samedi 28 juin 2014

Kenneth MACGOWAN & William MELNITZ/SHAKESPEARE, hombre misterioso

ARTÍCULO
SHAKESPEARE, hombre misterioso
Por Kenneth MACGOWAN & William MELNITZ

Hemos tomado de Las edades oro del teatro (Colección Popular, 1964) este trozo sobre algunos de los rasgos intrigantes de la persona y el personaje que conocemos como William Shakespeare.

Experiencia en el quehacer teatral, MacGowan y Melnitz miran desde una óptica original al dramaturgo y su época, nos ayudan a comprender éxito del escritor isabelino entre la gente de a pie Shakespeare no necesitó colaboradores. Tenía genio suficiente para dos autores. Además, gozaba de la estabilidad económica y de la libertad que le proporcionaba ser socio, a la vez que actor, del teatro de mayor éxito y de la más próspera compañía de actores de Londres.

Sabemos muy poco de las carreras profesionales, al igual que de las biografías de muchos de los dramaturgos de la época isabelina. Algunos murieron jóvenes. Otros tuvieron sólo pasajera popularidad. Pero sabemos mucho de hombres de la misma época que vivieron los mismos años que Shakespeare —cincuenta y dos— y cuya popularidad en algún aspecto se aproxima, aunque sea de lejos, a la suya. Ben Jonson es un buen ejemplo y conocemos mucho más de su vida que de la de Shakespeare. Esto se debe en parte a que Jonson tuvo problemas con la autoridad y también porque recibió dinero prestado del empresario Henslowe, quien llevaba sus registros muy puntualizados. En general, conocemos la vida de Jonson con mucho mayor detalle por los comentarios de sus contemporáneos, y por los folletos que escribió y los prólogos que preparó para sus obras publicadas. Shakespeare fue objeto de un curioso descuido por parte de sus amigos, y guardó mucho silencio sobre su persona. No preparó folleto alguno ni publicó prólogos en sus obras —ni en los dos poemas largos ni en las dieciocho comedias que publicó en vida.

La vida del dramaturgo más grande de la era cristiana es uno de los misterios más incitantes y provocativos de la literatura. Sabemos que nació en 1564, y suponemos que recibió enseñanza primaria en Stratford-on-Avon. A la edad de 18 años se casó con Anne Hathaway, ocho años mayor que él. La hija que le nació de ella, Anne, vio la luz seis meses después, y en 1585 vinieron al mundo dos mellizos. Parece que hacia esta época abandonó a su familia y desapareció. No volvemos a saber nada de él hasta 1592. De pronto aparece como un autor de tanta importancia que un actor de la talla de Greene lo llama “Cuervo engreído” y “agita-escenarios” (Shake-scene). Su primera obra, Enrique VI, tuvo que llegar al escenario, puesto que Greene parodió uno de sus versos: “¡Oh corazón de tigre, envuelto en una piel de mujer!”, cuando escribió, aludiendo a Shakespeare: “Corazón de tigre, envuelto en una piel de actor”. Podemos conjeturar que esta obra y Tito Andrónico fueron representadas por los actores de lord Strange, y también podemos dar por hecho que Shakespeare vio a los actores de los condes de Pembroke, Sussex y Leicester representar en Stratford, o que actuó para Strange y para Leicester durante los “años perdidos”.

En 1593 publicó el poema Venus y Adonis, y otro al siguiente año: La violación de Lucrecia. Sabemos que se unió a la compañía del Lord Chambelán en 1594, pues en los registros oficiales figura entre los que recibieron un sueldo por actuar ante la Corte, como uno de los “sirvientes” del Chambelán los días 26 y 27 de diciembre. A la siguiente noche fue representada, en la Posada de Gray, La comedia de las equivocaciones.

Entre 1594 y 1616 el nombre de Shakespeare aparece impreso en los registros escritos poco más de 50 veces. No menos de 26 se refieren a juicios legales o asuntos comerciales, y seis más con referencia a parientes cercanos. En unos cuantos casos se le menciona como actor que toma parte en la representación de una obra. Existen tres referencias a que poseía una participación en las utilidades del Globe Theater y del Blackfriars. Con una sola excepción, los comentarios críticos de sus contemporáneos son, como dice una autoridad, “generalmente breves y o bien afectados, o bien convencionales”.

No contamos con otros hechos de su vida personal excepto algunas alusiones a los lugares en que vivió, a dos testamentos otorgados en su favor, su propio testamento y su muerte y funeral. La poca información que tenemos sobre la vida de Shakespeare y sobre las fechas de sus comedias se ha obtenido después de prolijos estudios realizados por gran número de investigadores durante los dos siglos últimos. Cada uno de esos investigadores ha realizado el papel de un Sherlock Holmes de la literatura.

No existe nada escrito por la propia mano de Shakespeare, salvo seis firmas. En ellas aparecen cuatro grafías diferentes, y ninguna de ellas incluye la e en Shake. Su nombre no figura en las primeras seis de sus obras impresas; después de 1597, sin embargo, ocho primeras ediciones lo consignan. Con bastante frecuencia aparece como “Shake-speare” o como “Shakespeare”. Los editores, atraídos por el encanto marcial de una lanza que se blande (eso significa shake speare) entregaron la grafía Shakespeare a la posteridad.

Por supuesto, nos dieron algo más que la grafía del nombre. Nos conservaron 37 de sus obras. Existen muy pocos manuscritos de las obras representadas en Londres en la época de Isabel I, de Jacobo I y de Carlos I, y no se imprimieron muchas obras. De las 220 obras en colaboración de que alardeaba Thomas Heywood, sólo una llegó a la imprenta. Se publicaron aproximadamente 550 obras entre 1559 y 1642, pero un erudito ha calculado que casi se perdieron 1_500 aún en manuscrito, por descuido o a causa de incendios en los teatros. La razón de que se publicaran tan pocas obras entre el ascenso al trono de Isabel I y la clausura de los teatros se debió a que el autor vendía todos los derechos a la compañía que representaba la obra, y ésta sólo vendía el manuscrito a un editor cuando su necesidad de dinero era mayor que el temor a que algún rival piratease la obra una vez que ésta apareciera impresa.

Los eruditos creen que algunas comedias fueron robadas por los editores, quienes compraban “partes” de ellas a los actores, pagándoles para que recitaran de memoria lo que supieran, o por medio de empleados que transcribían el diálogo en una especie de taquigrafía. Los derechos de autor consistían sólo en poder representar una comedia si se contaba con el manuscrito.

Entre las 18 obras publicadas durante la vida de Shakespeare figura Pericles, que se cree fue escrita en colaboración. Otra apareció en 1622. Contaríamos sólo con la mitad de las obras que conocemos hoy si dos amigos suyos, actores también, John Heminge y Henry Condell, no hubieran compilado todos los manuscritos que existían, así como las obras publicadas, que editaron en 1623 con el título de The Workes of William Shakespeare.

Este volumen se denomina el primer folio. Y es un “folio” porque la hoja normal de papel para impresión estaba doblada una sola vez, con lo cual se tenía una página de 34 por 22 centímetros aproximadamente. Las comedias que se publicaron por primera vez en vida de Shakespeare —y se publicaron una a una— se llaman “cuartos” debido a que la hoja de papel para impresión es doblada dos veces, o sea, para que formara cuartas partes del pliego original, con lo cual se tenían páginas de 20 por 15 centímetros aproximadamente. Los textos de algunas de las comedias publicadas en cuarto son similares a los de las publicadas in folio —entre 1623 y 1685 se publicaron cuatro ediciones in folio—, en tanto que algunos de los parlamentos de las ediciones en cuarto son mejores. Pero algunas de estas primeras ediciones en cuarto son llamadas “cuartos malos”, y fueron precisamente descritas por Heminge y Condell como “diversas copias subrepticias y robadas, deformadas y mutiladas por fraudes de ignominiosos impostores”. Las 36 obras de la primera edición in folio integran el canon de Shakespeare. La tercera edición in folio añadió el Pericles y otras seis comedias seguramente espurias. La obra llamada The Two Noble Kinsmen nunca fue publicada in folio, pero apareció en una edición en cuarto casi veinte años después del fallecimiento de Shakespeare.

En la época de Shakespeare ningún hombre podía vivir sólo de la composición de obras teatrales. Las obras se vendían por seis u ocho libras, lo cual significaba apenas no más de 180 a 240 dólares traducido a moneda de hoy.1 Algunos dramaturgos tal vez recibieran las utilidades derivadas de una segunda o una tercera representación de sus obras, pero ese rendimiento seguramente no era demasiado grande. El ingreso total que Shakespeare recibió por la venta de sus obras, durante más de veinte años, probablemente fue de unas 300 libras, o sea, menos de 10 mil dólares. Gracias a la generosidad de Burbage para sus colaboradores más valiosos, Shakespeare disfrutó durante muchos años no sólo de su sueldo como actor, sino también de una parte de las utilidades y, después de 1599, tuvo una participación adicional como uno de los diez propietarios del Globe.

La seguridad económica de Shakespeare le evitó tener que escribir innumerables obras coyunturales y colaborar con otros autores o trabajar como “aderezador” de las obras de otros dramaturgos. Aunque muchos de sus colegas escribieron muchas más comedias por año, la producción literaria anual de Shakespeare, casi dos obras por temporada mientras estuvo con Burbage, es realmente impresionante juzgada por los cánones modernos.

Pudo hacer esta labor gracias a una especie de colaboración indirecta con historiadores, novelistas y dramaturgos del pasado. Tomó de otras obras grandes trozos de sus tramas. Todas sus obras, menos dos, se remontan en sus orígenes a fuentes distintas de su propio espíritu fecundo.

Y lo que es mucho más importante, la posición segura de Shakespeare en la compañía de Burbage le evitó caer en la tentación de seguir demasiado de cerca las tendencias populistas, o sea repetir sus propios triunfos. Quizás escribió El mercader de Venecia —que utiliza material de dos o tres obras anteriores— por el sentimiento de antisemitismo que suscitó el juicio y la ejecución de un médico judío acusado de intentar envenenar a Isabel. Escribió comedias de “venganza” en Ricardo III y Tito Andrónico, pero entre ellas produjo La comedia de las equivocaciones, adaptada de Plauto. Mucho ruido y pocas nueces y Enrique V vieron la luz el mismo año, lo mismo que Noche de epifanía y Hamlet.

El primer gran paso que dio hacia adelante el drama isabelino fue el diseño y la construcción del Theater único, obra de James Burbage en 1576, y de su compañero, The Curtain, obra de otro empresario al siguiente año. Dieron a los dramaturgos un escenario que se adaptaba a las necesidades de su época, y estimularon una fecundidad nueva en sus sucesores. Una década más tarde advino el primer florecimiento con el Tamerlán y el Doctor Fausto de Marlowe. Otros diez años presenciaron la rica cosecha de las obras de Shakespeare, desde Ricardo III y Sueño de una noche de verano hasta Noche de epifanía y Hamlet. Ninguna otra época en el teatro vio un progreso tan continuo y tan extraordinario.

Mientras Shakespeare estaba aún en Stratford, los dramaturgos isabelinos habían roto con la tradición académica. Como Lope de Vega, habían vuelto la espalda a las unidades clásicas y a las sentencias de Aristóteles y de Horacio. En 1580 sir Philip Sydney, poeta, cortesano y crítico, se quejaba de las violaciones de que se hacía víctimas a las formas clásicas. Si hubiese vivido cinco años más, ¿qué habría dicho de Shakespeare y de sus colegas, a no ser que lo hubiesen cautivado su poesía y su vigor? A juicio de Sydney, el tedioso Gordobuc ascendía “hasta las alturas del estilo de Séneca”, y alcanzaba “el fin mismo de la Poesía”. Pero lamentaba que no siguiera exactamente “el modelo exacto de toda la Tragedia. Porque tenía fallos tanto en el tiempo como en el espacio, los dos compañeros obligados de todos los actos corporales”.

El dramaturgo isabelino no sólo se olvidó de las unidades. A diferencia de los autores de Gordobuc, llevó las escenas violentas al escenario, en lugar de concretarse a hablar de ellas. Su violencia se acercaba a lo atroz; en El rey Lear Shakespeare lleva a la escena el acto de cegar a un hombre. Como los demás, Shakespeare escribió lo que Sydney había considerado como no perteneciente “propiamente a la tragedia ni a la comedia, sino que confundía monarcas y bufones”. Además, el dramaturgo ahora mezcló poesía y prosa, y pasó por alto la regla de que los versos deben reservarse únicamente para la nobleza en tanto que la prosa quedaba destinada para las clases bajas. En Noche de epifanía los capitanes de barco hablaban en verso libre, y la Condesa Olivia descendió hasta expresarse en prosa. Bruto pronuncia la oración fúnebre de César sin tener en cuenta el metro, y Hamlet hace lo mismo cuando se dirige a los cómicos. Media docena de las obras de Shakespeare tienen más líneas de prosa que de verso.

El dramaturgo isabelino se acogía a algunos recursos propios de una etapa anterior que hoy parecen absurdos o complicados, pero Shakespeare los usó menos —o en mejor forma— que los demás autores. Por lo regular, relegó la subtrama a sus comedias. Para presentar un drama o para salvar lapsos, Shakespeare se sirvió en algunas ocasiones del prólogo, la introducción o el coro, que parecen proceder de una incomprensión italiana de la tragedia griega. En Enrique V, el coro es un puente largo, pero firme, de narración y exhortación que lleva de un acto al otro. El heraldo llamado Coro en Romeo y Julieta traiciona torpemente la trama, pero sólo en dos lugares: antes del primer acto y en el segundo. (Los productores modernos a menudo cortan esos parlamentos cuando representan la obra.) Sólo existen otros tres prólogos shakespearianos. Shakespeare usó parcamente otro recurso: el epílogo. Lo utilizó sólo ocho veces, y ninguna de ellas en sus tragedias. Otro rasgo del teatro isabelino que podría parecer absurdo a los auditorios modernos era la “jiga”. Probablemente una breve canción con una danza igualmente breve cerraban la representación de las obras de Shakespeare, exactamente como se hacía en España. Un europeo del continente que visitó Londres vio una obra sobre Julio César, que bien puede haber sido la de Shakespeare, y escribió: “Al final de la obra dos actores vestidos de hombre y otros dos de mujer danzaron juntos, como es su costumbre, maravillosamente”. (Quizá Shakespeare opuso reparos a que se can tara.)

Las debilidades de Shakespeare —más allá de la probabilidad de fracaso que acecha a cualquier obra teatral— eran los defectos propios de su tiempo y de su auditorio. La Inglaterra isabelina amaba la violencia y la alegoría, las lucubraciones filosóficas de largo alcance tanto como la poesía de alto vuelo. Con demasiada frecuencia, los problemas eran totalmente blancos o totalmente negros, y asimismo lo eran los personajes. El amor a primera vista no parecía más improbable que las conversiones de última hora en las cuales el hombre bueno se vuelve malo o el hombre malo se convierte en bueno.

Los auditorios aceptaban las pociones mágicas y los disfraces que no lograrían engañar ni a un niño. Les satisfacían los prototipos humanos más que los verdaderos personajes. Es un gran mérito de Shakespeare habernos dado seres humanos como Hamlet, Enrique V y Catalina de Francia, Falstaff y Malvolio, Beatriz y Benedicto, Ricardo III y Porcia, Marco Antonio y Bruto.

Traducción de Carlos Villegas.

Kenneth MacGowan fue productor de cine. William Melnitz fue director de teatro e historiador. Aparte de Las edades de oro del teatro, ambos escribieron libros como The Living Stage. A History of the World Theater.

1 Los autores se refi eren a dólares de fi nes de los años cincuenta del siglo pasado. [N. del E.]


Articulo: http://www.elboomeran.com 06/2014