dimanche 18 mai 2014

Sandra LICONA/ Silvia LEMUS o el arte de retratar las razones de una obra y una vida

Silvia LEMUS o el arte de retratar las razones de una obra y una vida
Por Sandra LICONA

Lo que fue una serie de conversaciones transmitidas por televisión es hoy un volumen en espera de lectores que quieran conocer a una estimulante ristra de escritores y pensadores del siglo XX. Silvia Lemus es una ducha entrevistadora que ahonda en los porqués de una vida dedicada al arte o la investigación. Con su buen trato, logra estupendos retratos de estos hombres y mujeres clave.

Silvia Lemus se tropezó con el género de la entrevista una tarde al entrar a la oficina del periodista Jacobo Zabludovsky, que en aquellos años era el conductor estrella del noticiero 24 Horas, ya desaparecido, y quien le dijo: “Lemus, ponte a trabajar, ten listo tu pasaporte. Mañana te vas a Reikiavik a entrevistar a Bobby Fischer y a Boris Spasky.” La periodista voló a Islandia y comenzó una carrera internacional en la televisión. Ella misma ha narrado alguna vez que aterrizó en un país nebuloso y frío. Sólo tuvo tiempo de instalarse en el hotel y registrarse en la oficina de prensa. Enseguida empezó su cacería de los dos grandes ajedrecistas que competían por el campeonato mundial. “Era la guerra fría entre un ciudadano estadunidense y otro soviético. El campeón fue Bobby Fischer.”

Al día siguiente, Lemus pudo entrevistar a Spasky, “un perdedor lleno de encanto y tiernos ojos azules, y pensé al verlo: ‘Ojalá hubiera ganado él.’” Recuerda, además, que la conversación fue fluida y agradable. Su interlocutor era todo un profesional que elogió el juego de su contrincante.

La historia con Bobby Fischer fue distinta. El ajedrecista sólo había dado entrevistas de televisión a la BBC británica y a la ABC norteamericana. Un colega le presentó a Silvia al agente de prensa del ajedrecista, quien la condujo al jugador. El intermediario le aseguró que éste daría la entrevista, advirtiéndole que el horario de Bobby era extraño: dormía de día al regresar de una discoteca a las seis de la mañana y no se levantaba sino hasta las cuatro de la tarde. La periodista mexicana pensó que podría hablar con él al día siguiente, antes de salir a bailar. Esperó en el lobby, lista con su equipo de televisión, pero Fischer pasó de largo sin mirarla, se subió a una limusina y partió. El agente le sonrió y le dijo: “Espéranos, hoy regresará temprano.” No fue así.

En esa época del campeonato de ajedrez, las noches de Islandia eran largas y las iluminaba un sol precario. “Fischer volvió y yo me fui a dormir. Al día siguiente, la misma historia. Sólo que esperé hasta las 5:30 de la mañana, cuando regresó Fischer y se apiadó de mí, me ofreció una disculpa y me dijo: ‘Esta tarde, a las cinco, venga a mi suite.’ Lo hice. Su agente abrió la puerta y me pidió esperar: Bobby iba a comer. Llegó una alta, rubia y bella muchacha islandesa con una bandeja llena de platillos.” Una hora más tarde el agente la remitió ante la presencia del gran hombre de entonces 24 años y Silvia regresó a México con dos trofeos: Spasky y Fischer.

Zabludovsky apadrinó la carrera de Lemus en televisión, que más tarde se consolidaría como entrevistadora en el Canal 22 con su serie Tratos y Retratos, la cual inició transmisiones el 17 de julio de 1993, con una entrevista con Gabriel García Márquez, en Cartagena de Indias, a quien conoció siendo muy joven cuando trabajaba como copywriter en McCann Erickson —una agencia de publicidad— con Jomí García Ascot y Emilio García Riera. Aquella conversación versó sobre El amor en los tiempos del cólera y se llevó a cabo, como lo recuerda la entrevistadora, en la placita donde Florentino Ariza le hacía el cortejo a Fermina Daza.

Anécdotas como ésta también forman parte de Tratos y retratos, publicado este mes por el Fondo de Cultura Económica. Es un volumen que recoge 25 entrevistas y que la propia autora define así: “Más que charlas al vuelo son conversaciones que exploran las razones de una obra artística o los motivos de una postura ante el mundo. El entrevistado habla de su vida profesional, como quien se para frente al mundo para dejar ver su verdadero rostro, o bien confiesa lo que quizás nadie le había preguntado.”

Una fila de personalidades de los más diversos orígenes artísticos y sociales, desde su propio esposo Carlos Fuentes (1928-2012) hasta la actriz de cine Jeanne Moreau, con quien se encontró en París, pasando por autores como William Styron, Jorge Semprún, Günter Grass, Toni Morrison, Susan Sontag y Derek Walcott, entre otros, hasta el ex presidente español Felipe González, conforman este rosario de conversaciones.

A diferencia de algunos periodistas de a pie, que siempre buscan la declaración sobre el tema coyuntural o que se conforman con la entrevista “banquetera”,
Lemus conoce muy bien a cada uno de sus entrevistados no sólo porque ha leído sus obras sino, en la mayoría de los casos, porque mantiene una relación de amistad con ellos o de franca cercanía porque fueron allegados a su compañero Carlos Fuentes, cuya figura e ideas aparecen o transitan por varias de las charlas bien como referencia, bien a manera de evocación.

Los ejemplos abundan y para muestra sobran los botones. “Arthur Miller nos esperaba en el andén de la estación de trenes de Roxbury, Connecticut. Carlos lo conocía muy bien y le hizo la invitación para que pasáramos un fin de semana en Connecticut junto con Inge, su esposa austriaca, y su hija Rebeca.
Lo vimos desde la ventanilla del tren. Era inconfundible ese monstruo de la dramaturgia norteamericana. Inge nos recibió en su casa con gran afecto. Conocía a Carlos porque años antes le hizo fotografías en una de sus estancias en París, donde ella estuvo en el taller de Cartier-Bresson.”

Y lo mismo cuando se refiere a su encuentro con Susan Sontag. La conoció, narra en este libro, “cuando aún no tenía el mechón de canas. Yo llevaba pocos años de casada y habíamos viajado a Nueva York con mis hijos. Ella estaba en su viejo departamento, también con su hijo: David Rieff.” Sobre Felipe González, dice que lo vio por primera vez cuando éste le hizo una invitación a Carlos Fuentes para almorzar en la Moncloa: “Era el año 1990. Almorzamos los cuatro, él, su esposa Carmen, Carlos y yo. Después de la comida hicimos una caminata por los jardines y pudimos ver los árboles bonsái que cultiva. Nos explicó que era una manera de relajarse. También le gusta cocinar y alguna vez intercambiamos recetas. Nunca se olvida del huitlacoche que probó en nuestra casa en México.”

Así, Tratos y retratos se pueden ver como un espacio para la revelación de una vida y del esfuerzo necesario para la creación. Cada pregunta o intercambio de ideas, o impresiones sobre un tema determinado, es una oportunidad para que el lector —y el espectador en su momento— sea testigo y cómplice de una vida.
Acompañan a cada entrevista un breve texto —una especie de interludio entre las conversaciones, que el lector agradece— donde la autora recrea la circunstancia de cada encuentro —como ya se ha ejemplificado con anterioridad—, en algunos casos el leitmotiv de la charla, o revela los lazos que la unen a su entrevistado, u ofrece detalles —a veces de manera prolija— de cómo conoció al personaje en cuestión y el tipo de relación que guarda con él o ella.

El libro incluye una amena conversación —de las más largas del tomo, junto con la que realizó al escritor de origen indio Salman Rushdie—, rara avis en este volumen porque no se trata de un escritor, historiador o intelectual. Lemus habló con la actriz francesa Jeanne Moreau en París. Sin embargo, la periodista recuerda que fue en Nueva York donde originalmente se encontró con ella por primera vez.

“La reconocieron mis hijos en el elevador de un hotel en Nueva York: habían visto algunas de sus películas y durante una sobremesa contaron que la gran actriz francesa estaba hospedada allí mismo. Más tarde, me crucé con ella en el lobby y le pregunté si me daría una entrevista para la televisión mexicana. Llevaba un vestido de seda, un peinado que la hacía parecer anónima ama de casa y un par de sandalias que no reflejaban el aura de una diva del cine.

Me miró sonriente, hablamos y las dos estuvimos de acuerdo en hacer la entrevista en París. Tiempo después nos dimos cita en la casa editorial Gallimard […] Así, en uno de los salones del número 5 de la Rue Sebastian Botin, hablaría de su familia, su vida ante las cámaras, su vocación de actriz y sus recuerdos de México.”

Más allá de la circunstancia, de los temas sobre cine, la periodista logra de Moreau una de las anécdotas más ricas y divertidas de este Tratos y retratos. El pintor mexicano Rufino Tamayo hizo un retrato de Jeanne que sería publicado como portada de la revista Time. La actriz se lo cuenta así a Lemus: “Sí, me habían contactado de la revista Time porque la redacción había encargado mi retrato a un pintor que había sido muy famoso al inicio del siglo por sus retratos de hermosas mujeres y que se llama Jean-Gabriel Domergue, ese pintor vivía en el sur de Francia y en ese momento tenía yo también mi propiedad en esa región y me dijeron:
”—Bueno, resulta que el señor Gabriel Domergue ha aceptado hacer su retrato y la vamos a poner en contacto con él. Yo me sentía muy honrada y halagada, pues en esos retratos las mujeres siempre aparecían muy hermosas, evanescentes, envueltas en plumas y muselinas.

”En ese entonces llevaba yo mi cabello muy largo y tenía un vestido que Pierre Cardin me había diseñado especialmente para el retrato y que era absolutamente sublime, con crespones color verde agua. Llegué a casa de Gabriel Domergue muy bien arreglada, con mi cabello largo, mi fleco, mi vestido verde, posé, me retiré, él siempre me saludaba y se despedía muy amablemente, volví cuatro veces seguidas y jamás osé mirar lo que había en el lienzo, pues él se escondía siempre tras el lienzo mientras pintaba; la cuarta ocasión me dijo:
”—Ya está terminado, he concluido, estoy encantado de haberla conocido —se inclinaba hacia atrás para mirar el lienzo y continuaba—; estoy muy satisfecho del cuadro. Yo estaba, pues, convencida de que le había gustado mucho el retrato y le dije:
”—¿Sabe?, me encantaría mucho ver el cuadro antes de marcharme.
”Y él respondió:
”—Pero por supuesto, venga a verlo, venga.
”Me acerqué y veo en el lienzo una mujer rubia, con el cabello muy corto, rizado, vestida de verde y reconozco en ella a la esposa del pintor. Sólo dije:
”—¡Oh, es verdaderamente formidable!
”Me fui, subí a mi auto y pensé para mí: ‘Pero es que es un loco: este hombre está tan obsesionado con su mujer que me mira durante seis horas, cuatro veces seguidas, y acaba pintando sólo a su mujer.’

Entonces tomé el teléfono y hablé a Nueva York; me preguntaron:
”—Y bien, ¿está terminado el retrato?
”—Sí —contesté.
”—¿Y ya lo tiene, quedó bien, qué le pareció?
”—Sí, está terminado, quedó magnífico pero ocurre que no soy yo.
”Les expliqué que me parecía magnífico de parte de un artista ser incapaz de darse incluso cuenta de sus obsesiones, pero justamente por eso debía aclarar que no tenía yo tiempo para estar posando para otros, pues tenía otras cosas por hacer. Y fue entonces que ellos tuvieron la idea de que me pintara Tamayo.
”sl: Ah, ¡qué historia!, entonces se hizo un segundo cuadro.
”jm: Sí, un segundo cuadro, y así fue como conocí al señor Tamayo.
”sl: ¿Y cómo hizo con Tamayo?, ¿usted fue a México o vino él a París?
”jm: No, no, yo fui a su casa, posé varias veces, y estuve viendo ese retrato que me pareció magnífico: es como una estatua, se trata de un lienzo que me representa como una estatua.
”sl: Pero sí se le parece.
”jm: Sí, aunque me representa sobre todo interiormente: eso es lo que importa, la representación interior.
Es una especie de fuerza: a veces, cuando tengo momentos de duda, de debilidad o de fragilidad, pienso en el cuadro de Tamayo y me digo: ‘No, Jeanne, mira: tú puedes también ser fuerte.’”

Sin duda el tono de las conversaciones varía según el personaje. Las hay absolutamente serias, aunque casi todas mantienen un matiz intimista. Las hay también —los menos— más distantes, ya sea por el tema o la personalidad del entrevistado. Es el caso de la entrevista que Silvia realizó con el escritor norteamericano William Styron, a quien también conoció cuando ya estaba casada con Fuentes y eran muy amigos. A pesar de frecuentarse durante los veranos que pasaban en Martha’s Vineyard, mismo sitio donde Styron vivía en esa época, a lo largo de la charla éste se muestra hasta cierto punto parco y un poco malhumorado.

La entrevista más antigua —la que cierra el libro, pues están presentadas de adelante hacia atrás— es precisamente la que sostiene con su esposo Carlos Fuentes, a principios de los años ochenta. Aunque Silvia se esfuerza por mantener su postura de periodista frente al personaje, es casi imposible que la conversación se desarrolle de manera natural, por los guiños de complicidad, por las situaciones que se dan por hecho y porque Fuentes siempre fue un maestro de la oratoria, del diálogo casi para sí mismo.

Al final, como Lemus escribe en la presentación, el arte de la entrevista es un género literario que reúne todos los aspectos de la escritura: el carácter inclusivo de la crónica y la trayectoria profesional del entrevistado, así como el ensayo de una manifestación personal de las ideas. También muestra la escenografía misma de la conversación y la capacidad de expresión que tiene cada entrevistado ante la cámara y los micrófonos. Ella logra todos estos aspectos a lo largo de las más de 300 páginas que conforman este volumen.

Sandra Licona es periodista.


Articulo: http://www.elboomeran.com/  07/03/2014