samedi 28 juin 2014

Muere Ana María MATUTE a los 88 años

Muere Ana María MATUTE a los 88 años
La escritora y académica, premio Cervantes en 2010, fallece en Barcelona
ELCULTURAL.es

Ana María Matute (Barcelona, 1925), una de las escritoras españolas más importantes del siglo XX, ha fallecido hoy en Barcelona, a los 88 años. Miembro de la Real Academia Española desde 1996 -la tercera mujer en sus tres siglos de historia-, recibió el premio Cervantes en 2010 y lo recogió con un discurso que terminó en aquel memorable: “Créanse mis historias, porque me las he inventado”.

Matute deja terminada una novela póstuma, titulada Demonios familiares y protagonizada por una mujer en 1936, que publicará la editorial Destino después del verano. Según avanzó pocos meses antes de recibir el Cervantes, este libro "tendrá tintes mágicos, porque, en realidad, toda la vida es mágica". Sus últimas novelas publicadas son Aranmanoth (2000) y Paraíso inhabitado, de 2008. 

Nacida en el seno de una familia de la burguesía catalana, la autora comenzó a publicar muy joven, dándose a conocer en la revista Destino, donde aparecieron sus primeros cuentos. Su novela Los Abel, en la que reflejó la atmósfera española posterior a la Guerra Civil desde un punto de vista infantil -enfoque que mantuvo en sus primeras novelas- fue finalista del premio Nadal en 1947. Desde entonces comenzó una larga trayectoria literaria repleta de premios, entre los que destacan, en su primera etapa, el Premio Gijón (1952) por Fiesta al Noroeste y el Premio Planeta (1954) por Pequeño Teatro, que fue su primera novela, escrita con 17 años, aunque se publicó 8 años después. En 1959, obtuvo el Nacional de Literatura con Los hijos muertos y el Nadal le llegó finalmente en 1959 con Primera memoria.

Matute impartió clases en universidades norteamericanas. La Universidad de Boston mantiene una colección con su nombre en la que conserva sus manuscritos. Era miembro de la Hispanic Society of America, de Sigma Delta Pi (la Sociedad Nacional Honoraria Hispánica de la Universidad de Berkeley) y miembro honorario de la asociación estadounidense de profesores de español y portugués.

El episodio más traumático de su vida llegó en 1963 con la separación de su primer marido. Las leyes de la época, muy duras con las mujeres separadas, le arrebataron la custodia de su único hijo, lo que la sumió en una profunda depresión durante años. Después de un largo período de silencio, en medio del cual fue nominada al Nobel, volvió de nuevo a la literatura en 1984 con Sólo un pie descalzo, que le valió el Premio Nacional de Literatura Infantil. Su faceta como escritora de cuentos y literatura infantil, que cultivó desde sus inicios de forma paralela a la novelística, ha dejado, además de la mencionada, obras tan representativas como Los hijos muertos y Primera memoria, así como las premiadas El Polizón de Ulises o El verdadero final de la Bella Durmiente, entre otras.

Sus narraciones para niños, llenas de bosques, trasgos y duendes, no eran tan ingenuas como las que se escriben hoy: "La literatura infantil hoy en día es una pena. Lo políticamente correcto lo ha fastidiado todo. No le puedes leer a un niño un clásico, que son fabulosos, porque hoy hay que decirles amén a todo y que al final caperucita se hace amiga del lobo. Y esto no es así, porque en la vida se van a encontrar con unos lobos tremendos", declaró hace algunos años.

Su regreso a la novela se produjo en 1993 con la versión original de Luciérnagas (que había publicado en 1955 con el título En esta tierra) y posteriormente con Olvidado Rey Gudú. La escritora, cuya vasta obra ha sido traducida a más de 20 idiomas, aseguraba en una entrevista reciente en El Cultural: "Es una mala madre la literatura, pero es única". 

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Ana María Matute: "Es una mala madre la literatura, pero es única"
Por Laura FERNÁNDEZ 
22/04/2011

La escritora habla con El Cultural sobre su vida, su oficio de escritora y el Premio Cervantes, que recoge el próximo 27 de abril

No vive Ana María Matute en una casita de chocolate. “Soy la bruja buena”, se excusa. Vive en un ático. En realidad, es un sobreático, pero no tiene aspecto de cabaña en el árbol, tan alto como está, aunque sí chimenea. En la chimenea, un tronco y restos de ceniza. En el suelo, por todas partes, libros. Películas, libros, series de televisión (sobre un montón, The Pacific), y más libros. “Mi hijo está de mudanza”, aclara la escritora. “Pero no se va muy lejos, ha encontrado un piso aquí al ladito”, dice. Se escucha ladrar a Amelia, Ami, la perra de Juan Pablo. “Le puso así por la primera mujer piloto. A mi hijo le gustan mucho los aviones”.

Ana María Matute, su flequillo blanco suspendido, sus ojos tristes (“mis pulgas idiotas”, los llama), su eterno desencaje (“siempre estuvieron las niñas y luego estaba yo, no sé qué me pasaba, las niñas y yo éramos dos mundos distintos”, confiesa), sus gnomos (“últimamente hacen travesuras, me esconden las cosas, pero no los regaño porque no se dejan ver”, su mundo (preferiblemente medieval, aunque esté situado en una ruidosa calle, de aceras estrechas y motores furiosos) está amenazado estos días por cuatro páginas en blanco. “El dichoso discurso”, repite sin cesar, casi siempre con voz de bruja mala, como si pisándolo con sus palabras pudiera hacerlo desaparecer. “Anoche escribí dos páginas en la cama, a lápiz, pero tengo miedo de volver a leerlas y que no me gusten”, confiesa. 

El dichoso discurso es el que deberá pronunciar el 27 de abril durante la entrega del Premio Cervantes. “Preferiría escribir tres novelas seguidas que el dichoso discurso”, insiste. “Lo dije todo cuando entré en la Academia, ¡todo! Si me dejaran repetirlo..., pero no me van a dejar, ¿verdad?”. No, claro que no. Por eso se sienta cada mañana delante de su máquina de escribir, una Brothers eléctrica (negra) que compró probablemente en 1994, cuando se encontraba escribiendo Olvidado Rey Gudú. “Hasta entonces había tenido una Corona norteamericana muy buena, muy rápida, maravillosa. Pero no sé qué le pasó. Escribí la primera parte con ella, pero la segunda ya la hice con la Brothers”, cuenta. Muy bien, así que se sienta ante la máquina, en su cuarto, por la mañana. ¿A qué hora? “No me levanto muy temprano, y tampoco me pongo a escribir en cuanto me levanto. No sé, ¿a las diez? Sí, sobre las diez. A veces las once”. 

Cuando escribe no lee.

Si no tiene ninguna novela en marcha, quizá se ponga a leer. “Porque cuando escribo, no leo. Pero no es por las interferencias. Bah, las interferencias. Es porque cuando me meto en un libro no puedo dejarlo. Y si estoy leyendo no estoy escribiendo. Y entonces la novela, mi novela, se enfría. Parece complicado pero es sencillo: cuando la Matute escribe, no lee, y cuando lee, no escribe”, aclara. 

Siempre estuvieron las niñas y luego estaba yo, las niñas y yo éramos dos mundos distintos"

¿Y qué lee la Matute cuando no escribe? “Ahora, sobre todo, novela negra”, dice, y exclama: “¡Oh, la novela negra! ¡Cómo me divierte!”. Le encanta Donna Leon, y le fascina Elizabeth George (“No he leído a Stephen King pero lo leeré, no entiendo qué tiene la gente contra los ‘best-sellers', si son ‘best-sellers' será porque gustan, ¿no? Y si gustan no pueden ser tan malos”, considera), y, “oh, ese señor de Berlín... ¡Philip Kerr! ¡Qué hombre!”, brama, entusiasmada. 

“El Quijote a los 14. Me aburrí”

Hablando de hombres, de hombres escritores, en su vida, ha habido muchos. El primero, don Miguel de Cervantes. “Leí por primera vez El Quijote a los 14, justo después de la guerra, y me aburrí terriblemente. Pero terriblemente”, dice. De aquella época, de un poco antes, recuerda que las clases eran en pisos particulares, y que se las daban curas, curas que no dejaban de desaparecer. “Los pobrecitos intentaban cruzar la frontera y caían como conejos, los pobrecitos”, dice. “Así que íbamos a clase y a veces no teníamos clase porque el profesor, nos decían, se había ido al extranjero y claro, lo que pasaba es que estaba muerto”. Su terror a los fuegos artificiales también viene de aquella época. “Se parecen tanto, tanto a los bombardeos... El silbido, todo. Qué impotencia sentíamos, cuando empezaban los bombardeos, y no sabías qué era mejor, si moverte o quedarte quieta. Aún me despierto a veces pensando que nos va a caer una bomba encima”, cuenta. Y clava sus ojos tristes (“así los llamó una periodista italiana, cuando yo aún era muy joven, y siempre pienso que tenía razón”) en la caja de lápices de colores con aspecto de piano (un elegante y portátil piano de madera llamado Van Gogh, como los lápices) que hay sobre la mesa. “Qué bonitos los lápices. Me encantan los lápices. Sobre todo los lápices de colores. Aunque todo lo que tenga que ver con la escritura me encanta. Yo es entrar en una papelería y siento gula, ¡gula!”, casi grita. “Me lo comería, ¡me lo comería todo!”, añade, erigiéndose en la Bruja (Buena) de los Lápices de Colores (y todo lo demás). 

“A los 19, casi me vuelvo loca”.

“Cuando era pequeña dibujaba mucho. Todos en casa creían que de mayor sería pintora. Lo de escribir lo llevaba más en secreto. Por eso me sorprendió tanto que mi madre hubiera guardado todos mis cuentos. Me los regaló cuando me casé. Los había metido en una caja. Todos. Con mis dibujos. Y yo que pensaba que nunca los había leído... De pequeña, a veces, me daba miedo mi madre. Sobre todo cuando me llamaba a gritos. Entonces me volvía tartamudita. Como cuando veía a las otras niñas. No me gustaban las otras niñas”, dice. 

He de admitir que Quevedo fue un grandísimo escritor. Pero era tan mala persona, ¡tanto!"

Pero volvamos a Don Miguel de Cervantes. “Cuando cumplí los 19 me dije: 'Ana María, si quieres ser escritora, tienes que leer El Quijote. Que no hay excusa, que lo tienes que leer, igual que a Shakespeare'. Y lo empecé otra vez. Y esa vez casi me vuelvo loca. ¡Me encantaba!”, dice. Luego llegó Faulkner. “De Faulkner me gusta todo. Luz de agosto es maravillosa. El ruido y la furia también. Y supongo que cuando amas tanto a un escritor, es porque compartes algo con él, pero todavía no he descubierto el qué”. Otros escritores con K (curiosamente, la letra que ostenta en la Real Academia Española) que le gustan: “Kafka, claro, y Nabokov, Lolita es extraordinaria, extraordinaria”. Un escritor español que no le gusta (nada): “Quevedo. Pero sólo como persona. Como escritor he de admitir que fue un grandísimo escritor. Pero era tan mala persona, ¡tanto! Antisemita, machista y maldiciente, envidioso, zancadillero y encima, ¡feo y jorobado!”, exclama. 

La felicidad y el dolor

¿Y cómo son las tardes de Ana María Matute? “Intento salir. Me gusta mucho salir. Comer fuera. Ir al cine. Aunque últimamente no voy tanto como me gustaría. Porque no siempre tengo con quién ir. Y al final acabo viendo las películas en casa, pero no es lo mismo, porque lo que me gusta del cine es el ritual. Me recuerda a cuando tenía 20 años. El olor, y aquellas películas en blanco y negro maravillosas”. El pasado de la escritora es un señor de traje verde (seguramente un gnomo risueño con un pequeño zurrón repleto de lápices de colores) que aparece y desaparece, porque “sin memoria”, dice Ana María, “no existe el escritor”. “El escritor tiene que vivir, y tiene que vivir mucho, si lo que quiere es hablar del ser humano tiene que conocer la vida, pero sobre todo tiene que conocer lo que es el dolor, lo que son las lágrimas. No hace falta que sepa lo que es la felicidad. Es más importante el dolor. Es una mala madre la literatura, pero es única”, dice la escritora. “Yo he sufrido mucho. Mucho. Pero nunca me he aburrido. Jamás en mi vida me he aburrido. Aunque hay momentos que hubiera cambiado por un poco de aburrimiento”, añade, siempre con una sonrisa, porque otra cosa que nunca debe faltarle a un escritor, dice, es “el sentido del humor”. Por eso dice que no le hubiera gustado nacer en la Edad Media. Aunque es su época favorita. “Soy muy comodona y hubiera pasado mucho frío en los castillos... ¡Esos castillos tan grandes y sin calefacción! ¡Y, oh, los colchones! ¡Eran de paja! Hasta que descubrieron la lana debía de ser horrible dormir, incluso para los nobles...”, dice. Lo que sí cree es que nació un poco antes de tiempo. “Como han dicho muchas veces, me he adelantado a mi época y eso me ha perjudicado”, asegura. La Matute, como acostumbra a llamarse a sí misma antes de estallar en una carcajada siempre contagiosa, “es la escritora niña porque me han colgado esa etiqueta. Y es verdad que he escrito para niños, pero no todo lo que he escrito es para niños. Ni para niños grandes. ¿Es que todo lo fantástico es cosa de niños?”, se pregunta. Escribe sobre hadas, sobre gnomos, sobre niños tontos, sobre monstruos que son adultos monstruosos, y todo, dice, se lo debe a los hermanos Grimm. “Y a Hans Christian Andersen”, añade. “Me acuerdo cuando de pequeña abría el libro de cuentos de Andersen, veía todas esas hormiguitas (las líneas) y pensaba: 'De esas hormiguitas se levantan historias, mundos enteros. Eso es lo que quiero hacer algún día'. Nunca jugué con muñecas. Prefería escribir sus historias”, dice.

No hace falta que el escritor sepa lo que es la felicidad. Es más importante el dolor"

Todavía se pregunta de vez en cuando por qué escribe. “¿Por qué escribo? ¿Por qué, con 17 años, fui capaz de escribir una novela como Pequeño teatro, que estaba llena de emociones que yo aún no había experimentado? Porque sí lo había hecho, a través de los libros. Conocía todos esos sentimientos porque los había leído. Como aquel personaje de Farenheit 451 (la película basada en la novela de Ray Bradbury) que escucha David Copperfield, el momento en el que muere la mujer de David, y grita: ‘¡Yo conozco esos sentimientos!'. Los conoce porque los ha leído”. ¿Y responde eso a la pregunta de por qué escribe? “Yo ya nací así, diferente. Así que no sé si puedo contestar esa pregunta. Pero si tuviera que dar una respuesta supongo que sería esa: Porque he leído”. 

A media tarde, justo antes de la cena, Ana María vuelve a batirse en duelo con su vieja Brothers. “El dichoso discurso”, insiste. Piensa que con un gintonic todo sería mucho más fácil. “El alcohol”, dice, “abre ventanas”. “Con moderación”, añade. Así que a media tarde, teclea en su cuarto cerrado (a salvo de las visitas: “No dejo que nadie entre, son manías de vieja, supongo”). 

La casita de gnomos del salón

En el salón la espera su casita de muñecas. “No es una casita de muñecas”, corrige, “es una casita de gnomos, se la estoy preparando para que se instalen, sólo que me estoy tomando mi tiempo, hace cinco años que me la regalaron (cuando cumplí los 80) y todavía no está lista”, dice. Cuenta que, antes, cuando vivía en Sitges, y tenía un carpintero justo delante de casa, iba cada día a pedirle pedazos de madera sobrantes para construir casitas, pueblos enteros. “Me gusta la carpintería, desde muy niña también. Siempre he fabricado mis propios pueblos. Y sigo dibujando, aunque la mano cada vez está más tonta, dibujo a muchos de mis personajes”, revela. ¿Su pintor favorito? “El Bosco. Y Velázquez y Goya, dos monstruos”, contesta. “Se me olvidaba”, dice luego, cambiando de tema, volviendo a su rutina de bruja buena y escritora sobre la que pende el Discurso del Cervantes, “lo que nunca perdono es la siesta. Cuando era joven, la odiaba, me levantaba de un humor de perros. Ahora las adoro, ¡me pego unos sueñazos!”, exclama, con gusto. Ami, Amelia, la perra, sigue ladrando de vez en cuando, y por todas partes hay libros, libros en el suelo, en las paredes, por todas partes, libros. 

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Ana María Matute, una niña asombrada que nos hizo soñar
Por Rafael NARBONA 
25/06/2014 

Su literatura ejerció una necesaria disidencia cuya apuesta por la paz y la convivencia ayudó a observar el porvenir con esperanza

Hace mucho que no leo un libro de Ana María Matute, pero recuerdo perfectamente la impresión que me causó Primera memoria. Publicada en 1959, la novela recreaba con una prosa deslumbrante las heridas de la posguerra. No era una obra política, sino intimista, que rescataba la intrahistoria de un pueblo sacudido por la violencia y las desigualdades. No constituía un alegato antifranquista, pero no había que esforzarse demasiado para advertir su rechazo hacia una sociedad hipócrita, autoritaria y represiva. Apenas recuerdo la trama, pues yo aún no había superado los veinte años. Sin embargo, aún advierto el eco de su lectura, que curiosamente aconteció cerca de la colina de los chopos de la Residencia de Estudiantes, aún sin rehabilitar. La prosa de Ana María Matute me recordó a la de Gabriel Miró, un gigante tristemente olvidado. Las frases se encadenaban con un firme propósito estético, recogiendo la herencia del Modernismo. El esplendor del estilo no rebajaba el impacto dramático y contribuía a crear una atmósfera mágica y telúrica.

No sabía entonces que Ana María Matute enfermó gravemente a los cuatro años y se recuperó con sus abuelos en Mansilla de la Sierra, un pequeño pueblo de la Rioja, donde aún pervivía esa percepción ancestral e irracional de las cosas que describió magistralmente Gerald Brenan en Al sur de Granada (1957). Ana María Matute reconoció que la influencia de Mansilla de la Sierra permeaba su literatura como una apertura hacia lo insólito y lo fantástico. Su eco más profundo no se manifestó hasta 1996, con Olvidado rey Gudú, una fábula a medio camino entre el libro de caballerías y el cuento de hadas, donde algunos advirtieron la sombra de Tolkien. Sinceramente, yo creo que Olvidado rey Gudú está más cerca del cervantismo, donde la imaginación y lo ético se conjuntan para crear una ambiente de ensoñación y utopía. 

Ana María Matute nació en Barcelona en 1926. Pertenecía a una familia de la pequeña burguesía, católica y conservadora. La guerra civil produjo un impacto terrible en una niña soñadora y ensimismada. Matute apuntó que su generación creció entre el miedo y el asombro. Sus primeras novelas (Los Abel, 1948; Los hijos muertos, 1958) reflejan desde una perspectiva neorrealista el sufrimiento de esos jóvenes que a veces se libraron del frente, pero no de las bombas ni el hambre. En 1949, quedó semifinalista del Premio Nadal con Luciérnagas, pero la censura prohibió su publicación. Su carrera literaria cosechó toda clase de éxitos y reconocimientos, pero no le libró de una profunda depresión causada por problemas familiares. Académica y Premio Cervantes, siempre conservó un espíritu joven e iconoclasta. Un obituario siempre es una despedida. De ahí que no pueda eludir un comentario autobiográfico.

Algunas lecturas nos dejan una huella imborrable. Yo no puedo explicar mi infancia sin mencionar efecto que me causó El polizón del Ulises, una breve y hermosa novela con la cual ganó Ana María Matute en 1965 el Premio Nacional de Literatura Infantil Lazarillo. La historia del niño que se cree capitán de barco y descubre a un polizón en un altillo me reveló con solo doce o trece años toda la miseria del franquismo. El polizón acaba entre rejas y el niño culmina un aprendizaje que le sitúa en las puertas de una madurez precoz. Ana María Matute afirmó, aludiendo inequívocamente a la guerra civil española: "Caín y Abel, la lucha entre hermanos, es un nudo verdaderamente esencial en mi obra". No comparto esa interpretación, pues entiendo que la guerra del 36 fue una guerra de clases y no un enfrentamiento fratricida, pero creo que la literatura de Ana María Matute ejerció una discreta y necesaria disidencia, cuya apuesta por la paz y la convivencia nos ayudó a contemplar el porvenir con esperanza. Su muerte nos deja un poco huérfanos, pues los "niños asombrados" no han desaparecido y Ana María Matute les prestó su voz, exigiendo que el hambre, la pobreza y la precariedad desaparecieran de la faz de la tierra.

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La escritora que allanó el camino a las mujeres
Por Saioa CAMARZANA & Alberto GORDO 
25/06/2014 

Autoras españolas sienten que se ha ido su maestra y coinciden en señalar la importantísima aportación de Ana María Matute a la narrativa contemporánea.

Pocas personas se van dejando tanto desamparo. Se ha muerto Ana María Matute y da la sensación de que será llorada por mucho tiempo. Si algo repite hoy todo el mundo, y particularmente sus discípulas, que son todas las escritoras españolas del último medio siglo español, es la importancia de su legado. "Se ha ido una escritora importantísima", declaró al enterarse de la noticia Clara Janés, una valoración que es hoy casi inevitable. Laura Freixas, en ese sentido, quiso elevarla al mismo panteón de escritoras ilustres que a Rosa Chacel, Carmen Martín Gaite y Esther Tusquets, pues, según ella, aportó, junto a sus compañeras de generación, "un nuevo modo de hacer literatura femenina, con personajes novedosos, casi ausentes en la literatura tradicional, como la niña y la adolescente".

Casi todas las escritoras consultadas advierten sobre el error común que supone valorar la obra de la autora de Los hijos muertos como una literatura para niños y adolescentes. "En absoluto lo es -dice Laura Freixas. Se trata de una obra tremenda, con una gran fuerza y energía casi brutales". Clara Janés destaca a la autora de Olvidado Rey Gudú como la responsable de haber abierto un camino necesario en la literatura femenina. "Me marcaron profundamente sus primeras obras, sobre todo aquella literatura de testimonio, tan compleja, y que sigue siendo, a día de hoy, de lo mejor que se ha hecho en España". 

Si ha de elegir un puñado de obras, la poeta y traductora catalana, hija del histórico editor Josep Janés, se queda con La trampa, Primera memoria y Los soldados lloran de noche, "tres novelas magníficas que dan la medida de su talento". Janés tuvo una estrecha relación con la fallecida, sobre todo a través de su padre, que mantuvo siempre los vínculos con toda aquella generación: "Era una persona estupenda". Muy emocionada, la escritora Juana Salabert, íntima amiga de Matute desde su adolescencia, reconoció "no solo a una inmensa autora, sino a la persona más generosa y atenta de la literatura española del último siglo". "Era alguien de una fuerza extraordinaria, de una delicadeza y una imaginación fascinantes".

Jenn Díaz, declarada admiradora de la escritora, no tardó en mostrar su pésame en las redes sociales, en donde escribió, a lo pocos minutos de la muerte: "Te voy a echar mucho de menos". De hecho, la autora de Es un deciraseguró, poco después, a El Cutural que sentía, de algún modo, una pérdida más personal que literaria, a pesar de no haber coincidido nunca con quien fue su guía, el estímulo definitivo que la empujó a escribir. "Me hubiera gustado agradecerle lo que hizo por mí", dijo. "No soy capaz de analizar su obra; al menos, no ahora. Quiero decir que si pienso en la Matute, lo primero que viene a la cabeza, al menos hoy, es ella". La obra preferida de la joven escritora catalana es Algunos muchachos, algunos de cuyos cuentos sigue releyendo a menudo ("Sin ir más lejos, la semana pasada").

Para Lucía Etxebarria, junto a la aportación literaria de Matute, que es mucha, habría que destacar su extraordinaria calidad humana: "Es la única persona de este mundo a la que nunca he oído hablar mal de nadie. No trepó, no hizo alianzas ni estrategias. Tenía un mundo interior riquísimo, una especie de mundo privado en su casa con su hijo y un hada muy particular, muy dulce". La autora de Un milagro en equilibrio recordó "su elegancia, su dignidad y su bondad insuperable", virtudes que Ana María Matute mostraba cuando Etxebarria iba a Barcelona a visitarla y, "se encontrara bien o mal, siempre abría la puerta, aunque solo fueran cinco minutos". 

Cristina Sánchez-Andrade quiso recordar, por último, a la escritora con un fragmento del cuento Los niños tontos, una pieza en la que, a su modo de ver, "está todo el universo de Ana María Matute":un universo "cruel, incisivo, perturbador y luminoso": "Un día la madre se abrigó y siguió al niño, bajo la lluvia, escondiéndose entre los árboles. Cuando el niño llegó al borde del estanque, se agachó, buscó grillitos, gusanos, crías de rana y lombrices. Iba metiéndolos en una caja. Luego, se sentó en el suelo, y uno a uno los sacaba. Con sus uñitas sucias, casi negras, hacía un leve ruidito, ¡crac!, y les segaba la cabeza." 

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Mamá Matute
Por ELCULTURAL.es

Hablamos con varias escritoras en torno al Premio Cervantes a la autora barcelonesa. ¿Qué les influyó su literatura? ¿Llega tarde el reconocimiento? ¿Por qué es la tercera mujer en recibirlo?

Hay un sentir común en las filas de nuestras narradoras: que Ana María Matute, más allá de lo que haya influido en sus obras, merecía, y mucho, este premio. Un reconocimiento que, a su juicio, llega tarde, y que sirve de excusa para denunciar la notable carencia de mujeres en el campo de los galardones literarios. Y, tras la reivindicación, reconocen que la escritora catalana, con sus libros y sus cuentos, como una madre, estuvo en sus primeras aventuras lectoras, encarnando la materialización escrita de la palabra imaginación. Aquí las reacciones de Almudena Grandes, Elena Medel, Juana Salabert (miembro del jurado), Berta Vías, Rosa Montero, Ana Merino, Laura Freixas, Julia Navarro, María Dueñas y Clara Janés.


ALMUDENA GRANDES: "De pronto parece que se lo han regalado"

De pronto parece que se lo han regalado y lo cierto es que ya le gustaría a alguno de los hombres que ha recibido el Premio Cervantes haber escrito uno solo de los libros de Ana María Matute. Pienso que es una de las escritoras -entre hombres y mujeres- más importantes de la España del siglo XX, la autora que con más potencia y sutileza ha sabido mirar a la España franquista. Creo que su novela Los hijos muertos es la mejor que se ha escrito sobre la posguerra. Muchos de los que escribimos ahora sobre esa época somos deudores de la obra de Ana María gracias también a otras obras suyas comoPequeño teatro o Los soldados lloran de noche. Muy pocos escritores consagrados han sido capaces de atreverse a hacer lo que ella cuando escribióOlvidado rey gudú, una incursión muy valiente en la literatura fantástica que defiende la ficción en tiempos difíciles. Mi libro favorito, el que más me ha influido y que más me impactó es Los hijos muertos. Y la próxima vez que le den un premio a una mujer espero que también llaméis a hombres...


JUANA SALABERT: "No tiene una sola línea que no me guste"

Hoy es un día absolutamente feliz, porque el Premio Cervantes ha ido a parar a una escritora inmensa. Desde que empezó a publicar a los 17 años hasta su última novela, esa joya titulada Paraíso inhabitado, no ha escrito una sola línea que no me guste. Lo que más me entusiasma es la profundidad psicológica y la singularidad que da a cada personaje. Todos sus libros tienen un lenguaje propio y único. Sólo aquellos que no la han leído la pueden tildar de ingenua o infantil. Su universo propio es lo más alejado a la cursilería que se pueda encontrar.


LAURA FREIXAS: "¡¡¡Ya era hora!!!"

Se suele decir que nunca es tarde si la dicha es buena, pero yo, si tuviera que titular la noticia de este premio Cervantes lo haría publicando sin vacilar y con muchas exclamaciones: ¡¡¡Ya era hora!!! Ya era hora, por ella, por su obra y por las demás autoras. Que Ana María Matute solo sea la tercera escritora premiada en 35 años resulta no chocante sino escandaloso. Sólo un 6 por ciento de los galardonados con el premio más importante de las letras hispanas son mujeres. Hace apenas un año, una mujer que fue jurado del Cervantes resaltó lo injusto de este hecho y alguien le rebatió con cajas destempladas diciendo que el premio no era cuestión de cuotas... ¡Como si no se alternasen, año tras año, los autores españoles y los hispanoamericanos! ¡Esa cuota sí, pero la femenina no!

Todas las mujeres escritoras le debemos mucho a Matute y nos ha influido mucho, aunque sólo sea en la medida que su audacia y su talento nos han abierto camino a todas las que hemos venido detrás, al crear poderosísimos personajes femeninos, como el de la protagonista de Paraíso inhabitado. En mi caso, me doy cuenta de que mucho de lo que he escrito sobre las relaciones entre amos y criados en la España de la posguerra tiene que ver con sus propias novelas, en las que también habla de esos mundos que conviven sin apenas rozarse ni conocerse. De la mujer Matute me gustaría destacar su independencia y su honradez, que le han llevado a una cierta marginalidad sólo superada en los últimos tiempos. Si hubiese sido un escritor y se hubiera relacionado más, habría obtenido todos los premios que tiene muchísimo antes. Pero hay algo sorprendente en su carrera literaria: la mayoría de las mujeres escritoras en España destacan al principio de su carrera literaria o al final. Ana María Matute es excepcional, porque triunfa en esos extremos y atraviesa un periodo larguísimo de ostracismo que sólo las obras y los reconocimeinto concedidos ahora compensan mínimamente. Sí, ¡¡¡ya era hora!


ANA MERINO: "Es una mujer llena de imaginación"

El premio Cervantes a Matute celebra el inmenso talento de una mujer llena imaginación que transpira una literatura maravillosa. Me alegra que le llegue en un momento en que todavía puede disfrutarlo y así compartir la emoción de recibirlo con todos sus lectores. He leído a Ana María Matute desde niña porque tiene cuentos estupendos para todas las edades, además de sus magníficas novelas. Recuerdo con mucha emoción la historia de aquella niña que perdía un zapato constantemente en Sólo un pie descalzo.

Tal vez me ha influido mucho el uso de las imágenes oníricas de la literatura fantástica y del mundo de las hadas entremezclados, y su manera de acercarlo a nuestra realidad. Me encanta el poder que tiene para imaginar de forma desbordada y asumirlo con toda naturalidad. De su obra, resaltaría su capacidad para apelar a la imaginación y la ternura. Como del ser humano... Sí me gustaría agradecerle desde elcultural.es la generosidad que ha tenido al convertirla en palabras y compartirlas con nosotros.


ROSA MONTERO: "Un premio justo pero a destiempo"

La concesión del premio Cervantes a Ana María Matute me parece una decisión justísima pero a destiempo, porque deberían habérselo dado hace mucho, y además es una vergüenza que sea la tercera escritora en 35 años. ¿Por qué no se lo dieron a Martín Gaite, por ejemplo, por qué no se lo dan a Elena Poniatowska? Hay muchas más mujeres.

Por desgracia para mí, la descubrí siendo yo ya muy mayor. El primer libro suyo que leí fue Olvidado Rey Gudú, y a raíz de eso leí después sus primeras novelas. Quiero decir que yo ya estaba muy hecha como escritora y como persona y no tengo conciencia de que me influyera, más allá del enorme e indudable placer de leerla. De su obra destacaría esa mezcla electrizante e inquietante de inocencia y crueldad que se desborda en sus novelas y relatos. De la mujer, sin duda alguna su capacidad para sobrevivir, mágica y casi intacta. Es hermosa. 


ELENA MEDEL: "Su obra es mucho mayor que sus reconocimientos"

Soy muy lectora de ella desde mi infancia. Uno de los primeros libros que me regalaron fue Paulina, y lo recuerdo como un pequeño descubrimiento. Con los años he ido leyendo su obra para adultos y no sé hasta qué punto es una influencia en la mía, pero sí puedo decir que es una autora a la que respeto y admiro. El Cervantes llega tarde y debiera haberlo ganado hace años, pero aún así es merecidísimo. Matute es una autora que está muy por encima de los reconocimientos que ha recibido. Quizá si hubiera sido un hombre o si no se la hubiera encasillado en infantil y juvenil, la historia hubiera sido distinta. Esto se relaciona también con la tendencia que hay de considerar que la fantástica es una literatura de segunda. Me llama la atención que pese a ser una de nuestras mejores cuentistas no se la reivindique más en ese campo. Además, es de las autoras que más entusiasmo ha mostrado al recibirlo. Por otra parte, que sea la tercera mujer en recibirlo es algo que no se corresponde con la realidad. Pasa igual con otros premios, con la Academia... Hay muchas autoras que merecen más premios y reconocimientos, aunque sean menos importantes. 

Como lectora me quedo con su Cuaderno para cuentas, un relato que no sé si será el mejor pero que he recordado mucho estos días. Es un cuento que tiene ese punto de crueldad inocente que tiene Matute, de contarte algo envuelto entre lazos que en realidad es durísimo. Ocurre igual en su última novela, también llena de sugerencias y de maestría. 


JULIA NAVARRO: "Para mí es un clásico, un referente"

Es una escritora que me ha marcado, por su imaginación, por su manera precisa y al mismo tiempo mágica de escribir, por los personajes que crea y la capacidad que tiene para envolverte y meterte en las historias que cuenta. Es una grande de la literatura. Tendría que haber tenido el reconocimiento, y otros muchos, muchísimo tiempo atrás. Me resulta inconcebible que una escritora de su talla y de su categoría, con el ingenio que tiene, no lo haya tenido antes. Nuestro país es bastante cicatero y quizá por eso no se le ha reconocido años atrás. Para mí es un clásico. 

De la buena literatura, todos los que escribimos intentamos aprender, en eso me ha influido. En cuanto a la persona, siento por ella una profunda admiración. Cada vez que se ha publicado una entrevista me han sorprendido su sentido del humor y su inteligencia. No se puede escribir la historia del siglo XX en España sin Matute. Es una mujer modesta, que no se vende a sí misma como hacen otros muchos que no valen ni la cuarta parte que ella. 


BERTA VÍAS: "¡Viva la ternura!"

Sí. Se puede decir que es un premio justo y a tiempo. Como escritora no me ha influido especialmente, porque por lo poco que he leído de ella debo reconocer que es una de mis muchas asignaturas pendientes. Por deformación profesional, leo más autores alemanes que españoles. Dentro de su obra resaltaría la ternura. En cuanto a ella como persona, lo mismo. Sólo la he visto en una ocasión y me pareció enternecedora.


MARÍA DUEÑAS: "Era la única mujer en la librería de mi casa"

Me parece un reconocimiento fantástico y justo para una persona de la talla de Matute. Quizá llega un poco tarde pero no importa, más vale tarde que nunca. No tengo una influencia directa de ella pero recuerdo que en la librería de casa de mis padres eran todo hombres mayoritariamente, pero allí estaba suPequeño teatro... para mí su figura siempre ha sido emblemática. No sé si es machismo, pero hay un desequilibrio injusto con las mujeres en el tema de los premios, un desajuste que hay que corregir. Además de como escritora a Matute la admiro como persona, porque es una mujer muy pionera en muchas cosas y un modelo a seguir. 


CLARA JANÉS: "Destaco la perfección y la belleza de su prosa"

El premio es justísimo y por suerte a tiempo. No detecto influencia de Matute en mi obra pero sí entusiasmo por la suya, de la que destaco su perfección y belleza en la prosa, su eficacia absoluta en su modo de contar y su gran originalidad. Además, me parece una persona natural, inteligente y con sentido del humor. Ciertamente encantadora. 


Articulo: http://www.elcultural.es 25/06/2014

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