samedi 28 juin 2014

Luis VILLORO/ Sor Juana y su “figura del mundo”

ENSAYO
Sor Juana y su “figura del mundo”
Por Luis VILLORO

Sor Juana Inés de la Cruz, o las trampas de la fe participa de diversas naturalezas: es fresco de una época, persecución de un personaje elusivo, revivencia de costumbres, fenomenología de un estilo literario, meditación sobre un destino colectivo, crítica. Sería impertinente pretender dar una idea de todas sus facetas. Me limitaré a dos temas que me suscitaron algunas reflexiones personales.

El libro de Paz es también un intento de dar razón de una obra. Cada época ha mostrado preferencias distintas en la manera de explicar los productos culturales. La nuestra se ha inclinado por dos: gusta explicar una obra por sus condiciones sociales o bien por la dinámica psíquica de su autor. Influencia del historicismo, del marxismo, en el primer caso, de la psicología profunda, en el segundo.

En ambos se trata de dar razón de la obra por ciertas causas, externas a ella, que la determinan. El objeto cultural es visto como un hecho histórico cuyo principal interés consiste en darnos a conocer otros hechos históricos, sean éstos sociales o psíquicos. Al explicarla, la obra cultural se disuelve; sólo ha servido para presentar un fragmento de sociedad o la dinámica de un alma.

En verdad, ha perdido lo que le era más propio: su carácter otro respecto del mundo histórico del que partió. Porque toda obra cultural genuina no es sólo un hecho, es también la propuesta de un valor, que trasciende y a veces niega el mundo histórico dado.

En el estudio de Paz se dan esas dos formas de explicación. Obra y vida, nos dice, “se despliegan en la sociedad, en la historia”, y él mismo presenta su ensayo como una “tentativa de restitución” de la vida y obra de sor Juana a su mundo histórico. A menudo los escritos del poeta quedan explicados por acontecimientos sociales o por rasgos de su personalidad íntima. Pero una y otra explicación están englobadas, me parece, en un marco explicativo más amplio: ése que Paz llama “espíritu y gusto de una época”, y que yo preferiría denominar la “figura del mundo”.

Toda obra de cultura expresa un complejo de creencias acerca del hombre, del mundo y de lo que vale en él; éstas pueden ordenarse en dos tipos. La mayoría son creencias de las que el creyente puede dar razones, que se justifican en otras creencias o en experiencias vividas. Pero hay otras que creemos sin que se nos ocurran razones explícitas para sustentarlas, de tan evidentes que nos parecen. Son creencias heredadas de nuestra sociedad, compartidas por todos sus miembros, supuestas en todas las demás.

Las creencias del primer tipo pueden ponerse en cuestión, sin cambiar, en lo esencial, nuestro mundo; las del segundo género, en cambio, no rueden rechazarse sin poner en cuestión todas las demás y sacudir, por ende, la totalidad de nuestro mundo. Para distinguir estos dos tipos de creencias, Ortega y Gasset había acuñado dos términos: llamó a las primeras “ideas” y reservó el nombre de “creencias” para las segundas.1 Aquéllas —las “ideas”— son las opiniones de las que podemos dar razones y que podríamos abandonar si éstas dejaran de convencemos; las segundas —las “creencias” propiamente dichas— son aquellas de las que no solemos dar razones explícitas pero están supuestas en todas las opiniones que tenemos.

Con la imprecisión de su estilo metafórico, Ortega decía que mientras “tenemos” las ideas, “estamos” en las creencias; estas últimas, en efecto, nos constituyen y establecen nuestra manera de relacionamos con el mundo. Pero sería más exacto decir que se trata de tipos de creencias que se distinguen por la manera en que solemos justificarlas: las primeras se fundan en razones explícitas; las segundas, en cambio, las aceptamos espontáneamente, sin aducir razones, aunque en caso de ponerlas en cuestión podríamos indagar las razones implícitas por las que las aceptamos. Estas últimas son creencias colectivas, que solemos compartir con un grupo social o una clase; corresponden a una época histórica y están a la base de nuestras creencias individuales; suelen ser vagas y escasamente formuladas; versan acerca de cómo es y qué es la realidad, de cómo nos situamos en el mundo, y de qué es lo que en verdad vale en él. Son el supuesto, rara vez expresado, de todas las demás creencias. Constituyen, por lo tanto, el marco en el que se da a cada quien el mundo, la forma y manera como se le presenta. Según sean esas creencias básicas, el mundo se le figura de una u otra manera a una sociedad, en una época determinada. Podemos llamarlas, pues, la “configuración” del mundo o, por mor de la brevedad, la “figura del mundo” de una sociedad en una época.

Pues bien, hay otra manera de explicar una obra cultural: comprenderla por la figura de un mundo. El estudio de Paz sobre sor Juana puede verse como un ejemplo logrado de una explicación de esa índole.

Una figura del mundo está integrada por creencias de distintos niveles, conectadas entre sí de manera compleja. Su núcleo sería unas cuantas creencias básicas acerca del género de realidades que damos por existentes y el tipo de valores que aceptamos; lo que en la germanía filosófica se llamaría los “compromisos ontológicos y valorativos”. La configuración del mundo de sor Juana era diferente a la nuestra. Suponía una doble realidad: la corpórea, material, y la transmaterial. Una y otra no se le figuraban a sor Juana del mismo modo que a nosotros. La dimensión transmaterial era la realidad “sustancial”, la de mayor valor; comprendía lo más alto: el alma y el orden sobrenatural. La materia tampoco tenía la consistencia que se nos figura a nosotros; a sor Juana se le mostraba como un tejido de signos, de relaciones ocultas, de alegorías, de anuncios. El signo formaba parte del mundo real.

“El mundo mismo era un jeroglífico”, escribe Octavio Paz. Esto nos permite entender temas centrales en la obra de sor Juana, en que ocupan un lugar tan importante las duplicaciones y los señalamientos, como el eco, el retrato, el reflejo y, aun, el amor platónico. Todas las relaciones con los otros y con el propio cuerpo quedan teñidas por ese carácter del mundo, dual y transido de signos.

Sobre este núcleo de creencias básicas se estructura un tipo de lenguaje, específico de una cultura, que intenta expresar ese mundo. Hay lenguajes ligados a figuras del mundo. Están constituidos por un repertorio usual de signos, por un código, sin límites precisos, de imágenes, símbolos, emblemas, analogías, que sirven para expresar las relaciones fundamentales en que se configura la realidad. El uso de ese código manifiesta un estilo de pensar común a una época, por el que se piensa una figura del mundo y no otra. Para mi gusto, las páginas más esclarecedoras del estudio de Paz son las que exhiben el código del lenguaje culto de la época de sor Juana, al través del cual puede leerse la configuración de su mundo.

La figura de la realidad se manifiesta en un tercer nivel de creencias. El tipo de realidades y de valores aceptados determina el ámbito de lo permitido y lo vedado. Hay, pues, creencias básicas colectivas, de las que no se dan razones expresas, acerca de los mores de una sociedad. Dan lugar a formas codificadas de comportamiento, que constituyen verdaderos rituales acordes con la visión que una clase social tiene de su mundo. Las páginas del trabajo de Paz dedicadas a recrear las formas de la cortesanía o del amor galante muestran cómo se conectan los estilos de comportamiento social con una figura del mundo. Sin esa conexión no se entiende gran parte de la poesía de la época (“El orden cortesano es el orden cósmico —apunta, por ejemplo, Paz— y la poesía no hace más que reproducir la doble jerarquía del universo y la sociedad”).

Esta forma de dar razón de una obra literaria difiere de las dos vías que mencionamos al principio. No consiste en establecer una conexión causal entre el hecho cultural y otros hechos (sociales o psicológicos). La obra, conjunto de signos expresivos, se explica por remisión a las condiciones que hacen posible su funcionamiento como tales signos. La condición última que permite que sea justamente esos signos, y no otros, es lo que llamamos la “figura del mundo”. La figura del mundo no causa el poema, lo hace posible, en cuanto signo; está supuesta en él.

En efecto, las creencias básicas, que configuran un mundo, no son necesariamente mencionadas en la obra literaria, pero están implícitas en toda mención; no son dichas en la poesía, se muestran en lo que ella dice. La figura del mundo traza el marco de lo que puede decirse con sentido en una sociedad y en una clase. Estamos, pues, ante una forma diferente de explicación: a partir de la obra literaria tratamos de revelar su supuesto implícito, la figura del mundo que la hace posible. En esa operación la obra cultural queda conectada con el marco de creencias que sostiene y engloba la totalidad cultural de la que la obra forma parte. Al referirse a esa totalidad, la obra singular se vuelve comprensible. Por ello, tal vez no deberíamos llamar, a esta forma de dar razón de una obra, “explicación” sino “comprensión”, pues el primer término indica relación de un hecho con sus causas y el segundo, conexión de una parte significante con un todo.

La obra literaria se comprende al verla como expresión del conjunto de creencias básicas que configuran un mundo. Pero éstas no son intemporales. Toda figura del mundo está condicionada por un orden social. Y Octavio Paz no deja de señalar ciertas características de la sociedad de sor Juana que permiten que su concepción del mundo sea precisamente ésa y no otra. En este sentido, podríamos hablar de “ideología”, como, por otra parte, hace el propio Paz. Pero mucho cuidado: “ideología” tiene muchos sentidos. Podríamos aplicar el término a una figura del mundo con tal de distinguir este sentido amplio de “ideología” de otro más estrecho que suele designar el conjunto de creencias de un grupo social que favorecen su poder político. En el primer sentido, la ideología es común a un orden social en una época determina da y está supuesta en las “ideologías” específicas de los distintos grupos sociales que forman parte de ese orden.

La obra literaria se conecta, así, con el orden social, pero no puede verse como su producto directo. La relación entre ambos está mediada por la figura del mundo; ésta constituye la base ideológica de la sociedad y, a la vez, configura esa sociedad en el mundo. Pero si la obra expresa la ideología supuesta en un orden social, ¿queda con necesidad encerrada en ella? Esta pregunta nos lleva al segundo tema que quería anotar.

“No quiso ser más de lo que era: una conciencia lúcida”, dice Octavio Paz de sor Juana. En esa frase se condensa la relación del poeta con su sociedad. Sor Juana está situada en su sociedad, inmersa en la ideología que la configura. Al expresar el mundo tal como se le figura a su sociedad, su obra confirma un orden histórico que lo condiciona. ¿Es eso todo? En modo alguno. Una figura del mundo no sólo presenta el mundo tal como conviene a un orden social, también permite —para quienes la comparten— ver efectivamente la realidad, interpretarla y comprenderla dentro de un marco conceptual determinado.

Nadie puede llegar a la realidad si no es al través de esa figura. Así, por una parte, las creencias básicas de una época, que constituyen su ideología, conforman el mundo según las necesidades de un orden social determinado; por la otra, son la única ventana hacia la realidad. ¿Cómo puede alcanzarse ésta al través de una forma ideológica? Sólo si se vuelve consciente, es decir, si las creencias básicas y el código de signos que se aceptan sin dar razón de ellos se vuelven explícitos, presentes, acceden a la reflexión. Sólo si llega a ser lúcida, esto es, si el autor es capaz de poner a la luz, de clarificar los supuestos, de tal manera que dejen de estar ocultos.

Al ser consciente y lúcida, la obra del intelectual, a la vez que expresa la figura del mundo, la hace patente, de latente que era; al hacerla patente, puede ponerla a prueba. ¿No es éste un primer paso para cuestionarla?

Un intelectual que comparte una figura del mundo puede tener dos actitudes ante ella. La primera es reiterar las convenciones con que usualmente se expresa, repetir su discurso usual, sin hacerlo consciente ni ponerlo a prueba. La segunda es ponerla a la luz, objetivarla. Para ello es menester explorar sus posibilidades, ensayar, sin salir de ella, formas y maneras nuevas, recrear sus modalidades posibles, hasta que se hagan patentes sus posibilidades y sus limitaciones.

En ambos casos, el intelectual confirma la figura de su mundo, pero el sentido de su confirmación es distinto. En aquel caso hace uso de ella, dejándola como un supuesto intocado; en éste, la pone a la luz y descubre sus límites; en el primer caso, el autor queda absorbido por su mundo, en el segundo, empieza a establecer frente a él una distancia.

Si Octavio Paz logra situar la obra de sor Juana es, a mi ver, porque establece su distancia exacta de la ideología de su época. La distancia no es aún la disrupción, la ruptura con la figura del mundo, sino su momento previo: la puesta a prueba de los supuestos. La distancia no es la negación, sino un paso anterior: la “lucidez de la conciencia”.

Sor Juana mantiene su discurso en “el código de lo decible”; en su obra se explayan los juegos de señales, de analogías, de emblemas, del lenguaje culto de su época. Pero dentro de esos juegos, explora, como ningún otro autor de su tiempo, las posibilidades formales del lenguaje. Ninguna otra obra, piensa Paz, presenta las innovaciones y la variedad de recursos formales de la suya. Explorar las posibilidades y límites de un estilo colectivo, ¿no es la mejor manera de hacerlo consciente? Semejante actitud se da en el campo de las relaciones humanas. También aquí sor Juana se mueve dentro de las formas y convenciones aceptadas, pero explora sus límites. Sus expresiones, amorosas, por ejemplo, se mantienen dentro de las reglas admitidas en el amor cortés, pero las obliga a dar de sí a tal extremo que se vuelven inquietantes. Su ejercicio del estado religioso no transgrede costumbres toleradas, pero sor Juana lo lleva a un límite que suscita prevenciones. Está situada en su mundo, pero alcanza sus bordes y, al llegar a ellos, los vuelve conscientes. Cuando es acosada, puesta a prueba, empieza a dejar oír una voz distinta: la conciencia de los límites ha abierto la posibilidad de transgredidos. Entonces, escribe Paz, “por su voz habla la otra voz; la voz réproba, su verdadera voz”. En su lenguaje, igual que en su pensamiento, piensa lo que permite su figura del mundo. Pero la manera en que se presenta su visión del mundo no es la tradicional, sino que se sitúa en los límites de lo permitido. Paz nos descubre cómo siguió sor Juana una interpretación hermética y neoplatónica del mundo que, proveniente del Renacimiento, anuncia la primera ruptura con el pensamiento tradicional.

En ella se expresa una postura nueva ante la naturaleza, un afán por conocer sus secretos que está en el umbral de la concepción moderna del mundo. En una ocasión, el juicio de Paz llega más lejos: por primera vez aparece en el pensamiento hispánico, afirma, “una actitud realmente moderna ante la naturaleza”. El pensamiento de sor Juana alcanza, también aquí, un límite.

Pero donde se manifiesta con mayor fuerza la distancia exacta de sor Juana ante su mundo, es en su obra más acabada, el Primero sueño. Tanto por su forma como por sus temas el poema obedece a los parámetros del siglo. En un sueño, se vuelve consciente la figura del mundo de sor Juana. Al hacerse patente, se muestra como un todo limitado que no puede rebasarse; la conciencia lúcida del mundo lo revela como prisión. El intento de rebasar sus límites fracasa. El ascenso de Faetón hasta los bordes de su mundo y su caída son el símbolo de esa pasión frustrada. La lucidez ha conducido al anhelo de transgresión y éste al castigo.

La interpretación de Paz nos deja la impresión de un descubrimiento; nos da la pieza que faltaba en el rompecabezas: la situación precisa de una obra dentro de su mundo. La obra de sor Juana refleja su imagen del mundo, da testimonio de sus creencias básicas, pero no se limita a reiterarlas. En su obra, esa imagen del mundo se vuelve conciencia, al llevarla hasta sus límites. Hacer consciente una prisión mental es el primer paso para incitar a abandonarla.

Pero sor Juana no podía saltar sobre su propia figura del mundo; para ello hubiera tenido que apoyarse en el vislumbre de otra figura alternativa, y su sociedad estaba del todo cerrada a ella. En su intento, como Faetón, sucumbe. Su fracaso es signo de un orden social sin porvenir, sin salida. Pero en su fracaso, pone a la luz las barreras de su propio mundo y señala la posibilidad de rebasarlas. Porque sor Juana no fue más, pero tampoco menos, de lo que era. Hacer consciente con lucidez la configuración de su mundo es ya trascenderlo; y ésa podría ser la función del verdadero intelectual. Al descubrir la situación de sor Juana en su mundo, ¿no nos ha propuesto también Octavio Paz una alegoría del destino del intelectual en la sociedad?

1_ Véase mi ensayo “La noción de creencia en Ortega”, en José Ortega y Gasset, México, fce, 1984.

Luis Villoro, filósofo e historiador, fue miembro de nuestro comité editorial de filosofía.


Articulo: http://www.elboomeran.com 06/2014

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