vendredi 7 mars 2014

Pedro Pablo GUERRERO/ Los centenarios secretos de Nicomedes GUZMÁN & Teófilo CID

Dos escritores chilenos|Vidas paralelas
Los centenarios secretos de Nicomedes GUZMÁN & Teófilo CID
Por Pedro Pablo GUERRERO

Nacieron el mismo año: 1914. Murieron, con una semana de diferencia, en 1964. Uno es considerado el máximo exponente de la novela social chilena, mientras que el otro, ligado en su juventud a La Mandrágora, fue proclamado por su vida bohemia “master de la noche” y “dandy de la miseria”.

“En el límite de los cincuenta, saltan a la otra orbita después de haber vivido y penado largamente como intérpretes genuinos del hombre de Chile y América. ¿A qué seguir hablando del desvalimiento del escritor entre nosotros? Fino y cultivado el insaciable Teófilo –insaciable como todos los poetas malditos-, afrancesado, inclemente en esa su lucidez critica que casi vino a devorar su poesía; rotundo y fuerte Nicomedes en la mejor filiación de Baldomero Lillo y Carlos Pezoa Véliz, productivo y certero desde la mocedad autodidacta”. Con estas palabras leídas en la radio de la Universidad de Concepción y reproducidas en el semanario uruguayo Marcha, despidió Gonzalo Rojas a sus amigos y compañeros de generación, en junio de 1964.

Nicomedes Guzmán y Teófilo Cid tuvieron vidas paralelas no solo por nacer y morir en los mismos años, víctimas de la misma enfermedad hepática. Los padres de ambos trabajaron sobre rieles: el de Guzmán como conductor de tranvías y el de Cid como jefe de ferrocarriles, varios peldaños más arriba de la escala social, lo que le permitió al hijo asistir a la Universidad de Chile, aunque no termino Derecho ni Pedagogía en Castellano. Cid y Guzmán fueron protagonistas señeros de la generación de 1938, marcada por la crisis de 1929, el gobierno de Ibáñez, la Guerra Civil española, el Frente Popular y la Segunda Guerra. Hijos del compromiso, ambos fueron socialistas, si bien esto se reflejo en estéticas distintas. La de Cid, cercana a las vanguardias que lo llevaron a fundar el grupo La Mandrágora junto a Enrique Gómez Correa, Braulio Arenas y Jorge Cáceres. La de Guzmán, ligada al realismo social y las tesis marxistas.

Nicomedes Guzmán, admirado por Cela

Nicomedes Guzmán –seudónimo de Oscar Vásquez Guzmán- nació el 25 de junio de 1914 cerca del Club Hípico de Santiago, aunque durante la mayor parte de su niñez vivió en el barrio Mapocho. Su madre fue “obrera domestica” y su padre “heladero ambulante”, escribió alguna vez. De las crudas experiencias en los conventillos donde transcurrió su infancia, surgieron las dos novelas más importantes de Guzmán: Los hombres oscuros (1939) y La sangre y la esperanza (1943). La primera alcanzo siete ediciones mientras que la segunda fue un best-seller aun mayor, con once ediciones, la tercera de ellas publicada en Buenos Aires en 1947, y dos tiradas de 50 mil ejemplares lanzadas por Quimantú en 1971 y 1972. Su protagonista es un niño testigo de la miseria, pero también de las relaciones de amor y solidaridad que surgen hasta en los ambientes más hostiles. La sangre y esperanza probablemente sería hoy un clásico si no la hubieran eliminado de los programas escolares en 1973.

El escritor y profesor de literatura José Leandro Urbina, de la Universidad Alberto Hurtado, identifica los rasgos distintivos de su autor. “Entre los escritores del 38, posiblemente Nicomedes Guzmán es el que tiene un conocimiento desde adentro más profundo del mundo proletario chileno. Si bien eso no garantiza la calidad literaria, la dimensión experiencial es un elemento que puede ser importante cuando se trata del universo que se intenta representar. Añade matices, no solo porque puede evitar la estereotipacion debida al uso de patrones legitimados por un naturalismo degradado, sino porque rescata y da más relevancia a los elementos dinámicos de lo vital. Es decir, el evadir recetas estrictas da a su literatura un mayor contacto con la vida y la historia”.

El crítico Luis Sánchez Latorre, Filebo, consideraba a Nicomedes Guzmán “el personero más brillante de la actitud neorrealista” de su generación, descendiente intelectual de Alberto Romero y Carlos Sepúlveda Leyton. Dotado de una sensibilidad juvenil, afinada incluso en la cuerda del creacionismo, advertía en él la “presencia incontenible del poeta”. En este mismo sentido, el profesor estadounidense Lon Pearson destaco su prosa con elementos neobarrocos y metáforas, en el estudio crítico-biográfico más completo que se ha editado hasta la fecha: Nicomedes Guzmán, proletarian Author in Chile’s Literary Generation of 1938 (University of Missouri Press, 1976). Pearson, junto a la profesora de inglés Olaya Vásquez, la hija menor de Nicomedes Guzmán, trabajan actualmente en la traducción de un capitulo de ese ensayo.

Teófilo Cid

Por su parte, el profesor Ignacio Álvarez, del Departamento de Literatura de la Universidad de Chile, afirma: “La obra de Nicomedes Guzmán representa la vida proletaria con una escritura que es al mismo tiempo reclamo político urgente y una pieza de la mejor vanguardia literaria. Es pura modernidad: busca la liberación de los cuerpos por medio de la revolución y de los espíritus por medio del arte, sabiendo eso si que cuerpo y espíritu se confunden muchas veces. Pertenece a la misma familia de Baldomero Lillo y Manuel Rojas, y de hecho los leyó, antólogo y admiro. Pero si Rojas escribió sobre los jóvenes marginados que evitaron la disciplina de la fábrica, Guzmán es el mejor artista de la experiencia obrera chilena”.

Nicomedes Guzmán

Más allá de clases e ideologías, cuando gano el Nobel, en 1989, Camilo José Cela declaro a El Mercurio: “Tuvieron ustedes a un gran novelista al que no le hicieron caso ninguno. Yo le conocí en uno de mis viajes a Chile. Se llamaba Nicomedes Guzmán y el pobrecito casi murió en la indigencia”. Exageraban, pero no tanto. Falleció en la Asistencia Publica el 26 de junio, al día siguiente de su 50e cumpleaños. En octubre de 1964, el Parlamento aprobó una ley que le otorgaba pensión de gracia a sus cuatro hijos menores y a la viuda.

El que si murió en la inopia, el 15 de junio de 1964, fue Teófilo Cid. “Master de la noche”, lo llamo Enrique Gómez Correa en su funeral. Contribuyendo al mito, Guillermo Atías lo bautizo como “dandy de la miseria”, pues nunca perdió su elegancia y su porte aristocrático, a pesar de que al final de su vida descuido su apariencia personal y solía dormir en cines rotativos hasta la noche para luego dirigirsea Il Bosco. Raúl Ruiz contaba que no era tanto lo que tomaba, pero “tenía poco resistencia”. En los últimos anos, sus amigos le tuvieron que dar albergue en la casa de la SECh, donde también lo velaron. Cuando falleció en el Hospital José Joaquín Aguirre, el único documento de identificación que encontraron en sus pertenencias fue el carnet de militante del Partido Socialista.

Nadie ha logrado entender cómo fue posible que un hombre con el talento, los contactos y la cultura de Cid –luego de trabajar en el Ministerio de Relaciones Exteriores desde 1949 a 1946, alcanzando el cargo de subjefe de Protocolo-, decidiera abandonar la carrera diplomática para entregarse en cuerpo y alma a la bohemia. Se habla de una destinación a Europa que le fue negada. Se habla del amor clandestino con una mujer casada. Se habla también de una crisis personal, pero sobre todo de una rotunda intransigencia artística.

A diferencia de su coetáneo Nicomedes Guzmán, la producción literaria de Cid nunca alcanzo la popularidad. No podían serlo los poemas mandragóricos de su juventud, publicados en las revistas de élite apadrinadas por Vicente Huidobro, de quien llego a ser gran amigo y traductor de sus libros franceses. Tampoco encontraron muchos lectores los cuentos surrealistas de su libro Bouldroud (1942), celebrado por Ricardo A. Latcham y fustigado por Alone. El poemario Camino del Ñielol (1954) –que aludía a su nacimiento infancia en Temuco y se alejaba de los ismos en pos de una compleja búsqueda introspectiva- recibió duras criticas, pero Jorge Teillier identifico años más tarde sus elementos láricos, en los que sin duda entrevió un camino escritural, tal como en la desafiante conducta de su autor encontró un modelo de vida.

“El papel que debe representar el escritor en la actual sociedad no puede sino ser subversivo”, respondió Teófilo Cid en una encuesta de la revista Alerce del año 1960, en la que también afirmo: “La sociedad, tal cual está constituida, me produce un asco invencible. Mi relación con ella es más bien de índole negativa. Me niego a colaborar en la repetición de la mentira”.

La misma actitud rebelde expresa la nouvelle autobiográfica El tiempo de la sospecha (1952), donde rememora los años de la dictadura de Ibáñez en la experiencia de un adolescente que escucha rumores sobre las actividades represivas de su padre. En el epilogo, el autor señala que publica el texto con intención “higiénica” y “preventiva”, ad portas de la elección que podría llevar a Ibáñez de regreso a la Presidencia, como efectivamente sucedió. Tres años más tarde, dejando atrás todo experimentalismo, dedica su poema Niños en el rio (1955) a denunciar la muerte, bajo los puentes del Mapocho, de varios menores víctimas del frio.

Irregular, desconcertante, excesiva, la obra de Cid contiene, sin embargo, pasajes notables, imágenes sorprendentes y extraordinarias intuiciones a punto de cuajar. En 2004, sus poemas, relatos, traducciones, dramas y ensayos fueron reunidos por Luis G. de Mussy y Santiago Aránguiz Pinto en Soy leyenda (Cuarto Propio), primer volumen de sus Obras completas. Responsable del proyecto, Santiago Aránguiz adelanta que los próximos dos tomos –que no alcanzaran a publicarse este año- recogerán una amplia selección de las crónicas de Teófilo Cid, género en el que sobresalió.

“Lo más destacado de Teófilo Cid es su labor de difusión de la literatura francesa en Chile –opina Aránguiz-. Como sus amigos Vicente Huidobro y Martin Cerda, fue un gran lector de esa literatura, lo que se traduce en sus crónicas. Por eso destacaría, sobre todo, su labor ensayística y como cronista, más que como poeta”.


Articulo: http://www.emol.com/ 02/03/2014

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