dimanche 18 mai 2014

Matías SERRA BRADFORD/Un espíritu inquieto

Un espíritu inquieto
Por Matías SERRA BRADFORD 

Peter Matthiessen. El autor estadounidense, recientemente fallecido, fue una figura casi secreta de la segunda mitad del siglo pasado. Cofundador de la célebre The Paris Review y practicante del zen, escribió novelas y ensayos en los que ocupa un lugar central la naturaleza.

Un escritor desaparece como cuando en una gran compañía a un hombre de cierta jerarquía y edad lo retiran, lo jubilan sin apartarlo del todo, porque tiene menos reflejos pero mucha información, y puede ser más útil impartiendo conocimiento que trabajando en el día a día. En lugar de empezar una segunda vida como conferencista profesional, un escritor que abandona su mesa definitivamente deja a mano los serviciales silencios de sus páginas impresas. Podría decirse de la obra de un escritor lo que se dijo del espía Anthony Blunt: "Sabemos qué información pasó; no sabemos a qué información tuvo acceso".

Peter Matthiessen (Nueva York, 1927-Sagaponack, 2014) escribía para intentar saber un poco más, no para impartir aquello que había aprendido. Descendía de balleneros de origen frisio, en los Países Bajos, y uno de sus ancestros -dato que nadie callaría- aparecía mencionado en Moby Dick. Cambió una familia y una educación acomodadas por una apasionada predilección por lugares inhóspitos y una defensa acérrima de criaturas desvalidas. Más tarde, en París, cambiaría un puesto de agente secreto por una firma en el comité fundador de The Paris Review .

De chico, con su hermano mantenían oculta una colección de víboras venenosas. Años después, en paralelo con sus estudios de literatura, haría cursos de zoología, ornitología y biología marina. Vivió varios años, literalmente, de la pesca. Hacia mediados de los años 50 empezó a viajar, primero por los Estados Unidos y después por Tíbet y Nepal, diversas regiones de África, América Central y Sudamérica. Su nombre zen -Matthiessen era un practicante incondicional- era Muryo, que significa "sin fronteras".

La suya es una obra de hombres solos frente a la naturaleza: El leopardo de las nieves, Far Tortuga, Al pie de la montaña, Los silencios de África, El árbol en que nació el hombre y la trilogía reunida bajo el título País de sombras . Dejó una novela terminada, In Paradise, publicada días después de su muerte, en la que un centenar de personas hacen un retiro espiritual en el terreno de un viejo campo de concentración. En su ficción y en sus crónicas de viaje, el de Matthiessen es esa clase de narrador callado, modesto, exacto, que por momentos siente cierta vergüenza de pertenecer a la raza humana.

En Far Tortuga (1975), sobre pescadores en los alrededores de las islas Caimán, Matthiessen trata de capturar del modo más preciso posible a qué velocidad suceden las cosas. La particularidad que tiene su escritura es que crea vacíos extraños, intervalos de duración variable, y ausencias momentáneas de un personaje y otro, que enrarecen -enriquecen- sus relatos. La construcción por fragmentos dificulta el surgimiento de momentos inevitables, pero ciertas ocasiones fugaces resultan perdurables, como cuando en plena navegación, para que lo oigan, "un hombre espera que amaine el viento antes de responder". A veces, una novela ofrece imágenes bellas que provocan cierto rechazo, porque son un tanto soberbias o primorosas. No es el caso de las de Matthiessen. Una frase lírica lograda no envejece (dentro de una novela que tal vez sí envejeció). Far Tortuga es un largo poema narrativo que se anticipó al Omeros de Derek Walcott, que hamaca al lector durante más de trescientas páginas.

Matthiessen se acercó a ciertas zonas geográficas, que implicaban inevitablemente un vocabulario específico, porque sabía que eso lo haría escribir bien. (Como la palabra "piedra" a Neruda, otro desmedido.) Con los años, la precisa descripción de la naturaleza y del comportamiento de los animales en el Himalaya, y la paciente acumulación de detalles bien observados convirtieron a El leopardo de las nieves (1978) en un libro de culto. Matthiessen es de una época en que los escritores conocían las palabras de las cosas. El leopardo... es uno de esos libros potentes e irregulares que evidencian que pocos elementos nutren la prosa de un escritor como una relación intensamente ambigua con la religión.

En principio existirían dos modos de adaptar el zen a la literatura: como tema que apadrina un relato o adoptando algunas de sus tretas y atajos para la forma del relato mismo. (Kerouac fue un afortunado ejemplo de ambos caminos.) Es curioso el modo en que El leopardo de las nieves va de lo más poético a lo más pedagógico. Con frecuencia los pasajes ensayísticos procuran una pausa un tanto abrupta -el descanso que facilita un insomnio- pero Matthiessen era perfectamente consciente de lo que hacía, del precipicio de ridículo al que se asoma quien corteja esas alturas espirituales. Prefería sus errores a los de los demás (léase editores provistos de peine y tijeras). El zen le había enseñado las virtudes de no saber. Hay destrezas que están muy cerca de ciertas incapacidades, como cuando en matemática se es rápido para multiplicar pero lento para dividir. Son contrastes complementarios. Los suyos no son libros que tengan la fácil intención de ser eficaces.

El leopardo de las nieves, al igual que los magníficos diarios reunidos en El río del Dragón de Nueve Cabezas (1986), consiguen que la lectura actúe como un paisaje, a posteriori. Son libros que adquieren una potencia particular cuando narran aquello que está en vías de desaparecer: un tipo singular de pájaro o persona. Acaso por esa razón quiso revivir al elusivo Watson que protagoniza la trilogía titulada País de sombras, ubicada en el parque nacional de los Everglades, mil islas que pueblan el extremo sur de la península de Florida.

The Cloud Forest ya le había advertido que estaba mejor dotado para lo salvaje que para lo urbano, para animales y plantas más que para personas. De allí tal vez que sus mejores personajes sean los incontrolables. De casi mil páginas, País de sombras pone en escena lo que había predicho en una línea de El leopardo de las nieves acerca de "la falta de proporción debida a la mera intensidad". A Matthiessen siempre lo obsesionó la nota de un suicida que aparece en Turguénev: "No pude simplificarme". No ignoraba que "todo el secreto del bienestar es la simplicidad", como apuntó en El leopardo de las nieves, pero tampoco ignoraba que un relato tiene que "entrar en el tiempo", como se dice en los escritos religiosos.

A fin de cuentas, País de sombras toca el centro del misterio de la escritura: ¿qué es lo imprescindible en una novela? Matthiessen juega contra la mayor presunción de todas: que alguien -incluso el lector más devoto- crea que puede delimitar cuánto de un personaje se debería saber. El lector se permite sonreír cuando intuye que el escritor le atribuye a un personaje algo que le agradaba hacer a él (al escritor); el lector sonríe porque también se trata de una de sus aficiones: rastrillar hojas, por caso, o atravesar un bosque a solas bajo una lluvia torrencial.

La manera que tuvo Matthiessen de perderse en la naturaleza anticipó y acompañó la discreción con que sus libros han circulado en el mundo. Su figura recuerda a aquellos empleados de una funeraria que, según el poema de Craig Raine, "sobreactuaron la invisibilidad". El espíritu inquieto de Peter Matthiessen nos remite a algo esencial: nunca estamos donde estamos leyendo.


Articulo: http://www.lanacion.com.ar 09/05/2014