vendredi 18 avril 2014

Laura CARDONA/ COETZEE: Huellas de una vida

COETZEE:
Huellas de una vida
Por Laura CARDONA

Coetzee, narrador que escapa a las etiquetas, considera la lectura una actividad única para sumirse en la complejidad del ser y de la inteligencia

Los libros de John Maxwell Coetzee suelen ser recibidos con al menos dos adjetivos: extraordinarios y desconcertantes. Ya sean de novelas realistas o alegóricas, la amplitud temática interpela tanto como las innovaciones formales. Poseedor de una singular mirada, atento a "las señales de la monotonía", con su estilo "tan árido, tan duro y tan poco complaciente" (al decir de Pedro Almodóvar) penetra en lo más profundo del individuo. Coetzee discute ideas y piensa a través de su narrativa, logrando enfrentar al lector con una reflexión incómoda que lo mueve a reconsiderar sus puntos de vista. "La lectura -escribió en El maestro de Petesburgo (1994)- consiste en ser el brazo y ser el hacha y ser el cráneo que se parte; la lectura es entregarse, rendirse, no mantenerse distante ni burlón." Ética y poética de un escritor que ha experimentado que "la verdad puede llegarnos por caminos tortuosos, llenos de misterio". También de un lector exquisito y generoso, que sabe que entendemos "mediante la inmersión de nuestro ser y nuestra inteligencia en la complejidad".

Referente obligado de la narrativa contemporánea, Coetzee es artífice de una obra comprometida e innovadora, ya considerada perdurable. Compromiso menos político que humano, pues no lo conmueve la política sino el mundo del individuo a quien investiga a través de sus personajes, sin esperar respuestas.

Nacido en 1940 en Ciudad del Cabo, de origen afrikáner, Coetzee vivió las prácticas coloniales y las políticas segregacionistas del apartheid sudafricano que indudablemente condicionaron la construcción de su identidad y de su literatura. En su familia ya se jugaba esa fractura identitaria: en la casa se hablaba inglés pero con otros familiares fluía el afrikáner, de cuya cultura, sin embargo, Coetzee se sentía muy alejado.Vivió en Inglaterra, en Estados Unidos, regresó a Ciudad del Cabo y finalmente se instaló en Australia hace doce años, adoptando esa nacionalidad. Itinerante y outsider, ha dicho de sí: "No soy el representante de una comunidad ni nada que se le parezca, soy alguien que tiene noción de la libertad, como la tiene cualquier prisionero encadenado y que construye representaciones de gente que se libera y ve la luz". El lector puede encontrar huellas de su vida en esa suerte de memorias que forman la trilogía Escenas de una vida de provincias: Infancia (1977), Juventud (2002) y Verano (2010). Las dos primeras, escritas en tercera persona a pesar de plantearse como autobiográficas (la marca de la autobiografía es justamente la primera persona), narran su niñez en la región de Karoo, lejos de la civilización urbana, y luego los avatares londinenses del joven John Coetzee, tras su vida como estudiante universitario en Ciudad del Cabo. De formatos tradicionales, se distancian del tercer libro, Verano, cuya estructura rompe con el registro autobiográfico y adopta el sistema de entrevistas a cinco personajes que han conocido a John Coetzee, "el célebre autor ya fallecido". Esta clase de artificios, los juegos entre biografía y ficción -la llamada autoficción-, son habituales en su literatura. Como también lo es la presencia de un álter ego encarnado en Elizabeth Costello, la protagonista de la novela del mismo nombre publicada en 2003, que había aparecido por primera vez en Las vidas de los animales (1999) -libro que recoge las conferencias que Coetzee pronunció en Princeton entre 1997y 1998-, y que también se da una vuelta por Hombre lento (2007). Costello es una escritora australiana que recorre el mundo dando conferencias e introduce reflexiones sobre una variada cantidad de temas, desde la preocupación por la pérdida del lenguaje hasta los derechos de los animales. Las novelas de Coetzee nunca han dejado de ensayar teorías filosóficas. Y si bien ha escrito libros de ensayo, la ficción le resulta más propicia para entreverar lo emocional con lo intelectual porque en ella -como consigna el editor y crítico español Ignacio Echevarría a través de una afirmación de Robert Musil- "puede ser más poderosa la encarnación que la expresión de esas ideas. [.] No es que se expresen ideas en la novela o el relato, es que se deja que resuenen". Los personajes, se lee en Elizabeth Costello, deben encarnar las ideas que enuncian.

A sus novelas autoficcionales hay que agregar Diario de un mal año (2007), libro que sorprendió por su polifonía estructural y visual. Entre los textos alegóricos se cuentan Vida y época de Michael K (1983), pesadilla kafkiana de personajes beckettianos; Esperando a los bárbaros (1980) -crítica poscolonial de un naturalismo brutal- y la reciente La infancia de Jesús (2013), novela sobre un mesías niño, que se sumerge en la filosofía platónica y se cifra en el mundo previo de los libros.

Ganador en dos oportunidades del premio Booker (en 1983 por Vida y época de Michael K y en 1999 por Desgracia, verdadera obra maestra) y del Premio Nobel en 2003, también ha escrito varios libros de crítica literaria y hace poco se publicó la correspondencia que mantuvo con Paul Auster, en la que se abordan algunos de los temas que insisten en su obra: la memoria, la infancia, la sexualidad, las generaciones y la madurez, el deporte, la vida del artista y la creación. En la Feria del Libro los dos autores harán una lectura pública de algunos de esos intercambios.

Desde el escenario literario del apartheid hasta las narraciones más universales, dueño de una infrecuente sensibilidad intelectual, Coetzee no deja de indagar la condición humana apostando al encuentro con lo estético, el conjuro -según George Steiner- "más ingresivo y transformador al que accede la experiencia".

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Texto inédito
Coetzee: la pasión de un lector
Por J. M. Coetzee

Cuando faltan pocos días para que el Nobel sudafricano se presente en la Feria del Libro, publicamos un breve ensayo sobre Robert Walser, uno de los autores que eligió para la colección Biblioteca Personal, editada por El hilo de Ariadna. Además, anticipamos su agenda porteña

Robert Walser, el séptimo de ocho hermanos, nació en 1878, en el cantón germanoparlante de Berna, Suiza. Su padre era encuadernador y dirigía una tienda de papelería. A los catorce años, a Robert lo sacaron de la escuela y lo pusieron como aprendiz en un banco, donde cumplió sus funciones de empleado de manera ejemplar hasta que, impulsado por el sueño de volverse actor, súbitamente dejó todo y huyó a Stuttgart. Su audición para el teatro fue un fracaso humillante: lo rechazaron porque era demasiado rígido, demasiado inexpresivo. Abandonó sus ambiciones teatrales y pasó de un empleo a otro, escribiendo, en su tiempo libre, poemas, esbozos de prosa y pequeñas piezas en verso (dramoltes) para la prensa. Sus esfuerzos no carecieron de éxito: fue aceptado por Insel Verlag, editor de Rilke y Hofmannsthal, quien publicó su primer libro.

En 1905, con la meta de progresar en su carrera literaria, siguió a su hermano mayor, un exitoso ilustrador de libros y escenógrafo, a Berlín. Por prudencia, también se inscribió en una escuela que entrenaba personal doméstico y durante breve tiempo lo emplearon como mayordomo en una casa de campo, donde llevaba librea y respondía al nombre de "Monsieur Robert". No mucho tiempo después, logró sostenerse a sí mismo con el producto de sus libros. Su obra empezó a aparecer en prestigiosas revistas literarias y fue bien recibido en círculos artísticos serios. Pero el papel de intelectual metropolitano no le resultaba fácil. Tras unos pocos tragos, tendía a volverse grosero y agresivamente provinciano. Poco a poco se fue retirando de la sociedad, para llevar una vida solitaria y frugal en departamentitos de un ambiente. En ese entorno escribió sus cuatro primeras novelas, tres de las cuales sobrevivieron: Der Geschwistern Tanner (Los hermanos Tanner, 1906), Der Gehülfe (El ayudante, 1908) y Jakob von Gunten (1909).Todas ella toman como material su propia experiencia vital.

En 1913 Walser dejó Berlín y volvió a Suiza como "un autor ridiculizado y sin éxito" (según sus propias palabras, llenas de desprecio por sí mismo). En la ciudad industrial de Biel, cerca de donde vivía su hermana, alquiló un cuarto en un hotel en el que no se permitía tomar alcohol y, durante los siete años siguientes, se ganó precariamente la vida como colaborador de los suplementos literarios de diversos diarios. Aparte de eso, hacía largos paseos por el campo y cumplía sus obligaciones en la Guardia Nacional. En las recopilaciones de su poesía y su prosa breve que siguieron apareciendo, se centró cada vez más en el paisaje social y natural de Suiza. Escribió otras dos novelas: el manuscrito de una, Theodor, lo perdieron sus editores; el otro, Tobold, lo destruyó el propio Walser.

Después de la Primera Guerra Mundial, decayó el gusto del público por el tipo de escritura en la que Walser confiaba para sobrevivir, una escritura que con facilidad se desestimaba como caprichosa y excesivamente literaria. Estaba demasiado separado de la sociedad alemana más amplia para mantenerse al día respecto de las nuevas corrientes de pensamiento; en cuanto a Suiza, el público lector de ese país era demasiado pequeño para sostener a un batallón de escritores. Si bien se enorgullecía de su frugalidad, Walser tuvo que cerrar lo que llamaba su "pequeño taller de fragmentos en prosa". Su precario equilibrio mental comenzó a vacilar. Se sentía cada vez más oprimido por la mirada censora de sus vecinos, por su exigencia de respetabilidad. Dejó Biel por Berna, donde consiguió un puesto en los archivos nacionales, pero unos meses más tarde lo despidieron por insubordinación. Cambiaba constantemente de domicilio. Bebía mucho, sufría de insomnio, oía voces imaginarias, tenías pesadillas y ataques de ansiedad. Intentó suicidarse pero fracasó, porque, como aceptaba con palabras conmovedoras: "Ni siquiera pude hacer un nudo adecuado".

Era evidente que no podía seguir viviendo solo. Venía de una familia con un historial de enfermedades mentales: su madre había sido una depresiva crónica, un hermano se había suicidado, otro murió en un hospital para enfermos mentales. Como sus hermanos no estaban dispuestos a recibirlo, aceptó que lo internaran en una clínica psiquiátrica. "Marcadamente deprimido y gravemente inhibido", decía el informe médico inicial. "Respondió con evasivas cuando se le preguntó si estaba harto de la vida."

En posteriores evaluaciones, los médicos de Walser no lograron coincidir en qué mal lo aquejaba, si es que ese mal existía, e incluso lo instaron a tratar de vivir solo nuevamente. Sin embargo, la rutina institucional se había vuelto indispensable para él y eligió quedarse. En 1933 su familia hizo que lo trasladaran a la clínica psiquiátrica de Herisau, en el este de Suiza, donde tenía derecho a internarse por el sistema de bienestar social. Allí ocupaba su tiempo en tareas como pegar bolsas de papel y seleccionar porotos. Estaba en plena posesión de sus facultades, seguía leyendo diarios y revistas, pero, a partir de 1932, dejó de escribir. "No estoy aquí para escribir, estoy aquí para ser loco", le dijo a un visitante. Además, decía, el apogeo de la literatura había terminado.

El día de Navidad de 1956, la policía de Herisau recibió una llamada: unos niños habían tropezado con un anciano de sobretodo y botas que yacía despatarrado en un campo cubierto de nieve, con los ojos abiertos y muerto por congelación. El cuerpo fue identificado como el de Robert Walser, quien, como se informó en el diario local, había tenido cierta reputación como escritor, no sólo en Suiza sino también en Alemania.

Ser escritor era algo que Walser encontraba difícil en los niveles más elementales: el nivel de usar las manos para convertir sus pensamientos en marcas sobre el papel. Los manuscritos que sobreviven de sus primeros años son un modelo de hermosa caligrafía. La caligrafía, sin embargo, fue uno de los ámbitos donde primero se manifestó su perturbación psíquica. A partir de los treinta años, comenzó a sufrir calambres psicosomáticos en la mano derecha. Los atribuyó a una inquina inconsciente hacia la lapicera como herramienta, que superó al reemplazar la lapicera por el lápiz.

Escribir con lápiz era lo bastante importante para Walser como para denominarlo su "sistema de escritura a lápiz" o "método de escritura a lápiz". El método de escritura a lápiz no sólo implicó el uso de un lápiz sino también un cambio radical en su forma de escribir. A su muerte, dejó unas quinientas hojas de papel cubiertas de un borde al otro por filas de signos caligráficos delicados y minuciosos escritos a lápiz, una escritura tan difícil de leer que al principio su albacea la tomó por un código secreto. Pero bajo la lupa, la escritura se reveló como alemán común, aunque con tantas abreviaturas caprichosas que incluso los mejores especialistas en Walser son incapaces de descifrarla más allá de toda ambigüedad. La totalidad de sus obras tardías, incluida su última novela Der Rauber (El bandido, 1925) -veinticuatro hojas de microgramas, unas ciento cincuenta páginas impresas-, ha llegado hasta nosotros a través del método de escritura a lápiz.

Más interesante que el desciframiento de la escritura misma es la pregunta acerca de qué hizo posible el método de escritura a lápiz que la lapicera ya no podía lograr (Walser siguió usando lapicera para escribir cartas). La respuesta parece ser que, al igual que un dibujante con una carbonilla en la mano, Walser necesitaba darle cierto tipo de ritmo a la mano antes de poder entrar en un estado mental en el cual el ensueño, la composición y el movimiento del instrumento de escritura se convirtieran, en gran medida, en lo mismo. En un texto titulado "Esbozo a lápiz" que data de 1926/27 menciona la "dicha excepcional" que el método de escritura a lápiz le brindaba: "Me calma y me alegra". El método se adecuaba a su modalidad de composición, que avanza menos por la lógica o la narrativa que por el estado de ánimo, el capricho y la asociación. El lápiz y la escritura estenográfica que el propio Walser inventó permitían un avance resuelto, ininterrumpido pero impulsado por el sueño.

Walser escribía en alto alemán (Hochdeutsch), una lengua que los suizo-alemanes, quienes constituyen las tres cuartas partes de la población nacional, aprenden en la escuela pero no hablan en su casa. El alto alemán difiere del alemán suizo no sólo por una multitud de detalles lingüísticos sino también por su temperamento. Usar alto alemán -que, si se quería ganar la vida con la pluma, era la única opción disponible para Walser- entrañaba, inevitablemente, adoptar una actitud educada, socialmente refinada, una actitud con la cual nunca se sintió cómodo. Aunque tenía poco tiempo para la literatura regional suiza (Heimatliteratur), dedicada como estaba a reproducir el folklore helvético y a celebrar las obsoletas tradiciones populares, después de su vuelta a Suiza en 1913, Walser deliberadamente empezó a usar expresiones suizo-alemanas en su escritura y, en general, a sonar como un suizo.

La coexistencia de dos versiones diferentes de una sola lengua en el mismo espacio social es un fenómeno poco familiar tanto para el mundo hispanohablante como para el angloparlante. Al traductor le crea problemas que a veces son insolubles. En el caso de los textos de Walser, algunos traductores responden al problema ignorando la presencia del supuesto dialecto, que se manifiesta no sólo en la presencia de palabras y frases suizas, sino también en un colorido general de la prosa. Otros emplean uno u otro dialecto regional o social de su propia lengua. Ninguna de las dos soluciones es satisfactoria.

Aunque el proyecto de reunir los escritos de Walser se inició antes de su muerte, sólo después de que aparecieran los primeros volúmenes de sus obras completas en edición académica en 1966, y de que se lo comenzara a leer en Inglaterra y Francia, se le prestó una amplia atención en Alemania. En la actualidad, Walser es más conocido por sus cuatro novelas, a pesar de que constituyen sólo una fracción de su producción literaria y a pesar de que consideraba que el género novelístico no era su fuerte. Su propia vida, carente de acontecimientos pero desgarradora a su manera, era su único tema verdadero. Todos sus textos en prosa, como sugería el autor retrospectivamente, podían leerse como capítulos de "una larga historia realista sin argumento", un "libro del yo [Ich-Buch] cortajeado o descoyuntado".
El ayudante que da título a la novela de Walser de 1908, Joseph Marti, es contratado como empleado y factótum general por el inventor Herr Carl Tobler, tras despedir a su predecesor por alcoholismo. Durante el año en que ocupa el puesto, Joseph está en una posición privilegiada para hacer la crónica de la lenta declinación de la empresa de Tobler y la pérdida de su espléndida casa.

Pero Walser no está interesado en el aspecto trágico de tales acontecimientos, en este caso, la tragedia burguesa de la caída de la casa Tobler. Tampoco está interesado en convertir a Tobler en la típica figura cómica del inventor distraído. Sus inventos -el reloj propagandista, la máquina expendedora de balas, la silla inválida, la máquina de perforación profunda- no son más absurdos que los artilugios de la vida real que capturan la fantasía del público y les procuran fortunas a sus inventores: la bicicleta, el rifle de aire comprimido. Por fin, tampoco le interesa a Walser describir el momento histórico en que el inventor como hombre de ideas da paso al inventor-empresario, quien a su vez dará paso al inventor como empleado asalariado del gran capital. El papel de Joseph en el establecimiento Tobler puede ser secundario, pero es Joseph, no Tobler, el héroe del libro, y la evolución (Bildung) de Joseph es el tema del autor.

El lugar de trabajo de Joseph es también su lugar de residencia: si bien nunca le pagan su salario, recibe, como parte del acuerdo, un confortable cuarto propio y todas sus comidas. Así, inevitablemente, Joseph tiene que vivir muy cerca de Frau Tobler.

Un hombre joven, vigoroso y sin ataduras lanzado en brazos de una mujer mayor, atractiva e insatisfecha es una situación rica en posibilidades narrativas: al joven se le pueden hacer sufrir las punzadas de un amor insatisfecho, por ejemplo; como alternativa, puede tener una relación culpable con su amante. Pero aunque Joseph es indudablemente sensible a los encantos de Frau Tobler y aunque Frau Tobler a veces parece invitarlo a avanzar, cuando le llega a Joseph el momento de revelar sus sentimientos, no es amor lo que expresa sino desaprobación: desaprobación por la frialdad con la que Frau Tobler trata a su hijita Silvi.

Joseph es demasiado infantil como para tener sentimientos paternales. De los cuatro niños Tobler, no son los varones con quienes se identifica, tampoco con la frívola Dora de cabellos dorados, sino con Silvi, la niña perturbada que moja la cama con regularidad y luego es duramente castigada por el ama de llaves, con la aprobación de su madre. Sería erróneo decir que Joseph quiere a Silvi: como Frau Tobler declara en defensa propia, es difícil querer a una criatura que es como un animal y, además, tan poco agraciada. Más bien, lo que perturba a Joseph es que, por no cumplir con las expectativas de los Tobler, Silvi ha sido expulsada del seno de la familia y entregada al implacable régimen de los sirvientes. En el destino de Silvi, teme ver el propio.

Los sentimientos de Joseph hacia el matrimonio Tobler son profundamente ambivalentes. Por un lado, apenas puede creer en la buena suerte que lo hizo aterrizar en una situación tan cómoda, la cual lo saca concretamente de la clase obrera en la que nació y le ofrece el hogar que nunca ha tenido. Por el otro, le molesta su posición subalterna en la casa y las indignidades a las que está expuesto sin cesar. Porque si bien los Tobler han rescatado a Joseph del trabajo manual, no lo han elevado a su propio nivel social. Al igual que otro de los héroes de Walser, Jakob von Gunten, Joseph se ha convertido en miembro de la mal definida clase intermedia de los mayordomos, escribientes e institutrices, ubicados uno o dos escalones más arriba en la escala social que los campesinos o los sirvientes, pero con mala paga y de quienes se espera que observen las normas propias de la clase media en el vestuario y la conducta. Al igual que Jakob, Joseph está lleno de un resentimiento incipiente y apenas oculto hacia la gente que le da órdenes y cuyos modales imita.

La ambivalencia de Joseph se expresa de diversas formas: en los alternativos ataques de diligencia e indiferencia con los que desempeña sus tareas; en su conducta hacia Tobler, a veces obsequiosa, a veces insubordinada. Nada de eso está calculado. Joseph es una criatura de impulsos y estados de ánimo cambiantes. Puede hablar con frases bien formadas, pero lo que dice a duras penas está bajo su control. Cuando se dirige a Tobler, en el mismo parlamento le reprocha a su patrón que se atreva a recordarle las comodidades de su situación, desdiciéndose de inmediato y disculpándose por su tono insubordinado, para después retirar su apología y defender su insubordinación como algo vital para su respeto por sí mismo. Tobler le responde con un estallido de risa y dándole una orden sumaria. Transformado al instante en el tímido de todos los días, Joseph obedece.

La corriente de sentimientos entre Joseph y Frau Tobler es igualmente volátil. La conducta de ella oscila entre la seducción y la altanería; Joseph a veces queda cautivado por la mujer, a veces es fríamente crítico.

Los Tobler, sometidos a incesantes tensiones por los acreedores, enfrentados cara a cara con la ruina y la humillación social, tienen estados de ánimo tan inestables como Joseph. Vivir en casa de los Tobler es como estar metido en una ópera italiana. Joseph es lo suficientemente suizo-alemán como para que la experiencia le resulte incómoda. Sin embargo, los Tobler le ofrecen un estilo de vida familiar más satisfactorio que todo lo que haya conocido (su propia familia sólo tiene una presencia nebulosa en el libro: una madre psicológicamente dañada, un padre esclavo de la rutina). La mansión de los Tobler, con su costoso techo de cobre, se ha vuelto no sólo su residencia sino también su hogar. Por lo tanto, el paso que da al final de la novela es enorme, cuando -afirmando su retorno a la clase obrera- exige sus sueldos impagos y le dice adiós a la sede del orden y la pasión, del confort y el tumulto, donde ha pasado el último año y, en compañía del borracho Wirisch, sale a enfrentar el futuro.

Durante su año con los Tobler, Joseph evoluciona y madura en un sentido importante: aprende a ser parte de una familia, aunque se trate de una familia que por cierto dista mucho de ser perfecta, en la que se le exige que dé más amor del que recibe y donde su lugar siempre es precario. Pero, en otro sentido, Joseph permanece constante. El rasgo constante de su carácter es lo más profundo y misterioso de él, lo que convierte a su costado innoble -su ceguera, su vanidad, su satisfacción consigo mismo- en algo irrelevante. El rasgo constante emerge en sus relaciones con el mundo natural y sobre todo con el paisaje suizo a lo largo del ciclo de las estaciones. Joseph no es religioso en ninguno de los sentidos habituales, tampoco tiene pensamientos interesantes (su diario es banal), pero es capaz de una profunda inmersión, casi animal, en la naturaleza y, a través de él, Walser puede expresar lo que constituye el corazón de este libro: la celebración de la maravilla de estar vivo.
¡Qué días aquellos! Húmedos y tormentosos, aunque con cierto encanto. Las hojas rojas y amarillas brillaban febrilmente, ardiendo entre las brumas grises del paisaje. Las hojas de los cerezos eran de un rojo incandescente, herido, doloroso, pero a la vez bello, que reconciliaba y alegraba. Los prados y arboledas parecían a menudo envueltos en velos y paños mojados; arriba y abajo, de lejos y de cerca, todo se veía gris y húmedo. Uno recorría aquel paisaje como un sueño turbio. Y, no obstante, ese clima y ese mundo expresaban también una secreta alegría. Se olían los árboles al caminar bajo ellos, se oía caer la fruta madura sobre los prados y senderos. Todo parecía doble o triplemente silencioso. Se hubiera dicho que los ruidos dormían o temían dejarse oír. Temprano por la mañana y tarde por la noche, las sirenas de niebla enviaban sus asmáticas señales sobre el lago, anunciando el paso de algún barco en la lejanía. Sonaban como quejas de animales indefensos. Sí, la niebla abundaba. Y de vez en cuando: buen tiempo. Eran días auténticamente otoñales, ni buenos ni malos, ni particularmente agradables ni muy sombríos que digamos, ni soleados ni cubiertos, sino de esos que permanecen uniformemente claros y turbios de la mañana a la noche, que a las cuatro de la tarde ofrecen la misma imagen del mundo que a las once de la mañana, días en los que todo yacía bajo el velo de una placidez dorada y un tanto opaca, en que los colores se replegaban silenciosamente sobre sí mismos, como soñando por su cuenta, preocupados. ¡Cómo amaba Joseph esos días! Todo se le antojaba hermoso, ligero y familiar. Esa leve tristeza en la naturaleza lo volvía despreocupado, casi irreflexivo... Había que mirar el mundo con calma, ecuanimidad, bondad y reflexión. Dondequiera que fuera, veía siempre la misma imagen pálida y llena, el mismo rostro, y ese rostro lo miraba con ternura y seriedad.

Walser escribió mucha poesía en el curso de su vida -ocupa cientos de páginas en sus Obras Completas-, pero ningún poema tiene la resonancia de un pasaje como el anterior, incorporado como está en la historia de un sujeto expuesto a la experiencia. Vemos y olemos lo que Joseph ve y huele, pero también sabemos lo que significan las estaciones en su vida y cuáles son las preocupaciones y ansiedades que a tal punto compensan. Pasajes como éste, de éxtasis y celebración, nos permiten entrar en la mente de un hombre para quien el paisaje suizo, con sus estados de ánimo cambiantes, es una figura benigna siempre presente, pero que es capaz de sentir la misma gratitud ante la comodidad de una cama caliente.

Traducción: Cristina Piña

Articulo: http://www.lanacion.com.ar 11/04/2014