samedi 22 mars 2014

Hugo BECCACECE/ El reino de los fantasmas y el deslumbramiento

El reino de los fantasmas y el deslumbramiento
Por Hugo BECCACECE

Mito y realidad se cruzan en las páginas del libro que Eco dedica a las tierras novelescas o legendarias de todos los tiempos.

Nadie planea su niñez; simplemente la vive. Pero muchos ancianos, no todos, pueden dar un orden a sus altos años y despedirse de la vida recorriendo, memoria mediante, la comarca de la infancia, poblada de descubrimientos, maravillas, terror y hermosura. Es lo que ha hecho Umberto Eco desde comienzos de la década de 2000. En sus libros Historia de la belleza, Historia de la fealdad y El vértigo de las listas, enlazó la erudición y las imágenes más bellas y sorprendentes del arte de todos los tiempos. Cada reflexión, cada teoría estética, cada relato real o de ficción iba acompañado por una serie de ilustraciones, que terminaban por producir en los adultos un efecto de encantamiento semejante a los cuentos acompañados de dibujos destinados a los chicos. A ese trío de obras, Eco acaba de agregar Historia de las tierras y los lugares legendarios (Lumen). Desde la primera página entramos en el reino de la fantasía y el deslumbramiento, donde se cruzan el mito, la realidad y las especulaciones a menudo descabelladas. Eco se ocupa en este nuevo libro de "las tierras y los lugares que, ahora o en el pasado, han creado quimeras, utopías e ilusiones, porque mucha gente ha creído realmente que existen o han existido en alguna parte". A veces, esas regiones desaparecidas pueden haber existido, como la Atlántida. También están aquellas de las que sólo habla la Biblia; o las que surgen de un documento falso, al que alguna autoridad dio crédito. Y también están los sitios y las construcciones reales sobre las que se inventaron delirios y complots. Imposible enumerar todos los ejemplos que da el escritor italiano. Baste mencionar los más destacados.

En la Antigüedad y en la Edad Media, cuenta Eco, hubo quienes creyeron que la Tierra era plana, como algunos filósofos presocráticos (Tales y Anaxímenes), pero fueron numerosos los que sostuvieron su esfericidad (Parménides, Ptolomeo, Platón, Aristóteles, Alberto Magno, Tomás de Aquino). Esta última hipótesis planteaba una dificultad teñida de humor: en las antípodas debían de vivir seres humanos, ¿pero caminarían cabeza abajo? En La Divina Comedia, Dante entra en el embudo del Infierno, sale por el lado opuesto y llega a ver estrellas desconocidas al pie de la montaña del Purgatorio; por lo tanto, pensaba que la Tierra era redonda. Por cierto, creía en las Antípodas, porque llegado a ellas, no se había precipitado en el vacío; por el contrario, se había elevado al Paraíso.

Los mapas medievales sobre los que tanto se ha discutido respondían en gran medida a la demanda de lo fabuloso más que a una ambición cartográfica. Eco menciona, por caso, el mapa de Las crónicas de Nuremberg, de 1493, donde se ve una representación aceptable del mundo conocido, pero la imagen incluye los dibujos de monstruos que, se suponía, habitaban esos lugares. Razón y fantasía unidos.

En los textos bíblicos hay una geografía reconocible, existente, pero también hay tierras de leyenda. La historia de las tribus dispersas de Israel abunda en esas comarcas imaginarias. Por ejemplo, de acuerdo con una tradición, las tribus no habrían podido regresar a Israel porque el Señor cercó el camino con un río legendario, el peligroso Sambatión: sus aguas podían entrar en ebullición, grandes rocas surgían del fondo y caían sobre los que intentaban vadearlo.

Para Richard Brothers, un falso profeta del siglo XVIII, internado durante muchos años en un hospital psiquiátrico (decía ser sobrino de Dios), las tribus dispersas habían llegado a las islas británicas, por lo tanto, todos los británicos eran judíos. Algunos de los epígonos de Brothers llegaron a afirmar que la dinastía real descendía de la estirpe de David.

Una de las leyendas de mayores consecuencias fue la del reino del Preste Juan. A mediados del siglo XII, circuló la que se llamó Carta del Preste Juan, dirigida a Manuel Commeno, emperador de Bizancio. Esa carta también fue leída por Alejandro II y por Federico Barbarroja. La misiva contaba que en el lejano Oriente, más allá de las tierras por las que habían combatido los cruzados, más allá de las comarcas dominadas por los musulmanes, había un reino cristiano, regido por el Preste Juan; sobre esa base fantástica, se llegó a pensar en la reunificación de la Iglesia de Occidente y la de Oriente. El reino desconocido incitaba a la expansión de los cristianos del Oeste para que se reunieran con los fieles aislados más allá de las fronteras trazadas por quienes no creían en Jesús. La ubicación incierta de aquel imperio a cuya cabeza estaba un hombre de fe cambió a lo largo del tiempo. A mediados del siglo XIV, el Preste Juan y sus dominios estaban en África; lo que naturalmente llevó a la exploración de ese continente: se suponía que las posesiones de Juan eran muy ricas, tan ricas como serían las de El Dorado, en el Nuevo Mundo del siglo XV.

En la célebre carta, se describía una geografía rica en piedras preciosas y toda clase de maravillas. El reino del Preste Juan no conocía la envidia ni el odio. Dios hacía llover dos veces por semana durante todo el año. No era necesario arar ni sembrar para cosechar frutos estupendos. Cada doce meses, los súbditos entregaban a su monarca cincuenta elefantes y cincuenta hipopótamos cargados de oro. Los hombres que vivían en esas condiciones alcanzaban los quinientos años de edad. Cada cien años rejuvenecían cuando tomaban tres veces de una fuente que los devolvía a los años mozos.

El Preste Juan también aparece en los relatos de Marco Polo, a pesar de que éste nunca dijo haber entrado en aquel reino. El gran viajero italiano se debatía entre la realidad de lo que veía, y acerca de lo cual dejó registro, y las tradiciones legendarias que le llegaban sobre regiones, historias y seres fantásticos. Marco Polo buscó unicornios, al igual que muchos hombres de su época, y encontró rinocerontes, como comenta Eco. A los rinocerontes, los interpretó como unicornios, a pesar de las representaciones disímiles de los dos animales; pero ambos, el unicornio grácil e imaginado y el pesado rinoceronte, tenían un solo cuerno: detalle esencial.

¿Dónde estuvo el Paraíso? El jardín primero, patria de la humanidad, se encontraba, de acuerdo con la tradición bíblica, en el Extremo Oriente tal como se lo conocía en la Edad Media. Giovanni de' Marignolli lo sitúa a cuarenta millas de la isla de Ceilán. Pero también había relatos que lo ubicaban en el norte de Occidente. En su viaje de descubrimiento, Cristóbal Colon no sólo iba en pos de intereses económicos y políticos, también creía que podría dar con el Paraíso terrenal. La idea de que el jardín bíblico estaba en el Nuevo Mundo la retomó León Pinelo en 1556. Éste sostenía que los cuatros ríos que brotan del Paraíso terrenal no eran los mencionados por la Biblia, sino el Río de la Plata, el Amazonas, el Orinoco y el Magdalena.

La Atlántida, el continente perdido, es quizá la tierra que suscitó más fantasías, investigaciones y viajes. Platón en el Timeo se refiere a una isla más grande que Libia y Asia juntas: se trataba de un imperio poderoso que quiso dominar el mundo, en particular a Grecia; pero Solón, el ateniense, venció a los ambiciosos ejércitos enemigos. Tras la derrota, la isla-continente se hundió en el mar en medio de un terremoto. La leyenda de esa tierra fabulosa se prolongó con mayor o menor fuerza hasta el Renacimiento y, una vez descubierta América, se pensó que el Nuevo Mundo no era sino la mítica Atlántida. Francisco López de Gómara en Historia general de las Indias conjeturó que los aztecas eran descendientes de los antiguos habitantes de la isla fantasma.

Hubo quienes creyeron que la Atlántida era Palestina y fueron numerosos los historiadores que pretendieron, con un criterio nacionalista, haber encontrado aquella tierra misteriosa en la propia patria. Angelo Mazzoldi, en el siglo XIX, situaba la Atlántida en Italia; William Blake, en Inglaterra. El estadounidense Ignatius Donnelly afirmó, en Atlantis: el mundo antediluviano, que la isla mencionada por Platón estaba en el océano Índico, frente a la desembocadura del Mediterráneo. Esa tierra, sostenía, fue el origen de todas las civilizaciones. Sus teorías tuvieron eco en otros autores, cada uno de los cuales propuso una ubicación distinta para la comarca inasible. Se llegó a creer que los bereberes de los montes del Atlas, de piel blanca, ojos azules y cabellos rubios eran los sobrevivientes de la Atlántida.

Las historias acerca de las comarcas legendarias cobraron un interés político funesto desde mediados del siglo XIX hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial. Para combatir la decadencia de Occidente, un tema de época, se empezó a hablar del Hombre Nuevo, el superhombre que debería regenerar la humanidad desfalleciente con una vuelta a los orígenes, a los poderosos ancestros que habitaban regiones animadas por una secreta energía y sabiduría. La geografía imaginaria, pero asentada en la realidad, fue la fuente en la que abrevó el mito de la superioridad del hombre ario, una leyenda que culminó en el nazismo. Una de esas tierras fantásticas del pasado fue Thule, mencionada en la Antigüedad por Eratóstenes, Plinio y Virgilio. El mito de Thule se fusionó con el de los hiperbóreos, un pueblo que había vivido muy al norte de Grecia. Hiperbórea, al principio, no era la cuna de la raza superior, pero sí la tierra de la lengua y la raza primitivas. De la idea de raza primitiva, se derivó la de la raza superior, la que estuvo más cerca del origen divino. La mezcla de la sangre suprema con la de los pueblos inferiores no había causado sino degeneración. Los arios puros eran los únicos hombres que habrían mantenido incorrupto el vínculo con la divinidad.

¿De dónde habían surgido los arios? Algunos los consideraban originarios del norte de Alemania y Escandinavia; otros decían que provenían de Ucrania. También se los ubicaba en la India. Las investigaciones según las cuales la lengua primitiva había sido el sánscrito abonaban esa última teoría. El ocultismo influyó en la difusión del mito ario. La inefable madame Blavatsky, especie de Eolo que lanzaba a los cuatro vientos las conjeturas más disparatadas y contradictorias, sostenía que una raza perfecta había emigrado del norte del Himalaya a Egipto; además afirmaba que Hiperbórea había sido un continente polar que iba desde la actual Groenlandia hasta Kamchatka, donde habitaban gigantes andróginos. En poco tiempo, llegó a considerarse a las runas nórdicas no como un sistema de escritura, sino como símbolos mágicos de los que se obtenían poderes ocultos y la circulación de una energía sutil que podía determinar el futuro de la humanidad. Durante la Segunda Guerra Mundial, Hitler le habría ordenado al general Wolf que secuestrara a Pío XII y que se apoderara de ciertas runas de la Biblioteca Vaticana que contenían secretos esotéricos decisivos para orientar la historia.

La búsqueda del Santo Grial dio origen a numerosos itinerarios por Asia y Europa en los que se mezclaban lo sagrado y las aventuras. Una de las últimas veres acerca de los enigmas que rodean la reliquia es relativamente reciente y se convirtió en una estupenda fuente de ingresos para autores, editoriales, cineastas y agencias de turismo.

A fines del siglo XIX y principios del XX, François Berenguer Saunière, párroco de Rennes-le-Château (cerca de Carcasona) restauró la iglesia local, construyó la Villa Bethania en la que vivió, y la torre Magdala, que evocaba la torre de David en Jerusalén. Esas construcciones requirieron mucho dinero, que Saunière no tenía, por lo que se conjeturó que durante los trabajos había encontrado un tesoro. En verdad, el sacerdote había conseguido esas sumas publicando avisos en los diarios en los que ofrecía celebrar misas por los difuntos, a cambio de dinero. Recibió miles de encargos, pero no celebró ninguna misa; se consagró a sus edificios, por lo que se le hizo un juicio: no había cumplido con el más allá. Saunière terminó sus días en la pobreza y legó lo que había levantado a su ama de llaves, Marie Dénarnaud. Mucho tiempo después, apareció en la región un personaje peculiar, Pierre Plantard, un hombre de derecha, antisemita, que colaboró con el régimen de Vichy.

En 1956, Plantard presentó su Priorato de Sión y registró oficialmente la asociación en la subprefectura de Saint-Julien-en-Genevois. Plantard decía que su cofradía era milenaria. Basaba sus afirmaciones en documentos que, presuntamente, Saunière habría encontrado durante la restauración de la iglesia. Además, Plantard se ufanaba de ser un descendiente de los reyes merovingios, de Dagoberto II; más aún, llegó a sostener que, en realidad, sus antepasados habían sido Jesucristo y su mujer, María Magdalena. Las afirmaciones de Plantard encontraron un respaldo inesperado. Un periodista vinculado con los surrealistas, Gérard de Sède, publicó el libro L'Or de Rennes que apoyaba la autenticidad del Priorato de Sión con otros documentos. Más tarde, se comprobó que esos documentos habían sido dibujados por un humorista de la radio francesa, Philippe de Cherisey, con lo cual, se comprobó la falsedad de la historia. Sin embargo, De Sède continuó con sus fantasías y se valió de interpretaciones de cuadros de Guercino y de Poussin para afirmar que la tumba de Jesucristo se hallaba en Rennes-le-Château. Por último, Plantard admitió en un juicio a Roger-Patrice Pelat, amigo de François Mitterrand y supuesto gran maestro del Priorato de Sión, que había inventado toda la historia sobre ese priorato.

El mayor beneficiario de semejantes dislates fue el novelista Dan Brown, que se inspiró en De Sède para escribir El código Da Vinci: había nacido una industria.
Según detalla Umberto Eco, el libro de Brown está plagado de errores, además de incluir numerosas conjeturas cuya carácter apócrifo está probado; sin embargo, contra toda evidencia, los lectores de El código Da Vinci han dado origen a una tendencia turística. Hay numerosos tours consagrados a recorrer el itinerario trazado por Dan Brown.

Eco termina el capítulo sobre Rennes-le-Château con una cita admirable de Chesterton, que explica por qué las leyendas milenarias ejercen sobre todo hoy un poder de sugestión imbatible: "Cuando los hombres ya no creen en Dios, no es que no crean en nada; creen en todo". Nada más preciso.

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Historia de las tierras y los lugares legendarios
Los mundos posibles de nuestra imaginación
Por Umberto Eco

En su nuevo libro, que llegará a la Argentina en la segunda semana de abril y que se anticipa en estas páginas, Umberto Eco enlaza erudición e imágenes bellas para referirse a los territorios que han creado quimeras, utopías e ilusiones. Un feliz tributo a la comarca de la fantasía.

Son infinitos los lugares que en realidad nunca han existido y en los que se desarrollan numerosas acciones novelescas. Muchos de estos lugares forman parte ya de nuestro imaginario, de modo que fantaseamos sobre el País de los Juguetes de Pinocho, la isla donde Simbad encuentra al pájaro Roc o la Isla Sonante de Rabelais, por no hablar de la cabaña de los siete enanitos, el castillo de la Bella Durmiente, la casa de la abuela de Caperucita Roja o la montaña del Imán que aparece en muchos relatos orientales y occidentales.

Algunos se convirtieron en materia novelesca pese a haber existido en la realidad, como la isla de Robinson, donde naufragó un personaje real, Alexander Selkirk, en el que se inspiró Defoe, y que se encuentra en el archipiélago de las islas Juan Fernández, en el océano Pacífico, frente a las costas de Chile. También fue un personaje real del siglo XV, novelado luego por Bram Stoker, el vaivoda Vlad Tepes (conocido por el patronímico Drácula), que desde luego no fue un vampiro, pero que se hizo famoso por su afición a empalar a los enemigos. Y todavía hoy los devotos de Arsène Lupin, el ladrón creado por Maurice Leblanc, acuden a visitar la aguja de Étretat en Normandía, imaginando que está hueca y que en su interior, que contiene todos los tesoros de los reyes de Francia, el ladrón caballero, con una energía frenética, planificaba el dominio del mundo. [?] Y, por último, existen las alcantarillas de París (que hoy en día incluso se pueden visitar, al menos en parte) y las alcantarillas de Viena; las primeras se convirtieron en un mito gracias a las atormentadas andanzas de Jean Valjean en Los miserables, y a las peripecias de Fantomas, y las segundas alcanzaron notoriedad por la huida final de Harry Lime en El tercer hombre.

Algunos de estos lugares, pese a no haber existido, a menudo han sido reconstruidos por razones de interés comercial. Por ejemplo, la celda del conde de Montecristo (supuesta) en el castillo de If (real), visitada por los devotos de Dumas; la casa de Sherlock Holmes en Baker Street en Londres, o la casa de Nero Wolfe en Nueva York. Esta última, de difícil localización, porque Rex Stout siempre habló de una casa de piedra arenisca rojiza (brownstone) situada en un número determinado de la calle Treinta y cinco Oeste, pero a lo largo de sus novelas mencionó al menos diez números distintos, y además, en la calle Treinta y Cinco Oeste no hay casas de piedra arenisca. Sin embargo, los fieles seguidores del gran (y gordo) detective, en su búsqueda de un punto de referencia para sus peregrinaciones, decidieron elegir como casa "auténtica" la del número 454; así que el 22 de junio de 1996, la ciudad de Nueva York y el Wolfe Pack colocaron en ese número una placa de bronce, y desde entonces los fieles seguidores, si así lo desean, pueden acudir allí en peregrinación. De modo que la Vandenberg, Inc., The Townhouse Experts anuncia todavía hoy en Internet: "¿Quiere vivir en una Brownstone como la de Nero Wolfe? La Vandenberg Real State tiene muchas casas en venta en el Upper West Side". [?]
No sabemos dónde están la isla de King Kong o la Tierra Media de Tolkien, la cueva de la calavera de los cómics de El Fantasma (el Hombre Enmascarado) en la improbable selva de Bengali, el planeta Mongo ni el mundo submarino donde Flash Gordon es capturado por la reina Undina, la ciudad donde vivían y viven todavía Mickey Mouse y el Pato Donald, Narnia, Brigadoon, el Hogwarts de Harry Potter, la fortaleza Bastiani de El desierto de los tártaros de Buzzati, el Parque Jurásico ni la Escondida de Corto Maltés.

Si bien se presume que la Gotham City (Ciudad Gótica) de Batman es una Nueva York tenebrosamente transfigurada, siguen siendo ilocalizables Smallville, Metrópolis y Kandor, que en las historias de Superman, el malvado Brainiac ha capturado y miniaturizado en un recipiente de cristal.

Y por supuesto no existen las espléndidas ciudades invisibles de Calvino y, ¡ay!, aunque se ha intentado hacer una reconstrucción comercial tremendamente decepcionante, nunca más veremos el Café Americain de Rick, en Casablanca.
Por otra parte, nadie ha imaginado jamás que existieran realmente los lugares representados en la Carte du Tendre, mapa de un país imaginario del que habló en el siglo XVII Madeleine de Scudéry en Clélie.

Así como sólo podemos soñar el lugar más vasto e innombrable de todos, aquel que Borges cuenta haber visto a través de una rendija situada en los peldaños de una escalera. El Aleph, el punto desde el que contempló e intentó describir el universo infinito.

Entre los lugares novelescos podemos enumerar también los que aún no existen, esto es, todos los lugares de la ciencia ficción, partiendo de los clásicos, como el París del año 2000 imaginado por Robida en el siglo XIX. Pero tal vez esas fantasías deben de ser clasificadas entre las utopías, positivas o negativas, que pretendieran o pretendan ser.

En cualquier caso, todos esos lugares [...] no son los lugares de la ilusión legendaria sino de la verdad novelesca. ¿Cuál es la diferencia? La diferencia estriba en que (incluso en el caso de Robinson) estamos convencidos de que no existen y de que nunca han existido, como el País de Nunca Jamás de Peter Pan o la Isla del Tesoro de Stevenson.

Y nadie intenta ir a descubrirlos, como sí han hecho muchos con la isla de San Brandán, en cuya existencia se creyó realmente durante siglos.

Estos lugares no suscitan nuestra credulidad porque, gracias al acuerdo ficticio que nos une a las palabras del autor, aun sabiendo que no existen, aparentamos que han existido y participamos como cómplices en el juego que se nos propone.

Sabemos muy bien que existe un mundo real en el que se produjo la Segunda Guerra Mundial y los hombres fueron a la Luna, y que existen además los mundos posibles de nuestra imaginación, en los que han existido y existen Blancanieves y Harry Potter, el comisario Maigret y madame Bovary. Una vez que, fieles al acuerdo ficticio, hemos decidido tomar en serio un mundo narrativo posible, debemos admitir que Blancanieves fue despertada de su letargo por un príncipe azul, que Maigret vive en París en el boulevard Richard-Lenoir, que Harry Potter estudió magia en Hogwarts y que madame Bovary se envenenó. Y el que afirmase que Blancanieves no se despertó nunca de su sueño, que Maigret vive en el boulevard de la Poissonnière, que Harry Potter estudió en Cambridge y que madame Bovary fue salvada in extremis por su marido con un antídoto suscitaría nuestro desacuerdo (y tal vez lo aplazaran en un examen de literatura comparada).

Naturalmente, la ficción narrativa exige que se emitan signos de ficcionalidad que van de la palabra "novela" en la cubierta a principios como "Érase una vez?". Aunque a menudo se empieza con un falso signo de verosimilitud. Veamos un ejemplo: "Hace aproximadamente tres años, el señor Lemuel Gulliver, que se estaba hartando de la muchedumbre de curiosos que lo visitaba en su casa de Redriff, compró un pequeño terreno cerca de Newark? Antes de abandonar Redriff, me entregó en forma manuscrita la obra que aquí publicamos? La he examinado con detención tres veces. El conjunto rezuma grandes dosis de veracidad. Realmente es ésta una cualidad tan notable en este autor que, para afirmar algo, se convirtió en una especie de proverbio entre los vecinos de Redriff declarar: Tan verdadero como si el señor Gulliver lo hubiese dicho".

En la portada de la primera edición de Los viajes de Gulliver no aparece el nombre de Swift como autor de ficción sino el de Gulliver como autobiógrafo verdadero. Sin embargo, los lectores no se dejan engañar porque, desde los Relatos verídicos de Luciano en adelante, las exageradas afirmaciones de veracidad suenan como signo de ficción.

A veces, un lector de novelas confunde la fantasía con la realidad, escribe cartas a un personaje ficticio e incluso -como ocurrió al publicarse el Werther de Goethe- hay almas cándidas que se suicidan para imitar a su héroe. Pero se trata de casos enfermizos, o bien de personas que leen pero que no han elaborado el hábito del buen lector. El buen lector puede derramar abundantes lágrimas (mientras lee) por la muerte de la protagonista de Love Story, pero una vez pasada la emoción del momento, sabe que la Jenny de la novela nunca ha existido.

La verdad de la ficción novelesca supera la creencia en la verdad o falsedad de los hechos narrados. En la vida real no sabemos con seguridad si Anastasia Romanov fue asesinada junto con su familia en Ekaterimburgo o si Hitler murió en realidad en el búnker de Berlín. Pero si leemos las historias de Arthur Conan Doyle, estamos seguros de que el doctor Watson es la persona a quien Stamford llama por primera vez por este nombre en Estudio en escarlata, y a partir de ese momento tanto Holmes como los lectores, cuando piensan en Watson, se refieren a ese hecho bautismal. El lector confía en que en Londres no existan dos personas con el mismo nombre y el mismo currículum militar, a menos que el texto nos lo diga porque pretende contar la historia de un simulador o de un personaje con una doble identidad, como sucede en El doctor Jekyll y Mister Hyde.

Philippe Doumenc publicó en 2007 una Contre-enquête sur la mort d'Emma Bovary, donde explicaba que madame Bovary no había muerto envenenada sino que había sido asesinada. Esta historia tiene cierta gracia justamente porque sus lectores están seguros de que en la realidad (es decir, en la realidad del mundo posible de la ficción) madame Bovary murió suicidándose y muere por suicidio cada vez que acabamos de leer el libro. Se puede leer la historia de Doumenc como si fuese una ucronía, esto es, el relato de lo que habría ocurrido si la historia se hubiera desarrollado de un modo distinto, del mismo modo que se puede escribir una novela explicando cómo habría sido el mundo si Napoleón hubiera ganado en Waterloo, o si Hitler hubiera ganado la guerra, como en la novela de Philip K. Dick, El hombre en el castillo. Ahora bien, una ucronía sólo se lee con placer si se sabe que en realidad las cosas sucedieron de otra manera.

Todo esto significa que el mundo posible de la narrativa es el único universo en el que podemos estar absolutamente seguros de algo, y que nos proporciona una idea muy profunda de verdad.

Los crédulos creen que existen o han existido en algún sitio El Dorado y Lemuria, y los escépticos están convencidos de que nunca han existido, pero todos sabemos que es innegablemente cierto que Superman es Clark Kent y que es falso que la mano derecha de Nero Wolfe sea el doctor Watson; que es indiscutiblemente cierto que Ana Karenina murió bajo las ruedas de un tren, y falso que se casara con el príncipe azul.

Los exaltados siguen confiando en encontrar un día al señor del mundo o en que las criaturas de una raza venidera puedan surgir de un subsuelo vacío. Los alucinados han creído (y algunos lo siguen creyendo) que la Tierra es hueca. Pero cualquier personal normal sabe que, en el mundo del que nos habla la Odisea, la Tierra era plana y albergaba la isla de los feacios.

Todo esto nos proporciona un último consuelo. Las tierras legendarias, en el momento en que pasan de ser objeto de creencia a objeto de ficción, también se convierten en verdaderas. La Isla del Tesoro es más verdadera que Muy, al margen del valor artístico, la Atlántida de Pierre Benoît es más indiscutible que aquella en cuya búsqueda partieron tantos exploradores de tierras desaparecidas, y asimismo indiscutible, en el mundo de Platón, cuando lo leemos en clave narrativa (como hay que hacer con los relatos mitológicos), es la Atlántida con la que el filósofo nos fascinó, y su tierra no puede ser cuestionada, como conviene hacer en cambio con la de Donnelly.

Acuden también en nuestro auxilio las narraciones figurativas [...], que fijan a quienes eran personajes de leyenda en una realidad imborrable, parte del museo de nuestra memoria. Esos héroes o esas tierras desaparecieron (o nunca existieron), pero su imagen no puede ser cuestionada.

E incluso el que no cree en la existencia del Paraíso, ya sea el terrenal o el celestial, si mira la imagen de la "cándida rosa" de Doré y lee el texto de Dante que la ilustra, comprende que esta visión forma parte verdaderamente de la realidad de nuestro imaginario.

Traducción: María Pons Irazazábal

Articulo: http://www.lanacion.com.ar 21/03/2014

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