vendredi 22 août 2014

Ángel RUPÉREZ/ Muy medidas meditaciones

CRÍTICA 
Muy medidas meditaciones
Por Ángel RUPÉREZ 

James Merrill compara la vida con un rompecabezas que se arma y se desploma

Publicado en 1976 y ganador del Premio Pulitzer, Divinas comedias marca un paso adelante en la poesía del poeta estadounidense James Merrill (Nueva York, 1926-Tucson, 1995), autor más tarde de títulos decisivos como The changing light at Sandover. De una poesía que podríamos llamar preciosista a otra que podríamos llamar, a falta de mejor nombre, autobiográfica, donde lo que predomina es la introspección y el autoanálisis, sin olvidar la atención a las cosas, protagonistas en sus poemas de ráfagas llenas de plenitud existencial. Una cosa, sin embargo, permanece: el predominio de la métrica y la rima, de las que Merrill se muestra un consumado dominador, a la manera de Auden, cuyo eco resuena fortísimamente en su poesía.
Lógicamente, ese aspecto regulador de sus poemas se pierde por completo en esta buena y competente traducción, pero, a cambio, permanece el lado que siempre permanece si la poesía no tiene los pies de barro: permanece un determinado abordaje de la existencia, en este caso marcada por un permanente tira y afloja entre la tentación de tirar la vida a la basura o rescatarla y darle algún tipo de sentido, sea el que sea. Esta ambivalencia está plenamente representada en el mejor poema de este libro, el titulado Perdido en la traducción.

En él se propone la idea de la vida como un rompecabezas que llegamos a armar, pero que, al final, se desploma, como la vida misma. A esa idea central se añade otra propuesta simbólica: la vida es como una traducción de una lengua a otra —Rainer Maria Rilke traduciendo a Paul Valéry—, llena de pérdidas. Por tanto, todo es pérdida: el rompecabezas se desploma; el poema original se pierde en la traducción. Sin embargo, Merrill se salva y nos salva: “Pero nada se pierde”, dice al final del poema, como también afirma: la traducción transforma “lo perdido… en leche y memoria”, es decir, en garantía de vida.

Para llegar a ese puerto, Merrill construye sus poemas con continuos saltos temporales, poniendo en práctica un proustianismo radical, donde la infancia actúa como soporte y cimiento, al que siempre se vuelve. En ocasiones, las atmósferas viciadas, llenas de calamidad y sangre —véase el buenísimo poema Yánina—, hacen pensar en Baudelaire, pero hay siempre en Merrill una cierta sensación de rescate, a través de huidas, retornos llenos de memoria, o una naturaleza que vuelve con sus cánticos, como en el poema Últimavoluntad, después de una compleja peripecia donde la pérdida vuelve a amenazar: “Ya hay pequeños soles insensibles / que empiezan a volver, y bocanadas de intensa colonia —limoneros con frutos y en flor al mismo tiempo—… / … las palomas y los pinzones / en su hogar entre el ramaje / bajo el resplandeciente calor…”.

La gran tradición inglesa en medio de las suculentas filigranas constructivas, pasadas por escenarios griegos —James Merrill vivió largas temporadas en Grecia—, más Marcel Proust, más Wystan Hugh Auden, más Wallace Stevens… A no olvidar el excelente prólogo de la también poeta Jeannette L. Clariond, muy útil para orientarse por entre estas densas meditaciones.

Divinas comedias. James Merrill. Traducción de Jeannette L. Clariond y Andrés Catalán. Vaso Roto. Madrid-México, 2013. 117 páginas. 16 euros

***

El kimono1

Al regresar del callejón de los amantes
mi cabello estaba blanco como la nieve.
Alegría, incomprensión, dolor
habían pasado por mi vida como las estaciones.
De cómo llegué a casa
medio muerto y helado, tal vez lo sepas.

Ocultas una sonrisa y citas un texto:
Los deseos insatisfechos
persisten de una vida a la siguiente.
Hace tiempo nos apartamos de los hogares
que nos acogieron, hace tiempo eran marcas
sobre un plano de «orgullo abrasador».

Tiempo sin cordura, el brillo de la burbuja
sobre el nivel carbonizado anuncia
la vuelta de abril. Un fulgor repentino...
Sigue hablando mientras me convierto en
el diseño de un arroyo
bordeado por juncos blancos sobre azul.

***

Cataratas de McKane

Enormes cunetas desnudas y frías,
los últimos mástiles enmohecidos, los pilotes
resistiendo la caída, acopios de una naturaleza

conservadoramente misteriosa. Solo Balzac
podría haber «creado» esta vieja estancia,
su atmósfera, su tedio. Tanto más sorprendente, pues,

ser conducido por la risa al balcón soleado
donde alguien bastante elegante para variar
hablaba sin cesar de orillas rotas y pesos que se levantaban,

dorsales, laterales, puras y sencillas
ondulaciones del alma.
–¿Perdido, mon père? Bueno... salvable, ¿quién sabe?

Ellos lo sabían. Dos buscadores de oro cubiertos de tierra
se frotan los ojos y se acuclillan al alcance del oído:
un yanqui irascible y malhumorado consulta

valores que no fluctúan, y el rebelde
sumiso, el soñador amargado
digno de un libro de Balzac. Por lo que sé, Dios los amaba.

Su trucha arco iris de 12 onzas crepitando en la sartén;
la mañana siguiente, una primera pepita.
El arroyo, como tendón de cristal tensado,

tendido sobre el diván, sin poder asociar libremente
halcón y trucha, o nube con guijarro color nube.
Su boca empieza a elaborar. La historia comienza.

***
 1

Desde que fui privado de mi oro
me invaden humores grises, humores negros.
¿Dónde ha quedado mi antigua chispa? Últimamente
me he sentido tan agitado, tan frío.

¿Acaso me encamino hacia otra caída?
¿Terminaré en la central eléctrica
recibiendo descargas, ya sin energía?
¿Con mi espíritu abatido en una celda?

¿Debo hacerme de una mente sucia y amplia
sirviendo a una comunidad, a una nación
que ha sobrepasado más que ninguna otra la potencia del shock?

Doctor de esclusas y presas, el delta está cegado,
la locha sonríe, ¿cómo puedo llegar al mar?
Ayudadme. ¡No! ¡No me toquéis! ¡Dejadme ser!


2

Hubo un tiempo en que el tiempo era un puñado de oro molido
por el cual se luchaba hasta el final, aunque solo fuera tiempo.
Cayendo grano a grano hasta volverse, inevitablemente,
una cintura estrecha, el escalador se
rinde en esas pendientes tan verticales que parecen cóncavas.

Aquí abajo, el campamento; reverdecido,
vigas carbonizadas, el fondo de la sartén raído por la humedad.
De nuestros dos actores, ¿cuál resurgió
en los espejos del casino de Cheyenne?
¿Por qué no estaba su pareja? Adivina.

Oye. Debemos estar cerca. Y mira cómo
el escarlata de las grosellas deja caer sus gotas
en la clara conciencia desde la punta de los dedos,
o se marchitan, brotes rojos, donde la próxima primavera
hará nacer enormes violetas sin olor, blancas como fantasmas.

¡Inútil violencia! Nuestras peleas, amigo,
fueron, cómo decirlo,
mortales como las de ellos, pero no materiales.
Tú interpretaste tu papel en un teatro del Lejano Oriente.
Yo me quedé en casa con Balzac, y medité.

Rojo refugio de un pensamiento tormentoso, derramamiento de
[sangre...
no hay manos que se laven dos veces en el mismo arroyo.
Y en la novela que debía terminar la Comèdie,
el pequeño Hanno Nucingen se extravía en el mar,
imagen angelical del sacrificio.


3

Ven a morar dentro de mí, dijo la cascada.
Hay un recinto de piedra negra
alto y seco detrás de mi deslumbrante vida.
Quédate aquí un año o dos, un año o diez,
hasta que lo hayas oído todo,
la historia interior ensordecedora aunque verdadera.

O falsa. No soy ningún tonto.
Los momentos de verdad son solo momentos,
Ojos que arden al borde de camas vacías.
En un parpadeo pasan los años, la corriente cambia de curso.
Arruinada por la nostalgia azul del aluminio
la dorada voz se torna grave y áspera.

Ahora has visto a través de mí, cantó la catarata,
una lánguida fuerza, aunque valiente,
se zambulle en mi bañera de ganancias y pérdidas,
ácida y alcalina,
la mente que refleja y las manos que actúan.
Entra en este espacio íntimo

que sus más tenues iluminaciones descomponen.
La luz rosada del sol baña el muro,
la luna cuelga como los Peligros de Paulina,6
¡Dios sabe que aún no he fallado!
y sin embargo qué lejanas parecen, qué pequeñas.
Llévame en tu memoria, amigo mío.

Y luego olvida. Perdona
el extremo vacío de mis huesos, este amuleto,
expía a quien lo usa.
Con el tiempo todas las cosas se hacen música.
¿Cómo puedes vivir sin mí? Mientras yo viva
ven a vivir dentro de mí, dijo la cascada.


Articulo :  http://cultura.elpais.com 16/08/2014