samedi 28 juin 2014

Jacinto ANTÓN/Patrick LEIGH FERMOR culmina su mítica aventura

Patrick LEIGH FERMOR culmina su mítica aventura
Por Jacinto ANTÓN

‘El último tramo’ redondea la trilogía viajera del autor británico, una obra maestra del género.

Las cigüeñas vuelven a levantar el vuelo sobre un mundo desaparecido. Después de 80 años y cuando lleva ya –ay- tres muertos, Patrick Leigh Fermor ha concluido su gran viaje. Acaba de aparecer El último tramo (RBA), la traducción al castellano del esperadísimo libro póstumo que narra la parte final del periplo que el escritor y héroe de guerra británico realizó a pie en 1933, cuando era solo un adolescente de 18 años, por Europa, desde Holanda a Constantinopla (que es como denominaba a Estambul). Con los recuerdos de aquel maravilloso itinerario iniciático por una Europa a punto de desaparecer, llena de gente pintoresca y de paisajes deslumbrantes, Leigh Fermor, universalmente llamado Paddy –y Mihali por la guerrilla cretense junto a la que luchó contra los nazis-,escribió dos libros inolvidables, verdaderas obras maestras de la literatura de viajes, El tiempo de los regalos y Entre los bosques y el agua, publicados respectivamente en 1977 y 1986 (y editados en un solo volumen por RBA en 2011). El tercer libro, que debía cerrar la aventura, se fue demorando años y años hasta convertirse en una auténtica leyenda. Los rumores sobre ese último, ya mítico volumen y el estado de su escritura eran la comidilla de los numerosos y fervientes lectores de Patrick Leigh Fermor, que finalmente falleció en 2011, a los 96 años, sin haberlo dado a la imprenta, en uno de los más sonados casos de bloqueo literario. Paralelamente y en estupenda sincronía, aparece también ahora en castellano Mal encuentro a la luz de la luna (Acantilado), el libro canónico sobre la gran experiencia militar de Leigh Fermor. Se trata del relato que escribió en 1950 su camarada William Stanley Moss del audaz secuestro que llevaron a cabo los dos en 1943 del general Kreipe, jefe de las tropas alemanas de ocupación en Creta, una de las más impactantes acciones de operaciones especiales de la II Guerra Mundial. En muchos sentidos, esa aventura bélica del Paddy byroniano hunde sus raíces en la caminata que concluye en El último tramo.

Parecía que con el “continuará” que cierra Entre los bosques y el águanos habíamos quedado en el camino para siempre, que nunca seguiríamos adelante, no llegaríamos a Constantinopla y ese hermoso viaje –su plasmación literaria- no acabaría jamás. Diríase que nuestra esperanza de seguir leyendo esa prosa inigualable llena de peripecias vitales y anécdotas históricas quedaba enterrada con Paddy en la pequeña iglesia normanda de Sant Peter en Dumbleton entre el eco del gaitero y el trompeta de los Irish Guards que le dieron el último adiós y aquellos versos del mirolay griego que entonaban los hombres de Limeni por un aviador inglés caído y que el propio Leigh Fermor recogió en su libro Mani (Acantilado, 2010), como prediciendo su propio epitafio: “Le unieron las manos y cerraron sus ojos/ y ahora todo el entero mundo llora;/ llora por su juventud bañada por el rocío/ que era tan clara como las frescas aguas de mayo”.

Pero dos personas estrechamente vinculadas al autor y al mismo tiempo sus albaceas, su amiga y biógrafa Artemis Cooper (la esposa de Antony Beevor) y el amigo y también famoso escritor de viajes Colin Thubron, repasando los papeles de Paddy, llegaron a la conclusión de que el tercer libro, o al menos una parte suficientemente significativa de él, existía y estaba en el material dejado póstumamente. Concretamente en un manuscrito escrito antes de las dos otras partes anteriores del viaje y que sin embargo contaba la etapa final de la Gran Caminata. Ese manuscrito, escrito a mano, y que Leigh Fermor guardaba medio escondido, se titulaba A Youthful Journey, Un viaje de juventud, y fue el texto que retomó Paddy como cañamazo para tratar de acabar la trilogía y en el que trabajaba lenta y penosamente –y hasta cierto punto infructuosamente- cuando murió.

Con enormes conocimiento, paciencia y cariño, Cooper y Thubron desovillaron la endiablada escritura de Leigh Fermor, cotejaron cuadernos, notas, diarios y otros manuscritos, para ofrecernos un verdadero tesoro: The Broken Road, el tercer volumen –o algo lo más parecido posible-, tan deseado y soñado. El libro, con un prólogo de los propios Cooper y Thubron explicando con toda claridad el proceso de confección, su complejidad y sus limitaciones, apareció el año pasado en su versión inglesa (John Murray) con bellísima portada de John Craxton, el mismo ilustrador de la edición original de los otros dos volúmenes. Y lo hace ahora en castellano, con el título (que en realidad es de Cooper y Thubron) convertido discutiblemente en El último tramo, menos evocador y que define menos su contendido y su alcance.

El libro, que recorre Rumanía, Bulgaria y Grecia (tras pasar los anteriores por Alemania, Austria, Checoslovaquia y Hungría, en un trayecto aleatorio y para nada rectilíneo), no es, recalquémoslo, una obra acabada. Quien espere encontrar al final al joven Paddy entrando en Constantinopla recitando Sailing to Byzantium de Yeats y describiendo la ciudad como hemos imaginado siempre que lo haría –como lo hacía todo, con sumo entusiasmo y asombrosa erudición- se decepcionara. A Youthful Journey, acaba en realidad antes, abruptamente, en las costas del Mar Negro, en medio de una frase. La llegada y la estancia en la capital turca, que debía ser el cénit y la culminación del viaje, están descritas luego muy sumariamente (alfombras, minaretes, gatos y yataganes), con unas pocas y escuetas notas que han tomado Cooper y Thubron del denominado Diario Verde, el único diario de viaje de aquel trayecto que conservó Leigh Fermor –perdió los demás- y solo porque se lo guardó durante 25 años su primer gran amor, la princesa Balasha Cantacuzeno, con la que pasó una feliz temporada en Rumanía. Esto no solamente revela el carácter inacabado y fragmentario de The Broken Road-El último tramo, sino quizá también las dudas sobre su futuro que acosaban al joven viajero, la depresión al acabar el recorrido, cierta decepción con Estambul y seguramente el cambio radical que experimentó luego Leigh Fermor con respecto a su viaje y su obra: aquel trayecto concebido inicialmente como con un principio y un final claros en realidad se convirtió en una etapa en la existencia del autor, un puente hacia la que sería la gran pasión de su vida (aparte de la vida misma): Grecia.

Efectivamente, en The Broken Road-El último tramo pasamos al final de puntillas por Constantinopla con esos apuntes de su diario para continuar inesperadamente viaje con Paddy hacia Grecia y los monasterios del monte Athos, la descripción de cuya visita constituye, significativamente, el último capítulo del libro. Todo esto convierte el nuevo volumen en algo muy especial con respecto a los otros dos. Podría decirse que en esta obra inacabada, recosida con diferentes materiales, recompuesta por dos personas que conocían y estimaban tanto al autor, vamos más allá de la mirada de Patrick Leigh Fermor para adentrarnos profundamente en la intimidad secreta de su creación. Eso no quiere decir que el interés de The Broken Road-El último tramo sea filológico. El libro, más intimista, autorreferencial (dedica páginas a hablar de sus padres) y melancólico que los anteriores, con un tono a veces pesimista, está en sus mejores pasajes absolutamente a la altura literaria y emotiva de los otros dos y se lee con la misma sensación de privilegiada comunión con un espíritu, el del autor, capaz de admirar y describir la belleza y la fascinación del mundo que se abre a su paso. “Había tanto de lo que maravillarse”, escribe.

Volvemos al camino con el joven Paddy en Orsova, en las Puertas de Hierro del Danubio, en Rumanía. Y la vieja alquimia funciona de nuevo: la magia del viaje y las dos miradas que se superponen, la del joven inocente que la vive y la del hombre maduro que es el que en realidad la cuenta mucho después, recordando aquellos días con extraordinaria sensibilidad y con el poso de la experiencia acumulada. Al poco de empezar llegamos a Sofía, donde Paddy, se aloja en casa del cónsul británico sorprendiéndolo con su ropa gastada, su cinturón escarlata transilvano, su daga y su kalpack, el gorro cosaco (ah, ese gusto por el disfraz que tanto le servirá en Creta como agente de operaciones especiales durante la guerra). El camino del viajero, la usual cadena de amistades (incluidas las jovencitas -y no tanto- bien dispuestas ante el romántico y fiestero caminante), está jalonado de encuentros afortunados, aunque esta vez también abundan los malos, y las despedidas son más tristes, hay algo pesaroso en el ambiente, que a veces encuentra definición (“el blues moldovaco”) y otras es simplemente una atmósfera. “Sentí ataques repentinos, fugaces, de nostalgia del hogar a los que me había creído inmune”. Se describe a sí mismo como un personaje disparatado y llega a reconocer, en uno de esos momentos bajos, que probablemente ha sido un incordio para innumerables personas a lo largo y ancho de Europa central.

Pero todo eso no enfría el entusiasmo de Leigh Fermor por los pechenegos, las lenguas, la Guardia real búlgara desfilando al paso de la oca por el bulevar Zar Ozvoboditel, los gitanos con un oso, los monasterios, las guerras balcánicas, el recuerdo del épico Alexander Stambouliski despedazado por los yataganes turcos en la calle mayor de la capital búlgara, las golondrinas que vuelan rasantes junto a su cabeza con el sonido de las tijeras de un barbero… En un momento mágico ve pasar el Oriente Express; en otro una enorme bandada de millares de cigüeñas, el ave totémica del viajero y el icono de su aventura. Mirando al cielo una noche, describe la constelación de Orión “brillando como un rombo al bies de cristales de hielo”.

Es difícil seleccionar un episodio de las maravillosas y barrocas páginas de The Broken Road-El último tramo. En Bucarest, el chico recala en un burdel sin darse cuenta y acaba adoptado por madame Tania –a la que rinde citando a Pushkin- y sus pupilas. En la misma ciudad conoce a los Muscali, una secta de hombres que se castran a sí mismos y que trabajan como cocheros y admira a un grupo de lanceros con cascos empenachados, corazas y lanzas con gallardetes. En Varna, en un entierro, ve un cadáver por primera vez en su vida, y al borde del Mar Negro, pensando en Ovidio, escribe: “Un espíritu salvaje y fabuloso flotaba por encima de las olas, como si esta costa fuese todavía el fin del mundo, el siniestro límite de la realidad más allá del cual comenzaba una nebulosa de leyendas, rumores y conjeturas”. Conoce a los saraktsani, los legendarios nómadas de los Balcanes. Una noche que se ha perdido en su solitaria caminata y se siente derrotado y exhausto arriba a una cueva en la que se refugian pastores búlgaros y pescadores griegos. Comparte con ellos dos botellas de raki y asiste a un espectáculo de danzas y cantos ancestrales que le fascina y que anuncia las veladas similares que luego vivirá en Creta. En los griegos descubre para su sorpresa que veneran a lord Byron, cuyos pasos él va a seguir…

El manuscrito acaba en las costas del Mar Negro de forma abrupta

Paddy ha muerto, los libros se han acabado, incluso el que no pudo finalizar, y es difícil no sentir una gran tristeza tras recorrer este último tramo. Ahora sí ya no queda más Patrick Leigh Fermor. Pero nada nos impide volver a abrir los viejos y queridos libros y empezar a viajar de nuevo. Sabiendo que en realidad nunca se llega a Constantinopla, ni aunque pasemos de largo.

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Así se secuestra a un general alemán
Por Jacinto ANTÓN 

'Mal encuentro a la luz de la luna', de Stanley Moss, relata el rapto del alemán Kreipe, en el que participó Leigh Fermor.

Mal encuentro a la luz de la luna (Acantilado), de William Stanley Moss, es el emocionante relato de la preparación y realización del secuestro del general Kreipe, comandante de la 22 división de infantería y uno de los jefes de las fuerzas de ocupación alemanas de Creta, que llevaron a cabo Patrick Leigh Fermor y el propio Moss, miembros del Special Operations Executive (SOE), junto a un grupo de guerrilleros cretenses. La legendaria operación, una de las más osadas y sonadas de la II Guerra Mundial, la menciona y comenta varias veces en sus obras Patrick Leigh Fermor, que estaba al mando, pero, muy deportivamente, nunca quiso escribir un libro específico al considerar que ya existía el de su camarada.

El libro de Moss dio origen a una película con el mismo título en la que Dirk Bogarde encarnaba a Paddy –para horror de este- y David Oxley al autor, mientras que al general lo interpretaba un actor curiosamente apellidado Goring. El film fue escrito y dirigido por Michael Powell y Emeric Pressburger.

La acción ha sido revestida siempre –incluso por sus protagonistas- de un amateurismo, individualismo e improvisación que le proporciona una aureola de bravado y audacia muy del gusto británico, muyswashbuckling, de valentones, que dicen ellos. “Un asunto de húsares”, la bautizó el propio secuestrado, Kreipe. En realidad estuvo muy planificada –el SOE no actuaba a la ligera- y se ejecutó de manera muy profesional, aunque por supuesto este tipo de asuntos siempre tienen un gran margen de error y están sometidos a un alto grado de incertidumbre. Las personalidades de Leigh Fermor y Moss añaden vistosidad al secuestro. Ambos eran jóvenes brillantes, rebeldes, frívolos y vividores (y bebedores) a los que el Ejército les sacó provecho reclutándolos para operaciones especiales en las que su individualismo, imaginación y espíritu romántico (e indudable coraje) proporcionó buenos dividendos. Paddy -que cultivaba una pose byroniana- además contaba con la ventaja añadida del conocimiento de la lengua griega y del terreno, pues había estado de servicio en Creta durante la invasión alemana.

Billy Moss era un joven teniente de 22 años de los Coldstream Guards, alto, guapo y deportista, cuando se encontró con Leigh Fermor en El Cairo –coincidieron en los aposentos para oficiales reveladoramente llamados Resaca Hall- y se hicieron amigos. Había luchado en Tobruk y El Alamein y esperaba ser reasignado al SOE. En Mal encuentro a la luz de la luna, una reelaboración de su diario de campaña, Moss relata la impresión que le produjeron los fieros guerrilleros cretenses, los andartes, con sus grandes bigotes y vestimentas que los hacían parecer recién salidos de una vieja novela de aventuras. Paddy, amante de los disfraces, destacaba entre ellos como una versión carnavalesca de la estampa tradicional de un pastor de las montañas y uno se pregunta cómo pudo pasearse vestido de esa guisa pinturera entre los alemanes sin que lo detuvieran en el acto: es como para desconfiar de la Gestapo.

Moss revela que la intención original era secuestrar al terrible general Müller, “el Carnicero”, y no a Kreipe, un tipo todo lo honesto que podía ser un general de la Wehrmacht –tras la guerra su predecesor y su sucesor fueron juzgados y fusilados en Atenas; a él no se le procesó-, pero que al encontrarse con que el segundo había relevado al primero decidieron que “un general era tan bueno como otro para atraparlo”. De creer a Moss –su libro tiene un tono desenfadado, chulapo (con detalles como convertir la 22 división en “Panzer Grenadier Division” que tiene más pedigrí o citar a Noel Coward durante el secuestro) y un punto gamberro-, la operación se ultimó sobre el terreno entre lecturas y conversaciones de literatura y poesía, veladas de licor y canciones en cuevas, y audaces y algo descerebrados reconocimientos. Para la emboscada, Paddy –que hubo de afeitarse su preciado bigote- y Moss, respectivamente mayor y capitán, se caracterizaron de cabos de la policía militar alemana (aprovecharon para inmortalizarse en una foto icónica de la aventura) y así ataviados, y apoyados por siete guerrilleros, detuvieron el automóvil del general cuando regresaba a su residencia de Villa Ariadna de su cuartel general en Archanes. Era la noche del 26 de abril de 1944, y realmente, Kreipe tuvo un mal encuentro.

Tras reducirlos a él y al chofer, metieron al general en el suelo en la parte de detrás del coche, tres andartes se sentaron ahí, Moss tomó el volante y Paddy, con la gorra del general, se instaló a su lado. De esa manera cruzaron ¡22 controles!, amparados por la noche, los banderines del general en el vehículo y la interpretación de Leigh Fermor del papel de mando. Luego abandonaron el auto, no sin antes dejar una nota muy teatral en la que lamentaban no poderse llevar tan buen coche –un Opel- y subrayaban que la operación era obra de comandos británicos, para evitar represalias a la población. Condujeron a las montañas a Kreipe –al que alguien, no sería extraño que los propios Moss y Paddy, le birlaron su preciada medalla, la Cruz de Caballero-, y estuvieron escondiéndolo y moviéndose, burlando a las furiosas patrullas alemanas, hasta conseguir embarcarlo para Egipto el 14 de mayo. El relato de Moss no incluye la deliciosa anécdota de la oda de Horacio compartida por Kreipe –que inició la primera estrofa- y Paddy –que la continuó-. Moss anota simplemente que el general y su camarada se entretenían uno al otro en el monte Ida intercambiando versos de Sófocles. A Kreipe le caía mejor Paddy que Moss, que le parecía algo infantil, “siempre esgrimiendo su pistola”.

En Mal encuentro a la luz de la luna, se explican algunas atrocidades cometidas por los alemanes en Creta –incluida la brutal escena en que un oficial le parte el brazo a un chiquillo porque le ha rayado el coche-, pero se da a entender que las represalias como la destrucción del pueblo de Anoyia y las ejecuciones de civiles lo fueron por distintas operaciones guerrilleras “en julio y agosto de 1944” y no por el secuestro. Significativamente, Moss pasa por alto la (mala) suerte del chófer de Kreipe, degollado fríamente por los andartes, un crimen que arroja sombras sobre la operación.

Los dos oficiales británicos fueron condecorados y regresaron a Creta para posteriores misiones. Moss, que tenía la intención de secuestrar al sucesor de Kreipe, encabezó una serie de ataques a convoyes de tropas alemanas que culminó con su heroica destrucción de un vehículo blindado, al que se encaramó para lanzar una granada por la torreta. Tras la guerra, Paddy inició su larga carrera de escritor. Moss –que después de Creta había realizado operaciones con el SOE en Macedonia y Siam- escribió un libro sobre el oro perdido de los nazis, navegó por el Pacífico, estuvo con la Expedición Transantártica, se instaló en las Indias occidentales y murió en Jamaica en 1965.


Articulo: http://cultura.elpais.com 24/06/2014

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