dimanche 18 mai 2014

Tomás GRANADOS SALINAS/André SCHIFFRIN, ejemplo e ideal

André SCHIFFRIN, ejemplo e ideal
Por Tomás GRANADOS SALINAS

Contra la edición sin editores, una editorial universitaria sin universidad: así podría resumirse la última, exitosa aventura intelectual de André Schiffrin, el fundador en 1992 de The New Press, quien falleció a comienzos de diciembre pasado.

En 1990, este respetado editor —estadunidense nacido en Francia de padre ruso— fue forzado a abandonar la dirección de Pantheon, sello que pocos años antes había sido adquirido por Random House, pues a juicio de los nuevos directivos no producía las utilidades que cabía esperar de toda empresa editora. En el muy leído La edición sin editores (Era, 2001), encontramos el crudo diagnóstico de un fenómeno que no nos es del todo ajeno: la concentración empresarial de las editoriales —en la pasada fil de Guadalajara los lectores se toparon con el remozado stand de Penguin Random House, expresión local de un acontecimiento global—, pero sobre todo la miopía que hace ver a las “industrias culturales” sólo como maquinarias para producir ingresos.

Schiffrin reconoció que “la edición mundial ha cambiado más en el curso de los últimos diez años que durante el siglo anterior […] Hasta hace bien poco, la edición era esencialmente una actividad artesanal, a menudo familiar, a pequeña escala, que se contentaba con modestas ganancias procedentes de un trabajo que todavía guardaba relación con la vida intelectual del país.” Tras la muerte de este gran hacedor de libros, queremos aquí repasar su vida y la manera en que entendía su oficio, pues hay muchas semejanzas —o eso anhelamos— entre su modo de ser y el que, desde su fundación, ha pretendido el Fondo de Cultura Económica.

Schiffrin nació en París en 1935, en un envidiable entorno intelectual. Su padre, Jacques, había fundado la Bibliothèque de la Pléiade con la intención original de dar a conocer en Francia a diversos autores rusos. Por los buenos oficios de André Gide, de quien Jacques era tan cercano que lo acompañó durante su esclarecedor viaje a la URSS, la colección fue adquirida por Gaston Gallimard, con quien se convertiría en sinónimo de excelencia en edición, por el cuidado de las obras, las herramientas críticas que las acompañan, la calidad material de los ejemplares, la rigurosa selección de los autores. El polémico Gaston no tuvo empacho sin embargo en deshacerse del primer Schiffrin por así convenir a sus intereses durante la ocupación alemana, y la familia debió exiliarse a una nada cinematográfica Casablanca, desde donde lograría encaminarse a Nueva York. Ahí, Jacques se asociaría con otro reputado editor, el alemán Kurt Wolff, quien pasará a la historia literaria por haber secundado a Max Brod a la hora de ignorar el pedido de Franz Kafka de no publicar su trabajo. Juntos echaron a andar Pantheon Books, que con naturalidad buscó llevar a los lectores estadunidenses literatura europea entonces muy innovadora; ahí aparecerían, por ejemplo, Doctor Zhivago de Boris Pasternak o El gatopardo de Giuseppe Tomasi di Lampedusa.

El joven André se adaptó con facilidad a la vida económicamente limitada pero intelectualmente rica que le ofreció su nuevo país. Desde la temprana adolescencia se reconoció como socialista —algo que en los años cincuenta resultaba menos raro que hoy, cuando esa denominación se usa en Estados Unidos casi como un insulto— y se sumergió en actividades políticas y escolares, primero en Yale y luego en Cambridge, que lo convertirían en un creyente de la necesidad de que el Estado haga algo más que regular y garantizar las libertades individuales. A los 26 años, con apenas experiencia en la New American Library, una casa especializada en libros literarios de bolsillo, Schiffrin fue invitado a hacerse cargo de la dirección editorial de Pantheon, y desde el comienzo supo ganarse su independencia.

Estaría al frente del sello por casi tres décadas, durante las que publicó narrativa internacional como El tambor de hojalata de Günter Grass o El amante de Marguerite Duras —también contó con Julio Cortázar y Eduardo Galeano en sus filas—, pero sobre todo prestó atención a la historia, con Eric
Hobsbawm como principal seña de identidad —introdujo en su país al Michel Foucault de Historia de la locura en la época clásica—, y la política, con estudios sociológicos de la clase obrera en Estados Unidos o los encendidos análisis de Noam Chomsky.

Pero construir un catálogo de largo plazo dejó de ser una actividad deseable a la luz del fenómeno de concentración que ha venido aquejando a las grandes ligas editoriales en las últimas décadas: para un bateador de la talla de Random House, lo prioritario sería la rentabilidad, pero no a la que usualmente se aspira con la edición y que permite sostener los muchos, e inevitables, fracasos con los escasos títulos que dan el campanazo comercial. No, a fines de los años ochenta del siglo pasado se buscaba que cada obra produjera utilidades, y Schiffrin no logró convencer a S. I. Newhouse, dueño de Condé Nast —el paraguas que cobija a revistas como The New Yorker y Vanity Fair— y a la sazón también de Random House, de la íntima lógica de la edición de libros no comerciales.

No es que Pantheon perdiera dinero haciendo sus malabarismos para atenerse a la casi inevitable “ley de Diderot” (“De cada diez libros que se publican, sólo uno, y esto es mucho, produce utilidades, cuatro cubren los gastos a la larga y los cinco restantes ocasionan pérdidas”, Carta sobre el comercio de libros, fce, 2003), pero estaba lejos del umbral exigido en esa época: 15 por ciento de utilidad anual, en vez del 3 o 4 que Schiffrin identificó como lo usual entre editoriales de su tipo. Con dignidad, y produciendo casi sin proponérselo un pequeño escándalo en los medios, André abandonó la empresa pero pronto hizo más que lamerse las heridas.

Para reinventarse como editor, creó The New Press, una entidad sin fines de lucro, financiada en su origen con los aportes de diversas fundaciones, que en las últimas dos décadas ha logrado un estrecho contacto con el mundo académico, tanto por el lado de los productores como el de los consumidores, y con ese ser cada vez más extraño que es el lector autónomo, crítico, que busca escapar de la más convencional oferta libresca. Schiffrin estaba convencido del error usual de aceptar que “no existe un verdadero público para los libros que exigen un esfuerzo intelectual”, público al que ha ofrecido “traducciones de autores extranjeros y obras eruditas sobre la teoría del derecho, libros de historia y textos a contracorriente de las ideas dominantes sobre temas de actualidad […] en ámbitos en los que las editoriales comerciales bien consolidadas tienen cada vez más miedo a entrar”. En gran medida, un ánimo semejante alienta los esfuerzos editoriales del Fondo. Su vida profesional, incluida la propensión a cavilar sobre ella, es por todo ello un ejemplo y un ideal.


Articulo: http://www.elboomeran.com/  18/05/2014