cenizas se esparcirán en el Parque del Retiro y en Astorga.

Publicó por primera vez, en 1968, el poemario Por el camino de Swant, al que siguieron Así se fundó Carnaby Street (1970), Teoría (1973), Guarida de un animal que no existe (1994), Teoría del miedo (2000), Danza de la muerte (2004) y otras muchas de carácter autobiográfico, entre ellas una antología poética en 2003, con la que obtuvo el Premio Estaño de Literatura. También escribió dos libros de narrativa, El lugar del hijo (1976) y Dos relatos y una perversión (1984) y multitud de cuentos recogidos en sus Cuentos Completos.

Huerga y Fierro, editorial de Panero, cuenta con un poemario inédito de Panero titulado Rosa enferma con 60 poemas que nunca habían sido publicados y que previsiblemente saldrán a la luz en los próximos meses.

La nota biográfica que citábamos más arriba termina con esta conmovedora afirmación: “En cualquier caso, si yo he sido un monstruo, que el infierno me perdone”. Panero era verdadero y grande. Ojala alcance la paz que le fue tan esquiva en vida. 

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Leopoldo María Panero, la muerte del último poeta
Por Túa BLESA

Quedan el fulgor de sus libros, el fervor de sus lectores y la lección de que caminar contracorriente es posible

En uno de sus últimos libros, Papá, dame la mano que tengo miedo (2007), se lee “Oh tú, Leopoldo María Panero, alias La Muerte” y enseguida “Yo he muerto más veces que ningún muerto [...] y he muerto sin sepulcro”.

Esa identificación con la muerte, ese decirse yo-muerto no era en ese momento ninguna novedad, sino que se puede rastrear ya en sus escritos de la década de los 70 del pasado siglo hasta los más recientes repetido una u otra vez de manera obsesiva. Muerte literaria, ficcional, se podría decir, pero también esa muerte tenía su lado de real: las estancias en establecimientos psiquiátricos, las primeras breves y más tarde su lugar de residencia, supusieron una muerte “social” que se ha prolongado hasta, ahora sí dicen las informaciones, su fallecimiento.

Perteneciente a una familia marcada por la literatura, hijo del poeta Leopoldo Panero, hermano de Juan Luis Panero, se diría que estaba destinado a entrar en la nómina de los poetas. Y así fue ya desde niño y su madre, Felicidad Blanc, reprodujo algunos de aquellos poemas, en absoluto infantiles, sino estremecedores en su Espejo de sombras. Decidido a vivir la vida con toda la intensidad y si William Blake escribió que “El camino del exceso conduce a la sabiduría”, Panero lo entendió en su literalidad más estricta: bebedor infatigable, dado a las drogas, con comportamientos extravagantes, intentos de suicidio, todo ello narrado en El contorno del abismo, la excelente biografía de J. Benito Fernández, relato superior a muchas novelas, el lugar de llegada sería el internamiento ya aludido.

Por otro lado, Panero se hizo, desde el margen de las instituciones académicas, con una cultura singularísima: lector de Lacan, de Deleuze y Guattari, por citar unos pocos nombres de relieve, en unos años en que en España eran verdaderamente exóticos, sus idearios se entremezclaban contratados de alquimia y todo tipo de saberes esotéricos, lo que daba como resultado un universo intelectual brillante y caótico. Y lo mismo sucede si se atiende a lo literario: Mallarmé es nombrado y citado reiteradamente en sus obras como la cima de la poesía, y junto a él algunos de los poetas provenzales, Lewis Carroll, Wallace Stevens, su amigo y primer valedor Pere Gimferrer o Góngora, unos pocos nombres para una lista casi interminable, que se completa con Nostradamus o Aleister Crowley, el satanista. El ensamblaje de cada una de esas piezas acaba por conformar, pese a que parece que no habría manera de encajarlas, un rompecabezas estético que no encuentra parangón en la literatura española.

Panero deja en las estanterías de las bibliotecas más de treinta libros de poesía, además de otros doce escritos a dúo, y también traducciones, relatos y ensayos, sin olvidar sus dos apariciones en los espléndidos documentales El desencanto de Jaime Chávarri y Después de tantos años de Ricardo Franco, además de los numerosos vídeos que pueden verse en internet, donde su presencia en páginas que reproducen poemas, entrevistas, etc. es abrumadora.

Si en su vida su posición fue siempre la del rebelde por principio, la de quien encuentra su enemigo a quien hay que derrotar en el sistema, ya sea en lo político, lo social o moral, nada distinto sucede en su escritura. Tanto en las formas, como en los asuntos de los que se habla, como en el lenguaje mismo, sus textos se distancian una y otra vez de lo que es usual, de la norma, lo que, desde muy pronto, vino a construir una marca, la marca Panero, una forma de escribir que se desmarca de lo que se entiende en general por literatura y aun por lo aceptable. El caso es que esa escritura de lo inaceptable ha encontrado numerosos lectores, muchos de ellos entusiastas, y a la vista está que muchos de sus libros son hoy inencontrables y el hecho de que se hayan publicado diversas antologías y recopilaciones de sus obras, que se reeditan es un índice de la calurosa recepción de su palabra.

Desde hace años, por otra parte, su discurso, poético, político, etc., contra los límites accedió a la investigación académica y hoy es común encontrar en publicaciones universitarias y revistas especializadas trabajos que tratan de explicar su inextinguible rareza. Una rareza que contamina cualquiera de los temas que ha llevado al texto. Si recuerda la muerte de su madre, pongamos por caso, el poema se convierte en una extraña elegía: “Señor del mal, ten piedad de mi madre/ que murió sin sus dos tetas/ y sobre la que yo escribí/ y ahora amo”, donde la palabra hecha violencia desemboca en una expresión de sentimiento de ternura; si el tema es la escritura misma, dejará dicho que su poesía está tallada en heces, caso, por cierto, de una muy notable presencia de lo escatológico en su escritos. Se puede decir que en cada una de sus páginas hay una transgresión, una extralimitación, lo que permite señalar a este situarse contra lo instituido, lo aceptado, como una de las claves de su obra.

Leopoldo María Panero, el último poeta titulé hace ya unos años un libro dedicado a intentar explicar esta poesía tan luminosa como oscura. Quería sugerir ese título que una vez que Panero había irrumpido en la poesía la había llevado hasta el extremo, había derrumbado la idea convencional de poesía, con lo que con sus libros clausuraba todo un mundo estético e ideológico. Así, en otra ocasión hube de recurrir al término postpoesía para designar su práctica de escritura. Habría ocurrido la destrucción, el apocalipsis, para decirlo con esa expresión tan paneresca, en la poesía y de esas ruinas, de la ruina de la palabra “bella”, esa que se tiene tópicamente por tal cosa, se habría edificado otra construcción que, surgida de los restos, de los desechos, no podía sino exhibir sus grietas, la pertenencia a la ruina, ser una construcción de la ruina.

Último poeta también por la tan repetida declaración de yo-muerto a la que he aludido, el último poeta escribiendo el último libro, un libro entonces que, como en un sueño de Borges, contendría, por afirmación o negación, todos los otros y de ahí, entre otras razones, la multitud de citas que se engarzan en sus páginas. En cuanto último poeta la única posibilidad es la repetición de lo dicho, sólo que ungido por la renovación.

Ha muerto el último poeta, quedan el fulgor de sus libros, el fervor de sus lectores y la lección de que en literatura, en arte, en la vida, el caminar contracorriente es posible. Esa lección que nos deja la pagó cara Leopoldo María Panero, es deber de los lectores que el libro que la contiene no se cierre con su muerte, ahora sí, no literaria. 

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Leopoldo María Panero, el genio enjaulado… en el cine
Por Carlos REVIRIEGO 

Muchos, quizá la mayoría, llegamos a la poesía de Leopoldo María Panero a través de El desencanto (1976). 

De todos los documentales del cine español, desde Las Hurdes. Tierra sin pan (1933) a En construcción (2001), la película en la que Jaime Chávarri analizaba con carácter entomológico las relaciones familiares de la familia Panero, brilla con una luz especial casi cuarenta años después, y esa luz emana sobre todo de un personaje que adquiere un estatuto legendario, el de un chivo expiatorio convertido en símbolo de todo aquello que la dictadura franquista había destrozado para después ocultarlo en el cajón y cerrarlo con llave. “La locura no se deduce de la palabra, sino de los gestos”, decía Leopoldo María Panero, El Loco, en la película (vean aquí un fragmento), mostrando a cámara, frenta a la cual se transformaba en un personaje esencialmente cinematográfico, que su aparente “locura” no era más que una forma de nombrar la “lucidez”, por muy destructiva que ésta pueda llegar a ser. Y la suya, desde luego, lo fue.


En uno de los momentos más memorables de la cinta, Leopoldo María Panero echa en cara a su madre, la escritora Felicidad Blanc (1913-1990), que le internara en un psiquátrico tras un “infantil intento de suicidio” y porque “fumaba grifa, que hace menos daño que un Celta”. Su militancia antifranquista le llevó a la cárcel y su consumo de drogas al frenopático, comenzando así su peregrinaje por manicomios y sanatorios a lo largo y ancho de España, de una vida de genio enjaulado, con paso prolongado por el psiquiátrico de Mondragón. Felicidad, la viuda cuya familia se desmembra tras la muerte del marido, el poeta falangista Leopoldo Panero (1909-1962), se excusa diciendo que cualquier mujer de su generación hubiera hecho lo mismo. El mal ya estaba causado.

La película se ofrece así, aunque sea accidentalmente, como una incursión en los fantasmas familiares de los Panero pero también en los fantasmas del franquismo, debido a que se empezó a rodar con Franco en vida y se estrenó justo después de su muerte. El peso de la ausencia del padre autoritario en la familia se sintió entonces como el potencial simbólico de la España que luchaba por salir de la tutela tiránica de la dictadura. La viuda y los tres hijos (Juan Luis, Leopoldo María y Michi), todos con capacidades histriónicas, protagonizan largos monólogos de carácter casi terapéutico frente al objetivo de Chávarri, siempre filmando en plano fijo, con una luz sombría, abriendo las puertas a las fricciones entre el documental y la ficción. La película pone en escena un juego de traiciones, según explicó el propio Chávarri, en el que “los miembros de la familia se traicionan a sí mismos para que luego la película les traicione a ellos”. En El desencantotermina por dibujarse una inquietante metáfora sobre las herencias psicológicas de la dictadura.

Varios años después, el hermano pequeño, Michi (1951-2004), le propuso a Chávarri realizar una segunda parte titulada El desconcierto, que al final dirigió Ricardo Franco bajo el título Después de tantos años (1994). Más oscura si cabe, indagando en los restos del naufragio, se trata de una desgarradora, laberíntica, complicadísima prolongación de la obra de Chávarri, una aventura moral y artística que desactivaba del todo la institución familiar y las secuelas de la democracia, radiografiando su descomposición y decadencia. El “encantador esquizofrénico” de Michi, el “peligroso paranoico” de Juan Luis (1942-1913), como se refería a ellos su hermano El Loco en la película de Chávarri, ya pasaron a mejor vida. Se ha ido el último de la saga, el más creativo y extremista de todos ellos, el que las páginas de la literatura recordarán como el Artaud español, el poeta maldito de las letras españolas. Hoy, quizá más que nunca, El desencanto y Después de tantos años forman una sesión doble de visión obligatoria.


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Poemas inéditos de Leopoldo María Panero

La editorial Huerga y Fierro facilita a El Cultural tres poemas de los 58 que componen el poemario inedito, y ya póstumo, de Leopoldo María Panero, Rosa enferma.

"Me autodestruyo para saber que soy yo y no todos vosotros"
Artaud

"El objeto del psicoanálisis no era el pan sino el bollo aquel del que hablaba una reina en tiempo de hambre"
Lacan

"Me enamoré de Cleobulo el de los dulces blancos ojos y estoy loco y no estoy loco y deliro y no deliro"
Anacreonte 


III

Cuando la luna se enciende en el verso
Lloran los ladrones y una red cae al suelo
Componiendo un ruido como de cristal
Qué vana es la caída, digo al verso
Qué vano es el Cristal de Bohemia masticado en la boca
Qué vano el caballo hípico que cabalga sobre las tumbas
Rezándole a la nada
Sartre lo dijo y yo lo leí en la cárcel en clase de matemáticas
“La nada corroe al ser como un gusano”
Y allí supe por boca de mi madre mallamada Felicidad
Que el hombre volverá a reinar sobre la nada
Y la nada enseñará a los hombres su mano
Que tiene el rostro pálido de la locura
Y el temblor del verso
Y el temblor del sexo diminuto de las hadas que aún no sangran


IV

En cuanto a la papilla rudimentaria de la metafísica
En efecto “El hombre es una pasión vil”, Spinoza lo dijo
El hombre es sólo un ser ruin del que no habla la filosofía
Un ser que teme a sus equívocas manos
Herido por la lógica
Harto de hablarle a la nada con susurros
“Y escribo estos versos para que vuelvan los Dioses”
Ricardo Reis lo dijo plagiando a Pessoa mientras ladraba un perro
“Quién anduvo entre la violeta y la violeta”
Eliot lo dijo, y el mismo perro comentaba sus versos
Que decían que el hombre es pastor de la nada
Y la poesía conforma un sepulcro para llorar tan solo
Zumo de rosas demacradas
Qué más da una lírica tiniebla en vano
Una pesadilla a la que rezan los hombres
Heidegger decía -y no sé por qué lo sé- que el hombre es pastor del ser
Pero yo digo que el hombre es pastor del excremento
Y señor solo de la rabia
Y habitante único del salmo
Hecho para llorar tan solo
Y yo adoro sólo a la sílaba desnuda del versículo
Desnudo como la mentira
Como el silencio
Mientras un ruiseñor cae sobre la página
Y los pájaros gritan: Scardanelli, Scardanelli
Y ya no hay nada aquí, sino el renglón desvaído
La página desangrada y para nadie
Porque el único señor con corona
Es la espuma de la copa
“La marea de la copa”, como dijera un Kenningar islandés.


VI

Lo que promulga el psiquiatra jefe de este manicomio
Ya la página lo dice, qué oscuro es la mortalidad retrasada
Qué terrible la vida que nada sabe del hombre
Porque el hombre se arrodilla sin remedio ante la página llorando
Y escupe contra el hombre
Y dibuja líricamente en un árbol la silueta del colgado antes de colgarse
El temblor oscuro del sepulcro
Que está hecho no para los hombres
Sino sólo para el silencio y la ruina
Y para la buena nueva del desastre
Para el terror gótico de estar vivo como un ángel
Por eso la poesía es el camino de la oruga
Que hablará de mí a los hombres
Cuando esté muerto
Cuando un caballo recorra las páginas
Y anuncie a los hombres la buena nueva
De que ya no estoy solo
En la Santa Compaña del cierzo y del silencio

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Cuentos completos
Leopoldo María Panero
Edición de Túa Blesa. Páginas de Espuma, 2007. 362 páginas, 19 euros
Por Santos SANZ VILLANUEVA 
31/01/2008

Un vistazo a los textos de Leopoldo María Panero (Madrid, 1948) recogidos en 1970 por Castellet en Nueve novísimos confirman hoy la originalidad del escritor novel, su voz diferente de las otras antologadas y el anuncio de un núcleo duro de inquietudes y planteamientos artísticos al que sigue fiel. Igual de distinto, es decir, volcado en obsesiones privadas ajenas a las inquietudes comunes y con una escritura anticonvencional, se ha manifestado en su escueta prosa narrativa, la cual reincide en temas, figuras y referentes morales y culturales de los poemas, donde ya alguno, por ejemplo “Imperfecto”, puede considerarse con todo derecho un cuento.

Como narrador, Panero sólo ha publicado un par de libros, El lugar del hijo(1976) y Dos relatos y una perversión (1984), más unos pocos relatos sueltos. No se le tiene apenas en consideración, por otra parte, en este terreno. Así que es buena iniciativa recoger su prosa de invención en un tomo de Cuentos completos y acompañarla, además, con un prólogo de Túa Blesa que nos encamina en el mundo inquietante y excéntrico del escritor con un comentario de minuciosidad filológica y sutileza interpretativa. 

Se detiene Blesa en sus páginas de iluminador título, “Relatos de muertos”, en las “liberalidades” o “libertades” que se toma Panero al traducir o fagocitar páginas de otros autores. El dato me parece clave para asomarse al recóndito escritor novísimo. Tiene éste en su ser íntimo un cerrado ámbito de inquietudes y utiliza la escritura para darles salida, quizás como un mecanismo pacífico de autoliberación de temores o conflictos torturantes. Y a ese fin le sirven materiales de múltiple origen: relatos ajenos, arquetipos libremente reutilizados (los Peter Pan, Garfio y País de Nunca Jamás también presentes en los versos), referentes del malditismo, la transgresión o los alucinógenos (Thomas de Quincey, en quien Panero basó su poética) y en ocasiones los fantasmas de su mente. Se trata de variantes de vivencias privadas fundidas en un mundo interior lindante con la locura y que forma parte de su biografía pública porque nunca lo ha ocultado.

En este bucle de estímulos se enredan tanto los temas como las anécdotas visionarias y revulsivas de los relatos de Panero, que, por cierto, no son con propiedad en su mayor parte cuentos sino narraciones de mediana extensión e incluso novelas cortas. La recopilación es un compendio de muertos y muerte, violencia y sadismo, antropofagia, aquelarres, fantasía que se materializa y ensancha los límites de la realidad, pesadillas, desapariciones y reencarnaciones, satanismo, horror… 

Panero crea imágenes que revuelven el estómago por la frialdad de la exposición, la dureza de los detalles, la impasibilidad del fondo y su nihilismo defensivo contra una moral repudiada. A la vez lanza expresiones provocadoras en las que alguna vez vuela como un dardo la blasfemia. Este partir del autor de su propio fondo atormentado y el utilizar fábulas como medio de razonarlo, algo previo al deseo de hacer literatura válida por sí misma, explica también las deficiencias expresivas y estilísticas que aquejan a las narraciones de Panero. Se hallan casos de puntuación arbitraria, claros errores y no transgresiones creativas. Hay términos cuyo sentido se ignora o se confunde. Y, sobre todo, abusa hasta la negligencia censurable de los adverbios acabados en “mente”, feísimas formas que acumula en cantidades enormes por pura desidia. 

Panero escribe con muy poco cuidado, no busca la perfección, no le interesan ni el brillo ni la expresividad verbale, sólo va a contar lo suyo, esos terrores y fantasmagorías abracadabrantes, según le sale. Sin embargo, como tiene alma de poeta también ocurre lo contrario: genera una prosa magnética que atrapa tanto con oraciones cortas y vivaces como con morosos discursos encabalgados. Los descuidos empobrecedores se diluyen en pasajes de gran estilo con el cual es capaz también de crear atmósferas absorbentes donde palpitan el miedo, el misterio, la extrañeza, lo repulsivo. Este Panero inspirado produce momentos de dolorosa intensidad. 

Tramas muy distintas conviven en los Cuentos completos: una prolija incursión en la mitología vikinga, una historia de enterrados en vida en la Toscana renacentista, una fábula de intriga y pesadillas en un Amazonas con hechiceros, un guión cinematográfico espectral, anécdotas que hablan de la locura, se interrogan por la frontera de lo real y lo imaginario, asocian la ciencia y el diablo… Los fulgores de la imaginación atormentada de Panero, gran aliciente de sus cuentos, unifican esa llamativa diversidad. 

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Danza de la muerte
Por Leopoldo María Panero
20/05/2004

El 20 de mayo comienza “Barcelona Poesia”, un festival que llenará de versos las calles de la capital catalana hasta el próximo día 26. 16 escenarios, 78 actividades, 62 poetas. 

Y, entre ellos, el siempre admirado y controvertido Leopoldo María Panero, que cerrará la semana con los versos de su nuevo libro, Danza de la muerte (Igitur) el más descarnado de los suyos, que se pone a la venta esta semana y del que hoy adelantamos sus mejores poemas junto con el prólogo de Bernardo Atxaga que les sirve de pórtico.

La vida es un vendaval...

La vida es un vendaval, una tempestad, una espuma
-l’écume des jours- y todos los días tras de la tempestad
se hace la calma, y el sol
brilla de nuevo por la locura,
en que escupe el hombre y tiembla mi figura
que sólo de lejos se parece a la vida
único horror, pedo o peste
Oh Belphegor, demonio pedo o crepitus,
Ah decre-pitus, viejo contra el mar
marea de la copa, ah batallas de amor, campo de plumas,
pluma
contra el hombre, escritura contra el hombre
oh señor del mal, príncipe de la locura
ten piedad de mi alma.


Ay del hombre...

Ay del hombre al que sitia el recuerdo
el recuerdo de las interminables noches
que repiten la pesadilla
la pesadilla atroz de vivir,
de vivir sin sueño, y sin arrimo
seduciendo a Dios, a Cordelia
con el aroma atroz de mi destino
porque huele mal la vida
huele y el mal es cierto
y la poesía
es la única verdad de la pesadilla.


Sioux

Como una bala en el espejo
ah Pat Garret del hombre
cazador de cabelleras
rostros pálidos
que persiguen al sol en la llanura
en la llanura sin labios, sólo 
espuma
de una copa contra el hombre
contra el hombre y contra Dios
a apenas figura humana
vivo 
como un disparo contra el 
hombre.


Caballero de la negra armadura...

Caballero de la negra armadura, ah Tennyson
contra la muerte
marchando sobre el poema como si marchara
sobre el filo de una espada
cabalgando el insomnio
dans la Morgue
avec les yeux grands ouverts
porque el hombre que vive
es un moribundo
que se arrastra sobre la página
para caer sobre ella
y que los pájaros se alimenten de mi vida.


Ah Strindberg...

Ah Strindberg del silencio
mosca que vuelas sobre el papel
papel que se inclina ante 
el hombre
hombre contra la pared
destino oscuro de vivir 
sin sentido
y pegado a la página como a un 
árbol,
en que mueren los hombres
y el pájaro llora (Verlaine dixit)
oh pájaro, oh vida dime ahora
qué hacer con el recuerdo.


Peeping Tom

“daddy, give me your hand
I am afraid”

Oh botella de Ballantines, en pie sobre la nada
amanecer en que sitia y persigue el recuerdo
el recuerdo feroz de la mesnada
llamada por los hombres
el eterno corazón de la nada, del corazón
silencioso que aún escupe
a los hombres y al fin, peor que un recuerdo
porque ya no queda
ni el recuerdo, sino hambre tal vez
de felicidad y de vida, cuerpo
de la palabra “tal vez”
que escupirá a los hombres la palabra “tal vez”
corazón secreto de la nada:
y ya todo es posible, menos morir tal vez
como un disparo en la sien,
en la sien oscura de mi frente
que sobre el papel bloquea, como sobre la playa
los peces Shakesperianos, que aún tienen
terror al ser, y a la manada
que escupirá mañana otra vez
en mi desnudo, en mi frente que tiembla ante la nada, 
oh existir aun como un esputo
escupitajo último que es sólo este poema,
esta
nada que ante el ser se arrodilla
y reza para que sólo exista la nada.


Prólogo a Danza de la muerte
Poeta maravilloso
Por Bernardo ATXAGA 

Tomo en la mano los originales del maravilloso poeta Leopoldo María Panero, y contemplo la mancha que deja el texto sobre el papel. Ahí están las líneas escritas con una máquina de escribir antigua, más grises que negras; ahí están, también, las tachaduras hechas con una serie de “x” y las indicaciones escritas a mano. Me viene a la memoria una roca que se exhibe en un museo de Milán, Il masso di Bormo, sobre cuya superficie unos seres humanos de hace siete mil años hicieron rayas y estrías, inscripciones que nosotros, ahora, llamamos geométricas. En mi mente, los textos de L. M. Panero y las inscripciones de la piedra forman una sola imagen, como si fueran el haz y el envés de una misma lámina.

Me asalta la asociación por la semejanza entre la superficie del papel y la de la roca, pero, sobre todo, por la identidad de los mensajes. “Estuvimos aquí, hicimos esto”, nos dicen aquellos que cogieron un objeto punzante y marcaron la piedra. Y lo mismo nos dice L. M. Panero: “Estoy aquí, condenado a la vida eterna, a vejez sin llanto”. Lo único que cambia es que, ahora, las inscripciones son eso que llamamos poemas, y que ya no es posible trazarlas con la inocencia que, para bien y para mal, reinó en el corazón de los hombres que vivieron hace 7.000 años. El mismo acto de marcar, de escribir, es ahora un acto crítico, a vida o muerte. “Caballero de la negra armadura, ah Tennyson contra la muerte, marchando sobre el poema como si marchara sobre el filo de una espada...”, escribe L. M. Panero, y escribe bien.

Escribe bien, L. M. Panero, y quiere que sus poemas sean lo que deben ser, mensaje memorable que, como las inscripciones, duren todo el tiempo del mundo. Pero no hay seguridad, y L. M. Panero sufre mucho al pensar que quizás no lo vayan a ser; que sean lo contrario, banales, contingentes; en ningún modo tan necesarios como los cielos estrellados de Van Gogh o la mariposa que acompañaba a Anne Sexton en sus noches de hospital. “Casi no existo y sólo tú evitas que caiga en la nada”, parece decir L. M. Panero en el poema. Luego pregunta: “¿Mereces la pena? ¿Durarás? ¿Se acordará alguien de ti?”. No hay seguridad. Vivimos en un mundo en el que los cielos estrellados no asombran, y las mariposas tampoco, y los poemas aún menos.

Si yo pudiera intervenir en esta lucha sin cuartel, a vida o muerte, en la que él participa, tendría la tentación de decirle lo que ya le habrán dicho muchos lectores, que esté tranquilo con respecto al futuro de su trabajo, y que, reservando fuerzas, persiga también el gozo, la alegría, la vida. Pero, estoy seguro, él no admitiría ese tono. Nada de buenas palabras, nada de boberías. él me diría, leyéndome el final de uno de los poemas de este libro: “y te ofrezco a ti, lector, mi cabeza como un pedo, como el pedo atroz de vivir, hecho sólo memoria del vivir”. Porque L. M. Panero es así, y posee la cualidad que, según todos los indicios, más necesitaban aquellos hombres de hace siete mil años: la fiereza. Sus poemas -agónicos, dolientes- nunca son débiles, nunca piden sopas. No sólo está en la lucha, L. M. Panero, sino que además va por delante, lleva la bandera.

Pienso ahora, una vez más, en la roca marcada, y me digo que si L. M. Panero hubiese estado allí, en Bormo, habría grabado figuras que, como los poemas de este libro, expresarían desesperación, una visión tanática de la existencia, una dura tristeza; como si, además de estar condenado a vivir, estuviese también, nuevo Sísifo, condenado a llevar la roca. Pero que, a pesar de ello, sus marcas -sus rayas, sus estrías- indicarían una gran viveza, un dinamismo y una agilidad poco comunes; una extraordinaria salud. Me imagino a mí mismo allí, en el Borno, ante la roca de L. M. Panero: siento enseguida un zumbido casi eléctrico, el sonido de un enjambre. Y, pensándolo bien: ¿no eran las abejas las que, al decir de los antiguos, servían de mensajeras, las que informaban de todos los sucesos importantes? Piedra oscura llena de palabras, llena de electricidad, de vida. Poesía de Leopoldo María Panero.
Y va la última, va la posdata: quizás sea esa dualidad, ese choque entre lo visible y lo oculto, entre la figura y los trazos que la componen, lo que le distinga de otros que también escriben bien y conocen el oficio; lo que hace que Leopoldo María Panero sea, vuelvo a decirlo, un poeta maravilloso.

***
Teoría del miedo
Leopoldo María Panero
Igitur. Montblanc (Tarragona), 2000. 95 páginas, 1.500 pesetas
Por José Luis GARCÍA MARTÍN 
07/06/2000

“La destrucción fue mi Beatriz”, escribió Mallarmé y ése podría ser el lema de este último libro de Leopoldo María Panero y de toda su poesía. También de su vida, como nos recuerdan los editores en la breve nota preliminar, donde se incluye la siguiente síntesis autobiográfica: “A los dieciséis años, más o menos, entré en el entonces ilegal partido comunista, y participé en la lucha política.

Fue entonces cuando me dediqué a escribir poesía, bajo la batuta de Pedro Gimferrer, a quien conocí en Madrid en el club de jazz Borbón. Fue más tarde cuando entré en la cárcel por tráfico de drogas y allí descubrí mi homosexualidad, que antes había estado latente. Viene luego una larga historia de manicomios que me despoja de amigos y me hace odiar a mi madre”. El gusto por la destrucción viene de lejos. A propósito de Así se fundó Carnaby Street, el primer título de Panero, escribió Gimferrer en 1971: “El tema del libro no es la destrucción de la adolescencia: es su triunfo y con él la destrucción y la disgregación de la conciencia adulta”.

La cita de Mallarmé -un poeta muy presente en Teoría del miedo- aparece en uno de los poemas del libro, un intenso y despojado poema de amor: “Amémonos sin decirlo/ porque el amor no se dice/ estando ahí, no se dice/ porque la palabra no es amor,/ sino un asesino/ a las puertas del palacio y el brillo/ de tu espalda:/ Oh destrucción mi Beatriz segura/ el olvido como esporas/ siembra los versos”.

Leopoldo María Panero -vuelvo a citar la anónima nota preliminar- “no ha cejado en su empeño de hacer de su vida un opus paralelo a su obra, sin duda la más radical de su generación”. En la radicalidad del empeño insiste también el profesor Túa Blesa, autor del epílogo, para quien con este libro “Panero continúa una empresa que no muchos se han atrevido a acometer”, ya que “pone su vida en juego en cada una de sus líneas, sabiendo también que en ese juego se pierde siempre”.Otra es la impresión del lector que procura no confundir vida y literatura. Buena parte de los poemas de este libro (o de las otras entregas que Panero publica con tanta profusión como le permiten sus editores) no son más que escritura automática, variaciones sobre unas pocas palabras de seguro efecto entre sus escoliastas. En Teoría del miedo recurre a la reiteración del término “poema”, lo que dará sin duda mucho juego entre los estudiosos de la metapoesía: “y Dios es un ser tan miserable como el poema”, “y el poema es como si yo orinara al fondo de la habitación”, “y el águila contradice el poema”, “como si fuera el poema / cojo el cráneo de Yorick”, etc.Tampoco escasean en Teoría del miedo (un libro que tienen algo de cajón de sastre al incluir inéditos de otros libros suyos) las referencias culturalistas. “Palimpsesto” comienza con la cita de un verso de Raimbaut d’Aurenga y continúa parafraseando un texto de Blake, el famoso poema dedicado a la atroz simetría del tigre que arde en la noche.

Leopoldo María Panero, por voluntad y por destino, que diría Villamediana, ha convertido la autodestrucción en un espectáculo, su vida y su obra en un ejemplo de lo que tanto el hombre de la calle como estudiosos entienden por poeta: un trágico bufón, un ser al margen que admira y espanta y segrega chocantes sinsentidos como el peral da peras.

A Panero, “el último poeta”, “el verdadero poeta”, en opinión de Túa Blesa, “no le resta, en su aventura de decir, sino la errancia en busca del nombre, que jamás será tal, sino tan sólo una senhal, un producto de la catacresis; nunca un signo, sino un mero significante; una palabra o, dicho más propiamente, apariencia de palabra, a la espera de ser leída, a la espera de completarse, esto es, a la espera sin más, en un modo de espera en vano, espera sin esperanza alguna”.

Pero el escepticismo, acentuado por la vana palabrería de sus panegiristas, con que leemos la poesía de Panero se quiebra más de una vez: sí, aquí se trapichea con las llagas, se trafica con el absurdo, se comercializa la marginación, y sin embargo, cuando más descuidados estamos, nos sorprenden, como una puñetazo en la cara, unas pocas palabras verdaderas: “No sé si tortuga o tumba/ muerto o vivo, muerto o vivo/ no sé si ángel o desastre / muerto o vivo, muerto o vivo/ no sé si espíritu u oruga/ muerto o vivo, muerto o vivo...”

Un poeta destruido Leopoldo María Panero, un poeta en ruinas, pero un verdadero poeta, no sólo un impactante espectáculo o un pretexto para las elucubraciones de los profesores de teoría de la literatura. 


Ya no es alma sino el castillo

ya no es mi alma sino el castillo...
Ya no es mi alma sino el castillo de la boca
el castigo del silencio que a la vida convoca
rezando suavemente en el penal de la boca
la boca sin dientes rezándole a la boca
y la vida es tan sólo un espasmo en el desierto
un emperador caído en la flor y el temblor de la boca
en la flor del delirio
en la flor que solloza en el penal de la boca

***
Guarida de un animal que no existe
Leopoldo María Panero
Visor. Madrid, 1998. 58 páginas, 800 pesetas
Por José Luis GARCÍA MARTÍN 
10/01/1999

Panero se ha convertido para la mayoría en el poeta por excelencia: una mezcla de loco y de bufón, alguien que suscita a la vez admiración y desprecio, asombro y piedad,... una especie de hombre elefante.

Es fácil ser injusto, por exceso o por defecto, con la poesía de Leopoldo María Panero, una poesía rara vez valorada por sí misma. El personaje en que se ha convertido su autor ha acabado devorando la obra, ya menos obra literaria que síntoma y símbolo. El modelo de poeta que se inicia con el romanticismo -tan contrario al que predomina hasta el siglo XVIII- llega a su culminación, algunos dirían que a su caricatura, con Leopoldo María Panero, que vive y escribe al margen de lo que la sociedad considera razonable. Hülderlin dejó de ser poeta -o dejó de interesarnos como poeta- cuando perdió la razón; el camino hacia la notoriedad pública de Leopoldo María Panero pasa, casi forzosamente, por la reclusión carcelaria y psiquiátrica. Así resume él su vida en una reciente antología: “ A los 16 años más o menos entré en el entonces ilegal Partido Comunista, y participé en la lucha política. Fue luego cuando me dediqué a escribir poesía, bajo la inspiración de mi maestro Pere Gimferrer, a quien conocí en Madrid en el club de jazz Bourbons. Fue más tarde cuando estuve en la cárcel por tráfico de drogas, y allí aprendí una homosexualidad que antes había estado latente. Viene más tarde una larga historia de manicomios que me despoja de amigos y me hace odiar a mi madre”. No se trata de anécdotas biográficas de las que podamos prescindir al enfrentarnos a los textos: “Poemas del manicomio de Mondragón” se titula precisamente uno de sus libros. Por voluntad y por destino, que diría Villamediana, Panero se ha convertido, para la mayoría de los críticos académicos, para buena parte de los lectores, en el poeta por excelencia: una mezcla de loco y de bufón, alguien que suscita a la vez admiración y desprecio, asombro y piedad, alguien a quien podemos elogiar sin tasa porque nunca va a ser nuestro rival en la competitiva sociedad contemporánea, una especie de hombre elefante.

No, esa estrella del circo mediático en que el azar y algunos avispados empresarios han convertido a Leopoldo María Panero, no es el autor de “la obra poética más extremista y concluyente de la poesía española última”, según se nos indica en la contraportada, signifique eso lo que signifique: es un poeta lleno de verdad y también de truco, un poeta que sabe los disparates que quieren sus admiradores, y que no se olvida de proporcionárselos, pero que entre las ruinas de su inteligencia nos ofrece, de vez en cuando, destellos que alumbran el pozo sin fondo sobre el que se asienta el vivir humano. “Parafraseando a Mallarmé -escribe en una reciente poética-, tendré que decir que la desesperación fue mi Beatriz”.

Tres son los rasgos que caracterizan a “Guarida de un animal que no existe” y a toda la poesía última de su autor: el culturalismo, tan característico del momento, finales de los años 60, en que se inicia en la literatura; el irracionalismo, que hace que los poemas tengan siempre mucho de escritura automática, y una cierta insistencia en lo escatológico y lo blasfematorio, herencia quizá del gusto por el escándalo propio de las vanguardias y especialmente de los surrealistas.

“Me celebro y me odio a mí mismo”, comienza uno de los poemas, parafraseando a Whitman. Más odio que celebración hay en estos versos, muy a menudo -es un rasgo generacional- metapoéticos: “De lo negro sale el poema/ de los pozos del alma inconfesables”. Pero tras el psicoanálisis esos pozos del alma se han convertido en un lugar bastante frecuentado y las confesiones inconfesables son hoy uno de los programas de mayor audiencia de cualquier cadena de televisión. No, no es por su carácter presuntamente escandaloso -ya demasiado reiterado, casi convertido en fórmula, para escandalizar a nadie- por lo que interesan estos poemas.

Comienza el libro con una oración (las blasfemias en las que tanto abunda esta poesía pueden entenderse también como una forma de oración), escueta y conmovedora como pocas: “Cuando en el crepúsculo las ancianas sollozan,/acudes tú, Belial/a borrar con una esponja de vino los pecados/Y a convertir en vino el pan dorado/el pan que dora el sufrimiento de los locos/el amargo pan de la muerte/y escucho tus pasos venir, venir a ayudarme/y respondes, tú solo respondes/a ese grito en la habitación a oscuras”.

En el monumento destruido que es la poesía de Panero a veces asoman restos del decir modernista que tentó a su generación en los inicios: “Oh Diana cazadora/que azuzas a tus perros contra el hombre”. A la imaginería de Dalí recuerdan otros poemas: “Los pájaros vuelan sobre tus ojos/y la calavera de un caballo dibuja la silueta de la mentira/de la mentira de Dios en una habitación a oscuras/en donde vuelan los pájaros”.

La nota biográfica que citábamos más arriba termina con esta conmovedora afirmación: “En cualquier caso, si yo he sido un monstruo, que el infierno me perdone”. “El último poeta”, titula el profesor Túa Blesa su libro sobre Leopoldo María Panero. Ni el último ni el primero. Pero sí un poeta verdadero y grande, a pesar de sus torpezas, a pesar de sus interesados panegiristas. 


Articulo: http://www.elcultural.es 07/03/2014

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