vendredi 18 avril 2014

Verónica CHIARAVALLI/ Marguerite DURAS, íntima

Final abierto
Marguerite DURAS, íntima
Por Verónica CHIARAVALLI

Como Adolfo Bioy Casares, William Burroughs, Julio Cortázar y Octavio Paz, Marguerite Duras también hubiera cumplido cien años en 2014. Para conmemorar la fecha Paidós acaba de publicar La pasión suspendida, un atractivo libro de entrevistas, fruto de los encuentros que la escritora mantuvo con la periodista italiana Leopoldina Pallota della Torre, entre 1987 y 1989. Editado originalmente en Italia en 1989, aparece en la Argentina traducido por César Aira, con prólogo de Silvio Mattoni.

Duras no le hizo fácil la tarea a su entrevistadora. Cuenta Leopoldina en la introducción que la puso a prueba con gestos de infantil hostilidad. Durante la primera de las entrevistas, en casa de la autora, cada vez que ésta atendía el teléfono sujetaba la mano de su interlocutora para asegurarse de que no podría transcribir ni una sola de las palabras que oía. También comía sin convidar, a lo largo de tres horas de charla, unos enormes caramelos de menta. Y aquella vez que Leopoldina volvió a visitarla en París, llevándole de regalo una generosa ración de queso parmesano, Duras aceptó: "Justamente no tenía nada que comer en casa". Tomó el queso y la dejó sin la entrevista. Superada la prueba de resistencia, la relación se encaminó y las dos mujeres llegaron a compartir momentos de diálogo verdaderamente íntimos. Marguerite le habló de la infancia difícil en la Indochina francesa ("nadie me dijo que era bonita, no había espejo donde mirarse en casa"), de su ambigua relación con el mayor de sus hermanos, a quien la unía la pasión del odio y el horror a la tentación del incesto; del padre al que prácticamente no conoció, porque murió cuando ella tenía apenas cuatro años y de su madre, gran contadora de historias, que no supo tener palabras para relatar la vida de ese hombre ausente; de la locura y la obstinación de esa madre ("en la existencia de una persona, creo, la madre es, absolutamente, la persona más extraña, imprevisible, inasible que uno llega a conocer").

Pallota della Torre sigue escrupulosamente el hilo de la vida de Duras y la lleva una y otra vez a las estaciones centrales de ese viaje: la vida en París, el compromiso político (a la pregunta acerca de por qué se afilió al Partido Comunista, responde: "Necesitaba salir de la soledad. Afiliarme era reconocerme en el destino del Partido y soltarme de mi propio destino"), su amistad con Mitterrand, su relación con Lacan, los comienzos literarios (empezó escribiendo poemas, a los 11 años) y los dardos envenenados que arroja contra Sartre y contra los críticos ("cada vez que sale un libro, la crítica hace que el autor se sienta en falta, tenga necesidad de justificar su trabajo y hasta su misma existencia"). Hay más, mucho más. Conviene leer el libro, que se disfruta como las buenas conversaciones. Pero acaso una cita más revele lo que la vida fue para Duras: "No creo haber conocido nunca a una persona sin que me haya hecho esta pregunta: la gente, cuando no escribe, ¿qué hace? Tengo una secreta admiración por quienes no lo hacen, y no sé exactamente cómo pueden".


Articulo: http://www.lanacion.com.ar 11/04/2014

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