vendredi 18 avril 2014

Blanca BERASÁTEGUI/ Aurora EGIDO: “Hoy prima la lectura rápida y el pensamiento pret-à-porter”

Aurora EGIDO
“Hoy prima la lectura rápida y el pensamiento pret-à-porter”
Por Blanca BERASÁTEGUI

Lo suyo con Gracián es una larga historia pero el respeto hacia él sigue siendo imponente. Aurora Egido lleva casi cuarenta años acercándonos a su maestro y “picándonos el gusto y el ingenio para alejarnos de la poltronería”, como él quería.

Es catedrática de Literatura de la Universidad de Zaragoza, especialista en nustro Siglo de Oro y autora de una veintena de libros fundamentales, centrados muchos de ellos en su paisano Baltasar Gracián. Del gran Gracián lo sabe todo. Seguramente de tanto ir a la fuente ha heredado Aurora ea palabra escueta, sabia, llana, y ese afán de aprender y enseñar. Sus diez años últimos de indagaciones sobre el jesuita aragonés los ha concentrado en el libro Bodas de arte e ingenio, que acaba de publicar Acantilado.

Ni un retal de retórica hueca que sacar de la conversación con Aurora Egido. Todo sirve, todo es mollar. Remata estos días su discurso de ingreso en la Real Academia Española, “que creo que es el 8 de junio”, pero es la casta y el ingenio del jesuita aragonés el que copa la charla. 

-A las primeras de cambio, dice usted en el prólogo del libro que el perfil agrio de Gracián debe ser matizado. ¿Cómo? ¿Siempre lo tuvo agrio?
-Sí, quizá el tono yel contenido evidentemente severo de sus obras, ha contribuido a ese perfil algo adusto el retrato más conocido que se conserva en Calatayud y que no se ajusta del todo a cómo era, pues es póstumo, como el de Graus, al que por cierto, se parece poco. Y sí, hay que matizarlo porque, aparte de lo mucho que sus obras tienen de burla y sátira, sus cartas -y episodios como el de su participación en el Sitio de Lérida- nos lo muestran como un ser decidido y apasionado. El Discreto y la Agudeza ofrecen un Gracián lleno de vida, amigo de sus amigos y nada adusto, que trata con humor los temas más variados, se ríe de casi todo y tiene un gusto exquisito a a hora de valorar el ingenio. El Comulgatorio es un monumento al amor divino a través de un lenguaje volitivo, que, más allá de los Ejercicios Espirituales ignacianos, debe no poco a la tradición mística de santa Teresa de Jesús o de san Juan de la Cruz. Gracián está lleno de ternezas y de imágenes que hoy parecen blasfemas, por su atrevimiento verbal. 

Época de pensamiento fragmentado

-Una de las gracias de Gracian, dice usted, es lo mucho que se aprende. ¿Cree que hemos aprendido mucho, más allá de sus exitosos aforismos?
-Gracián buscó en todas sus obras ese juego de la “gracia”, tan humanista, que iba como anillo al dedo de su apellido. Y lo hizo buscando la excelencia en todo, tanto en los temas tratados, donde siempre quiso sobresalir, como en los aspectos morales y en el estilo agudo y penetrante, que llevó hasta el límite.

Era también una aspiración clásica, pues como decía Luis Vives, la excelencia, y en realidad la educación y la cultura, nos hacen más libres. No sé si hemos aprendido lo suficiente. Me temo que el mundo actual busca otras metas menos exigentes y más inmediatas. Que el Oráculo haya tenido tanto éxito, no sólo se debe a lo bien que encaja en una época de pensamiento fragmentado, sino a que su lectura puede hacerse a rachas y no como El Criticón, que obliga a una aproximación detenida y difícil. Hoy prima la lectura rápida y el pensamiento prêt-à-porter, sin participación apenas del lector, al que ya Góngora exigía agudizara el ingenio como parte del provecho que se exigía entonces, junto al placer, en toda obra. Contra lo que parece, tiene muchos puntos comunes con Quevedo. El problema no es de solo Gracián, sino de una historiografía que ha confundido el Siglo de Oro español con una procesión de paños negros y regustos inquisitoriales, olvidando la España lúdica y festiva, que ocupaba la mayor parte del calendario. 

-¿Qué secuelas ha dejado Gracián en la literatura y el pensamiento español? ¿En qué autores reconoce su influencia?
-Gracián fue universal desde su primera obra, El Héroe, inmediatamente traducido al francés, por eso da la impresión de que fue, y es, más reconocido fuera que dentro de España, sobre todo en Francia, Alemania e Italia. Su obra es, en buena parte, la culminación de su tiempo, como es, respecto al teatro, la de Calderón. Es difícil encontrar alguien en quien confluyan con igual destello la filosofía, la política y la literatura, vale decir, los conceptos y las palabras. Tal vez habría que remontarse a Ortega o a María Zambrano. Sus mayores frutos le vinieron, al igual que a Góngora, tras la invención del Barroco a principios del siglo pasado, y sobre todo a impulsos de una tradición que arrancaba de Schopenhauer y Nietzsche, como vio muy bien Azorín. 

El caso Borges, y muchos más

-Después vino Borges...
-Sí, es tal vez el más significativo, pues a pesar de sus ataques, incluso sin fundamento alguno, como el que hizo contra un poema que no era suyo, recogió numerosas ideas gracianas: desde el jardín de senderos que se bifurcan a la idea de la biblioteca como paraíso. Pero él, al igual que Lezama o los vanguardistas, tuvieron que reaccionar forzosamente contra un estilo que había llegado al límite en el siglo XVII para inventarse el que correspondía al XX. No hace falta hablar de lo de matar al padre, sino tal vez de encerrar bajo llave a ese otro, tan parecido a uno mismo, para que no nos grite. 

Dice Aurora Egido que Gracián es autor para pocos y bastante inimitable, pero ve influencias y ráfagas de su ingenio en “una lista larga” de autores. Empezaría por sor Juana Inés de la Cruz y seguiría por Unamuno, Bergamín, Valente, Arrabal, Monterroso, Antonio Saura, Leopoldo Marechal, Octavio Paz, “y en la última novela de Vargas Llosa (ya desde el título), El héroe discreto”. Y una coda más: “Dejando aparte su presencia en el XVIII francés y en el actual discurso de la postmodernidad, no olvidemos La flauta mágica de Mozart, a Walter Benjamin y a Umberto Eco”. 

-¿No es un misterio que un jesuita de aquella época lograra hacer una obra tal, laica, y al margen de la Compañía de Jesús?
- Su obra debe muchísimo a la Compañía de Jesús, entre otras cosas, su inmensa cultura y sus prácticas escolares y retóricas. Por otro lado, los jesuitas eran una compañía y no una orden, y tenían muchas relaciones extraconventuales, como le ocurrió a Gracián en Huesca, Zaragoza o Madrid. Para zafarse de los lentos permisos de la Compañía, publicó bajo el nombre de su hermano Lorenzo Gracián y con la ayuda de sus amigos. El problema le vino con El Criticón, que le causó muchos sinsabores. Es un ejemplo parecido al de Tirso de Molina. Gracián presumía que en España siempre hubo libertad de ingenio. Y él la tuvo superlativa. 

- ¿Y la hubo? ¿Cómo era esa España que vivió Gracián? 
-La vida de Gracián cubre algo más que la primera mitad del siglo XVII. Una época de decadencia económica y política, pero llena de grandísimos autores, como Cervantes, Lope, Góngora, Quevedo o Calderón. Él la vivió además políticamente, ofreciendo una obra como la dedicada a Fernando el Católico, que en buena parte quería emular la de El Príncipe de Maquiavelo, y ser además espejo en el que se mirara Felipe IV. Desafortunadamente la caída del duque de Nochera y la muerte del príncipe Baltasar Carlos, al que dedicó dos obras, destruyó parte de sus esperanzas. 

No valdrá el “Decíamos ayer”

En aquella España inculta y pobre, sus obras alcanzaron un éxito inmediato, a juzgar por las muchas ediciones y el eco que tuvieron. Casi todas eran de libros “meninos” impresos en papel malo, “para llevar en la mano o en la manga”. Señala Egido que en Aragón y en otros lugares de la península, “brillaban más otros autores que sin embargo ahora nadie lee. Suele ocurrir a veces, sobre todo cuando se trata de un autor difícil y extraordinario. En Cataluña lo imitaron bastante. Pienso en Joseph Romaguera y en Francisco Fontanella, autor del Panegirc a Pau Claris. Tal vez porque Gracián pensaba, que los catalanes saben ser amigos de sus amigos. Hoy, en cambio, dista mucho de haber sido estudiada y editada con la amplitud y el rigor que merece”. 

Peor aún. Hoy, los planes de estudio de Bolonia reducen los programas de literatura española a la mitad y podemos perder una generación de especialistas. “Sí, y además no valdrá el “decíamos ayer” de Fray Luis, pues la investigación es una cadena que no debe romperse, y los que puedan irse a universidades extranjeras, ya no volverán”. 

Sigamos en el presente. Dicen que es partidaria de los méritos y no de las cuotas, también en la Real Academia... 

-En El Criticón un personaje llamado Mérito es el que da la patente de entrada a los protagonistas. 
-Efectivamente, creo en los méritos de las personas, y permítame que no dé nombres de mujeres..., ni de hombres. 

-Va a ocupar el sillón B, en el que antes se sentaron Borau, Fernán Gómez, Alarcos... Qué palabra que empieza por B le gusta especialmente?
- Palabras mayores, muy platónicas, como Bello y Bueno, y recordaría la B del “Beato sillón” de Jorge Guillén, porque apela a la armonía y perfección de la palabra. 

-Decía Gracián que “todos los comienzos son informes”. ¿Cómo se imagina el suyo en la Academia?
-Me imagino aprendiendo. 


Articulo: http://www.elcultural.es 11/04/2014