vendredi 7 mars 2014

Mariano DORR/Porque soy Marxista

Porque soy Marxista
Por Mariano DORR

Cuando la obra de Juan José Hernández Arregui se encuentra en pleno proceso de rescate y relectura, no podía ser más oportuno el libro que le dedicó Carlos Piñeiro Iñíguez. El autor, ex embajador y especializado en temas latinoamericanos, reconstruyó la formación y la trayectoria histórica de Arregui, un intelectual que llegó al peronismo por la vía del marxismo y acuñó un novedoso concepto de lo nacional.

En el actual contexto de integración regional en el Cono Sur, el rescate del pensamiento de Juan José Hernández Arregui implica mucho más que un acto de justicia con quien fuera uno de los más prolíficos intelectuales del Movimiento Nacional Peronista. Cuarenta años después de su muerte (en Mar del Plata, a donde había viajado escapando de la sentencia de muerte anunciada desde la Triple A), la vida y obra de Hernández Arregui constituye un testimonio fundamental de la lucha por la liberación nacional contra el imperialismo neocolonialista. Desde 2004, la reedición de sus libros La formación de la conciencia nacional, Imperialismo y cultura, Nacionalismo y liberación, ¿Qué es el ser nacional? y Peronismo y socialismo, permite un acercamiento a la influyente interpretación marxista del peronismo conocida y reivindicada históricamente en términos de “socialismo nacional”.

El autor de Hernández Arregui. Una interpretación marxista del peronismo, no es ningún improvisado; entre las numerosas publicaciones de Piñeiro Iñíguez se encuentra Perón: la construcción de un ideario, una investigación de más de 800 páginas. Carlos Piñeiro Iñíguez (graduado en Economía y Relaciones Internacionales, investigador del Centro de Estudios Latinoamericanos del Instituto Di Tella) fue director del Instituto del Servicio Exterior de la Nación y embajador extraordinario y plenipotenciario en Ecuador, Bolivia y República Dominicana. Desde esta perspectiva específicamente latinoamericana, Piñeiro Iñíguez destaca la importancia del concepto de “lo nacional” desarrollado por Hernández Arregui, según el cual “el nacionalismo ha de ser continental y sustentado en las clases populares modernas, y en esto se distancia de la idea de un nacionalismo fundamentalmente argentino, como pudieron sustentar Raúl Scalabrini Ortiz o Arturo Jauretche; a su vez, a diferencia de Jorge Abelardo Ramos, Hernández Arregui concibe a América latina no como nación inconclusa sino como futura estructura supranacional: es desde esa perspectiva que se comprende su tajante sentencia de que el peronismo habría cumplido la tarea histórica de constituir la Argentina como Nación”, escribe. Frente a los nacionalismos opresores, cerrados en sus propios intereses colonialistas, existe otro tipo de nacionalismo, el de los oprimidos, abierto hacia los otros pueblos igualmente oprimidos, unidos en un mismo reclamo de independencia económica y justicia social.

En el primer capítulo del libro, Piñeiro Iñíguez repasa la formación intelectual de Hernández Arregui, sus estudios en Filosofía y Letras en la Universidad de Córdoba y el impacto de la figura de Rodolfo Mondolfo –el reconocido filósofo italiano, especialista en filosofía antigua, exiliado en la Argentina por su condición de marxista–. Tras la experiencia del sabattinismo en Córdoba se produce la “opción por el peronismo”; Hernández Arregui dicta clases en distintas universidades hasta que, con el golpe militar de 1955, es expulsado de sus cargos. El autor cita el particular análisis de Tulio Halperín Donghi: “En un clima de persecución primero políticamente rigurosa y luego cada vez más dispuesto a transacciones, los compañeros de ruta que el peronismo había reclutado a su izquierda tuvieron paradójicamente ocasión de exponer sus puntos de vista con mayor libertad que bajo la tutela de un régimen que los había utilizado sólo con extrema cautela y al cual inspiraban las más vivas desconfianzas”. Piñeiro Iñíguez, en una nota al pie, agrega: “Parece inevitable aclarar que Halperín era parte entonces de los núcleos que se habían hecho cargo de la cultura en el nuevo régimen, lo que puede llevarlo a subestimar las condiciones represivas reinantes (que a él, desde luego, no lo afectaban)”.

En un ambiente opresivo, en medio de fusilamientos y con el peronismo proscripto, Hernández Arregui escribe sus obras más importantes, convirtiéndose en el ideólogo más leído por las organizaciones que combatieron en la resistencia peronista hasta el regreso del General al poder. El propio Perón, desde el exilio, recomendaba el estudio pormenorizado de la obra de Hernández Arregui, especialmente La formación de la conciencia nacional y Nacionalismo y liberación.

Imperialismo y cultura se publica en octubre de 1957, un trabajo en el que aparecen las distintas lecturas de Arregui, desde los clásicos griegos hasta Rilke, Kafka, Sartre, Valéry, Groussac, Alberdi, Arlt o el tango. En la Advertencia a la segunda edición, Hernández Arregui recuerda las circunstancias en las que apareció el libro: “Estaba enfrascado en la preparación de las notas para Imperialismo y cultura cuando, inopinadamente, fui encarcelado a raíz de la revolución del general Valle..., la mayoría de los detenidos eran obreros. No los conocía. Asistí a las torturas de esos hombres humildes, incluso a los brutales castigos a los que fue sometida una joven mujer. Esas cosas no se olvidan”, escribió. Una de las tareas del libro de 1957 es arremeter contra Borges: “No es extraño que la labor literaria de Borges coincidiese con la desnacionalización del país por el imperialismo”, anota Hernández Arregui, que encuentra en Borges al más grande escritor argentino –antes de su consagración internacional– y, a la vez, a uno de los más grandes cipayos de nuestra historia cultural. También, en Imperialismo y cultura, leemos: “Otro de los mitos de Sur es Ezequiel Martínez Estrada. Escritor anfibológico, detrás suyo hay un maestro. Se llama Juan Bautista Alberdi. Martínez Estrada también tiene conciencia de las fuerzas que han deformado a la Nación. Pero para él, el proceso histórico se resuelve en psicología introspectiva, en melancolía de rabino, independiente de esa realidad histórica en movimiento y de la cual el filósofo estepario es un momento de la negación”. Con tono hegeliano, Hernández Arregui enfrenta a los representantes de la cultura “oligarca” antiperonista, pero siempre leyéndolos con profunda honestidad intelectual, reconociendo el enorme talento de sus enemigos íntimos.

Piñeiro Iñíguez recorre los distintos momentos de la enseñanza de Hernández Arregui, sus conferencias en el interior del país (una de ellas en la librería de los hermanos Santucho, en Santiago del Estero), los vínculos con el sindicalismo (José Pedraza, uno de los arreguistas que más tarde traicionarían el discurso revolucionario) y la relación con quienes fueran sus principales discípulos: Ortega Peña y Duhalde (el ex secretario de Derechos Humanos). Juan José Hernández Arregui aparece como un autor cuya obra comienza a releerse, no para encontrar allí recetas o soluciones a los problemas actuales, sino más bien para reencontrar una voz auténtica, capaz de edificar un pensamiento sólido, “iberoamericano”. Hernández Arregui, autor de una frase que resuena todavía hoy con toda la fuerza de una consigna política: porque soy marxista, soy peronista.


Articulo: http://www.pagina12.com.ar 02/03/2014

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