vendredi 18 avril 2014

Fernando DÍAZ DE QUIJANO/Santos JULIÁ: “El intelectual no ha muerto, sino que se ha democratizado”

Santos JULIÁ:
“El intelectual no ha muerto, sino que se ha democratizado”
Por Fernando DÍAZ DE QUIJANO

El historiador pública Nosotros, los abajo firmantes, una historia de España a través de manifiestos y protestas.

Hubo un tiempo en el que la difusión de un manifiesto llevaba asociada la palabra “intelectual”, un término que, mutando de adjetivo a sustantivo, nació en Francia a partir del affair Dreyfus, en los últimos años del siglo XIX, para designar a los escritores, científicos y artistas con algo que decir -y sobre todo objetar- acerca de asuntos sociales y políticos. Algo más de un siglo después, algunas voces han proclamado la muerte del intelectual, pero el historiador Santos Juliá (Ferrol, La Coruña, 1940) no acepta esta tesis: "El intelectual no ha muerto, sino que se ha multiplicado y democratizado", asegura el ensayista a El Cultural. Juliá analiza la evolución en todo este tiempo de la figura del intelectual, de su nivel de compromiso político y de su influencia en la esfera pública en Nosotros, los abajo firmantes. Una historia de España a través de manifiestos y protestas (1896-2013), editado por Galaxia Gutenberg.

Desde Historias de las dos Españas, libro por el que recibió el Premio Nacional de Historia de España en 2004, Juliá ha estudiado a fondo la figura del intelectual. Cuando empezó a preparar este ensayo-antología de manifiestos, llevaba muchos textos recopilados, pero confiesa ser “el primer sorprendido” de la enorme cantidad de ellos que ha encontrando en diferentes archivos -de la administración, del Partido Comunista, de la Fundación Pablo Iglesias...-, en la prensa -principal medio de difusión en la historia de los manifiestos- y, de épocas más recientes, en internet.

De forma cronológica, como recoge en la introducción del libro, puede apreciarse la evolución de la figura del intelectual según su actitud hacia “la masa” y su grado de compromiso social y político. Así, la generación del 98, con personajes como Unamuno a la cabeza, se caracterizó por una ausencia de manifiestos, que por definición son firmados por un grupo de personas y no de forma individual. En su lugar, quizá por la “menesterosa situación del escritor en la España de fin de siglo”, lo que se produjo fue “una eclosión de lamentos por la patria muerta”, en referencia al Desastre del 98 que tuvo en la pérdida de Cuba su máxima expresión. El derrumbe provocó una avalancha de propuestas de regeneración, a modo de pinceladas que fueron componiendo una interminable elegía, “un inmenso adiós, un canto de añoranza, una despedida dolorosa”, como escribió en 1907 para La Vanguardia Miquel dels Sants Oliver. No obstante, Juliá abre su antología de manifiestos de modo excepcional con uno que no lo es: una carta de Unamuno dirigida a Cánovas del Castillo para interceder por su amigo el “anarquista platónico” Pere Corominas, condenado por su supuesta implicación en un atentado terrorista en Barcelona. El historiador elige este texto como apertura por ser el primero que recoge en España la palabra “intelectual”.

De guía de las masas a voz del pueblo

El primer colectivo consciente y unitario con presencia pública será, pues, la siguiente generación, la del 14. “España todavía tiene en ese momento una población mayoritariamente analfabeta y poco lectora, de modo que se construye la idea del intelectual como minoría selecta que tiene que educar a la masa”, explica Juliá, una concepción del intelectual que encuentra su paradigma en José Ortega y Gasset. La generación siguiente, que surge en torno a 1930 y también tiene grandes pensadores, literatos y poetas, como María Zambrano o Rafael Alberti, incluye además perfiles profesionales, y responde a la nueva idea del “intelectual comprometido”, que ha de poner su pluma al servicio de una idea y se convierte en la voz del pueblo. “Esto tiene que ver con los cambios en la esfera política en esa década, de modo que se producirá una confrontación entre los intelectuales por su apología del comunismo (Alberti), del fascismo (Giménez Caballero), de la militancia católica (Ramiro de Maeztu) o de la democracia (Francisco Ayala)”, continúa el historiador.

La división entre intelectuales de derechas y de izquierdas -“mal que le pese a Sartre”, que decía que esta escisión era imposible porque el auténtico intelectual es el que está contra el poder- había comenzado a aflorar ya durante la Primera Guerra Mundial, ya que todos sintieron la necesidad de posicionarse a favor de uno u otro de los bandos beligerantes, explica Juliá, de modo que se produjo una disputa entre aliadófilos y germanófilos.

Cataluña, a la cabeza

Entre los manifiestos recogidos en el libro, tienen un peso importante aquellos que recogen las aspiraciones de los nacionalismos periféricos -recogidos en su lengua original-, especialmente los de Cataluña. En ellos constata Juliá el cumplimiento de la profecía de Max Weber según la cual los intelectuales “están específicamente predestinados a propagar la idea nacional”, ya que el nacionalismo catalán prendió en los círculos profesionales, universitarios y demás al ser difundido desde esta élite intelectual, de la que formaban parte, por ejemplo, el escritor Enric Prat de la Riba y el arquitecto Josep Puig i Cadafalch. “En Cataluña la influencia de los intelectuales comenzó antes que en el resto de España, porque allí la vida asociativa era y es muy rica e intensa”. Así, el nacionalismo se fue expandiendo desde los últimos años del siglo XIX “desde las presidencias y las juntas directivas de ateneos, grupos excursionistas, círculos culturales, etc”, explica el historiador.

Tras la guerra civil, la labor de los intelectuales exiliados se divide en dos etapas que para Juliá están claramente diferenciadas. Hasta finales de los años 40, sus manifiestos pretenden mantener el ideal republicano y promover su restauración “llamando la atención de las potencias democráticas, de la ONU, de Churchill o incluso del cardenal Francis Spellman, arzobispo de Nueva York”. Cuando los intelectuales se dan cuenta de que las potencias democráticas no van a hacer nada -aunque con la administración Kennedy hubo de nuevo motivos para la esperanza que se disiparon pronto- contra el franquismo, deciden tomar una segunda vía y empiezan a interesarse por lo que pasa en España, tratando de tender puentes entre el exilio y la disidencia dentro del país.

Años 60: Un pequeño margen para la protesta

Con respecto a esta resistencia interna, Juliá hace notar que a partir de los años 60 hubo cierto margen para la contestación política, “mayor del que hoy se tiende a recordar”. Así, tras las primeras rebeliones estudiantiles, a partir de 1962 cobró fuerza un sindicalismo que demostró su fuerza en huelgas como las que tuvieron lugar en Asturias, Vizcaya y Guipúzcoa. Además, “con la llegada de gente del Opus Dei al gobierno se intentó dotar de nuevas leyes a la administración para garantizar su responsabilidad ante los ciudadanos”. Una de las novedades fue el Derecho de Petición, que amparaba la libertad para presentar solicitudes colectivas ante las autoridades. Así, lo manifiestos cedieron protagonismo a la recogida de firmas para avalar las peticiones que se dirigían a los distintos ministerios. “Aquello supuso la creación del lenguaje democrático, un lenguaje integrador para poder recabar en un mismo texto el apoyo de un ex falangista, de un comunista o de un católico”, asegura el autor del libro.

Los intelectuales bajan del pedestal

Con la llegada de la Transición, la necesidad del manifiesto se diluye un poco, pero conserva una presencia notoria para dar empuje al cambio, con ejemplos tan destacados como la petición para legalizar el Partido Comunista. La democracia se consolida, en cuanto a manifiestos se refiere, como “la época de las plataformas”, ya que estas aspiraciones de los intelectuales -a los quese han ido sumando en las últimas décadas otros “trabajadores de la cultura” como actores o músicos- se canalizan a través de este tipo de asociaciones. En esta nueva etapa, el manifiesto está presente en varios hitos como la oposición a la permanencia en la OTAN durante el gobierno socialista, la lucha contra el terrorismo, el conflicto lingüístico en Cataluña o la oposición a Guerra de Irak, y en ella los manifiestos dan lugar a movilizaciones masivasen la calle. Esta tendencia, observa Juliá, se ha multiplicado y especializado con la crisis y el auge de las redes sociales e internet. “Ahora los manifiestos y las movilizaciones se producen en defensa de la seguridad social, la educación y otros derechos que la acción del gobierno ha puesto en riesgo”, explica.

En el largo camino recorrido desde la acuñación del término, el intelectual ha dejado de ser un título superior para convertirse en un ciudadano entre ciudadanos, asegura Juliá. Ya lo aventuraba el escritor Juan Benet en un coloquio pronunciado en 1985 con motivo de la Semana del Libro Alemán en Madrid, ante el asombro de su auditorio, al rechazar el derecho del intelectual a adoptar una postura de liderazgo en la sociedad, “con más peso que la de un fabricante de zapatos”. “Los intelectuales ya no son la estrella que guía a la masa”, sino que caminan junto a una sociedad “más despierta y más viva”.

***
Nosotros, los abajo firmantes

Santos Juliá repasa la historia reciente de España a través de los manifiestos de los intelectuales.

El historiador analiza la evolución de la figura del intelectual, de su nivel de compromiso político y de su influencia en la esfera pública en Nosotros, los abajo firmantes (Galaxia Gutenberg). A continuación puede leer algunos de los manifiestos recogidos en el libro.


Carta de Miguel de Unamuno a Antonio Cánovas del Castillo
Excmo. Sr. D. Antonio Cánovas del Castillo
Muy señor mío:

Sin más pretexto que el pobrísimo de saber que no le soy un desconocido del todo, y sirviéndome de los buenos oficios de mi excelente amigo D. Francisco F. Villegas, pronto siempre a todo acto piadoso, voy a distraerle la atención por un momento con cuatro palabras de sincera verdad en favor de un infortunado amigo mío, a quien creo inocente de lo que se le acusa. Doy este paso impelido no sólo por sentimiento de amistad hacia él, sino también por espíritu de caridad, de la que con justicia se confunde.

Mi pobre amigo Pedro Corominas se halla preso a consecuencia del salvaje atentado, vulgarmente llamado anarquista, de la calle de los Cambios, de Barcelona; y parece ser que se pide la pena de muerte para él.

Estimo que al sacrificar a Corominas, que es lo que suele decirse un anarquista platónico, por el natural deseo de servir a una opinión pública, que tanto justamente alarmada como grandemente extraviada, pide caiga algún intelectual, llevaría a un acto de escasa justicia y de menos caridad. La acción de Corominas entre los elementos realmente anarquistas de Barcelona más era de provechosa canalización, desviadora de bárbaros instintos, que excitadora del fondo brutal de todo hombre.

Aunque me separo mucho en ideas de mi pobre amigo, creo le tan inocente como yo de lo que se le atribuye. Y si aduzco aquí mi convicción profunda de que no hay ideas buenas ni malas, ni es la profesión de éstas o aquéllas sino el modo de profesarlas lo que ennoblece o envilece al hombre, es tan sólo para asegurar que profesaba las suyas Corominas con verdadera fe, y por lo tanto con verdadera caridad, habiéndole sido imposible, en consecuencia, incitar a nadie directa o indirectamente al crimen.

Bien sé lo delicado que es un asunto sub judice, pero también conozco lo que puede la discreta insinuación de quien tiene autoridad e influencias personales y propias, más que de oficio. Sé que sabe V. E. levantándose sobre el mezquino criterio de la muchedumbre, que, guiada de ciego instinto de conservación, sólo ve lo inmediato y aparente, pensar y sentir sobre la opinión más bien que contra ella, y en rigor con la opinión honda y callada que se sedimenta al cabo en los espíritus de verdad, de caridad y justicia.

Me atrevo a rogarle influya para que se ejerza con mi desventurado amigo caridad de justicia, para que cobre, con serena aplicación, toda su fuerza moral de ley de represión, con que debe la opinión pública darse por satisfecha.

Seguro estoy, Sr. D. Antonio, de que sabrá dispensarme la distracción que le ocasiono, atendiendo a lo que a ello me mueve, y seguro también de que no dejarán de hallar eco en su recto corazón y en su clara mente estas palabras que deseo sean evocadoras de sus sentimientos de caridad y justicia.

Esté, de su parte, seguro de que por ello le guardará gratitud su aftmo. ss. Q. l. b. l. m.

Miguel de Unamuno
Salamanca, 28 de noviembre de 1896
Rafael Pérez de la Dehesa (1970), pp. 688-689.


Mensaje de adhesión al Homenaje a Antonio Machado

Hace veinte años - el 2 de febrero de 1939 - murió en el pueblecito francés de Collioure, donde aún yacen sus restos, el mayor entre los poetas españoles de nuestro siglo: Antonio Machado. Su nombre y su palabra no han dejado de crecer y de extenderse desde aquella fecha, asumiendo en intensidad cada vez más estrecha la realidad y el sentimiento del pueblo español. De su arraigo en la indestructible sustancia popular, de su fidelidad al pueblo, a su sabiduría sedimentada, a su dolor y a su esperanza, procede sin duda esa extraordinaria robustez, esa fuerza de crecimiento y expansión, esa hondura de humanidad total que dura contra el tiempo en la poesía de Machado y que da tan sólidas raíces a su estatura de hombre singular y libre, de creador y contemplador. Un homenaje a Antonio Machado resuena así, inevitablemente, como un homenaje al pueblo español, al pueblo simple y duradero, al trozo de humanidad con que él mismo hubiera deseado fundirse para quedar como uno de aquellos anónimos a los que continuamente apelaba como ejemplo de poesía verdadera.

Esta condición hace para nosotros doblemente emocionante la iniciativa del amplio grupo de intelectuales franceses que, anticipándose a nuestro deseo y a nuestro deber, se propone rendir a Machado - y por él al silencioso pueblo español - un homenaje de exaltación y solidaridad, reuniéndose en torno a la tumba de Collioure, donde las cenizas del poeta esperan el día en que puedan volver a fundirse con su tierra madre y recibir con ella el homenaje que los españoles debemos a nuestro poeta. Homenaje de hombres libres, reunidos en su memoria y solidarizándonos en el «duelo de trabajos y esperanzas» que él desearía.

Queriendo por nuestra parte corresponder a la noble iniciativa de los escritores franceses y dar libertad a nuestro impulso y admiración hacia la memoria de Antonio Machado, nos dirigimos a todos los españoles de buena voluntad para:

Primero: Comunicarles nuestro envío de un mensaje colectivo de adhesión al homenaje en Collioure.

Segundo: Recomendar a cuantos puedan hacerlo su traslado a Collioure (Pirineos Orientales) el día 22 de febrero, para participar en los actos proyectados.

Tercero: Recomendar a los que no puedan hacerlo a Francia, lo hagan a Segovia, a fi n de rendir allí su homenaje al poeta, visitando la casa que le sirvió de morada durante algunos años y que actualmente ha sido convertida en museo de recuerdos.

Cuarto: Exhortar a todos los escritores y artistas españoles a ofrendar alguna de sus páginas y obras de arte a la memoria de Antonio Machado.

Invitan:
Ramón Menendez Pidal, Gregorio Marañón, Teófilo Hernando, Ramón Pérez de Ayala, Jorge Rubio, Carlos Riba, Dámaso Alonso, Vicente Aleixandre, Pedro Laín Entralgo, Daniel Vázquez Díaz, Gonzalo Lafora, Joaquín Garrigues, Valentín Andrés Álvarez, Camilo José Cela, Luis Felipe Vivanco, Gabriel Celaya, Antonio Buero Vallejo, Luis Rosales, José Antonio Muñoz Rojas, Dionisio Ridruejo, José Luis Aranguren, Julián Marías, Enrique Tierno Galván, Marià Manent, J. V. Foix, Salvador Espriu, Fernando de Castro, Antonio Espina, Femado Chueca, Rafael Lapesa, Faustino Cordón, Ángel Ferrant, J. Díaz Caneja, Benjamín Palencia, Rafael Zabaleta, José Caballero, Jorge Oteiza, José Romero Escassi, José Hierro, Rafael Morales, Eugenio de Nora, Blas de Otero, José Caballero Bonald, Fernando Baeza, Alfonso Sastre, Jesús Fernández Santos, Francisco Fernández Santos, Rafael Sánchez Ferlosio, Ignacio Aldecoa, José María Moreno Galván, Alfredo Mañas, Antonio Valdivieso, Javier Clavo, Francisco García Pavón, Julio Caro Baroja, Juan Antonio Barden, Luis García Berlanga, Juan Goytisolo, J. Gallego Díaz, Montero Díaz. (Siguen las firmas.)

Boletín de Información. Unión de Intelectuales
Españoles, México, junio de 1959


A la conciencia del mundo

Somos un grupo de intelectuales españoles, lo que vale tanto como decir de españoles consagrados por hábito y profesión a las tareas de la inteligencia, que son faenas de la paz; y sabemos muy bien que nuestra voz carece de timbre marcial, para ser escuchada como voz de combate. Si la guerra en que España vive empeñada desde hace más de siete meses fuera simplemente una guerra, con todos los horrores que la guerra comporta, pero atendida a ese minimum de normas humanitarias, que se llama derecho de gentes, hubiéramos guardado silencio fuera de España. Pero no hemos podido, ni podemos, callarnos; nos obliga a gritar un deber imperioso. Porque la guerra que hacen los rebeldes ha roto todos los diques de la moral, ha abierto todas sus esclusas, y es un torrente de iniquidad que amenaza anegar a España entera.

Recordamos a la conciencia del mundo la sañuda persecución aérea y artillera de que se ha hecho víctima a los no combatientes - ancianos, mujeres y niños - de toda la España leal, a los fugitivos no beligerantes de Málaga, y, en estos últimos días, a todos aquellos que se refugiaron en ciudades abiertas, alejadas de la guerra y consagradas al trabajo, como Valencia y Barcelona.

Por si esta contienda que ensangrienta a España fuera, como alguien sospecha, un anticipo, un «ensayo» de la futura - acaso inevitable - guerra mundial, al mundo entero le conviene saber esto: la guerra tiende a perder toda sombra de dignidad humana, porque empieza a hacerse de una manera fría y sistemática contra los indefensos y los inofensivos. Si este ejemplo cunde, porque no despierta la indignada repulsa del mundo entero, en lo futuro, no sólo combatirán los ejércitos entre sí, sino también, y sobre todo, el elemento armado de cada nación contra la población inerme de la nación adversaria; lo que quiere decir que no son ya los individuos ni los pueblos, sino la especie humana en su totalidad lo que peligra.

Esperamos que la plena conciencia de cuanto decimos, y una experiencia demasiado cercana de los hechos que denunciamos, den a nuestra voz la autenticidad suficiente para ser oída, más allá de nuestras fronteras, por todos los hombres capaces de reflexión a quienes interese el porvenir del mundo. Esta guerra de España - esta guerra en España - puede ser, en efecto, el prólogo sangriento de una guerra mundial de proporciones incalculables. Puede ser, también, si la conciencia universal no se duerme, el momento propicio para atajar con normas de derecho y de justicia la gran catástrofe moral que haría esa guerra inevitable.

Manuel Altolaguirre, Aurelio Arteta, Francisco Ayala, Ricardo Baeza, Jacinto Benavente, José Capuz, Profesor Pedro Carrasco, Roberto Castrovido, Rafael Dieste, Juan José Domenchina, Profesor Arturo Duperier, Fabián Vidal, José Gutiérrez Solana, Rodolfo Halffter, Juan de la Encina, León Felipe, José María López Mezquita, Antonio Machado, Victorio Macho, Doctor Antonio Madinaveitia, Doctor Manuel Márquez, Maestro Eduardo M. Torner, Profesor Enrique Moles, Tomás Navarro Tomás, Ricardo Orueta, José María Ots Capdeguí, Doctor Federico Pascual, Maestro Bartolomé Pérez Casas, Timoteo Pérez Rubio, Profesor Juan Peset, Maestro Gustavo Pittaluga, Emilio Prados, Doctor Miguel Prados, Antonio Porras, Alardo Prats, Doctor José Puche Álvarez, Doctor Gonzalo R. Lafora, Antonio Robles, Cristóbal Ruiz, Doctor José Miguel Sacristán, E. Salazar y Chapela, Arturo Souto, Félix Urabayen, Antonio Zozaya.

Fragua Social, 23 de febrero de 1937, p. 3.


Carta de Pablo Picasso contra la Bienal Hispanoamericana

El Gobierno franquista, sin duda deseoso de ganar formalmente el prestigio que fundamentalmente pierde cada día, dentro y fuera de España, ha decidido iniciar el 12 de octubre de este año una Exposición Bienal de Arte. Por medio de «el Instituto de Cultura Hispánica»... y para asociarse con el mayor esplendor posible a los solemnes actos conmemorativos del centenario de los Reyes Católicos y de Colón... crea la Exposición Hispanoamericana de Arte.

La elección de la fecha - el llamado Día de la Raza - y el motivo indicado de rendir homenaje a la memoria de los Reyes Católicos y de Colón da pretexto al dicho Instituto para invitar a todos los artistas de habla española más los de Brasil, Estados Unidos y Portugal, a los cuales «considera invitados de honor con los mismos derechos de los demás participantes».

Teniendo en cuenta la situación del régimen franquista, el propósito de tal «actividad » del Instituto de Cultura Hispánica parece evidente: por una parte, y para contrapesar «idealmente» la espantosa miseria que en la actualidad sufre el pueblo español, intentar oponer tal realidad de miseria la fanfarronada «imperial». De otra parte, una intención, también evidente, de «atraer» a los artistas de habla española y de darse pretexto para acercarse «culturalmente» a los Estados Unidos.

Convencidos de ello, creemos que la tradición española, y con más razón el conjunto de tradiciones hispanoamericanas, no pueden ser invocadas por quienes niegan el sentido mismo de la tradición al querer que ésta no sea tal - tradición, pasado - y sí, en cambio, que sea no sólo presente, sino amplia, para que, con vuelo de grandeza pasada, envuelva la tristísima y verdadera actualidad que padece el pueblo español.

Por eso, sensibles al verdadero sentido de la tradición española, al sentido popular de la tradición, que alcanza su plena significación y universalidad con el descubrimiento de América, creemos que tal celebración, para ser adecuada, ha de ser iniciativa de los españoles que de veras se sienten unidos, en el presente y para el futuro (no sólo con el pasado), al destino del pueblo español y de los pueblos americanos, el cual no puede ser sino un destino de libertad fraternal.

Por tal motivo, no sólo consideramos como un deber el manifestar nuestra oposición a tal escarnio como supone «celebrar» las pasadas glorias españolas en un momento en que toda España muere de hambre, sino que también queremos subrayar afirmativamente la honda significación que tiene para nosotros el momento histórico aludido.

Para intentar dar realidad a ambos propósitos nos dirigimos a vosotros. Sin suponer que hayamos acertado en todo, abiertos a toda sugerencia, tras algún cambio de impresiones, los artistas y escritores españoles reunidos en París hemos creído necesario, en tanto que artistas y escritores exclusivamente, fijar nuestra actitud frente a tal Exposición y a los no declarados propósitos que encierra.

En consecuencia nos hemos impuesto una doble tarea, que en líneas generales podríamos resumir diciendo que intentamos manifestar de algún modo nuestra oposición al proyecto del Instituto de Cultura Hispánica. Lo cual, en la práctica, supone, en primer término, advertir a los artistas de los diferentes países de América acerca del verdadero contenido de tal invitación, el cual no es otro que el de una invitación a colaborar con el franquismo. En un día, tal vez no lejano, España, con su verdadera faz - no con el antifaz tradicionalista - se enorgullecerá al recibir a dichos artistas. Pero hoy, cuando el pueblo español manifiesta espléndida y enérgicamente su total oposición al régimen franquista, ninguna consideración puede anular esta realidad: acudir a España, aceptar tal invitación oficial es asumir la responsabilidad moral de colaborar con un régimen que la oposición mundial ha condenado y condena. Nadie puede ignorarlo. Ningún motivo de orden personal puede prevalecer ante tal realidad. Mas, como no queremos limitar nuestro propósito a sólo una actividad negativa, creemos que importa mucho que haya una iniciativa española, precisamente española, que se proponga subrayar la hondísima significación que para España y América principalmente tiene la fecha de 12 de octubre.

Con tal criterio nos proponemos y os proponemos emprender en común una celebración de tal fecha; celebración que para evitar imposibilidades de cualquier orden, tanto en Francia como en los diferentes países de América, habría de tener una significación estrictamente artística, y cuya estructuración, en principio, podría ser la siguiente: Celebrar en París una Exposición de artes plásticas de carácter hispanoamericano exclusivamente, en la que podrían participar el grupo de pintores y escultores residente en París, más los artistas americanos que se encuentren en esta capital. Celebrar exposiciones análogas en algunas capitales de América (Buenos Aires, Méjico, Río de Janeiro, por ejemplo), contando con los artistas de los países respectivos a dichas capitales, más los españoles refugiados en los mismos. Tanto en París como en los diversos países americanos subrayar, mediante otras manifestaciones artísticas (conciertos, lecturas, exposiciones del libro, etc.), la intención afi rmativa de las mismas. Invitar a los artistas americanos a enviar sus obras a alguna de las diversas exposiciones que podríamos llamar centrales; y cuando, por diferentes razones, en alguno de dichos países no fuera posible organizar tal envío, realizar exposiciones locales, pero de acuerdo y simultáneas con aquellas que hemos llamado centrales. Finalmente, para la realización de tales proyectos, creemos que importa: subrayar el carácter español y libre de tal iniciativa; recabar la colaboración de personalidades, tanto españolas como americanas, de autoridad moral no sólo capaz de jerarquizar nuestro propósito, sino también de canalizar la oposición de otros artistas y escritores americanos.

Pablo Picasso. Por el Comité Organizador: Baltasar Lobo, Arturo Serrano Plaja y Antonio Aparicio.

El Nacional, Caracas, 6 de septiembre de 1951
[Y con el título «Éste es el manifiesto de Picasso»,
Correo Literario, Madrid, 1 de noviembre de 1951.]


Los intelectuales, con el Bloque Popular

Partidos a quienes separan considerables divergencias de principios, pero defensores todos de la libertad y de la República, han sabido sumar sus esfuerzos generosos en un amplio Frente Popular. Faltaríamos a nuestro deber si en esta hora de auténtica gravedad política, nosotros, intelectuales, artistas, profesionales de carreras libres, permaneciéramos callados sin dar públicamente nuestra opinión sobre un hecho de tal importancia. Todos sentimos la obligación de unir nuestra simpatía y nuestra esperanza a lo que sin duda constituye la aspiración de la mayoría del pueblo español: la necesidad de un régimen de libertad y de democracia, cuya ausencia se deja sentir lamentablemente en la vida española desde hace dos años. No individualmente, sino como representación nutrida de la clase intelectual de España, confirmamos nuestra adhesión al Frente Popular, porque buscamos que la libertad sea respetada, el nivel de vida ciudadana elevado y la cultura extendida a las más extensas capas del pueblo.

Federico García Lorca, poeta; Rafael Alberti, poeta; Juan Rejano, escritor; Luis Alaminos, inspector de Primera enseñanza; José Navas García, músico; José Domínguez Luque, médico; Serafín Linares, maestro de Primera enseñanza; Cayetano L. Trescastro, periodista; Luis Torreblanca, pintor; Antonio Martínez Virel, pintor; Antonio Ramos Acosta, médico; Domingo Fernández Barreira, periodista; Rafael Verdier, director de Graduada; Luis Sánchez Asensio, maestro; E. Baeza Medina, abogado; Vicente Sarmiento, médico; Francisco Martín Lodi, maestro; Francisco Salas, maestro; Emilio Prados, escritor; González Sánchez Vázquez, estudiante; Francisco Saval, farmacéutico; Enrique Sanín, dibujante; Adolfo S. Vázquez, estudiante; María Teresa León, escritora (siguen las firmas hasta 300).

Mundo Obrero, 15 de febrero de 1936, p. 13.


Los discípulos de Marañón a Primo de Rivera
Excelentísimo señor presidente del Consejo de ministros.

Excelentísimo señor: Los discípulos del doctor Marañón, los que con él comparten la labor diaria en su clínica y en el laboratorio, se han visto dolorosamente sorprendidos con la detención e incomunicación que su maestro sufre.

Tal vez parecería pueril llanto de hijos separados a la fuerza del padre este documento, en que serenamente nos dirigimos al Poder público. Pero aunque el sentimiento que al doctor Marañón nos une sea de esta índole, nosotros estamos atentos a lo que su figura representa en la vida española. El doctor Marañón es, ante todo y por encima de todo, y a ello dedica su vida y su ambición, médico, investigador y amante de su patria, a la que su obra enaltece.

La figura y la obra del doctor Marañón no necesitan de un recordatorio ocasional. Pero nosotros, los mejores testigos, ya que con él convivimos en el trabajo, queremos afirmar con todo el vigor que nos da nuestra Juventud, nuestra vida alejada de banderías políticas, partidos antiguos o nuevos y la falta de una protección oficial que no buscamos, que en el doctor Marañón encarna uno de los valores éticos más grandes de España. Su filantropía, su obra social dentro de la profesión, son su justificante, y su intenso y castizo patriotismo, que le ha guiado siempre para dar honor a su patria y llevar alto su pabellón fuera de las fronteras. No sólo con cañones y con el silencio espasmódico del recluta en posición de firmes se sirve a la patria.

Porque conocemos a Marañón sabemos que no puede estar incluido en los grupos de sindicalistas y anarquizantes a que alude el Gobierno en su última nota oficiosa, y tenemos la evidencia de que no ha participado en ninguno de los complots que la Dirección de Seguridad ha descubierto. Si algún delito ha cometido es el de tener una conciencia incorruptible, un entusiasmo mozo por el bien, la verdad y la justicia y un firme propósito de llevar hasta la muerte, en alto, inmaculada, su libertad de pensamiento.

Por este absoluto convencimiento que tenemos de su inocencia y por amor a España, que sentiría dolorida el cercenamiento de tan preclaro hijo, nos dirigimos a vuestra excelencia, temerosos de que las medidas disciplinarias y gubernativas que anuncia la nota oficiosa nos hagan grave mal a muchos españoles al hacérselo a uno tan ilustre por un motivo alucinatorio, no real.

No tardará el Gobierno en convencerse de la limpia verdad que defendemos, de la inculpabilidad del detenido. Y la arbitrariedad de su detención resaltará entonces. Pero estamos persuadidos de que V. E. no desatenderá nuestra demanda, tal vez demasiado vehemente en la forma, aunque hayamos pretendido expresarla con la obligada corrección que merece el Poder constituido.

Esperamos, excelentísimo señor, que el doctor Marañón sea puesto en libertad para que pueda reanudar inmediatamente su tarea de maestro y su labor de médico. Lo piden discípulos y pacientes y lo quiere la intelectualidad española.

La Libertad, 30 de junio de 1926, p. 3.


Articulo : http://www.elcultural.es 27/03/2014