dimanche 23 mars 2014

Nelson RIVERA/ Raymond ARON: abrazo al siglo XX

Raymond ARON: abrazo al siglo XX
Por Nelson RIVERA

La publicación de la edición íntegra de sus portentosas "Memorias", hace posible el reencuentro con esta figura capitular del pensamiento del siglo XX. Artículos de Arturo Úslar Pietri, del ensayista mejicano Christopher Domínguez Michael, y un fragmento de la entrevista que Sofía Ímber y Carlos Rangel le hicieran en 1982, cuando Aron estuvo de visita en Venezuela, completan este Dossier en su homenaje.

Casi mil páginas de argumentos: apretados, incansables, en torrente. Poco sé de la vida de Aron: de hecho, sus Memorias transcurren siempre más allá de cualquier evocación personal. La intimidad de Aron es la de las ideas, de las motivaciones inherentes al pensar. Lo diré así: Aron no invita nunca al lector a su casa, al menudeo de lo cotidiano. Las realidades físicas por las que transcurren sus recuerdos son aulas, salas de redacción, despachos de pensadores o políticos. Y ni siquiera: las menciona al paso, como si no las percibiera. Pero a cambio de eso, es capaz de recapitular con articulado preciosismo, los puntos de vista de lado y lado, las causas en controversia, lo que alguien sostuvo y lo que él respondió, ante un determinado hecho o debate.

En el único momento en que Aron abre una rendija a su esfera personal, casi al final del libro, cuenta que en abril de 1977 sufrió una embolia. Y allí, en frase sumarísima asegura que el ataque le hizo preguntarse si disponía del tiempo y las fuerzas necesarias para seguir adelante con sus proyectos. Dos años después, en el verano de 1979, sintió el deseo de volver a su pasado. Y ahí arrancó a escribir estas Memorias que son, en mi experiencia, una obra fuera de lo común: un pensador que cruza, brazada a brazada, las turbulentas aguas del siglo XX.

Niño judío

Pertenecían a la burguesía media del judaísmo francés. En la biblioteca de su casa había una sección dedicada al caso Dreyfuss. El padre, que había sido masón, era ajeno a las cuestiones religiosas. Familia liberal, a menudo sus ideas coincidían con la izquierda. Aron recuerda haber vivido desde siempre bajo un sentimiento de culpa: su padre debía trabajar mucho para mantenerles. Pero eso no le impidió crecer con una vocación de confianza en sí mismo. Ese carácter le proveyó de energías para buscar, a lo largo de las décadas, satisfacción a su deseo de pagar la deuda imaginaria que mantenía con su familia.

Estudió en un liceo de Versalles. Salvo un episodio, un grupo de niños que lo persiguió mientras le gritaban “judío, judío”, su infancia transcurrió en un ambiente plácido. Cuando llegó el momento de hacer el curso preparatorio en París, entendió sus desventajas escolares. Ansioso, se había propuesto ser el primero y se enfiló hacia ese objetivo. Aron se escandaliza: en aquella época no se interesaba por lo que ocurría en la Gran Guerra (al momento de la firma del Tratado de Versalles, tenía 14 años). Le decían “el abogado”: su talento para la argumentación era notorio. Durante su primer curso de filosofía, año escolar 1921-1922, supo que aquello le concernía. Sintió fascinación por el “universo encantado de la especulación”. Al poco tiempo, descubre que hay un saber que busca, que no determina. Un pensamiento sin comedia. Tuvo profesores que eran maestros del pensar. Cuatro años más tarde concursa por una plaza de profesor y obtiene el primer lugar. Había pasado un año entero leyendo a Kant diez horas al día, lo que le curó de cualquier vanidad (“nada reemplaza, aun para aquellos que no se dedican a la labor filosófica, el desciframiento de un texto difícil”).

La izquierda insuficiente

La izquierda era el clima establecido. Aron recuerda que durante una década sus opiniones estuvieron marcadas por una inclinación hacia los humildes y el desdén hacia los poderosos. Pero comenzó a sentir que aquello impedía entender el funcionamiento real de la sociedad. Tenía amigos como Jean-Paul Sartre, Paul-Yves Nizan y Georges Canguilhem. Estudiaba a Aristóteles, Rousseau y Comte. Frecuentaba a Alain (“no quería interpretar a los hombres por abajo”): cuando le evoca, recuerda el papel determinante que Alain tuvo en el descubrimiento de sí mismo, no como alguien que se conformaba con la denuncia de los poderes, sino como un sujeto siempre merodeando la pregunta del qué hacer, del cómo resolver, es decir, la pregunta del gobernante.

En 1930 y 1931 se instala en Colonia como profesor ayudante de francés. Fue de los excepcionales que vio venir la catástrofe que causaría Alemania. El 10 de mayo de 1933, en compañía de Golo Mann, fue testigo de la quema de libros por parte de los nazis. Al año siguiente regresa a París. Entre 1933 y 1937 escribe tres libros. Conoce a Horkheimer, Adorno y Pollock, voceros de la Escuela de Frankfurt (“se arrogaban a Marx”).

Prosa de perfectas inflexiones

Aron piensa y escribe bajo la técnica de la distancia. Su "ver de lejos", hasta los hechos más inmediatos, marca el temple de sus análisis. Se lo impone como un deber intelectual: mirar hasta sus propios pensamientos como si fueran de otro. En la confrontación entre quedarse y partir, entre ver desde adentro o desde afuera, Aron escoge esa suerte de exilio y de costosa soledad que consiste en pensar desde lo distante. Su mente rompe con las gratificaciones de lo inmediato, con las emociones que privan en los compromisos intelectuales.
Desde muy temprano descubre lo equívoco de la percepción humana. Los prejuicios, morales o no, deben ser desmontados. Comprender no debería ser equivalente a excusar. Lee a los sociólogos (Manhnheim, Rickert, Weber) y a los filósofos (Heidegger, Husserl). En cierto modo, su método es el de los fenomenólogos. Máquina de preguntar: los hechos lo impulsan a las esencias, a las tendencias implícitas, al estudio de las fuerzas, a la indagación del modo en que los hechos son captados y registrados. Esto no lo conduce a negar la intuición, desconocer el sentido no visible que tienen las cosas. “Había comprendido y aceptado la política tal como es: irreductible a la moral; ya no intentaría dar prueba de mis buenos sentimientos, no con palabras ni con firmas. Pensar en la política es pensar en los actores y, por lo tanto, analizar sus decisiones, sus fines, sus medios, su universo mental”.

Las Memorias tienen algo rotundo, abrumador si se quiere: Aron es capaz de reconstruir, episodio a episodio, posiciones y debates en relación a los asuntos de la política, el pensamiento y los grandes asuntos de la geopolítica, como si todo hubiese ocurrido en la última media hora. En esos ejercicios, que dan cuenta de una descomunal energía intelectual, también expone con filigrana sus fallos argumentales y sus errores de percepción. La revisión de Aron tiene entre sus objetivos al propio Aron.

El vasto campo de intereses

A partir de septiembre de 1939 se incorpora a la guerra. No duraría: en 1941 lo conminan a dirigir, desde Londres, La France libre, revista del exilio. Esa experiencia cambiaría su vida: dedicaría buena parte de su existencia al periodismo. La lista es notable: Point de vue, Combat yLe Figaro: en este último, durante 30 años, escribió más de 4 mil editoriales. Al reflexionar sobre su pasión periodística, Aron dice: cedí a la tentación de lo fácil. Al peligro del elogio insustancial. Y añade en algún lugar: el periodista conquista fama rápidamente, pero su posibilidad de progresar en el tiempo es limitada.

Del periodismo a la política; de la política al pensamiento; del pensamiento a la confrontación de las ideas; del aula a la calle; de la lectura a la escritura, en un cruce de trayectorias imposible de describir, la vocación de Aron es curiosa: fija posición, pero no avasalla a sus adversarios. Reivindica los argumentos de otros. A pesar de que denuncia su propensión a hacerse siempre con la última palabra, predomina su goce por las ideas, vengan de donde vengan.

Cada uno de los temas a los que vuelve podría ser objeto de un estudio. Listo algunos, solo con la intención de sugerir la dimensión del hombre, su conexión insoslayable con el siglo XX: La República de Vichy, el Frente Popular, La Resistencia, la Depuración, las tensiones con Estados Unidos, la Guerra de Argelia, La Guerra de Corea, la Guerra Fría, el estalinismo, la invasión a Hungría en 1956, la Guerra de Vietnam, la Guerra de los Seis Días, mayo de 1968, la creación de la OTAN, la Comunidad Económica Europea, y tantos otros: como si aquella aspiración de Terencio, que escribió “nada en el mundo me es ajeno”, hubiese encarnado en Aron.

El opio de los intelectuales

Dice Aron: Apoyar a la Unión Soviética después de 1945 era un acto de ceguera moral. El que algunos hombres de letras se adhieran a una causa (como Gide y su apoyo a la causa comunista), se explica más por el deseo de construirse como personaje que por una visión de la historia.

El fracaso de las sociodiceas está en relación con el hecho de invocar objetivos irrealizables. Así, todo programa revolucionario es demagógico. La mayor fragilidad de la promesa revolucionaria es su indisposición para la duda. Las distintas variantes derivadas del marxismo se hacen pedazos cuando desdeñan dos premisas esenciales: No hay verdades absolutas y no hay humanidad sin tolerancia. Justo porque no hay verdades absolutas, los izquierdistas no reconstruyen sino que falsean los hechos.

Entre 1952 y 1954, Aron escribió El opio de los intelectuales. Los tres capítulos que lo conforman, el primero de ellos puesto a desarticular tres mitos –Izquierda, Revolución y Proletariado–; el segundo, al desmontaje de la idolatría; y el tercero, que esboza las conductas de los intelectuales ante las utopías: nada en ellos ha perdido ni la eficacia técnica, ni el genio desmitificador.

La linterna de Aron

Me importa mucho compartir esto con el lector: más significativa que la acumulación episódica es el activismo del pensamiento de Aron en cada página, en cada párrafo, en cada frase. Es un inspirado, un generador. Un ser dotado para aislar intencionalidades. Toda realidad, combustible para su lúcida perspectiva. Aron parte de los hechos, pero no se deja arrastrar por ellos. Se pregunta si es dado conocer los vínculos de un hombre con su tiempo. Se estremece al constatar lo invisible que puede resultar la historia a los ojos del espectador más próximo. A quien se proponga reducir la magnificencia de su pensamiento a una etiqueta, habría que preguntar: ¿qué clase de liberal era Aron, que denunció el optimismo inherente en la idea de progreso? Obsecado, vuelve al meollo sin final, de la legitimidad del hecho de tomar una posición. De ello, una derivación –no una rendición– que sobrecoge: aceptar que vivimos rodeados de preguntas que carecen de sentido.

Opina: el intelectual competente no pude conformarse con un ideario básico. La economía, el funcionamiento de lo productivo, las cuestiones geoestratégicas, la diplomacia, han de formar parte de sus recursos. El intelectual competente vive unido, por muchos lazos, a su tiempo. Tal el piso de su probidad. De no ser así, de carecer de una visión multidimensional, no será más que un propagandista.

Este artista de las distinciones y las precisiones, otra vez en un sinnúmero de ocasiones, nos obsequia perfiles y mapas del pensamiento de quienes fueron sus interlocutores decisivos como André Malraux, Georges Canguilhem, Alexandre Koyré, Alexandre Kojève, Éric Weil, Octave Auriac, Lucien Levy-Bruhl y tantos otros. Son homenajes cargados de sentido, agudas reflexiones sobre lo que cada uno agregó a la exigencia de pensar el mundo. Ellas alcanzan hasta sus más pertinaces adversarios como Jean-Paul Sartre.

En 1950 Aron experimentó el abismo: su hija Dominique, que entonces tenía seis años, murió. A partir de ese momento, algo en su relación con todo lo que le rodeaba se hizo más esencial. Todo en él se hizo más profundo. En 1977, el trombo que casi lo mató, lo puso en la ruta de volver sobre sus pasos. Si sus Memorias es un libro prodigioso, lo es porque es un tratado de la gratitud. ¿Gratitud de qué? Del hecho de pensar. De haber aprendido a salvaguardar los hechos de todo determinismo. De haber asentido y disentido. De haber sido cuestionado y elogiado. De haber combatido sin odiar, de haber aprendido a retroceder ante su propia indignación. De haber alcanzado a convertir su época en un programa de vida. De haber entendido que todo problema, a fin de cuentas, es nuevo, único y complejo.

Memorias. Medio siglo de reflexión política
Raymond Aron
RBA Libros
España, 2013

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Aron y la libertad
Por Arturo USLAR PIETRI

Este texto fue publicado el domingo 14 de febrero de 1982 en El Nacional, en la columna “Pizarrón” de Arturo Uslar Pietri.

Viene a Venezuela en corta visita Raymond Aron. Es un ilustre mensajero de la razón y de la libertad intelectual. Con una firmeza e inteligencia extraordinarias ha sido el testigo admonitor y valiente de una de las épocas más convulsas y contradictorias del mundo, desde los años 20 y sus esperanzas frustradas, pasando por la trágica hora del surgimiento del nazismo y de la hecatombe de la Segunda Guerra Mundial hasta esta larga época de tensión, tan conflictiva y peligrosa, en que seguimos sumergidos.

Personifica algunos de los más valiosos rasgos del espíritu francés, el gusto por la claridad y la razón, la pasión de comprender y la libertad intelectual como condición fundamental de pensamiento.

Con esas virtudes ha sido el testigo y el antagonista sereno de las irracionalidades de nuestro tiempo. No ha sido nunca hombre de escuela ni de secta, sino de libre análisis, de duda fecunda, de certidumbres serenas. Su formación es la de los grandes universitarios europeos, a través de la filosofía, la historia, la sociología y la economía. Podría decir sin alarde excesivo, que nada de las ciencias humanas le es ajeno.

Su labor se ha desarrollado tenazmente desde hace más de medio siglo en la cátedra, en la Sorbona y en el College de Francia, como profesor visitante de grandes universidades de Alemania, Inglaterra y Estados Unidos. En el libro, es autor de algunas de las obras más importantes escritas en nuestro tiempo sobre filosofía de la historia, el pensamiento político y la realidad internacional. Pero, además, ha ejercido sin interrupción un periodismo constante y audaz de comentador de la actualidad política nacional e internacional. Sus artículos son un modelo de penetración y poder de síntesis.

Sus cursos en el “College de France” son famosos y terminan, generalmente, por convertirse en libros fundamentales. La línea de su pensamiento político y hasta modelo de su actitud intelectual tiene, entre otros, dos grandes maestros del pasado: Montesquieu y Alexis de Tocqueville. Son acaso los dos más agudos observadores de la realidad política en sus respectivos tiempos. Tuvieron en grado superlativo el don de penetrar más allá de la apariencia de los sucesos y de las instituciones para penetrar en lo esencial y permanente de los motivos y de las realidades. En esa exigente escuela del autor del “Espíritu de las Leyes” y del de “La democracia en América” ha encontrado Aron el modelo del análisis del fenómeno político. También ha estudiado a fondo a Marx. Es tal vez uno de los eruditos que mejor conoce el pensamiento del autor de “El Capital”. Yo he tenido el placer de oírlo en su cátedra analizar el sentido de una tesis económica de Marx con una deslumbrante capacidad de penetración y juicio.
Al fenómeno de la guerra y la paz ha dedicado obras fundamentales. Ha publicado lo que, tal vez, es el más completo estudio sobre el pensamiento de Clausewitz y el fenómeno de la guerra. Su propósito era pensar la guerra y a través de ella la política y la historia, en la forma más lúcida y completa.

Un buscador de la razón tan sereno y decidido no puede menos que ver con prevención y rechazo las tendencias de nuestro tiempo hacia el mesianismo y el profetismo. Es aquí donde se separa abiertamente del marxismo. En ocasiones sus convicciones lo han llevado a alzarse solo contra la tendencia dominante de la inteligencia francesa. Ante su condiscípulo Sartre y la oleada de marxismo adaptado que llegó a dominar la universidad francesa, tuvo el valor de decir sin acritud ni violencia sus convicciones.   

Cuando publicó “El opio de los intelectuales”, para denunciar valientemente la renuncia a la razón y la libertad de crítica que afectaba a la intelectualidad francesa ante el modelo soviético y el catecismo marxista, parecía estar solo. Hoy, 30 años después, la ola ha cambiado de dirección y lo que dicen muchos de los ex–jóvenes rebeldes se parece extraordinariamente a lo que él había tenido el valor de proclamar.

Raymond Aron, en su fecundo otoño, representa de manera ejemplar lo que es un espíritu liberal. En un largo y reciente coloquio que han tenido con él dos jóvenes que fueron sus adversarios, ha dicho: “Lo que hay que temer, por sobre todo, en las sociedades modernas es el sistema del partido único, el totalitarismo”. Y añade, para mayor claridad: “Al definirme por el rechazo del partido único, llego de manera natural a la noción de pluralismo a cierta forma del liberalismo. A diferencia del liberalismo del siglo XIX, el mío no se funda sobre principios abstractos…A medida que estudio las sociedades económicas modernas advierto cuáles son los peligros que derivan de la concentración de todos los poderes en un partido único. Busco entonces aquellas condiciones económicas y sociales que ofrecen una posibilidad de sobrevivencia al pluralismo, es decir al liberalismo, a la vez político e intelectual”.

Esta larga prédica de toda una vida parece corresponder, hoy más que nunca, a los requerimientos de un mundo asustado de sus propias y sangrientas pesadillas mesiánicas, proféticas y totalitarias.

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Acertar con Aron
Por Christopher DOMÍNGUEZ MICHAEL

“Aron logró destacar, en el existencialismo de Sartre, sus nobles orígenes, sus esperanzas humanistas, sus crímenes teológicos”

"Prefiero equivocarme con Sartre que acertar con Aron", decía una expresión coloquial de la izquierda francesa en los años setenta del siglo pasado. Para 2005, cuando se celebró, el 14 de marzo, el centenario de Raymond Aron, y el 21 de junio, el de Jean-Paul Sartre, el dicho había quedado archivado en los anales de lo tristemente célebre, de no ser por la obcecación con la que algunos pocos siguen defendiendo “el derecho al error” de un rebelde como Sartre frente al escepticismo liberal de un Aron. Con motivo de un artículo de Mario Vargas Llosa (“Los compañeritos”, El País, 9 de abril de 2005) que mostraba la desproporción entre la magnificencia napoleónica con la que se han festejado en Francia los cien años de Sartre y el tributo casi clandestino rendido a Aron, han circulado por la red defensas más o menos vergonzantes del políticamente indefendible autor de El ser y la nada. Cada tiempo tiene sus prejuicios y el nuestro, que tan mala prensa suscita, en mi opinión se honra con el regreso de la virtud como rasero para medir a las filosofías. Ya la posteridad tendrá tiempo de decidir si erramos o andamos, pero a principios del siglo XXI resulta generalmente inadmisible aceptar a las escuelas de pensamiento que dieron cobertura moral y política a los regímenes que hicieron su razón de ser de la destrucción sistemática de la persona. Por ello causa cierta náusea —para usar una de las palabras comerciales del sartreanismo— observar las piruetas teleológicas y escatológicas de las que Sartre y Maurice Merleau-Ponty se sirvieron para justificar, en nombre de la necesidad histórica, los campos de concentración soviéticos. El fenomenólogo Merleau-Ponty se arrepintió, mientras que Sartre sólo fue cambiando, a la moda, de totalitarismo y de la URSS pasó al elogio de la Revolución Cultural china y de toda variante tropical del comunismo. Murió Sartre hundido en un confuso remordimiento.

Tocó a Aron, condiscípulo y amigo íntimo de Sartre desde la temprana juventud hasta la fundación de Les temps modernes en 1946, ser la némesis del filósofo existencialista, una suerte de mala conciencia que se va apoderando del tránsito sartreano hasta ensombrecerlo. Tras someter a lo que brillaba al tratamiento de la oscuridad, Aron logró destacar, en el existencialismo de Sartre, sus nobles orígenes, sus esperanzas humanistas, sus crímenes teológicos. A Aron le tocó ser testigo, como joven estudiante de filosofía en Alemania, de la destrucción de la República de Weimar en manos de los nacionalsocialistas. Esa experiencia le permitió comenzar, en fecha tan temprana como 1931, la comparación morfológica entre el nazismo y el estalinismo, empresa capital para arrojar luz sobre el siglo. Aron desaprobaba, por cierto, el uso de la palabra totalitarismo para equiparar ambos fenómenos, que no le parecían mecánicamente simétricos.

En la primavera de 1945, los altos mandos nazis huían hacia el Oeste, ansiosos de entregarse a los aliados, pues sabían perfectamente con qué vara los mediría el Ejército Rojo. Pocos años después, desde las terrazas de Saint-Germain-des-Près, Sartre, tras intentar alguna tercera vía, elegía el comunismo soviético como el único futuro más o menos digno de habitarse. Aron, cercano al general De Gaulle, tomó partido por los Estados Unidos y las democracias occidentales, sociedades por cuya singularidad histórica decidió apostar su propio destino. Este liberal francés, heredero de Montesquieu y de Tocqueville, y no particularmente entusiasta hacia la democracia norteamericana, se quedó solo en una escena intelectual francesa donde no ser al menos compañero de viaje de los comunistas era un pecado mortal. Pero Aron sabía —y de allí el temor a pecar asintiendo con él— que sus lectores estaban en la izquierda y a lo largo de treinta años y tres mil artículos decidió ser la mala conciencia del marxismo, autor de libros capitales como El opio de los intelectuales (1955) yMarxismes imaginaires. D'une sainte famille a l'autre (1968), entre una vasta bibliografía donde el artículo filosófico es siempre superior a la disertación académica.

Cuando el general De Gaulle parecía un loco en una colina, solitario al frente de la Francia Libre en Londres, Aron fue el primero de los intelectuales franceses en ponerse a sus órdenes. Eso en 1940, cuando la claudicación ante la victoria alemana era la regla y no la excepción. Esa trayectoria, lo mismo que su profundo conocimiento de Marx y del marxismo —“equívoco e inagotable”, como él lo llamó—, lo convirtieron en el más temible de los adversarios ideológicos de la izquierda. En la fracasada síntesis sartreana vio Aron una contradicción muy filosófica y muy moderna, la de querer ser discípulo de Kierkegaard y de Marx al mismo tiempo, garante de la persona y motor del destino de la humanidad. Tampoco le gustaba mucho Camus: creo que Aron lo consideraba el policía bueno del existencialismo. Frente a Althusser y su escuela, esa última sagrada familia del marxismo occidental, Aron desnudó pacientemente aquella falsa ciencia, una escolástica que se prestigió deformando, torciendo, la obra del fundador. En otros ámbitos —como en la batalla por la independencia de Argelia— a Aron no le importó compartir las ideas de la izquierda ni ser víctima, por ello, de las amenazas de los ultranacionalistas.

Un liberal entre conservadores o el anticomunista preferido de la izquierda, Aron fue algunas otras cosas: un judío integrado de la Tercera República al que le costó desdoblarse en defensor de Israel, un analista económico más cercano al keynesianismo de la posguerra que al monetarismo, un sovietólogo que sobrestimó el poderío industrial de la URSS, un combatiente de la Guerra Fría y un espíritu profético que supo ver que sólo una especie sobreviviría al eventual colapso del comunismo: los cristianos de izquierda, inmunes a la Ilustración a la vez que siervos de su optimismo. Pero acaso lo más actual en Aron sean sus lecciones ocasionales, no sistemáticas, como “observador comprometido” de la democracia, forma de vida que en su descreída opinión debía de ser vista sin transportes de entusiasmo místico. La indignación moral —ese permanente estado de excepción al que se someten los intelectuales— suele ser mala consejera.

La gran exposición que en 2005 se consagró a Sartre en la Biblioteca Nacional de París —asunto que motivó la reflexión de Vargas Llosa— va más allá de la museografía consagratoria. Representa Sartre el último avatar de la Revolución, un mito moderno que apenas deviene en arqueología, cristalizándose ante nuestros ojos aburridos y nostálgicos. La fatal atracción del mensaje sartreano hunde sus raíces en el romanticismo, en la irresistible tentación que hace creer posible (como lo dijeron los surrealistas) cambiar la vida y transformar el mundo en un solo movimiento, reglazo de filósofo que librará al individuo de la náusea y a la realidad de sus contradicciones. Aron consideró, por el contrario, inaudito pretender la conciliación hegeliana, la síntesis, entre Marx y Kierkegaard: tomó entonces el más impopular de los partidos, oponiéndose de raíz al espíritu juvenil del 68, esa zarabanda que los parisinos, con su genio para la composición histórica perfecta, enterraron multitudinariamente, con la muerte de Sartre, en 1980. Tres años después, Raymond Aron tuvo otra clase de muerte: como Stendhal se desplomó en plena calle, frente a un ministerio, víctima de una crisis cardiaca. No le tocó presenciar la caída del Muro de Berlín en 1989 y corroborar que la Historia, para decirlo así, impropiamente, había preferido acertar con Raymond Aron.

NOTA

Este artículo ha sido tomado del libro La sabiduría sin promesa. Vida y letras del siglo XX, publicado por la Editorial Lumen, México, 2008.

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Sofía Imber y Carlos Rangel entrevistan a Raymond Aron

Lo que sigue es un fragmento de la entrevista que, el 15 de febrero de 1982, Sofía Imber y Carlos Rangel le hicieron a Raymond Aron, en el programa “Buenos días”, que transmitía Venevisión. El material completo está disponible en la muy recomendable Web de la Sala Virtual de Investigación del CIC-UCAB.

—Sofía Ímber: En un reciente sondeo de opinión en su país, resultó que Raymond Arones considerado hoy, en forma abrumadora, como el primer intelectual de Francia; ésa es una novedad considerable porque hasta ahora los triunfadores en el terreno del reconocimiento por la opinión pública, habían sido hombres como Sartre, que fue un pro-soviético, o como Camus, que por lo menos no quiso o se abstuvo de exponer las consecuencias en política internacional, de su rechazo al comunismo, que hace en su libro El Rebelde. ProfesorAron, ¿a qué se debe ese reconocimiento, aunque sea tardío, de sus ideas?
―Raymond Aron: Hay por lo menos dos respuestas, la primera de ellas la dio André Malraux hace mucho tiempo. Malraux me dijo: “Espere, porque el tiempo arregla todas las cosas”. Ahora bien, si uno quiere una interpretación más halagadora para mí, digamos entonces que ha ocurrido con frecuencia que el curso de los hechos me ha dado la razón, y que hoy en día muchos intelectuales reconocen que lo que yo he escrito a través de los últimos años, ha estado confirmado por los hechos; de modo que ambas respuestas, ambas interpretaciones son cálidas.

—SI: Hay que retenerlas, dice el profesor...
―RA: Hay que recordarlas.

—SI: Esencialmente, ¿en qué consisten sus puntos de vista sobre la URSS que durante tanto tiempo lo mantuvieron en una especie de ostracismo en la comunidad intelectual francesa, y que ahora son admitidos hasta por el Partido Comunista italiano?
―RA: Yo creo que es sencillo: hace 35 años pienso que el régimen soviético es el prototipo de lo que uno llama un régimen totalitario. El Estado absorbe la sociedad civil, más es un régimen ideocrático, es decir, que en nombre de una ideología, el Estado impone una disciplina totalitaria. Agrego además que a medida que pasa el tiempo todo el mundo tiene que reconocer que el régimen soviético, económicamente no es eficaz y que si se combina la ausencia de eficacia, es decir, la ineficacia con el fracaso económico, entonces no hay razón para no considerar al régimen soviético como un peligro, sobre todo porque el régimen soviético consagra para gastos militares un porcentaje enorme –13 al 15% de su presupuesto total– y que además ocurre que si el régimen soviético estuviese exclusivamente limitado a su país, uno diría que es una cuestión, un problema de los rusos, pero el régimen soviético tiene una voluntad expansionista de tal proporción, que lo convierte en una amenaza para el resto de la humanidad a pesar de su fracaso económico.

—SI: ¿A qué se debe la influencia tan grande y tan duradera del marxismo?
―RA: Hay razones comunes para todos los países del mundo para la permanencia de la influencia del marxismo, y hay razones que son más bien típicas de países como Venezuela, por ejemplo. Las razones generales de esta influencia son que el marxismo es todavía hoy, la filosofía de la historia más seductora para aquellos quienes buscan el absoluto sobre la tierra; el marxismo analiza el capitalismo, descubre algunos de sus males y anuncia un mundo nuevo que irá surgiendo de catástrofe en catástrofe, es decir, a través de catástrofes sucesivas. Yo he empleado para señalar esto, la expresión del “optimismo catastrófico”, porque me parece muy adecuada para calificar el marxismo; esto permite, combina una interpretación despiadada de la realidad actual, una crítica despiadada de la realidad actual con la promesa de un mundo donde los hombres se reconciliarían y habría una fraternidad, y en este sentido diría que el marxismo es una ideología que se parece mucho a una visión religiosa. Hace cuarenta años yo empleé para calificar al marxismo, la expresión de “religión secular”, en un mundo tan lleno de problemas como el actual, el marxismo responde a la necesidad afectiva e intelectual de muchos intelectuales, y luego hay una segunda filtración específica para los países que uno califica de subdesarrollados, caso que no parece ser el de Venezuela –por lo poco que he podido ver– y en este caso de los países llamados del Tercer Mundo, el marxismo-leninismo en gran medida explica el subdesarrollo de esos países, su atraso, por la buena fortuna de otros países; de manera que los intelectuales latinoamericanos quienes por muchas razones, algunas de ellas desde luego válidas, suelen ser anti-norteamericanos, encuentran por lo tanto en el marxismo-leninismo la racionalización de sus resentimientos, de sus pasiones y de sus esperanzas, y ésa es la razón de la fortuna del marxismo en esos países. Yo no quisiera parecer ni ser agresivo con relación a los intelectuales latinoamericanos, porque en todo esto se parecen mucho a los intelectuales europeos.

―SI: Sartre llegó a decir que el marxismo era el horizonte intelectual insuperable de toda reflexión histórica y política. ¿Cómo aparece hoy esa afirmación?
―RA: En efecto, las relaciones de Sartre con el marxismo, fueron intermitentes. Diría, utilizando una frase de Proust, que son las intermitencias del corazón. Hubo momentos en los cuales Sartre criticó muy duramente al marxismo-leninismo, y en otros hay, por ejemplo, esa frase que usted acaba de citar, que el marxismo sea el horizonte intelectual insuperable de nuestra época. Esa frase por cierto, se encuentra en la Crítica de la razón dialéctica, pero como Sartre tenía el gusto de la dialéctica decía, primero, que el marxismo era el horizonte insuperable de nuestra época, pero inmediatamente señalaba que "el marxismo es totalmente estéril", afirmación que contradice a la primera. De modo que el marxismo para él era a la vez, el futuro provisor y un fracaso intelectual; tomen ustedes la que prefieran porque ambas cosas se encuentran en Sartre, es decir, Sartre no era enteramente ciego con al marxismo, pero a la vez, con estos errores de origen emotivo. La otra explicación sería que Sartre detestaba tanto a la sociedad burguesa, que quería entonces encontrar bondades en su antítesis, es decir en el marxismo-leninismo.

-SI: Usted fue condiscípulo y amigo fraterno de Sartre justamente hasta que la divergencia de opiniones sobre el comunismo los separó. ¿Cómo puede Sartre hacer afirmaciones como la que citamos hace un momento, o incluso una mucho más enorme, a su regreso del viaje que hizo a la URSS acompañado por Simone de Beauvoir, cuando dijo que la URSS era el país más libre del mundo?
-RA: Esa frase la dijo Sartre mucho después de aquel viaje a la URSS, eso fue como a principios de la década del 60, por esas fechas fue cuando Sartre dijo eso, que Rusia era el país más libre del mundo; Sartre dijo esto en una rueda de prensa, o en una declaración después de su regreso de Moscú, y lo que yo creo al respecto, es que Sartre no releyó lo que había dicho, -y siento la tentación de absolverlo de esa frase tan desgraciada-, porque es algo absolutamente absurdo. Yo creo que usualmente aún cuando Sartre era un compañero de viaje de los comunistas, no tenía ni se hacía ilusiones en modo alguno sobre la URSS.

-SI: Perdón profesor, pero Sartre desde 1946 sabía que había millones de personas en campos de concentración.
-RA: Sí y no...Lo cierto es que esta mañana, en este programa, me encuentro en la curiosa situación de haberme convertido en el defensor de mi camarada de escuela Jean Paul Sartre-; es cierto que Sartre nunca ignoró el hecho de que existieran en la URSS campos de concentración. Firmó, conjuntamente con Maurice Merleau-Ponty, un editorial en su revista Les Tempes Modernes, en el cual reconocía y denunciaba la existencia de campos de concentración en la URSS. Entonces, ¿por qué pese a reconocer tal cosa, siguió Sartre aceptando durante muchos años después de ello, ser un compañero de ruta o un tonto útil de los comunistas? Tal vez habría que buscar explicaciones psicológicas, o incluso psicoanalíticas, puesto que racionalmente es difícil encontrar una interpretación o una explicación satisfactoria a esa actitud. Yo diría simplemente lo siguiente: en aquel momento Sartre consideraba que él no podía no ser revolucionario, a partir del momento cuando él se dice que tiene que ser revolucionario el único movimiento revolucionario era aparentemente el marxismo-leninismo, y entonces partiendo de ese razonamiento, uno diría que es una racionalización delirante”.


Articulo: http://www.el-nacional.com 16/03/2014