dimanche 18 mai 2014

Carlos ROJAS URRUTIA/Correspondencia a la pérdida

Correspondencia a la pérdida
Por Carlos ROJAS URRUTIA

Mediaba enero cuando el violín de Juan Gelman guardó silencio para siempre.

Casi toda su extensa obra poética está disponible en los dos volúmenes que el FCE publicó hace unos años (y contamos además con dos antologías, verdaderas invitaciones al viaje con este poeta coloquial y explorador de la forma y el léxico). Sirva esta conversación para recordarlo e insistir en los temas que dieron sustento a su escritura y a su vida ¿Por tu tristeza ofende la injusticia escándalo del mundo?

Juan German

Carta a mi madre

La existencia de Juan Gelman (Buenos Aires, 1930-Ciudad de México, 2014) fue un profundo compromiso con la palabra poética. Con su vocación contribuyó a dar belleza a la existencia humana y su figura permanecerá como un símbolo de búsqueda de la justicia, que rebasó el campo literario y se convirtió en ejemplo de una dignidad que, luego de acumular pérdidas y ganancias, aprendió a no odiar pero también a no perdonar, y optó mejor por recordar con ternura para así colaborar en la restauración del tejido social destruido por la violencia ejercida desde el poder.

Nacido en el barrio de Villa Crespo, donde asistió a sus primeras milongas —en las que descubrió “esa manera de conversar que se llama tango”—, exiliado de la Argentina en los tiempos de la dictadura militar, Gelman es una de las voces más altas de la poesía latinoamericana. En 2011, el fce reunió en dos volúmenes toda su obra publicada hasta entonces (tomo I: “Violín y otras cuestiones”, tomo II: “El emperrado corazón amora”). Ya con la certeza de una muerte anunciada, el poeta dedicó sus últimos esfuerzos a terminar Amar a Mara, que será publicado de manera póstuma.

En octubre del 2012, Gelman recibió la Medalla Bellas Artes, lo que significó un colofón a los muchos reconocimientos que se le otorgaron en años recientes: Premio fil de Literatura (2000); premios iberoamericanos de poesía Ramón López Velarde (2003), Pablo Neruda (2005) y Reina Sofía (2005), y Premio Cervantes de Literatura (2007). En ese otoño, el poeta aceptó una entrevista en la que hilvanó recuerdos de su hijo asesinado, su madre a la que no pudo volver a ver, el nacimiento de algunos de sus versos y el exilio. Hablaba pausado y cordial. Aún conservaba intacto el tono argentino que enfatiza los sonidos palatales y pone un acento grave a las conjugaciones esdrújulas. Tenía 82 años y a veces, mientras escarbaba en sus recuerdos, pretendía esconderse detrás de una risa débil y ahogada, que de todos modos quedaba como una película transparente que barnizaba su profundo dolor.

Descendiente de una familia de judíos ucranianos y rusos que se embarcaron rumbo a Buenos Aires en los albores de la revolución bolchevique, Gelman vivió desde muy pequeño la efervescencia de las causas sociales. Esa infancia quedaría marcada también por los poemas que su hermano le recitaba en ruso y por los asaltos a la biblioteca. Encontró en la poesía de Cesar Vallejo el modo conversacional y coloquial con que él mismo experimentaría y reconoció en el estilo sin puntuación de la poesía surrealista francesa una nueva forma de comunicar. La obsesión por algunos temas, que él aseguraba se repite en toda su escritura —“la niñez, la muerte, la revolución, el amor, el otoño”—, fue encontrando cruces y ángulos novedosos que lo guiaron en una búsqueda por el lenguaje trascendente e íntimo, que abrió un nuevo camino para la poesía que se compromete con la palabra y con el sentir social.

En plena dictadura militar, colaboró como editor en la revista Crisis, junto a Eduardo Galeano. Más tarde formaría parte del grupo revolucionario Montoneros. Por esa militancia, el gobierno le arrancó a su hijo y a su nuera (con un embarazo de siete meses), que pasaron a formar parte de la larga lista de los desaparecidos. Luego de esa experiencia, Gelman, en vez de transgredir o negar su tragedia, rescató con la palabra poética el dolor para ponerlo en la superficie.

Poemarios como Cólera buey, Gotán y Hacia el sur, entre muchos otros, han probado ser la expresión más pura de la tragedia de un poeta fundamental para desmenuzar las secuelas de la dictadura argentina: “Vámonos con la perra a otra parte / no se tiene derecho a molestar / nuestro solo derecho es empezar / bajo la luz del sol serrano.”

Se exilió primero en Italia; luego fue a Madrid y a París. Finalmente se instaló en México, donde decidió quedarse por un tremendo romanticismo: “La pregunta para mí no es por qué no vivo en la Argentina sino por qué vivo en México. Y la respuesta es muy simple: porque estoy enamorado de mi mujer; eso es todo.”

Publicó su primer poemario, Violín y otras cuestiones, en 1956, con un prólogo escrito por Raúl González Tunón, de quien Gelman recordaba la máxima de que “la poesía, como la paz, es una e indivisible”. Uno de sus poemarios más desgarradores es Carta a mi madre (1989), donde el poeta dialoga con su madre muerta para redimirse y encontrarse a sí mismo.

La sutileza con que se liga el recuerdo doloroso por su madre, la dictadura militar y la impotencia ante sus circunstancias, es quizás una secuela de su Carta abierta (1980), donde entabla una conversación con su hijo asesinado. Cuando le pregunté por las diferencias entre estos textos, sólo fue capaz de hallarles una coincidencia: el tema de la pérdida.

Para hablar de esperanza, Gelman recurría a hablar sobre la poesía y las utopías, temas que ligó de manera sutil en su obra: “Jamás la poesía de la tierra se extingue —dijo John Keats—, y dijo una gran verdad. A cada generación, en cualquier lugar del mundo, surge un nuevo poeta para probarlo. Sólo sé que no se puede mutilar el deseo a los seres humanos. El deseo genera sueños, de manera que lo utópico es pensar que no habrá nuevas utopías.”

A lo largo de su trabajo poético ha ido encontrando y cambiando las herramientas poéticas con las que trabaja, para encontrar nuevos cruces en los temas que trata. ¿Cuál era el momento de su búsqueda cuando surge Carta a mi madre? Había escrito Citas y comentarios, un diálogo con san Juan de la Cruz y santa Teresa; había escrito un libro de poemas en sefardí, estaba escribiendo Salarios del impío… pero este poema es particular en el sentido de que responde a algo que no sé qué es. Tiene y no tiene que ver con todo aquello que estaba haciendo.

Estaba en Ginebra, trabajando como traductor del sistema de la Organización de Naciones Unidas en el Palacio de las Naciones. Una noche me vino el asunto, así que escribí. Después de eso, fije sé qué curioso, me fui a una de esas máquinas de fotos, a verme la cara [risas]. Me tomé una foto para ver quién era… [más risas] …eso que es uno, pero vaya uno a saber dónde está y de dónde sale.

¿En qué se diferencian el Juan Gelman que usted reconoce en Carta abierta y el que vislumbra en Carta a mi madre? En primer lugar me quedé huérfano de hijo; después, huérfano de madre. Es el tema de la pérdida. No hay diferencia. En una conversación que sostuvo con Dionicio Morales usted hablaba del consuelo de la poesía y citaba un poema chino anónimo; explicaba que si ese poema, escrito hace 3 500 años, nos podía conmover, era la prueba de que la poesía es “un tejido humano imposible de romper, una belleza imposible de aniquilar”. A sus 82 años, ¿considera que su trabajo poético es una prueba de esa belleza?

Es imposible de aniquilar y es imposible de abarcar totalmente. Si uno sigue escribiendo es porque quiere agarrar a la poesía por la cola. Usted conoce casos de grandes poetas que han dejado de escribir o que escribieron poco. Ellos cerraron ahí su necesidad. Yo todavía la tengo. Qué le voy a hacer. Siempre digo que mi mejor poema es el que escribiré alguna vez, y lo digo en serio. Porque si no, .de dónde sale ese montón de cosas?; anoche mismo escribí un poema… De dónde sale, .a ver? ¿Aún encuentra nuevas y desconocidas herramientas y cruces para seguir escribiendo? Creo que sí. Alguna vez pensé y dije que es como si la obsesión fuera una especie de espiral, que a medida que pasa el tiempo uno ve desde distintos puntos.

Creo que por esa razón sor Juana Inés de la Cruz dijo que la espiral es el símbolo de la belleza. Tiene razón ella. Su poesía se lee desde el alma del exiliado; ¿le causa angustia el mundo en que le ha tocado vivir? Mire, sí he pasado momentos de angustia. El tiempo que me tocó vivir en lo particular sigue existiendo en lo general. Y cada vez peor. El dolor no se va. Uno convive mejor con sus dolores. Pero ésas son pérdidas irreparables. Mi hijo hoy tendría 51 anos. Yo lo conocí hasta los 20. Después reencontré a ese hijo en mi nieta, a quien buscamos y encontramos. Pero nadie puede sustituir a un hijo. Mire, encontraron los restos de él 13 años después de su muerte. La desgracia de llevar el cajón, que no pesaba nada, porque eran puros huesitos, a enterrarlo… es antinatural, es otra cosa.

En 1999, Gelman conmovió y movilizó al mundo intelectual desde su columna en el diario argentino Página 12, cuando en una carta abierta comenzó la búsqueda de su nieta. Su misiva tuvo eco en todos los rincones del mundo. Desde Europa y América, llovieron cartas al presidente argentino, incluidos varios premios Nobel de literatura y de la paz. La lucha de Gelman por encontrar a su nieta se convirtió en un símbolo de dignidad, tenacidad y esperanza para encontrar justicia; una forma de militancia que tenía que ver con la ética personal que se transformó en una expresión de dignidad colectiva. El buscar y encontrar a su nieta se convirtió en un acto de dignidad colectiva. 

Era algo que le debía a mi hijo, quien me dejó huérfano de hijo pero me dejó una herencia, que era encontrar al suyo. Eso hicimos yo y mi mujer: encontramos a una chica que se parecía mucho a mi nuera, que además había sido adoptada por un tipo que trabajaba en una fábrica militar. Estuvimos tras esa pista como un año. Me parece desde ya que fue como dice usted. Pero es algo todavía más grande: la apuesta que hicieron decenas y decenas de miles de escritores, artistas, gente de a pie, que no me conocen y a quienes yo no conozco, que apostaron a lo imposible. Apostar a lo imposible, mire… es una cosa realmente muy grande. Eso siento de toda la solidaridad que recibí en todos los sentidos. Es cómo creer en un milagro.

Cómo diablos, 23 años después, habríamos de encontrarla…? ¿En qué está trabajando ahora? Escribo poemas.

Al despedirse, Juan Gelman me señaló, sobre una mesa, junto a sus discos revueltos, una foto que conservaba de su hijo; es un mozo guapo y sonriente que posa feliz junto a su esposa embarazada el día de su boda. “Así era mi hijo cuando se fue”, me dijo Gelman con una honda tristeza en la garganta. Luego se envolvió de nuevo en su sonrisa y antes de despedirse, me miró fijo y agregó: “Pero bueno, es como dice mi nieto de 11 años: peor que haber muerto, es nunca haber nacido. Hay que pensarlo así porque si no…”

Carlos Rojas es periodista cultural.


Articulo: http://www.elboomeran.com/  18/05/2014

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