lundi 4 août 2014

Alberto GORDO/ No es país para ciencia

No es país para ciencia
Por Alberto GORDO

El periodista y divulgador Miguel A. Delgado repasa en un libro la historia de tres inventores españoles que han caído en el olvido y aprovecha para denunciar la precaria situación de la ciencia en España.

Sostiene Miguel Ángel Delgado en el prólogo de Inventar en el desierto (Turner) que “España no es país para ciencia”. Y con su libro viene, de algún modo, a demostrarlo. Delgado cuenta las historias de tres inventores que, de no haber sido españoles, habrían tenido una suerte muy distinta y posiblemente nada que envidiar a los Marconi o los Edison, por decir dos nombres de inventores impugnados aquí. Hablamos de creadores, ingenieros o simplemente hombres con ingenio a los que un día, en España, hace muchos años, se les encendió la bombilla. Genios olvidados, por supuesto, en línea con la mejor tradición del país.

El autor tuvo que elegir, pues había muchas historias que recuperar. Dice que aquí, en España, hay ingenio. Ánimo emprendedor. Iniciativa. “Eso de que el español no ha inventado nunca nada es un mito”, se queja. En España falló siempre el contexto, pues talento había. “Cuando comencé a investigar para este libro, empecé a encontrarme con muchísimos españoles que habían hecho aportaciones impresionantes en el mundo de la ciencia. Por ejemplo, Julio Cervera, que era un comandante del ejército en Castellón, pero también un pionero de la radio”. Cervera, según Ángel Faus, catedrático de Comunicación e historiador de la radio, tuvo un papel clave en la invención del aparato, al mismo nivel, sino por encima, que Marconi. De hecho, Faus encontró hace ahora cuatro años una patente registrada en Alemania de 1900 que atribuiría a Cervera la paternidad de la telegrafía sin hilos.

Del caso de Cervera pasa Delgado a otros de parecido calado. Está el de Mónico Sánchez, “el Tesla español” (de Piedrabuena, Ciudad Real, concretamente), que inventó el aparato portátil de rayos X; Cosme García Sáez, que probó el Garcibuzo treinta años antes de que Isaac Peral construyera el primer submarino; o el sacerdote Juan García Castillejo, que inventó, por increíble que parezca, un antecedente del Spotify que él mismo definía así: “Se trata de un aparato productor de sonidos que se coordinan entre sí mediante los mecanismos regulados por el rápido impulso o sacudidas de unas escobillas movidas de tiempo en tiempo, al azar, por unos motores gobernados por combinaciones de casualidad”. García Castillejo, a través de un selector de sonidos, soñaba con erradicar la intervención humana de la radio. Con crear una emisora independiente de los hombres.

Pero en España faltaba iniciativa privada, y muchos de estos inventos quedaban condenados al olvido. En plena revolución industrial, el nuestro era todavía un país atrasado, carente de impulso e iniciativa privada. “En las décadas de mayor aceleración internacional, España iba siempre un punto por detrás”, sostiene Delgado, y añade que todos aquellos inventores tenían en común el “patriotismo”. Habla de un patriotismo literal, que busca, en la práctica, sumar para el país de uno los beneficios de sus logros. De hecho todos, o al menos todos los hombres cuyos casos son analizados aquí, quisieron traer sus patentes a España. “Algunos, como Cosme García (pionero del submarino, por delante de Isaac Peral o Narciso Monturiol) o el propio Peral construyen sus submarinos y quedan arruinados, y todo por no vender sus patentes en el extranjero”.

Las historias de este libro no son historias de grandes financieros ni de brillantes hombres de negocios. Es más, en casi todos coexiste, junto al ingenio, una nula capacidad para convertir en dinero sus hallazgos. “Como Edison no ha habido casi ninguno”, dice Delgado. Es decir, alguien capaz de inventar y materializar su invento. “Edison era como Steve Jobs, y su obsesión era sacar algo que fuese rentable, comercializable”, apunta. Y por eso hoy se le recuerda y no se recuerdan sus fracasos, que según apunta Delgado, fueron bastantes y de importancia. “No supo ver, por ejemplo, las posibilidades del cine o de la radio”.

En cuanto al presente, en España, la situación se resume, opina el autor, con la inauguración del centro de interpretación de las caras de Bélmez. “Eso da la medida del aprecio de España por la ciencia”. Inauguran eso y creen que están fomentando la ciencia. “Está claro que la ciencia no interesa a los políticos, porque no da réditos inmediatos y palpables, y excede sus cortas miras, que alcanzan, como mucho, los cuatro años siguientes”. De momento, dice, nos podríamos conformar con que todos estos hombres tengan una calle y figuren en los planes de estudios, y no solo como una nota al pie de los grandes inventores conocidos por todos. “Solo así -concluye el autor- lograremos reivindicar su memoria”. 

Articulo: http://www.elcultural.es 01/08/2014